martes, 6 de octubre de 2020

De malvas y otras yerbas II


La malva que comían los antiguos debía de parecerse tan poco a la que hoy vemos en los baldíos como las Lactucae del borde del camino se parecen poco a las lechugas de nuestro huerto.  Aquí arriba se ve la imagen de la μαλάχη χερσαία, la malva silvestre, tal como es representada, con acabado realismo, en el hermosísimo códice vienés De materia medica, el Dioscórides de Julia Anicia (códice del año 512 dE más o menos).  Compárese esta figura con la del artículo anterior, del mismo códice, que representa la μαλάχη κηπαία, la malva cultivada.

Aunque ya no comemos malvas (en la península ibérica, que yo sepa; pero agradeceré a quien corrija esta impresión), aún era apreciada como verdura en Marruecos, al menos en tiempos de Pío Font Quer, quien afirma, además, que el uso de la malva como verdura es novedad aportada por los árabes.  "Como verdura cocida (dice el sabio catalán) es insípida, lo cual se remienda añadiéndole una fritada de ajos y cebolla, y pimienta y otras especias, y pasándola por la sartén".

Me hace gracia la receta.  Recuerda aquella del poeta Marcial, a quien no debían de gustar las acelgas (como me pasaba a mí hace tiempo) cuando escribió este dístico que las injuriaba como "fatuas":

                   Ut sapiant fatuae, fabrorum prandia, betae
                        o quam saepe petet vina piperque cocus!

"Para que sepan algo las insípidas acelgas, comida de obreros, ¡cómo se afana el cocinero en añadirles vinos y pimienta!"  ¡"Fabrorum prandia"!  ¡"Comida de obreros"!  Seguimos, ya se ve, en la onda de Hesíodo, Aristófanes y Horacio, asignando significado social a ciertos alimentos.  Y casualmente resultan perdedoras, en la estima, las sanísimas verduras.  No nos extrañaremos, pues, de salir carnívoros, cuando nuestra cultura nos incita a consumir caza para acercarnos a la nobleza, cúspide social (y también, por tanto, al colesterol alto y a la gota), abandonando las verduras, pasto de proletarios.

Claro está que Font Quer menciona la malva por sus virtudes médicas, las que también interesaron a Dioscórides: el médico griego la llama μαλάχη /ma-lá-jee/ (se refiere, parece ser, a Malva sylvestris), y dice lo que sigue, en la traducción de Laguna (pág. 202):  "Tenemos dos especies de malvas, una doméstica y otra salvaje: de las cuales para comer es mejor la doméstica, dado que [entiéndase: aunque] ofende al estómago.  Molifica ésta el vientre, y principalmente sus tallos..."  De hecho, a causa de esta virtud emoliente, los griegos relacionaban μαλάχη con el verbo μαλάσσω "ablandar".

En el libro xxvi de su enciclopedia, dedicado a las hortalizas, Plinio elogia la malva: in magnis laudibus malva est utraque, et sativa et silvestris, dice el romano.  Diríase que sigue a Dioscórides en distinguir entre la malva hortense y la montaraz, aunque la distinción es más antigua.  Plinio toma noticias de aquí y de allá, del facultativo Nigro, de la comadrona Olimpíade de Tebas; y, siguiendo su costumbre, no le arredran las opiniones rayanas en la extravagancia:  "Si le pones encima una hoja de malva, el escorpión se atonta".

Diríase, pues, que la malva, ya medicina ya alimento, estaba tan bien arraigada en la tradición popular antigua, que continuó representando en nuestro siglo de oro la pobreza y la humildad.  En efecto, a ser nacido en el pueblo llano se le llamaba en nuestro idioma clásico "nacer en las malvas".  De ahí la graciosa letrilla: "siendo nacido en las malvas / y criado en las ortigas, / ¡dos higas!"  Y en Mira de Amescua declara un enamorado su amor a la dama, derivado no de la nobleza y alta cuna de la señora, sino sólo de sus encantos personales:

                  y quiérola tanto, en suma...,
                  que a don Juan se la pidiera
                  aunque en las malvas naciera,
                  como Venus de la espuma.

Estas humildes yerbas, en fin, seguirán siendo objeto de nuestros cuidados, pues algún día, según el adagio, nos iremos todos a criar malvas.

lunes, 5 de octubre de 2020

De malvas y otras yerbas



Recuerdo ahora la primera vez que estuve en Bolea (esto fue el milenio pasado): Bolea es un pueblo al norte de Huesca con una colegiata espléndida y, en la colegiata, un no menos espléndido retablo flamenco.  Conocimos allí a un anciano simpático y con muchas ganas de hablar.  Se ve que entonces todavía tenía yo ganas de escuchar, porque me acuerdo muy bien de la conversación, y sobre todo del cuento didáctico que a continuación refiero, única parte de la charla que cabe en un blog de botánica.

Diz que un ciego, montado en su burro y guiado por un muchachuelo, visita una finca con intención de comprarla; allí espera ya el vendedor.  El ciego se apea y ordena al lazarillo:  "Muchacho, ata el burro a una mata de malvas".  "No hay mata de malvas ninguna."  "Pues amarra el ronzal a un marruego."  "Tampoco veo marruego por ningún lado."  "Pues campo que no cría ni malva ni marruego, no lo quiere el ciego".

La conseja enseña (explicaba el abuelo) que el marrubio y la malva sólo crecen en buenas tierras, y su ausencia, por ende, las declara malas.  (Supuse yo entonces --y sigo suponiendo-- que el marruego es el marrubio: en el diccionario de Borao sólo encontré marrueco, definido vagamente como planta medicinal.)

La malva es vegetal de vetustísima raigambre literaria.  Ya es mencionada, como μαλάχη (universalmente aceptado como nombre griego de la malva), en un célebre, si bien un tanto esotérico, pasaje de Hesíodo (Trabajos y días 40-41):

                  νήπιοι: οὐδὲ ἴσασι ὅσῳ πλέον ἥμισυ παντὸς
                  οὐδ᾿ὅσον ἐν μαλάχῃ τε καὶ ἀσφοδέλῳ μέγ᾿ὄνειαρ...

"¡Ingenuos!  No saben en cuánto es más la mitad que todo, ni qué gran utilidad hay en la malva y el asfódelo" (traducción de Luisa Liñán; pido disculpas por los dos puntos, pero no encuentro el punto alto).  Aunque la frase es un tanto oracular, se aprecia, por el paralelismo con ἥμισυ y πᾶς, que la malva y el asfódelo son citadas en su condición de plantas humildes.

No cabe, en cambio, duda de que es ése exactamente el carácter con que la cita Crémilo (el protagonista de la comedia Pluto de Aristófanes) cuando increpa a Πενία, la Pobreza, por obligarle a llevar harapos en lugar de vestidos, apoyar la cabeza en una piedra en vez de almohada, y

                                         σιτεῖσθαι δ᾿ ἀντὶ μὲν ἄρτων
                  μαλάχης πτόρθους,

"comer, en lugar de panes, esquejes de malva".

La malva continúa en tiempos romanos como símbolo de humildad y pobreza.  En los epodos del famoso Beatus ille rechaza Horacio los alimentos supuestamente ricos:

                  non afra avis descendat in ventrem meum,
                       non attagen ionicus,

"no baje a mi vientre la pintada africana o el francolín jonio", antes prefiere los vulgares y pobres: 

                  iucundior quam lecta de pinguissimis
                       oliva ramis arborum,
                  aut herba lapathi prata amantis et gravi
                       malvae salubres corpori.

"más gustoso que oliva escogida del más pingüe ramo, o la romaza, del prado amante, y las malvas, sanas para el enfermo".  Parecida mención se encuentra en la oda I 31:

                                       me pascunt olivae,
                  me cichorea levesque malvae,

"son mi sustento olivas, la achicoria y las ligeras malvas".  Quizá algún lector o amable lectriz no sabe qué son "olivas": olivas pedimos, hace un par de veranos, a una camarera de Guetaria y con su voz argentina (no de plateado sonido, sino de Argentina, América del Sur) nos pidió explicaciones: hubimos de aclarar que los de Aragón llamamos olivas a las aceitunas.  (En esta tierra, además, la mayoría llama olivas a las negras, arrugaditas, apergaminadas, tal como se aliñan aquí, con austeridad aragonesa; a las verdes, carnosas, húmedas, andaluzas y a menudo muy sazonadas con yerbas, sólo a ésas se las llama aquí aceitunas.)

domingo, 27 de septiembre de 2020

Decumbente y procumbente


Más de una vez me han preguntado por el significado preciso de estas palabras, y yo respondo lo mismo, esto es, que no lo sé: lo único que puedo decir es lo que han significado en latín clásico, o, como mucho, el significado que cabe deducir de sus componentes (prefijos, radical).  En efecto, lo que significan estos adjetivos en Botánica es decisión de los botánicos: el hablante (el tipo de la calle, en su caso, o el técnico, o el profesor, o el herborizador) es quien decide el significado de una palabra, dando una vez más la razón a Humpty Dumpty: el problema no es "qué significa una palabra", sino "quién manda aquí".

En mi casa, cuando yo era niño, mi abuelo Antonio mandaba mucho.  No era mi abuelo, era el abuelo de mi madre: así que mi abuelo era realmente mi bisabuelo.  Había sido alcalde en su pueblo y tenía el hábito del mando.  "Acércame el pelígono", decía (cuando decía: normalmente hacía el gesto, y tú tenías que adivinar).  Y nosotros, obedientes, le acercábamos el bolígrafo.  Él, al bolígrafo, lo llamaba pelígono.  Más o menos todo el mundo tiene ejemplos en casa de voces a las que, por autoridad, por juego, o por lo que sea, se les otorga un significado arbitrario, válido sólo en el ámbito doméstico.  La cuestión no es qué significa; la cuestión es quién manda (y en casa no manda la RAE).

Aquí, pues, diré lo que sé (que no es mucho) sobre el significado de las palabras en latín clásico, o según sus componentes.

En decumbente y procumbente se reconoce bien el radical del verbo cubare "estar acostado".  Es un verbo corriente en latín clásico, con muchos compuestos.  Por ejemplo, accubare significa "estar acostado al lado" (el prefijo ad significa cercanía), lo que en tiempos helenizados, en que los señoritos de Roma se tumbaban a comer en triclinios, equivale a "estar a la mesa junto a (otro)".  Concubare sería pues (cum indica compañía) "estar acostado con", que con facilidad adopta un significado sexual (éste se reconoce en concubitus y en concubino, concubina; también en íncubo, súcubo, etc.).  Incubare lo aplicamos aún a las gallinas y a su puesta.

Frente a cubare "estar acostado" (verbo, pues, de estado) el verbo *cumbere "acostarse" indica el cumplimiento de la acción (ponemos el asterisco a las palabras supuestas: pues ese verbo en latín clásico no lo conocemos suelto, sino sólo acompañado de prefijos: accumbo, incumbo, procumbo etc.).  Así que frente a accubo "estoy acostado junto a", accumbo significa "me acuesto junto a".

Pues bien, los prefijos latinos son bastante precisos en su significado primitivo, que es, por supuesto, material, físico.  Ad indica proximidad, cum indica compañía, per indica cruzar, atravesar, etc.  Según eso, el verbo decumbere significará "tumbarse en el suelo", ya que el prefijo de vale "abajo" o "hacia abajo".  Pro, por su parte, significa "hacia adelante", de modo que procumbere significa "tumbarse hacia adelante".

El uso clásico corrobora esto: decumbere indica la acción de irse a la cama, también la de sentarse a la mesa, y en particular describe el acto del gladiador que, reconociéndose derrotado, se tira por los suelos.

Por su parte, en procumbere el sujeto se inclina hacia adelante, por ejemplo para hacer frente a la fuerza del viento o a la corriente de un río, y también indica el acto de prosternarse.  Pero en algunos casos se confunde con decumbo, pues significa "echarse a tierra", o "sucumbir" (en sentido material "ante los golpes del enemigo", y en sentido moral "a los placeres"; sub significa "debajo", así que succumbere originalmente significaría "echarse debajo").

Como se ve, si hay una diferencia entre los términos decumbens y procumbens sería esta: lo decumbente cae a tierra, lo procumbente sólo se inclina.  (Se inclina "hacia adelante", para ser exactos; aunque en una planta, creo yo, sería difícil establecer qué es "delante" y qué es "detrás".)  Claro que, si algo se inclina mucho, más bien se derriba, y entonces procumbente poco se diferencia de decumbente.  En cualquier caso, ni uno ni otro participio, por sus componentes propios, indica nada (como en alguna ocasión se ha sugerido) sobre la mayor o menor erección del extremo distal.

He puesto arriba una fotografía de Prenanthes, si no me equivoco.  Como todas las Prenanthes que me he encontrado tenían esa tendencia a cabecear (que no sé si se percibe bien en esa mediocre foto), a vencerse el tallo hacia el suelo, en algún momento formulé la hipótesis de que alguien creó el término πρηνανθής, que en el fondo significa "flor procumbente", por no crear un género a partir de un término como procumbens, que supongo muy corriente en las descripciones.

Dicho sea de paso, el latín médico (que es más bien medieval o renacentista, y en general poco clásico, exactamente igual que el botánico: ¿acaso no son el mismo?) llama decubitus pronus al estar tendido boca abajo (en latín clásico se hubiera dicho más bien procubans o procubante), mientras que llama decubitus supinus al estar tendido de espaldas: eso el latín clásico lo hubiera expresado más bien con el participio recubans, como en el famoso verso que inaugura las églogas virgilianas:

                Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi...

                "Títiro, echado de memoria bajo el dosel del haya frondosa..."

Permítanme esta broma al traducir recubans "de memoria", pues es así como dicen "boca arriba" en Sadaba y otros lugares de las Cinco Villas, y es esa una expresión que, al principio por broma (teníamos una cuñada pentapolitana), luego por costumbre, quedó en casa (como pelígono, en honor del abuelo, para designar el bolígrafo).

Verduras

Anoté aquí (al tiempo de empezar este cuaderno de latín y botánica) un romance de Lope de Vega que podríamos calificar de botánico, pues enumera diversas plantas: pensaba yo que podría comentarlo un día, si alcanzaba mayor conocimiento del mundo vegetal.  Sigo igual de ignorante, pero en este lapso he conseguido algunos libros de interés, como el De materia medica de Dioscórides, y su traducción y comentario por el médico y humanista segoviano Andrés Laguna; con lo que se me ha ocurrido que podrían arrojar luz, en especial el último, sobre algunos detalles del romance.  Porque la traducción y comentario de Laguna vio la luz a mediados del quinientos, y cabe suponer que nuestros ingenios áureos (Cervantes, Lope, Góngora) abrevaron en este libro sus conocimientos botánicos y farmacológicos.

Pues bien, de mi colación del poema con el tratado de simples no ha salido gran cosa de interés.  Pero ya que me he tomado el trabajo de copiarlo, y como a alguien quizá le divierta, terminaré ahora por editar esta página.

El romance, muy conocido (es de la juventud de Lope, y se publicó en 1593, en la Cuarta parte de la flor de romaces), comienza así:

               Hortelano era Belardo
               de las güertas de Valencia,
               que los trabajos obligan
               a lo que el hombre no piensa.

Belardo, claro está, es el sosias de Lope, y así lo entendían los contemporáneos, que leían al fénix como quien lee ahora Diez minutos, con ánimo de brujulear en las últimas aventurillas eróticas del comediógrafo.  Casualmente el hombre andaba por Valencia.  Continúa así:

               Pasado el hebrero loco
               flores para mayo siembra...

Obsérvese ese febrero vuelto hebrero por mor de una ley fonética que a menudo se cita para demostrar no sé qué vaciedades; dejémoslo aquí.  El resto del romance contiene la enumeración de interés botánico.

               El trébol para las niñas
               pone a un lado de la güerta,
               porque la fruta de amor
               de las tres hojas aprendan.

¿Qué tiene que ver el trébol con el amor?  Aquí, me parece, ni Dioscórides ni Laguna nos servirán de nada.  Sospecho que Lope podría no aludir aquí a las virtudes de la fabácea, sino (algo no raro en textos de la época) al aparato masculino que, con sus adláteres, a menudo se llama, en literatura erótica, el uno, dos y tres, o el trébole, o el trébol.  Aunque en este romance no me parece evidente, ni mucho menos.

               Albahacas amarillas,
               a partes verdes y secas,
               trasplanta para casadas
               que pasan ya de los treinta.
               Y para las viudas pone
               muchos lirios y verbena,
               porque lo verde del alma
               encubre la saya negra.

A la albahaca, que parece ser el ὤκιμον de Dioscórides (y el Ocimum basilicum de Lineo), no le veo ninguna relación ni con el matrimonio ni con la edad; sólo me choca esta observación del griego: "si se come mucha, produce ambliopía".  Caramba; mucha habrá que comer, pero que mucha, supongo yo, para que se nuble la vista; esto lo digo como adicto al pesto genovese.

¿Y los lirios con las viudas, qué?  Pues lo mismo.  No encuentro la relación.  Se supone que Dioscórides está hablando de las azucenas o Lilium candidum de Lineo (algo escribí aquí sobre la voz lirio): el médico griego lo llama κρίνον βασιλικόν, que Laguna traduce por lirio real: y esta juntura me trae a la memoria mi infancia y los atareados tarareos de mi madre emulando a Joselito:  ¿Por qué ha pintao tus ojeraaas la fló del lirio reááá...?

De las verbenas, lo mismo.  Unas hierbas que, por lo que dicen, se recogían la noche de san Juan (de ahí el otro sentido de la palabra verbena) más parecen para doncellas que para viudas.  A la verbena Dioscórides la llamaba περιστερεόν ὕπτιος, que López Eire traduce por "palomera acostada".  El nombre le viene, según el autor griego, de que es una hierba que gusta a las palomas (περιστεραί en griego).

               Torongil para muchachas,
               de aquellas que ya comienzan
               a deletrear mentiras,
               que hay poca verdad en ellas.

Toronjil es el μελισσόφυλλον de Dioscórides: el nombre griego alude, según el médico, al amor de las abejas por esta yerba (abeja en griego es μέλισσα, o bien μέλιττα en el dialecto de Atenas, palabra derivada de μέλι "miel").  De su variante latina, melissophyllon, viene el nombre de melisa que usamos en castellano.

               El apio a las opiladas
               y a las preñadas almendras,
               para melindrosas cardos,
               y ortigas para las viejas.

La opilación u obstrucción de vasos, tan buscada, y temida, en el siglo de oro, sí que parece ser una de las especialidades del apio.  Al menos esto se lee en Dioscórides: la traducción de Andrés de Laguna dice del apio que "relaxa las tetas endurezidas por razón de la leche cuajada en ellas".

¿Los cardos para las melindrosas?  Sí, pero probablemente no por su virtud médica, sino porque con sus espinas pican, verbo de connotaciones eróticas a fines de ese siglo.

También las ortigas (u hortigas, como escribe Laguna) parece que tienen virtud que atañe a las viejas, o que a Lope se lo pudo parecer.  "Su simiente (se lee en la traducción del segoviano), bebida con vino passo, estimula a luxuria y desopila la madre".

               Lechugas para briosas,
               que cuando llueve se queman,
               mastuerzo para las frías
               y asenjo para las feas...

La farmacopea indica la lechuga para las que tienen mucho brío, o temperamento tan ardiente que se queman con la lluvia (y ésta no es la meteorológica).  En efecto, según Laguna "la lechuga es fría y húmida en el excesso tercero" (que es mucho frío y humedad: esto es de cosecha de Galeno, más que de Dioscórides).  Por esta razón, "bebida la simiente de la lechuga, es útil a los que sueñan a la continua sueños muy luxuriosos, y refrena los apetitos venéreos".

Contrario efecto, y por ende está bien aconsejado para "las frías", tiene el mastuerzo, que es quizá la mostaza (el Lepidium sativum según López Eire), cuya simiente "es aguda y caliente" y, naturalmente, "excita a la luxuria".  En estos dos últimos vegetales Vega y Laguna coinciden.

Por último, no encuentro otra relación entre el ἀψίνθιον (o Absinthium) y la belleza si no es la mala voluntad de Lope hacia "las feas": quiere decir, aunque parece injusto, aquellas que no fueron de su gusto.  A éstas las condena a la amargura del ajenjo.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Rojo VI

Iba a pasar a otro color (la monocromía aburre) cuando caigo en la cuenta de que sólo he examinado (de aquellas maneras) los nombres de color griegos.  Están por ver, por pura equidad, los rojos de antedecente latino.  Veámolos brevemente.

En latín el nombre básico para "rojo" es ruber; creo que aquí ya hemos hablado de rúbrica, rubricar y Rubricatus o Llobregat.  Pasemos derecho a los nombres botánicos.  Enseguida damos con Centranthus ruber o Cytisus (pronúnciese /ký-ti-sus/) ruber, con el adjetivo en masculino.  En femenino lo encontramos en la Minuartia rubra, así como la Cephalanthera, la Pulsatilla, la Spergularia, la Festuca, todas ellas con el añadido de rubra "roja"; aquí encuentro también rojas una Sarracenia, que es carnívora, y árboles rojos (rojas en latín, donde los árboles son femeninos) como el Carpinus o el Quercus rubra (el roble americano).

Hablando de roble, es muy probable que robur, nombre que designa esta planta en latín, contenga el mismo radical "rojo" de la palabra ruber, justificado por el color de su madera.  Así que el roble rojo americano o Quercus rubra tiene nombre doblemente colorado, el botánico y el comercial.

Por terminar con los géneros del adjetivo ruber: la forma neutra (rubrum) me aparece en el Echium rubrum y en el Ribes rubrum.

Y ya que estamos en Ribes, mencionaré que este nombre genérico no es de origen latino: Ribes viene, parece ser, del árabe rabas, a su vez originado en una palabra (rawas o rawash) que designaba en persa al Rheum ribes de Lineo (una poligonácea, como los otros ruibarbos).  Encuentro que la primera documentación de ribes figura en el Liber Serapionis aggregatus in medicinis simplicibus, una traducción al latín, hacia la segunda mitad del siglo XIII, de la obra médica de ibn Sarab o Serapión.

En cambio, sí está emparentado con el latín y el color rojo (en su forma latina rubeus, origen del castellano rubio) el nombre de la Rubia, que yo sospecho originado en España, aunque sobre esto me falta bastante por averiguar.

El adjetivo ruber rubra rubrum no es raro en campos de la biología distintos de la botánica: está, por ejemplo, en el nombre del flamenco, Phoenicopterus ruber, donde coinciden en indicar ese color, tan característico del ave, tanto el latín ruber como el griego φοῖνιξ.  En femenino el adjetivo está, por ejemplo, en el cerambícido Stictoleptura rubra.

Ruber, por último, entra en composición con otros vocablos (por ejemplo el Chaenorrhinum rubrifolium proclama con su nombre específico que las hojas tienen aquel color), y encuentro en mis papeles una mariposa que llaman Idaea rubraria: no sé muy bien qué quiere decir eso de rubrera: ¿"fabricante de rojo", quizá?  Un pescado, en fin, lleva el adjetivo en su forma superlativa: Sebastes ruberrimus; la gallineta es, pues, "rojísima".

Las hojas del Geranium robertianum tienen a menudo un vivo, llamativo color rojo, y es natural que ese tono, tan inusual en hojas de yerba, le haya dado nombre: en efecto, fue conocido como herba rubra.  Algunos afirman que la confusión entre el adjtivo ruber y el antropónimo Robert (esto se concibe más fácilmente en el ámbito francés) explica que la planta acabase bajo la santa protección del obispo de Worms, como herba Ruperti, antes de pasar Roberto al binomen botánico.  Se non è vero... es al menos verosímil.  Ese geranio tiene, para más inri, una subespecie purpureum.

Antes de abandonar del todo el adjetivo ruber, mencionaré también el adjetivo castellano rodeno, que da nombre local al Pinus pinaster abundante en las areniscas rojas de Teruel (y en toponimia da nombre a varios pueblos como Rodén o Rodenas).  Con altísima probabilidad, rodeno viene de la raíz germánica ºrheudh- que produce red en inglés, Rot en alemán, y ruber en latín (el hecho de que los nombres de "rojo" en germánico y latín --y griego ἐρυθρός-- se remonten a la misma raíz indoeuropea confirman el carácter primigenio de ese color, según la tesis de Berlin y Kay mencionada).  Y señalaré una vez más que la acentuación correcta del nombre del pueblo turolense es Rodenas, y no Ródenas, que no es más que el capricho de un alcalde del pueblo que creyó (como creen tantos panolis) que es más elegante lo esdrújulo que lo llano.

Otros adjetivos que indican el color rojo han sido descuidados, quizá, por los botánicos.  Por ejemplo, igneus, que, derivado de ignis ("fuego" en latín) corresponde al griego πυρρός (derivado de πῦρ): lo encuentro en zoología (por ejemplo, en el nombre del reyezuelo listado, Regulus ignicapillus, literalmente "de pelo encendido", y es buena definición), pero no entre los nombres de plantas (por lo menos entre los que tengo a mano).

En cambio el adjetivo sanguineus o "sanguíneo" (en referencia también, claro es, al color de la sangre) lo tenemos en Cornus sanguinea, cuyas hojas al final del verano toman el color de la sangre recién coagulada; uno de sus nombres vernáculos es, al parecer, sanguino (aqunque éste tambien designa, por lo visto, al Rhamnus alaternus); y con el Cornus sanguinea comparten adjetivo cromático el Crataegus sanguineus y el Geranium sanguineum.

Hay otras hierbas con nombre sangriento (sanguinarias, Lithodora fruticosa o hierba de las siete sangrías), pero ahí la sangre no expresa color sino virtud médica.

Y dejaré aquí el color rojo hasta otra ocasión.

lunes, 31 de agosto de 2020

Plantas de las cumbres del Pirineo


Aunque sin particular afición a las presentaciones de libros, el azar, la amistad, los años me han llevado a unas cuantas, en los más diversos escenarios: librerías, galerías de arte, aulas, monasterios; una vez incluso (en Coimbra si no mal recuerdo) en una vieja capilla gótica convertida en cafetería universitaria.  Pero el día 6 de agosto pasado asistí a la más insólita, y deliciosa a la vez: la reciente edición de Plantas de las cumbres del Pirineo (Prames) nos sacó al aire libre, en un día claro que derramaba espléndida luz sobre el lago Helado de Monte Perdido, lugar donde se presentó, muy adecuadamente, a más de tres mil metros de altura sobre el mar.  Un libro así necesitaba una presentación así: extraordinarios el uno y la otra.

¡Qué estupenda, esta obra, para adictos como yo, que al conocimiento limitado de la flora suman una notable incompetencia para el manejo de las claves taxonómicas!  Cada una de las más de seiscientas plantas censadas está acompañada de su correspondiente fotografía, que proporciona una imagen típica del vegetal, especialmente en su estadio florido.  De modo que esta guía de vegetales alpinos es de inmediata utilidad para cualquiera que se aventure por esos riscos, tenga o no conocimientos técnicos de botánica.

Claro es que a quien busque información técnica, y esté en disposición de comprenderla, no le defraudará un texto donde cada planta reseñada se acompaña de una completísima ficha que, en abreviatura o por signos convencionales, informa de los sectores pirenaicos ocupados por el vegetal, de su abundancia o escasez, de su distribución en las diversas regiones botánicas, de sus suelos y ambientes preferidos, del trecho de alturas en que hace su vida, de su forma biológica, con el kamasutra completo de sus flores, incluidos los estilos de polinización y de dispersión de semillas, de los tipos de flor y de inflorescencia...

No pretendo ser exhaustivo; sólo quiero subrayar, por último, que cada planta dispone de precisos y elegantes dibujos que, ora muestran la imagen entera, desde la sumidad a las raíces, ora describen aquellas partes del vegetal (brácteas, flores, hojas, secciones de tallo y demás) con los rasgos más característicos para la diagnosis de la especie: el dibujo, unido a la fotografía, nos pone muy fácil la identificación a los torpecillos.

Y, claro está, texto e imágenes se completan con unas claves de identificación orientadas a facilitar la discriminación de especies en los géneros más complicados, así como los correspondientes catálogos e índices.

No está a mi alcance una valoración técnica de la obra: me faltan conocimientos.  Escribo, pues, más bien como aficionado a la lectura y a los libros.  La introducción a la flora alpina pirenaica, que constituye el meollo del texto, está llena de informaciones interesantes.  Las fotografías de paisaje, aun orientadas a ilustrar conceptos sobre ambientes o distribución, son espléndidas.  La maquetación, compleja y muy exigente, se ha resuelto con elegancia.

Y como he asistido de lejos a la gestación esta obra, a lo largo de muchos meses, puedo hacerme una idea del esfuerzo que ha supuesto batir esas alturas inhóspitas, recopilar los datos históricos, buscar el tiempo y la luz más adecuados para fotografiar una flor, elegir y realizar el esquema con que facilitar la identificación de una compuesta...  Son todo tareas de mucho empeño, en tiempo y atención, generosamente entregados sin contrapartida; tareas que sólo es posible llevar a cabo por gusto y por afición, por mucha afición.

En la fotografía, aquí arriba, obtenida ese día 6 de agosto en el lago Helado de Monte Perdido, los autores de Plantas de las cumbres del Pirineo exhiben un cartel que reproduce la portada del libro.  Son, de izquierda a derecha, Ernesto Gómez, Manuel Bernal, Daniel Gómez, Antonio Campo, José Vicente Ferrández, José Ramón Retamero, y Víctor Ezquerra.  Ernesto ha realizado la difícil maquetación de la obra.  Daniel es, por así decir, el director de orquesta.  Los demás son excelentes floristas y fotógrafos.  Jesús Vicente, además, es autor de los dibujos.  Todos ellos, como he dicho más arriba, son aficionados, no en la acepción limitante, sino en el sentido noble de la palabra.

[Corre la especie de que alguno de estos cayó al bajar de Monte Perdido.  Estoy en condiciones de negarlo tajantemente.  Por lo demás, el valor no está en caer, sino en ser ascendido, en ser assumptus, en subir en brazos de los ángeles, como la santa virgen: eso sí que tiene mérito.]

jueves, 27 de agosto de 2020

De turbantes y tulipanes



Quién iba a decir que un tocado turco, una prenda de la cabeza, iba a tener esta descendencia botánica.  Pero es así: al menos dos plantas, quizá sería mejor decir dos flores, deben su nombre a la semejanza formal con el turbante turquí, lo que nos lleva a los tiempos de Mehmet I y de Solimán el Magnífico...  He aquí la primera vez que aparece nombrado ese tocado en castellano, en 1588, en una canción de don Luis a la "Armada invencible" en la que (tras insultar a la Virgin Queen con el hendecasílabo "mujer de muchos y de muchos nuera") se acuerda de Turquía e invoca a Cristo:

                            que él hará que tus brazos esforzados
                            llenen el mar de bárbaros nadantes
                            que entreguen anegados
                            al fondo el cuerpo, al agua los turbantes. 

Nadie se sorprenderá de que la voz española turbante venga del turco tülbent; llega al castellano a través del francés, o quizá del italiano turbante (que parece la forma de tülbent más vieja en las lenguas neolatinas).  Ahora bien, la palabra tülbent tiene muchas variantes en las propias hablas turquescas: tülbant, tulbant, tulpant, tulipant, tolipant...  Ahí ya ven ustedes cómo se perfila la palabra tulipán.  De modo que turbante y tulipán vienen a ser un doblete turco en nuestra lengua.

La opinión más difundida pretende que a la flor se la llamó con el nombre del tocado por su parecido formal; según otra interpretación, hubo un error de traducción de las Cartas de la embajada (de las que luego hablaré) y se tomó la voz turca en sentido botánico (Cortelazzo: el nombre turco del tulipán es lâle).  Sea como fuere, la palabra castellana viene probablemente a través del francés, donde, al principio, a la flor se la llamó tulipan, aunque ahora lo llaman tulipe (y de ahí nuestra voz tulipa, que con turbante y tulipán hace ya triplete, y luego, claro, el árbol llamado tulipero).

El cultivo del tulipán parece remontar al imperio bizantino (y hay indicios de su presencia en Al Ándalus hacia el siglo XII, con el nombre de "cebolla macedonia": alguno afirma que a Holanda llegó desde España).  En todo caso, ya estaba en auge en la Estambul de Solimán el Magnífico, y fue allí donde consiguió el embajador de Viena los primeros bulbos de tulipán llegados a Centroeuropa.  Este embajador es personaje interesante y le dedicaré unas líneas.

Ogier Ghislein de Busbecq, nacido en 1522 junto a Lila, en Comines (hoy ciudad francesa fronteriza con Bélgica, pero entonces perteneciente al Sacro Imperio Romano), era un humanista, buen lector de los clásicos latinos y griegos, típico funcionario de la administración imperial.  Fernando I (hermano de Carlos V) lo nombró en 1554 orator (embajador) ante la Sublime Puerta.  De modo que Busbecq vivió en Constantinopla hasta 1562: ocho añitos en Turquía que el hombre aprovechó maravillosamente, como a continuación se verá.

Nada más llegar, en 1555, las obras en una mezquita de la lejana Ancara sacaron a la luz una larga inscripción grecolatina: allá corrió Busbecq, y fue así el primer europeo en identificarla como el testamento de Octavio Augusto.  (Hombre de talento para la propaganda, como Carlos V y Solimán, Augusto se había asegurado su imagen futura con una especie de autobiografía oficial de la que ordenó hacer copias en diversas lenguas y exhibirla por todo el mundo.  ¿Pudo imaginar alguna vez que nos llegaría a través de un ejemplar de la remota Ancyra?  Pues ahí está, el hoy conocido monumentum Ancyranum.)

La embajada de Busbecq tuvo también notables consecuencias botánicas: él trajo a Europa occidental del hippocastanum o castaño que fue llamado "de Indias".  No nos sorprendamos por este nombre: aunque el Aesculum hippocastanum de Lineo es originario de los Balcanes, los europeos del siglo XVI, por culpa de gente como Colón y Elcano, tenían un cacao notable con la geografía y ya no sabían de dónde les caían las hierbas y los animales: no hay más que ver que los ingleses llaman turkey al pavo, que, este sí, venía de América.

Además del castaño de Indias, Busbecq importó desde Turquía las lilas (Syringa vulgaris de Lineo) y los tulipanes (Tulipa gesneriana).  El belga anotó su experiencia turca en unas Legationis turcicae epistulae IV o Cartas de la embajada turca que, publicadas en 1581, difunden por vez primera el texto de las Res gestae divi Augusti (monumentum Ancyranum o epígrafe de Ancara).

La subsiguiente historia del tulipán no carece de interés.  Hay plantas que, ciertamente, se han vendido caras, desde la pimienta en el medievo hasta la coca de nuestros días.  Pero no sé si hay ejemplo comparable al del tulipán.

Sabido es que el cultivo de esta flor gozó de un predicamento extraordinario en Centroeuropa: véanse los espléndidos ejemplares del príncipe obispo de Eichstätt, reproducidos en el Hortus Eystettensis de Besler (1613), o las acuarelas pintadas con primor por Nicolás Robert, no muchos años después, en el Libre des tulipes (del que sale la imagen de aquí arriba).  Pues por esas fechas ya hacía furor en Holanda el cultivo del tulipán, donde había sido introducido hacia 1590, quizá por Charles de l'Écluse.

El furor fue tanto que a partir de 1620 comenzó una espiral de precios inaudita para una mercancía meramente ornamental.  En Holanda la tulpenmanie o tulipomanía alcanzó el extremo de que un solo bulbo se vendiera por el precio que, a base de pan, habría podido sustentar un año entero a un pueblo mediano.  Fue quizá la primera burbuja financiera del capitalismo europeo, y cuando estalló, en febrero de 1637, causó inmensas pérdidas, con su secuela de quiebras y bancarrotas.

Voy a poner fin a este cuento, que comencé cuando preguntó Daniel de dónde venía la palabra martagon.  Pues resulta que viene del turco martagan que, según coinciden varios autores, designaba un turbante que estuvo de moda en tiempos de Mehmet I.  Y, esta vez sí, parece que el nombre es pura metáfora formal.  Señala Corominas que al Lilium martagon se le llama en alemán Türkenbund ("turbante turco": mi Slaby-Grossman le da la razón).  Me pregunto si la acentuación en la O responde a galicismo (prácticamente en todos los romances aparece simultáneamente esta palabra en el siglo XVI).

Ahí están, dos hijos del turbante: el tulipán y el lirio martagón.