viernes, 30 de abril de 2021

Almizcles

La lectura siempre estimulante de un artículo de Romà Rigol me incita a buscar por mi cuenta origen y parentescos al adjetivo moschatus y frecuentar una encantadora familia de palabras a la que nunca había prestado atención.  No he encontrado nada que el artículo de Romà no explique mejor, pero publicaré aquí mis resultados, a riesgo de pasar por plagiario; entretenido con otras tareas, no quiero que acabe el mes sin dejar aunque sea esta mediocre contribución.

Toda esa familia léxica gira en torno al almizcle.  A éste tuve ocasión de olfatearlo en una de estas exposiciones de olores que trajo la moda hace unos años; fui incapaz de reconocer olor alguno, no sé si por agotamiento del producto o, más probablemente, por incompetencia nasal (mi acompañante, más influenciable o con mejor nariz, dijo notar algo lejanamente dulzón).  Así que quizá es un aroma persistente, como dicen, pero no muy notorio (si bien algunas definiciones del almizcle lo describen como un "olor fuerte").  Parece ser algo exótico, en todo caso, históricamente de importación en las tierras ibéricas.

Tratando de precisar mis vagas ideas he ido a la wikipedia y encontrado más almizcles de los hubiera podido soñar, los suficientes para hacerme un bonito lío.  Yo creía que el almizcle venía de una especie de castor asiático, y encuentro ciervos, bueyes, ratas, escarabajos y hasta plantas almizcleras o almizcladas (una tal Erythranthe moschata o Mimulus moschatus).  En los animales las glándulas del almizcle tiran ora hacia las posaderas, ora hacia el culo, ora hacia los testículos, pero apuntan siempre al área emuntoria.  Parece que el almizcle tiene en biología una función de reclamo sexual, el buscando a Jack de los irracionales.

Pues bien, como en toda sustancia importada (gengibre, clavo, nardo), con el producto vino el nombre, y aquí hay acuerdo general en que la lengua de origen es el persa o "una lengua iraniana" (así dice con vaguedad un autor, quizá para no pillarse los dedos); otro etimólogo, más audaz, afirma que es una forma del pelhvi o pelví, esto es, el persa medieval o del imperio sasánida.

La forma más repetida del étimo es misk, con variantes en el vocalismo y la silbante (pero básicamente misk, mishk y musk).  La mayoría afirma que el étimo misk significaba "almizcle", aunque, según una cita de Cortelazzo, quería decir "testículo".

En Europa la forma más antigua derivada de misk o musk la encontramos en la forma griega postclásica μόσχος /mós-jos/ con la variante μύσχον /mýs-jon/ usada, al parecer, por Dioscórides (no he conseguido encontrar el paso correspondiente, si bien en 2 24 trata del testículo de castor y ahí reconozco el vago recuerdo del castor que se castraba para huir del cazador).  Ahora bien, si μόσχος o μύσχον dependen de "una lengua iraniana", supondrá alguna forma más antigua que el pelhvi, digo yo...  (Hay en griego otro μόσχος antiguo, que vale "retoño" y nada tiene que ver con el μόσχος "almizcle".)

En latín, la palabra "almizcle" es muscus, voz con la que nunca tuve trato y que dicen derivada de μόσχος.  (También hay en latín un muscus autóctono, documentado ya en Catón el viejo, que significa "musgo" y es su étimo.)  No me extraña no haber topado con muscus "almizcle", pues el primero que la usa con ese valor es el dálmata Jerónimo, a finales del siglo IV de la era.  El ilustre traductor de la Biblia al latín es uno de esos santos preocupadísimos no tanto por atajar el sexo propio como por amargárselo al prójimo, un preaviso de Bernardo de Claraval, gruñón y huraño, rodeado siempre de viudas, con preferencia adineradas.  Yo procuro leer a Jerónimo lo menos posible.

En su crítica de Joviniano (2, 8) Jerónimo nos recuerda que los pecados entran en el alma a través de los sentidos, quasi per quasdam fenestras, como por unas ventanas.  El alma cae bajo las seducciones (dice el faraute eremita) de la vista, del oído, del olfato...  Y, hablando de olfato, enumera (sin duda con gesto de asco) diversa thymiamata, et amomum, et cyphi, oenanthe, muscus et peregrini muris pellicula: ahí está, dicen, la primera aparición del almizcle en latín.  Me pregunto si esa "pielecilla de ratón extranjero" es distinto del muscus o bien lo glosa, en hendíadis (varios autores, por ejemplo Andrés Laguna en su libro primero, refieren que el almizcle se envasaba en las propias vejigas donde se producía).

De muscus deriva el adjetivo, o cuasi participio, moscatus, documentado en latín tardío (en las traducciones de Oribasio).  La forma que adopta ese adjetivo en biologia, moschatus, ¿denuncia su derivación de la forma griega, o bien una simple y caprichosa adopción de la grafía CH, como más finolis?  Tampoco esto sé, aunque el problema me preocupa bien poco, en comparación con este otro: ¿alude moschatus a un aroma específico (el del almizcle, por ejemplo) o tiene el sentido más general e impreciso de "perfumado"?  Yo sospecho lo segundo, al menos para no pocas de las manifestaciones botánicas de la palabra; pero no estoy en condiciones de asegurarlo.

Del muscus jeronimiano viene, como es natural, el musco del castellano viejo (documentado en Juan Manuel, con el significado de "almizcle"), y el adjetivo musco que la Academia define como "color pardo obscuro".  Ese adjetivo y su sinónimo amusco son relacionados por la RAE y por Corominas con el almizcle, aunque ignoro la razón (¿era el almizcle de color tostado?  También hay en Palencia un pueblo Amusco, con una hermosa sinagoga semienterrada: ¿venderían allí almizcle los hijos de Leví?).

La palabra española almizcle denuncia a tiro de piedra su origen árabe (por la conocida aglutinación del artículo al-), como le pasa a las formas portuguesas (almíscar y almiscre) y a la vieja forma catalana almesc (moderno mesc).  En castellano se documenta almizque a comienzos del siglo XV, y el primero que lo usa en su forma almizcle (con repercusión de líquida, como en portugués almiscre) es el segoviano doctor Laguna, en su traducción de Dioscórides.

Pero veamos lo que del almizcle dice en su Tesoro Sebastián de Covarrubias:  "Es un cierto licor que se cría en las bolsas de una especie de cabras montesas, que llaman moscos y a cierto tiempo del año, quando andan en celo, les da tanta fatiga que se refriegan en los árboles y en las peñas, hasta que revientan las dichas bolsillas, adonde lo dexan pegado.  Los de la tierra donde se cría van a buscarlo y recogido lo curan, y da de sí un fragantíssimo olor.  Y toma el nombre del animal que lo cría, y assí los latinos le llamaron muscus y los arábigos misch, y con su artículo almisch, y corrompido el vocablo, almizcle".  Claro como la luz del día.  La información de Covarrubias parece tomada de Laguna; he preferido citar la del lexicógrafo por su brevedad.

¿Tomaron los hablantes árabes esta voz de su original persa o "iraniano"?  Es lo más probable.

De almizcle deriva, ya en nuestra tierra, el adjetivo almizclero, que sustantivado en almizclera significa "desmán" según la RAE, y según cierto grupo de botánicos (pero no la Academia) designa al Erodium moschatum.  También se usa almizcleño y almizclado con significados parecidos.

El desmán aludido es, si no me equivoco, el llamado "desmán de los Pirineos" o Galemys pyrenaicus, una especie de musarañita a la que la Guía de los mamíferos en libertad de España y Portugal (Castells, Mayo) llama en catalán almesquera (en gallego rato amisqueiro), distinto, claro es, de ese hermoso damero ambulante que es la gineta, citado en la guía mencionada (y en A lluc de cuc) como gat mesquer o "gato almizclero".

¿Lo he soñado, o me ha parecido ver que, según la Academia, la palabra desmán procede del sueco desman que significa "almizcle"?  No, deben de ser imaginaciones mías, que llevo mucho rato oliendo almizcle.  Por su parte, la palabra galemys no deja de tener su gracia si, como parece, significa "ratón comadreja" (γαλῆ "comadreja", μῦς "ratón").

Decía Bernard Shaw a un corresponsal:  "Lamento haberle escrito una carta tan larga: no he tenido tiempo de hacerla más corta."  Lo mismo me pasa ahora.  Continuaré en otro momento. 

lunes, 22 de marzo de 2021

Amarillo III


Se admite sin discusión que el oro es amarillo; yo no llamaría "amarillo" a ese color verde sucio, pero no discutiré con Quevedo:  "Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues, de puro enamorado, de contino anda amarillo".  Para definir "amarillo", en el DRAE se lee:  "De color semejante al oro, a la retama, etc."; penosa definición, para mi gusto, aunque reconozco que no es fácil decir un color con palabras.  Pero podían haber aprendido algo de María Moliner, en cuyo artículo demuestra más sindéresis que los académicos: "el que está en tercer lugar en el espectro solar", escribió la filóloga aragonesa.

Para estilo inductivo, me cae mejor la definición de amarelo de don Cándido de Figueiredo: Que tem a cor do oiro, do enxofre, do açafrâo, do gengibre, da casca da limâo.  ¡Qué linda enumeración!  Y dale con que el oiro es amarelo.  Pero lo que más me llama la atención es que no he encontrado alusión alguna a la yema de huevo, a pesar de que en tantos idiomas "amarillo" y "yema" son sinónimos (luteum, jaune, etc.).  Mucho más amarilla es que el oro, creo yo.

En cualquier caso, hay que advertir que nuestro metal simboliza el valor o, si se quiere, el precio elevado.  Cuando se dice de algo que es de oro, no necesariamente se habla de color: el siglo de Quevedo se llama de oro, sin duda no por su cromatismo: asignar metales a las épocas viene ya de Hesíodo.  Si un vegetal es áureo, quizá lo es por su exquisitez, o por sus virtudes medicinales, y no por el color de sus raíces o de su fruto.

Por ejemplo, ¿por qué se bautizó malum aureum "manzana de oro" al fruto del Citrus aurantium, o naranjo amargo?  El nombre parece aludir al fruto del jardín de las Hespérides, y según Mendes Ferrâo (A aventura das plantas, 2005) así fueron consideradas las naranjas al principio, como los áureos frutos que el dragón vigila.  No encuentro confirmación de este hecho más que en el diccionario portugués, donde se llama hesperídeas a las plantas da laranjeiro, do limoeiro &c.

Sea que indique color, sea que implique valía, el adjetivo aureus "de oro" aparece en femenino en la Bidens aurea, en la Malabaila aurea (una umbelífera que según algunos es el σέσελι de Teofrasto), en la Matricaria aurea (a la que Font Quer llama "matricaria fina"), y en la Potentilla aurea.  La forma masculina está en el Hyoscyamus aureus L (el ἀκόνιτον de Teofrasto, según algunos) y en el Phaseolus aureus.  En neutro, por fin, encuentro el Chaerophyllum aureum, el Trifolium aureum, y el Teucrium polium ssp aureum.

Aureus se combina en la Festuca montis-aurea ("dorada de monte", si eso significa algo) y en la Solidago virga-aurea (o virgaurea: "vara dorada"; y aquí también hay una referencia mitológica cuyo locus classicus está en el libro VI de la Eneida y que sirvió para titular el célebre ensayo sobre mitología de Frazer The golden bough).

Tampoco podemos olvidar que al tomate se lo llamó pomum aureum "manzana de oro"; esta denominación hizo fortuna en italiano, que lo llama todavía pomodoro.

No podemos cerrar el capítulo áureo sin mencionar el Asplenium ceterach, al que se llama doradilla (y también en francés doradille).  Yo diría que es el color, en este caso, tan característico del helecho en su fase semiseca, lo que justifica ese nombre.


Paso ahora a gualda, una forma de decir "amarillo" que, aunque apenas se oía más que en castrenses alusiones a la bandera española, no se limita a ese empleo, como hemos visto en relación con el Acanthis flavirostris, cuyo específico se traduce literalmente piquigualdo.

La guía de Polunin (mi primera compañía en batidas botánicas) llama gualda a la Reseda luteola (luteola, esto es, "amarillita").  Pero yo tengo para mí que el nombre debió de designar en origen una crucífera, la isátide de teñir (Isatis tinctoria), que en francés llaman guède o pastel des teinturiers e hizo la fortuna de varias familias en el Midi (entre ellas la que construyó en Tolosa de Francia el hotel d'Assezat).  La palabra guède, en picardo waide, parece ser de origen germánico (en alemán moderno la isátide se llama Waid).  Ahora bien, el color que se extraía de la isátide era azul, mientras que de la reseda salía amarillo.


Dejo de examinar muchas variantes latinas de "amarillo" (buxeus, cerinus, helvus o helvius &c), de escaso rendimiento en nomenclatura científica, para terminar con el adjetivo galbus galba galbum que, como se verá, tiene un interés especial para las lenguas romances.

Hay un pájaro que bien podría servir, por lo menos el macho en sus buenos momentos, para definir el amarillo: la oropéndola.  Con ese nombre (que no tiene nada de vulgar en el sentido de la gramática histórica, baste notar la esdrújula) volvemos al oro, pues oropéndola significa "pluma de oro" (pennula es el diminutivo de penna "pluma", y da en español culto o semiculto péñola o péndola: por eso a los escribanos se los llama pendolistas).

Pues bien, en latín la oropéndola se dijo galbulus "amarillito" (diminutivo de galbus).  Marcial coloca la galbina ales "ave amarilla" entre los xenia (xiii, 68) como regalo aceptable para la buena sociedad romana:  Galbina decipitur calamis et retibus ales, / turget adhuc viridi cum rudis uva mero  "Se caza el ave amarilla con redes y cañas cuando aún la uva inmadura está hinchada de vino verde".

Luego en zoología fue llamada Oriolus galbulus, y ahora, creo, Oriolus oriolus.  ¿No es oriolus un nombre curioso?  Claro que no es latín clásico.  Como ya señalé para Merendera, sospecho que aquí el latín científico ha tomado una vez más una voz romance, quizá catalana u occitana, pues en esos idiomas oriol es resultado natural del adjetivo aureolus, diminutivo de aureus (de donde el antropónimo Oriol, variante de Auréolo, y quizá también el nombre de la peña Oroel, junto a Jaca).

Ahora, veamos, ¿cómo se llama la oropéndola en griego?  Pues ἴκτερος /ík-te-ros/, palabra que también significa "ictericia", y es étimo de la voz castellana.  Admirable: de nuevo se juntan el amarillo y la bilis.  (Ese nombre griego de la oropéndola ha venido bien a los ornitólogos para bautizar a un ave muy parecida de color, pero de género distinto, la Icterus galbula u oropéndola de Baltimore.)

De galbus proviene también, creo, el específico de la Ferula galbaniflua, que debe de significar lo mismo que xanthorrhoea, si bien a la latina (fluo "fluir"): ¿exuda esa férula algún líquido jalde?


Por último, de los derivados de galbus quiero fijarme en galbinus, el adjetivo que Marcial daba a la oropéndola.  El interés de galbinus radica en ser étimo de los "amarillos" francés e italiano (jaune y giallo respectivamente) y de ese jalde que he usado hace poco y es una forma legítima de decir en castellano "amarillo", aunque lo usemos ahora menos que nuestro sabio abuelo Alfonso X.

Pues bien, galbus y galbinus contienen, al decir de algunos entendidos, la raíz indoeuropea *ghel-, reconocible sin duda no sólo en el latín helvus y en el griego χλωρός, sino también (agárrese a la silla) en χολή "bilis" (nueva conexión entre lo amarillo y lo amargo).  Y la raíz *ghel- se da en general por origen del alemán gelb (el "amarillo" teutón) y en el inglés yellow (el "amarillo" británico).

¿Qué significó la raíz *ghel-?  Pues parece que albergó simultáneamente la idea de "brillante", y la de "bilis".  Con lo que hete aquí una vez más (que sea la última por hoy) unidos la secreción hepática y el color que estudiamos, igual que en el francés jaunisse o en la propia palabra amarillo.


Añado arriba una imagen del Scolymus hispanicus, un cardo cuya flor, si bien algo pálida en esa foto, tiene uno de los amarillos más hermosos que conozco.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Amarillo II



Fulvus fulva fulvum es otro adjetivo que puede pasar por "amarillo".  Cierto que el amarillo de fulvus tira hacia los colores tierra, y podría traducirse por "ocre" o "marrón"; como tal, le va muy bien, para mi gusto, al Gyps fulvus, que es el buitre que llamamos, también por su color si no me equivoco, "leonado", esto es, con los colores que caracterizan al gran gato.

Pero de fulvus sólo he encontrado en botánica la Hemerocallis fulva, a la que mi guía llama "azucena tabacal" (frente a la arriba citada "azucena amarilla"); son sinónimos H lilioasphodelus y H crocea.


Y he aquí, con esa Hemerocallis, otro sinónimo de "amarillo": croceus crocea croceum; voz de origen botánico, pues viene del nombre latino del azafrán, crocus.  Los consumidores de paella (arroz a la paella, para puristas) conocemos bien la relación entre el azafrán y el amarillo, y más los antiguos, que lo usaron también para teñir telas.

Dicen los sabios (yo no entiendo por qué) que crocus es un préstamo del griego κρόκος, y éste, a su vez, lo es de una lengua semítica.  No pienso discutir.  Es muy cierto que κρόκος es antiquísimo en griego y, hablando de teñir telas, ya Homero viste a la diosa Aurora con "azafranado peplo" (κροκόπεπλος).  En todo caso, el mismo croco da su color amarillo, apropiadamente, al catalán: groc.  (La sonorización de la K inicial no es regular, pero tampoco rara: la κιθάρα es nuestra guitarra, y κάμπη "curva" da, verosímilmente, gamba.)

Croceus (el "amarillo" derivado de crocus) lo he encontrado sólo en el Helianthemum croceum, pero el adjetivo forma parte de la Scorzonera crocifolia (el τραγοπώγων de Teofrasto, según Amigues), de hojas amarillas a juzgar por ese específico, compartido con el Tragopogon crocifolius (al que la guía de Polunin llama "salsifí de color", curiosamente, mientras al Tragopogon dubius lo llama "salsifí amarillo").  Supongo que también está croceus implicado en la Oenanthe crocata L, aunque el participio es de lo más raro (pero como en wikipedia dicen que significa "amarillo", lo daremos por bueno).


Otro amarillo proviene del color del limón, citrinus en latín, κίτρινος en griego.  Este ha dado pocos fitónimos, si no me equivoco.  Sólo tengo registrada la Sternbergia colchicifolia cuyo sinónimo es S citrina.  Alguno más hay en zoología, donde, por ejemplo, el verderón serrano fue bautizado como Serinus citrinella.


En griego "amarillo" es ξανθός /xan-zós/, epíteto del rubio Menelao.  Creo que ya dije que esa palabra (transcrita Janto) había servido para bautizar caballos y ríos.  En botánica lo encuentro, compuesto con ἄνθος "flor", en las poáceas del género Anthoxanthum (hay un A odoratum, que huele a vanilla, y un A aristatum que publicó Boissier en su Voyage botanique dans le midi de l'Espagne).

Combinando ξανθός con χλωρός /jloo-rós/ "verdiamarillo" (que se suele traducir por "verde", y por eso lo dejo para otro lugar) aparece la Alchemilla xanthochlora.  Hay un liquen Xanthoria, y un árbol hierba que debe de exudar un líquido amarillo, porque su nombre es Xanthorhoea (ῥέω "fluir").  Y he encontrado también una planta exótica, el Xanthochymus pictorius Roxb, una clusiácea asiática de cuya savia (χυμός) se extrae un pigmento amarillo, como lo señalan también los varios sinónimos: Garcinia xanthochymus Hook, Garcinia pictoria, G tinctoria.

Más próximo a nosotros tenemos el Xanthium, transcripción al latín de la voz griega ξάνθιον, referida por Dioscórides (4 136) al Xanthium strumarium, según Font Quer.  En la traducción de Laguna se lee que su fruto, "cogido antes que venga perfectamente a secarse, y después majado y guardado en un vaso de tierra, tiene virtud de hacer los cabellos rubios si, deshecha dél con agua tibia la cuantidad de un acetábulo, se aplica a la cabeza después de la haber fregado con nitro".  Con esta información, es difícil sustraerse a la impresión primera, esto es, que ξάνθιον "amarillito" es el diminutivo de ξανθός.

Aunque fuera de la botánica, quiero mencionar en este apartado la mariposa Xanthopan (que quizá quiso significar "toda amarilla") por lo extraordinario de su historia, aun consabida.  En Madagascar se halló la orquídea Angraecum sesquipedale, cuyo larguísimo espolón hacía inalcanzable su néctar a cualquier insecto conocido (sesquipedalis significa, literalmente, "de un pie y medio de largo", y suele aplicarse a cualquier cosa de longitud excesiva).  En su ensayo de 1862 sobre la fecundación cruzada de las orquídeas, Darwin sostuvo que habría en Madagascar una mariposa con espiritrompa de longitud adecuada para libar el Angraecum.  La afirmación de Darwin fue discutida y apoyada por igual: un artículo de Russell Wallace de 1867 la defendía, y señalaba la existencia de un esfíngido africano de trompa larguísima, la Macrosila morgani, que hubiera podido cumplir aquel papel, de encontrarse en Madagascar; y animaba, en consecuencia, a buscar en esa isla el lepidóptero en cuestión, con la misma confianza (este argumento del señor Wallace me gusta mucho) con que se buscó Neptuno a partir de los cálculos de Le Verrier.  En 1903, cuarenta y un años después de la propuesta de Darwin, Rothschild y Jordan describieron en Madagascar la Xanthopan morganii praedicta: praedicta, esto es, "predicha" o, si se quiere, "profetizada".  La Xanthopan morganii, parece, no es otra que la Macrosila morgani (sic, para las íes de más o de menos).


El griego posee otros adjetivos para "amarillo", como ξουθός (del que no he encontrado restos en los fitónimos) o θάψινος: este viene de θάψος, que no sé si es pariente de θαψία /za-psí-a/ (la Thapsia garganica de Teofrasto, para Amigues).  También hay un κιρρός, que designa el amarillo anaranjado, esto es, tendente al naranja o al rojo; pero las palabras que parecían venir de ahí creo que están más bien relacionadas con el latín cirrus "guedeja".


Tenemos, por último, el adjetivo ὠχρός /oo-jrós/ "pálido", "amarillo pálido", "amarillo".  Relacionado con él (supongo) está el sustantivo ὦχρος, que designa en Teofrasto el Lathyrus ochrus, según la editora monspesulana.  En cuanto al adjetivo de color, lo he encontrado únicamente en combinación λευκός "blanco", en la forma ochroleucus (que subraya, imagino, el aspecto "pálido" o "blanquecino" del color): así tenemos una gramínea, la Festuca ochroleuca, a la que hay que añadir un alga, la Laminaria ochroleuca; en neutro, ochroleucum, un Allium, un Erisimum y un Trifolium.


Por adornar un poco esto, añado esos iris amarillos que se bañan en el río Duratón, junto a la hermosa localidad segoviana de Fuentidueña.

martes, 9 de marzo de 2021

Amarillo



Para el repasillo de colores en botánica, veamos el amarillo.  Antes de pasar adelante, hay que recordar lo impreciso del campo semántico de cada nombre de color, y que aquí tomamos "amarillo" en un sentido muy amplio, que invade lo naranja, por un lado, y por el otro lo verde.  Así ha de ser, ocupándose de palabras, más que de cosas.

Es interesante la etimología de esta palabra, amarillo, exclusiva del castellano y el portugués (amarelo).  Es, verosímilmente, el diminutivo de amarus "amargo": de lo amargo de la bilis se pasa a lo amarillo de la ictericia, pues ésta, es sabido, amarillea la piel del paciente.  Como se verá, no faltan razones para mencionar esta etimología.



La palabra latina más común para "amarillo" es el adjetivo luteus lutea luteum (en su enunciado escolar, masculino, femenino y neutro).  También encontramos la palabra como sustantivo neutro: luteum es, en efecto, "lo amarillo" del huevo, esto es, la yema o vitelo.

En botánica aparece este adjetivo, en la forma femenina, en la Asphodeline lutea Rchb. (equivalente, creo, al Asphodelus luteus L), y también en la Digitalis lutea, Gagea lutea, Gentiana lutea, Ophrys lutea, Pinguicula lutea, Reseda lutea, Sternbergia lutea, Vicia lutea.  Supongo que habrá muchas más, pero me limito a las plantas que por alguna razón figuran en mis papeles.  En masculino sólo he encontrado (aparte del Asphodelus dicho) el Odontites luteus.  En neutro, el Galeobdolon luteum Huds., igual al Galium galeobdolon (L) Crantz.

Del género de la Nuphar lutea (L) Sm no sé que pensar, pues son sinónimos Nuphar luteum (L) Sibthorp & Sm (donde nuphar es neutro: y esto parece más propio de esa palabra), Nymphaea lutea L (el basiónimo) y otros cuantos más, por ejemplo Nymphozanthus luteus (L) Fernald.

Luteus aparece combinado con albus, como "amarillo-blanco", en el Helichrysum luteoalbum (L) Rchb. (sinónimos: Gnaphalium luteum-album, Pseudognaphalium luteoalbum).  En diminutivo lo hallamos en la Euphorbia luteola (igual a E nicaeensis) o euforbia "amarillita".  En cambio "amarillean" la Filago lutescens y el Iris lutescens (lutescens es participio activo, algo así como "amarilleante").

Hasta aquí luteus en botánica.  Claro es que hay más en otras ramas de la biología; mencionaré para ejemplo la Xanthogaleruca luteola o escarabajo del olmo, que supongo que será notablemente amarillo, según combina en su nombre el amarillo latino (luteus) y el griego (ξανθός).

Antes de dejar luteus: los especímenes son bautizados como lutetianus en honor de París (la Lutetia antigua); esto, por si a alguien ha dado en sospechar de su color: son parisinos, no amarillos.



Otro adjetivo que pasa por "amarillo" es flavus, si bien éste transita hacia los rojos.  Aunque flavus se traduce correctamente por "rubio" (y la expresión flava arva por "mieses doradas"), también valdría verter "colorado" (y la juntura flavus pudor significa, no cabe duda, "sonrojo").  Un amarillo que tira al dorado y al rojo, pues.  (Como sustantivo, flavum significó en algún momento "pieza de oro".)

Flavus es específico de la Carex flava y la Hemerocallis flava L o "azucena amarilla" (que también se llamó Asphodelus luteus latifolius); en neutro se añade al Allium flavum o "ajo amarillo", al Glaucium flavum y al Thalictrum flavum.

En forma de participio del verbo "amarillear" lo encontramos en el Trisetum flavescens y en la Luzula flavescens (o L luzulina): ambos son "amarilleantes".  Combinado con coma "cabellera", en la Euphorbia flavicoma ("de cabellera rubia").  En superlativo, en la Pedicularis flavissima Gand. (sinónimo de P tuberosa).

Por mencionar algún pájaro, hay una Motacilla flava o lavandera boyera (distinguible de la blanca por sus tonos amarillos), y un Acanthis flavirostris o pardillo piquigualdo.

Pero gualdo ya se verá otro día.  Pensaba que todo lo amarillo entraría en una paginilla y ya veo que no.  Pongo ahí arriba uno de esas hermosas amapolas amarillas del monte, porque de los narcisillos, que ahora tachonan de amarillo los montes próximos, no encuentro una fotografía que me guste.

viernes, 12 de febrero de 2021

Muelle

Para un castellano, en general, muelle nombra un alambre espiral flexible que..., en fin, todo el mundo sabe qué es un muelle.  Pero en origen la palabra muelle no es un nombre, sino un adjetivo cuya forma y significado ("blando", "flexible") corresponde a mollis, su étimo latino.  Ahora bien, hoy día el uso de muelle como adjetivo es ya una antigualla en España: lo empleaba a menudo el padre Bonete, cuando por boca del memorable Luis Figuerola (no en vano pariente de Pío Nono) condenaba la "vida muelle" (esto es, la vida blanda, la vida deliciosa) de los habitantes del siglo...

El otro día caí en la cuenta (y porque me lo dijo Daniel) de que el acanto tiene espinas: son tan blandas, pinchan tan poco, que no había reparado en ellas.  Pero, claro, por algo se llama así (ἄκανθα /á-kan-za/ significa "espina" en griego): estuvo acertado quien añadió mollis, esto es, "blando", al nombre del acanto.

Hay algunos otros especímenes muelles en la flora: entre los que llevo anotados encuentro el Bromus mollis L (o Bromus hordeaceus L) y el Holcus mollis, y en el género neutro el Antirrhinum molle y el Geranium molle: porque mollis es la forma masculina o femenina; la forma neutra es molle (pronúnciense /mol-lis/ y /mol-le/, no con la elle castellana).  No se puede decir que sea un adjetivo muy usado en botánica.

Relacionado con mollis, hay un Galium mollugo L.  Según Plinio (Historia natural 26 102), lappago es una especie de bardana "semejante a la anagálide", de la que existe una variedad ramosa y hojosa, de olor pesado, "llamada mollugo", frente a otra variedad de hojas más ásperas, la asperugo.  Según la oposición asper/mollis, parece evidente que mollugo guarda relación con la blandura; ahora bien, ignoro por qué esa palabra ha acabado como específico de un galio.

Siguiendo con mollis y la biología, no es extraño encontrar el superlativo mollissimus en la Somateria mollissima, nombre zoológico del éider, ese pato cuya suavísima pluma rellena el edredón: la propia palabra edredón deriva, como es sabido, de éider, el nombre islandés del pato mencionado.

El adjetivo mollis ha dejado amplia descendencia en castellano, empezando por molla y su derivado mollar, que aluden a la parte blanda del miembro, al músculo o a la carne (en francés la pantorrilla es le mollet), y acabando por mullir y su participio mullido, que representan en castellano el verbo mollire "ablandar", derivado de mollis.  Aparte están los cultismos, como emoliente "ablandador" o molificar "ablandar", sin olvidar molicie, sinónimo de "vida muelle" (en latín mollities o mollitia) que también podría haber sonado en la boca tridentina del padre Bonete.

Pero hay que descartar de esta familia algunas voces semejantes: en particular muelle en el sentido de "malecón", "embarcadero" (ésa proviene quizá del latín moles --el étimo de molécula-- tras un accidentado viaje de ida y vuelta por el griego μόλος), así como molleja (el estómago duro, triturador, de las aves, pariente de muela y no de mollis).

De entre las voces derivadas de mollis en castellano me resulta muy simpática mollera, sinónimo, como es sabido, de "cabeza" o "sesos", que originalmente debió de designar la fontanela más llamativa en la cabeza del neonato, la apical, anterior o bregmática (es la tercera acepción de mollera en la edición que consulto del DRAE).  ¿Será la conciencia de que mollera encierra la idea de blandura, quizá, lo que arrastra una juntura tan frecuente como "duro de mollera"?

Aunque me alejo de la botánica, quiero mencionar el bemol de la música, porque a menudo se oye su etimología gráfica, esto es, que proviene de escribir la alteración con una pancita redonda o mollis, frente a la escritura esquinada del becuadro.  Yo hubiera dicho que es más acertada la etimología musical, esto es, que be mollis significó originalmente "B blanda" frente al be durus ("be duro"); pero el inconveniente, para mi gusto, es que B es el si bemol (como H es el si natural) sin necesidad de añadirle mollis ni cualquier otro adjetivo.  Habría que conocer más en detalle la historia del lenguaje musical para aclarar la cuestión.

Los derivados de mollis abundan en toponimia: Mollerusa, Mollet, Molledo (Moledo, con el tratamiento gallego de /ll/) son pueblos cuyo nombre refleja, para unos, la existencia de buenas tierras de labor; según otros, de tierras encharcadas.  Considero más probable lo segundo, y en ese caso habría que añadir a la lista los topónimos franceses Molière y Molières, que equivaldrían a mouillères "terrenos recientemente desecados" (esto es: "terrenos hace poco mojados").  Ya en latín molles, parece ser, significó "terrenos blandos" o "humedales", sentido que explica, por ejemplo, los aiguamolls catalanes (y sinónimos como mulleras, patamolls etc.).

A quien se le haya caído la galleta, cuando la llevaba del café con leche a la boca, no hace falta explicarle la relación entre "blando" y "mojado" del párrafo anterior (en italiano mollare sólo significa "aflojar", pero humedad se dice mollume, y los días lluviosos son tempo mollicio).  Pero es que la propia palabra castellana mojar continúa el latín popular *molliare (el mismo étimo del francés mouiller) cuyo primer sentido parece haber sido "reblandecer empapando": lo que hace el café con la galleta.

Acabemos con las blanduras.  Todos esos animalitos blandengues (caracol, babosa, pulpo), sin sombra de hueso, recibieron un nombre derivado del latín mollis "blando".  El filo Mollusca se atribuye a Lineo (1758), pero el concepto de animalia mollusca "moluscos" fue creado en el siglo XVII (según Tudge: no he conseguido información más precisa) tomando de los antiguos romanos el adjetivo de mollusca nux (fruto seco de cáscara blanda: en particular "castaña") para denominar en latín lo que Aristóteles llamaba τὰ μαλάκια /ta ma-lá-ki-a/ (de μαλάκιον, diminutivo de μαλακός "blando": literalmente "los blanditos").

Por cierto que derivado de μαλακός /ma-la-cós/ "blando" no he encontrado en botánica más que el Erodium malacoides, cuyo nombre específico significa "de aspecto blando": es planta fácil de encontrar por aquí, pero no veo qué rasgo ha provocado esa calificación.  En cambio μαλακός ha dado nombre al estudio de los moluscos, la malacología (cuyo significado literal viene a ser "estudio de blandura"), y a sus estudiosos, los malacólogos.  Esos blanditos, los moluscos, son ahora un conjunto homogéneo, aunque al principio incluía animales de otros filos, por ejemplo, a los percebes (hoy clasificados entre los crustáceos).

Hablando de percebes, hete ahí lo húmedo y lo blando, una vez más, bien avenidos.



miércoles, 27 de enero de 2021

Mater



Advierto, para quien sospeche que escribo mal el inglés, que mi intención al titular es escribir la voz latina que significa "madre".  ¿Qué tiene que ver la madre con la botánica?  Eso trato de averiguar.

Aunque mater significa "madre", la palabra designa más el papel social que la función generadora (abundan las vírgenes tituladas mater): mater se opone a pater "padre", del que ciertos rasgos notables la diferencian, singularmente carecer de propiedad: por ello no existe, frente a patrius, ningún adjetivo *matrius, y así como patrimonium implica propiedad legal, matrimonium alude solamente a la maternidad legítima.

A la oposición pater/mater corresponden otras evidentes (vir/mulier, mas/femina &c) y otras menos evidentes pero igualmente correlacionadas (levis/gravis, longus/latus, animus/corpus &c); si yo fuera mujer no dejaría de sentirme algo mortificada por el hecho de que, en esa serie de oposiciones (la lengua describe, pero a la vez condiciona nuestra percepción del mundo), cayera siempre del lado de lo horizontal, lo bajo, lo pesado, lo material, mientras los varones disfrutan de lo vertical, lo alto, lo ligero, lo espiritual (por no hablar del título de propiedad y la tarjeta bancaria).  Esta observación parecerá demasiado atrevida a más de uno, pero los hechos son terminantes.

Mater es, por metáfora, toda causa, origen, fuente, pero de una determinada manera.  En la visión aristotélica de las causas el principio que podríamos llamar femenino es la causa material, opuesta a la causa formal o informante, notoriamente masculina: es lo que sostiene la teoría hilemorfista (a la ὕλη /hýlee/ se opone la μορφή /morfeé/).  Lo femenino es informe, lo masculino diseña.

Pues bien, la voz aristotélica ὕλη no se trasladó al latín con silva "bosque", sino con materies (o materia), palabra que, nadie lo duda seriamente, proviene de mater "madre".  Aunque los físicos no saben muy bien qué es eso de la materia, y qué la diferencia de la energía o las ondas o lo que sea, para el antiguo griego es, con toda evidencia, el principio femenino, el que proporciona el barro con que luego el demiurgo conforma a sus criaturas.

Si bien la palabra materies se conserva en castellano en la voz materia (un cultismo: baste observar la T intervocálica sin alterar), por vía vulgar ha dado madera (doblete de materia: la T intervocálica, obediente a la ley, sonoriza en D), con la que estamos ya más cerca de la botánica que antes.  ¡La madera, materia por excelencia, sustancia madre del arco, de la azada, del cuchillo!  (En el cuento hesiódico, Gea fabrica el brillante metal con que Cronos emascula a su padre: Gea es, al fin y al cabo, Deméter o la "Tierra madre", pues δῆ, la primera sílaba de Δημήτηρ, es una forma dialectal del griego común γῆ "tierra"; el segundo elemento es, claro está, μήτηρ "madre".)

Así pues, mater, como el griego μήτηρ /meéteer/, significa "madre", significa "fuente", significa "origen".  El griego llama metrópolis a la ciudad de donde parten colonos (πόλις "ciudad").  Mater es también la cepa de donde nacen anualmente los renuevos.  Madreperla llamó el italiano (idioma que registra la voz por primera vez) al nácar que parece engendrar la perla.  Madrepora (voz también italiana) designaba el cepellón del que nacen los pólipos.  También el castellano llama madre a todo aquello que produce vástagos; madre es asimismo el continente material, por ejemplo el cauce de un río (y de ahí la expresión salirse de madre que, metafóricamente, equivale --vaya paradoja-- a perder las formas).

Madreselva es otro término botánico derivado de mater.  No he dado con su origen, pero matrissilva (que parece significar "bosque de madre", o "madera de madre" si tomamos silva en el sentido del griego ὕλη o del francés bois) se documenta, según Corominas, en glosas del siglo XII, y en mozárabe ya en el X: según este filólogo el nombre alude a que "abraza otras plantas con sus ramos sarmentosos" (en lo que sin duda se deja llevar por el nombre catalán: lligabosc).

A mí se me ocurre que matrissilva podría ser latinización de una expresión árabe, lengua que tan a menudo emplea con énfasis la idea de "madre": así, por ejemplo, en las Mil y una noches una mujer muy desgraciada es "madre de la aflicción"; o, en nuestro tiempo, cierto caudillo militar bautizó "madre de las batallas" a la invasión que acabaría con su poder y con su vida (y de paso con el más venerable de los museos arqueológicos del mundo, alguna de cuyas piezas quizá adorna hoy la tele de un ex marine de Oregón).  Por otra parte, cierta planta no bien identificada recibe en ese idioma el nombre de "madre del bosque" ('umm assaharâ; y "reina del monte" rais aggábal la misma o quizá otra distinta).

El Neu Kreüterbuch de Fuchs (1543) representa la Lonicera periclymenum y da sus nombres alemán (Geyssblatt), griego (periclymenos; en realidad es κλύμενον), y varios latinos: volucrum maius (quizá "enredadera mayor"), sylvae mater ("madre del bosque") o caprifolium ("hoja de macho cabrío"), o, por último, mater sylva ("madre bosque") y lilium inter spinas ("lirio entre espinas").  Tampoco caprifolium es voz clásica (y en francés han cambiado el cabrón con la cabra: chevrefeuille).

Sea cual sea el sentido primario de matrissilva, la palabra madreselva me parece hermosísima y evoca para mí (como enebro o rapónchigo) las infantiles lecturas de Grimm, tan arboladas (creo que nunca vi un auténtico bosque hasta llegar al Pirineo, con quince años).  Dicho sea de paso, durante mucho tiempo no me preocupó averiguar qué planta fuera la madreselva, y aún hoy la palabra se resiste a evocar la enredadera de flores emperejiladas de la foto, y arrastra para mí las vagas sensaciones de antaño, de bosque y de misterio.

Aunque mater por sí misma designa el útero, con más propiedad lo hace en latín la voz matrix (derivada de mater) que da el castellano matriz "útero".  Matrix tiene muchos significados interesantes, desde el anatómico al matemático, y de esta voz derivan muchas otras palabras.  Por ejemplo matricula, que podría pasar por diminutivo de matrix o bien de mater (aunque de ésta se admite más bien matercula "madrecita", de resonancias tan rusas); según Corominas de matricula podría venir madrilla (lo regular sería *madreja), nombre de un pez que mis alumnos pescaban en el Queiles (por lo visto el pez sigue en el río, pero en cantidad muy reducida).

De los derivados de matrix me centraré en matricaria, que tiene toda la pinta (con ese sufijo tan característico) de ser el femenino de un adjetivo matricarius "de la matriz", no documentado, que yo sepa.  Verdad es que, como adjetivo derivado de matrix, en latín tardío también se registra matricalis (que pasa por ser étimo, no sin discusión, de la voz española madrigal).  Como sustantivo, matricalis designa también, en algunos herbarios, al Eupatorium cannabinum.  Matricaria se usa en castellano como nombre botánico, al que ahora me referiré, pero antes mencionaré un doblete curioso, el vulgarismo madriguera (continuación regular de la voz latina, y doblete del latinismo castellano).

La matricaria es, en efecto (sigo en esto al Dioscórides renovado de Pío Font Quer), el nombre del Tanacetum parthenium (o "tanaceto virginal"), pero también de otras asteráceas que comparten con la mencionada sus virtudes sedantes, por lo que apenas puede caber duda de que se llamó matricaria por mitigar los males de la matriz o, por decirlo con la fórmula celestinesca, mal de madre.  Por cierto que la vieja Celestina recomienda para esos dolores "todo olor fuerte... así como poleo, ruda, ajenjos, humo de pluma de perdiz, de romero, de mosquete, de incienso"; ninguna compuesta, que yo sepa, aparte del ajenjo.

Si mis datos no están equivocados, fue Lineo quien llamó Matricaria parthenium al que alguien llamó luego Chrysánthemum parthenium y ahora es (si no lo han mudado) Tanacetum parthenium.  No sé cuándo nace la palabra matricaria, pero el tanaceto citado ya recibe este nombre en los manuales botánicos del siglo XVI, por ejemplo en las Simplicium imagines de Egenolff (Francfurt 1552; el título, que significa "Imágenes de simples", lo veo mencionado alguna vez como Herbarum, y en cierto lugar mal traducido como "Sencillas imágenes") así como en el citado Neu Kreüterbuch, donde Fuchs observa:  "En las farmacias la llaman Matricaria, y en alemán Mutterkraut o Mettram o Metter".

Regreso al comienzo.  Al escribir Mater en el título temí que alguno de esos que en español fino dicen taimin y espóiler y estrimin pudiera pensar que escribía matter en mal inglés.  Palabra que, mira por dónde, viene de la latina materia.  No lo digo yo, lo dicen los etimólogos británicos.  Sí, señora, sí, cuando un tipo con bombín pregunta qué pasa (o what is the matter que dicen ellos) está en el fondo preguntando cuál es el asunto, de qué materia se trata.

Dedico esta última observación a los escépticos que he conocido, demasiados para mi gusto (incluidos profesores de latín y de inglés), que creen exagerado afirmar que la mitad del léxico inglés es de origen latino.  Los llamo escépticos pero sólo están mal informados.


[Hanc dicabam paginam optimae genetricis memoriae proximo decembri vita functae, matrumque omnium quae non modo corpora sed etiam spiritus nostrum sapienter aluerint.]



lunes, 14 de diciembre de 2020

La poda y la buena reputación

Qué agradable es la vuelta anual de las estaciones, el repetirse circular del tiempo.  A los tontuelos optimistas, al menos, nos encanta.  El olor de las yemas de los chopos en primavera.  El chirriar de los vencejos en verano.  Tras dimir las aceitunas, llega la poda de los olivos, el prepararlos para la cosecha siguiente.  Podar es un trabajo que me gusta mucho, y tengo la vanidad de pensar que no lo cumplo mal.  Hay que quitar los vástagos que suben, donde apenas nace fruto (aquí se los llama apropiadamente chupones), y despejar los ramos que caen, donde se acumula la producción de olivas (ramos que llaman aquí bragas, y dejemos para otra ocasión comentar la metáfora).  En general, se ha de procurar que el ramaje esté aireado y que las ramillas pequeñas (lo que en mi pueblo toma el nombre de ramulla) reciban una cantidad competente de viento y luz.

Para mi afición a las palabras, la poda tiene también otro encanto.  Podar es la continuación castellana del latín putare, y este verbo es un ejemplo más de cómo las palabras más espirituales o abstractas fueron primero términos materiales, y a menudo agrícolas.  Llamamos verso a un octosílabo, pero versus fue, antes que nada, el surco que hacían los bueyes yendo y viniendo por la tabla (versus significa "vuelta").  Espíritu o alma no significan en origen más que "aire", "soplo" (en latín spiritus o anima, palabra pariente del griego ἄνεμος "viento").  Son ejemplos corrientes de esas curiosas evoluciones del significado.

De igual modo evolucionó el verbo putare, desde su significado material, "podar", hacia otros más abstractos.  Puesto que la poda implica un cálculo, una estimación (qué ramas valen, cuáles no, qué quitar, qué dejar), putare acabó significando "estimar", "considerar", "evaluar".  En mi opinión, es evidente que la acción implicaba desde un principio la evaluación del objeto más que el cortar de ramas, por mucho que algunos compuestos, como amputare, señalen más a la tijera.  Putare implica sobre todo limpiar, eliminar lo sobrante.  Precisamente el romano llamaba putamen a la rama desechada, pero también a la cáscara del huevo, a las mondas de la fruta, etcétera.

Tal como era de esperar, putare, como voz agrícola, evolucionó fonéticamente de manera regular (la U breve da O, la T intervocálica sonoriza en D, todo ello normal en el paso al castellano) y resultó en podar, mientras que en su acepción más abstracta se perdió en el uso general del idioma, y sólo rebrotó en castellano en la forma de latinismos que, como es propio de ellos, conservan la U y la T originales.  De estos tenemos un montón: amputar, computar, disputar, imputar, reputar, aparte de diputado, disputa, reputación y una larga lista de voces castellanas que continúan el verbo latino putare pero generalmente en su sentido abstracto de "estimar".

(Dicho sea entre paréntesis, se suele decir que el apelativo familiar Pepe proviene de la abreviatura P.P. que acompañaba al santo José como pater putativus, esto es, "padre supuesto" del divino vástago.  Esta extravagante etimología la inventaría algún cura aficionado, de esos que con cuatro años de seminario todo lo sacan del latín, velis nolis.  El hipocorístico Pepe lo heredamos del italiano moderno, que llama Peppe o Beppe a los Giuseppe, los José de aquella tierra.)

La poda tiene otra virtud: como no exige demasiado esfuerzo mental, puede uno charlar con el colega (cuando Joaquín está comunicativo, que es casi siempre) o, en caso contrario, dejar vagar la imaginación por los cerros de Úbeda (que también están llenos de olivos).  A veces yo me entretengo en imaginar cómo serían esos latinismos si, en vez de perderse en las sombras de la historia, hubieran sido usadas en todo momento (como ocurrió con putare-podar); es un ejercicio que llamo "fonética ficción", y es complicado porque las posibilidades son varias ya que las leyes de evolución, por más que diga la Guardia de Hierro de la Fonética Histórica, están sometidas a muchos caprichos de los hablantes.

Así disputare podría dar algo así como despodar, y amputare resultar en ampodar o en antar, e incluso andar (si la sonorización hubiera sido precoz), en conflicto con el actual resultado de ambulare.  Sin embargo, con el verbo computare no hace falta practicar la fonética ficción, porque sí ha dado un vulgarismo en castellano: la palabra contar (computare debió de sincopar la U antes de la sonorización de la T, como lo sugiere el francés compter).  Así que en computar y contar tenemos un doblete más, para nuestra colección.

De modo que, mientras voy amputando chupones y aligerando ramulla, me complace pensar que un mismo verbo designa esta vetusta y entretenida tarea de podar, a la vez que la más vanguardista de las actividades humanas, símbolo del rabioso presente: la computación y la vida de las máquinas electrónicas cuyo diodos menudísimos orientan los electrones por los casi invisibles senderos del silicio.