lunes, 22 de junio de 2026

Horrores botánicos II

 El patriarca Jacob (según el verbo divino) compró de su mellizo, al precio de unas gachas, lo que Jerónimo llama primogenita, esto es, la primogenitura o mejor derecho de heredar.  Aquel mellizo, primero de los dos en nacer, era un fenómeno, cosa digna de ver: según la traducción del dálmata, rufus erat, et totus in morem pellis hispidus "era royo, y todo peludo a manera de vellón" (Génesis 25 24).  Por eso lo llamaron Esau (o Esaú, con acento gálico), porque en hebreo esaw significa "velludo".  De hecho, como saben, Jacob recibió la bendición del cegato Isaac revistiéndose con pieles de cabrito (pelliculasque haedorum circumdedit manibus), marrullería impropia, creo yo, de patriarcas de bien.

Y hete aquí que el padre de la iglesia vierte ese "velludo" al latín por medio del adjetivo hispidus.  Este adjetivo, para Font Quer, alude al "pelo muy tieso y sumamente áspero al tacto, casi punzante, como el de las borrachas y algunas viboreras" (las borrachas serán, digo yo, borrajas).  Gaffiot, por su parte, lo traduce simplemente: hérissé, velu.  Stearn da por traducción hispid, y lo describe como covered with long rigid hairs, as the stem of Echium vulgare.

Veamos qué binomios contienen el adjetivo hispidus.  Encuentro un Drosanthemum hispidum, un Elymus hispidus (y su sinónimo Agropyrum hispidum), un Geum hispidum (equivalente al G albarracinense Pau), un Leontodon hispidus, una Medicago hispida (sinónimo de M polymorpha), una Myosotis hispida (o M ramosissima), un Opopanax hispidus, y por último (en mis notas, digo) un Papaver hybridum que también ha recibido el nombre de Papaver hispidum.

No quiero olvidarme de una Fumana hispidula, que lleva el específico en diminutivo.

Yo diría que a los botánicos les han caído en gracia los adjetivos citados hasta ahora, probablemente por su dramatismo, pues han dejado de lado el que de manera llana y, por decirlo así, sosegada señala la presencia de pelo, esto es, pilosus.  En efecto, este adjetivo lo he encontrado únicamente en Helianthemum pilosum (por otro nombre H violaceum), Gypsophila pilosaGenista pilosa, y Luzula pilosa; hay, por último, otra Luzula alpinopilosa.  Cierto es que todo un género ha recibido el gracioso nombre de "pelosita", esto es Pilosella.

Pilosus viene a ser la expresión neutra de la pilosidad.  Font Quer lo define no en piloso, sino en peloso, del modo siguiente: "que tiene pelo, en general.  Si el pelo es muy fino y suave al tacto... decimos que es pubescente; si es rígido y áspero, empleamos las voces hirsuto o híspido".  Velay.  Stearn, por su parte, traduce pilosus por hairy y lo define covered with short, weak, thin hairs, as the leaf of Prunella vulgaris, Daucus carota.

Si pilosus deriva de la voz latina pilus "pelo", villus produce villosus.  (Villus viene a ser sinónimo de pilus, pero referido a animales o cosas.)  Villosus, para Stearn, es sinónimo de hirtus.  Font Quer condena villoso como incorrecto, y acepta sólo las formas castellanas viloso y velloso, y en éste último define "que tienen vello o pelo" pero no muy fino (sería entonces pubescente) ni demasiado áspero o rígido (en cuyo caso sería hirsuto o híspido).

Por casualidad, sólo en femenino encuentro este adjetivo (esto es, en la forma villosa) en los géneros Androsace, Euphorbia, Hydrangea, Gagea, PinguiculaRosa, Thapsia, Vicia; excepción única, en neutro, el Sedum villosum.  También tengo anotado un Scorpiurus muricatus ssp subvillosus: peludito pero no tanto.

Un pelo más rígido (siempre en lo animal) ya no es pilus ni villus, sino saeta "cerda".  De saeta deriva saetosus, que también es adjetivo botánico, aunque lo encuentro escrito setosus, sin diptongo; y sólo encuentro la Crepis setosa, y un Papaver somniferum L ssp setigerum (al que De Candolle había llamado Papaver setigera "portacerdas").

Setoso en castellano es, según el diccionario de Font Quer, "que tiene pelos tiesos o setas", supuesto que seta (¡qué mal me suena esa seta!) es el "pelo algo tieso y no excesivamente corto".  Algo... no excesivamente...: eso no es una definición, con mis disculpas, sino una indefinición.  ¿Y qué opina Stearn de este adjetivo?  Lo ignoro, pues no he conseguido encontrarlo en su Botanical latin.

Hasta aquí, la que pudiéramos llamar simple descripción de la pelambre.  Efectos de conjunto o aspectos de más compleja definición (para mí al menos) los dejo, ahora que ha entrado el verano, para mejor ocasión.

Por cierto que este año las nieves han sido copiosas en Moncayo, y hasta hace unos días se ha mantenido una mancha de nieve en la cara norte, pequeñita vista desde casa, pero tamaña un estadio, según las fotos de los amigos que la han visitado.  Hace una semana, más o menos, esa mancha se rompió en tres partes, tres diminutos puntos suspensivos sobre el glaciar mayor o "pozo de san Miguel".  Y hoy, ay, hoy ya sólo los que seguimos esa nieve con amoroso afán la distinguimos en Moncayo: apenas dos puntitos visibles, ay, por pocas horas.  Pero vaya: hacía mucho tiempo que Moncayo no llegaba con nieve al verano, y este año ha llegado.  ¡Qué raro es, este cambio climático!

domingo, 21 de junio de 2026

Horrores botánicos

 El horror es para nosotros sentimiento y nada más.  Para los antiguos, gente seria y poco dada a tontear con emociones, es ante todo una condición física: los pelos de punta.  Horresco referens, decía Virgilio en la muerte de Laocoonte: "al contarlo se me erizan los pelos".

"La cuestión de la pilosidad o su carencia", escribía no hace muchos días un amable lector, "cobra una gran relevancia en la interpretación taxonómica de las plantas", e invitaba a considerar el asunto desde el peculiar punto de vista de estas páginas.  ¿Cómo no?  Vamos a ello, o, mejor dicho, iniciemos una aproximación a un material que, por la relevancia indicada, y sin duda también por propia incompetencia, se nos aparece harto complejo.

Omitiré, por ello, de momento, los términos griegos: algunos han aparecido aquí, como los adjetivos δασύς /da-sýs/ "espeso", "piloso", y λάσιος /lá-si-os/ "denso", "piloso".  Cierto es que dejé de anotar, en su día, algunos géneros que contenían lasiocarpus, empezando por Lasiocarpa, que parece ser una sección del género Solanum; además del abeto de montaña canadiense Abies lasiocarpa, o la Euphorbia lasiocarpa, o la Musella lasiocarpa (Musella ha de ser diminutivo de Musa porque lo llaman "plátano enano"), y también la Populus lasiocarpa.  En la red encuentro ahora un género Lasiocarpus centroamericano.  Sin duda habrá más.

Me limito, pues, al latín, y comienzo con horridus, el adjetivo para la más o menos permanente condición de horrere, esto es, tener los pelos de punta.  Segura traduce horridus por "erizado", Gaffiot hérissé.  Curioso me parece no encontrar hórrido en mis diccionarios de botánica, porque existen binomios con ese adjetivo: Acacia horrida (o "acacia búfalo"; en la red la llaman Vachellia horrida), Agave horrida, Asparagus horridus, Echinospartum horridum (antes Genista horrida).  Asimismo el Paliurus spina-christi había recibido el nombre de Rhamnus horrida.

A la vista de esas plantas hórridas, parece claro que los floristas han juzgado tales las multipungentes, las que presentan abundantes extremos punzantes y prohíben el acceso con una buena teoría de agujas.

Antes de continuar, recuerdo que no es mi intención aquilatar los significados botánicos de horridus o hirtus, de hispidus o hirsutus, cuyos matices están entre el poco y el mucho y dependen del más o del menos.  ¿Qué longitud ha de tener un pelo para ser largo?  ¿Cuántos albergar un milímetro cuadrado para mostrarse densos?  ¿Qué resistencia a la flexión para sentar plaza de rígido?  ¿Han dictado sentencia en esta causa los repúblicos botánicos?  No lo sé, y no entraré en ello.  Baste aquí señalar que en latín clásico esos adjetivos tranquila y pacíficamente pueden intercambiarse, dependiendo del contexto, sin que a nadie se le ericen los pelos.  Y, por lo que parece (es sólo hipótesis), en horridus los pelos ni siquiera entran en consideración.

Gaffiot define hirtus poilu, aux poils durs; Stearn, en cambio, traduce shaggy y define with long weak hairs, as Epilobium hirsutum (implica, supongo, sinonimia de hirtus e hirsutus).  Haya o no contradicción en esas definiciones, poca luz puede arrojar la etimología sobre estos adjetivos, pues son de carácter popular y carecen de correspondencias evidentes.

Muchos fitónimos contienen el primero: Asperula hirta, Carex hirta, Helianthemum hirtum (al que llamó Lineo Cistus hirtus), Hyparrhenia hirta, Jovibarba hirta (sinónimo de Sempervivum hirtum), Lepidium hirtum, Linaria hirta, Potentilla hirta, Rudbeckia hirta, Trifolium hirtum, Viola hirta, Origanum vulgare ssp hirtum.  Éstos tengo anotados; apostaría que hay no pocos más.

Ese adjetivo aparece también en diminutivo: Euphrasia hirtella, Androsace cylindrica ssp hirtella.  Y junto al término botánico para "tallo", está incluido en la Cruciata hirticaulis, de la que es natural pensar que sólo la vara la tiene peludita.

En cuanto a hirsutus (à poil hérissé, hirsute define Gaffiot; Stearn parece darlo por sinónimo de hirtus), la abundancia de plantas hirsutas es tal que renuncio a escribir los nombres completos y los juntaré por género gramatical; así que en femenino, hirsuta, encuentro AlthaeaArabis (o Turritis hirsuta), CardamineDumortiera (ésta es una hepática), Euphorbia, Frankenia, Primula (también llamada P viscosa), SaxifragaScorzonera, Sideritis, Thymelaea, Vicia; en masculino, hirsutus, solamente encuentro un Chamaecytisus (también nombrado Ch supinus) y un Lathyrus; y por último, en neutro, hirsutum, registro Chaerophyllum, Dorycnium (o Bonjeania hirsuta), Epilobium, Hypericum, RhododendrumSedum y Sisymbrium (hirsutum o también runcinatum).

No falta un Allium subhirsutum, esto es, entiendo yo, hirsutillo: hirsuto pero menos.

Yo pensé que no hallara consonante... y ahora me abruma la cantidad de pelos hallados en las plantitas por los botánicos.  Continuaré en otro momento.

sábado, 30 de mayo de 2026

Sobre cierto parentesco de la S y la H

 La hache, la pobre, es el basurero de las consonantes: cuántas desaparecen en el desaguadero de la aspiración (sonido, en principio, representado con H, por más que para los hispanos esa letra sea enteramente muda, esto es, no corresponda con ruido alguno).  Me acuerdo del civil gaditano que alababa nuestra huerta, por ser mehón terreno (mejor tierra de cultivo, entendía yo) o la ministra poderosa, hoy menos, que luchaba, generosa ella, para protegernos de loh víruh (o sea, los virus).

Ahora me refiero a un caso concreto pero mucho más antiguo: de antes de que hubiera ministros o andaluces.  Y me atrevo a ello porque veo que las de contenido gramatical están entre las páginas más leídas aquí; así que, ¿quién sabe si lo de la S y la H no interesará también a algún lector?

Salto veinte siglos atrás, y observo que una culebra se arrastra por el erial mediterráneo: serpit, dice el latino (o sea: "se arrastra"); ἕρπει /hér-pei/, dice en cambio el griego.  Quitado el final de palabra (cada idioma tiene su morfología) ¿no se ve parecido entre ambos verbos?  Serp-, herp-: donde en latín una S, en griego una H: porque ahí suelen ir a parar en griego las sigmas iniciales.  No es, pues, casualidad: es regla.

Así pues, al serpo latino responde el griego ἕρπω /hér-poo/ "reptar" (en griego la aspiración se representa con esa diminuta C que lleva de gorro la vocal inicial, y que transcribimos con una H).  He aquí por qué el serpens latino (el animal que repta, esto es, la serpiente) es más o menos el herpetón griego (que permite la herpetología, y llamarse herpetóloga a la experta en reptiles).

No se trata, una vez más, de que el latín venga del griego, como por error creen no pocos; sino que de ciertas voces del idioma ancestral que, comenzadas por S-, conservan el latín y el griego, el latín mantiene la S- inicial, mientras que el griego la pierde en una aspiración (H-).

Otro ejemplo de S- inicial latina correspondiente con H- griega: al sal salis latino (la "sal", de género masculino en latín, y en algunas zonas de castellano) le hace pareja el hals halós griego.  Por eso ciertos elementos que engendran sales se llaman oportunamente halógenos (flúor, cloro, bromo, yodo, aprendíamos antaño).  En botánica, la planta que prospera en ambientes salinos es halófito "planta de sal", o halófilo "amigo de la sal".  He ahí, por ejemplo, el Daucus halophilus, subespecie del Daucus carota L (para las muchas subespecies de zanahoria, véase Flora Iberica).

En nomenclatura asimismo tenemos el Halopeplis amplexicaulis, cuyo sinónimo, no por casualidad, es Salicornia amplexicaulis (halo- = sali-).  Y al adjetivo latino salinus opone el griego hálimos "costero" o "marítimo" (en griego háls no significaba sólo "sal", sino también "mar", seguro que usted adivina por qué) presente en el Atriplex halimus, planta amante de la salinidad que ya Teofrasto llamaba hálimon.

En la Euphorbia paralias es más difícil de ver la háls (la sal), oculta en el adjetivo παράλιος /pa-rá-li-os/, sinónimo de hálimos y compuesto de παρά "al lado" y háls "el mar".

Es fácil, en cambio, reconocer la correspondencia entre S- latina y H- griega en los numerales, como ξ /héx/ "seis" frente al latín sex, o en heptá "siete" frente al latín septem.  Ahí tenemos, por ejemplo, el Hordeum hexásticum o la Filipendula hexapetala frente a la Elatine sexandra o el Sedum sexangulare; o la Cardamine heptaphylla o la Potentilla heptaphylla frente al Asplenium septentrionale, helecho amigo de la cara norte de las rocas.  En efecto, el norte para el romano lo señalan las siete estrellas de la Osa Mayor, llamadas en latín un poco arcaico septem triones "los siete bueyes".  De ahí septentrional, frente al griego ártico: bueyes u osas, la dirección es la misma.

Por cierto que en entomología es frecuente el adjetivo siete: por ejemplo en la Coccinella septempunctata o en la célebre Magicicada septendecim o "cigarra mágica diecisiete".

También en el número uno se halla la oposición S/H que repasamos aquí, aunque más difícil de percibir.  Tomemos por ejemplo la palabra simplex, de la que hemos hablado alguna vez: a ella corresponde en griego haplús, de donde sale el género Haplophyllum: "hoja simple" significa.  En simplex, la idea de "uno" está en sim-, que corresponde al griego hén-, quizá reconocible para el europeo culto en la palabra hendecasílabo o "verso de once sílabas" (héndeca = úndecim = uno-diez = once).  ¿Por qué escribimos endecasílabo sin H?  Pues porque hemos tomado la palabra de los italianos, raza que en el medievo se propuso acabar con la H (sin conseguir más que un bonito lío).  Recuérdese que el endecasílabo lo pusieron de moda Dante y Petrarca, y aquí los aclimataron los italianizantes Boscán y Garcilaso: la falta de H en endecasílabo es un buen ejemplo de la autonomía de lo gráfico, y de su persistencia (o de la ignorancia o, más bien, el descuido ortográfico de nuestros humanistas).

Para ir acabando, comparemos el latín semi- con el correspondiente griego ἡμί-, que ya vimos en ἡμίονος "mula" y, en terminología botánica, en hemicriptófito, hemiparasito, hemiploide y una buena porción de términos más (basta consultar los diccionarios).  En los géneros florales, véase Phyteuma hemisphaericum, por ejemplo, frente a Bupleurum semicompositumCerastium semidecandrumAgrostis semiverticillata y unos cuantos más.

Y ya que hemos escrito hace poco del Hyoscyamus, compárese el nombre del cerdo latino, sus, y sus parientes los suidos, con ese hyos- que en el nombre botánico representa la idea "de cerdo", pero en lengua griega.

sábado, 9 de mayo de 2026

Verdolaga II

 


Encontré la foto de Nancy.  Ahí se puede ver que el color de la verdolaga francesa es más pálido que el de su prima de Aragón, quizá por ser aquélla una variedad cultivada.

Es claro que la voz castellana verdolaga proviene de Portulaca.  Las extrañas alteraciones fonéticas se explican: en mozárabe se documentan barduqala y bardilaqa  (sabido es que en árabe falta la P).

Ahora bien, ¿de dónde sale esa voz, portulaca?  Encuentro poco convincente la tesis de Corominas, que la deriva de portula (diminutivo de porta "puerta"; la "puertecilla" aludiría a la tapadera que cubre la simiente).  Porque, en efecto, portulaca es sólo una de las muchas formas de la palabra, que en Plinio es porcilacaporcillaca, en el falso Apuleyo porcastrum, en Oribasio porcillago, y porcacla en Rufino, por no citar otras variantes en latín popular y tardío.  Bien se ve lo común de las formas citadas: su comienzo remite al nombre romano del cerdo casero, porcus.

El puerco no es animal extraño en la nomenclatura botánica.  Ya lo vimos a propósito de la Hypochoeris, y lo encontramos en el nombre del ciclamen, pamporcino o pan de puerco (según dicen, porque es buen alimento para estos animales; no lo sé), y también en el beleño negro, cuyo género, Hyoscyamus, es voz griega y significa "haba de cerdo": ese "de cerdo" lo dice el genitivo ὑός /hy-ós/, mientras que κύαμος /ký-a-mos/ es "haba" en griego, bien se aluda a la semilla, bien a la planta toda.  La palabra κύαμος es interesante y daría juego, pero dejémosla para otro momento.

Dice Plinio (25 35) que hay tres clases de Hyoscyamus y que todas causan locura y mareos: omnia insaniam gignentia capitisque vertigines.  En ese paso, el beleño es también llamado apollinaris y altercum.

Por cierto, a propósito de Hyoscyamus, hallo que cierta página de la red afirma que su nombre griego alude al episodio en que Circe convierte en cerdos a los camaradas de Ulises "haciéndoles beber una poción a base de beleño".  ¿De dónde se saca eso?  ¿Por adivinación?  ¿O es obra de la inteligencia artificial que, como es sabido, carece de vergüenza?  Que yo sepa, ni Homero ni Teofrasto conocieron el beleño negro ni la voz οσκύαμος; y en el episodio citado de la Odisea no se habla sino de cerdos y de moly, aparte de que la apocerdosis de los amigos de Odiseo casi es más cosa de una varita que de una pócima.  Pero Alá es más sabio.

Comoquiera que sea, no veo la relación entre el cerdo y la verdolaga.  Quizá no la hay, y el parecido de porcillaca y porcus es fortuito.  Como me ha costado tanto quitar la Portulaca de mis tomates, me inclino a pensar que porcastrum podría venir de porca "caballón".  O de porcus "coño" (véase lo dicho sobre Hypochoeris) si se atiende a la Historia natural de Plinio, 20 213: purgationibus mulierum acetabuli mensura in sapa [prodest] "una copita en arrope favorece la menstruación femenina".  Pero es gastar imaginación en balde.  Una voz con tantas variantes bien podía ser un préstamo, y carecer, pues, de étimo comprensible para nosotros.

Teofrasto llama a la verdolaga ἀνδράχνη /an-dráj-nee/, nombre con que el sabio lesbio designa también a un madroño griego, el Arbutus andrachne de Lineo (αδράχνη en griego actual, que le ha quitado una N; si se molesta Vd. en mirar esa página, verá que hoy los griegos, al menos algunos, acentúan bien árbutus y no arbútus).  Ni que decir tiene que ἀνδράχνη parece un compuesto de νρ /a-neér/ "varón" (genitivo ἀνδρός /an-drós/) y la voz χνη /áj-nee/ "gluma", que vimos hace poco como étimo de Achnatherum; pero tal etimología (como la de aquél que pretendía que cínico venía de cinis) es insignificante y no conduce a nada.

Del nombre latino de la verdolaga sale en italiano porcellana, voz que, según unos, comparte étimo con el material cerámico; según otros, no; de eso ya quedó algo escrito.

En cuanto a su denominación en francés, pourpier, hay acuerdo en que viene del nombre medieval de la verdolaga, pulli pedem "pie de pollo" (en el siglo XVI se documenta pied-poul, hoy piépou).  De hecho fue la búsqueda de pies en la nomenclatura lo que me ha traído a la verdolaga.  Además de este pourpier de campo, los franceses tienen un pourpier de mer que es el Atriplex halimus.

viernes, 8 de mayo de 2026

Verdolaga en huerto

 


Hace tiempo no aparecen por aquí historias del abuelo Cebolleta, así que ahí va una.  (Para ilustración de la juventud ignorante añado una imagen de ese abuelo, personaje de La familia Cebolleta de Manuel Vázquez: el abuelo tendía a contar batallitas y sus parientes, por no oírlas, sin falta salían corriendo.)

Pues bien, una vez me desvié de la ruta para echar un ojo a la ciudad de Nancy, la capital de Estanislao Leszczynski (el rey francés, su yerno, le había regalado Lorena como consuelo por la doble pérdida de la corona polaca).  Las guías ponen Nancy por las nubes, pero una larga experiencia me hace sospechar de las guías francesas, que se derriten en cuanto asoma una reja negra con rocallas doraditas.  Por suerte, de las ciudades me gusta todo, no sólo las rejas (doraditas o no), y Nancy no me decepcionó, aunque no pude dedicarle más de cuatro o cinco horas.  Entre otras, di una vuelta al mercado central, algo vetusto, y allí me llevé una de las sorpresas más gordas de mi vida.

Debo aclarar que el año precedente había consagrado parte de mi tiempo a cultivar tomates, tarea nueva para mí.  Así que aprendí a manejar la azada y la jadilla, a arar con la mula mecánica, a disponer la cacera de riego, a montar tutores para las tomateras, en fin, todas las pequeñas tareas al aire libre que constituyen el grato oficio de hortelano... y a todas las cuales he renunciado hoy, porque el tiempo es poco y otras cosas me reclaman al aire libre.

Pero entonces disfrutaba de lo lindo, como sólo disfruta el aprendiz, y uno de los nuevos empeños era el de eliminar la competencia vegetal arrancando intrusos con la binadera, herramienta provista de largo mango para doblar el espinazo lo menos posible.  Ahí trabé contacto con la terquedad botánica, representada sobre todo por dos plantitas que, por mor del tomate, calificábamos de "malas hierbas": una pequeña gramínea de extraordinaria tenacidad, y otra planta no tan pequeña pero de fecundidad comprobada, pues no había forma de suprimirla y siempre regresaba por varios frentes a la vez: sus tallos rastreros, cilíndricos y jugosos, tenían un tono amarillento que tendía al rojizo, si no eran del más elegante rojo ladrillo; sus hojuelas, también suculentas y de un verde vivo, salían por pares de esos tallos, y al cabo de los tallos solían aparecer unas diminutas flores amarillas.

Júzguese de mi sorpresa cuando veo en un puesto de Nancy la misma hierba que durante un año he tratado de erradicar ofrecida al público a un precio superior al de los tomates.  La verdulera tuvo la amabilidad de explicarme que el pourpier era muy apreciado como complemento de la ensalada, por su sabor fresco y acidillo (que me propuse probar apenas regresara a mi huerto).

Mi conocimiento de nombres de plantas era entonces aún menor que el de ahora, y hube de buscar pourpier en los diccionarios.  Resultó que yo conocía la planta, pero no el nombre, y a mi vez conocía el nombre castellano, pero no la planta; quiero decir que no casaba, como es debido, nomen y res.  Porque aquel vegetal temoso que no había forma de extirpar de mis tomates no era otro que la verdolaga, palabra que yo había leído infinidad de veces sin poner cara a esa hierba.

Y, como suele suceder en tales casos, comencé a ver verdolagas por todas partes, y advertí que es capaz de desarrollarse con éxito en los más inhóspitos lugares, aun los más desnaturalizados --quiero decir humanizados.  Y comprendí la exactitud de la expresión como verdolaga en huerto, dicha de cuanto se halla a gusto y cunde a placer: lo había experimentado a costa de mis tomates.

Ya he contado la batallita.  Ahora voy a ver qué aprendo sobre Portulaca y, de paso, a ver si encuentro la foto que saqué en el mercado central de Nancy.

sábado, 25 de abril de 2026

De pies II

 


Vamos, pues, al otro idioma botánico, o al principal según se mire: en latín "pie" se dice pes (genitivo pedis) y encontramos esta palabra, acompañada del genitivo de la voz capra "cabra", en la Oxalis pes-caprae.  De esta oxálide pie de cabra casualmente tomé hace pocos días la foto de esta entrada.

No tengo más registros en nomenclatura moderna, pero pes debió de ser muy frecuente en terminología prelineana, pues hallo el nombre de pes cati o "pie de gato" para la Antennaria dioica, el de pes corvi o "pie de cuervo" para el Ranunculus bulbosus, y el de pes corvinus o "pie corvino" para el Plantago coronopus (el último, traducción evidente del nombre griego).  Sin duda habrá muchos más, de unos y otros.

En posición final, encuentro pes determinado por adjetivos.  Con uno de ellos, laevis "pulido" (de él escribí en una página titulada Levigatus), encuentro la Cruciata laevipes y la Draba laevipes (D dubia ssp laevipes): entiendo que el específico significa "de pie pulido" (o quizá "de pedúnculo liso" &c).  Otro adjetivo, crassus "grueso", lo lleva la Eichhornia crassipes (el invasivo camalote o jacinto de agua): crasípede valdrá "de pie grueso", supongo que en alusión al engrosado pedúnculo foliar "con tejido aerenquimatoso" (dixit wiki).

Hay un "pie de elefante": la Dioscorea elephantipes, planta que llaman "pan hotentote" y que, según veo en la red, es apreciada como ornamental.

Contiene la voz pes un gentilicio que aparece en la nomenclatura, pedemontanus, pero aquí el pes pedis no alude a tallo, pedúnculo o pedicelo alguno, sino a lo que en mi tierra llamamos somontano, esto es, la inmediata proximidad del monte.  El "pie de monte" dio nombre a un estado alpino, el Piamonte o Pedemontis (como se latinizó): región italiana de donde proceden o donde se describieron la Artemisia pedemontana, la Cruciata pedemontana y supongo que muchas especies más.

De pedicelo, pedúnculo &c ya se trató en la página de diminutivos latinos.

Contra mi costumbre de desentenderme de los nombres llamados (a menudo con notable fantasía e inexactitud) vernáculos o populares, enumeraré a continuación los pies que, al recoger material para esta página, me han aparecido en botánica castellana.  Verá la docta lectriz, el ingenioso lector, que a menudo el presunto nombre vulgar no es sino la traducción del nombre botánico.

Así pues: pie de pájaro (Ornithopus compressus), pie de oca o pata de ganso (Chenopodium bonus-henricus), pie de corneja (Plantago coronopus, que ya vimos como pes corvinus en el herbario de Christian Egenolff), pie de liebre (Plantago lagopus), pie de gato (Antennaria dioica, que ya en latín botánico fue pes cati), pie de becerro (Arum italicum), pie de caballo o pata de mula (Tussilago farfara, llamada en francés pas d'âne), pie de paloma (Geranium columbinum o G sanguineum), pie de gallo (Lamium amplexicaule), pata de gallo (Potentilla reptans), pata de vaca (Cercis siliquastrum).  Seguro que hay muchísimos más.

Y basta de patas por hoy.

miércoles, 22 de abril de 2026

De pies

 De banda a banda, según costumbre: de la cabeza al pie.  Y para empezar, el pie griego, que es πούς /puús/ (genitivo ποδός /po-dós/).  No bien emprendo la búsqueda de pies en griego, me encuentro con que ya he publicado aquí más de uno.  Da igual.  Recapitularé, aunque me repita.

Comienzo con los nombres que llevan πούς al final, y el primero en aparecer es Coronopus (C squamatus, C didymus).  Coronópode significa "pie de corneja", pues corneja es en griego κορνη /co-roó-nee/.  Coronópode es también específico en el Plantago coronopus, llantén que ya en la antigüedad griega llevaba este nombre, κορωνόπους /ko-roo-nó-puus/ (en latín se acentúa corónopus).

Están también los géneros Micropus ("pie pequeño", si no me equivoco, una pequeña asterácea algodonosa según la wikipedia), Ornithopus ("pata de pájaro" o "pata de gallina", una fabácea), y Streptopus ("pie girado", al que dediqué unas líneas no hace mucho).

Y la gramínea Sphenopus (las mejores fotografías las encuentro en el blog  Flores silvestres de Aragón de Jesús Ruz y María Fustero), cuyo nombre viene de σφν /sfeén/ "cuña" y alude al engrosamiento de los pedicelos.  Que pedicelo deriva de pes "pie" ya quedó dicho, tratando de diminutivos.  Hay un equiseto fósil Sphenophyllum, en la nariz tenemos el hueso con forma de cuña: el esfenoides; y a un pingüinito lo han bautizado "cuñita", Spheniscus.

Entre los nombres específicos, al llantén arriba mencionado habrá que añadir el Plantago lagopus ("pata de liebre").

Ya salió aquí πόδιον /pó-di-on/ "piececito", pero olvidé indicar qué géneros contienen ese diminutivo de πούς.  Son muchos: Brachypodium ("patita corta", de βραχς /bra-jýs/ "corto", como en braquicéfalo; por aquí abunda en el encinar el B retusum), Chenopodium ("patita de ganso" --χήν /jeén/ "ganso", y con él toda la familia de quenopodiáceas), Clinopodium ("patita de cama" --κλίνη /klií-nee/ "cama"; ya en Dioscórides figura κλινοπδιον /klii-no-pó-di-on/ como nombre, en la tradición, del C vulgare o Satureja vulgaris), Conopodium ("piececito de piña" --κῶνος /kóo-nos/ "piña"; alude el nombre, parece, al particular tallo de esta umbelífera), Leontopodium ("patita de león" --λέων /lé-oon/, genitivo λέοντος /lé-on-tos/: ¿recuerda una pata de león la flor de nieve?), Pachypodium (παχύς /pa-jýs/ "grueso", como en paquidermo; en alusión al grueso tronco de estas apocináceas tropicales), Polypodium ("muchos pies", y éste es helecho).

Helecho creía yo que era el Lycopodium ("patita de lobo" --λύκος /lý-kos/), pero tiene al parecer grupo privado, Lycopodiophyta.  Y entre estos licopodiófitos existe todo un orden de Lycopodiales, con la familia Lycopodiaceae y, además de los géneros Huperzia y Lycopodium, uno diminuto al que han bautizado en oportuno diminutivo: Lycopodiella.

Entre las compuestas hay un género Podospermum que De Candolle bautizó así porque "la cipsela [...] tiene un notable pedicelo en su parte inferior".  Existe una Centaurea podospermifolia cuyas hojas, imagino, recordarán las del género anterior.

Por apurar los géneros que por una u otra razón tengo anotados, mencionaré el Podocarpus falcatus (ilustre representante de toda una familia, las Podocarpaceae), ahora rebautizado como Afrocarpus falcatus.  El fruto de esta familia sureña, o al menos el de algún Podocarpus, ha de tener pies por fuerza.