viernes, 10 de enero de 2020

Usos del geranio

Charlábamos estos días varios amigos, entre ellos J., médico jubilado, que ejerció muchos años en pueblos de Burgos y Soria.  Y recayó la conversación sobre las cerillas.  A un contertulio se le ocurrió mencionar un empleo de los fósforos que hoy sería imposible pero no lo fue en los albores del mixto en España, en pleno romanticismo, cuando Bécquer escribía de golondrinas y los jóvenes desengañados del amor imitaban todavía a Werther y a Larra: que fue el suicida, esto es, quitarse la vida ingiriendo fósforos por vía directa o disueltos en algún brebaje.

J. intervino entonces para confirmarlo con aportaciones técnicas de los que ninguno de los presentes entendimos una papa (por lo visto el fósforo rojo que se empleaba en los primeros mixtos era muy venenoso).  Pero luego añadió el doctor un uso médico, de mediados del siglo XX, cuando ya eran más frecuentes los fósforos fabricados con papel arrollado y encerado, y por ello más justamente recibían el nombre de cerillas: cuando un bebé iba algo durillo se estimulaba la deposición (¡qué bonito eufemismo, válido igual para una letrina que para una sala de lo contencioso!) introduciendo por el neonato ano, si no había otra cosa a mano, una cerillita; al parecer esa estimulación bastaba para obtener excelentes resultados.

Pues bien (y aquí llegamos a la parte botánica del asunto), cuando el doctor J. llegó a su segundo destino rural, encontró que en la aldea de B. (Soria) toda embarazada cultivaba con esmero un geranio (o pelargonio) en la fe de que el rabillo o pedúnculo de sus hojas tenía insustituible virtud laxante en los bebés estreñidos.  Al parecer el médico, convencido de que los poderes para la obra provenían de la mera estimulación mecánica, hizo algún intento para convencer de esto a las convecinas.  Pero no obtuvo ningún resultado y siguieron cultivando con amor sus tiestos, con plena confianza en la eficacia operativa de las geraniáceas.


martes, 31 de diciembre de 2019

Griego en latín III

Resumo aquí lo escrito sobre el griego, porque me he extendido insensatamente --y porque me prometí nullus mensis sine pagina.  Al fin y al cabo, lo que quería decir era muy breve.

¿De dónde, pues, les venía a los romanos la dificultad de escribir en latín las palabras griegas?  O, dicho de otro modo, ¿qué sonidos hay en griego que faltan en latín?

De los consonánticos (a los que me limito por ahora), sobre todo al latín le faltan tres sonidos que sí tenemos en español y que nosotros escribimos con las letras F, J y Z.  Son sonidos llamados aspirados o fricativos porque el aire frota, con un ruido semejante al de un neumático pinchado.  Son sonidos algo peculiares, pues tienden a ser confusos (en todos los idiomas), y a intercambiarse de modo caprichoso, sobre todo Z y F.  (¿A cuántos Felipes no les llaman Celipe?  Y los Theodoros, Athanasios, Thoma griegos --pues TH se pronuncia Z, como en el inglés theater-- se convirtieron en Rusia en Fiodor, Afanasi, Foma.)

Esos sonidos jjj..., zzz..., fff..., ¿faltaban, pues, en latín?  Veámolos por partes.

El más característico, el sonido jjj, se representa en griego con la letra ji (Χ en mayúscula, χ en minúscula; si a alguien le recuerda la letra equis, motivos hay: es exactamente la misma letra, usada con distinto valor fonético).  El latín carece de grafía para ese sonido (precisamente usaba la X para el sonido ks), así que hicieron lo siguiente: como jjj es más o menos una K a la que se le escapa el aire, representaron el sonido de la ji con una C (que en latín, recuérdese, representa siempre /k/) añadiendo el signo de aspiración (o escape de aire, si queréis), esto es, la H: ¿qué cosa más lógica?  (Los ingleses hicieron lo mismo para representar el sonido jjj, pero ellos usan KH en vez de CH: así escribieron Khorassan para decir Jorasán.)

CH es, pues, en latín la transcripción de la Χ griega, y en principio tenía como misión ser leída con sonido jjj.  Ahora bien, muy pronto se prescindió de la aspiración, y se pronunció sólo la oclusiva, la K (como vemos en machina).  En la época clásica, se consideraba amanerada la pronunciación a la griega --lo que implica que no faltaba quien siguiera pronunciando /j/.

La grafía CH, desde su creación para transcribir la Χ griega, ha sido fuente de toda suerte de confusiones.  Los propios latinos extendieron ese dígrafo a palabras puramente latinas, que jamás habían tenido H, como pulcher (que no tiene nada de griega): son ortografías abusivas.  Como muchas lenguas emplean ese dígrafo para sonidos semejantes al de nuestra che, la confusión no ha hecho más que aumentar y se ha trasladado a las lenguas modernas: en francés, por ejemplo, CH se lee ora /k/ (por ejemplo en chiromance, chloroforme, chor), ora más o menos como en español (por ejemplo en chimère o en chimique).

En cuanto al sonido zzz lo escribían en griego con la zeta (Θ en mayúscula, en minúscula θ; aquí también hay un bonito lío de nombres, en que no voy a entrar, pero explica por qué habitualmente a esta letra, cuyo nombre suena /zeta/, se la llama habitualmente theta, con escritura ajena al castellano).

Para representar el sonido de nuestra zeta (o theta griega, como la llaman) los romanos usaban el mismo truco que con la ji: al fin y al cabo, para pronunciar zzz basta poner la lengua como para una T y dejar que escape el aire: eso se expresó con el dígrafo TH.  Y, lo mismo que pasó con CH, rápidamente se omitió la aspiración, ajena a las costumbres latinas, y se pronunció simplemente /t/.

También se ha abusado de la escritura TH.  A algún Antonio romano le gustaba pensar que su nombre venía de la palabra griega ἄνθος "flor", y escribía bonitamente a su juicio (y abusivamente al mío) Anthonius.  Las confusiones con la escritura TH no son tan graves y generalizadas como las de la CH, pero también las ha habido.  Hoy día, por poner un ejemplo, los ingleses escriben author para una palabra auténticamente latina que nunca tuvo H en latín (el étimo es auctor cuyo significado originario es "garante" o "autorizador"); en cambio sí la tiene authenticus (es la voz griega αὐθεντικός).

Por último, el sonido fff lo representa en griego la fi (Φ en mayúscula, φ en minúscula).  Ahora bien, ¿acaso no hay letra F en latín?  La hay, pero el sonido no era el mismo: la F latina es interdental, mientras que la Φ griega es bilabial (como nuestra P).  Eso explica que los romanos inventaran (siguiendo el modelo de las otras aspiradas dichas) el dígrafo PH.  También en este caso se tendió a prescindir de la aspiración, pero lo que ocurrió con más frecuencia fue que se pronunció en realidad no una fi griega, sino una efe romana.  La prueba está en las muchas ocasiones en que se escribía PH por F, o F por PH: las faltas ortográficas son un buen indicio para ciertos detalles de pronunciación.

Quedan dos sonidos que no existen en latín, y exigieron tomar prestadas dos letras del alfabeto griego: Y y Z: por eso están, y no es casualidad, al final del alfabeto latino.  El sonido de la ýpsilon o Υ (justamente llamada y griega) es vocálico y ya hemos hablado de él (corresponde a la U francesa o Ü alemana).  En cuanto a la Ζ griega (de donde viene nuestra letra Z y la palabra zeta, de ahí el lío con la theta), sonaba algo así como /ds/.  Pero dejemos eso para otro día.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Griego en latín II

Desde el punto de vista de las lenguas clásicas, la expresión "lengua muerta" es absurda.  Pocas lenguas hay más vivas que el griego, que colea no sólo en Salónica o en Patrás, sino en todo el mundo a través de los helenismos en el resto de lenguas, muchas no tan vivas.

Es normal que alguien ajeno a la filología ignore cuántas palabras debemos al griego; lo malo es que lo ignoren los profesores.  En español solemos reconocer ciertos helenismos de raíz evidente: anécdota, catálogo, democracia, parábola... (las compartimos con otros idiomas; y además, se prestan a lucimiento: "cataclismo viene de cata y clismo"; "metatarso viene de meta y tarso", &c). Pero nuestra lengua tiene muchísimos más que los comenzados por peri- o acabados en -logía.  ¿O acaso no son griegas aire, cara, cristal, cuerda, eco, giro, golfo, pasmo, tío, por decir unas pocas voces de lo más corriente?

En cada idioma, las palabras se camuflan fácilmente y enseguida pasan por vernáculas.  Por ejemplo, es fácil reconocer el griego en las palabras acabadas en -sis (como análisis, crisis, dosis, énfasis, hipótesis, metamorfosis, prótesis...: la lista completa es demasiado larga), pero incluso éstas, a menudo, se disfrazan de modestos términos patrimoniales: base oculta el griego basis; la "aparición" o fasis la tenemos hecha fase; la frasis (como decían nuestros tatarabuelos en tiempos de Lope) se ha convertido en nuestra frase (aunque la forma original se conserva en antífrasis, perífrasis y demás).  A veces las palabras griegas se camuflan tan bien que uno las daría incluso por árabes, como me pasó con almorrana, que la tuve por tal hasta que se me ocurrió buscar su etimología, puro griego: haemorrheuma o "flujo de sangre" (pariente del reuma o "flujo", que nos ha dado por acentuar re-ú-ma, igual que hacen los de la tele con palía y con evacúa).

Ya que los menciono, encuentro en botánica unos cuantos términos en -sis, todos (por lo que sé) derivados de la voz ὄψις /óp-sis/ "apariencia", con la misma raíz que óptica.  Así tenemos los géneros Arabidopsis ("aspecto de arábide"), Lycopsis ("aspecto de lobo"), Leucanthemopsis ("con pinta de leucántemo"), Oryzopsis ("parecido al arroz").

Las palabras en -opsis vendrían a ser, pues, más o menos sinónimas (en cuanto al segundo componente) de las terminadas en -eido, -oide u -oideo, todas ellas derivadas (así se suele decir) del griego εἶδος /éi-dos/ "vista" o "apariencia" (con la raíz de nuestro verbo ver y de la voz griega idea o ἰδέα, cuyo significado antes de Platón fue simplemente "aspecto", "apariencia"); así hay en español antropoide, espermatozoide o helicoide, y en botánica Centaurea centauroides (sinónimo, creo, de la C salonitana), Armeria bupleuroides (o A arenaria), Ficaria ranunculoides (o Ranunculus ficaria) y muchos más con igual terminación (thalictroides, blitoides, &c); y con la terminación -oideus he encontrado en femenino Matricaria discoidea, Lobelia thapsoidea, Silene conoidea y unas pocas más; y en neutro el Sempervivum arachnoideum y el Sisarum sisaroideum (y ninguna forma en masculino).

No toda palabra acabada en -sis es griega, claro; hay que sustraer sobre todo los gentilicios formados con el sufijo latino -ensis (-ensis para masculino o femenino, -ense para el género neutro), abundantes en nomenclatura botánica.  De una ojeada me parece ver que arvensis gana por amplia mayoría (arvum significa "campo cultivado"); hay también mucho pratensis (pratum "prado") y hortensis (hortum "jardín"); los demás son, bien gentilicios más o menos clásicos (bigerrensis o "de Bigorra", olissiponensis o "de Lisboa", ruscinonensis o "de Perpiñán"), bien gentilicios obtenidos a partir de toponimia moderna: cazorlensis o "de Cazorla" (castulonensis hubiera quedado más clásico --y se hubiera entendido menos), guarensis o "de Guara", javalambrensis o "de Javalambre".

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Griego en latín

A quien esto lea quizá le sorprenda ver tanto griego en estas entradas.  ¿No quedamos en que era un blog de latín y botánica?  ¿A qué viene tanta letra rara?  Esto me recuerda que muchos alumnos llegan al aula con la idea (equivocada) de que el latín proviene del griego.  Y puesto que una costumbre añeja me invita a ello, dedico unos ratos a este tema.

También a mí me sorprende cuánto griego hay en la nomenclatura botánica.  Yo había comprobado su omnipresencia en la jerga médica, nada raro, ya que la medicina europea continúa la griega y reconoce a Hipócrates y a Galeno (por no hablar de Esculapio) como sus ancestros ilustres (conocidos).  De haber sido más avispado, me habría dado cuenta de que con la botánica no podía ser otro el caso, ya que también son griegos nuestros antecedentes (conocidos) en el estudio de las plantas (Aristóteles, Teofrasto, Dioscórides) y, además, la botánica ha sido principalmente asunto de médicos (Lineo, Laguna, Fuchs, por citar algunos a voleo).

No, el latín no viene del griego: la lengua latina no es, digamos, hija de la griega, ni siquiera hermana; son más bien primas, quizá no muy lejanas.  Ahora bien, para cuando los romanos entraron en la historia, los griegos llevaban ya varios siglos desarrollando brillantes estudios en muy variados campos (medicina, historia, filosofía) y, claro, también en la botánica.  Ante la cultura griega, Roma quedó boquiabierta de admiración; no sólo eso: aún sigue (seguimos) sin cerrar la boca.  Me encantaría desarrollar este interesante aspecto (es prodigioso el grado en que nuestras vidas están determinadas por lo que hicieron cadáveres de más de dos mil años), si no nos alejara demasiado de nuestro tema.

Como el griego era el idioma comercial del Mediterráneo, muchas voces entraron así en Roma y se convirtieron allí en palabras de uso corriente.  Igual que ahora decimos airbag o aifon, entró en el Lacio, ejemplo típico, la palabra μηχανή /mee-ja-neé/ "máquina" (de ahí vienen nuestra "mecánica", "mecanismo" &c) en la forma dialectal μαχανά /maa-ja-naá/ y fue evolucionando según los hábitos del latín, que tiende (como el castellano) a debilitar la vocal de en medio de las palabras esdrújulas: así resultó la forma (vulgar) machina que hemos heredado (por vía culta: de otro modo no se explican ni el acento castellano ni la pronunciación de la CH).  Igual que la nuestra voz máquina ejemplifica la vía culta latín-castellano, la voz latina machina ejemplifica en cambio la vía vulgar griego-latín: como parte de un léxico instrumental difuso en la lengua del comercio o la tecnología.

Pero es que, además de los vocablos instrumentales, los admirados latinos se lanzaron a incorporar voces griegas a su idioma como señas de distinción y alta cultura, más o menos como hace ahora con el inglés el alegre locutor televisivo que, originario tal vez de la Mancha o de Galicia, por horario dice taimin y por chafar el final dice hacer espóiler. palabras que no ha traído de Albacete o de Pontevedra, sino de un lugar mucho más prestigioso, gobernado por un caballero de elegante cabellera rubia.

El prestigio de la lengua griega explica la abundancia de helenismos en los lenguajes científicos como la filología, la matemática, la física y, claro está, la medicina y la botánica.  Entre aquellos, siento debilidad por la palabra nostalgia, proveniente (esto lo saben muchos) de νόστος /nós-tos/ "el regreso (a casa)" y ἄλγος /ál-gos/ "dolor", por lo que originariamente vendría a significar "dolor de (no poder) regresar (a casa)".  Ahora bien, lo que no sabe tanta gente (lo he comprobado con más de un helenista) es que es inútil buscar nostalgia en diccionarios de griego clásico: no existe.  Porque esa palabra griega no es homérica, ni ateniense, ni siquiera bizantina.  La inventó un médico de Basilea en el siglo XVII, que escribió una tesis sobre la morriña, saudade o añoranza que debilitaba a los jóvenes suizos forzados a dejar las montañas alpinas para ganar su vida a sueldo en las planicies europeas; el médico llamaba a eso con su nombre alemán, Heimweh; ahora bien, ¿un nombre alemán para una tesis de medicina?  ¡Qué vergüenza!  Así que el doctor Hofer publicó en elegante latín, como mandaba la academia, su Dissertatio curioso-medica de nostalgia (Basilea, junio de 1678), nombrando en griego la enfermedad estudiada, si bien se vio obligado a añadir, para hacerse entender, el nombre vernáculo: vulgo Heimwehe oder Heimsehnsucht.

Pues bien, el petimetre de la Subura hacía lo mismo: metía en la conversación toda palabra griega que le cabía.  Ahora bien, a la hora de escribir esas palabras hay un problema: al latín le faltan ciertas letras o, por decirlo mejor, al latín le faltan ciertos sonidos del griego.  Es lo que ocurre cuando escribes en español palabras inglesas: uno duda si escribir whisky, como los de Loch Lohmond, o güisqui, como recomendaban los académicos de Madrid.  Pero a los romanos se les añadía el problema de que usaban distinto alfabeto que los griegos.

jueves, 17 de octubre de 2019

Y frutos IV


Acabo.  Y adorno este final con el fruto (o lo que sea) de braquíquito o Brachychiton populnea, arbolillo exótico, llamado también "árbol botella", muy frecuente en las poblaciones del sur y del oeste peninsular, que no conseguía identificar, y lo hizo por mí el amable D., parcialmente responsable de que esto escriba.

Por fuerza, la Arabis stenocarpa tendrá el fruto estrecho o encogido, ya que eso significa στενός /ste-nós/, díganlo si no los que padecen estenosis, que en el milenio pasado eran sobre todo pacientes del corazón (el Dr. Barnard nos familiarizó con las válvulas cardíacas) y ahora, por lo que veo en la red, son más bien los doloridos de ciática y otros pinzamientos.

¿Cómo será el fruto del Trifolium isthmocarpum Brot.?  Sólo esto puedo decir: que el griego ἰσθμός /isz-mós/ vale "cuello", "garganta" y también, claro está, "istmo".

Queda un par de epítetos que indican el color.  Según uno, el fruto es verde: en la Cambre tataria (la planta de pan tatar), su sinónimo C chlorocarpa indica el color verde, que en griego es χλωρός /jloo-rós/.  Este adjetivo no sólo da nombre al mortífero gas cloro, sino también al "verde de las hojas", la "hojiverde" o chlorophylla.

El otro epíteto indica, más que el color, el brillo.  "Brillante" se dice en griego λαμπρός /lam-prós/, aunque quizá lo traduciría mejor el término escoscao que tanta gracia nos hacía oír en boca de un pariente de Sadaba (sic).  De modo que así, escoscaos o brillantes, deben de ser los frutos del Juncus lamprocarpus y de la Pilosella hypeurya ssp lamprocarpa.

En la Medicago leiocarpa el fruto probablemente aparece "pulido", que es el significado principal de λείος /léi-os/ un adjetivo cuya raíz es la misma que la del latín levis (ojo, /lée-vis/ con E larga; pues hay otro /le-vis/ con E breve que significa "ligero" y da nuestro catalán lleu y nuestro castellano leve).

El adjetivo griego δασύς /da-sýs/ significa "espeso", "piloso" (es voz emparentada con δάσος "espesura", "bosque", que permite llamar dasonomía a la silvicultura); así que imagino que la Vicia dasycarpa tiene espesa pelambre en su fruto.

Encuentro el epíteto lasiocarpa en un abeto canadiense (Abies l), en un bananito decorativo (Musella l), en un chopo chino (Populus l), en un titímalo antillano (Euphorbia l).  Tenemos aquí, junto a καρπός, el adjetivo griego λάσιος /lá-si-os/ "denso" "piloso" (significado muy próximo al de δασύς); en Homero alude en particular a la pelambre del pecho varonil, como indicio de hombría (cf. "hombre de pelo en pecho").  Así que hemos de pensar que los frutos del abeto, del bananito, del chopo chino y de la euforbia caribeña son "peludos" o "lanudos".

Por aliviar la pesadez, vamos con una fábula, con el mito de Erictonio.  Resulta que la diosa Atenea (la virgen hija de Zeus, guerrera y, como es sabido, protectora de Atenas) visitó en cierta ocasión a su medio hermano Hefesto (el poco agraciado dios del fuego, para más inri cojo, Vulcanus en latín, de donde nuestro volcán), en su calidad de experto fabricante de armas.  Pero Hefesto prestó más atención a las torneadas formas de su medio hermana que al pedido laboral, y por toda respuesta se lanzó sobre la muchacha con amoroso jadeo.

¡Buena era Minervita para esas bromas!  La diosa virgen (παρθένος en griego: de ahí que su templo se llame Partenón, "Virginón" como si dijéramos o, si preferís, Notre Dame de Atenas) rechazó con eficacia al galán, si bien no pudo impedir que cayera sobre su muslo el líquido seminal del ansioso herrero (campeón y santo patrono, así, de la eiaculatio praecox), con gran asco de la diosa que, disgustada, se limpió rápidamente con un copo de lana que tiró al suelo.

¡Ay, amigas, lo que es la fertilidad divina!  Del copo y el suelo nació un chaval, al que Atenea prohijó y llamó, naturalmente, Erictonio.  ¿"Naturalmente"?, preguntará usted.  Veamos: "lana" se dice en griego ἔριον /é-ri-on/, y la palabra χθών /jzoón/ significa "suelo", "tierra": por eso a los dioses de la tierra se les llama ctónicos y a los nacidos del propio suelo les dicen autóctonos.  ¿Qué mejor nombre, pues, para el nacido de la lana y de la tierra, que el de Erictonio?  Nombre en verdad alto y significativo, que yo he recomendado más de una vez, con poco éxito.  Erictonio, digámoslo de paso, tuvo como nieto a Erecteo (el del Erectión, ya que de templos hemos hablado), aunque los expertos en mitos lo consideran un mero doblete del abuelo.

Lana, por tanto, debe de tener el fruto de la Valerianella eriocarpa, para haber recibido ese bautismo botánico.

jueves, 10 de octubre de 2019

Frutos III


Remato la faena con los nombres específicos derivados de καρπός, que del fruto tratan de describir el tamaño, la forma, el color y demás caracteres.  Lo de "fruto" hay que tomarlo, supongo, en sentido lato (véase, si no, Rhizocarpon y demás) porque, por ejemplo, el tapaculos de la foto, que toda la vida hemos considerado fruto del rosal silvestre, resulta que no, señor, que no es un fruto, sino un pseudofruto, que es un cinorrodon, una úrnula, y que los frutos son las núculas del interior.  No pienso discutir, porque estoy rodeado de rodólogos terribles, capaces de distinguir docenas de subespecies de escaramujos.

Para el tamaño, καρπός combina muy a menudo con μικρός "pequeño" y μακρός "grande".  Qué expresiva la diferencia entre esas dos palabras, micro y macro: sólo cambia una letra, pero éstas son la I (cerrada, chiquitita como quien dice), y la A (abierta, como quien dice grandota): un punto para la teoría del lautsymbolisch o fonosimbolismo.

Así pues, microcarpos o "frutos pequeños" tienen, en femenino, la Adonis microcarpa, la Camelina microcarpa, la Clypeola jonthlaspi ssp microcarpa, la Paeonia officinalis ssp microcarpa, la Scandix australis ssp microcarpa, y la Valerianella microcarpa; en masculino lo encuentro en el Asphodelus microcarpus, y en el Raphanus microcarpus (sinónimo de R raphanistrum).

En cambio, tienen macrocarpos o "frutos grandes", en femenino la Avena macrocarpa y la Cupressus macrocarpa, y en género neutro el Enterolobium macrocarpum y el Thalictrum macrocarpum.

En cuanto a la forma de los frutos, veamos.  Si el fruto es puntiagudo bien puede llamarse oxicarpo: ὀξύς /ok-sýs/ significa "puntiagudo", y también "picante" y "ácido" (óxido y oxígeno vienen de ahí).  Sólo encuentro, con este epíteto, un fresno: Fraxinus angustifolia ssp oxycarpa; parece que se ha llamado también Fraxinus oxyphylla, luego tendrá también puntiagudas las hojas.

Un fruto con curvatura debe de tener el Rhododendron campylocarpon: καμπύλος /cam-pý-los/ "curvado", deriva de καμπή /cam-peé/ "curva", étimo muy probable de nuestra gamba (animal con una curvatura tan característica que en el milenio pasado, no sé si aún, a cierto arte de tirarse a la piscina tocándose el pie con la mano lo llamabamos "estilo gamba") y voz seguramente emparentada con el céltico *cambos "curvo" que, dicen, da sus ondulaciones a Cambados.

¿Y si el fruto está hinchado?  Del verbo griego "hinchar" (οἰδέω /oi-dé-oo/) sale οἴδημα /oí-dee-ma/ "hinchazón", en castellano edema.  De igual raíz viene el nombre del héroe trágico Edipo, en griego Οἰδίπους /oi-dí-puus/, literalmente "pie hinchado": pues de niño fue colgado por los pies de una rama.  Si quiere conocer la triste historia de Edipo, he encontrado aquí un relato de valor arqueológico.  En cuanto al fruto hinchado, supongo que es característico de la Carex oedocarpa.

Otra cárice, la Carex lepidocarpa, ha de tener el fruto escamoso, pues "escama" en griego es λεπίς λεπίδος /le-pis/, genitivo /le-pí-dos/.  También tienen escamas las alas de las mariposas, para eso son lepidópteros.  Y una crucífera lleva el nombre de Lepidium, que no es otra cosa que λεπίδιον /le-pí-di-on/ "escamita", el diminutivo griego de λεπίς.  No sé si será por eso, pero en muchas crucíferas queda, al caer la semilla, una escamita en su lugar.

Acabemos con las cárices.  La Carex liparocarpos, por último, dudo si tendrá un fruto grasiento, o bien hermosote, brillante, admirable.  Pues el sentido primitivo de λιπαρός /li-pa-rós/ es "grasiento", pero esta acepción, peyorativa en nuestra época de obesos, es muy positiva entre los héroes homéricos: λιπαρά son las armas, recién limpias y engrasadas; λιπαρά los cabellos y cuerpos al salir del baño ungidos de perfume; λιπαρά los fuertes pechos, e incluso los ojos de ardiente mirada.  Dejo esta observación a quien conozca la Carex liparocarpos (no es mi caso) y que ella o él decida.

Siguiendo con la forma de los frutos, éstos serán anchos (o planos) en Caucalis platycarpos y Fucus platycarpus (que es otra alga), ya que ahí está el griego πλατύς /pla-týs/ "ancho" (o "plano"), el adjetivo que aplasta la nariz de los platirrinos y el pico de los azulones.

Por su parte, esférico será el fruto en el Juncus sphaerocarpus y en la Retama sphaerocarpa: los griegos llamaban σφαῖρα /sfái-raa/ a la pelota, y los matemáticos convirtieron la pelota en un concepto geométrico, sphaera en latín.  (Ya que hablamos de frutos, lo mismo hicieron con la piña del pino, κῶνος /kóo-nos/ en griego, conus en latín.)

En fin, hay un Rumex acetosella ssp angiocarpus, cuyo fruto ha de tener forma de vaso, en griego ἀγγεῖον /an-géi-on/ (G siempre suave).  De esa palabra viene también angiospermo (nombre del vegetal cuya semilla se alberga en carpelos y frutos) y, paradójicamente, también esporangio (pues σπορά es prácticamente sinónimo de σπέρμα, voces ambas de la raíz de σπείρω "sembrar").

Frutos II


Entro ahora a la faena de capa con los nombres genéricos derivados de καρπός.  Sólo me ocuparé, salvo error, de algunas plantas "superiores", "vasculares", traqueófitos o Tracheophyta para los más finos.  No tengo anotadas más que un par de algas y el Rhizocarpon, ese liquen llamado "fruto-raíz".

Adenocarpus es un género de fabácea cuyo A hispanicus es el cambroño.  Tengo esperanza de que corresponda a la foto de arriba, porque yo la he dado por cambroño legítimo, quizá como Alonso Quijano dio su artefacto por finísima celada de encaje.  En Adenocarpus tenemos ἀδήν /a-deén/ "glándula": significaría, pues, de "fruto glanduloso".  Glándulas en la foto no faltan.

Artocarpus altilis es el célebre árbol del pan que el capitán Bligh trató de llevarse de Polinesia en la Bounty, y ya sabemos cómo acabó.  En griego ἄρτος /ár-tos/ designa precisamente al pan, y en particular al buen pan de trigo.  El adjetivo altilis, por su parte (áltilis, esdrújulo, como agilis, facilis y habilis), significa "nutritivo" y deriva del verbo alo "alimentar"; puesto que altus es el participio de ese verbo (significa a la vez "alimentado" y "alto"), podrá pensarse que ya los romanos conocían la relación entre la dieta y la estatura; pero nótese que en latín clásico (contra lo que sugieren erróneamente tantos manuales escolares) un hombre alto no es altus sino longus.

El Artocarpus pertenece a la familia Artocarpaceae.  Veo que también hay unas Podocarpaceae (supongo que derivarán de πούς /puús/ "pie", genitivo ποδός /po-dós/); al parecer son unas coníferas australianas.  ¿Tendrán pies sus frutos?  ¿O tendrán un pie de largo?

El Carpobrotus (literalmente "fruto comestible") lo vimos hace poco.  Vayamos, pues, con el Condylocarpus apulus Hoffm (Tordylium apulum L), cuyo específico lo declara de la Apulia (o Puglia, región del sur de Italia), mientras que el genérico deriva de κόνδυλος /kón-dy-los/, palabra de origen obscuro que designa el bulto de una articulación, sobre todo el codo o los artejos de la mano (en medicina al "codo de tenista" lo llaman, creo, condilitis o epicondilitis).  Así que me inclino a pensar que alguna articulación o codo tiene el fruto de esa yerba.

El fruto del Gymnocarpium (que es un helecho) debería, por el nombre, estar en pelotas, que es como se ponían los antiguos para hacer gimnasia (γυμνός /gym-nós/ --la G siempre suave-- quiere decir "desnudo"; en cambio las Gymnospermae tienen en pelotas la semilla o σπέρμα).

Aunque es una gesneriácea tropical, quiero mencionar el Streptocarpus, porque στρεπτός /strep-tós/ "girado", "torneado", "tejido" es adjetivo verbal del importante στρέφω /stré-foo/ "girar", "volver" (cf estrofa, estróbilo y muchas otras).  Στρεπτός en biología toma a menudo una concreta acepción: "en cadena" (τὰ στρεπτά designa cierto collar de anillos): de ahí los estreptococos o "cocos en cadena" (a diferencia de los estafilococos o "cocos en racimo").  En Streptocarpus, sin embargo, está con el mismo valor que en estróbilo y significa "fruto helicoidal".

Trachycarpus fortunei parece ser una de las palmeras más solicitadas en jardinería.  El fruto debe de ser áspero, rugoso, pues eso quiere decir el adjetivo τραχύς τραχεῖα τραχύ: recito las formas masculina, femenina y neutra (como hacemos en la escuela) porque la forma femenina se aplicó a la τραχεῖα ἀρτηρία o "vaso rugoso", que simplificado en τραχεῖα da en latín trachea o trachia, y en castellano tráquea.  El latín botánico tomó esa voz, trachea, para designar los vasos vegetales; entre ellos están las traqueidas (con el sufijo -eido "con aspecto de") características de las plantas vasculares o Tracheophyta que arriba citábamos.

Por cierto que tráquea es una de esas esdrújulas sin justificación: también los médicos cuecen habas.  Puesto que en latín trachea y trachia tienen la E y la I largas (como corresponde al diptongo griego εῖ), sobre esas vocales ha de caer el acento en latín, y por ende en castellano la tráquea debería llamarse más bien traquea: la acentuación francesa (trachée) es más etimológica.  Digresión inútil, dirás; sí, lo reconozco; pero ¿qué sería de mí sin digresiones inútiles?