martes, 14 de noviembre de 2017

La memoria secreta de las hojas

Ese título tan ñoño (o así me lo parece: y aún peor el subtítulo: "una historia de árboles, ciencia y amor") me hubiera disuadido por completo de abrir este librito, si no fuera porque lo encontré en el anaquel de botánica de la biblioteca de Zaragoza, que a menudo reviso en el inútil afán de corregir mi enciclopédica ignorancia.  "¡Un libro nuevo (pensé, plagiando a Plinio): algo tendrá de bueno!"  Y lo tomé prestado.

Ahora acabo de leerlo y creo que puedo asegurar que es casi cualquier cosa menos un libro de botánica.  Es cierto que contiene informaciones en torno esa ciencia, aunque no muchas.  Mejor le iría un título como: "Mi carrera como científica" o incluso "La amistad de dos perros verdes".  Hope Jahren, la autora, americana, tuvo el acierto de titularla Lab girl, y los amigos de Paidós el desacierto de elegir un título blandenge digno de las convencionales biografías sentimentales que sobre Sissí o María Cristina nos infieren los novelistas históricos.

Jahren, una neurótica hiperactiva con tendencia a la depresión, es una extraordinaria narradora, literalmente extraordinaria, esto es, justo lo opuesto a convencional; y casi todo en este libro se sale de lo común, empezando por la autora y la extraña amistad que mantiene con ese raro espécimen que es su eterno ayudante, cruce de armenio y escandinava, a quien el libro en realidad está dedicado.

En el libro de Jahren, una bióloga y geobotánica de prestigio, aprendemos sobre su infancia difícil, sus primeros pasos como investigadora, sus éxitos científicos, las dificultades de una mujer en universidades más bien masculinas (a lo poco que sobre eso apunta no le falta el humor: "todas las mañanas de diez a diez y media gozaba del privilegio de entreoír, a través del fino tabique que separaba mi despacho de la sala de descanso, debates sobre mi orientación sexual y mis probables traumas infantiles"), la dureza de un embarazo privada de ansiolíticos...

Jahren, además de científica, ha leído mucho y asimilado mucho de la buena literatura.  Recomiendo la lectura.  Entresaco aquí tres párrafos de contenido botánico.

En el primero, tras aludir a la conquista de la tierra firme por la vida vegetal, añade:  "Tres mil millones de años de evolución sólo han producido una forma de vida capaz de invertir este proceso y hacer de la Tierra un lugar considerablemente menos verde.  La urbanización está descolonizando las superficies concienzudamente colonizadas por las plantas hace cuatrocientos millones de años, devolviéndolas a su estado original de tierra áspera y baldía..."

Otra página:  "En esta época... en que el ser humano reina... las plantas más fuertes se están haciendo más fuertes aún...  Las trepadoras no pueden apoderarse de un bosque sano: necesitan que haya alguna perturbación, algún desajuste...  Los suburbios y las grietas de nuestras ciudades solamente soportan un tipo de planta: la maleza, algo que crece rápido y se reproduce con furia...  Los humanos están creando con sus actividades un mundo en el que sólo puede existir la mala hierba, y luego dicen estar sorprendidos y hasta indignados por encontrar tanta a su alrededor."

No es muy alentador.  Y aún menos lo son estas frases del epílogo:  "Nuestro mundo se está desmoronando en silencio.  La civilización humana ha reducido las plantas (una forma de vida de 400 millones de años) a tres cosas: alimento, medicina y madera.  En nuestra implacable y cada vez más intensa obsesión por obtener más volumen, potencia y variedad de esas tres cosas, hemos devastado los sistemas ecológicos vegetales hasta un extremo que millones de años de desastres naturales no pudieron alcanzar."

jueves, 9 de noviembre de 2017

De la letra K

El otro día, en amable sobremesa, el amigo Guido (que sabe más latín que yo) me preguntó si en latín clásico se usaba la letra K.  Como perrito al que lanzan la pelota, babeando de felicidad me precipité a una copiosa explicación sobre la letra K.

No (respondí), en latín clásico la K se emplea para muy escasos y tasados usos: para abreviar kalendae (las calendas, nombre que tenía el día 1 del mes, y de donde viene nuestra palabra "calendario"), en Kaeso o Cesón (un nombre de persona algo rarito) y poco más.

Como en latín el sonido de la K lo representaba la C (letra que en latín clásico siempre se pronuncia /k/), para transcribir la kappa griega se emplea siempre esa letra C, como hemos visto en Centranthus /kentrántus/ (de κέντρον /kéntron/ "aguijón") o como se ve, por ejemplo, en Parthenocissus /partenokíssus/ ("parra virgen", de κίσσος /kíssos/ "hiedra").

Sólo siglos más tarde, cuando ya la C latina empieza a alterar su pronunciación ante E e I, los autores se ven obligados a usar la K si quieren reflejar sin ambigüedad la pronunciación griega (por ejemplo, Isidoro de Sevilla en el siglo VII, o yo mismo ahora, cuando quiero indicar la pronunciación clásica de la C).  Algo así debió de llevar a De Candolle a llamar Kentrophyllum lanatum al que hoy se llama, creo, Carthamus lanatus: mantuvo la kappa de κέντρον en lo que con transcripción más ortodoxa debió ser Centrophyllum /kentrofíl-lum/ (que significará "hoja de aguijón" o pinchuda).

De modo que si encontramos la letra K en nombres botánicos, lo más probable es que esa K se deba a que se ha tomado la ortografía de un nombre vernáculo, o bien la escritura original de un nombre o apellido, si se trata de un fitónimo honorario, esto es, del nombre de planta creado para honrar, por ejemplo, a un rey, a un mecenas o a otro botánico.

A estas alturas de la exposición, Guido (el único que quedaba despierto) observó que, en su opinión, ese era el caso de la Festuca eskia, donde el nombre específico estaba tomado de una palabra local, pirenaica.

Por mi parte, nada más llegar a casa me puse a buscar la K en nombres botánicos y la he encontrado, en efecto, en nombres específicos claramente honorarios, como lamarcki, willkommii, kleinii, rostkoviana, donde fácilmente se reconoce el apellido originario; menos fácilmente en otros casos, pero sospechable en géneros como Bilderdykia, Kickxia, Krascheninnikovia...

He buscado algunos, y encuentro, por ejemplo, que la Kickxia fue bautizada por Bartolomé Carlos Dumortier en 1827 en honor del botánico belga Juan Kickx (1775-1831).  Qué ortografía tan rara gastan estos belgas.

De nombres vernáculos, supongo yo, deben de estar tomados términos como Ginkgo (¿no suena como chino?), Kalanchoe, alkekengi, pero no amo tanto la letra K como para buscarlos todos.  De la Salsola kali me atrevo a apostar que ese kali es árabe y que de esa palabra viene la castellana "álcali".

martes, 7 de noviembre de 2017

De polígonos y poligonos II

El caso es que gracias a la botánica me he dado cuenta de que en latín hay polígonos y poligonos; y los polígonos de verdad (esdrújulos) son las plantitas, mientras que las figuras geométricas son, o deberían ser, los poligonos (llanos).

¿Qué tienen que ver, me preguntaba, las poligonáceas con la geometría?  Y esa pregunta me llevó a encontrar que en griego hay dos polígonos totalmente diferentes; uno es πολύγονος /polýgonos/, un adjetivo que significa "prolífico", "muy fecundo"; y el otro es también un adjetivo, πολύγωνος /polýgoonos/, cuyo valor es "de muchos ángulos", "poligonal".

Se observará que la diferencia radica en una O, que es breve en el primer caso (es una ómicron; el propio nombre lo dice: o micron, esto es, "O pequeña") y larga en el segundo (es una ómega; o mega, "O grande").

El prefijo de ambas palabras es el adjetivo πολύς, πολύ /polýs, polý/ "mucho", "abundante"; pero difieren en el segundo componente: la O breve corresponde a la raíz γεν-/γον- /gen- gon-/ (la G ha de sonar como en goma), que significa "engendrar".  En la propia palabra "engendrar" se ve la raíz -gen-, muy viva en todos los idiomas indoeuropeos, como corresponde a su idea de fecundidad.

En cambio el "polígono" con O larga tiene una raíz menos productiva, la de γωνία /goonía/, "ángulo", quizá la misma de γόνυ /góny/ "rodilla"; ésta da en castellano palabras como diagonal, goniómetro, pentágono, hexágono etc.

Con la raíz γεν-/γον- "engendrar" podríamos escribir fácilmente una larguísima lista de palabras, todas relacionadas con los conceptos de "generación" y "estirpe": género, gente, genio, genoma, gen, gónada, eugenesia, Diógenes, homogéneo, hidrógeno, oxígeno, patógeno, primogénito...  Ya se ve que muchas son términos de biología; podíamos escoger sólo las botánicas: arquegonio, edogoniáceas, esporogonio, y aún así tendríamos para llenar la página.  Quedémonos aquí. 

El polígono con ómicron, el que significa "fecundo", es el botánico, naturalmente, que da el nombre al Polygonum (y a las poligonáceas), cuyo significado original sería "prolífico", y nada tendría que ver con los ángulos.  Por cierto, en griego existe el sustantivo πολύγονον, mencionado por Dioscórides como nombre de una planta desconocida (para mí al menos).

De la otra raíz, también en griego había términos botánicos, pues si γωνία es pariente de γόνυ "rodilla", entonces también se relaciona con πολυγόνατον /polygónaton/ (que al parecer designaba al Polygonatum odoratum, la Convallaria polygonatum de Lineo): el nombre en este caso aludiría a los muchos ángulos o nudos de la plantita.

Para terminar: si nos atenemos a la acentuación latina, deberíamos en castellano decir, hablando geometría, poligono, pentagono, hexagono, octogono, etcétera.  Llanas, no esdrújulas.  Los botánicos, en cambio, pueden y deben seguir diciendo Polýgonum.  Y, por cierto Polygónatum (y no Polygonátum), ya que la alfa es breve.

lunes, 23 de octubre de 2017

De polígonos y poligonos

Así como hay palabras que los hispanos hacemos llanas, cuando debieran ser esdrújulas (como cítiso o crisántemo), hay otras muchas que van al revés: debieran ser llanas, pero, por razones no siempre averiguables, las hacemos esdrújulas.  Destaco entre ellas el nombre de una ciudad, Ravena, que miro con particular cariño: en latín se llamó Ravenna, con acento en la E; en italiano dicen Ravenna, con acento en la E; en francés Ravenne, con acento en la misma E...  ¿A qué seguir?  En todos los idiomas se acentúa igual, salvo en el nuestro, donde decimos Rávena.  ¿De dónde viene nuestra esdrújula?  Misterio.  Como decía Luis Gil, los españoles hemos sacado Rávena del rábano.

También esdrujulamos mal una palabra botánica, aunque es del campo de la biología general, y a menudo pasa a la conversación común: hablo de "parásito", esto es, lo que debiera ser "parasito" (con acento en la I).  Debiera ser, porque en latín esa I de la sílaba penúltima es larga, como ya era larga la iota del original griego παράσιτος /pa-rá-sii-tos/ que significaba "comensal" (como adjetivo: "que come al lado": παρά "al lado", σῖτος "pan" o, en general, "alimento").

A propósito de esta palabra, cuyo acento hoy corriente en castellano coincide con el del nominativo griego, hay que precisar que en griego la palabra tiene al menos nueve formas distintas, de las que cuatro son esdrújulas (en rigor, proparoxítonas) y cinco llanas (paroxítonas); lo que priva de razón al argumento a veces aducido (aun por profesores): "prefiero usar el acento griego"; puesto que el griego, como el latín, carece de un concepto "acento de palabra" comparable al castellano.  Sin embargo, el acento griego puede ser en este caso la explicación del castellano.

Claro es que no siempre se ha dicho "parásito" en nuestra lengua.  Como prueba traeré aquí una estrofa de Espronceda, donde no cabe duda de cómo nuestro poeta romántico (al fin y al cabo alumno de un latinista insigne como Alberto Lista) acentuaba la palabra:

               Basta, silencio, hipócritas parleros,
               turba de charlatanes y eruditos,
               tan cortos en hazañas y rastreros
               como en palabras vanas infinitos;
               ministros de escribientes y porteros,
               de la nación eternos parasitos.
               Basta, que el corazón airado salta,
               la lengua calla y la paciencia falta.

La octava real es de El diablo mundo y alude a los políticos de entonces, que por lo visto no le gustaban al poeta, a juzgar por el apóstrofe:  ¡Oh, imbécil, necia y arraigada en vicios / turba de viejos que ha mandado y manda!  Menos mal que eso era en el siglo XIX.  ¡Lo que avanza la historia!

Me he alargado, y lo dejo aquí de momento.

viernes, 13 de octubre de 2017

Más sobre artemisia

Lo que parece indudable es que ya en griego se nombra la ἀρτεμισία /artemisía/ al menos en los libros de Aristóteles, de Dioscórides y de Teofrasto, a fines del siglo IV aE.  (Esa fecha es compatible con la atribución del nombre a la Artemisia histórica.)  Y también parece claro que del griego la palabra pasó al latín artemisia (pronunciado /artemísia/) con un significado parecido y una forma casi idéntica (salvo por el acento, determinado en latín, como sabemos).

Otra cosa es el significado exacto del nombre, pues parece ser (al igual que el actual término botánico) un genérico que incluye al menos el ajenjo y la Artemisia abrotanum.  Una nota a pie de página en mi edición de Plinio dice que esta artemisia de Artemisia es la A. arborescens (el "ajenjo moruno" de Font Quer, con propiedades parecidas a las de la A. absinthium).

Por cierto, releyendo con más atención el capítulo XXV de la Naturalis historia veo que el mismo párrafo 73 citado es quizá la fuente de esa Artemisia de Caria como botánica experta, ya que dice Plinio:  Mulieres quoque hanc gloriam adfectavere, in quibus Artemisia uxor Mausoli adoptata herba, quae antea parthenis vocabatur:  "También mujeres han apetecido esta gloria [de dar su nombre a una hierba], entre ellas Artemisia, la esposa de Mausolo, adoptando la planta que antes se llamaba virginal".  El ambiguo adoptata herba puede ser tomado en el sentido de que fue ella misma quien bautizó con su propio nombre a la planta, como hiciera Nicea con la ciudad de Antígono Monoftalmo.

Plinio informa que la hierba se llamaba antes parthenis.  En el ensayo de Stechman se la llama παρδένις /pardénis/, errata evidente en lugar de παρθενίς /parzenís/, que significa aproximadamente "virginal".

Veo que en castellano se admite tanto la forma artemisia como artemisa, e incluso se da preferencia a ésta última, pues da entrada a la definición.  A mí me gusta más la primera forma, que sigue la latina y la original griega.

Hierbas aparte, el nombre "Artemisa" ha tenido fortuna en español como denominación de la hermana de Apolo, pero no tiene fundamento alguno, creo, en las lenguas clásicas.  El nombre de la Diana griega debería ser en castellano Artémide o, como mucho, Ártemis,  Ésta era también, si no me falla la memoria, la opinión de Luis Gil.  En cuanto a la etimología del nombre de la diosa en griego, es muy oscura, aunque algunos la explican, como bien señala Chantraine, por palabras aún más oscuras (obscura per obscuriora).

domingo, 8 de octubre de 2017

De artemisia y genepí

Me he escapado unos días a ver mundo y, aprovechando que iba cerca, subido hasta la Saboya, en particular Annécy y Chambéry (no conocía más Chamberí que el barrio madrileño: bautizado así, dicen, por la añoranza patria que sentía María Luisa de Saboya, esposa de Felipe V).  El caso es que en Annecy, que es un pueblo muy mono y lleno de turistas, con mucha tienda de bibelots y souvenirs, me llamó la atención la abundancia y variedad de botellas de génépi, esto es, de licor de genepí.  Luego las volví a ver, en número más discreto, en otros puntos de la zona y también del valle de Aosta.  No compré ninguna, porque mi extremada sobriedad rechaza las bebidas de hierbas, y se limita al orujo y a la grapa.

En una librería de Chamberí ojeé un manual botánico: allí estaba la Artemisia genipi Weber, género autónomo descrito hacia 1730 por Stechmann (por esa época Rousseau mariposeaba entre Annecy y Turín).  Algo debí de entender mal, porque en la red encuentro una tesis De artemisiis que Joannes Paulus Stechmann "defenderá" (sic: defendet) en la universidad de Gotinga en junio de 1775.  Ahí están descritas las Artemisiae y entre ellas la A. genipi.

Ya en casa se me ocurre preguntarme por el nombre genérico.  ¿Artemisia tiene algo que ver con la diosa Diana, la Artémide (o Ártemis) griega?  Veo que los autores dudan entre atribuir el nombre a la diosa virgen, la diosa flechadora, la hermana de Apolo, el dios médico, ella misma patrona de hierbas y venenos (al fin es la diosa luna: la nocturna Hécate); o bien a la menos celeste y más real Artemisia, la hija de Hecatomno de Mílasos: Artemisia casó con su propio hermano Mausolo y a la muerte de éste (353 aE) gobernó su satrapía de Caria y Rodas, y en Halicarnaso (la patria de Heródoto) construyó al hermano-esposo una tumba tan espectacular que fue incluida entre las maravillas del mundo.

Plinio el enciclopedista también atribuye el nombre de la planta a la constructora del famoso Mausoleo (xxv 73).  Una página de la red dice que Artemisia era una aficionada a la botánica, pero no encuentro confirmación de esto en ninguna otra parte.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Sonchus y Deschampsia II

Curioso dígrafo éste, CH.  Los italianos lo conservan justamente para el sonido /k/, igual que el latín.  Así que en italiano la palabra che se pronuncia igual que nuestro "que".  Dificilillo de comprender, por lo visto, para algunos periodistas deportivos, que al pobre Chiapucci lo llegaron a llamar Chapuzi, como si fuese un chapucero y no un trepador aguerrido.

Algo se complica el asunto en francés, donde por ejemplo chor se pronuncia /kor/, aunque el habitual sonido de la CH es el de chef, por ejemplo, parecido al de la CH castellana.  Dicho sea de paso, ¿ha observado la lectora que a la CH inicial francesa le suele corresponder una C latina (o castellana)?  Así chef, lat. caput "cabeza", o champ, lat. campum "campo", o cheval, lat. capallum "caballo".

Volvamos al latín.  De lo dicho hasta ahora, ¿podemos concluir que cualquier palabra latina escrita con CH es un helenismo, una palabra tomada del griego?  Sí, si nos limitamos al latín clásico, y quitamos algunas palabrejas donde los romanos añadieron una hache sin ton ni son.

(Los romanos escribían, por ejemplo, pulcher (/púlker/) "guapo" con una H injustificada, quizá porque una rama de la familia Claudia, los Guapos, empezaron a escribir su nombre Pulcher, que les debía de sonar más griego y más elegante que el vulgar Pulcer; algo así como a nuestro ruiseñor de Linares le debió sonar mejor Raphael que Rafael, o a nuestro locutor Miúnik que Múnich.)

Ahora bien, ya en latín botánico es muy arriesgado decir que todas las palabras con CH son helenismos.  Por ejemplo, hace un par de veranos oí a Javier P. hablar de la Deschampsia flexuosa, que él pronunciaba /deshámpsia/: decía una CH francesa.  De momento me chocó pero, gracias a ese supuesto error, caí en que el género Deschampsia honraba la memoria de un francés, un tal Deschamps (el botánico, no el futbolista, como aclaró el propio Javier).  Ahí el origen de la CH no es la griega ji, sino la CH francesa, con su peculiar sonido mojado.

En resumen, ¿pronunciaremos /deskámpsia/ a lo romano, o /deshámpsia/ a lo galo?  Usted haga lo que quiera, por supuesto, pero yo encuentro razonable aplicar la regla general y pronunciar lo primero.  Más que nada, por no complicarse la vida.  Y al fin y al cabo, ¿no vuelve a oírse así el sonido original de la palabra, valga eso lo que valga?  Porque Monsieur Deschamps, a la postre, es el Dominus Camporum, el señor De los Campos.