martes, 22 de agosto de 2023

Demontre con las hierbas

Por si ya es poca mi familiaridad con los nombres llamados populares o vernáculos, me veo en la mayor perplejidad cuando trato de precisar el significado de "tomates del diablo": pues encuentro que además del Solanum nigrum (al que yo tenía por principal candidato a esa denominación), también llaman así al Cucubalus baccifer, una cariofilácea, y a otra solanácea más bien exótica, la Withania somnifera, cuyo nombre específico ya indica sus virtudes, mientras que el indio, ashwagandha según la wikipedia inglesa (para quien la planta es más bien asiática), proclama que apesta a equino.  Pues bien, las tres hierbas son, al parecer, "tomates del diablo".

Y acabo de encontrar una más, también solanácea, el Solanum linneanum, cuya diablería mitigan algunas páginas de la red con un diminutivo: "tomatillos del diablo".  ¡Cuánto demonio escondido entre las hierbas!

Como muchas gentes comparten la consoladora idea de que gozamos de la cariñosa vigilancia de un ser superior (superior también en su ubicación física: such ihn überm Sternenzelt, cantó Beethoven con las palabras de Schiller), nada extraña que, aunque sólo sea por equilibrio estético o justicia poética, nos crean sujetos a las asechanzas de un poder malévolo que hace juego, por la otra banda, con el benéfico lieber Vater: el maligno, el enemigo, el calumniador (que así se ha traducido el griego διβολος /di-á-bo-los/, origen de nuestra voz diablo), reside, como lo pide el equilibrio estético-teológico, en los bajos de este mundo, en las regiones inferiores, en el espacio que los romanos llamaban justamente inferi, y un poco más tarde inferni e inferna (siempre en plural), aunque los autores eclesiásticos se referirán a él ya en ese singular que nosotros hemos heredado: infernus.

El idioma demuestra que no miramos el mundo con razonable frialdad, sino con positivo o negativo apasionamiento: poco ocupados, en general, por entender, amamos y odiamos antes que nada.  De ahí que a las plantas que nos curan, o simplemente tienen una figura, unos colores o un aroma que nos agrada, las ensalzamos emparentándolas con célicas figuras ("varita de san José", "zapatitos de la virgen") mientras que a las que nos disgustan les encalomamos concomitancias infernales ("pepinillo del diablo", "higuera del infierno").  De nuestro escaso fundamento da cuenta, por ejemplo, el absurdo con que a esas hebras con que ciertos insectos planean las llamamos ahora "babas del diablo", ahora "hilos de la virgen".

La expresión "pepinillo del diablo" se ha aplicado al Ecballium elaterium; mientras que "higuera del infierno" ha sido apodo de Datura stramonium, que también ha recibido el de "berenjena del diablo" y "nueza del diablo", compartido este último con el Tamus communis. llamado ahora, por lo que veo, Dioscorea communis.

Redacto estas notas a partir de las tomadas en los últimos tiempos; en caso de sacar datos de internet habría para volverse turulato: acabo de ver que al Tamus o Dioscorea común lo llaman también (una de cal) "uvas del diablo" y (otra de arena) "sello de Nuestra Señora".  Yo tenía registradas las "uvas del diablo" como denominación del Solanum dulcamara, mientras que su pariente S nigrum recibía el de "tomatitos del diablo".  En fin, por no alargarme en vano haré constar que la "jara del diablo" es el Halimium atriplicifolium, el "nabo del diablo" la Oenanthe crocata, y el "estiércol del diablo" la Ferula assa-foetida, mientras que son, creo yo, los peculiares frutillos del Rhagadiolus stellatus los que han valido a éste el apelativo de "uñas del diablo".

No me cabe duda de que la muestra recogida en esta página es diminuta en comparación con el  volumen de diabólicos bautizos atesorado por el saber herbario en lenguas vernáculas.  Y claro es que no sólo la botánica, sino cualquier otra ciencia o paraciencia habrá sido asiduamente visitada por el maligno.  Ahora me estoy acordando de Algol, la estrella más brillante de la constelación Perseo, estrella que para los griegos representaba la cabeza de Medusa: una cabeza donde, quizá lo recuerde el lector, había serpientes en vez de cabellos, y era capaz de petrificar con su mirada al más pintado.  Pues bien, la astronomía árabe no supo interpretar el mito heredado de Grecia, y confundió la cabeza de la Gorgona con la del diablo, y así la estrella fue bautizada al ghul o ras-al-ghul, esto es, "el diablo" o "la cabeza del diablo".

Y como no temo aburrir al lector o a la lectriz, dado que puede irse de aquí cuando le plazca, alargaré un poco más este asuntillo, modestamente infernal, con un par de datos de zoología.  Porque el hipopótamo o caballo de río, de los grandes animales africanos el más peligroso para los Homines sapientes, fue bautizado por los egipcios con el nombre de pehemú que al parecer significaba "buey de agua"; dice la Biblia de Jerusalén (he olvidado anotar dónde) que ese nombre egipcio se convirtió en el hebreo Behemot, que significó "la bestia", y fue otro apelativo del enemigo de la humanidad.

Ahora bien, mi palabra favorita del Averno es aquella cuya etimología se ha buscado precisamente en el infierno, al que los griegos llamaban Tártaro, habitado, claro es, por el ταρταροχος /tar-ta-rúu-jos/ el "poseedor del Tártaro" (la palabra se forma con el verbo ἔχω /é-joo/, como daduco "portaantorchas", o cleruco "poseedor de una parcela").  Pues bien, el arqueólogo austríaco Rodolfo Egger propuso en 1930 esa palabra griega como etimología del castellano tortuga, del italiano tartaruca, y resto de parientes, basándose no sólo en hechos lingüísticos, sino en la consideración de animal demoníaco en que la edad media tuvo al pobre quelonio.  La hipótesis no deja de tener detractores (parece que las formas sincopadas, tortuga, tartuca, son más antiguas que las polisílabas), pero no me dirán que, como hipótesis, no es simpática y verosímil.

Al diablo con las dudas.

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