lunes, 10 de junio de 2019

Fréjoles

Titulo con una palabra de mi niñez: así nombraba en mi pueblo las legumbres que hoy en Aragón llamo "judías verdes", y si estuviera en Andalucía llamaría, supongo, "habichuelas", en Bilbao "vainas", o en Lérida "mongetas tendras": fréjoles eran los frutos del Phaseolus vulgaris de Lineo en el pueblo donde sufrí mis primeras descalabraduras, orillas del Eria, allí donde el castellano empieza a teñirse de melismas galaicos.

¡Oh fréjoles de la infancia, compañeros de la patata, aliñados con ajo y pimentón de la Vera, y un ambarino trocito de tocino rancio, gloria de...!  No, no voy bien por aquí.  Disculpen, pero es que el recuerdo me pone lírico.  Sólo quería evocar que aquellos sabrosos fréjoles eran vainas muy maduras, pocas veces con hilos, pero con semillas bien gordas, que a menudo se independizaban y nadaban libres por el rojo caldo.  Entonces lo teníamos claro: fréjoles eran las vainas tiernas; a los granos (sobre todo secos) los llamábamos alubias.  Así que siempre me sorprenden en Portugal, cuando pido una feixoada (que a mis oídos suena como "frijolada") y me traen alubias, plato indeseado en la canícula lisboeta.

Este puede ser un ejemplo como cualquier otro de las complicaciones de la lengua.  Para empezar, el nombre de un vegetal (y esto ocurre con muchas plantas cultivadas, sea fréjol o arroz o acelgas) puede aludir, según el contexto, a A) una especie vegetal concreta, B) un determinado cultivo, C) un fruto o subproducto comercial derivado, D) un preparado culinario, etcétera.  Añádese que cada apartado contiene variantes (por ejemplo, fréjol como plato aludirá o bien a las vainas o bien las semillas).  Por último, el problema se ramifica y multiplica con la gran diversidad dentro de la misma palabra, o de palabras para un mismo concepto: en nuestro caso fréjoles (o frejoles), fríjoles (o frijoles), judías, habichuelas, caparrones, pochas, porotos...  (Esa diversidad se atisba en el artículo de Wikipedia dedicado al Phaseolus vulgaris.)

Es curioso que de esa planta no se mencione, en general, el origen.  Todo el mundo sabe que el tomate, el maíz, la patata provienen de América; no ocurre así con las judías.  Sin embargo, son estirpe clara del Nuevo Mundo.  Con mucho salero lo prueba Fabre, en sus maravillosos Souvenirs entomologiques (serie octava, capítulo IV), con el argumento ab absentia de los parasitos; el sabio provenzal, como de costumbre, arma una pequeña escena campesina, preguntando a sus vecinos de Sérignan, que responden:  "Monsieur, apprenez que dans le haricot il n'y a jamais de ver.  C'est une graine bénie, respectée du charançon.  Le pois, la fève, la lentille, la gesse, le pois chiche ont leur vermine; lui, lou gounflo-gus, jamais.  Comment ferions-nous, pauvres gens que nous sommes, si le courcoussoun nous le disputait?"

De la falta de gorgojo Fabre deduce que el haricot es reciente en Europa y que, habiendo llegado sin el parasito reglamentario, aún no ha habido insecto europeo que ose colonizarlo.  Dicho sea de paso, el nombre provenzal de las judías, gounflo-gus, prueba que Fabre alude, como alimento, más bien a las semillas, a las alubias, que a las vainas.  (Desde Buenos Aires, mi hermano confirma que también el argentino porotos se refiere a las alubias; al plato de vainas allí lo llaman, al parecer, chauchas.)

Fabre, de curiosidad insaciable y buen conocimiento del mundo clásico, se pregunta a qué verdura se referían los romanos con la palabra phaseolus, autorizada luego por Lineo: no podían referirse al Phaseolus vulgaris, desconocido aún para ellos.  (Fabre añade otro jocoso argumento ab absentia: si Roma hubiera conocido las alubias, ¡para rato habría Plauto desaprovechado la ocasión de incluir en sus comedias chistes de alubias y flatulencias!)

Así pues, ni el griego φάσηλος /fá-see-los/ o φασήολος /fa-seé-o-los/ ni el romano faselus o phaselus /fa-sée-lus/ o phaseolus /fa-sé-o-lus/ podían designar nuestras judías, cosa que, sin embargo, aseguran erróneamente la mayoría de diccionarios que tengo a mano; algunos traducen "habichuelas" o haricot, lo que no deja de ser una forma de escurrir el bulto.  (Los diccionarios que usan nombres lineanos son más honestos con el lector: arriesgan su reputación más que los otros, pero también son más precisos.)  Al parecer, aquellos términos clásicos se referirían probablemente a la judía de careta, Vigna unguiculata (Dolichos melanophthalmus DC), que en griego se llamó δόλιχος /dó-li-jos/ (literalmente "largo"), y por ahí llaman ahora caupí, chícharo, fríjol chino, y de mil formas más; a ella aludiría el árabe al-lubiya, tomado del persa y de donde viene nuestro término "alubia".  (Chantraine da para φασήολος la traducción banette, Vigna sinensis L)

Las palabras, pues, ocultan la historia tanto como la revelan.  Phaselus o frijoles engañan sobre el origen de las judías.  En efecto, fríjol viene del latín phaseolus, como el portugués feijâo, el francés flageolet, el italiano fagiolo.  La voz judía es más oscura en sus orígenes: el arabista Asín pretendía que era voz árabe, gudiya, tomada del persa.  Haricot, en cambio, vendría significativamente del náhuatl ayacotl (argumento que también usa Fabre).  Poroto sería voz quechua.

Por mi parte, aumentaré la confusión con una etimología casera, recién inventada para la ocasión, de habichuela, ese extraño diminutivo de haba: ahí yo veo la continuación de fabiola o "pequeña haba" (sí, como la heroína de Wiseman: una modesta confusión con Fabiola o "pequeña Fabia"): la evolución regular daría *habegüela o *habihuela y de ahí a habichuela no hay más que un paso.  Al fin y al cabo, del cultivo de las habas, se dice, tomó nombre la ilustre familia romana de los Fabios.  Y las primeras judías venidas de América ¿no se llamaron aquí "habas indias" o "habas turcas"?  Pues ahí está el lío.

domingo, 2 de junio de 2019

Plantas regias

Salió a colación el otro día Mitridate VI del Ponto, llamado Mitridate el grande o Mitridate Eupátor, el que trató de suicidarse en vano con venenos y al final cayó ante la cuchilla de su esclavo (el año 63 antes de la era, para ser exactos: el año del consulado de Cicerón y de las catilinarias).  Y hablando de sus aficiones, perdí la ocasión de mencionar que su apodo (en griego εὐπάτωρ /eu-pá-toor/ "noble", literalmente "bienpadrado") sirvió de apellido a la Agrimonia eupatoria, que Plinio llama simplemente eupatoria (eupatoria quoque regiam auctoritatem habet "también la eupatoria recibe su prestigio de un rey", 25 65; este texto atribuye a la semilla de la agrimonia, bebida en vino, virtudes contra la disentería: semen dysentericis in vino potum auxiliatur unice).

No del apodo, sino del nombre de ese mismo rey herborista salió otro género botánico: la mithridatia, atribuida al rey del Ponto por un tal Crateuas, botánico de corte del propio Mitridate.  Así la describe Plinio (25 62): huic folia ii a radice, acantho similia, caulis inter utraque sustinens roseum florem "de la raíz salen dos hojas parecidas al acanto, y entre ambas un tallo sostiene la flor rosada".  Se ha imaginado que esta descripción corresponde al Erythronium dens-canis, aunque no veo el parecido de las hojas con el acanto.

Al mismo rey, por último, asignó Pompeyo Leneo (el botánico liberto de Pompeyo Magno) la scorditim sive scordion "escórdite o escordio", que según nota de mi edición es el Teucrium scordium.  Habría que comprobar si éste se encuentra, como dice Plinio, in Ponto campis pinguibus umidisque "en el Ponto, en planicies crasas y húmedas".  Me llama la atención la nota de Plinio a la escórdite: ipsius manu descriptam "dibujada por su propia mano".  ¿La mano de quién?  El contexto invita más bien a pensar que la de Leneo, pero no es imposible que se refiera a la regia mano de Mitridate, quien al don de lenguas añadiría así el talento plástico.

Hay otra variedad del escordio, según Plinio, con hojas más anchas y parecido al mentastro (latioribus foliis, mentastro similis), que parece corresponder al Teucrium scorodonia.  El nombre específico de esta última viene de la voz griega σκόροδον /skó-ro-don/ "ajo".  El nombre genérico lo dejo para otro rato.

Y, en fin, ya que tengo abierta la Historia natural por el libro veinticinco, ahí mismo alude Plinio a la polemonia.  Ese nombre, a juicio de algún comentarista, honraría a otro rey del Ponto, Polemón, de tiempos de Augusto, y la variante que el mismo Plinio da, fileteria (philaeteria), aludiría a un rey de Pérgamo dos siglos anterior.  Sin embargo, Plinio explica polemonia (que parece venir de la palabra griega "guerra" πόλεμος) a certamine regum inventionis "por la disputa entre reyes por su descubrimiento".

Rabelais, en Le tiers livre, capítulo L, recoge y amplifica la explicación pliniana sobre la polemonia: grandes et longues guerres furent jadis meues entre certains rois de sejour en Cappadocie, pour ce seul different, du nom desquelz seroit une herbe nommée: laquelle, pour tel debat, fue dicte Polemonia, comme guerroyere.  Ese capítulo del Tercer libro recolecta noticias sobre el origen de los nombres botánicos; tengo que leerlo con más detenimiento, pero me ha dado la impresión de que Plinio el viejo y su Naturalis historia es la fuente principal del texto rabelesiano.

sábado, 25 de mayo de 2019

Transmisiones y traiciones: carpobroto y drósera


Acabo de ver en la tele un breve reportaje: en él aparecía una loma costera tapizada por entero por lo que yo juraría que era Carpobrotus edulis en flor.  Sin embargo, aseguraba el locutor, se trataba de Uncaria temerosa (sic), una planta invasora proveniente de Sudáfrica, cuyo nombre popular es "gato de uña" (sic: además, se leía en la pantalla), que pone en grave peligro a algunas especies autóctonas del litoral cántabro.

Estupefacto con tanto sic, recurro al buscador y apenas tecleo uncar... (oh prodigios de la tecnología) brota de la pantalla la Uncaria tomentosa, una liana amazónica, rubiácea de familia, a la que unas uñas le permiten trepar sobre otras plantas (como a sus parientes peninsulares, las rubias) y recibir el nombre popular de "uña de gato".

Ya no me cabe duda de que, o bien quien redactó aquella noticia superó la dosis de alcohol recomendada para la práctica del periodismo, o bien le han tomado el pelo sin piedad.  Conociendo el país, lo más seguro ambas cosas.

Me ha gustado saber de la uncaria.  Por lo visto tiene propiedades médicas estupendas, y una muchedumbre espera de esta liana la sanación de varios alifafes, y aun quizá eludir la Parca.  A la uncaria el nombre botánico le viene también, supongo, de las llamativas espinas curvadas en la base de las hojas.  Esas espinas (o acúleos, no sé bien) se doblan en gancho, y gancho en latín se dice uncus (si traducen Peter Pan al latín, su antagonista debe ser el capitán Uncus).  De ahí que las cosas con forma de gancho o garfio sean unciformes.

Entre los nombres botánicos ganchudos reconozco la Pinus uncinata (los árboles en general son femeninos en latín; léase en este idioma /un-ki-ná-ta/), llamada así por los ganchos de las piñas; y también un Scleranthus uncinatus (σκληρός /sklee-rós/ "duro": "flor-dura" o "flor-seca").

En cuanto al Carpobrotus (que no es rubiácea, sino aizoácea), me fijé en su existencia hace un par de años, en un tiesto de Cabanillas; luego resultó que crece en el patio de mi vecina (dueña del ejemplar de la foto).  Como el griego καρπός /kar-pós/ significa "fruto", y βρωτός /broo-tós/ "comestible" (lo mismo que el latín edulis), el nombre botánico quiere decir "fruto-comestible comestible", algo redundante, como a menudo pasa, en la traducción.  (Debido a la ómega de βρωτός, la pronunciación correcta de Carpobrotus es la llana: /car-po-bróo-tus/.)

El carpobroto es de origen sudafricano (como decía el beodo de la tele), e invasora como su primo el Drosanthemum floribundum (que ha pasado ya, creo, por estas páginas).  A este drosántemo o mesembriántemo lo he visto los últimos años invadir los bordes de la autopista de Logroño, a su salida de Zaragoza, con sus brillantes flores rosadas; esta primavera, sin embargo, hubo sólo un corrico mezquino y fugaz, desaparecido a los pocos días.  ¿Estará alguna autoridad reprimiendo su expansión?  Quién lo diría.

En el nombre del drosántemo está el griego δρόσος /dró-sos/, "rocío", lo mismo que en la drósera y en su pariente próximo el Drosophyllum lusitanicum: sin duda el nombre les viene de las gotas, parecidas a rocío, de las hojas.  (Drosofilo se acentúa llano, porque ahí está la voz φύλλον "hoja", al revés que la mosca drosófila, donde está el verbo φιλῶ "amar" o "sentir afición"; véase la entrada sobre mesófilo y mesofilo.)

Por su parte, drósera es palabra griega: δροσερά /dro-se-rá/ "rorante" o "la del rocío", voz derivada, claro está, de δρόσος.  (¿Por qué, si en griego se acentúa en la A final, en latín se acentúa en la O?  Por la simple ley de la penúltima sílaba, que traté de explicar en "¿Gypsóphila o Gypsophila?" y en "Mesófilo o mesofilo".  Por lo demás, como el latín no usa tildes, los españoles nos tiramos a lo llano, y acentuamos en la E.  Pero el acento latino es drósera.)

Hablando de rocío (y aquí entramos en la sección El abuelo Cebolleta), en cierto libro leí unos versos de Virgilio donde la miel era "rosa del aire, dulce regalo de los cielos".  Sorprendido por la extraña metáfora, acudí al original, el comienzo del libro cuarto de las Geórgicas, donde se lee aerii mellis celestia dona "el divino regalo de la aérea miel", en alusión a la creencia de que las abejas elaboran miel a partir del rocío...  Y entonces caí en la cuenta de dónde venía la rosa: de la rosée que sin duda había escrito la señora Maguelonne.

domingo, 12 de mayo de 2019

Más sobre pelos


Θρίξ τριχός "pelo" tiene larga descencendia en biología.  Además de tricoma (y muchas de las no pocas voces que entran por trico- en el Diccionario botánico de Font Quer), incluyen esa palabra griega unos cuantos nombres botánicos, por ejemplo el adjetivo trichophyllus que ha de significar "de hoja peluda" y está en masculino en el Ranunculus trichophyllus, en femenino en la Festuca trichophylla, y en neutro en el Leucojum trichophyllum.

Aquellos callitrichum y polytrichum mencionados por Plinio querrán decir "bello pelo" y "mucho pelo" respectivamente.  Veo que hay un género Callitriche y que se pelean por meterlo, unos en las calitriqueáceas, otros en las plantagináceas; a ver quién gana.  En cuanto al "muchopelo", lo encuentro como subespecie de un tomillo, Thymus praecox polytrichus.  Y el año pasado le regalé a mi madre una orquídea que se llamaba Trichoceros parvifolius ("pelicuerno pequeñahoja").

La I de τρίχες es breve, así que la pronunciación debe ser esdrújula en todas esas palabras que tienen pelo al final, y no son pocas: heterótrico, holótrico, lofótrico, ulótrico...  Esto de ulótrico se lo llamaré a mi yerno, que tiene pelo crespo.  Y del mismo modo son voces esdrújulas callitrichum y polytrichum.

Saliendo de la botánica, la voz "pelo" triunfa entre los insectos (todo un escuadrón de ellos se agrupa bajo el estandarte Trichoptera o "pelialados", que son, creo, las frigáneas, cuyas larvas acuáticas se forran de piedrecitas y palitos), y entre los tricópteros y otros parientes encontramos Trichodes, Trichotichnus, Trichophya &c.

Por no alargarme, mencionaré sólo un pájaro, el alzacola o Cercotriches galactotes: "colapelo" norteafricano que suele revolotear por esta península.  Y hasta los peces tienen pelos: hace poco vi por la tele uno descubierto en Colombia con pelos en las narices, supongo, pues lo han bautizado Trichomycterus rosablanca.

Debido a la forma irregular de la palabra griega "pelo", hay que incluir aquí aquellos nombres que acaban en -thrix (obsérvese la TH, trascripción de la Θ) como el tití común, ese monito brasileño que tiene una especie de abanicos de pelos a ambos lados de la cabeza y la ciencia llama callithrix o "bellopelo" (nombre equivalente al de la Callitriche): Callithrix jacchus.  Y un cianobacterio (si no me equivoco) está invadiendo el lago de Sanabria y su gracia es Tolypothrix distorta: sospecho que también está ahí el θρίξ, el pelo griego.

La carretera por aquí se adorna en agosto con las flores amarillas de la Inula viscosa, cuyas matas permanecen todo el año de guardia junto a la cuneta, en invierno oscuras y secas: yo las di por muertas, pero en mayo recuperan su verdor.  Pues bien, ahora que me he aprendido el nombre, lo cambian a Dittrichia viscosa.  Bendito sea Noé.  Me gustaba más el otro.  Dittrichia nada tiene que ver con "pelos": Greuter la rebautizó en honra de un director del botánico de Berlín llamado Manfred Dittrich, que ahora tendrá, si la red no miente, ochenta y cinco años.  Prescindiendo de la ortografía caprichosa de los apellidos, este caballero comparte patronímico con Marlene Dietrich, adorable personaje que pierde mucho encanto si traducimos su nombre: Magdalena Teodorico.

Añado una foto de Adiantum capillus-Veneris, el ἀδίαντον τὸ λευκόν de Teofrasto o capillaire de Montpellier de Amigues.  El nombre francés capillaire corresponde al latín capillaria y es el equivalente exacto del castellano cabellera; este adianto se llama así, según Amigues, por leurs pétioles bruns ou noirs, fins et brillants comme des cheveux, usados, debido a este parecido, para el cuidado de la melena.  La magia simpática, una vez más.

Si te parece que esa foto no es de un Adiantum capillus-Veneris, te ruego, amable lector o lectriz piadosa, me lo hagas saber: el placer de aprender algo compensará la mortificación de haber metido la pata.

jueves, 9 de mayo de 2019

De adiantos, asplenios y pelos

El amigo Pascual me llama la atención, en relación con una entrada pasada, sobre el hecho de que la voz latina saxifraga no significa, según Plinio, "rompepiedras" porque hienda, raje y quiebre las peñas; sino porque es capaz de reducir los cálculos biliares.  Tiene toda la razón, y he aquí el párrafo donde el erudito víctima del Vesubio explica aquella voz en su Historia natural (22 64):

Calculos e corpore mire pellit frangitque, utique nigrum, qua de causa potius quam quod in saxis nasceretur a nostris saxifragum appellatum crediderim.

"Expulsa del cuerpo y rompe de maravilla los cálculos, en particular el [adianto] negro, razón, creo yo, por la que los nuestros lo llaman saxífrago, más que por brotar en rocas."

Plinio, sin embargo, habla de saxifragum (en género neutro) porque no se refiere a nuestras saxífragas familiares, sino a pteridófitos o helechos a los que llama adiantum.  Dos párrafos arriba decía, en efecto:  Aliud adianto miraculum: aestate viret, bruma non marcescit, aquas respuit, perfusum mersumve sicco simile est  "El adianto es otro prodigio: en verano está verde, no seca en invierno, repele el agua, y parece seco aunque lo rocíes o sumerjas".  Así, pues, no las saxífragas, según Plinio, sino ciertos helechos son resolutivos de la piedra o saxífragos.

Señala también el romano que al adianto lo llaman callitrichon o polytrichon, y que hay dos variedades: candidius, et nigrum breviusque: "el más blanco, y el negro y más chico".  Ese más grande y más blanco es el polytrichon, o también trichomanes.  Plinio alude, según el editor, al Adiantum capillus-Veneris, al Asplenium adiantum-nigrum, y al Asplenium trichomanes.  Todos estos nombres (como se deduce de las Y griegas, de los grupos CH &c) son griegos.  También adiantum es voz griega, y sus propiedades y nombre se encuentran ya en Teofrasto.  Vayamos, pues, al griego.

Ya la Historia plantarum (7 14) atribuye al ἀδίαντον /a-dí-an-ton/ su capacidad de repeler el agua: οὐδε γὰρ ὑγραίνεται τὸ φύλλον βρεχόμενον "su hoja no se humedece ni aun sumergiéndola" ὅθεν καὶ ἡ προσηγορία "de ahí su nombre".  En efecto, en ἀδίαντον hallamos el conocido prefijo negativo ἀ- (que hace a los abúlicos, a los ácratas y a los apátridas) aplicado a διαντός /di-an-tós/ "mojable" (hápax), del verbo διαίνω "mojar".  Adiantum, pues, significaría "inmojable".

En Teofrasto, según dice Amigues, por ἀδίαντον τὸ λευκόν "adianto blanco" hay que entender el Adiantum capillus-veneris L. o capillaire de Montpellier; mientras que el ἀδίαντον τὸ μέλαν "adianto negro" sería el Asplenium onopteris L. o capillaire des ânes, vicariante griega del Asplenium adiantum-nigrum de Europa central.

En cuanto al τριχομανές /tri-jo-ma-nés/, parece designar, con cierta confusión, los helechos arriba mencionados, y a veces al todavía llamado Adiantum trichomanes /a-di-án-tum tri-có-ma-nes/.  La palabra trichomanes está formada a partir de la palabra griega "pelo", un sustantivo irregular que se enuncia θρίξ τριχός /zríx tri-jós/.  El significado original de trichomanes sería "loco por el pelo", pues el segundo elemento es del verbo μαίνομαι "chalarse", el mismo que encontramos en ἀκρομανής "chaladito", γυναικομανής "loquito por las mujeres", ἐρωτομανής "loco de amor" y media docena más de adjetivos de igual composición.  De ellos salen dos nombres neutros, el τριχομανές y un ἱππομανές /hip-po-ma-nés/, cierta hierba de Arcadia que, según Teócrito, enloquecía a las yeguas.

Como la A de -μανές es breve, la pronunciación correcta de trichomanes es esdrújula: tricómanes (como bien lo señala Font Quer en la voz "culantrillo menor" de su Dioscórides), igual que cocainómano, melómano y pirómano.

lunes, 29 de abril de 2019

De clavos y claveles

Oigo afirmar por radio que la palabra dianthus significa "flor de dios" y me sobresalto, porque llevo algún tiempo confuso con esa voz que, aunque parece corresponder al griego *δίανθος /dí-an-zos/ (o algo parecido), nunca la hallé en los diccionarios que manejo, ni latinos ni griegos.  (Lo más parecido, διανθής /di-an-zeés/, es un adjetivo que vale, según los diccionarios, "de doble flor" o "de flor variada".)  Por otra parte, teniendo el griego una preposición tan viva como διά (/di-á/ "a través de": la que salta a la vista en διανθής), mal podría surgir de aquel presunto nombre alusión alguna a "dios" o, más bien, a "Zeus".

No obstante, vuelvo a cavilar sobre el asunto, ahora con una nueva arma en mi poder, la edición de Susana Amigues de la Historia plantarum de Teofrasto.  Y en su índice, ¡oh, gozo del filólogo marmolillo pero entusiasta!, encuentro por fin una voz griega que se parece a dianthus y que significa oeillet. esto es, "clavel": διόσανθος /di-ó-san-zos/.  Una nota de Amigues aclara que los manuscritos dan preferencia a la forma Διὸς ἄνθος /Di-ós án-zos/ "flor de Zeus", pero la editora opta por la forma διόσανθος cuando su significado es oeillet.  (Lo mismo ocurre con Διὸς βάλανος o "bellota de Zeus", que escribe διοσβάλανος cuando significa "castaño", Castanea sativa.)

Aclaro, para mis lectoras no especializadas (sé que tengo al menos dos, atentas y fieles; bueno, quizá sólo fieles), que el clavel pertenece al género Dianthus, incluido en la familia botánica de las cariofiláceas o Caryophyllaceae.  Y estos términos concentran una porción de ambigüedades y confusiones (por lo menos mías) que trataré aquí de aquilatar.

La voz griega καρυόφυλλον /ca-ry-ó-fyl-lon/ parece estar formada por κάρυον "nuez" y φύλλον "hoja".  De φύλλον escribí en el artículo ¿Mesófilo o mesofilo?  Κάρυον /ká-ry-on/ por su parte significa el fruto del nogal, y también otros frutos secos, o la idea general de "núcleo".  Es gracioso que el diminutivo, καρύδιον /ka-rý-di-on/ "nuececita" designe a la avellana, en exacto paralelo con el francés noisette.  (Y, por decirlo todo, cerca de Esparta un pueblecito se llamó Καρύαι /ka-rý-ai/ "Nogales", como tantos pueblos que en España se llaman Nocedo, Nocedal, Nogueira...; y de ahí salieron las cariátides, como si dijéramos "nogalesas", del templo de Erecteo...)

No parece haber duda de que el griego καρυόφυλλον (término que aparece en Galeno de Pérgamo, siglo II de la era, pero no quinientos años antes, en Teofrasto, ni tampoco en Dioscórides) designa la especia oriental: bien el clavo de olor, como quiere Chantraine, bien el clavero, la planta que lo produce, oriunda, al parecer, de las Molucas y que ahora llama la botánica Syzygium aromaticum (también se llamó Eugenia caryophyllata, de ahí que un aceite esencial del clavo reciba el nombre de eugenol, como no me dejará mentir mi dentista).

Eso significaría que los europeos conocían ya el clavo en el siglo I de la era, cuando Plinio lo describe así: Est etiamnum in India piperis granis simile quod vocatur caryophyllon, grandius fragiliusque (12 15) "además se encuentra en la India algo parecido a los granos de pimienta, llamado cariofilo, más grueso y más frágil".  Se ha puesto en duda que ese caryophyllum (Plinio lo escribe a la griega) sea el clavo de especia; pero ¿con qué argumento?  Es como poner en duda que Homero escribiera la Ilíada.  (Creo que fue el saleroso Mark Twain quien señalaba que no fue Homero el autor de los poemas épicos griegos, sino otro caballero, contemporáneo suyo, que casualmente se llamaba también Homero.)

La especia que llamamos clavo (con metáfora formal: pues los clavos de olor recuerdan por su forma a los clavos de clavar) ocupó un lugar destacado en la historia de las especias, sangrienta historia que causó más muertes que las guerras de religión (pero en el otro cabo del mundo, y aquí nadie se enteraba).  Esos clavos de olor son los capullos de la planta, cortados y desecados antes de abrirse en flor.  El más ingenioso de nuestros cordobeses no desdeñó aquí el juego de palabras:

                    Clavo no, espuela sí del apetito,
                    que en cuanto conocelle tardó Roma
                    fue templado Catón, casta Lucrecia.

Primera dificultad: ¿por qué al clavero se le llamó "hoja de nogal", que es lo que parece significar καρυόφυλλον?  En alguna parte he leído, a modo de explicación, que el olor del clavo recuerda al de aquélla; esto es una patraña incluso para un olfato tan incompetente como el mío; καρυόφυλλον debe de ser adaptación al griego de un término importado, sin duda oriental: cierto que no lo conocemos (se ha aducido el sánscrito katuka-phala, el dravídico kirampu o karampu) pero da igual: cuando se trae un producto de lejos, con él suele viajar el nombre, niéguenlo si pueden el sashimi o el pemmican.

Es más o menos fácil explicar cómo de καρυόφυλλον salen los términos modernos que designan al clavo, por ejemplo en francés, girofle, o en italiano, garòfano.  Más difícil es comprender la relación entre el clavo de especia y el clavel, cuyos nombres algunos idiomas europeos confunden (sobre todo el italiano, donde garòfano designa por igual el clavel, la especia, y el árbol que la produce); algo así sucede con el alemán Nelke, y en español tenemos clavo y clavel, uno diminutivo del otro (del catalán clavell, según Corominas).  ¿Es el aroma, de nuevo, lo que asimiló al clavel con los clavos de olor, y explica que se dé a la familia de los claveles el nombre de cariofiláceas, tomado del árbol de la especia (que es una mirtácea, dicho sea de paso)?  Esta es otra dificultad que no alcanzo.

Por otra parte, el clavel, el διόσανθος, del que habla Teofrasto, ¿qué especie concreta es?  Las tres o cuatro veces que el sabio lésbico lo menciona son tan vagas que apenas discriminan: dice que es ἄνοσμος, o sea inodoro; que se reproduce en semillero; que florece en verano.  Amigues concluye que la especie aludida es el Dianthus diffusus Sibth. & Sm.  (En su Dioscórides Font Quer dice que los antiguos desconocieron o no trataron del clavel.)

Y una última dificultad, ¿cómo, o quién, sustituyó el griego διόσανθος (o Διὸς ἄνθος) por el término que autorizó Linneo para el clavel, ese extraño Dianthus?  ¿Procede dianthus de un error de lectura de Lineo, o de otro botánico anterior?  ¿O hay que atribuir el término a una corrupción de la tradición manuscrita, y creer que saltó a la botánica desde un manuscrito de Galeno conservado, pongamos, en Salerno, pongamos en el siglo XIV?  ¡Ah, el divino placer de especular, sin entender ni jota del asunto!

Por fin (ya llevo con esto un buen rato) se me ocurre mirar en la Flora ibérica: ahí culpan a Lineo de sincopar en dianthus la forma griega diósanthos.  Por ahí tenía que haber empezado.

domingo, 21 de abril de 2019

De Mitridate, Leneo y Cástor

Ahora que estoy con tiempo limitadísimo (es increíble la mole de tareas que cae sobre el pobre jubilado), y por no abandonar esta página, con la que también me divierto, voy a copiar la historia de tres botánicos antiguos, aludidos por Plinio en el vigésimo quinto libro de su Historia Natural.

Uno es nada menos que Mitrídates VI del Ponto, por más señas llamado Mitrídates Eupátor ("noble" o "de buen papá"), también el Grande, y con otros ilustres motes: éstos eran de rigor antaño para distinguir a los sujetos reales, no adquirido aún el hábito de numerarlos; y falta hacían los números, pardiez, con los Mitridates, pues hubo muchísimos, monarcas en el Ponto, en Partia y en otros lugares.  (Ponto es el Mar Negro, y también un reino a sus orillas, al norte de Anatolia.)

Ya que he cogido el vicio de aludir a los cambios de acento en nombres botánicos, aclararé también aquí que los clasicistas haríamos mejor en llamar Mitridate a su majestad (o, como mucho, a la griega: Mitridata): con el acento, en cualquier caso, en la A donde tiende a recaer tanto en latín como en griego.  (El nombre, que tiene también una variante Mitradate, significa "regalo de Mitra", del dios guerrero al que luego adorarían los gloriosos mílites romanos, antes de caer en las zarpas de Yavé.)

Y no sorprenda ver a un rey entre los botánicos: cuanto más atrás corremos en el tiempo, más indistintas son las profesiones, hasta remontarnos a Adán que, como es sabido, era a un tiempo agricultor, filósofo, zapatero remendón y licenciado en pedagogía.

En cuanto a nuestro Mitridate, se trata de un personaje singular, muy inteligente, muy audaz, cuya mente brillante y resolutiva fascinó a los historiadores antiguos.  Si hemos de creer a Plinio, Mitridate hablaba más de veinte idiomas y era capaz de conversar con cada súbdito en su dialecto.  Era, en suma, de esas personalidades que descuellan, y hubiera sido un Julio César de haberle tocado vivir en Roma; sólo que cayó en un país de costumbres aún más bárbaras.

La afición a las yerbas de Mitridate VI está, al parecer, relacionada con su temor de ser envenenado.  Eso le llevó a experimentar con las ponzoñas e inventar antídotos, uno de ellos citado como Mithridatios, antidotum Mithridateum o antídoto de Mitridate.  Su receta no nos ha llegado, que yo sepa, salvo en un ingrediente que citan Plinio y Aulo Gelio (XVII 16): la sangre de los patos del Mar Negro, Anates Ponticas, que a su vez se alimentaban de venenos.

"Sólo a él se le había ocurrido (dice Plinio del rey del Ponto) beber a diario venenos tras el antídoto, para que el hábito los volviera inocuos".  De este modo sucedió que, cuando Mitridate, con setenta años pero en pleno vigor, decide suicidarse para no caer en manos del general romano Pompeyo Magno, los más violentos tósigos le hicieron el efecto de una manzana madura, y hubo de recurrir a la espada de su esclavo Bituito, que, "compadecido, sirvió al rey en lo que le pedía".  Esto lo cuenta Apiano, que registra las últimas palabras de Mitridate:  "Me he precavido contra todas las ponzoñas, y he olvidado la que más reyes acaba: la deslealtad".

El segundo botánico es Pompeyo Leneo, un ateniense hecho esclavo de niño y adquirido por el célebre Pompeyo Magno (vencedor de Mitridate), y a quien acompañó en sus aventuras orientales.  Luego, cuando Leneo quiso comprar su libertad, fue liberado gratis por su patrón en atención a su ciencia (de ahí que tomara el nombre de Pompeyo, como nuevo romano: los libertos adoptaban el apellido del patrón).  Cuenta Suetonio que, aniquilada la familia de Pompeyo a comienzos del Principado, hubo de vivir de la enseñanza y puso escuela en las Carinas, junto al templo de la diosa Tierra.

Pues bien, apoderado Pompeyo de todos los bienes del rey del Ponto, encargó a su liberto Leneo la traducción sermone nostro, esto es, al latín, de toda su obra; con lo que "aquella victoria", dice Plinio, "fue no menos útil a la sanidad que a la república".  En efecto, el rey del Ponto había dejado una importante colección de escritos sobre farmacopea y medicina.  ¿Redactados por el rey, o reunidos por orden suya?  Plinio sugiere lo primero.  En cuanto a Leneo, doy por hecho que tuvo nociones de botánica, no meramente de gramática, para asumir la traducción de una obra semejante.

El tercer botánico es Antonio Cástor, muy a menudo citado en la Naturalis historia.  Mitridate y Leneo son del siglo I antes de la era, Cástor del siglo siguiente, es decir, el I de la era.

En un interesante párrafo (XXV 8 y 9) encarece Plinio la dificultad de describir las especies vegetales, y lo engañosas que son las imágenes que ilustran los libros de botánica (en una época, recuérdese, en que los libros se copiaban a mano, y del mismo modo se reproducían las escasas ilustraciones) debido tanto a lo falso de la imagen misma (pictura fallax est coloribus tam numerosis) cuanto a los mismos defectos de copia, por negligencia de los copistas (transcribentium socordia), por no hablar de que no basta dar una imagen para vegetales que visten traje distinto en cada estación del año (cum quadripertitis varietatibus anni faciem mutent).

"Y sin embargo", dice Plinio, "tampoco es difícil identificar las especies.  Yo he tenido la oportunidad de observar la mayoría, excepto muy pocas, gracias a la sabiduría de Antonio Cástor, el más autorizado experto en botánica de nuestro tiempo (cui summa auctoritas erat in ea arte nostro aevo), visitando su jardincito (hortulo eius), donde criaba muchísimas plantas, ya más que centenario, y sin padecer malestar físico alguno, enteros su vigor y su memoria a pesar de su prolongada vejez".

Esta es la más antigua descripción que yo conozco (en la red, en cambio, suben a Tutmés III y a un remoto chino) de un hortus medicus o jardín botánico.