sábado, 3 de enero de 2026

De vértebras y verticilos

 El otro día, escribiendo del verbo στρέφω "girar" (a propósito de Streptopus) comprobé con sorpresa que su correspondiente latino, verto, no había caído aún por estas páginas.  Eso me pareció deplorable por cuanto ese verbo, importante por sí, provee destacadas voces fitológicas, y no digamos del castellano común, desde verter y sus derivados (advertir, convertir, divertir &c), con muchos cultismos (diverso, inverso, vértice, vórtice, vértebra &c), y buena porción de palabras patrimoniales (divieso, doblete de diverso; envés, doblete de inverso; revés, doblete de reverso; través y travieso, dobletes de transverso &c).

La fronda de palabras derivadas de verto (infinitivo vértere) abarca todos los ámbitos de la lengua, lo agrícola y lo lírico, lo material y lo espiritual.  Creo que ya tuve ocasión de aludir a versus, participio de vértere, y luego sustantivo en -U trasladado de su sentido originario, material ("vuelta", "giro", en particular del arado en la huebra), al progresivamente abstracto de "línea de escritura" y "verso".  No es un caso aislado en esta familia.  Y encima los angloparlantes aún le han sacado otra utilidad a versus, y lo han convertido, sin culpa alguna de los romanos, en la preposición "contra" (Minerva los perdone).

De vértere sale vertex o vortex "remolino" (variantes morfológicas, en principio sinónimas, aunque no lo son sus hijuelas vértice y vórtice): designaron además el punto donde los cabellos giran (propter flexum capillorum, dice Quintiliano).  De ahí el vértice de la cabeza y, por extensión, el de cualquier objeto, singularmente una montaña.  Yo sospecho que en el significado de "cima" o "punta" ha debido de influir el pico de la peonza, pico al que cuadraría bien el nombre de vértice.

Vertex genera el adjetivo verticalis: su significado abstracto ya se encuentra en el latín de la antigüedad y yo lo creo derivado (hay otras explicaciones, pero no me convencen) de una necesidad física bien conocida por quien instala puertas, cuyo funcionamiento exige perfecta verticalidad.  Las bisagras de la puerta se llaman verticulae y también verticulum (el griego llama al gozne στροφες, de στρέφω).

No menos gira nuestra cabeza sobre las vertebrae (palabra interesante para la biología, pues el marchamo de vertebrata abraza una entera rama de seres vivos, y los demás se describieron por su ausencia: evertebrata o "desvertebrados").  Hay razones para pensar que vertebra (que también significó "bisagra") primero designó, en anatomía, a las vértebras próximas al cráneo, las que dan giro a la cabeza a diestra y siniestra; y que luego el término se extendió al resto de ellas, cervicales o no (y también giran el cuerpo, pero menos).

Hablando de girar, un giro se llama vertigo en latín (pronúnciese ver-tí-go), y también una cabriola, y asimismo el hecho de que la cabeza nos dé vueltas.  En castellano nos hemos quedado con el último significado mondo; pero ¿de dónde nos hemos sacado la esdrújula?  Ni se sabe.  Es un latinismo mal construido, un nominativo mal leído: la misma prevaricación infligimos al impétigo y el vitíligo.  (La forma culta de vertigo sería vertígine, y la patrimonial podría haber sido vertigen --como origen.

Y con el sufijo -ago (muy frecuente en plantas: Plantago, Plumbago, Solidago), tenemos el vertilago, nombre que tuvo el Eryngium campestre o cardo corredor, conocido especialista en dar vueltas.

El diccionario de Gaffiot informa de que vertipedium es nombre latino de la verveine, y yo supongo que se refiere a la Verbena officinalis, y no a la Lippia triphylla, originaria, según la red, de América del Sur (y ahora llamada, al parecer, Aloysia citrodora, esto es, "Luisa de olor a limón").

La familia de verto (o vorto) es amplísima y muy entretenida de transitar, pero esto se alarga demasiado y trataré de limitarme a los usos botánicos.  Ahora bien, ¿no será mejor dejarlo aquí de momento?

Sí, lo dejo y, hablando de girar, ya que un año más ha completado su giro, aprovecho la ocasión de expresar mis buenos deseos para el incauto lector, la benévola lectriz, en el nuevo giro que comienza, encomendando su cuidado al viejo dios Vertumno (hace dos mil años Vertumnus o Vortumnus), divinidad protectora de los giros y revueltas estacionales.

Hoy 3 de enero son los días de Marco Tulio, el célebre orador, Cicerón si así lo prefiere, nacido en Arpino, Italia, hace dos mil ciento treinta y dos añitos.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Torminalis

 ¿Qué significa torminalis?  No me lo había preguntado.  Para mí no era más que el apellido de la Sorbus torminalis.  ¿Tiene ese serbal algo que se retuerza?, pensé.  Pues la palabrita en cuestión parece relacionada con el "retorcer" latino, esto es, torquere /tor-cué-re/, verbo poderoso que da mucho juego en las lenguas modernas y de donde vienen, por ejemplo, nuestras voces tormento y tortura.

Supongo que todo hablante de español entiende qué tienen que ver tormento y tortura con torcer (el verbo castellano que continúa el torquere latino) y su intensivo retorcer.  No hace falta ser chino para saber cuánto duele retorcer el brazo, o la oreja (pequeña tortura favorita de cierto hermano marista perseguidor, en Burgos, del niño que fui).  Pero creo que el significado cruel de tormento proviene de lo que nuestro siglo clásico llamaba "trato de cuerda".  Por cierto que las propias cuerdas se fabrican retorciendo fibras, y de ahí el torzal y la torcida (el pabilo de la vela, objeto que habría que explicar, quizá, a los lectores jóvenes).

No por casualidad torzal se parece a torzón, el cólico intestinal fatal para tantos caballos, más o menos equivalente a los retorcijones en los humanos (en casa siempre dijimos retortijones).  En fin, de torquere derivan asimismo torso, torsión, tórculo &c, y de su participio tortus "retorcido" vienen las aguas tuertas, esto es, las que se retuercen en múltiples meandros al discurrir por planicie, así como nuestro tuerto, que ahora designa al one-eyed man (como decimos en Logroño) pero en origen describía al que torcía la mirada, esto es al estrábico y al bisojo.

Además, como sustantivo, un tuerto era una injusticia, dígalo si no mi señor don Quijote, que pasó muchas lluvias y bochornos nomadeando por campos de Montiel y de la Mancha, con el alto propósito de deshacer tuertos y proteger doncellas.  ¡Años oscuros, privados de ministerio de igualdad, aunque iluminados por la antorcha de la andante caballería!

De la familia de torquere hay que separar, pese al ligero parecido, torno y tortilla, derivado el primero de la raíz de térere "perforar" (aunque sospecho que ha habido hibridaciones y confusiones), y de etimología oscura el segundo, pero desde luego descartable el parentesco con torcer por más que torta (con O  larga: no diptonga) semeje mucho a torta (femenino de tortus, y con O breve: diptonga en tuerta).  El francés entortiller "enmarañar", que se parece a tortilla, sí proviene de torquere.

En biología torquere también tiene derivados: el torcecuello por ejemplo (o tuercecuello como escriben otros).  Los he buscado en botánica, y estoy algo sorprendido porque esperaba hallar más; quizá no he mirado bien.

Empiezo con el Polygonum bistorta, donde el genérico significa "dos veces torcida" --se refiere a la raíz: bis es un adverbio bien conocido; y torta es el origen de nuestras aguastuertas y aigüestortes.  Por cierto que yo había dado como étimo de Polygonum el verbo "engendrar" griego (ver Polígonos y poligonos), pero lo contradicen en wikipedia.  No voy a reconsiderar ahora el asunto.

He encontrado también un Seseli tortuosum, y una Pinus contortacontorta es el participio de contorqueo, de donde sale nuestra contorsión.

Hay también una Acacia tortilis (Forsk) Hayne.  El adjetivo tortilis (se acentúa tórtilis) pertenece a un grupo de postverbales con sufijo -li- (equivalente al -ble del castellano amable): facilis (de fácere "hacer") "hacible" --esto es, fácil; nobilis (de nóscere "conocer") "conocible" --esto es, noble; utilis (de uti "usar") "usable" --esto es, útil &c.  Así pues, tortilis (de torqueo "torcer") "torcible" o "enrollable", cuasi sinónimo de contortus.  En cierta página de la red veo tortilis traducido así: "de hojas retorcidas".  Ahora bien, por lo que de las fotos puedo colegir, lo retorcido en esa acacia son las vainas o, en algún caso, los troncos.

Casi olvido decir que el romano llamaba tormen al retortijón de tripas, y con su plural, tormina, designó el cólico de vientre o, según los diccionarios, la disentería, la gastroenteritis o la diarrea, cuadros clínicos que estoy lejos de saber diferenciar (gastroenteritis seu diarrhoea contagiosa, informa la vicipaedia latina, est morbus, inflammatio stomachi et intestini tenuis: si lo dice...).  Torminalis (en neutro torminale) es el adjetivo derivado de esos males.

Dice Dioscórides, I 136, en la traducción de Laguna:  "El fructo del serbal, si antes de madurar, cuando se muestra amarillo, le cortan en tajadicas, y le comen después de bien seco al sol, restriñe el vientre".  Claro es que esta nota se refiere a "la fruta del serbal, que en Castilla se dice serba", esto es, si no me equivoco, al producto de la Sorbus domestica.  De éstas habla Font Quer, en su Dioscórides renovado, capítulo de la Sorbus aucuparia, con estas palabras:  "las serbas son asperísimas, hasta tal punto que no se pueden comer sino modorras, es decir, cuando después de cogidas y guardadas sobre un lecho de paja... se vuelven parduscas o de color castaño".

La Guía de Incafo de los árboles y arbustos de la península ibérica, de Ginés López González, confirma que el fruto de Sorbus torminalis no es menos astringente que el de su consanguíneo: "se ha usado en medicina popular para tratar la diarrea y la disentería; a ello alude su nombre latino, torminalis: lo que cura la disentería (de tormina, disentería)".

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dryas

 Hace muchos, muchos años, una amiga de aficiones orníticas solicitó mi opinión sobre un breve escrito que se proponía publicar.  Trataba de un día en la vida de un joven buitre, relato en el que el propio animal, hablando en primera persona, describía sus actividades y exponía honestamente sus impresiones físicas y morales a lo largo de la jornada.  El cuento me pareció sensiblero antes que emotivo, y de escasa información sobre el volátil.  En aquella época aborrecía yo a Disney (Fantasia me había amargado la sexta poblándola de centauritos saltarines).  Y ya era por entonces tan estúpido como para dar mi opinión sincera.  Una larga semana de morros y abstinencia me grabó a fuego los inconvenientes de practicar con la novia la crítica literaria.

Me acuerdo de esta remota historia porque nuestro amigo Víctor Ezquerra acaba de publicar Dryas, la flor que vive en lo alto del Pirineo, un librito en el no un ave, sino una planta perenne describe su propia vida y el entorno natural que habita.  Ya el autor nos había prevenido que urdía un relato en primera persona y, acordándome de aquella lejana experiencia, me adelantaba a imaginar diferencias entre este cuento y aquel del buitre, pues no es Víctor un mero simpatizante del pasto, sino buen conocedor de la hierba en cuestión (la Dryas octopetala, naturalmente), y a la vez un enamorado de la alta montaña y un tenaz estudioso de ese prodigioso entorno natural.  Me prometía, pues, del texto de Víctor, cuando menos, abundancia de jugosas informaciones sobre la flora y la fauna alpinas.

Y ahora la lectura de Dryas ha dejado cortas mis esperanzas.  Pues no sólo contiene una riqueza y variedad de noticias sabrosísima, sino que es un relato magníficamente trabado, en una prosa excelente, ¡y lleno de humor, por todos los dioses, rebosante de esa suprema expresión de humanidad que es el humor verdadero!

Me siento tentado a enriquecer esta pobre página adornándome con alguno de los divertidos juegos de palabras del libro que nos ocupa; pero voy a contenerme porque no es mi propósito aguar la lectura a quien la apetezca.  Baste señalar que Víctor, como los buenos actores de teatro, finge a la perfección la locuacidad de la rosácea, pero esparce aquí y allá unos brechtianos guiños a la inteligencia del espectador.

En efecto, el yo de la dríade de ocho pétalos no es aquí un anzuelo sentimental, sino un hábil recurso para presentar sucesivamente rocas, meteoros, quebrantahuesos, treparriscos, armiños, marmotas, bucardos, arañas, mariposas...; en suma, todos los seres de la alta montaña pirenaica, en sus relaciones mutuas y con el medio, facilitando con amenidad una excelente información sobre aquel ecosistema.

A quien conoce a Víctor le consta su facilidad con el lenguaje científico: domina la nomenclatura latina y de ello podría haber alardeado en este libro.  Imaginen por un momento que lo hubiera escrito alguien como yo: con lo que me gustan las palabrejas raras, a las cuatro páginas el lector se habría hartado y tiraría el libro a la basura.  Víctor, en cambio, se ha propuesto, y conseguido, seducir al lector, entre otras cosas evitando abrumar con tecnicismos de la biología, aquí sustituidos por equivalentes de la lengua familiar, en algún caso forjados sobre la marcha por el autor, si no me equivoco, como si de una propuesta casual se tratara (pero bien meditada, estoy seguro).

En resumidas cuentas, un libro de lo más simpático, que recomiendo a lectores de toda edad y condición.

Y ahora, para acreditar mi legendaria inoportunidad, voy a poner un pero al texto.  No a las etimologías propuestas por el autor, como éste quizá temiera, sino a una afirmación de la página 80, donde se lee:  "Nada más entrar en el siglo XXI, el 5 de enero del año 2000..."  ¡Ah, no!  ¡Eso sí que no!  Por ahí no paso.  Enero de 2000 es todavía el siglo XX, y lo sigue siendo hasta el 31 de diciembre de ese año, como nos enseñaban en el bachillerato (cuando había bachillerato y no la cosa que hay ahora).  Es pura aritmética.  Claro está que Víctor es muy joven, y en sus más tiernos años habrá padecido los estragos de la publicidad y la loca influencia del famoso efecto 2000...

Para terminar, permítanme un modesto obituario.  La esquela que sigue no debe achacarse a crítica, pues es mera observación, o constatación de una defunción ya hace años esperada.  Para los que somos algo vejetes, oír y escuchar son cosas bien distintas: oír designa el mero percibir por el oído, escuchar es prestar consciente atención a las señales auditivas.  En la mayoría de los casos, pasan fácilmente por sinónimos.  Ay, pero no siempre.  Por ejemplo, uno puede caminar con tiento a fin de no ser oído, pero no de no ser escuchado, algo que no hay forma humana de prevenir.  Ahora bien, el verbo oír está en franco retroceso, desplazado por escuchar cuando es posible, y sobre todo (como diría Cortázar) cuando no lo es.  La desaparición de oír se constata con pena en el libro que comentamos, escrito por una persona joven de muy buen criterio léxico.  Requiescat in pace verbum illud audiendi.

Acompañan el texto de Víctor Ezquerra dibujos y acuarelas de Irene San Sebastián, algo despeinados pero eficaces en su objetivo de acompañar y redondear con imágenes la lectura.  La obra lleva pie de Scribo Editorial, pasaje Zavacequias 3, Huesca.


lunes, 3 de noviembre de 2025

Tagua

 Un puestecito del paseo expone unos pendientes que encantan a mi acompañante: sencillos, al trasluz brillan hermosamente con un tinte carmín.  Me apresuro a regalárselos (así somos nosotros, los millonarios) pero ella se niega: quiere comprárselos por sí y para sí.  El vendedor, con identificable canturía rioplatense, explica que están hechos de tagua, una madera americana conocida como "marfil vegetal" por su consistencia y dureza, capaz de torneado, tinción y pulimento.

En casa me falta tiempo para buscar información sobre la tagua.  La encuentro en abundancia en la red y, qué extraordinario, también en mi biblioteca.  Se trata de una arecácea, una palmera, para más señas una Phytelephas Ruiz & Pav. 1798, que crece en las regiones tropicales de América del Sur, principalmente en Ecuador.  Sus frutos, grandes como melones, contienen un cuarto de millar de semillas duras como piedras y por ende ideales, según descubrieron a fin del siglo XIX unos hamburgueses espabilados, para la confección de botones.

La sobrevenida utilidad de sus semillas dio valor, quizá sería mejor decir puso precio, al árbol de tagua.  Su cosecha proporcionó salario a las familias de aquella zona.  La explotación creció hasta poner en peligro la supervivencia de estas plantas.  El apogeo llegó, según algunas páginas de la red, en torno al año 1930, poco antes de la segunda guerra mundial.  Todo esto ya está resumido en la excelente guía de árboles de Ginés López González publicada por Incafo en 1982.

El nombre científico alude al interés humano en el género nombrado, y demuestra que mucho antes que los espabilados alemanes ya Hipólito Ruiz y compañía conocían la excelencia material de las semillas del Phytelephas: pues al primer elemento, el bien conocido φυτόν /fy-tón/ "planta", se añade ἐλφας /e-lé-faas/ que significó "elefante" y es étimo del nombre que damos a ese gran mamífero, pero sin duda designó en origen al marfil, y no al animal del que se lucra.  En efecto, en Homero ἐλφας sólo significa "marfil", y en este sentido de "marfil" figura en el nombre científico del "marfil vegetal" o tagua.

¿De dónde se sacaron los romanos la palabra ebur con la que nombraban ellos el marfil?  Es cosa segura que fue un préstamo, como en griego la propia voz ἐλφας, y luego elephas misma en el habla de Roma.  Ahora bien, si el préstamo es de Egipto o de Oriente, como pretenden unos y otros, no es cosa averiguada.  Más seguro parece que los árabes llamaron fîl al elefante, de donde viene el nombre del oblicuo alfil (cuya prístina figura era la de un elefante indio) y, claro está, nuestra palabra marfil, que en lengua arábiga suena algo así como hazm al-fil y significa "hueso de elefante".

De la precaria conservación de aquellas palmeras amazónicas se hacía eco Francis Hallé en su Elogio de la planta (Libros del Jata, pág. 22 s) con estas palabras:  "La sustitución del marfil de elefante por marfil vegetal se ha anunciado como un triunfo de la ecología.  Pero ¿quién se preocupa por el futuro sumamente sombrío de las palmeras que producen ese marfil vegetal... esas extrañas Phytelephas del sotobosque de la Amazonia occidental...?  ¿Y por qué es preferible que desaparezcan esas palmeras en lugar de los elefantes?" (p. 22s).  Preguntas razonables, digo yo.

Ahora hay en Ecuador programas de recuperación y aprovechamiento de las Phytelephas.  En un video de yutube explican unos estudiosos de Ecuador cosas sorprendentes, como que las inflorescencias de estas palmeras experimentan un aumento de temperatura para potenciar, se cree, la llamada al insecto polinizador.

La especie Phytelephas aequinoctialis fue descrita por Spruce y publicada en 1869.  En el hermoso librito sobre Spruce de Pachi Heras y Marta Infante (también en Libros del Jata) se encuentra una graciosa anécdota sucedida al botánico inglés (pág. 184): éste había recogido frutos de una especie afín (Phytelephas macrocarpa) con intención de estudiarlos y describirlos, pero le madrugaron sus auxiliares indios comiéndose, parece que con plena satisfacción, las muestras recolectadas.  "Nunca volví a ver una yarina en buen estado", lamenta el inglés.  Yarina llama él a esta palmera: seguramente así la llamaban los indígenas.

martes, 21 de octubre de 2025

Streptopus amplexifolius

  


Nunca había visto un Streptopus amplexifolius, aunque algo he escrito de él; claro que del nombre y no sobre la planta.  Pero hace unos días tuve la ocasión feliz de topar un ejemplar, algo marchito ya, en un megaforbio del sistema ibérico.  ¡Qué gusto, tras un intercambio epistolar o telefónico, conocer por fin a la persona con la que has trabado amistad por carta o de viva voz!  Pues igual con los vegetales.  O parecido.

Lo cierto es que en aquel momento no conseguí recordar qué significaba στρεπτός, ni siquiera pensando en los estreptococos cuyo nombre, si no me fallaba la memoria, era algo así como "cocos en collar".  Eso es lo que me impulsa ahora, con el cándido afán de fijar ideas, a repasar aquí lo olvidado.

El nombre del género deriva del verbo griego στρέφω /stré-foo/ "girar" o "volver".  De este importante verbo griego tenemos no pocas voces castellanas; mencionaré algunas, sobre todo las relacionadas con la biología.

De su adjetivo verbal, στρεπτός /strep-tós/ "girado", "trenzado", ya escribí algo a propósito de Streptocarpus.  Añadiré, puesto que estamos repasando la familia de στρέφω y son botánicas, estreptoclemo y estreptofilo, que encuentro en el diccionario de Font Quer.  En mi opinión, στρεπτός crea cierta confusión, porque como adjetivo significa "girado" (así en Streptomyces), mientras que sustantivado parece adoptar el sentido de "collar" o "cadena" (como en Streptococcus).

A propósito, quiero mencionar el curioso nombre de la tórtola, Streptopelia, donde vale la acepción de "collar", como en el estreptococo; y cuyo segundo elemento es la voz πλεια /pé-lei-aa/ "paloma torcaz" en griego antiguo.  Así, el nombre dado por el zoólogo significaría "paloma de collar".  Por cierto que, según el diptongo de base, la I de Streptopelia es larga, y por ende sobre ella debe recaer el acento latino.  En cuanto a decaocto, sigo sin averiguar el secreto de ese misterioso bautizo; quiero decir que no doy fe a lo que sobre él he leído.

Además de las mencionadas, entre las voces castellanas derivadas de ese verbo quizá la más fácil de comprender es estrofa (στροφή /stro-feé/, con el típico vocalismo nominal): podríamos decir que indica la periódica vuelta de idéntica estructura de versos, pues ese es el sentido que hoy le atribuimos; aunque en origen hacía referencia a las bien visibles vueltas del coro griego por la orquesta (u orquestra) del teatro.

De στροφή deriva estrofismo, definido por Font Quer como el fenómeno por el que un órgano vegetal se gira para orientarse hacia un estímulo, o bien para alejarse de él.

La palabra στροφ, combinada con ἄνθος "flor", da nombre al Strophanthus DC 1802, género de las apocináceas originario del África tropical, cuyas hermosas flores parecen girar como un molinillo; según la wiki inglesa, el nombre alude en particular al S petersianus, cuyos pétalos caen en en elegantísima torsión helicoidal.

De la idea de "retorcer", "tejer", deriva la voz στρφος /stró-fos/ "cuerda" (tradicionalmente fabricada por el procedimiento de retorcer y entrelazar fibras vegetales); no tengo claro si es a partir de su diminutivo griego, como quiere Font Quer, o bien del helenismo latino strophium, como ha surgido el nuevo diminutivo, o rediminutivo, strophiolum, que menciono aquí porque en el diccionario del botánico citado figura la voz estrofíolo, literalmente "cordoncillo", tecnicismo para la excrecencia o tumorcillo del funículo o rafe de algunas semillas, por ejemplo la del Chelidonium.

Abandono la botánica para mencionar, por su interés en nuestra lengua, dos palabras bien conocidas: apóstrofe, que se interpreta como el giro del orador para encarar al interpelado; y catástrofe, literalmente la acción o resultado de "poner patas arriba" (como su correspondiente latino, eversio, derivada del verbo verto, equivalente romano de στρέφω).  En el lenguaje dramático de la antigua Grecia, καταστροφή designaba el desenlace, que en la comedia de la vida es la muerte (también significada en καταστροφή).

Otras palabras de esta familia presentan, en lugar de la φ, una β que, en opinión de Chantraine, tiene carácter popular y expresivo.  Así pasa con στρβος /stró-bos/ "torbellino", o, con infijo nasal, στρμβος /stróm-bos/ nombre, ya en Homero, de la peonza.  A esta subfamilia léxica pertenece la voz στρβιλος /stró-bi-los/ que también significó "peonza", pero tiene unas cuantas acepciones más, entre ellas la de "piña": no me cabe duda de que el nombre está bien justificado con la espiral que forman las brácteas en su cara exterior.

Con pena dejo aquí de mencionar otras palabras muy interesantes que he tropezado en esta búsqueda, pero que tienen menos que ver con nuestro tema vegetal; pero esto se alargaría demasiado.

En la wiki inglesa dan para στρεπτός la traducción twisted, y aseguran que el nombre de nuestro Streptopus, que allí llaman twistedstalk, se impuso in reference to the twisted or geniculate peduncle.  Y en efecto el segundo elemento del nombre genérico es la palabra griega πούς /puús/ "pie", que ya hemos encontrado en CoronopusOrnithopuslagopus (específico de un Plantago pero también género de pájaros, así como Himantopus) y probablemente otras que olvido: recordemos que pedúnculo (peduncle en la versión inglesa) no es en origen sino un diminutivo de "pie".

Una nota sobre prosodia.  Lagopus (palabra ya existente en griego clásico, para significar "pie de liebre" y cierto trébol) en latín es llana por ser larga su O: Lagópus.  Pero las demás derivadas de πούς del párrafo anterior, debido a su sílaba penúltima breve, serían esdrújulas en latín; así pues, Stréptopus Corónopus Himántopus &c.

Disculpe el lector la mala fotografía, pero entre las que mi cámara perpetró ante el Streptopus (desde que está de moda la inteligencia artificial, es un placer achacarle todos los errores de uno) es la única imagen donde se manifiesta el codo del pedúnculo, aludido en la wiki inglesa.  En otras se veía mejor, en cambio, el abrazo de las hojas al tallo, que justifica el dictado de amplexifolius.  Pero nada pierde la lectora amable, pues la fotografía que refleja este abrazo era tan mala como la que someto a su vista.

martes, 2 de septiembre de 2025

Los pelillos del pubis

Hay en latín dos pubes, ambas idénticas, de vocales largas.  La primera de ellas (pubes pubis) designa los pelillos que, con la edad y la revolución hormonal, nacen en el bajo vientre; y también, por metonimia, se llama pubes a la región misma que a su tiempo cubren esos pelillos, esto es, lo que el castellano llama pubis.  Nadie dudará de que tales pelillos representan un acontecimiento para el individuo; quizá no se advierta tanto su trascendencia política.

El moderno cromañón, olvidado de su pasado, no repara, en general, en las dificultades del calendario: en qué moderna cocina no cuelga el del pastelero o el bancario de quien somos clientes o víctimas.  Pero hace un par de milenios lo normal era no saber ni en qué día habías nacido ni qué exacta edad tenías.  He aquí por qué los pelillos del pubis adquieren importancia social: la pubertad anuncia, canta, visiblemente proclama el comienzo de la vida adulta.

Pues la otra pubes (pubes púberis o, por extensión del rotacismo, puber púberis), cuya relación con la primera es indudable, designa precisamente esa edad crítica en la que el niño o la niña empiezan a dejar de serlo y comienzan su andadura como ciudadanos: la pubertad.  Pubes, dice el glosista, puer qui iam generare potest "pubes es el niño que ya puede engendrar" (y especifica la edad: is incipit ab annis xiv, femina viripotens a xii "comienza a los 14 años; la mujer recibe varón a los 12").

Pero no nos engañe ese puer del glosista: pubes puede traducirse por "adolescente", pero más aún por "adulto", y en Plauto (Pseudolus 125s) es prácticamente sinónimo de populus (no por casualidad ambas voces abren y cierran el verso):

                            Nunc ne quis dictum sibi neget, dico omnibus,
                            pube praesenti in contione; omni poplo,
                            omnibus amicis notisque edico meis...

"Ahora, para que nadie se haga de nuevas, a todos lo digo, ante la gente reunida en asamblea: a todo el pueblo, a todos mis amigos y conocidos lo proclamo..."

Así, pues, el fenómeno fisiológico que une pubis, púber, puberal, pubertad, se transforma en publicus.  Es bastante dudoso que populus (un probable préstamo toscano) contenga la raíz de pubes; pero hay pocas dudas de que el adjetivo publicus, evidentemente ligado a populus, haya sufrido, como mínimo, en su forma clásica, la influencia de pubes.

El verbo pubescere /pu-bés-ke-re/ describe ese fenómeno: echar vello, cubrirse de vellosidad, de pilosidad, de tomento.  La astuta lectriz, el avisado lector ya habrá pillado su alcance botánico.  Aunque en su sentido primario alude a la fisiología humana, ya en sus Tristes lo había aplicado Ovidio al mundo vegetal: prata pubescunt flore "los prados se cubren de flor".

Encuentro muchos géneros especificados con el adjetivo pubescens (participio activo del verbo citado, en nominativo indiferente al género).  Enumero unos pocos al azar: en femenino encuentro Avenula pubescens, Betula pubescens, Quercus pubescens; en masculino no aparece nada en mis papeles; en neutro, Delphinium pubescens y Haplophyllum pubescens.

Y ya que ha salido la palabra tomento, vemos en ella un cultismo botánico, tomado del latín tomentum, de idéntico significado (si fuera vulgarismo diríamos *tomiento, con diptongación de la E tónica breve): los que saben de esto afirman que en tomentum subyace *tond-mentum, esto es, "lo que uno se afeita", del verbo tondere "depilar", "afeitar", "esquilar".  Así que tomento es pariente de intonso, tijeras, toisón y demás consanguíneos de la clerical tonsura.

Afeitables o tomentosos encuentro bastantes vegetales: citaré sólo, como ejemplo femenino, la Achillea tomentosa; masculino, el Anacyclus tomentosus; neutro, el Arctium tomentosum.  Gracioso, el último nombre: "osito peludo", traduciría yo.

domingo, 17 de agosto de 2025

El género gramatical de los géneros botánicos II

 Añado ahora algunos detalles y precisiones, útiles, quizá, para completar la comprensión de los adjetivos usados como nombres de especie.  Aunque es probable que todo esto le aburra a usted infinitamente: le aseguro que puede saltárselo con toda confianza.

1)  Dentro del tipo A/O existen unos cuantos adjetivos cuya forma masculina, en vez de terminar en -US (como albus), termina en -R: así ocurre en el mencionado Centranthus ruber o en el Helleborus niger.

2)  Dentro del tipo I/C hay un grupo de adjetivos muy característico, acabado en -NS, indiferente al género, pues ni siquiera diferencia el neutro: por ejemplo impatiensnigricanspallens &c.  Todos estos eran en latín participios de presente, un tipo morfológico que ha desaparecido como tal en castellano, aunque conservamos muchos de ellos convertidos en sustantivos (cantante, teniente), adjetivos (distante, urgente) y aun adverbios (bastante) o preposiciones (durante); el sentido original era, aproximadamente, "que canta", "que urge", "que basta", "que dura": son todos postverbales.

La lectriz se preguntará, tal vez, qué diferencia hay entre pallida y pallens, o entre rubra y rubens.  Muy buena pregunta, señora mía.  Y voy a aventurar una respuesta, basada en el hecho de que el latín dispone de muchos "verbos de color", como rubére "estar colorado" y rubéscere /ru-bés-ke-re/ "ponerse colorado": mientras que el adjetivo de color describe éste como un hecho, el participio lo indica, diría yo, como tendencia, o dirección; al fin y al cabo, un inicio.  Lo rubrum es rojo, y punto: la cosa está cumplida.  En cambio, rubescens supone dar un pasito hacia el rojo, no serlo sino quererlo ser, andar tonteando en pos del color rojo; y rubens quizá expresa que, sin ser propio el color rojo, lo adopta en una parte determinada o en un momento dado.

¿Le satisface la explicación?  A mí no, desde luego, pero de momento no se me ocurre otra.  Estudiaremos más el asunto.  Claro que lo aducido me parece válido sólo para los participios que indican color, como albicans o nigricans, o los citados en párrafos anteriores.  En cambio repens (por ejemplo) no es que tienda a reptar (que es lo que significa répere, origen de los reptiles y los repentes) sino que repta decidida y francamente.  E impatiens ya lo dice: "que no soporta" (ser tocada, se entiende: pati "soportar", étimo de pacientepasión y patíbulo).  Pero ahora caigo en que Impatiens ("impaciente") no es especie, sino género.

3)  Para decirlo todo, la misma incapacidad para diferenciar género gramatical lo tienen algunos adjetivos de tipo I/C que terminan en -X, como fallax (literalmente "engañoso"), praecox ("de maduración temprana"), o tenax ("resistente").  Estos adjetivos, al igual que los participios arriba citados, se forman a partir de raíces verbales y dan en castellano formas en -Z: falaz, precoz, tenaz &c.  (Fállax viene del verbo fállere "engañar", como falso o infalibletenax de tenére "sujetar", como tenedor o tenazapráecox deriva de cóquere "cocer" o "digerir", al igual que cocina o bizcocho: praecox significa "maduro por adelantado".)

4)  Se observará que los epítetos que expresan origen (o gentilicios) pueden pertenecer a uno u otro de los tipos descritos.  Ejemplos de gentilicios del tipo A/O: europaeapannonica (húngara), turcica (de Turquía: aquí apreciará el lector la ventaja de pronunciar la C latina siempre como una K).  Ejemplos del tipo I/C: capensis (o de El Cabo), granatensis (o de Granada), bigerrensis (o de Bigorra) &c.  De una ciudad tan eximia en botánica como Montpellier he encontrado curiosas variantes de ambos tipos y con diversa ortografía: monspeliacamonspeliensis (y monspelliensis), monspessulana (y aún otros, fuera de la botánica).

5)  Si queremos honrar a Luis dando su nombre a una rosa, podemos recurrir al complemento con de (y decir "rosa de Luis") o bien expresar lo mismo con un adjetivo (y decir "rosa luisina").  Ésto último era lo clásico en la antigua Roma, pero las lenguas de hoy son más proclives a lo primero.  En botánica también se tiende a lo primero, y se ha decidido usar con preferencia el sufijo -ius -ii de modo que ahí tenemos en los fitónimos honorarios abundantes formas con genitivo: Armeria bubanii, Gentiana clusii, Phagnalon linnaei...  En estos ejemplos los genitivos ("de Bubani", "de Clusio", "de Lineo") deberían ir con mayúscula, como nombres propios de los botánicos agasajados, pero la ley estricta de la nomenclatura botánica exige minúsculas para los nombres específicos.

No obstante, a menudo encontramos el uso de adjetivos (en vez de la forma de genitivo), lo que, claro está, da un aire más clásico al binomio.  Y en no pocas ocasiones la nomenclatura admite las dos soluciones honoríficas.  Véase, por ejemplo, cómo al célebre marino se le ha honrado con un Allium lapeyrousii ("de Lapeyrouse"), pero también con una Viola lapeyrousiana (adjetivo); tenemos una Petrocoptis lagascae ("de Lagasca") y un Senecio lagascanus; un Delphinium loscosii frente a un Hieracium loscosianum; por último (pues hay muchos ejemplos más) Enrique Mauricio Willkomm se adorna con una Armeria willkommii ("de Willkomm") y también con un Cirsium willkommianum, entre otros.

6) Para acabar, señalaré que he encontrado algunas discrepancias de género que no sé si atribuir a error o o a qué.  Por ejemplo en unos autores hallo un Rhamnus cathartica, que supongo el mismo que otros autores llaman Rhamnus catharticus.  De igual modo, a un Rhamnus infectoria hallo opuesto un Rhamnus infectorius.  Lo único que puedo decir es que ῥάμνος /rám-nos/ en griego es, por lo que yo sé, constantemente femenino.  Algo parecido ocurre con Atriplex, donde unos autores le dan el apellido hortensis, en la forma animada, pero otros el de hortense, en la forma de neutro.  Me limito a señalar esta discrepancia, para la que no he encontrado explicación.

Dedico este ladrillo gramatical a todos los novicios, en cualquiera de los conventos florísticos de nuestra geografía.  Si con él no han aprendido nada, al menos les servirá de penitencia y contribuirá a la expiación de sus pecados.