sábado, 16 de septiembre de 2017

Victorias y pérdidas

A veces al locutor del telediario le da un ataque anglófono y en vez del Múnich que decimos todos dice Miúnik con elegancia británica.  Ya verá cuando le pille Kim Yon Un y le haga cantar München en coreano.  Pero de qué me quejo, si yo también llamo Náik a la conocida marca deportiva, olvidando que su nombre es nada menos que el de la diosa griega de la victoria, esto es, Νίκη /niíkee/ (la iota es larga: de ahí el diptongo inglés); en latín, claro es, "Victoria".

Sí, sí, lo importante es participar, pero todos preferimos la victoria.  Por eso tiene tantos padres... y tantos hijos: Nicolás ("pueblo vencedor"), Aniceto ("invencible"), Andronico ("varón victorioso") y una larga ristra de victoriosos antropónimos.  También muchas ciudades conmemoran victorias militares; entre los griegos solían llevar el nombre de Νίκαια /niíkaia/ "victoriosa".

La más famosa, quizá, la Nicea de Bitinia, la fundó Antígono el Tuerto y la llamó, con esa modestia tan típica de los generales, Antigonia; luego, dicen, vino su señora (que se llamaba Νίκαια) y le cambió el nombre por el suyo.  Justo allí fué donde siglos después (en 315 dE para ser exactos) Constantino obligó a reunirse a los obispos:  "De aquí no salís hasta que acordéis entre todos una lista de dogmas comunes".  Y salió el credo, que los prelados llamaron finamente "símbolo niceno".  Del concilio de Nicea, claro.

Me acordaba de esto el otro día, en que encontramos mucha Euphorbia nicaeensis y surgió la cuestión entre pronunciar /nizeénsis/ o /nikaeénsis/; me incliné por la pronunciación del amigo Guido, esto es, la segunda.  En efecto, aunque a Νίκαια la llamemos Nicea (con el sonido de nuestra zeta) éste es el resultado castellano; en latín se llama Nicaea y se pronuncia /niikáea/, con /k/, casi igual que el griego del que es transcripción (salvo el acento).

Quiero decir, de paso, que Nicaea (el nombre latino de Nicea) tiene tres sílabas: /nii-káe-a/.  Sí, en latín AE es un diptongo, así que se meten las dos vocales en una sílaba, apretándolas un poquito.  En realidad se debía de pronunciar casi /ai/, con una i muy debilucha (como en griego su equivalente αι).

Tenemos otra Nicaea en el sur de Francia: Niza.  Debe su nombre, con toda probabilidad, a alguna victoria de Marsella (entonces griega) sobre los galos.  En esta Nicea de Francia, o Niza, debió de ser, a juzgar por el nombre que puso a la Euphorbia nicaeensis (/ni-kae-én-sis/, casi /ni-kai-én-sis/), donde la herborizó Allioni: es una planta mediterránea que se da en el norte de África y orillas de este mar.  Así que es una euforbia niçoise, como la ensalada.

Claro que por la época en que Allioni publicaba su Flora de Piamonte (1785), Niza no era francesa, sino italiana o, mejor dicho, saboyana o piamontesa.  Entonces Niza era Nizza y allí se hablaba italiano.  La Convención francesa se apoderó de ella, y estuvo medio siglo bailando entre Italia y Francia, hasta que cayó de este lado (por referéndum, creo).  Casualmente también era niçois Garibaldi, que nació un cuarto de siglo después de que Allioni publicara su Flora, y fue el héroe de la unidad de Italia.  Pero ya sin Niza.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Sonchus y Deschampsia

Se planteó el otro día la pronunciación de la CH en latín.  ¿La CH de Sonchus se lee como en castellano o de otro modo?  Yo aquí defiendo la pronunciación clásica, esto es, pronunciar /sónkus/: la CH se lee /k/ en latín clásico.  Por si a alguien le interesa, me voy a permitir una digresión sobre este curioso dígrafo, la CH.  (Dígrafo = dos signos, un solo sonido.)

El áspero sonido de nuestra jota no existía en latín, pero sí en griego, donde lo escribían con la letra "ji" (minúscula χ, mayúscula Χ).  ¿Qué hacían los romanos para transcribir un sonido que no tenían?  Con muy buen criterio, usaron para ello la letra C (recuérdese que C en latín se pronuncia siempre /k/: y nuestra jota no es otra cosa que una K aspirada): así pues, añadieron a la C el signo de la aspiración, H.  Así nació el dígrafo CH, para escribir, por ejemplo chorus "coro", transcripción del griego χορός /jorós/ "coro".

Según eso, dirá con razón el lector, habrá que pronunciar /sónjus/ y no /sónkus/.  Sí, es lo más probable que así se pronunciara la CH en los helenismos, a poco de introducirse éstos en latín; pero, como digo, siendo el sonido de nuestra jota ajeno a esta lengua, es también lo más probable, y seguro en multitud de casos, que la CH se pronunciara /k/, es decir, como si no hubiera H.  (Hoy día, entre latinistas, hay quien defiende pronunciar la H como una aspiración, vg. en hamus, homo, aunque la mayoría, si no me equivoco, prescinde de ella.)

Sonchus es uno de estos helenismos, de las muchas palabras griegas introducidas en latín.  En griego σόγχος /sónjos/ (suene aquí con ganas nuestra jota) aparece ya en uno de los primeros manuales de botánica, la Historia plantarum de Teofrasto (el discípulo de Aristóteles, siglo IV antes de la era): allí describe el σόγχος de modo que reconocemos sin duda una compuesta (6 4 8):  "Carnosa y comestible es también la raíz del sónkhos, pero la cabezuela es alargada y no tiene aspecto de cardo... La flor de la cerraja (sónkhos), cuando envejece, se convierte en pelusilla como la del diente de león" (Díaz-Regañón traduce: aquí la kh es la forma de indicar la χ griega).

Prueba adicional de la pronunciación latina /k/ la tenemos en la forma en que escribe la palabra Plinio (22 88):  Estur et soncos... uterque, albus et niger; lactucae similes ambo, nisi spinosi essent, caule cubitali, anguloso, intus cavo "también el sonco se come..., igual el blanco que el negro, ambos parecidos a la lechuga, salvo que son espinosos, el tallo alto hasta un codo, anguloso, hueco por dentro".  Según los editores de Plinio en Einaudi, el erudito romano (que en botánica suele seguir muy de cerca a Teofrasto) alude con el soncus albus al S oleraceus y con el niger al S asper.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Cucharita de pastor


Yo tenía vista la cucharita de pastor (Leuzea conifera) en sus primeras fases, cuando aparece esa hermosa alcachofa tornasolada (carxofeta de muntanya la llaman en catalán) que era, para mí, lo característico de la planta.  No obstante, un amigo arrancó el otro día, para mostrármela, una bráctea: ¡tenía, en efecto, todo el aspecto de una cuchara!

A fines de julio subí de nuevo por el lomo de las Peñas de Herrera, donde tantas flores nuevas (para mí) había descubierto en primavera, y encontré las alcachofitas abiertas, convertidas en un verdadero muestrario de cubertería.  ¡Qué imagen tan graciosa!  Ésa es, sin duda, la que justifica el nombre popular que titula esta entrada (del mismo modo que el anterior estadio justifica el nombre de carxofeta).  Plantas hay que tienen no una, sino muchas apariencias distintivas, inconfundibles.

Buscando por internet el origen del nombre genérico encuentro tantas fotos parecidas a la mía que pienso si merecerá la pena salir a pasar calor: las plantas se encuentran más fácil en la red que por esos andurriales.  Y de paso te enteras de que Leuzea es de esos fitónimos con origen en un apellido: De Candolle dedicó este género en 1805 a un tal Joseph Philip François Deleuze.  También supe que iba yo atrasado de noticias, pues ahora la Leuzea ya no se llama Leuzea sino Rhaponticum.  Paciencia...

El nombre específico (conifera) demuestra que a quien bautizó así la planta el grupo de brácteas no le pareció ni una alcachofa ni unas cucharas, sino una piña: la palabra griega κῶνος /kóonos/ "piña" dio nombre al sólido geométrico del que salen las hipérbolas y las parábolas; a esta plantita; y a toda la parentela del pino, las coníferas.

Conífera.  Otra palabra híbrida.  El segundo elemento es latino, del verbo fero "llevar".  La E del verbo fero es breve, por eso son esdrújulas las coníferas fructíferas, igual que los mamíferos mortíferos, sean odoríferos o pestíferos.  Y dejémoslo ya, no seamos somníferos.

lunes, 4 de septiembre de 2017

De heliántemos y cítisos II

La primera documentación de la palabra "crisántemo" en español se registra en el Dioscórides del doctor Laguna (Amberes, 1555): allí aparece ortografiado chrysanthemo, sin tilde (en el siglo XVI no se solía escribir el acento), pero sostiene Valentín García Yebra que "era sin duda una palabra esdrújula"; y asimismo lo es en su primera aparición en el Diccionario de autoridades (1729), donde ya lleva acento y una ortografía algo absurda: chrysántemo (¿por qué quitar la H a la th, y dejársela a la ch?  Cosas de la Real).

Según García Yebra (Diccionario de galicismos, s.v.) la razón del cambio de acento pudo ser la influencia del francés chrysanthème a lo largo del siglo XVIII.  Esto es muy verosímil, y demostrable para muchas otras palabras, incluida el italiano crisantèmo.  Pero este cambio de acento, esto que llamaré "allanamiento de una esdrújula" o "esdrújula allanada", se explica fácilmente como simple error de lectura: puesto que en latín no hay tildes, y el castellano tiende a la acentuación llana, lo más normal es que cualquier castellanohablante (¡incluidos los latinistas!) lea la palabra latina (erróneamente o no) con acento castellano.

Hablo por experiencia.  Llevo toda la vida creyendo que el madroño es el Arbútus unédo, hasta que me molesté (no hace mucho, lo confieso) en comprobar que la primera U y la E son breves.  Sin compasión me apliqué un par de azotes, y ahora ya digo (cuando me acuerdo) Árbutus únedo.

No obstante, yo aquí me atrevo a garantizar sólo los acentos latinos, pues los castellanos a veces responden a evoluciones y juegos de analogías inextricables.  Es el caso del cítiso, en latín sin duda esdrújula, cytisus (pronunciado /kýtisus/) con la I breve.  La acentuación llana del castellano está bien documentada, por ejemplo en estos versos de La noche toledana, comedia de Lope de Vega, donde citiso asonanta con lirio (aquí, por cierto, de tono azulado):

          Allí el pinte azul y rojo,
          la salvia, el cárdeno lirio,
          el alhelí como jaspe,
          los claveles y el citiso.

Pero es que, además, existe un doblete vulgar en la palabra castellana codeso: en ella los fonemas de *cutisu (la forma vulgar, previsible, de partida, desde el clásico cytisus) evolucionan de manera regular.  Ahora bien, lo que no hay quien se explique es el cambio de acento.  Corominas, con poca convicción, aventura una posible influencia de narcissus y cupressus.  Pues quién sabe.

Parece que el griego κύτισος /kýtisos/ designaba en origen la Medicago arborea, un árbol norteafricano.  Más tarde ya vale "retama" o "genista", como el cytisus romano.

viernes, 1 de septiembre de 2017

De heliántemos y cítisos

Una palabra griega, pariente próxima de ἄνθος /ánzos/ "flor" (ésta ya la conocemos), es ἄνθεμον /ánzemon/, que significa prácticamente lo mismo.  Y también, como aquélla, provee el elemento final de muchos nombres botánicos, así Chrysanthemum, Drosanthemum, Helianthemum, Leucanthemum, Mesembrianthemum, Xeranthemum; supongo que la lista (que saco de mis apuntes) aún puede ampliarse.

Si ἄνθεμον significa "flor", el primer elemento de esos compuestos precisa el significado: "flor de oro" (χρυσός /jryysós/: "oro"; uso aquí la jota con su sonido español, y la Y, en este caso larga, para el sonido de U francesa), "flor de rocío" (δρόσος /drósos/ "rocío"), "flor del sol" (ἥλιος /heélios/ "sol"; inicia la palabra una suave aspiración), "flor blanca" (λευκός /leukós/ "blanco"), "flor del mediodía" (μεσημβρία /meseembría/ "mediodía"), "flor seca" (ξερός /xerós/ "seco").

Esto en cuanto al significado de los nombres genéricos dichos.  Ahora, ¿cómo se acentúan?  Y aquí voy a tener que dar un pequeño disgusto al lector o la lectriz, porque, supongo yo, tendrá costumbre de hacer esas palabras llanas, esto es, acentuadas en la E final: -anthémum (y así lo he oído casi sin excepción a los botánicos).  Pues lo siento mucho, pero como esa E es breve (ya lo era la ε o épsilon griega, siempre breve), esas palabras son esdrújulas según la crucial ley latina: si la penúltima sílaba es breve, la palabra es esdrújula.  Así que Chrysánthemum, Drosánthemum, Heliánthemum, Leucánthemum, Mesembriánthemum, Xeránthemum.

Ya oigo que alguien protesta enérgicamente: oiga, ¿no nos irá a decir ahora que acentuamos mal, en castellano, la palabra "crisantemo"?  Pues bien, no era mi intención meterme con la acentuación castellana de las palabras, pero veo que es imposible evitar el problema.  Responderé con la mayor brevedad: sí, acentuamos mal la palabra; deberíamos decir "crisántemo", como se acentuaba en latín y como todavía se acentúa en portugués (crisântemo).

[La razón por la que quisiera evitar el problema del acento castellano es que no deseo gastar espacio en justificar la acentuación correcta, y ya advertí algo sobre lo correcto.  Baste señalar, simplificando todo lo posible, que el acento castellano que en general se considera correcto es el que resultaría de una evolución fonética regular; y que, siendo el acento uno de los elementos más constantes del idioma (la música de una palabra varía poquísimo), el acento castellano bien construido va donde iba el latino, o al menos donde iba en ciertas formas de la palabra latina.]

Otro día acabo este tema.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Hypochoeris II

[Encuentro esta entrada, que debería ir antes de "Lirio", extraviada entre borradores.]

Mireia tiene la amabilidad de darme noticia de un trabajo muy bien documentado sobre la etimología de la voz gallega maraballa y portuguesa maravalha, muy interesante para mí también en un aspecto: cita el autor varios nombres comunes de la Hypochoeris radicata, entre los que se encuentran "lechuga de cerdo" y leituga dos porcos: abundan éstos en mi afirmación, medio broma, de que quizá era la Hypochoeris plato de gusto de los gorrinos.

Además el artículo cita un Diccionario castellano-gallego de fines del siglo XIX, autor Valladares, con el siguiente dato, parece, sobre la Hypochoeris radicata: "cómenla con avidez los cerdos, y los labradores la buscan y la cogen para dársela".  Verdad es que, pese a mi afición a las etimologías, descreo mucho de ellas, y me hacen poca fuerza las palabras de un autor al que no conozco, y precisamente por ello: es conocido vicio de lexicógrafos imaginar usos y hechos para justificar una etimología que, para nuestra planta, parece indudablemente porcina.

Según leía el estudio (parte de una tesis de la Universidad de Chile, autor Mauricio Fuenzalida) tuve un sobresalto al leer Hypochaeris: no hay cosa que más me fastidie que leer mal una palabra y poner una letra por otra.  Repasé con más atención los textos y encontré que, en efecto, usan casi por mitad las formas Hypochoeris e Hypochaeris.

Aunque los diptongos latinos ae y oe se pronunciaban más o menos como se escriben, eso sólo sucedía en latín clásico; ya la edad media confundía e y ae y oe en un /e/ más o menos indiferenciado.  Por eso en latín medieval y moderno es fácil leer, junto a grafías clásicas (cetera /kéetera/ "lo demás": la primera E es larga) otras menos clásicas (caetera, coetera).  Etcétera.

¿No lo he dicho aún?  Jamás hubo una Academia que dictase la ortografía del latín.

viernes, 18 de agosto de 2017

Lirio II

El botánico busca la constancia de la cosa (el género, la especie, la variedad); los demás nos conformamos con la constancia de la palabras, que jibarizan el mundo para que quepa en nuestras cabecitas.  Nadie duda de que lirio es lis y es lys y es lliri y es lilium y es λείριον.  Pero ¿qué entes se designan con esas diversas palabras, que son a un tiempo la misma?

Para no fiarme de mi oído, consulto una pequeña enciclopedia de jardinería, y encuentro que la voz "lirio", sin adjetivos, designa sucesivamente iris, jacintos, tulipanes y azucenas.  Con determinaciones, la gama se amplía, pues el lirio del valle es el muguete, el lirio de agua la cala (Zantedeschia aethiopica), etcétera.

La cosa se complica entrando en la heráldica; pensaba yo, iluso, que la flor de lis (en francés escriben lis o lys indistintamente) era flor de veras, pero ya veo que es de fantasía: ahora es esta flor, ahora aquella, por veces una agrupación de tres.  No pidamos realismo al blasón: la flor de lis francesa es dorada; la florentina, en cambio, más colorida, es ya roja, ya amarilla, ya azul.

Ya en griego λείριον /léirion/ es palabra ambigua: valía por el Lilium candidum (en Teofrasto, por ejemplo) pero también por "narciso" (no sé cuál: ¡y en el mismo Teofrasto!).  Dice Chantraine que la palabra es préstamo de alguna lengua oriental, y Meillet lo confirma por lo que hace al latín lilium, idioma donde la palabra tiende a reducir su campo al significado de "azucena".  Así en Virgilio (Eneida 6 707 y ss) ya tenemos la juntura lineana:

          Ac veluti in pratis ubi apes aestate serena
          floribus insidunt variis et candida circum
          lilia funduntur...

"Y como las abejas, cuando en los prados, los claros días de verano, se posan en las flores y se derraman sobre los blancos lirios..."

Los poetas, aunque apegados a las palabras más que el resto de los mortales, son gente seria: a cada rasgo, como decía Quevedo, le asignan su verdura: a los labios la fresa, a las mejillas la rosa... Con loable perseverancia, un lirio será una azucena para el poeta, y símbolo de la blancura ideal en las tiernas carnes de su ninfa.  Así canta Salicio con arrobo petrarquista:

          por ti la verde hierba, el fresco viento,
          el blanco lirio y colorada rosa
          y dulce primavera deseaba.

Góngora echa mano del mismo vegetal para describir a su Galatea ("Lechosa"), pero hablando medio latín, como le gusta al canónigo cordobés:

          Purpúreas rosas sobre Galatea
          la Alba entre lilios cándidos deshoja:
          duda el Amor cuál más su color sea,
          o púrpura nevada o nieve roja.

Ay, Galatea, lo que te has perdido.  Polifemo era feo, sí.  Pero ¡qué voz tan dulce!