domingo, 27 de septiembre de 2020

Decumbente y procumbente


Más de una vez me han preguntado por el significado preciso de estas palabras, y yo respondo lo mismo, esto es, que no lo sé: lo único que puedo decir es lo que han significado en latín clásico, o, como mucho, el significado que cabe deducir de sus componentes (prefijos, radical).  En efecto, lo que significan estos adjetivos en Botánica es decisión de los botánicos: el hablante (el tipo de la calle, en su caso, o el técnico, o el profesor, o el herborizador) es quien decide el significado de una palabra, dando una vez más la razón a Humpty Dumpty: el problema no es "qué significa una palabra", sino "quién manda aquí".

En mi casa, cuando yo era niño, mi abuelo Antonio mandaba mucho.  No era mi abuelo, era el abuelo de mi madre: así que mi abuelo era realmente mi bisabuelo.  Había sido alcalde en su pueblo y tenía el hábito del mando.  "Acércame el pelígono", decía (cuando decía: normalmente hacía el gesto, y tú tenías que adivinar).  Y nosotros, obedientes, le acercábamos el bolígrafo.  Él, al bolígrafo, lo llamaba pelígono.  Más o menos todo el mundo tiene ejemplos en casa de voces a las que, por autoridad, por juego, o por lo que sea, se les otorga un significado arbitrario, válido sólo en el ámbito doméstico.  La cuestión no es qué significa; la cuestión es quién manda (y en casa no manda la RAE).

Aquí, pues, diré lo que sé (que no es mucho) sobre el significado de las palabras en latín clásico, o según sus componentes.

En decumbente y procumbente se reconoce bien el radical del verbo cubare "estar acostado".  Es un verbo corriente en latín clásico, con muchos compuestos.  Por ejemplo, accubare significa "estar acostado al lado" (el prefijo ad significa cercanía), lo que en tiempos helenizados, en que los señoritos de Roma se tumbaban a comer en triclinios, equivale a "estar a la mesa junto a (otro)".  Concubare sería pues (cum indica compañía) "estar acostado con", que con facilidad adopta un significado sexual (éste se reconoce en concubitus y en concubino, concubina; también en íncubo, súcubo, etc.).  Incubare lo aplicamos aún a las gallinas y a su puesta.

Frente a cubare "estar acostado" (verbo, pues, de estado) el verbo *cumbere "acostarse" indica el cumplimiento de la acción (ponemos el asterisco a las palabras supuestas: pues ese verbo en latín clásico no lo conocemos suelto, sino sólo acompañado de prefijos: accumbo, incumbo, procumbo etc.).  Así que frente a accubo "estoy acostado junto a", accumbo significa "me acuesto junto a".

Pues bien, los prefijos latinos son bastante precisos en su significado primitivo, que es, por supuesto, material, físico.  Ad indica proximidad, cum indica compañía, per indica cruzar, atravesar, etc.  Según eso, el verbo decumbere significará "tumbarse en el suelo", ya que el prefijo de vale "abajo" o "hacia abajo".  Pro, por su parte, significa "hacia adelante", de modo que procumbere significa "tumbarse hacia adelante".

El uso clásico corrobora esto: decumbere indica la acción de irse a la cama, también la de sentarse a la mesa, y en particular describe el acto del gladiador que, reconociéndose derrotado, se tira por los suelos.

Por su parte, en procumbere el sujeto se inclina hacia adelante, por ejemplo para hacer frente a la fuerza del viento o a la corriente de un río, y también indica el acto de prosternarse.  Pero en algunos casos se confunde con decumbo, pues significa "echarse a tierra", o "sucumbir" (en sentido material "ante los golpes del enemigo", y en sentido moral "a los placeres"; sub significa "debajo", así que succumbere originalmente significaría "echarse debajo").

Como se ve, si hay una diferencia entre los términos decumbens y procumbens sería esta: lo decumbente cae a tierra, lo procumbente sólo se inclina.  (Se inclina "hacia adelante", para ser exactos; aunque en una planta, creo yo, sería difícil establecer qué es "delante" y qué es "detrás".)  Claro que, si algo se inclina mucho, más bien se derriba, y entonces procumbente poco se diferencia de decumbente.  En cualquier caso, ni uno ni otro participio, por sus componentes propios, indica nada (como en alguna ocasión se ha sugerido) sobre la mayor o menor erección del extremo distal.

He puesto arriba una fotografía de Prenanthes, si no me equivoco.  Como todas las Prenanthes que me he encontrado tenían esa tendencia a cabecear (que no sé si se percibe bien en esa mediocre foto), a vencerse el tallo hacia el suelo, en algún momento formulé la hipótesis de que alguien creó el término πρηνανθής, que en el fondo significa "flor procumbente", por no crear un género a partir de un término como procumbens, que supongo muy corriente en las descripciones.

Dicho sea de paso, el latín médico (que es más bien medieval o renacentista, y en general poco clásico, exactamente igual que el botánico: ¿acaso no son el mismo?) llama decubitus pronus al estar tendido boca abajo (en latín clásico se hubiera dicho más bien procubans o procubante), mientras que llama decubitus supinus al estar tendido de espaldas: eso el latín clásico lo hubiera expresado más bien con el participio recubans, como en el famoso verso que inaugura las églogas virgilianas:

                Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi...

                "Títiro, echado de memoria bajo el dosel del haya frondosa..."

Permítanme esta broma al traducir recubans "de memoria", pues es así como dicen "boca arriba" en Sadaba y otros lugares de las Cinco Villas, y es esa una expresión que, al principio por broma (teníamos una cuñada pentapolitana), luego por costumbre, quedó en casa (como pelígono, en honor del abuelo, para designar el bolígrafo).

Verduras

Anoté aquí (al tiempo de empezar este cuaderno de latín y botánica) un romance de Lope de Vega que podríamos calificar de botánico, pues enumera diversas plantas: pensaba yo que podría comentarlo un día, si alcanzaba mayor conocimiento del mundo vegetal.  Sigo igual de ignorante, pero en este lapso he conseguido algunos libros de interés, como el De materia medica de Dioscórides, y su traducción y comentario por el médico y humanista segoviano Andrés Laguna; con lo que se me ha ocurrido que podrían arrojar luz, en especial el último, sobre algunos detalles del romance.  Porque la traducción y comentario de Laguna vio la luz a mediados del quinientos, y cabe suponer que nuestros ingenios áureos (Cervantes, Lope, Góngora) abrevaron en este libro sus conocimientos botánicos y farmacológicos.

Pues bien, de mi colación del poema con el tratado de simples no ha salido gran cosa de interés.  Pero ya que me he tomado el trabajo de copiarlo, y como a alguien quizá le divierta, terminaré ahora por editar esta página.

El romance, muy conocido (es de la juventud de Lope, y se publicó en 1593, en la Cuarta parte de la flor de romaces), comienza así:

               Hortelano era Belardo
               de las güertas de Valencia,
               que los trabajos obligan
               a lo que el hombre no piensa.

Belardo, claro está, es el sosias de Lope, y así lo entendían los contemporáneos, que leían al fénix como quien lee ahora Diez minutos, con ánimo de brujulear en las últimas aventurillas eróticas del comediógrafo.  Casualmente el hombre andaba por Valencia.  Continúa así:

               Pasado el hebrero loco
               flores para mayo siembra...

Obsérvese ese febrero vuelto hebrero por mor de una ley fonética que a menudo se cita para demostrar no sé qué vaciedades; dejémoslo aquí.  El resto del romance contiene la enumeración de interés botánico.

               El trébol para las niñas
               pone a un lado de la güerta,
               porque la fruta de amor
               de las tres hojas aprendan.

¿Qué tiene que ver el trébol con el amor?  Aquí, me parece, ni Dioscórides ni Laguna nos servirán de nada.  Sospecho que Lope podría no aludir aquí a las virtudes de la fabácea, sino (algo no raro en textos de la época) al aparato masculino que, con sus adláteres, a menudo se llama, en literatura erótica, el uno, dos y tres, o el trébole, o el trébol.  Aunque en este romance no me parece evidente, ni mucho menos.

               Albahacas amarillas,
               a partes verdes y secas,
               trasplanta para casadas
               que pasan ya de los treinta.
               Y para las viudas pone
               muchos lirios y verbena,
               porque lo verde del alma
               encubre la saya negra.

A la albahaca, que parece ser el ὤκιμον de Dioscórides (y el Ocimum basilicum de Lineo), no le veo ninguna relación ni con el matrimonio ni con la edad; sólo me choca esta observación del griego: "si se come mucha, produce ambliopía".  Caramba; mucha habrá que comer, pero que mucha, supongo yo, para que se nuble la vista; esto lo digo como adicto al pesto genovese.

¿Y los lirios con las viudas, qué?  Pues lo mismo.  No encuentro la relación.  Se supone que Dioscórides está hablando de las azucenas o Lilium candidum de Lineo (algo escribí aquí sobre la voz lirio): el médico griego lo llama κρίνον βασιλικόν, que Laguna traduce por lirio real: y esta juntura me trae a la memoria mi infancia y los atareados tarareos de mi madre emulando a Joselito:  ¿Por qué ha pintao tus ojeraaas la fló del lirio reááá...?

De las verbenas, lo mismo.  Unas hierbas que, por lo que dicen, se recogían la noche de san Juan (de ahí el otro sentido de la palabra verbena) más parecen para doncellas que para viudas.  A la verbena Dioscórides la llamaba περιστερεόν ὕπτιος, que López Eire traduce por "palomera acostada".  El nombre le viene, según el autor griego, de que es una hierba que gusta a las palomas (περιστεραί en griego).

               Torongil para muchachas,
               de aquellas que ya comienzan
               a deletrear mentiras,
               que hay poca verdad en ellas.

Toronjil es el μελισσόφυλλον de Dioscórides: el nombre griego alude, según el médico, al amor de las abejas por esta yerba (abeja en griego es μέλισσα, o bien μέλιττα en el dialecto de Atenas, palabra derivada de μέλι "miel").  De su variante latina, melissophyllon, viene el nombre de melisa que usamos en castellano.

               El apio a las opiladas
               y a las preñadas almendras,
               para melindrosas cardos,
               y ortigas para las viejas.

La opilación u obstrucción de vasos, tan buscada, y temida, en el siglo de oro, sí que parece ser una de las especialidades del apio.  Al menos esto se lee en Dioscórides: la traducción de Andrés de Laguna dice del apio que "relaxa las tetas endurezidas por razón de la leche cuajada en ellas".

¿Los cardos para las melindrosas?  Sí, pero probablemente no por su virtud médica, sino porque con sus espinas pican, verbo de connotaciones eróticas a fines de ese siglo.

También las ortigas (u hortigas, como escribe Laguna) parece que tienen virtud que atañe a las viejas, o que a Lope se lo pudo parecer.  "Su simiente (se lee en la traducción del segoviano), bebida con vino passo, estimula a luxuria y desopila la madre".

               Lechugas para briosas,
               que cuando llueve se queman,
               mastuerzo para las frías
               y asenjo para las feas...

La farmacopea indica la lechuga para las que tienen mucho brío, o temperamento tan ardiente que se queman con la lluvia (y ésta no es la meteorológica).  En efecto, según Laguna "la lechuga es fría y húmida en el excesso tercero" (que es mucho frío y humedad: esto es de cosecha de Galeno, más que de Dioscórides).  Por esta razón, "bebida la simiente de la lechuga, es útil a los que sueñan a la continua sueños muy luxuriosos, y refrena los apetitos venéreos".

Contrario efecto, y por ende está bien aconsejado para "las frías", tiene el mastuerzo, que es quizá la mostaza (el Lepidium sativum según López Eire), cuya simiente "es aguda y caliente" y, naturalmente, "excita a la luxuria".  En estos dos últimos vegetales Vega y Laguna coinciden.

Por último, no encuentro otra relación entre el ἀψίνθιον (o Absinthium) y la belleza si no es la mala voluntad de Lope hacia "las feas": quiere decir, aunque parece injusto, aquellas que no fueron de su gusto.  A éstas las condena a la amargura del ajenjo.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Rojo VI

Iba a pasar a otro color (la monocromía aburre) cuando caigo en la cuenta de que sólo he examinado (de aquellas maneras) los nombres de color griegos.  Están por ver, por pura equidad, los rojos de antedecente latino.  Veámolos brevemente.

En latín el nombre básico para "rojo" es ruber; creo que aquí ya hemos hablado de rúbrica, rubricar y Rubricatus o Llobregat.  Pasemos derecho a los nombres botánicos.  Enseguida damos con Centranthus ruber o Cytisus (pronúnciese /ký-ti-sus/) ruber, con el adjetivo en masculino.  En femenino lo encontramos en la Minuartia rubra, así como la Cephalanthera, la Pulsatilla, la Spergularia, la Festuca, todas ellas con el añadido de rubra "roja"; aquí encuentro también rojas una Sarracenia, que es carnívora, y árboles rojos (rojas en latín, donde los árboles son femeninos) como el Carpinus o el Quercus rubra (el roble americano).

Hablando de roble, es muy probable que robur, nombre que designa esta planta en latín, contenga el mismo radical "rojo" de la palabra ruber, justificado por el color de su madera.  Así que el roble rojo americano o Quercus rubra tiene nombre doblemente colorado, el botánico y el comercial.

Por terminar con los géneros del adjetivo ruber: la forma neutra (rubrum) me aparece en el Echium rubrum y en el Ribes rubrum.

Y ya que estamos en Ribes, mencionaré que este nombre genérico no es de origen latino: Ribes viene, parece ser, del árabe rabas, a su vez originado en una palabra (rawas o rawash) que designaba en persa al Rheum ribes de Lineo (una poligonácea, como los otros ruibarbos).  Encuentro que la primera documentación de ribes figura en el Liber Serapionis aggregatus in medicinis simplicibus, una traducción al latín, hacia la segunda mitad del siglo XIII, de la obra médica de ibn Sarab o Serapión.

En cambio, sí está emparentado con el latín y el color rojo (en su forma latina rubeus, origen del castellano rubio) el nombre de la Rubia, que yo sospecho originado en España, aunque sobre esto me falta bastante por averiguar.

El adjetivo ruber rubra rubrum no es raro en campos de la biología distintos de la botánica: está, por ejemplo, en el nombre del flamenco, Phoenicopterus ruber, donde coinciden en indicar ese color, tan característico del ave, tanto el latín ruber como el griego φοῖνιξ.  En femenino el adjetivo está, por ejemplo, en el cerambícido Stictoleptura rubra.

Ruber, por último, entra en composición con otros vocablos (por ejemplo el Chaenorrhinum rubrifolium proclama con su nombre específico que las hojas tienen aquel color), y encuentro en mis papeles una mariposa que llaman Idaea rubraria: no sé muy bien qué quiere decir eso de rubrera: ¿"fabricante de rojo", quizá?  Un pescado, en fin, lleva el adjetivo en su forma superlativa: Sebastes ruberrimus; la gallineta es, pues, "rojísima".

Las hojas del Geranium robertianum tienen a menudo un vivo, llamativo color rojo, y es natural que ese tono, tan inusual en hojas de yerba, le haya dado nombre: en efecto, fue conocido como herba rubra.  Algunos afirman que la confusión entre el adjtivo ruber y el antropónimo Robert (esto se concibe más fácilmente en el ámbito francés) explica que la planta acabase bajo la santa protección del obispo de Worms, como herba Ruperti, antes de pasar Roberto al binomen botánico.  Se non è vero... es al menos verosímil.  Ese geranio tiene, para más inri, una subespecie purpureum.

Antes de abandonar del todo el adjetivo ruber, mencionaré también el adjetivo castellano rodeno, que da nombre local al Pinus pinaster abundante en las areniscas rojas de Teruel (y en toponimia da nombre a varios pueblos como Rodén o Rodenas).  Con altísima probabilidad, rodeno viene de la raíz germánica ºrheudh- que produce red en inglés, Rot en alemán, y ruber en latín (el hecho de que los nombres de "rojo" en germánico y latín --y griego ἐρυθρός-- se remonten a la misma raíz indoeuropea confirman el carácter primigenio de ese color, según la tesis de Berlin y Kay mencionada).  Y señalaré una vez más que la acentuación correcta del nombre del pueblo turolense es Rodenas, y no Ródenas, que no es más que el capricho de un alcalde del pueblo que creyó (como creen tantos panolis) que es más elegante lo esdrújulo que lo llano.

Otros adjetivos que indican el color rojo han sido descuidados, quizá, por los botánicos.  Por ejemplo, igneus, que, derivado de ignis ("fuego" en latín) corresponde al griego πυρρός (derivado de πῦρ): lo encuentro en zoología (por ejemplo, en el nombre del reyezuelo listado, Regulus ignicapillus, literalmente "de pelo encendido", y es buena definición), pero no entre los nombres de plantas (por lo menos entre los que tengo a mano).

En cambio el adjetivo sanguineus o "sanguíneo" (en referencia también, claro es, al color de la sangre) lo tenemos en Cornus sanguinea, cuyas hojas al final del verano toman el color de la sangre recién coagulada; uno de sus nombres vernáculos es, al parecer, sanguino (aqunque éste tambien designa, por lo visto, al Rhamnus alaternus); y con el Cornus sanguinea comparten adjetivo cromático el Crataegus sanguineus y el Geranium sanguineum.

Hay otras hierbas con nombre sangriento (sanguinarias, Lithodora fruticosa o hierba de las siete sangrías), pero ahí la sangre no expresa color sino virtud médica.

Y dejaré aquí el color rojo hasta otra ocasión.