domingo, 17 de agosto de 2025

El género gramatical en los géneros botánicos

 Es evidente que nada tienen que ver unos géneros con otros: con género botánico hablamos de biología, mientras los géneros gramaticales son asunto de filología.  Lo que sigue parecerá, quizá, muy elemental a la mayoría de lectores de más de, pongamos, cuarenta años; pero he observado en los más jóvenes cierta perplejidad ante este asunto, y voy a intentar explicarlo, si puedo, con claridad.  Discúlpenme, por mor de la buena intención.

Ninguna norma establece que los binomios lineanos hayan de estar formados por un sustantivo y un adjetivo.  Por ejemplo, en Canis lupus tenemos dos sustantivos, canis "perro" y lupus "lobo" (si bien, por cierto, haríamos mal traduciendo Canis lupus por "perro lobo", en vez de "lobo" a secas).  Ahora bien, frecuentísimo, tal vez lo más frecuente, es que el primer elemento del binomio sea un sustantivo, y el segundo un adjetivo que expresa un rasgo de color (como en Centranthus ruber) o de forma (como en Ailanthus altissima) o de origen (como en Olea europaea) u otros.

Este tipo de binomio, formado por un nombre y un adjetivo, protagoniza el texto presente.  La cuestión es que nombre y adjetivo deben concordar, esto es, no discrepar en género gramatical.  En la frase el árbol está torcida, la palabra árbol (masculina) casa mal con torcida (femenina): discrepan nombre y adjetivo y por ello la frase es agramatical o, si se quiere, incorrecta.  En latín ocurre exactamente lo mismo, sólo que en ese idioma no hay dos géneros, como en castellano, sino tres: además del masculino y el femenino, los romanos disponían del género neutro.

Género gramatical es un rasgo de las palabras que, en origen, tiene que ver con ser hombre o mujer, esto es, con el sexo masculino o femenino.  El neutro de los romanos (y de otros muchos idiomas) sería en principio atribuible a las cosas.  Ahora bien, eso sólo es en principio, porque en la historia de las lenguas el asunto se ha complicado enormemente, y carece de sentido relacionar género con sexo.  ¿Por qué el sol es masculino y la luna femenina?  (En alemán se dice die Sonne "la sol", y der Mond "el luna".)

A estas alturas, dejémonos de historias, un sustantivo es masculino si lleva adjetivo masculino, y femenino si lleva adjetivo femenino, y poco más hay que decir.  (El idioma inglés en rigor carece de género, pues sus adjetivos no lo marcan: el género en inglés es cosa residual.)

No sé si algún lector ha llegado hasta aquí.  Si tiene paciencia, a continuación diré cómo son los adjetivos en latín.

Hay dos tipos básicos de adjetivos: unos son así (lo llamaremos tipo A/O):

                                     alba albus album

y otros son de este modo (digamos tipo I/C):

                                     viridis viride.

Como se ve, A/O distinguen femenino (alba), masculino (albus) y neutro (album).  En cambio I/C mezcla en una sola forma el femenino y el masculino (viridis) y sólo diferencia el neutro (viride).  Los del modelo A/O han dado en castellano adjetivos que distinguen género (roja, rojo; buena, bueno; alta, alto), mientras que el modelo I/C latino ha dado en castellano adjetivos que no lo distinguen (verde, torpe, feliz).

Ahora bien, un binomio lineano es en cierto modo un sintagma gramatical, y si el género es un nombre, y la especie un adjetivo, ambos han de concordar, esto es, coincidir en género (femenino, masculino o neutro), tal como se ha dicho arriba.

Veamos, pues, ejemplos botánicos del modelo A/O, con el adjetivo "blanco".

En la forma femenina encuentro por ejemplo una Artemisia alba, una Centaurea alba, una Brionia alba, una Osyris alba; basten estos ejemplos (el adjetivo está también en la ontina, Artemisia herba-alba, literalmente "hierba-blanca").

En la forma masculina encuentro Asphodelus albus, Amaranthus albus, Dictamnus albus, Lupinus albus, Melilotus albus...

En la forma neutra hay Allium album, Arrhenatherum album, Chenopodium album, Corema album o Empetrum album, Galium album...

¿Así pues, si un género botánico lleva como específico album, ese nombre es neutro?  Precisamente.  Y será femenino si lleva el adjetivo alba, o masculino si lo acompaña el adjetivo albus.

Del modelo de alba/albus/album (que llamamos A/O) hay muchos otros adjetivos, por ejemplo alpina/alpinus/alpinum o (diré sólo la forma femenina, ahora que estamos en era reivindicativa, y por no alargar) corniculata, hybrida, maritima, montana, rigida, tomentosa...  Se comprende que la lista es enorme y para ejemplo he tomado unos pocos al azar.

Veamos ahora ejemplos del modelo I/C, a base del adjetivo "verde".

En femenino hallo Dactylorhiza viridis, Mentha viridis, Salvia viridis, &c, y en masculino Amaranthus viridis, Helleborus viridis, Polypogon viridis, &c.  Bien se ve que el adjetivo en estos casos no permite distinguir más género que el animado (como se llama al femenino-masculino).

En neutro o inanimado, encuentro Asplenium viride, Coeloglossum viride, Panicum viride, &c  (Dicho sea de paso, ese Panicum ha de acentuarse /pa-níi-cum/ si tienen razón quienes consideran que la I es larga --y debe de serlo, pues es el étimo de nuestra voz panizo.  Así, pues, nada tiene que ver con el pánico, que, como se sabe, deriva del nombre del dios Pan.)

Del modelo de viridis/viride, (que hemos llamado I/C), existen muchos otros adjetivos como campestris/campestre o (diré sólo la forma animada) hortensis, humilis, litoralis, monspelliensis, saxatilis, terrestris...; la enumeración no sería menor que la del otro tipo de adjetivos.

martes, 12 de agosto de 2025

De farmacias y boticas

 Con gran pereza, producto sin duda del cambio climático y del efecto dos mil, para cumplir con la paginita mensual, me embarco en un asunto surgido el otro día en Ordesa y del que algo sé (o eso sueño) y sobre el que puedo largar alegremente sin recurrir a papeleo.  Se trata de la palabra botica, la forma algo anticuada de decir "farmacia".

El griego φαρμακεία /far-ma-kéi-a/ significaba principalmente "medicación", es decir la aplicación de un φάρμακον /fár-ma-con/, esto es, de un "simple", o de una combinación de simples.  Para la palabra φάρμακον, relativamente aislada en griego (y que también se traduce "veneno"), es difícil hallar un étimo convincente, y que dé cuenta de su pariente φαρμακός, que designa al envenenador, al mago, y también al chivo expiatorio, es decir, a quien con su sangre paga las culpas de la ciudad y la exonera de venganza divina.

Así pues, farmacia oscila entre la terapéutica y la magia.  En latín adoptaría la forma pharmacia, con I larga, lo que implica pronunciar /far-ma-kí-a/ (aún se acentúa así en italiano); en España, como es habitual, el hiato I-A diptonga, y se desplaza el acento, conservando la voz llana.

También hubo una ninfa Farmacia, numen de cierta fuente de Atenas; y junto a Mélita o Malta flota la isla Farmacusa que, a juzgar por el nombre, debe de ser rica en hierbas médicas.  La zoología conoce un género de polilla Pharmacis: en griego significó "bruja".

Para nombrar la ocupación y la tienda del experto en medicamentos, triunfó en Europa una voz griega que en principio designaba el repositorio, el almacén, la despensa: ἀποθήκη /a-po-zeé-kee/, en latín apotheca.  Deriva, como ya dijimos, del verbo τίθημι /tí-zee-mi/, cuyo radical -θη- significa "colocar", y está en la -te- de discoteca, ooteca y gliptoteca.  Aún hoy la farmacia alemana ostenta el título de Apotheke y Moscú está lleno de Aptiékas.

Esa especialización de sentido no la ha sufrido apotheca en otros ámbitos, y ha conservado su valor genérico en el francés boutique, en el italiano bottega, o en el castellano bodega, derivadas de aquella.  En esas voces se ha perdido la A inicial por confusión con el artículo, y en la bodega castellana tenemos un buen ejemplo de sonorización de las tres oclusivas sordas intervocálicas.  Ahora bien, la voz botica sí ha restringido su significado, y nombra en particular el almacén de farmacia: boticario es prácticamente sinónimo de farmacéutico.  Es probable que botica provenga del francés o del provenzal; en general se supone que su I refleja el itacismo del griego bizantino, aunque bien podría ser resultado fonético de la E larga de apotheca.

La palabra oficina evoca hoy una sala con escritorios y gente de manguitos y visera, en un caso de especialización de sentido similar al de botica, pero en otra dirección.  Ahora bien, en latín officina /of-fi-kíi-na/ quería decir "taller", "obrador" en general (viene del verbo facere /fá-ke-re/ "hacer", "fabricar"), y es pariente de officium /of-fí-ki-um/ "servicio".  En el ámbito original de la palabra, esto es, en la Roma de Escipión y de Salustio, la officina por antonomasia era la fragua, el taller de fabricación de armas y herramientas.

En el medievo la voz officina conoce una nueva especialización, y alude en particular al obrador de medicamentos: eso explica el adjetivo officinalis  /of-fi-kii-náa-lis/ que adorna a numerosas especies vegetales: el adjetivo en ese caso significa precisamente "de farmacia", e indica que la hierba en cuestión es un simple para el farmacopola.

La forma officinalis sirve para palabras de género femenino (por ejemplo la Salvia officinalis o la Borago officinalis) y masculino (por ejemplo el Hyssopus officinalis o el Rosmarinus officinalis), mientras que las de género neutro usan la forma officinale (así el Polygonatum officinale o el Taraxacum officinale).  Veo que también hay animales con diploma farmacéutico, al menos tengo por aquí una Cantharis officinalis desconocida en mis guías de insectos; y está la Sepia officinalis.  Por supuesto, ciertos árboles de médica virtud han obtenido asimismo el título, como el estoraque o Styrax officinalis, expectorante y antiséptico, y la Cinchona officinalis o árbol de la quina, capaz de rebajar todas las fiebres, excepto la producida por el fanatismo político.

Además del adjetivo, he encontrado la palabra officina como nombre específico, en su forma de genitivo plural, officinarum "de las oficinas (de farmacia)", en unos cuantos géneros: Ceterach, Mandragora, Pilosella, Saccharum.


miércoles, 30 de julio de 2025

Berberis

 Entre las onomatopeyas que forjan el idioma destaca br-br o bl-bl.  Por onomatopeya entiendo la palabra nacida de un sonido imitativo, aunque también se suele llamar onomatopeya a la imitación misma, en nuestro caso ese br-br.  Pues bien, parece ser que este grupo sonoro remedaba el hablar de un extranjero, es decir, la algarabía incomprensible, el idioma desconocido.  (Algarabía, ya que estamos, es la voz árabe arabiya "lengua árabe", idioma del poder, durante un par de siglos, en nuestra península, por más que los habitantes parlasen, en su mayoría, romance.)

Así pues, aquella onomatopeya explica la palabra con que los griegos llamaban al extranjero: βάρβαρος /bár-ba-ros/, en principio algo así como "el que balbucea" o "el que barbota".  Y qué duda cabe de que también en nuestro barbotar se reconoce la onomatopeya br-br de donde nace bárbaro.

Perseguir onomatopeyas es para el filólogo lo que para el botánico rebuscar híbridos de narciso.  A barbotar equivale balbucear (o balbucir) y ahí tenemos bl-bl, pariente próxima de br-br, o más bien su variante.  Y balbucir, en latín balbutire, deriva a su vez de la voz que designaba en la antigua Roma al tartamudo, esto es, balbus, otro avatar de la misma onomatopeya.  (Balbus fue también un cognomen, esto es, un mote vuelto apellido, de donde descienden los actuales Balbina, Balbín, Balbino).

Hay dudas sobre si la voz bereber es de origen autóctono o préstamo del griego, pero con ella los primeros seguidores del islam designaron a los norteafricanos ignorantes del árabe: bereber, al parecer, se aplicó primero a los egipcios, y paulatinamente desplazó su ámbito hacia el oeste.  Es muy probable, en mi opinión, que traiga origen en la misma onomatopeya que el griego βάρβαρος, a menos que provenga de esta misma palabra o de su secuela, el latino barbarus.

Es larga la familia derivada de esos sonidos imitativos, y además muy dada a combinarse con otras (por ejemplo, con el mur-mur que representa el hablar sumiso y da nuestros murmurar y murmullo: de ahí parece que vienen todas las formas francesas de marmot y marmotter y, según algunos, marmotte, por su ronroneo), pero por ceñirme a las voces de parentela más estrecha mencionaré nuestra onomatopeya bla bla bla, tan usada en Mortadelo y Filemón; la designación algo despectiva del habla asturiana como bable; las voces francesas babil, babillage, babiller, alusivas al hablar confuso o infantil; el inglés babble que describe el balbuceo, el parloteo o el murmullo; incluso Babel, antonomasia de la confusión de lenguas.  Babel hoc est confusio, dejó escrito Gregorio de Tours.

Todo esto es muy entretenido, y es lástima que no en todo haya pareja certidumbre.  Por ejemplo Babel (o Babilonia) contiene, según opinión común, el semítico bab "puerta" (como en Bab el Mandeb o en Bibarrambla): Bab-ilu sería, para los doctos en aquellas lenguas, "la puerta del cielo"; aunque para otros viene del hebreo balal "confusión", como sostenía el obispo galo.  Y, puestos a señalar étimos improbables o extravagantes, el amigo Cejador buscó para bereber nada menos que el supuesto ber-iber "hijo de Iberia".

Lo anterior viene a cuento de un comentario de Daniel Gómez, ante un mapa donde el norte de África llevaba el dictado de Berbería:  "¿No vendrá de ahí la palabra Berberis?  Porque es una planta norteafricana".  Lo que muestra cuánto importa, para la etimología de los fitónimos, el conocimiento de las plantas mismas, su distribución, virtudes et cetera.  La observación de Daniel invita a considerar que Berberis es pariente de los bereberes y de los piratas berberiscos, de los barbarismos y los balbuceos.  Conviene advertir que Berbería o Berberia figura en los mapas latinados como Barbaria.

Confirmación sólo la he encontrado en vicipaedia (la variante latina de wikipedia), pero buscando en vano bereber o berberisco en el gran diccionario etimológico de Corominas encontré la voz castellana berberís definida como "clase de espino" y documentada desde el siglo XVI.  Ahora bien, el diccionario académico sostiene que berberís significa "agracejo" (esto es, Berberis vulgaris), y añade dos sinónimos: bérbero y bérberos.  Berberís, para Corominas, procede del árabe barbarîs (con pronunciación llana, barbâris, en vulgar); según el filólogo catalán, a veces designa también al madroño, y es voz tomada probablemente del latín botánico.

En resumidas cuentas, creo que Daniel dio en el clavo.

martes, 10 de junio de 2025

Squarrosus

 El Novicio de nuestro convento pregunta por el significado de squarrosus y, obediente, investigo.

Este adjetivo no es raro en botánica, pero sí en latín clásico, donde lo encuentro citado únicamente en glosas; diccionarios hay que ni lo consideran, o dan vagas definiciones: "couvert de boutons" (que igual significa "con muchas yemas" que "con abundante acné").

Pero está bien tratado en el etimológico de Ernout-Meillet, donde se afirma que squarrosus es "sans doute" corrupción (contaminado tal vez por squama) de *escharosus, derivado del griego ἐσχάρα /es-já-raa/ "costra de una quemadura".

Esa palabra griega, ἐσχάρα, es interesante por sus muchos derivados modernos, empezando, claro está, por el helenismo escara, que en castellano significa en general "costra de una herida" (en casa nos amonestaban: "¡No te arranques la postilla!") o, afinando más, la costra subsecuente a una quemadura de tercer grado (más o menos el significado original).  En francés da lugar a doblete: escarre y eschare.

En botánica de ἐσχάρα sale también escarioso (en latín scariosus según el diccionario de Font Quer), adjetivo aplicado al órgano de carácter foliar más bien membranoso, tieso y seco, como los catafilos de ajos y cebollas, &c.

Pero volviendo a lo principal, ¿qué significa en botánica squarrosus?

El Diccionario de botánica alberga la voz castellana escuarroso, préstamo del latín botánico (romanización de squarrosus), definida como sigue: "cubierto de hojas, brácteas, etc., rígidas y divergentes, formando un conjunto áspero".  Y Yáñez (añade) llama escuarrosa a la hoja cuyas lacinias "se doblan alternativamente hacia arriba y hacia abajo, como en el cardo de María.  Para el P. Blanco equivale a desparramado".

En el Botanical latin de Stearn (pág. 501) se lee esta definición de squarrose: rough with scales, tips of bracts, etc., projecting outwards usually at about 90º.  Así que áspero, con escamas, puntas &c.  No traduzco más porque, como es notorio, ya hasta la ministra portavoz habla inglés.

He encontrado el adjetivo de marras, en su forma femenina (squarrosa) en una Inula, en una Lappula y en la Santolina chamaecyparissus ssp squarrosa.  En su forma masculina en un Bromus, un Juncus y en el Adonis aestivalis ssp squarrosus.  En la forma neutra habrá más, pero en mis papeles sólo figura el Sphagnum squarrosum.  Toca ahora al botánico minucioso comprobar si hay adecuación entre definición y definidos, o entre las vivas plantas y los nombres botánicos aplicados.

Y puesto que lo importante queda dicho, me dejaré deslizar suavemente por la pendiente de la erudición etimológica: porque ἐσχάρα, base, como hemos visto, de escharosus, lo es por tanto de la palabra asqueroso, para llegar a la cual no hay impedimento alguno de carácter semántico, y en lo fonético basta una pequeña metátesis vocálica que no cuesta nada admitir.  Parece mentira, pero la palabra que cuesta comprender no es asqueroso, sino asco, que uno diría relacionada íntimamente con aquella y que incluso la precede.  Pero no, no es así, o al menos no está nada claro.

Por cierto que, si no estoy equivocado, en principio asqueroso no se aplicaba a las cosas que daban asco, sino a las personas que hacían ascos a las cosas.

Permítanme añadir que en la comarca leonesa de mis ancestros, estas orejas, que serán pasto de gusanos, oyeron un día la palabra escaroso como variante de asqueroso.  Variante etimológica, por supuesto.  Para que luego digan del campo.

Y para terminar, una pequeña contribución al capítulo "medio léxico inglés es latín".  ¿Han oído hablar de Scarface?  Sí, el mote de Alfonso Capone, por tener un chirlo en la cara.  Bien, scar es "cicatriz" en inglés.  ¿Y adivina de dónde viene scar?  Pues sí, lo ha adivinado usted.  A través del francés, pero viene del latín eschara, y éste del griego ἐσχάρα.

Espero que el Novicio esté satisfecho.  (Lo de Novicio es por comparación con el resto de carcamales del cenobio; pero él nació ya en el milenio pasado, y nadie sabe adónde irá a parar su ya larguísima ciencia.)

martes, 27 de mayo de 2025

Anagramas y charadas botánicas y III

 Así pues, al igual que Mantisalca a partir de Salmantica, otros géneros se han creado por anagrama de un topónimo.  Por ejemplo, a partir de Bolivia se creó el género Lobivia para una bonita cactácea boliviana y de países próximos.  Y con la metátesis de un par de consonantes de Jamaica nació el género Jacaima, para una trepadora tropical de la familia apocinácea (aunque ahora parece haber recuperado su nombre primero de Matelea).

El procedimiento ha tenido también éxito notable a partir de nombres genéricos preexistentes.  De Alchemilla bastó cambiar el orden de las dos primeras letras para nombrar a la Lachemilla angustata, rosácea endémica de la república del Ecuador.  A la compuesta que Lineo bautizó Gnaphalium luteo-album la rebautizó Tzvelev, anagramando el género, como Laphangium luteoalbum.  En el fondo es el mismo principio comparativo de la nomenclatura prelineana, donde se venía a decir: "tal planta es como tal otra con las hojas de una tercera", o cosa parecida.

En general, si no me equivoco, el género nombrado por anagrama es afín al originario, o al menos pertenece a la misma familia botánica.  Así, Arabis ha dado Sibara, otra crucífera; el arbusto Ardisia se mudó en Sadiria, primulácea ahora, antes mirsinácea (o mirrinácea) estadounidense; la verbenácea Bouchea por trastrueque de letras dio a luz la también verbenácea Ubochea (según la red, ahora llamada Stachytarpheta); de la rosácea Cydonia salió la Docynia, otra rosácea; el género Vaselia (creo que no aceptado ahora, según la wiki) nació como anagrama de la Elvasia, y ambos pertenecen a las ocnáceas.  De los géneros cuya familia me consta, el de origen y el anagrama son hermanitos de sangre.

¿Predomina alguna familia en los anagramas?  No me consta.  Mi impresión es que se reparten las familias con ecuanimidad.  Si parece predominar alguna (por ejemplo, las asteráceas) es por ser ella misma familia numerosa.  Véase, si no.  Gramíneas, Elymus da Leymus, así como Aristida da Sartidia.  Acantáceas, Goldfussia se transformó en Diflugossia.  Cactáceas: Hatiora es el anagrama de Hariota.  Saxifragáceas: Mitella proveyó las letras de Tellima.  Labiadas: Monardella el origen, el término Madronella.  Celastráceas: la Myginda fue mudada en Gyminda.  Leguminosas: de la Tephrosia salió la Ophrestia.  Bignoniáceas: Pandorea fue convertida en Podranea.  Ocnáceas: la Sauvagesia dio lugar a la Vausagesia.  Asclepiadáceas: he aquí la Zacateza, obtenida por anagrama de Tacazzea.

Habrá observado el lector atento que gran parte de los géneros formados por anagrama son tropicales o exóticos, esto es, endémicos de la periferia de Europa: pues ésta, al parecer, se ha quedado, para su flora, con los nombres clásicos de la botánica grecorromana, aplicándolos no siempre con propiedad, sino a menudo embutiéndolos velis nolis en especies ajenas.  Nada que no fuera de esperar.

No debe de ser infrecuente que un solo nombre genérico haya dado lugar a más de un anagrama, al menos tengo en mis papeles varios ejemplos de ellos.  Allium, por ejemplo, el modesto, el plebeyo ajo, se ha reordenado dos veces, en Milula y en Muilla (este último, formado por simple inversión, es un pariente del espárrago, en contradicción con lo dicho arriba).  La hipericácea Ascyron ha engendrado la Norysca y la Roscyna.  Y la compuesta Liatris se ha desdoblado en Litrisa y Trilisa.

Pero el campeón de la diversificación anagramática es sin duda, por lo que yo sé, la ya mentada Filago: ésta la vemos desdoblada, por reordenación de las letras, en cinco géneros distintos: Gifola, Ifloga, Lifago, Logfia y Ofliga.  Asterácea tenía que ser.  He tomado esta información (y muchas otras de esta página) del Botanical latin de William T. Stearn.

Ya comprendo que el asunto sólo queda esbozado, y habrá que añadir y clasificar muchos fenómenos más (alguno ya mencionado aquí, como la síntesis entre ἀσπίς y Tupistra que dio lugar al género Aspidistra) bajo el epígrafe genérico de neologismos botánicos por anagrama o combinación.  Pero habrá que esperar la inspiración, la paciencia o las ganas...  Ganas de letras, al menos, si de ciencia no.

lunes, 26 de mayo de 2025

Anagramas y charadas botánicas II

 Y el caso de Galileo y Kepler no es excepcional; a propósito de estrellas, recuerdo los curiosos nombres de Sualocin y Rotanev con que aparecieron α y β Delphini, por vez primera con nombre propio, en el catálogo estelar (1814) de Piazzi y Cacciatore: no sé qué es más admirable, si la enrevesada forma en que el ayudante de Piazzi se homenajeó a sí mismo, o la astucia de Thomas Webb, el astrónomo que unos años después resolvió la charada, al darse cuenta de que Sualocin no era otra cosa que la inversión de Nicolaus, así como Rotanev era Venator del revés: "Nicolás Cazador" en latín y de cabeza, ¡esto es, Niccolò Cacciatore!

En botánica no conozco, y por ello me atrevo a suponer que no abunda, ese tipo de anagrama honorífico, tal vez porque fuera ya costumbre antigua honrar personas, sin rebozo, en el nombre de las plantas: lo atestiguan desde la Achillea a la Linnaea pasando por la Gentiana y por la Fuchsia.  Si acaso, se embozaba un tanto la dedicatoria para no trasparentar la adulación, como en la Calomeria o la Agathomeris, aunque ya hemos visto que no faltó el descaro de la Napoleonaea y de la Josephinia imperatricis.

No, en biología, al parecer, no movió la necesidad de halagar vanidades.  En mi opinión, lo que aquí desató la fiebre anagramática fue el apremio de hallar nuevos vocablos para un mundo natural en prodigiosa inflación, desde el momento en que a nuestra especie le dio por identificar con denominación propia a cada una de las demás especies: el número de éstas pronto desbordaría los más nutridos lexicones, catálogos geográficos y manuales de mitología y, aun así, era preciso seguir bautizando peces, líquenes, ciempiés, culebras, mariposas...

Antes de continuar quizá convenga precisar: anagrama es la palabra formada con las letras de otra, en distinto orden.  Por ejemplo, si invertimos Roma sale amor, un anagrama por inversión.  Los anagramas han sido muy útiles en antroponimia y en criptonimia.  François Arouet se hizo famoso barajando las letras de su apellido más las iniciales L. J. (de le jeune, esto es, otro que mi padre): ahora pocos recuerdan a Arouet, y bastantes más a Voltaire (o Uoltajre: para el latín, idioma aún de prestigio en el siglo XVIII, la I y la J son la misma letra, así como la U y la V).  Y ahora recuerdo que Alina, mi peterburguesa favorita, contaba que en los primeros años de la Rusia soviética fue popularísimo por allá el nombre de chica Ninel, anagrama de Lenin.

El primer anagrama botánico del que tuve noticia fue la Mantisalca salmantica: fue bautizada por Lineo como Centaurea salmantica pero más adelante hubo que hacer género aparte y se creó Mantisalca, donde la primera sílaba del nombre específico se convirtió en tercera.  Salmántica a su vez es el nombre romano de Salamanca; ¿vino de allá el ejemplar al que Lineo aplicó aquel basiónimo?

Más tarde, un amigo me informó de que Mantisalca no era un caso único en botánica: Logfia, género de una asterácea, se formó con reordenar las letras de otro afín, Filago.  El asunto me pareció extraordinario, y me he vuelto un coleccionista de anagramas botánicos.

Que no los hay sólo en botánica, claro está.  Por casualidad, leyendo un libro muy pesado (pero ya se sabe que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno) aprendí que para el avión común (por Lineo bautizado como Hirundo urbica) se creó en 1854 el género Delichon, anagrama de chelidon (transcripción latina del nombre griego de la golondrina, esto es χελιδών /je-li-doón/): de este modo, el nombre latino quedaba en exclusiva para la legítima propietaria, la Hirundo rustica.  (Por cierto, en wikipedia hay una interesante observación sobre el cambio, por corrección de género, de urbica a urbicum.)  Ahora bien, ¿por qué no se usó la voz griega sin más?  ¿Se había usado ya con otro animalito?  ¿O le entró a la ornitología el prurito purista?  No lo sé.  Tecleo chelidon y obtengo de la omnímoda red una especie de crecepelo y un señor con gafas de sol que me enseña a pronunciarlo en inglés.  ¡Admirable!  ¡Lo que aprende uno con la güeb!

Ya que estamos entre golondrinas, señalaré que χελιδών es el étimo de nuestra hierba golondrinera o Chelidonium maius, ya en griego llamada χελιδόνιον /je-li-dó-ni-on/ "celidonia".  Un cuento que remonta a Dioscórides asegura que si sus pollos no abren los ojos, la golondrina los sana con celidonia.  En el Dioscórides renovado de Font Quer se relata con pormenor.

domingo, 25 de mayo de 2025

Anagramas y charadas botánicas I

Las limitaciones de nuestra inteligencia natural (ya que la artificial remonta) se manifiestan, en mi opinión, en la absurda oposición entre "ciencias" y "letras".  Seguramente habrá observado la atenta lectriz que nadie se adelanta a responder a una cuestión ardua con ese argumento:  "Se lo voy a explicar yo, que soy de letras" (o "de ciencias" en su caso).  No.  Siempre comparece el conceptillo en negativo, para rechazar la implicación:  "¿Velocidad angular?  Y a mí que me cuenta, yo soy de letras."  "¿El románico, dice usted?  A mí plin: soy de ciencias."  Ciencias o letras: argumento para escurrir el bulto.

¡Ah, época feliz aquella en que no existían "ciencias" ni "letras"!  La gente se ocupaba de esto o de aquello sin la cuestión tontaina, si esto o aquello era letras o ciencias.  Y los estudiosos, las aficionadas a la naturaleza, eran también letrados y poetas, y las letradas y poetas eran a la vez físicos y naturalistas.  Aquí los manes de Hipatia de Alejandría y de Carlos Lineo, de Anselmo de Aosta y de Sofía Kovalévskaya.

Encuentro natural que los ocupados en desvelar los misterios de naturaleza se aficionen también a los enigmas, las adivinanzas y las charadas.  ¿Qué mayor charada, adivinanza y enigma que el mundo que nos rodea?  Ninguna cabeza importante ha tomado en serio esa memez de "ciencias" y "letras", y con delicia se entera uno de que Goethe elaboró una compleja teoría de la percepción cromática, y que el más duro empeño intelectual de Newton (lo prueban miles de páginas manuscritas) afectó al misterio de la santísima trinidad.  Los físicos escriben poemas y las novelistas resuelven sudokus.

Entre mis enigmistas favoritos cuento a Galileo, no en vano hijo de músico, en una época en que empezaban a jugar a lo grande con cánones, temas invertidos y variaciones per augmentationem y per deminutionem.  Ignoro si Galileo hacía crucigramas en casa, pero dio un sentido práctico a ese juego al informar de un hallazgo astronómico, sin descubrir de momento sus cartas, con este anagrama monstruoso:

          SMAISMRMILMEPOETALEUMIBUNENUGTTAURIAS

El pobre Kepler, no menos aficionado a los jeroglíficos que Galileo, y empeñado como él en descifrar los cielos, debió de romperse la cabeza para formar este patético verso:

          Salve, umbistineum geminatum Martia proles.

Patético sobre todo por ese umbistineum que él sabría lo que significaba (aun así, hay quien lo ha traducido).  El florentino destapó su juego unos meses después: creía haber descubierto en Saturno un planeta triple:

          Altissimum planetam tergeminum observavi,

"He observado que el planeta más alto es triple".  Saturno era "el más alto" porque entonces ni de Urano ni de Plutón había noticia.  Galileo interpretó los borrosos anillos como un par de cuerpos celestes más.  Y en agosto de ese mismo año de 1610, mirando con el telescopio, vio con sorpresa cómo Venus crecía y menguaba como la luna, y decidió comunicarlo al mundo en enigma:

          Haec immatura a me jam frustra leguntur o y,

"Esto está verde y ahora en vano lo cosecho o y", que puso a Kepler como una moto: moviendo letras de acá para allá, el hombre parió esta frase confusa:

          Macula rufa in Jove est gyratur mathem,

"hay mancha roja en Júpiter, gira matem", pero al final el pícaro florentino proveyó la solución correcta:

          Cynthiae figuras aemulatur mater amorum,

"La madre de los amores imita las figuras de Cintia", todavía algo enigmática, pues ha de entenderse que la "madre de los amores" es Venus, y "las figuras de Cintia" son las fases de la luna.  Como anagramas son un tanto fallidos (ese o y de Galileo demuestra que tampoco estaba para perder el tiempo), pero sin duda disfrutaron haciéndolos o resolviéndolos.

Dirá el paciente lector que esto es preámbulo muy largo para no entrar en materia.  Cuánta razón tiene.  Pero continuaré otro día.