domingo, 23 de diciembre de 2018

Sobre la QU

En relación con la pronunciación de Quercus mencioné de pasada, creo, que la U de la QU latina no era exactamente una U.  Ahora quiero precisar esto, a causa de una conversación de botánicos a la que he asistido hace no mucho.

Todos en esa conversación se esforzaban (o eso me pareció) en pronunciar con nitidez la U de la QU, con un resultado agradablemente clásico.  Pero en un momento dado salió a colación el Narcissus requienii, donde ese grupo -quie- resulta algo enfadoso de pronunciar en la forma /re-kui-e-nii/, debido a la triple vocal, y la incomodidad era tanto mayor cuanto se habló un rato del dichoso Narcissus y se oyó una y otra vez ese requienii con distintas voces, incluida la del amigo Guido, que marcaba perfectamente el diptongo -ui- con su fonética francesa.

El caso es que no he podido evitar cierto sentimiento de culpa: ¿la exactitud articulatoria de estos amigos se vería agudizada por la proximidad de un dómine latino?  Sea como fuere, la anécdota me empuja a aclarar esa afirmación, que tan alegremente hacemos los latinistas de ahora:  "En el grupo QU, la U siempre se pronuncia".

Sí, se pronuncia siempre, sólo que no es exactamente una U.  En realidad, lo que los romanos escribían QU es un fonema, un solo fonema.  (Fonema es el sonido capaz de establecer distinciones significativas: un romano, por ejemplo, no confundiría nunca cantus "canto" y quantus "qué grande", al menos un romano normal y en condiciones normales: pues hay sospecha de que las leyes fonéticas cambian con la ingesta copiosa de vino de Falerno.)  Al pronunciar nosotros un que- latino, decimos cué-, pero no deja de ser una modesta corruptela.  La QU latina exigiría, por lo que sabemos, una articulación simultánea gutural y labial, muy parecida a la de la QU alemana de Quelle o bequem: es un solo sonido, y no los dos sonidos que hacemos nosotros al pronunciar, con un poquito de trampa, cué-.

¿Adónde voy a parar?  A que ese diptongo  (o ) que usamos para pronunciar quercus (o equisetum) resulta algo excesivo (y molesto) si mantenemos nuestro hábito articulatorio cuando tras la QU hay otro diptongo, por ejemplo en quietus o requienii.  Basta, en estos casos, pronunciar ki-é-tus o re-ki-é-nii, sin hacer esfuerzos excesivos.  No perdamos de vista que la pronunciación restituida es una aproximación, la mejor que podemos lograr, pero una aproximación al fin y al cabo.

Recuerde el lector o la lectriz (si se lo permiten la edad y la memoria) cómo pronunciaban los curas el requiescat in pace, el RIP, el "descanse en paz" del funeral católico: re-ki-és-cat.  Cierto es que más bien decían re-kiés-cat, haciendo un diptongo enmedio (que no existe en latín); y que de vez en cuando se oía a algún prelado pronunciar muy finamente ré-cui-em en el responso Requiem aeternam; pero esto no dejaba de ser un exceso de finura, una ultracorrección en definitiva.

Vamos, que por la presente autorizo a pronunciar /re-ki-é-nii/ a cuantos lectores quieran arriesgar su reputación siguiendo los consejos de esta página.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Caléndula

Eso de lo grande y lo pequeño sugiere continuar con lo largo y lo corto, lo alto y lo bajo, y lo blanco, lo negro, lo verde y toda la serie de adjetivos, fecundo manantial de aburrimiento para lectoras y lectores; pero mi carácter volátil no me deja seguir con el tema, y les ahorra aquél, quizá, de momento.  Además, por el camino del embalse han empezado a florecer las primeras caléndulas, así como diminutas, discretas, azules verónicas, mientras en mi patio sacan ya las fumarias sus primeras hojuelas (traje semillas del huerto, hace dos años, y parece que ahí se encuentran a gusto).  Me dejo llevar por la invitación de la naturaleza, y me pregunto de dónde vendrá el nombre de las caléndulas.

Por más vueltas que le doy, no me convence la etimología de caléndula; aunque parece clarísima, y es unánimemente aceptada.  En cuanto a su forma, desde luego, todo indica que es un diminutivo latino, "al parecer" de kalendae "las calendas", el nombre que en Roma recibía el primer día del mes.  La reticencia ("al parecer") es de Joan Corominas.  En su diccionario se cita el bajo latín calendula aunque sin indicar a qué planta se refiere (en alguno de sus derivados alude a la hierba cana que, si no me equivoco, es el Senecio vulgaris).

La forma de calendula parece evidente.  La nomenclatura científica está llena de diminutivos similares: valvula, literalmente "puertecita", no es más que el diminutivo de valva "hoja de puerta"; glandula "bellotita", lo es, a su vez, de glans (los antiguos médicos llamaban glandulae a las anginas, en la garganta), del mismo modo que rotula "ruedecita" viene de rota.  El inconveniente que yo veo es éste: kalendae es un plural sin singular, así que el diminutivo esperable sería kalendulae, en plural; claro que este inconveniente es menor, y no impediente.

Por si a alguien le choca el uso de C y de K en kalendae y calendula, advierto que la letra K, en desuso en latín clásico, se conservó no obstante en media docena de palabras, debido a que eran citadas a menudo con sola su abreviatura, precisamente K: Cesón (un nombre raro, como entre nosotros Urraca o Quintín), calendae (primeros de mes), calumnia, candidatus...

En cuanto al significado, el nombre de la caléndula le vendría de florecer casi cada mes (la expresión, de Wartburg, es un tanto sospechosa).  Un filólogo italiano precisa que las caléndulas florecen cada mes nella buona stagione, esto es, en el buen tiempo; si bien las que han abierto este enero demuestran ser capaces de adelantarse mucho a la primavera.  En cualquier caso, ¿no es un tanto absurdo partir de kalendae para expresar la idea de "(casi) mensual", para la que la lengua provee de tantos adjetivos, mensilis, menstruus, menstrualis?  Verdad es que el latín registra el adverbio quokcalendis, que significa, naturalmente, "cada primero de mes".

Por lo demás, no se me ocurre otro étimo que oponer al aceptado generalmente (y con resignación, me atrevo a añadir).  Lo más parecido que conozco a calendas son los calendas de las Mil y una noches que, por lo que recuerdo de mis lecturas infantiles, eran una especie de ascetas o eremitas musulmanes con cierta propensión a quedarse tuertos.  Busco el nombre en internet y no lo encuentro ("quiso usted decir calendario", me advierte Google con su habitual suficiencia); tampoco en los diccionarios de casa, salvo en el Larousse, donde aparecen bajo el nombre, que leo por primera vez, de calender, definidos como orden mendicante fundada por Yusuf en el siglo XIII.  ¿Qué tendrían esos franciscanos islamitas que ver con las caléndulas?

Tampoco de las caléndulas mismas sé yo gran cosa.  Baste decir, para hacerse una idea, que hace tres o cuatro años ni las conocía (no me refiero a la caléndula de tiesto, sino a la más modesta Calendula arvensis), como tampoco conocía las fumarias.  Así que, una vez más, qué sé yo.

Tengo por ahí anotado que Bubani, quejándose de los cambios de terminología introducidos por Lineo, mencionaba el cambio de Populaginem in Caltham, Caltham in Calendulam.  Así pues, antes de Lineo las caléndulas se llamaron caltas.  La calta creo que es esa planta que echa abundante fronda junto al arroyo de montaña, y que siempre confundo con un ranúnculo higuero; Daniel me corrige con santa paciencia.  Ay, señor.