Hace tiempo no aparecen por aquí historias del abuelo Cebolleta, así que ahí va una. (Para ilustración de la juventud ignorante añado una imagen de ese abuelo, personaje de La familia Cebolleta de Manuel Vázquez: el abuelo tendía a contar batallitas y sus parientes, por no oírlas, sin falta salían corriendo.)
Pues bien, una vez me desvié de la ruta para echar un ojo a la ciudad de Nancy, la capital de Estanislao Leszczynski (el rey francés, su yerno, le había regalado Lorena como consuelo por la doble pérdida de la corona polaca). Las guías ponen Nancy por las nubes, pero una larga experiencia me hace sospechar de las guías francesas, que se derriten en cuanto asoma una reja negra con rocallas doraditas. Por suerte, de las ciudades me gusta todo, no sólo las rejas (doraditas o no), y Nancy no me decepcionó, aunque no pude dedicarle más de cuatro o cinco horas. Entre otras, di una vuelta al mercado central, algo vetusto, y allí me llevé una de las sorpresas más gordas de mi vida.
Debo aclarar que el año precedente había consagrado parte de mi tiempo a cultivar tomates, tarea nueva para mí. Así que aprendí a manejar la azada y la jadilla, a arar con la mula mecánica, a disponer la cacera de riego, a montar tutores para las tomateras, en fin, todas las pequeñas tareas al aire libre que constituyen el grato oficio de hortelano... y a todas las cuales he renunciado hoy, porque el tiempo es poco y otras cosas me reclaman al aire libre.
Pero entonces disfrutaba de lo lindo, como sólo disfruta el aprendiz, y uno de los nuevos empeños era el de eliminar la competencia vegetal arrancando intrusos con la binadera, herramienta provista de largo mango para doblar el espinazo lo menos posible. Ahí trabé contacto con la terquedad botánica, representada sobre todo por dos plantitas que, por mor del tomate, calificábamos de "malas hierbas": una pequeña gramínea de extraordinaria tenacidad, y otra planta no tan pequeña pero de fecundidad comprobada, pues no había forma de suprimirla y siempre regresaba por varios frentes a la vez: sus tallos rastreros, cilíndricos y jugosos, tenían un tono amarillento que tendía al rojizo, si no eran del más elegante rojo ladrillo; sus hojuelas, también suculentas y de un verde vivo, salían por pares de esos tallos, y al cabo de los tallos solían aparecer unas diminutas flores amarillas.
Júzguese de mi sorpresa cuando veo en un puesto de Nancy la misma hierba que durante un año he tratado de erradicar ofrecida al público a un precio superior al de los tomates. La verdulera tuvo la amabilidad de explicarme que el pourpier era muy apreciado como complemento de la ensalada, por su sabor fresco y acidillo (que me propuse probar apenas regresara a mi huerto).
Mi conocimiento de nombres de plantas era entonces aún menor que el de ahora, y hube de buscar pourpier en los diccionarios. Resultó que yo conocía la planta, pero no el nombre, y a mi vez conocía el nombre castellano, pero no la planta; quiero decir que no casaba, como es debido, nomen y res. Porque aquel vegetal temoso que no había forma de extirpar de mis tomates no era otro que la verdolaga, palabra que yo había leído infinidad de veces sin poner cara a esa hierba.
Y, como suele suceder en tales casos, comencé a ver verdolagas por todas partes, y advertí que es capaz de desarrollarse con éxito en los más inhóspitos lugares, aun los más desnaturalizados --quiero decir humanizados. Y comprendí la exactitud de la expresión como verdolaga en huerto, dicha de cuanto se halla a gusto y cunde a placer: lo había experimentado a costa de mis tomates.
Ya he contado la batallita. Ahora voy a ver qué aprendo sobre Portulaca y, de paso, a ver si encuentro la foto que saqué en el mercado central de Nancy.