viernes, 29 de diciembre de 2017

Lechetreznas y fuentes

Voy a anotar aquí un recuerdo que quizá sea de algún interés.

Un pastor de Agüero (o que pasaba por Agüero; pero creo que era de allí: estoy hablando del milenio pasado), con quien partimos almuerzo, habló muchas cosas de su propia vida, y también de su infancia, entonces no lejana.  En particular, allí oí por vez primera que las cañas de clemátide, secas, pueden ser usadas como sucedáneo del tabaco, simulacro de cigarrillo quizá sería mejor decir.  A la Clematis el pastor la llamaba betiquera, nombre que tambien oía yo por primera vez, y apunté en el ejemplar de Polunin que era por entonces mi biblia botánica.

Pues bien, entre las muchas informaciones que nos regaló, una me resultó maravillosa, busqué enseguida ocasión de probarla, y lo hice no mucho después con éxito completo, con lo que aumentó la maravilla.

Se trata de una propiedad de la savia de la lechetrezna, útil para quien, como los pastores, vaga por el monte.  Si en una fuente de la que quieres beber encuentras sucio el ras del agua, echa una gota de savia de lechetrezna: verás cómo, ¡fiuuu!, se limpia enseguida.  Ese ¡fiuuu! pertenece al relato original, y certifico su oportunidad, pues apenas echas la gota de leche sobre una superficie de agua manchada de polvo, pajuelas u hojas muertas, ¡fiuuu!, por efecto de la tensión o de lo que quiera que sea, como por milagro corren todas las impurezas a refugiarse en los bordes del agua, y queda su cara limpia para que el sediento aplique su morro con toda confianza.

Yo lo hice y sigo vivo.

En cambio, el día en que la curiosidad me llevó a poner la gota de savia de lechetrezna directamente en mi lengua, no sentí nada al principio, poco después la boca me ardía como si hubiera mordido la guindilla más despiadada, tuve luego acorchados los sentidos en esa parte durante un buen rato.  No lo recomiendo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Verano


He aquí el verano, tal como aparece en el retrato de De Candolle en un parque ginebrino.  Sobre la imagen se lee en mayúsculas griegas ΘΕΡΟΣ /zéros/ (en minúsculas θέρος) "verano".

Encuentro poquísimas palabras botánicas derivadas de este nombre de estación; en realidad, sólo he encontrado 'terófito' (en latín therophytum) "planta de verano", sinónimo, si no me equivoco, de 'planta anual', que recuerdo haber oído definir, más o menos, como "planta que pasa el período desfavorable del año en forma de semilla".  El período desfavorable no tiene por qué ser el invierno, supongo, aunque lo es nuestras latitudes para la gran mayoría de las plantas.  En realidad, el peor período de muchos vegetales acaece cuando pasa cerca un cretino con cerillas.

También existe la palabra 'isótera' (ἴσος /ísos/ "igual") que en cartografía nombra la línea de igual temperatura media veraniega.  (Hay un theropithecus, pero, aparte de no ser vegetal, no sé si se puede traducir por "mono de verano", que parece más afín a la moda que a la zoología; el primer elemento no debe de ser nuestro θέρος "verano", sino θήρ /zeér/ con E larga "fiera".)

De la misma raíz de θέρος hay en griego un adjetivo, θερμός /zermós/ "caliente", del que ya tenemos muchos derivados en botánica, empezando por 'termófilo' (thermophilus) o "amante del calor", y acabando con 'isoterma' (que es como isótera pero para la temperatura media anual).  De ahí también 'termómetro', 'termas' o baños calientes, etcétera.

Chantraine admite como probable que el nombre del Lupinus albus en griego (θέρμος /zérmos/) se haya creado a partir de θερμός (ya que el lupinus es amargo, esto es, "caliente") por simple desplazamiento del acentο.  Si es así, también sería pariente de nuestro θέρος "verano" la voz vulgar que en castellano designa a aquella planta, pues 'altramuz' proviene de un árabe al-turmus que representa el θέρμος griego.

La voz latina correspondiente a θέρος es aestus /áes-tus/ "verano", cuyo adjetivo aestivus "veraniego" no sólo da en castellano el nombre finolis de esta estación, 'estío', sino que en botánica apellida a algunas especies, por ejemplo el Asphodelus aestivus /as-fó-de-lus aes-tí-vus/ o el Triticum aestivum /trí-ti-cum aes-tí-vum/ (y no encuentro ejemplo en femenino).  Hay incluso un adjetivo derivado del adjetivo en el Adonis aestivalis.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Festuca II

Aparte de su valor botánico, la palabra latina festuca se emplea en latín en el sentido general de "pajita", "brizna de paja" o "tallo de paja".  Como nombre de planta, parece referirse a alguna gramínea (según diccionarios, a la Avena fatua o a la Festuca ovina).  También, por antífrasis, designa un martinete o pisón para clavar puntales o aplanar el suelo.  Pero ahora quiero referirme a dos usos simbólicos que, probablemente, no serán del conocimiento general de los botánicos.

Por un lado, en la antigua Roma la festuca se empleaba en la ceremonia de la vindicta in libertatem, forma solemne de emancipación simbolizada por el golpe que el lictor o el propietario propinaba al esclavo, en presencia del pretor, con una festuca: esa festuca, que acabó llamándose vindicta, lo hacía ciudadano y era símbolo, pues, de la libertad.

En ese empleo la propia festuca sustituía a su vez a la lanza, el viejo emblema de la propiedad quiritaria, del que conservamos aún el término subasta (por la que venta se hacía sub hasta, esto es, "junto a la lanza" enfáticamente clavada en el suelo).

Trasparece ese significado de nuestra festuca cuando el soldado fanfarrón de Plauto, en la comedia Miles gloriosus, se interesa por la condición legal de cierta posible amante:

               Quid ea?  Ingenuan an festuca facta e serva liberast?

"¿Ella qué: es nacida libre o de esclava hecha libre por la festuca?"  Dos siglos más tarde Persio, en su sátira quinta, alude a la festuca cuando describe, en términos de filosofía estoica, la verdadera libertad, que radica en la liberación de los deseos,

               non in festuca, lictor quam iactat ineptus.

"y no en la festuca que en vano blande el lictor".

Además de los poetas, el propio Espíritu Santo usa simbólicamente de esta gramínea.  Pues del mismo Cristo es el apóstrofe que nos comunica Lucas, capítulo 6, versículo 41:  Quid autem vides festucam in oculo fratris tui, trabem autem quae in oculo tuo est non consideras?  Esto es:  "¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano, y no examinas la viga que llevas en el tuyo?"  El original está en griego, pero aquí nos interesa la versión de Jerónimo, a quien supongo no menos inspirado por el Espíritu.  Por cierto que muchos llaman "refrán" a esto de ver la paja en el ojo ajeno.  ¿Qué refrán?  ¡Palabra de dios!

En su Elogio de la planta dice Hallé, si la memoria no me falla, que una Festuca puede vivir mil años.  Por un error de razonamiento muy común, la longevidad nos hace pensar no en pajuelas sino en árboles, gigantescos a poder ser.  Ahora bien, si atina Hallé, quizá la misma hierbecilla que vio a los triúnviros cruzar los Alpes para fundar Narbona pudo ser pisada por el caballo de Ecio en los amenes del imperio, medio milenio después.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Festuca


Busco el origen del término "eskia", específico de la Festuca eskia, y encuentro en la red la Mémoire sur l'état de la végétation au sommet du Pic du Midi de Bagnères leído por Ramond en 1826 (cumplidos ya sus 71 años) en la academia de Dijon.  Copio este párrafo, que me ha parecido muy interesante:

"Cette plante porte, dans le pays, le nom d'eskia, et c'est celui que je lui ai définitivement donné; mais on l'appelle aussi oursagne; et j'avais d'abord traduit cette dénomination: plusieurs botanistes l'ont reçue de moi étiquetée F. crinum ursi...  Le F. eskia s'empare surtout de la face méridionale des montagnes; elle commence à paraître où finit le Nardus stricta, et constitue au Pic du Midi le fonds de la végétation graminée, depuis l'hauteur absolue de 1.150 toises jusqu'à celle d'environ 1.400.  Rien de plus dangereux, dans les Pyrénées, que cette herbe enchevêtrée, dure et glissante, dont les tapis épais font des moindres pentes autant de précipices... C'est l'écueil le plus ordinaire du gros bétail, et presque l'unique cause des accidents, d'ailleurs peu nombreux, qui arrivent aux agiles habitants de ces contrées."

En ese mismo texto calcula en unas 1.500 toesas la altura del Pic du Midi (que ahora se estima en 2.877 metros).  Ramond utiliza esa medida del Antiguo Régimen (equivalente más o menos al passus romano) a pesar de que ya la Revolución había establecido el sistema métrico decimal (en España lo impuso José I en 1808).  Me pregunto si a Ramond le pasaba lo que a nosotros en 2002, con los euros y las pesetas: ¿pereza de cambiar la medida de referencia largamente usada?

En todo caso, el párrafo confirma que la palabra eskia es un mot du pays, en este caso probablemente bearnés.

En 2015, para conmemorar los 150 años de la Société Ramond de Bagnères-de-Bigorre, Pierre Debofle ha editado los dos Carnets pyrénéens cuidadosamente redactados por Ramond entre 1792 y 1795 en los que anotaba sus excursiones pirenaicas y muchas observaciones y reflexiones sobre geología, etnografía y botánica, no sin algún comentario sobre sucesos de la vida pública (aquellos años vieron la decapitación de Luis XVI y el Terror) y de la privada (por ejemplo alguna página consagrada a lamentar la reciente muerte de su novia Úrsula).

Pues bien, una anotación del 15 de octubre del 92 menciona "le Nard aigu et le fétuque améthyste, maudits des bergers sous le nom d'esquia et de poil de loup, graminées âpres, piquantes que le bétail ne peut brouter et qui infestent les pentes dont elles augmentent les dangers".  En esta nota, que sin duda es origen del comentario citado arriba, vemos que Ramond transcribe con Q el nombre vernáculo de la Festuca eskia.

El Musée Pyrénéen de Lourdes guarda ese gracioso perfil del joven Luis Ramond de Carbonnières.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Primavera



En Ginebra, en el parque de los baluartes, vi un hermoso busto retrato, en bronce: el pedestal daba la fecha (1913), la firma del escultor (J. Pradier, ginebrino) y el nombre del retratado: Augustin Pyramus de Candolle (Ginebra, 4 de febrero de 1778, Ginebra, 9 de septiembre de 1841).  Así que De Candolle también era ginebrino.  El artista había adornado el pedestal con cuatro mozas, casualmente en pelota, en representación de las cuatro estaciones.  Yo les hice una foto a cada una, pensando en este cuaderno...

Eso de que las estaciones sean cuatro está bien para Vivaldi y para nosotros, y no digamos para los de la tele, que deben de leer el BOE para saber cuándo empiezan:  "Esta tarde a las 17,15 comienza oficialmente la primavera".  ¡"Oficialmente"!  ¡Caray!  Quizá piensan que astrónomo es algo así como ministro...  Pero, en fin, Cervantes contaba cinco estaciones, y cuanto más atrás vamos en el tiempo más impreciso es el concepto.

La que veis en la foto es ῎Εαρ /éar/, esto es, Primavera (está escrito arriba, en mayúsculas griegas: ῎ΕΑΡ).  La palabra ἔαρ contrae en ἦρ /éer/ y se admite que ἦρ corresponde al latín ver /uéer/, cuyo significado propio, por lo que yo entiendo, no es exactamente "primavera", sino "buen tiempo"; al menos, nunca he encontrado un texto en que el sentido pueda equipararse al moderno de "primavera"; cierto que ver va detrás de hiems ("invierno"), pero eso no implica que dure tres meses (y menos que empiece a las cinco y cuarto).

En cualquier caso, todo el mundo admite que tanto ἦρ como ver significan "primavera", y desde luego ese es el significado que tiene en la nomenclatura botánica.  El genitivo de ver es veris "de la primavera", y ese genitivo está tal cual en el nombre de la Primula veris (literalmente: "la primerita de la primavera"; otro día me dedicaré a los diminutivos, que es una de mis debilidades).

De ver sale el adjetivo vernus "primaveral", que es muy frecuente en fitónimos.  Vernus es la forma masculina, por ejemplo en el Crocus vernus o el Lathyrus vernus; el femenino es verna, como en Erophila verna, Gentiana verna, Scilla verna o Veronica verna; vernum, por último, es el neutro (en latín hay muchas palabras neutras) como el Bulbocodium vernum.  Todos ellos son (o al menos su nombre significa) "primaverales".  Otra variante del adjetivo "primaveral" es vernalis, como en el Adonis vernalis.

Me resulta particularmente simpática la Erophila verna; la descubrí hace un par de años, que me dediqué a plantas minúsculas, y, modestísima como es, ahora la reconozco cuando aparece en febrero o marzo poniendo un delicado terciopelo blanquecino en ciertos caminos pedregosos; eso me pone contentísimo, y me he hecho muy amigo de la erófila.

¿Y qué significa Erophila?  Pues "amiga de la primavera".  El segundo elemento es el de pánfilo o cinéfilo (φίλος /fílos/ "amigo"); y el primero es ese ἦρ, "primavera", que campea en el retrato de Candolle modelado por Pradier.  Erophila, si no me equivoco (pues no encuentro esta palabra en textos clásicos), es un neologismo griego inventado directamente en latín (lo que es más frecuente de lo que parece: piénsese en el hidrógeno y el oxígeno de Lavoisier), supongo que en el siglo XVIII.  Quien inventó el nombre era insistente, desde luego, porque "erófila verna" viene a querer decir "primaveral amante de la primavera".

En época tardía del latino ver sale el adjetivo veranus y la expresión tempus veranum, de donde el "verano" castellano; y la primavera en ese latín es "el comienzo del ver", esto es, el primum ver; quizá "primavera" sea uno de los muchos casos en que un neutro plural latino da un femenino singular castellano.

martes, 14 de noviembre de 2017

La memoria secreta de las hojas

Ese título tan ñoño (o así me lo parece: y aún peor el subtítulo: "una historia de árboles, ciencia y amor") me hubiera disuadido por completo de abrir este librito, si no fuera porque lo encontré en el anaquel de botánica de la biblioteca de Zaragoza, que a menudo reviso en el inútil afán de corregir mi enciclopédica ignorancia.  "¡Un libro nuevo (pensé, plagiando a Plinio): algo tendrá de bueno!"  Y lo tomé prestado.

Ahora acabo de leerlo y creo que puedo asegurar que es casi cualquier cosa menos un libro de botánica.  Es cierto que contiene informaciones en torno esa ciencia, aunque no muchas.  Mejor le iría un título como: "Mi carrera como científica" o incluso "La amistad de dos perros verdes".  Hope Jahren, la autora, americana, tuvo el acierto de titularla Lab girl, y los amigos de Paidós el desacierto de elegir un título blandenge digno de las convencionales biografías sentimentales que sobre Sissí o María Cristina nos infieren los novelistas históricos.

Jahren, una neurótica hiperactiva con tendencia a la depresión, es una extraordinaria narradora, literalmente extraordinaria, esto es, justo lo opuesto a convencional; y casi todo en este libro se sale de lo común, empezando por la autora y la extraña amistad que mantiene con ese raro espécimen que es su eterno ayudante, cruce de armenio y escandinava, a quien el libro en realidad está dedicado.

En el libro de Jahren, una bióloga y geobotánica de prestigio, aprendemos sobre su infancia difícil, sus primeros pasos como investigadora, sus éxitos científicos, las dificultades de una mujer en universidades más bien masculinas (a lo poco que sobre eso apunta no le falta el humor: "todas las mañanas de diez a diez y media gozaba del privilegio de entreoír, a través del fino tabique que separaba mi despacho de la sala de descanso, debates sobre mi orientación sexual y mis probables traumas infantiles"), la dureza de un embarazo privada de ansiolíticos...

Jahren, además de científica, ha leído mucho y asimilado mucho de la buena literatura.  Recomiendo la lectura.  Entresaco aquí tres párrafos de contenido botánico.

En el primero, tras aludir a la conquista de la tierra firme por la vida vegetal, añade:  "Tres mil millones de años de evolución sólo han producido una forma de vida capaz de invertir este proceso y hacer de la Tierra un lugar considerablemente menos verde.  La urbanización está descolonizando las superficies concienzudamente colonizadas por las plantas hace cuatrocientos millones de años, devolviéndolas a su estado original de tierra áspera y baldía..."

Otra página:  "En esta época... en que el ser humano reina... las plantas más fuertes se están haciendo más fuertes aún...  Las trepadoras no pueden apoderarse de un bosque sano: necesitan que haya alguna perturbación, algún desajuste...  Los suburbios y las grietas de nuestras ciudades solamente soportan un tipo de planta: la maleza, algo que crece rápido y se reproduce con furia...  Los humanos están creando con sus actividades un mundo en el que sólo puede existir la mala hierba, y luego dicen estar sorprendidos y hasta indignados por encontrar tanta a su alrededor."

No es muy alentador.  Y aún menos lo son estas frases del epílogo:  "Nuestro mundo se está desmoronando en silencio.  La civilización humana ha reducido las plantas (una forma de vida de 400 millones de años) a tres cosas: alimento, medicina y madera.  En nuestra implacable y cada vez más intensa obsesión por obtener más volumen, potencia y variedad de esas tres cosas, hemos devastado los sistemas ecológicos vegetales hasta un extremo que millones de años de desastres naturales no pudieron alcanzar."

jueves, 9 de noviembre de 2017

De la letra K

El otro día, en amable sobremesa, el amigo Guido (que sabe más latín que yo) me preguntó si en latín clásico se usaba la letra K.  Como perrito al que lanzan la pelota, babeando de felicidad me precipité a una copiosa explicación sobre la letra K.

No (respondí), en latín clásico la K se emplea para muy escasos y tasados usos: para abreviar kalendae (las calendas, nombre que tenía el día 1 del mes, y de donde viene nuestra palabra "calendario"), en Kaeso o Cesón (un nombre de persona algo rarito) y poco más.

Como en latín el sonido de la K lo representaba la C (letra que en latín clásico siempre se pronuncia /k/), para transcribir la kappa griega se emplea siempre esa letra C, como hemos visto en Centranthus /kentrántus/ (de κέντρον /kéntron/ "aguijón") o como se ve, por ejemplo, en Parthenocissus /partenokíssus/ ("parra virgen", de κίσσος /kíssos/ "hiedra").

Sólo siglos más tarde, cuando ya la C latina empieza a alterar su pronunciación ante E e I, los autores se ven obligados a usar la K si quieren reflejar sin ambigüedad la pronunciación griega (por ejemplo, Isidoro de Sevilla en el siglo VII, o yo mismo ahora, cuando quiero indicar la pronunciación clásica de la C).  Algo así debió de llevar a De Candolle a llamar Kentrophyllum lanatum al que hoy se llama, creo, Carthamus lanatus: mantuvo la kappa de κέντρον en lo que con transcripción más ortodoxa debió ser Centrophyllum /kentrofíl-lum/ (que significará "hoja de aguijón" o pinchuda).

De modo que si encontramos la letra K en nombres botánicos, lo más probable es que esa K se deba a que se ha tomado la ortografía de un nombre vernáculo, o bien la escritura original de un nombre o apellido, si se trata de un fitónimo honorario, esto es, del nombre de planta creado para honrar, por ejemplo, a un rey, a un mecenas o a otro botánico.

A estas alturas de la exposición, Guido (el único que quedaba despierto) observó que, en su opinión, ese era el caso de la Festuca eskia, donde el nombre específico estaba tomado de una palabra local, pirenaica.

Por mi parte, nada más llegar a casa me puse a buscar la K en nombres botánicos y la he encontrado, en efecto, en nombres específicos claramente honorarios, como lamarcki, willkommii, kleinii, rostkoviana, donde fácilmente se reconoce el apellido originario; menos fácilmente en otros casos, pero sospechable en géneros como Bilderdykia, Kickxia, Krascheninnikovia...

He buscado algunos, y encuentro, por ejemplo, que la Kickxia fue bautizada por Bartolomé Carlos Dumortier en 1827 en honor del botánico belga Juan Kickx (1775-1831).  Qué ortografía tan rara gastan estos belgas.

De nombres vernáculos, supongo yo, deben de estar tomados términos como Ginkgo (¿no suena como chino?), Kalanchoe, alkekengi, pero no amo tanto la letra K como para buscarlos todos.  De la Salsola kali me atrevo a apostar que ese kali es árabe y que de esa palabra viene la castellana "álcali".

martes, 7 de noviembre de 2017

De polígonos y poligonos II

El caso es que gracias a la botánica me he dado cuenta de que en latín hay polígonos y poligonos; y los polígonos de verdad (esdrújulos) son las plantitas, mientras que las figuras geométricas son, o deberían ser, los poligonos (llanos).

¿Qué tienen que ver, me preguntaba, las poligonáceas con la geometría?  Y esa pregunta me llevó a encontrar que en griego hay dos polígonos totalmente diferentes; uno es πολύγονος /polýgonos/, un adjetivo que significa "prolífico", "muy fecundo"; y el otro es también un adjetivo, πολύγωνος /polýgoonos/, cuyo valor es "de muchos ángulos", "poligonal".

Se observará que la diferencia radica en una O, que es breve en el primer caso (es una ómicron; el propio nombre lo dice: o micron, esto es, "O pequeña") y larga en el segundo (es una ómega; o mega, "O grande").

El prefijo de ambas palabras es el adjetivo πολύς, πολύ /polýs, polý/ "mucho", "abundante"; pero difieren en el segundo componente: la O breve corresponde a la raíz γεν-/γον- /gen- gon-/ (la G ha de sonar como en goma), que significa "engendrar".  En la propia palabra "engendrar" se ve la raíz -gen-, muy viva en todos los idiomas indoeuropeos, como corresponde a su idea de fecundidad.

En cambio el "polígono" con O larga tiene una raíz menos productiva, la de γωνία /goonía/, "ángulo", quizá la misma de γόνυ /góny/ "rodilla"; ésta da en castellano palabras como diagonal, goniómetro, pentágono, hexágono etc.

Con la raíz γεν-/γον- "engendrar" podríamos escribir fácilmente una larguísima lista de palabras, todas relacionadas con los conceptos de "generación" y "estirpe": género, gente, genio, genoma, gen, gónada, eugenesia, Diógenes, homogéneo, hidrógeno, oxígeno, patógeno, primogénito...  Ya se ve que muchas son términos de biología; podíamos escoger sólo las botánicas: arquegonio, edogoniáceas, esporogonio, y aún así tendríamos para llenar la página.  Quedémonos aquí. 

El polígono con ómicron, el que significa "fecundo", es el botánico, naturalmente, que da el nombre al Polygonum (y a las poligonáceas), cuyo significado original sería "prolífico", y nada tendría que ver con los ángulos.  Por cierto, en griego existe el sustantivo πολύγονον, mencionado por Dioscórides como nombre de una planta desconocida (para mí al menos).

De la otra raíz, también en griego había términos botánicos, pues si γωνία es pariente de γόνυ "rodilla", entonces también se relaciona con πολυγόνατον /polygónaton/ (que al parecer designaba al Polygonatum odoratum, la Convallaria polygonatum de Lineo): el nombre en este caso aludiría a los muchos ángulos o nudos de la plantita.

Para terminar: si nos atenemos a la acentuación latina, deberíamos en castellano decir, hablando geometría, poligono, pentagono, hexagono, octogono, etcétera.  Llanas, no esdrújulas.  Los botánicos, en cambio, pueden y deben seguir diciendo Polýgonum.  Y, por cierto Polygónatum (y no Polygonátum), ya que la alfa es breve.

lunes, 23 de octubre de 2017

De polígonos y poligonos

Así como hay palabras que los hispanos hacemos llanas, cuando debieran ser esdrújulas (como cítiso o crisántemo), hay otras muchas que van al revés: debieran ser llanas, pero, por razones no siempre averiguables, las hacemos esdrújulas.  Destaco entre ellas el nombre de una ciudad, Ravena, que miro con particular cariño: en latín se llamó Ravenna, con acento en la E; en italiano dicen Ravenna, con acento en la E; en francés Ravenne, con acento en la misma E...  ¿A qué seguir?  En todos los idiomas se acentúa igual, salvo en el nuestro, donde decimos Rávena.  ¿De dónde viene nuestra esdrújula?  Misterio.  Como decía Luis Gil, los españoles hemos sacado Rávena del rábano.

También esdrujulamos mal una palabra botánica, aunque es del campo de la biología general, y a menudo pasa a la conversación común: hablo de "parásito", esto es, lo que debiera ser "parasito" (con acento en la I).  Debiera ser, porque en latín esa I de la sílaba penúltima es larga, como ya era larga la iota del original griego παράσιτος /pa-rá-sii-tos/ que significaba "comensal" (como adjetivo: "que come al lado": παρά "al lado", σῖτος "pan" o, en general, "alimento").

A propósito de esta palabra, cuyo acento hoy corriente en castellano coincide con el del nominativo griego, hay que precisar que en griego la palabra tiene al menos nueve formas distintas, de las que cuatro son esdrújulas (en rigor, proparoxítonas) y cinco llanas (paroxítonas); lo que priva de razón al argumento a veces aducido (aun por profesores): "prefiero usar el acento griego"; puesto que el griego, como el latín, carece de un concepto "acento de palabra" comparable al castellano.  Sin embargo, el acento griego puede ser en este caso la explicación del castellano.

Claro es que no siempre se ha dicho "parásito" en nuestra lengua.  Como prueba traeré aquí una estrofa de Espronceda, donde no cabe duda de cómo nuestro poeta romántico (al fin y al cabo alumno de un latinista insigne como Alberto Lista) acentuaba la palabra:

               Basta, silencio, hipócritas parleros,
               turba de charlatanes y eruditos,
               tan cortos en hazañas y rastreros
               como en palabras vanas infinitos;
               ministros de escribientes y porteros,
               de la nación eternos parasitos.
               Basta, que el corazón airado salta,
               la lengua calla y la paciencia falta.

La octava real es de El diablo mundo y alude a los políticos de entonces, que por lo visto no le gustaban al poeta, a juzgar por el apóstrofe:  ¡Oh, imbécil, necia y arraigada en vicios / turba de viejos que ha mandado y manda!  Menos mal que eso era en el siglo XIX.  ¡Lo que avanza la historia!

Me he alargado, y lo dejo aquí de momento.

viernes, 13 de octubre de 2017

Más sobre artemisia

Lo que parece indudable es que ya en griego se nombra la ἀρτεμισία /artemisía/ al menos en los libros de Aristóteles, de Dioscórides y de Teofrasto, a fines del siglo IV aE.  (Esa fecha es compatible con la atribución del nombre a la Artemisia histórica.)  Y también parece claro que del griego la palabra pasó al latín artemisia (pronunciado /artemísia/) con un significado parecido y una forma casi idéntica (salvo por el acento, determinado en latín, como sabemos).

Otra cosa es el significado exacto del nombre, pues parece ser (al igual que el actual término botánico) un genérico que incluye al menos el ajenjo y la Artemisia abrotanum.  Una nota a pie de página en mi edición de Plinio dice que esta artemisia de Artemisia es la A. arborescens (el "ajenjo moruno" de Font Quer, con propiedades parecidas a las de la A. absinthium).

Por cierto, releyendo con más atención el capítulo XXV de la Naturalis historia veo que el mismo párrafo 73 citado es quizá la fuente de esa Artemisia de Caria como botánica experta, ya que dice Plinio:  Mulieres quoque hanc gloriam adfectavere, in quibus Artemisia uxor Mausoli adoptata herba, quae antea parthenis vocabatur:  "También mujeres han apetecido esta gloria [de dar su nombre a una hierba], entre ellas Artemisia, la esposa de Mausolo, adoptando la planta que antes se llamaba virginal".  El ambiguo adoptata herba puede ser tomado en el sentido de que fue ella misma quien bautizó con su propio nombre a la planta, como hiciera Nicea con la ciudad de Antígono Monoftalmo.

Plinio informa que la hierba se llamaba antes parthenis.  En el ensayo de Stechman se la llama παρδένις /pardénis/, errata evidente en lugar de παρθενίς /parzenís/, que significa aproximadamente "virginal".

Veo que en castellano se admite tanto la forma artemisia como artemisa, e incluso se da preferencia a ésta última, pues da entrada a la definición.  A mí me gusta más la primera forma, que sigue la latina y la original griega.

Hierbas aparte, el nombre "Artemisa" ha tenido fortuna en español como denominación de la hermana de Apolo, pero no tiene fundamento alguno, creo, en las lenguas clásicas.  El nombre de la Diana griega debería ser en castellano Artémide o, como mucho, Ártemis,  Ésta era también, si no me falla la memoria, la opinión de Luis Gil.  En cuanto a la etimología del nombre de la diosa en griego, es muy oscura, aunque algunos la explican, como bien señala Chantraine, por palabras aún más oscuras (obscura per obscuriora).

domingo, 8 de octubre de 2017

De artemisia y genepí

Me he escapado unos días a ver mundo y, aprovechando que iba cerca, subido hasta la Saboya, en particular Annécy y Chambéry (no conocía más Chamberí que el barrio madrileño: bautizado así, dicen, por la añoranza patria que sentía María Luisa de Saboya, esposa de Felipe V).  El caso es que en Annecy, que es un pueblo muy mono y lleno de turistas, con mucha tienda de bibelots y souvenirs, me llamó la atención la abundancia y variedad de botellas de génépi, esto es, de licor de genepí.  Luego las volví a ver, en número más discreto, en otros puntos de la zona y también del valle de Aosta.  No compré ninguna, porque mi extremada sobriedad rechaza las bebidas de hierbas, y se limita al orujo y a la grapa.

En una librería de Chamberí ojeé un manual botánico: allí estaba la Artemisia genipi Weber, género autónomo descrito hacia 1730 por Stechmann (por esa época Rousseau mariposeaba entre Annecy y Turín).  Algo debí de entender mal, porque en la red encuentro una tesis De artemisiis que Joannes Paulus Stechmann "defenderá" (sic: defendet) en la universidad de Gotinga en junio de 1775.  Ahí están descritas las Artemisiae y entre ellas la A. genipi.

Ya en casa se me ocurre preguntarme por el nombre genérico.  ¿Artemisia tiene algo que ver con la diosa Diana, la Artémide (o Ártemis) griega?  Veo que los autores dudan entre atribuir el nombre a la diosa virgen, la diosa flechadora, la hermana de Apolo, el dios médico, ella misma patrona de hierbas y venenos (al fin es la diosa luna: la nocturna Hécate); o bien a la menos celeste y más real Artemisia, la hija de Hecatomno de Mílasos: Artemisia casó con su propio hermano Mausolo y a la muerte de éste (353 aE) gobernó su satrapía de Caria y Rodas, y en Halicarnaso (la patria de Heródoto) construyó al hermano-esposo una tumba tan espectacular que fue incluida entre las maravillas del mundo.

Plinio el enciclopedista también atribuye el nombre de la planta a la constructora del famoso Mausoleo (xxv 73).  Una página de la red dice que Artemisia era una aficionada a la botánica, pero no encuentro confirmación de esto en ninguna otra parte.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sonchus y Deschampsia II

Curioso dígrafo éste, CH.  Los italianos lo conservan justamente para el sonido /k/, igual que el latín.  Así que en italiano la palabra che se pronuncia igual que nuestro "que".  Dificilillo de comprender, por lo visto, para algunos periodistas deportivos, que al pobre Chiapucci lo llegaron a llamar Chapuzi, como si fuese un chapucero y no un trepador aguerrido.

Algo se complica el asunto en francés, donde por ejemplo chor se pronuncia /kor/, aunque el habitual sonido de la CH es el de chef, por ejemplo, parecido al de la CH castellana.  Dicho sea de paso, ¿ha observado la lectora que a la CH inicial francesa le suele corresponder una C latina (o castellana)?  Así chef, lat. caput "cabeza", o champ, lat. campum "campo", o cheval, lat. capallum "caballo".

Volvamos al latín.  De lo dicho hasta ahora, ¿podemos concluir que cualquier palabra latina escrita con CH es un helenismo, una palabra tomada del griego?  Sí, si nos limitamos al latín clásico, y quitamos algunas palabrejas donde los romanos añadieron una hache sin ton ni son.

(Los romanos escribían, por ejemplo, pulcher (/púlker/) "guapo" con una H injustificada, quizá porque una rama de la familia Claudia, los Guapos, empezaron a escribir su nombre Pulcher, que les debía de sonar más griego y más elegante que el vulgar Pulcer; algo así como a nuestro ruiseñor de Linares le debió sonar mejor Raphael que Rafael, o a nuestro locutor Miúnik que Múnich.)

Ahora bien, ya en latín botánico es muy arriesgado decir que todas las palabras con CH son helenismos.  Por ejemplo, hace un par de veranos oí a Javier P. hablar de la Deschampsia flexuosa, que él pronunciaba /deshámpsia/: decía una CH francesa.  De momento me chocó pero, gracias a ese supuesto error, caí en que el género Deschampsia honraba la memoria de un francés, un tal Deschamps (el botánico, no el futbolista, como aclaró el propio Javier).  Ahí el origen de la CH no es la griega ji, sino la CH francesa, con su peculiar sonido mojado.

En resumen, ¿pronunciaremos /deskámpsia/ a lo romano, o /deshámpsia/ a lo galo?  Usted haga lo que quiera, por supuesto, pero yo encuentro razonable aplicar la regla general y pronunciar lo primero.  Más que nada, por no complicarse la vida.  Y al fin y al cabo, ¿no vuelve a oírse así el sonido original de la palabra, valga eso lo que valga?  Porque Monsieur Deschamps, a la postre, es el Dominus Camporum, el señor De los Campos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Victorias y pérdidas

A veces al locutor del telediario le da un ataque anglófono y en vez del Múnich que decimos todos dice Miúnik con elegancia británica.  Ya verá cuando le pille Kim Yon Un y le haga cantar München en coreano.  Pero de qué me quejo, si yo también llamo Náik a la conocida marca deportiva, olvidando que su nombre es nada menos que el de la diosa griega de la victoria, esto es, Νίκη /niíkee/ (la iota es larga: de ahí el diptongo inglés); en latín, claro es, "Victoria".

Sí, sí, lo importante es participar, pero todos preferimos la victoria.  Por eso tiene tantos padres... y tantos hijos: Nicolás ("pueblo vencedor"), Aniceto ("invencible"), Andronico ("varón victorioso") y una larga ristra de victoriosos antropónimos.  También muchas ciudades conmemoran victorias militares; entre los griegos solían llevar el nombre de Νίκαια /niíkaia/ "victoriosa".

La más famosa, quizá, la Nicea de Bitinia, la fundó Antígono el Tuerto y la llamó, con esa modestia tan típica de los generales, Antigonia; luego, dicen, vino su señora (que se llamaba Νίκαια) y le cambió el nombre por el suyo.  Justo allí fué donde siglos después (en 315 dE para ser exactos) Constantino obligó a reunirse a los obispos:  "De aquí no salís hasta que acordéis entre todos una lista de dogmas comunes".  Y salió el credo, que los prelados llamaron finamente "símbolo niceno".  Del concilio de Nicea, claro.

Me acordaba de esto el otro día, en que encontramos mucha Euphorbia nicaeensis y surgió la cuestión entre pronunciar /nizeénsis/ o /nikaeénsis/; me incliné por la pronunciación del amigo Guido, esto es, la segunda.  En efecto, aunque a Νίκαια la llamemos Nicea (con el sonido de nuestra zeta) éste es el resultado castellano; en latín se llama Nicaea y se pronuncia /niikáea/, con /k/, casi igual que el griego del que es transcripción (salvo el acento).

Quiero decir, de paso, que Nicaea (el nombre latino de Nicea) tiene tres sílabas: /nii-káe-a/.  Sí, en latín AE es un diptongo, así que se meten las dos vocales en una sílaba, apretándolas un poquito.  En realidad se debía de pronunciar casi /ai/, con una i muy debilucha (como en griego su equivalente αι).

Tenemos otra Nicaea en el sur de Francia: Niza.  Debe su nombre, con toda probabilidad, a alguna victoria de Marsella (entonces griega) sobre los galos.  En esta Nicea de Francia, o Niza, debió de ser, a juzgar por el nombre que puso a la Euphorbia nicaeensis (/ni-kae-én-sis/, casi /ni-kai-én-sis/), donde la herborizó Allioni: es una planta mediterránea que se da en el norte de África y orillas de este mar.  Así que es una euforbia niçoise, como la ensalada.

Claro que por la época en que Allioni publicaba su Flora de Piamonte (1785), Niza no era francesa, sino italiana o, mejor dicho, saboyana o piamontesa.  Entonces Niza era Nizza y allí se hablaba italiano.  La Convención francesa se apoderó de ella, y estuvo medio siglo bailando entre Italia y Francia, hasta que cayó de este lado (por referéndum, creo).  Casualmente también era niçois Garibaldi, que nació un cuarto de siglo después de que Allioni publicara su Flora, y fue el héroe de la unidad de Italia.  Pero ya sin Niza.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Sonchus y Deschampsia

Se planteó el otro día la pronunciación de la CH en latín.  ¿La CH de Sonchus se lee como en castellano o de otro modo?  Yo aquí defiendo la pronunciación clásica, esto es, pronunciar /sónkus/: la CH se lee /k/ en latín clásico.  Por si a alguien le interesa, me voy a permitir una digresión sobre este curioso dígrafo, la CH.  (Dígrafo = dos signos, un solo sonido.)

El áspero sonido de nuestra jota no existía en latín, pero sí en griego, donde lo escribían con la letra "ji" (minúscula χ, mayúscula Χ).  ¿Qué hacían los romanos para transcribir un sonido que no tenían?  Con muy buen criterio, usaron para ello la letra C (recuérdese que C en latín se pronuncia siempre /k/: y nuestra jota no es otra cosa que una K aspirada): así pues, añadieron a la C el signo de la aspiración, H.  Así nació el dígrafo CH, para escribir, por ejemplo chorus "coro", transcripción del griego χορός /jorós/ "coro".

Según eso, dirá con razón el lector, habrá que pronunciar /sónjus/ y no /sónkus/.  Sí, es lo más probable que así se pronunciara la CH en los helenismos, a poco de introducirse éstos en latín; pero, como digo, siendo el sonido de nuestra jota ajeno a esta lengua, es también lo más probable, y seguro en multitud de casos, que la CH se pronunciara /k/, es decir, como si no hubiera H.  (Hoy día, entre latinistas, hay quien defiende pronunciar la H como una aspiración, vg. en hamus, homo, aunque la mayoría, si no me equivoco, prescinde de ella.)

Sonchus es uno de estos helenismos, de las muchas palabras griegas introducidas en latín.  En griego σόγχος /sónjos/ (suene aquí con ganas nuestra jota) aparece ya en uno de los primeros manuales de botánica, la Historia plantarum de Teofrasto (el discípulo de Aristóteles, siglo IV antes de la era): allí describe el σόγχος de modo que reconocemos sin duda una compuesta (6 4 8):  "Carnosa y comestible es también la raíz del sónkhos, pero la cabezuela es alargada y no tiene aspecto de cardo... La flor de la cerraja (sónkhos), cuando envejece, se convierte en pelusilla como la del diente de león" (Díaz-Regañón traduce: aquí la kh es la forma de indicar la χ griega).

Prueba adicional de la pronunciación latina /k/ la tenemos en la forma en que escribe la palabra Plinio (22 88):  Estur et soncos... uterque, albus et niger; lactucae similes ambo, nisi spinosi essent, caule cubitali, anguloso, intus cavo "también el sonco se come..., igual el blanco que el negro, ambos parecidos a la lechuga, salvo que son espinosos, el tallo alto hasta un codo, anguloso, hueco por dentro".  Según los editores de Plinio en Einaudi, el erudito romano (que en botánica suele seguir muy de cerca a Teofrasto) alude con el soncus albus al S oleraceus y con el niger al S asper.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Cucharita de pastor


Yo tenía vista la cucharita de pastor (Leuzea conifera) en sus primeras fases, cuando aparece esa hermosa alcachofa tornasolada (carxofeta de muntanya la llaman en catalán) que era, para mí, lo característico de la planta.  No obstante, un amigo arrancó el otro día, para mostrármela, una bráctea: ¡tenía, en efecto, todo el aspecto de una cuchara!

A fines de julio subí de nuevo por el lomo de las Peñas de Herrera, donde tantas flores nuevas (para mí) había descubierto en primavera, y encontré las alcachofitas abiertas, convertidas en un verdadero muestrario de cubertería.  ¡Qué imagen tan graciosa!  Ésa es, sin duda, la que justifica el nombre popular que titula esta entrada (del mismo modo que el anterior estadio justifica el nombre de carxofeta).  Plantas hay que tienen no una, sino muchas apariencias distintivas, inconfundibles.

Buscando por internet el origen del nombre genérico encuentro tantas fotos parecidas a la mía que pienso si merecerá la pena salir a pasar calor: las plantas se encuentran más fácil en la red que por esos andurriales.  Y de paso te enteras de que Leuzea es de esos fitónimos con origen en un apellido: De Candolle dedicó este género en 1805 a un tal Joseph Philip François Deleuze.  También supe que iba yo atrasado de noticias, pues ahora la Leuzea ya no se llama Leuzea sino Rhaponticum.  Paciencia...

El nombre específico (conifera) demuestra que a quien bautizó así la planta el grupo de brácteas no le pareció ni una alcachofa ni unas cucharas, sino una piña: la palabra griega κῶνος /kóonos/ "piña" dio nombre al sólido geométrico del que salen las hipérbolas y las parábolas; a esta plantita; y a toda la parentela del pino, las coníferas.

Conífera.  Otra palabra híbrida.  El segundo elemento es latino, del verbo fero "llevar".  La E del verbo fero es breve, por eso son esdrújulas las coníferas fructíferas, igual que los mamíferos mortíferos, sean odoríferos o pestíferos.  Y dejémoslo ya, no seamos somníferos.

lunes, 4 de septiembre de 2017

De heliántemos y cítisos II

La primera documentación de la palabra "crisántemo" en español se registra en el Dioscórides del doctor Laguna (Amberes, 1555): allí aparece ortografiado chrysanthemo, sin tilde (en el siglo XVI no se solía escribir el acento), pero sostiene Valentín García Yebra que "era sin duda una palabra esdrújula"; y asimismo lo es en su primera aparición en el Diccionario de autoridades (1729), donde ya lleva acento y una ortografía algo absurda: chrysántemo (¿por qué quitar la H a la th, y dejársela a la ch?  Cosas de la Real).

Según García Yebra (Diccionario de galicismos, s.v.) la razón del cambio de acento pudo ser la influencia del francés chrysanthème a lo largo del siglo XVIII.  Esto es muy verosímil, y demostrable para muchas otras palabras, incluida el italiano crisantèmo.  Pero este cambio de acento, esto que llamaré "allanamiento de una esdrújula" o "esdrújula allanada", se explica fácilmente como simple error de lectura: puesto que en latín no hay tildes, y el castellano tiende a la acentuación llana, lo más normal es que cualquier castellanohablante (¡incluidos los latinistas!) lea la palabra latina (erróneamente o no) con acento castellano.

Hablo por experiencia.  Llevo toda la vida creyendo que el madroño es el Arbútus unédo, hasta que me molesté (no hace mucho, lo confieso) en comprobar que la primera U y la E son breves.  Sin compasión me apliqué un par de azotes, y ahora ya digo (cuando me acuerdo) Árbutus únedo.

No obstante, yo aquí me atrevo a garantizar sólo los acentos latinos, pues los castellanos a veces responden a evoluciones y juegos de analogías inextricables.  Es el caso del cítiso, en latín sin duda esdrújula, cytisus (pronunciado /kýtisus/) con la I breve.  La acentuación llana del castellano está bien documentada, por ejemplo en estos versos de La noche toledana, comedia de Lope de Vega, donde citiso asonanta con lirio (aquí, por cierto, de tono azulado):

          Allí el pinte azul y rojo,
          la salvia, el cárdeno lirio,
          el alhelí como jaspe,
          los claveles y el citiso.

Pero es que, además, existe un doblete vulgar en la palabra castellana codeso: en ella los fonemas de *cutisu (la forma vulgar, previsible, de partida, desde el clásico cytisus) evolucionan de manera regular.  Ahora bien, lo que no hay quien se explique es el cambio de acento.  Corominas, con poca convicción, aventura una posible influencia de narcissus y cupressus.  Pues quién sabe.

Parece que el griego κύτισος /kýtisos/ designaba en origen la Medicago arborea, un árbol norteafricano.  Más tarde ya vale "retama" o "genista", como el cytisus romano.

viernes, 1 de septiembre de 2017

De heliántemos y cítisos

Una palabra griega, pariente próxima de ἄνθος /ánzos/ "flor" (ésta ya la conocemos), es ἄνθεμον /ánzemon/, que significa prácticamente lo mismo.  Y también, como aquélla, provee el elemento final de muchos nombres botánicos, así Chrysanthemum, Drosanthemum, Helianthemum, Leucanthemum, Mesembrianthemum, Xeranthemum; supongo que la lista (que saco de mis apuntes) aún puede ampliarse.

Si ἄνθεμον significa "flor", el primer elemento de esos compuestos precisa el significado: "flor de oro" (χρυσός /jryysós/: "oro"; uso aquí la jota con su sonido español, y la Y, en este caso larga, para el sonido de U francesa), "flor de rocío" (δρόσος /drósos/ "rocío"), "flor del sol" (ἥλιος /heélios/ "sol"; inicia la palabra una suave aspiración), "flor blanca" (λευκός /leukós/ "blanco"), "flor del mediodía" (μεσημβρία /meseembría/ "mediodía"), "flor seca" (ξερός /xerós/ "seco").

Esto en cuanto al significado de los nombres genéricos dichos.  Ahora, ¿cómo se acentúan?  Y aquí voy a tener que dar un pequeño disgusto al lector o la lectriz, porque, supongo yo, tendrá costumbre de hacer esas palabras llanas, esto es, acentuadas en la E final: -anthémum (y así lo he oído casi sin excepción a los botánicos).  Pues lo siento mucho, pero como esa E es breve (ya lo era la ε o épsilon griega, siempre breve), esas palabras son esdrújulas según la crucial ley latina: si la penúltima sílaba es breve, la palabra es esdrújula.  Así que Chrysánthemum, Drosánthemum, Heliánthemum, Leucánthemum, Mesembriánthemum, Xeránthemum.

Ya oigo que alguien protesta enérgicamente: oiga, ¿no nos irá a decir ahora que acentuamos mal, en castellano, la palabra "crisantemo"?  Pues bien, no era mi intención meterme con la acentuación castellana de las palabras, pero veo que es imposible evitar el problema.  Responderé con la mayor brevedad: sí, acentuamos mal la palabra; deberíamos decir "crisántemo", como se acentuaba en latín y como todavía se acentúa en portugués (crisântemo).

[La razón por la que quisiera evitar el problema del acento castellano es que no deseo gastar espacio en justificar la acentuación correcta, y ya advertí algo sobre lo correcto.  Baste señalar, simplificando todo lo posible, que el acento castellano que en general se considera correcto es el que resultaría de una evolución fonética regular; y que, siendo el acento uno de los elementos más constantes del idioma (la música de una palabra varía poquísimo), el acento castellano bien construido va donde iba el latino, o al menos donde iba en ciertas formas de la palabra latina.]

Otro día acabo este tema.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Hypochoeris II

[Encuentro esta entrada, que debería ir antes de "Lirio", extraviada entre borradores.]

Mireia tiene la amabilidad de darme noticia de un trabajo muy bien documentado sobre la etimología de la voz gallega maraballa y portuguesa maravalha, muy interesante para mí también en un aspecto: cita el autor varios nombres comunes de la Hypochoeris radicata, entre los que se encuentran "lechuga de cerdo" y leituga dos porcos: abundan éstos en mi afirmación, medio broma, de que quizá era la Hypochoeris plato de gusto de los gorrinos.

Además el artículo cita un Diccionario castellano-gallego de fines del siglo XIX, autor Valladares, con el siguiente dato, parece, sobre la Hypochoeris radicata: "cómenla con avidez los cerdos, y los labradores la buscan y la cogen para dársela".  Verdad es que, pese a mi afición a las etimologías, descreo mucho de ellas, y me hacen poca fuerza las palabras de un autor al que no conozco, y precisamente por ello: es conocido vicio de lexicógrafos imaginar usos y hechos para justificar una etimología que, para nuestra planta, parece indudablemente porcina.

Según leía el estudio (parte de una tesis de la Universidad de Chile, autor Mauricio Fuenzalida) tuve un sobresalto al leer Hypochaeris: no hay cosa que más me fastidie que leer mal una palabra y poner una letra por otra.  Repasé con más atención los textos y encontré que, en efecto, usan casi por mitad las formas Hypochoeris e Hypochaeris.

Aunque los diptongos latinos ae y oe se pronunciaban más o menos como se escriben, eso sólo sucedía en latín clásico; ya la edad media confundía e y ae y oe en un /e/ más o menos indiferenciado.  Por eso en latín medieval y moderno es fácil leer, junto a grafías clásicas (cetera /kéetera/ "lo demás": la primera E es larga) otras menos clásicas (caetera, coetera).  Etcétera.

¿No lo he dicho aún?  Jamás hubo una Academia que dictase la ortografía del latín.

viernes, 18 de agosto de 2017

Lirio II

El botánico busca la constancia de la cosa (el género, la especie, la variedad); los demás nos conformamos con la constancia de la palabras, que jibarizan el mundo para que quepa en nuestras cabecitas.  Nadie duda de que lirio es lis y es lys y es lliri y es lilium y es λείριον.  Pero ¿qué entes se designan con esas diversas palabras, que son a un tiempo la misma?

Para no fiarme de mi oído, consulto una pequeña enciclopedia de jardinería, y encuentro que la voz "lirio", sin adjetivos, designa sucesivamente iris, jacintos, tulipanes y azucenas.  Con determinaciones, la gama se amplía, pues el lirio del valle es el muguete, el lirio de agua la cala (Zantedeschia aethiopica), etcétera.

La cosa se complica entrando en la heráldica; pensaba yo, iluso, que la flor de lis (en francés escriben lis o lys indistintamente) era flor de veras, pero ya veo que es de fantasía: ahora es esta flor, ahora aquella, por veces una agrupación de tres.  No pidamos realismo al blasón: la flor de lis francesa es dorada; la florentina, en cambio, más colorida, es ya roja, ya amarilla, ya azul.

Ya en griego λείριον /léirion/ es palabra ambigua: valía por el Lilium candidum (en Teofrasto, por ejemplo) pero también por "narciso" (no sé cuál: ¡y en el mismo Teofrasto!).  Dice Chantraine que la palabra es préstamo de alguna lengua oriental, y Meillet lo confirma por lo que hace al latín lilium, idioma donde la palabra tiende a reducir su campo al significado de "azucena".  Así en Virgilio (Eneida 6 707 y ss) ya tenemos la juntura lineana:

          Ac veluti in pratis ubi apes aestate serena
          floribus insidunt variis et candida circum
          lilia funduntur...

"Y como las abejas, cuando en los prados, los claros días de verano, se posan en las flores y se derraman sobre los blancos lirios..."

Los poetas, aunque apegados a las palabras más que el resto de los mortales, son gente seria: a cada rasgo, como decía Quevedo, le asignan su verdura: a los labios la fresa, a las mejillas la rosa... Con loable perseverancia, un lirio será una azucena para el poeta, y símbolo de la blancura ideal en las tiernas carnes de su ninfa.  Así canta Salicio con arrobo petrarquista:

          por ti la verde hierba, el fresco viento,
          el blanco lirio y colorada rosa
          y dulce primavera deseaba.

Góngora echa mano del mismo vegetal para describir a su Galatea ("Lechosa"), pero hablando medio latín, como le gusta al canónigo cordobés:

          Purpúreas rosas sobre Galatea
          la Alba entre lilios cándidos deshoja:
          duda el Amor cuál más su color sea,
          o púrpura nevada o nieve roja.

Ay, Galatea, lo que te has perdido.  Polifemo era feo, sí.  Pero ¡qué voz tan dulce!

miércoles, 16 de agosto de 2017

Lirio

¿Por qué los diccionarios definen tan vagamente los nombres de las plantas?  ¿No han oído hablar de Lineo?

Buscaba el otro día el significado de almorta y me encontré con esto en el de la RAE: "planta anual de la familia de las Papilionáceas, con tallo herbáceo y ramoso, hojas lanceoladas con pedúnculo..."; y así durante cinco mortales líneas, que rematan de esta manera: "florece por junio y es indígena de España".  No sabe uno si está en un diccionario de la lengua o en una enciclopedia.  Mejor lo hace María Moliner, que, sobre una breve definición, acostumbra dar un nombre lineano, y con sólo ver Lathyrus sativus estás al cabo de la calle.

En las cartas de Rousseau salía el genepí (sic): tras buscarlo sin éxito en castellano, fui al francés, y bajo la voz génépi encontré esto: "plante sauvage des hautes montagnes (composées)".  Estamos buenos.  Menos mal que luego, por puro azar, oí a José Vicente F. explicar que el génépi era un género próximo, o quizá una variedad (no entendí bien) de Artemisia absynthium.  (En las Confesiones cuenta Rousseau que Anet, criado y amante de Mme. de Warens, murió de una pleuresía contraída mientras cosechaba génépi, planta indicadísima... contra la pleuresía.  Puesto que Anet parece significar "eneldo", de no saber que el personaje existió realmente, todo podría pasar por una broma pesada del fantasioso Jean-Jacques.)

Claro es que, en los ejemplos que acabo de proponer, se trata de especies muy concretas.  En una grandísima proporción de casos, los nombre vernáculos, objeto de definición, no aluden a una especie botánica, sino a un grupo incierto de plantas, identificadas sobre todo por su utilidad inmediata (caso de la maraballa gallega, que al parecer admite esta acepción estupefaciente: "toda hierba que se coge con el fin de dársela a los cerdos").  Se comprende, así, la resistencia de los lexicógrafos a precisar la especie aludida por algunos fitónimos, y por qué se limitan a indicar ciertos rasgos imprecisos: "planta olorosa que se cría espontáneamente en los ribazos", "enredadera de flores blancas", etcétera.

Una planta, o, mejor dicho, una palabra me tiene perplejo: el lirio.  ¿Qué es un lirio?  Es el arquetipo de las liliáceas, desde luego, lo que quiere decir que los botánicos tienen claro lo que es el Lilium; pero para los hablantes de castellano la cosa, encuentro yo, no es tan simple.  Por mi parte, siempre he oído llamar lirios a los iris y, por el contrario, en casa a los Lilia candida siempre los hemos llamado "azucenas", y nunca "lirios".  (Azucena es palabra de raigambre arábiga, al parecer de un hebreo sussanna que proporciona el nombre a muchas chicas: sí, Susana significa, dicen, "azucena".)

Pero veo que esto se alarga demasiado.  Lo dejo para otra entrada.

lunes, 7 de agosto de 2017

Prenanthes

Subiendo al valle de La Larri (con José María S. me ha entrado el gusanillo geológico, y quería ver la famosa ventana tectónica), el sendero que trepa junto a las cascadas está lleno, pero lleno lleno a estas alturas del año, de Prenanthes purpurea, o al menos una planta que se le parece mucho, con sus hojitas oblongas, panduriformes.  Y al ver tantos ejemplares me he confirmado en la idea que en su día me formé sobre la etimología del nombre: en efecto, salvo los ejemplares pequeños, algo más erguidos, en general las varitas de Prenanthes se inclinan, y tanto más cuanto más crecidas y más floríferas, de modo que las flores, en sus racimillos terminales, van como humilladas y cabizbajas.

Supuse yo (y sigo suponiendo, porque de momento no pienso entrar en más averiguaciones) que prenanthes es palabra inventada (no aparece en mis diccionarios), forjada sobre el modelo de los adjetivos griegos διανθής /dianzeés/ "de flores variadas" o εὐανθής /euanzeés/ "bien florido": el elemento final, común a todas ellas, es la voz ἄνθος /ánzos/ "flor" (que conocemos del Centranthus) y que, como es natural, entra en muchísimos nombres botánicos.

Pero en prenanthes el elemento inicial no es διά /diá/ (preposición que puede indicar variedad) o εὖ /eu/ (el adverbio "bien"), sino el adjetivo πρηνής /preeneés/ que significa precisamente "inclinado hacia adelante".  Πρηνής es el correspondiente casi exacto del latino pronus, que más o menos todos hemos oído en la expresión médica decubito prono, esto es, "tumbado hacia adelante" o, como decía mi abuelo Antonio, "tumbado de barriga".  Así que, al ver las Prenanthes tan vencidas hacia el suelo, aquella suposición quedó, no demostrada, pero algo corroborada.

Encuentro entre mis papeles bastantes nombres de géneros con formación similar:  Cheilanthes, Cloanthes, Doryantes, Helianthes, Menyanthes, Spiranthes; imagino que la mayoría son neologismos botánicos, pues la única que encuentro en el Bailly es χλοανθής /jloanzeés/ "de flores verdosas", cuya transcripción correcta al latín sería Chloanthes y no Cloanthes (la letra χ se llama "ji", suena como nuestra jota y se transcribe al latín CH).

En el caso de Spiranthes, se trata de una orquídea que está en Aragón, pero sólo la he visto en foto: en el librito de Orquídeas de Aragón de Conchita Muñoz se puede admirar el hermoso racimo floral, retorcido; eso me hace pensar que el primer elemento es la palabra latina spira "espiral", con lo que spiranthes sería una de esas voces híbridas de latín y griego (algo que no gusta nada a los puristas).  Yo no soy purista, así que me limito a constatar que la especie Spiranthes spiralis tiene un nombre un poquitín redundante.

sábado, 5 de agosto de 2017

Merendera

El nombre de esta planta suena tanto a castellano derecho, que me resulta difícil pensar que es latín.  En latín existe, desde luego, la palabra merenda con el mismo significado que su resultado fonético "merienda" (la E breve acentuada latina diptonga en ié castellano), pero no existe, que yo sepa (he mirado un poco por ahí, y creo que lo puedo confirmar) la palabra latina merendera, si no es en el neolatín de la botánica.  ¿De dónde la ha sacado éste?  Yo creo que del castellano, o al menos de algún idioma español.

La razón por que lo creo es que el sufijo -ero/-era es muy castellano y nada latino.  De merenda en latín podría salir la palabra *merendaria (el asterisco indica que me he inventado la palabra) pero nunca merendera.  En efecto, el sufijo que adjetiva nombres es en latín -arius: de arma viene armarius, de primus procede primarius y la sal conduce al salarius.

De paso, ahí tiene usted tres bonitos dobletes: "armero", "primero" y "salero" son palabras patrimoniales (castellano fetén, digamos), mientras que "armario", "primario" y "salario" (que son exactamente las mismas palabras, pero con vía culta de entrada al castellano --así se forma la mayoría de dobletes) son préstamos, son latinismos, de los que los romances están llenos (y lo que no son romances, por ejemplo el inglés).

Ahora bien, siendo la merendera un endemismo hispánico, ¿no parece natural que quien la bautizara (me parece que fue Lineo, o quizá Ramond) usase el nombre vernáculo?  Cierto que no encuentro la voz "merendera" ni en el diccionario de María Moliner ni en el académico (como pontifico en los días de mal humor, el diccionario de la RAE sólo sirve para saber lo que dice el diccionario de la RAE).  Por desgracia el Dioscórides de Font Quer (que me parece muy fiable para nombres populares) no recoge esta planta, pero si, por ejemplo, Flora Ibérica, que acoge merendera como voz castellana, y el etimológico de Corominas la explica como tal: "así llamado seguramente" (dice don Joan con prudencia) "porque esta planta aparece en otoño, cuando el campesino deja de merendar, por oscurecer más temprano y anticiparse la cena".

Por cierto que Corominas piensa que la merendera no es la Merendera montana sino el Colchicum autumnale, y en esto le sigue la meteoróloga (en teleñol, metereóloga: apuesto a que pronto lo admitirá la RAE) Mónica López, que el otoño pasado afirmó en un telediario que "la merendera en realidad se llama trencaberenas"; pues sí que estamos bien.  Ni en mi diccionario catalán ni en el GDLC de la red encuentro merendera ni trencaberenas.

La merendera es una flor que reconozco (o eso creo) desde niño, cuando alguien la señaló en un prado, cerca de Burgos, con el nombre de "quitameriendas".  Yo la vigilaba mientras comía el pan con chocolate; pero no pasó nada.

lunes, 31 de julio de 2017

Tecnicismos e historia

Leo las cartas que Rousseau escribió a Mme. Delessert para la educación botánica de la hija (Rousseau: Cartas sobre botánica, Oviedo 2007); como didácticas que son, procuran evitar los tecnicismos.  He aquí lo que Rousseau escribe el 16 de julio de 1772:  "Podríamos hacer palabras más afrancesadas: pero me parece preferible manteneros siempre lo más cerca posible de los términos admitidos en botánica, a fin de que, sin necesidad de aprender latín ni griego, podáis sin embargo entender pasablemente el vocabulario de esta ciencia, pedantemente sacado de estas dos lenguas, como si, para conocer las plantas, hubiera que comenzar por ser un sabio gramático" (traducción de Calderón Quindós).

"Pedantemente sacado de estas dos lenguas"; me hace gracia la expresión; como si el latín y el griego hubieran sido la opción de médicos y botánicos, y no una condición histórica inevitable.  Aquí, como otras veces, las nociones históricas de Rousseau se muestran algo limitadas: el latín, en efecto, fue la lengua de la medicina (y la ciencia en general) desde la alta Edad Media (y el griego iba en el paquete).  Como si el polaco Copérnico o el inglés Newton hubieran elegido el latín para escribir de matemáticas y cosmología; podían haber escrito en sus lenguas, ciertamente; pero su obra habría tenido una difusión meramente local.

El latín era la lengua universitaria europea.  Toda la ciencia de Europa se escribió en latín hasta casi el siglo XIX.  Hacían falta ciertas convicciones o ciertos intereses particulares para escribir en lenguas vernáculas.  Fueron motivos políticos y polémicos los que hicieron a Galileo escribir en italiano I due massimi sistemi, a Descartes en francés Le discours de la méthode, o a Fuchs en alemán su New Kreüterbuch.

Pero dejemos a Fuchs (Taschen ha publicado una preciosa edición fotográfica, baratísima, de la obra de 1543) para otro día.

¿Mesófilo o mesofilo?

Quedamos en que, en latín, si la sílaba penúltima era larga, la palabra era llana.  Ahora, una sílaba es larga si se da al menos una de estas condiciones: tener vocal larga, tener un diptongo, acabar en consonante.  Y hay un caso en que cualquiera puede saber que la sílaba acaba en consonante: cuando le siguen dos consonantes iguales juntas (RR, MM, LL etcétera): se llaman consonantes geminadas, y siempre, siempre, siempre en latín (y en griego exactamente igual) cuando hay consonantes geminadas la frontera silábica está en medio.

Ejemplo práctico.  ¿Cómo se dice "hoja" en griego?  Se dice φύλλον /fýl-lon/.  Adviértase que no hay que leer una elle, sino dos eles: la primera cerrando la primera sílaba, la segunda abriendo la siguiente.  Eso a los mesetarios se nos da más bien mal; los catalanes son més intel.ligents, y los italianos lo bordan: la mamma, la giacca, il ballo.  Fýl-lon, la hoja.  Aunque la Y sea breve, la sílaba fyl- es larga por acabar en consonante.

Saque usted sus conclusiones.  ¿Cómo se acentuará mesophyllum, "la hoja (φύλλον) que está en medio (μέσος /mésos/)"?  La sílaba penúltima (-phyl-) acaba en consonante, luego la palabra es llana, luego se dice /mesofíl-lum/, y en castellano "mesofilo".  Lo mismo ocurre con la hoja que está abajo (κατά /catá/) y la que está arriba (ὕψος /hýpsos/): se llaman catafilos e hipsofilos.

Pero, ¡ojo!  También hay mesófilos.  Lo que pasa es que no son hojas, sino plantas aficionadas (φίλος "amigo") a condiciones intermedias, ni muy para allá ni muy para acá.  En las plantas mesófilas, como en los Teófilos o los pánfilos, está el verbo φιλεῖν "amar": así las higrófilas, las xerófilas y las termófilas.

La ventaja del latín es que distingue bien en la escritura el -philos del amor, del -phyllos de la hoja.  En español lo escribimos igual (-filo) y, claro, nos liamos.

¿Gypsóphila o Gypsophila?

Problema frecuente al enunciar los binomios lineanos es el del acento.  Conviene advertir que éste es un problema peliagudo en general, y en particular en castellano: los hispanohablantes acentuamos mal (de acuerdo con ciertos criterios, claro) una buena porción de voces.  Por fortuna, aquí no se trata del acento castellano, sino del acento en latín, y el acento en latín, ¡oh, feliz noticia!, es la cosa más fácil y tonta del mundo.

En latín todo el secreto del acento está en la sílaba penúltima.  ¿Que la sílaba penúltima es larga?  La palabra es llana.  ¿Que la sílaba penúltima es breve?  La palabra es esdrújula.

"Vaya noticia!", me dirá usted; "¿y cómo sé yo qué sílaba es larga o corta, si me acabo de enterar de que las hay largas y cortas?"  No, amigo, cortas no: breves.  Tiene usted razón, eso lo sabrán los latinistas.  Pero podemos empezar por un caso fácil.  Comencemos por los amigos y las hojas.

"Amigo" se dice en griego φίλος /fílos/.  De ahí el φιλόσοφος (/filósofos/, "amigo de saber") y el φιλάνθρωπος (/filánzroopos/, "amigo del hombre") y el φιλόλογος (/filólogos/, "amigo de las palabras").  Ahora bien, φίλος tiene dos sílabas: fi- y -los.  La primera es breve (porque se lo digo yo: esa iota es breve).  Eso significa que, si el elemento φιλο-, en vez de al principio, está al final de la palabra, la sílaba -fi- (breve) es la penúltima.  ¿Y qué pasa en latín si la sílaba penúltima es breve?

Ahora ya sabe usted por qué Gypsophila se debe acentuar /guipsófila/: porque es una planta "amiga del yeso": γύψος /guípsos/ "yeso" es el primer elemento; y φίλη /fílee/ "amiga" es el segundo.  Y como la iota de φίλος es breve, siempre serán esdrújulos, en buena pronunciación latina, los Teófilos (θεός /zeós/ "dios"), los pedófilos (παιδός /paidós/ "niño") y los pánfilos (πᾶν /páan/ "todo").  Y las gipsófilas.

Dejemos las hojas para otro día.

domingo, 30 de julio de 2017

Hypochoeris

Subiendo al ibón de Bachimaña pregunta Daniel qué significa hypochoeris.  No tengo ni idea, pero ahí parece reconocerse la preposición griega ὑπό "debajo de" (se pronuncia /hypó/: represento con la H la aspiración, y con la Y un sonido entre I y U, como la U en francés nul) y en lo demás parece estar la palabra χοῖρος "cerdito" (pronunciado /jόiros/: la J representa aquí el sonido de nuestra jota).  No tiene mucho sentido, pero...

Al llegar a casa consulto el diccionario de Bailly, y encuentro que la palabra ὑποχοιρίς ya aparece en la Historia plantarum de Teofrasto (el discípulo de Aristóteles): Bailly da como significado sorte de chicorée (una asterácea, entonces, como la Hypochoeris) y como etimología ὑπό y χοῖρος.  Como ocurre tantas veces, la búsqueda etimológica conduce a un callejón sin salida: ni se sabe con certeza a qué planta en concreto se refería Teofrasto, ni se ve en qué orden de semejanzas pudo esa planta tomar su denominación del puerco: ¿es nitrófila, y aparece cerca de las pocilgas?  ¿Son sus hojas del gusto de los marranos?

Me entretengo con la palabra χοῖρος; resulta que también tiene una acepción obscena: nature de la femme, dice Bailly pudoroso, esto es, "coño".  Eso me recuerda que también en latín porcus "cerdo" tiene ese significado, así como el diminutivo porcella "cerdita".  De hecho, parece ser que el término italiano porcellana designó en principio la concha del cauri, cuya abertura pudo recordar una vulva (siempre pensando en lo mismo), y de ahí se aplicó luego a esa cerámica clara y brillante que todavía hoy llamamos porcelana.  Corominas confirma esta etimología, y el Etimologico minore de Zanichelli informa de que el primero en usar porcellana para designar una concha de molusco fue Marco Polo, en el siglo XIII.  Toma ya.

jueves, 27 de julio de 2017

¿Una pronunciación unificada?

Por vicio profesional, pronuncio los nombres latinos de las plantas con el acento de mi negocio.  Digo, por ejemplo, Centranthus, y siempre hay alguien que se sorprende al oír /kentrántus/.  "Ah, vaya, ¿se pronuncia así?"  Suelo responder que cada cual pronuncia como quiere (ejercicio de realismo, por no llamarlo perogrullada), pero, aunque de veras pienso que cada cual debe pronunciar como le salga, aquí daré una respuesta algo más larga.

¿Cómo se pronunciaba el latín, cuando era la lengua de Roma?  Parece mentira, pero lo sabemos bastante bien (a pesar de que no había fonógrafos ni videos).  Lo sabemos, por ejemplo, por la transcripción: los romanos escribían centrum donde los griegos κέντρον (lo que ya es una buena pista: la κ griega lleva treinta siglos pronunciándose igual: K).  A su vez, un heleno, para hablar de Cicero (Cicerón, el célebre orador romano), escribía Κίκερω (pronúnciese /kíkero/, igual que se pronuncia la forma latina antes escrita).  Y hay otros indicios, que omito por ahora.

Cierto que, aunque conocemos bastante bien la pronunciación antigua, nos faltan no pocos detalles (articulación exacta de los sonidos, carácter del acento, tonillo general de las frases...).  Por eso la pronunciación que usamos ahora la llamamos no "pronunciación clásica", sino, reconociendo modestamente nuestra ignorancia, "pronunciación clásica restituida".

Todo ello no prueba que nosotros ahora, en el tercer milenio, tengamos que pronunciar el latín como Julio César.  ¿Por qué no averiguar cómo lo pronunciaba Linneo, o San Alberto Magno?  Bien, pero si se me acepta que lo más razonable, para entenderse en cualquier idioma, es alcanzar una pronunciación semejante entre los usuarios, yo me permito defender ahora la pronunciación clásica, no ya por ser la original, sino porque ahora, cuando internet y Skipe están convirtiendo el globo en una verdadera aldea, esa pronunciación está extendiéndose por todo el mundo y desplazando, por la razón práctica dicha, a las pronunciaciones bárbaras que usábamos en cada país.

Yo animaría a los botánicos y a todo el mundo, si les queda tiempo y ganas, a usar la pronunciación clásica.

Algo sobre esto

Comienzo este cuaderno por agradecimiento a los amigos botánicos.  Jubilado de profesor de lenguas clásicas, he recaído en viejas aficiones, entre ellas identificar plantas y disfrutar florecillas.  Conocí con esto algunos profesionales del arte herbaria, y descubrí que son gente encantadora, con quienes se pasan los ratos más agradables: uno se encuentra, por mucho que herborizando seas un marmolillo, de lo más a gusto entre estos sabios pacíficos y poco exigentes (con los demás, digo).

Habiendo confesado ser latinista, hube de dar respuesta, mal que bien, a algunas preguntas sobre el origen de ciertas palabras, sobre la pronunciación de los binomios, sobre la acentuación de ésta o aquella voz...  Se me ocurrió, entonces, que quizá podría corresponder a la amabilidad de los botánicos preparando un pequeño manual que resolviera las más frecuentes dudas.  Me puse a ello, pero enseguida me di cuenta del volumen enorme de trabajo que ello comportaba, para hacer algo medianamente decente, y me achiqué: un emérito está para cuidarse, y no para engolfarse en la bibliografía.

Así que este diario es el sucedáneo de empresas de más empeño.  Acostumbrado a averiguar intimidades de las palabras, reflejaré en estas líneas los relajados esfuerzos que para mí mismo hago en relación con las palabras de la tribu herbívora, en la esperanza de que sean útiles o agradables a algún indígena.

Por lo demás, una larga vida sin tiempo para casi nada me ha familiarizado, y aun encariñado, con las formas breves.  Escribiré entradas tan limitadas (ahora me refiero al espacio; de lo demás se encarga mi naturaleza) que ni yo me aburra escribiéndolas ni el lector descifrándolas.

martes, 25 de julio de 2017

Epicentro




Desde 2010 tiene mucho éxito, en esta neolengua absurda que forjan políticos malos y malos periodistas, la palabra “epicentro”: significa lo mismo que “centro” (o eso creen ciertos medios) y tiene la ventaja de acarrear dos sílabas más (en la neolengua, te acercas al ideal cuanto más hablas y menos dices). Pero no, señores: “epicentro” es un tecnicismo de sismólogo, y significa algo más que “centro”. Hace unas semanas se oyó en la tele esta frase absurda: “El epicentro de la tormenta se sitúa en Manila”. ¿Ahora también las tormentas tienen epicentro? El redactor, es claro, aludía al ojo del ciclón. ¿Por qué no dijo “centro”, simplemente? Ah, pues por eso mismo: le parecía, sin duda, demasiado simple. El terremoto de 2010, que tanto daño produjo en Haití, también dejó secuelas en la neolengua española.

No veo qué tiene de malo la palabra “centro”. Es clara, precisa y breve (quizá por eso la desdeñan los epicentristas). Tiene, para mí, el encanto añadido de ser un helenismo, esto es, una palabra griega. En griego antiguo, κέντρον (se pronuncia /kéntron/) designa un pincho, cosa hiriente: κέντρον es el aguijón de la avispa, κέντρον es la punta de la garrocha que aguija a la res (en latín, stimulus); también, figuradamente, se llama κέντρον al estímulo o acicate para la acción. La palabra se aplica asimismo a la punta del compás, al extremo puntiagudo que, para trazar el círculo, se clava en el suelo o en el papiro: se comprende cómo, a partir de ahí, la palabra adquirió el significado geométrico hoy corriente (y ya documentado en los Elementa de Euclides).

¿Qué tiene esto que ver con la botánica?, se preguntará alguno. Pues no mucho, ya lo sé, pero he querido empezar por aquí estos apuntes sobre lenguas clásicas y botánica para que no se pueda llamar a engaño ningún posible lector; sépase, de buen comienzo, que el autor es amigo de irse por las ramas. (No se dirá que es costumbre poco botánica.)

He comenzado esta reflexión sobre κέντρον porque hace poco caí en la cuenta de que esta palabra que tanto me agrada participa también en la nomenclatura lineana; pues, si no me equivoco, contribuye a nombrar un género de las valerianáceas: el Centranthus.  Centranthus está formado, casi seguro, de la voz griega ἄνθος /ánzos/ “flor”, y κέντρον “aguijón”, aludiendo esta voz ahora, creo yo, al espolón que caracteriza a este género frente a otros como Valeriana.  Centranthus significaría, así, “flor del espolón”.


Que no se enteren en el telediario, que empezarán a llamarlo Epicentranthus.