viernes, 12 de febrero de 2021

Muelle

Para un castellano, en general, muelle nombra un alambre espiral flexible que..., en fin, todo el mundo sabe qué es un muelle.  Pero en origen la palabra muelle no es un nombre, sino un adjetivo cuya forma y significado ("blando", "flexible") corresponde a mollis, su étimo latino.  Ahora bien, hoy día el uso de muelle como adjetivo es ya una antigualla en España: lo empleaba a menudo el padre Bonete, cuando por boca del memorable Luis Figuerola (no en vano pariente de Pío Nono) condenaba la "vida muelle" (esto es, la vida blanda, la vida deliciosa) de los habitantes del siglo...

El otro día caí en la cuenta (y porque me lo dijo Daniel) de que el acanto tiene espinas: son tan blandas, pinchan tan poco, que no había reparado en ellas.  Pero, claro, por algo se llama así (ἄκανθα /á-kan-za/ significa "espina" en griego): estuvo acertado quien añadió mollis, esto es, "blando", al nombre del acanto.

Hay algunos otros especímenes muelles en la flora: entre los que llevo anotados encuentro el Bromus mollis L (o Bromus hordeaceus L) y el Holcus mollis, y en el género neutro el Antirrhinum molle y el Geranium molle: porque mollis es la forma masculina o femenina; la forma neutra es molle (pronúnciense /mol-lis/ y /mol-le/, no con la elle castellana).  No se puede decir que sea un adjetivo muy usado en botánica.

Relacionado con mollis, hay un Galium mollugo L.  Según Plinio (Historia natural 26 102), lappago es una especie de bardana "semejante a la anagálide", de la que existe una variedad ramosa y hojosa, de olor pesado, "llamada mollugo", frente a otra variedad de hojas más ásperas, la asperugo.  Según la oposición asper/mollis, parece evidente que mollugo guarda relación con la blandura; ahora bien, ignoro por qué esa palabra ha acabado como específico de un galio.

Siguiendo con mollis y la biología, no es extraño encontrar el superlativo mollissimus en la Somateria mollissima, nombre zoológico del éider, ese pato cuya suavísima pluma rellena el edredón: la propia palabra edredón deriva, como es sabido, de éider, el nombre islandés del pato mencionado.

El adjetivo mollis ha dejado amplia descendencia en castellano, empezando por molla y su derivado mollar, que aluden a la parte blanda del miembro, al músculo o a la carne (en francés la pantorrilla es le mollet), y acabando por mullir y su participio mullido, que representan en castellano el verbo mollire "ablandar", derivado de mollis.  Aparte están los cultismos, como emoliente "ablandador" o molificar "ablandar", sin olvidar molicie, sinónimo de "vida muelle" (en latín mollities o mollitia) que también podría haber sonado en la boca tridentina del padre Bonete.

Pero hay que descartar de esta familia algunas voces semejantes: en particular muelle en el sentido de "malecón", "embarcadero" (ésa proviene quizá del latín moles --el étimo de molécula-- tras un accidentado viaje de ida y vuelta por el griego μόλος), así como molleja (el estómago duro, triturador, de las aves, pariente de muela y no de mollis).

De entre las voces derivadas de mollis en castellano me resulta muy simpática mollera, sinónimo, como es sabido, de "cabeza" o "sesos", que originalmente debió de designar la fontanela más llamativa en la cabeza del neonato, la apical, anterior o bregmática (es la tercera acepción de mollera en la edición que consulto del DRAE).  ¿Será la conciencia de que mollera encierra la idea de blandura, quizá, lo que arrastra una juntura tan frecuente como "duro de mollera"?

Aunque me alejo de la botánica, quiero mencionar el bemol de la música, porque a menudo se oye su etimología gráfica, esto es, que proviene de escribir la alteración con una pancita redonda o mollis, frente a la escritura esquinada del becuadro.  Yo hubiera dicho que es más acertada la etimología musical, esto es, que be mollis significó originalmente "B blanda" frente al be durus ("be duro"); pero el inconveniente, para mi gusto, es que B es el si bemol (como H es el si natural) sin necesidad de añadirle mollis ni cualquier otro adjetivo.  Habría que conocer más en detalle la historia del lenguaje musical para aclarar la cuestión.

Los derivados de mollis abundan en toponimia: Mollerusa, Mollet, Molledo (Moledo, con el tratamiento gallego de /ll/) son pueblos cuyo nombre refleja, para unos, la existencia de buenas tierras de labor; según otros, de tierras encharcadas.  Considero más probable lo segundo, y en ese caso habría que añadir a la lista los topónimos franceses Molière y Molières, que equivaldrían a mouillères "terrenos recientemente desecados" (esto es: "terrenos hace poco mojados").  Ya en latín molles, parece ser, significó "terrenos blandos" o "humedales", sentido que explica, por ejemplo, los aiguamolls catalanes (y sinónimos como mulleras, patamolls etc.).

A quien se le haya caído la galleta, cuando la llevaba del café con leche a la boca, no hace falta explicarle la relación entre "blando" y "mojado" del párrafo anterior (en italiano mollare sólo significa "aflojar", pero humedad se dice mollume, y los días lluviosos son tempo mollicio).  Pero es que la propia palabra castellana mojar continúa el latín popular *molliare (el mismo étimo del francés mouiller) cuyo primer sentido parece haber sido "reblandecer empapando": lo que hace el café con la galleta.

Acabemos con las blanduras.  Todos esos animalitos blandengues (caracol, babosa, pulpo), sin sombra de hueso, recibieron un nombre derivado del latín mollis "blando".  El filo Mollusca se atribuye a Lineo (1758), pero el concepto de animalia mollusca "moluscos" fue creado en el siglo XVII (según Tudge: no he conseguido información más precisa) tomando de los antiguos romanos el adjetivo de mollusca nux (fruto seco de cáscara blanda: en particular "castaña") para denominar en latín lo que Aristóteles llamaba τὰ μαλάκια /ta ma-lá-ki-a/ (de μαλάκιον, diminutivo de μαλακός "blando": literalmente "los blanditos").

Por cierto que derivado de μαλακός /ma-la-cós/ "blando" no he encontrado en botánica más que el Erodium malacoides, cuyo nombre específico significa "de aspecto blando": es planta fácil de encontrar por aquí, pero no veo qué rasgo ha provocado esa calificación.  En cambio μαλακός ha dado nombre al estudio de los moluscos, la malacología (cuyo significado literal viene a ser "estudio de blandura"), y a sus estudiosos, los malacólogos.  Esos blanditos, los moluscos, son ahora un conjunto homogéneo, aunque al principio incluía animales de otros filos, por ejemplo, a los percebes (hoy clasificados entre los crustáceos).

Hablando de percebes, hete ahí lo húmedo y lo blando, una vez más, bien avenidos.



miércoles, 27 de enero de 2021

Mater



Advierto, para quien sospeche que escribo mal el inglés, que mi intención al titular es escribir la voz latina que significa "madre".  ¿Qué tiene que ver la madre con la botánica?  Eso trato de averiguar.

Aunque mater significa "madre", la palabra designa más el papel social que la función generadora (abundan las vírgenes tituladas mater): mater se opone a pater "padre", del que ciertos rasgos notables la diferencian, singularmente carecer de propiedad: por ello no existe, frente a patrius, ningún adjetivo *matrius, y así como patrimonium implica propiedad legal, matrimonium alude solamente a la maternidad legítima.

A la oposición pater/mater corresponden otras evidentes (vir/mulier, mas/femina &c) y otras menos evidentes pero igualmente correlacionadas (levis/gravis, longus/latus, animus/corpus &c); si yo fuera mujer no dejaría de sentirme algo mortificada por el hecho de que, en esa serie de oposiciones (la lengua describe, pero a la vez condiciona nuestra percepción del mundo), cayera siempre del lado de lo horizontal, lo bajo, lo pesado, lo material, mientras los varones disfrutan de lo vertical, lo alto, lo ligero, lo espiritual (por no hablar del título de propiedad y la tarjeta bancaria).  Esta observación parecerá demasiado atrevida a más de uno, pero los hechos son terminantes.

Mater es, por metáfora, toda causa, origen, fuente, pero de una determinada manera.  En la visión aristotélica de las causas el principio que podríamos llamar femenino es la causa material, opuesta a la causa formal o informante, notoriamente masculina: es lo que sostiene la teoría hilemorfista (a la ὕλη /hýlee/ se opone la μορφή /morfeé/).  Lo femenino es informe, lo masculino diseña.

Pues bien, la voz aristotélica ὕλη no se trasladó al latín con silva "bosque", sino con materies (o materia), palabra que, nadie lo duda seriamente, proviene de mater "madre".  Aunque los físicos no saben muy bien qué es eso de la materia, y qué la diferencia de la energía o las ondas o lo que sea, para el antiguo griego es, con toda evidencia, el principio femenino, el que proporciona el barro con que luego el demiurgo conforma a sus criaturas.

Si bien la palabra materies se conserva en castellano en la voz materia (un cultismo: baste observar la T intervocálica sin alterar), por vía vulgar ha dado madera (doblete de materia: la T intervocálica, obediente a la ley, sonoriza en D), con la que estamos ya más cerca de la botánica que antes.  ¡La madera, materia por excelencia, sustancia madre del arco, de la azada, del cuchillo!  (En el cuento hesiódico, Gea fabrica el brillante metal con que Cronos emascula a su padre: Gea es, al fin y al cabo, Deméter o la "Tierra madre", pues δῆ, la primera sílaba de Δημήτηρ, es una forma dialectal del griego común γῆ "tierra"; el segundo elemento es, claro está, μήτηρ "madre".)

Así pues, mater, como el griego μήτηρ /meéteer/, significa "madre", significa "fuente", significa "origen".  El griego llama metrópolis a la ciudad de donde parten colonos (πόλις "ciudad").  Mater es también la cepa de donde nacen anualmente los renuevos.  Madreperla llamó el italiano (idioma que registra la voz por primera vez) al nácar que parece engendrar la perla.  Madrepora (voz también italiana) designaba el cepellón del que nacen los pólipos.  También el castellano llama madre a todo aquello que produce vástagos; madre es asimismo el continente material, por ejemplo el cauce de un río (y de ahí la expresión salirse de madre que, metafóricamente, equivale --vaya paradoja-- a perder las formas).

Madreselva es otro término botánico derivado de mater.  No he dado con su origen, pero matrissilva (que parece significar "bosque de madre", o "madera de madre" si tomamos silva en el sentido del griego ὕλη o del francés bois) se documenta, según Corominas, en glosas del siglo XII, y en mozárabe ya en el X: según este filólogo el nombre alude a que "abraza otras plantas con sus ramos sarmentosos" (en lo que sin duda se deja llevar por el nombre catalán: lligabosc).

A mí se me ocurre que matrissilva podría ser latinización de una expresión árabe, lengua que tan a menudo emplea con énfasis la idea de "madre": así, por ejemplo, en las Mil y una noches una mujer muy desgraciada es "madre de la aflicción"; o, en nuestro tiempo, cierto caudillo militar bautizó "madre de las batallas" a la invasión que acabaría con su poder y con su vida (y de paso con el más venerable de los museos arqueológicos del mundo, alguna de cuyas piezas quizá adorna hoy la tele de un ex marine de Oregón).  Por otra parte, cierta planta no bien identificada recibe en ese idioma el nombre de "madre del bosque" ('umm assaharâ; y "reina del monte" rais aggábal la misma o quizá otra distinta).

El Neu Kreüterbuch de Fuchs (1543) representa la Lonicera periclymenum y da sus nombres alemán (Geyssblatt), griego (periclymenos; en realidad es κλύμενον), y varios latinos: volucrum maius (quizá "enredadera mayor"), sylvae mater ("madre del bosque") o caprifolium ("hoja de macho cabrío"), o, por último, mater sylva ("madre bosque") y lilium inter spinas ("lirio entre espinas").  Tampoco caprifolium es voz clásica (y en francés han cambiado el cabrón con la cabra: chevrefeuille).

Sea cual sea el sentido primario de matrissilva, la palabra madreselva me parece hermosísima y evoca para mí (como enebro o rapónchigo) las infantiles lecturas de Grimm, tan arboladas (creo que nunca vi un auténtico bosque hasta llegar al Pirineo, con quince años).  Dicho sea de paso, durante mucho tiempo no me preocupó averiguar qué planta fuera la madreselva, y aún hoy la palabra se resiste a evocar la enredadera de flores emperejiladas de la foto, y arrastra para mí las vagas sensaciones de antaño, de bosque y de misterio.

Aunque mater por sí misma designa el útero, con más propiedad lo hace en latín la voz matrix (derivada de mater) que da el castellano matriz "útero".  Matrix tiene muchos significados interesantes, desde el anatómico al matemático, y de esta voz derivan muchas otras palabras.  Por ejemplo matricula, que podría pasar por diminutivo de matrix o bien de mater (aunque de ésta se admite más bien matercula "madrecita", de resonancias tan rusas); según Corominas de matricula podría venir madrilla (lo regular sería *madreja), nombre de un pez que mis alumnos pescaban en el Queiles (por lo visto el pez sigue en el río, pero en cantidad muy reducida).

De los derivados de matrix me centraré en matricaria, que tiene toda la pinta (con ese sufijo tan característico) de ser el femenino de un adjetivo matricarius "de la matriz", no documentado, que yo sepa.  Verdad es que, como adjetivo derivado de matrix, en latín tardío también se registra matricalis (que pasa por ser étimo, no sin discusión, de la voz española madrigal).  Como sustantivo, matricalis designa también, en algunos herbarios, al Eupatorium cannabinum.  Matricaria se usa en castellano como nombre botánico, al que ahora me referiré, pero antes mencionaré un doblete curioso, el vulgarismo madriguera (continuación regular de la voz latina, y doblete del latinismo castellano).

La matricaria es, en efecto (sigo en esto al Dioscórides renovado de Pío Font Quer), el nombre del Tanacetum parthenium (o "tanaceto virginal"), pero también de otras asteráceas que comparten con la mencionada sus virtudes sedantes, por lo que apenas puede caber duda de que se llamó matricaria por mitigar los males de la matriz o, por decirlo con la fórmula celestinesca, mal de madre.  Por cierto que la vieja Celestina recomienda para esos dolores "todo olor fuerte... así como poleo, ruda, ajenjos, humo de pluma de perdiz, de romero, de mosquete, de incienso"; ninguna compuesta, que yo sepa.

Si mis datos no están equivocados, fue Lineo quien llamó Matricaria parthenium al que alguien llamó luego Chrysánthemum parthenium y ahora es (si no lo han mudado) Tanacetum parthenium.  No sé cuándo nace la palabra matricaria, pero el tanaceto citado ya recibe este nombre en los manuales botánicos del siglo XVI, por ejemplo en las Simplicium imagines de Egenolff (Francfurt 1552; el título, que significa "Imágenes de simples", lo veo mencionado alguna vez como Herbarum, y en cierto lugar mal traducido como "Sencillas imágenes") así como en el citado Neu Kreüterbuch, donde Fuchs observa:  "En las farmacias la llaman Matricaria, y en alemán Mutterkraut o Mettram o Metter".

Regreso al comienzo.  Al escribir Mater en el título temí que alguno de esos que en español fino dicen taimin y espóiler y estrimin pudiera pensar que escribía matter en mal inglés.  Palabra que, mira por dónde, viene de la latina materia.  No lo digo yo, lo dicen los etimólogos británicos.  Sí, señora, sí, cuando un tipo con bombín pregunta qué pasa (o what is the matter que dicen ellos) está en el fondo preguntando cuál es el asunto, de qué materia se trata.

Dedico esta última observación a los escépticos que he conocido, demasiados para mi gusto (incluidos profesores de latín y de inglés), que creen exagerado afirmar que la mitad del léxico inglés es de origen latino.  Los llamo escépticos pero sólo están mal informados.


[Hanc dicabam paginam optimae genetricis memoriae proximo decembri vita functae, matrumque omnium quae non modo corpora sed etiam spiritus nostrum sapienter aluerint.]



lunes, 14 de diciembre de 2020

La poda y la buena reputación

Qué agradable es la vuelta anual de las estaciones, el repetirse circular del tiempo.  A los tontuelos optimistas, al menos, nos encanta.  El olor de las yemas de los chopos en primavera.  El chirriar de los vencejos en verano.  Tras dimir las aceitunas, llega la poda de los olivos, el prepararlos para la cosecha siguiente.  Podar es un trabajo que me gusta mucho, y tengo la vanidad de pensar que no lo cumplo mal.  Hay que quitar los vástagos que suben, donde apenas nace fruto (aquí se los llama apropiadamente chupones), y despejar los ramos que caen, donde se acumula la producción de olivas (ramos que llaman aquí bragas, y dejemos para otra ocasión comentar la metáfora).  En general, se ha de procurar que el ramaje esté aireado y que las ramillas pequeñas (lo que en mi pueblo toma el nombre de ramulla) reciban una cantidad competente de viento y luz.

Para mi afición a las palabras, la poda tiene también otro encanto.  Podar es la continuación castellana del latín putare, y este verbo es un ejemplo más de cómo las palabras más espirituales o abstractas fueron primero términos materiales, y a menudo agrícolas.  Llamamos verso a un octosílabo, pero versus fue, antes que nada, el surco que hacían los bueyes yendo y viniendo por la tabla (versus significa "vuelta").  Espíritu o alma no significan en origen más que "aire", "soplo" (en latín spiritus o anima, palabra pariente del griego ἄνεμος "viento").  Son ejemplos corrientes de esas curiosas evoluciones del significado.

De igual modo evolucionó el verbo putare, desde su significado material, "podar", hacia otros más abstractos.  Puesto que la poda implica un cálculo, una estimación (qué ramas valen, cuáles no, qué quitar, qué dejar), putare acabó significando "estimar", "considerar", "evaluar".  En mi opinión, es evidente que la acción implicaba desde un principio la evaluación del objeto más que el cortar de ramas, por mucho que algunos compuestos, como amputare, señalen más a la tijera.  Putare implica sobre todo limpiar, eliminar lo sobrante.  Precisamente el romano llamaba putamen a la rama desechada, pero también a la cáscara del huevo, a las mondas de la fruta, etcétera.

Tal como era de esperar, putare, como voz agrícola, evolucionó fonéticamente de manera regular (la U breve da O, la T intervocálica sonoriza en D, todo ello normal en el paso al castellano) y resultó en podar, mientras que en su acepción más abstracta se perdió en el uso general del idioma, y sólo rebrotó en castellano en la forma de latinismos que, como es propio de ellos, conservan la U y la T originales.  De estos tenemos un montón: amputar, computar, disputar, imputar, reputar, aparte de diputado, disputa, reputación y una larga lista de voces castellanas que continúan el verbo latino putare pero generalmente en su sentido abstracto de "estimar".

(Dicho sea entre paréntesis, se suele decir que el apelativo familiar Pepe proviene de la abreviatura P.P. que acompañaba al santo José como pater putativus, esto es, "padre supuesto" del divino vástago.  Esta extravagante etimología la inventaría algún cura aficionado, de esos que con cuatro años de seminario todo lo sacan del latín, velis nolis.  El hipocorístico Pepe lo heredamos del italiano moderno, que llama Peppe o Beppe a los Giuseppe, los José de aquella tierra.)

La poda tiene otra virtud: como no exige demasiado esfuerzo mental, puede uno charlar con el colega (cuando Joaquín está comunicativo, que es casi siempre) o, en caso contrario, dejar vagar la imaginación por los cerros de Úbeda (que también están llenos de olivos).  A veces yo me entretengo en imaginar cómo serían esos latinismos si, en vez de perderse en las sombras de la historia, hubieran sido usadas en todo momento (como ocurrió con putare-podar); es un ejercicio que llamo "fonética ficción", y es complicado porque las posibilidades son varias ya que las leyes de evolución, por más que diga la Guardia de Hierro de la Fonética Histórica, están sometidas a muchos caprichos de los hablantes.

Así disputare podría dar algo así como despodar, y amputare resultar en ampodar o en antar, e incluso andar (si la sonorización hubiera sido precoz), en conflicto con el actual resultado de ambulare.  Sin embargo, con el verbo computare no hace falta practicar la fonética ficción, porque sí ha dado un vulgarismo en castellano: la palabra contar (computare debió de sincopar la U antes de la sonorización de la T, como lo sugiere el francés compter).  Así que en computar y contar tenemos un doblete más, para nuestra colección.

De modo que, mientras voy amputando chupones y aligerando ramulla, me complace pensar que un mismo verbo designa esta vetusta y entretenida tarea de podar, a la vez que la más vanguardista de las actividades humanas, símbolo del rabioso presente: la computación y la vida de las máquinas electrónicas cuyo diodos menudísimos orientan los electrones por los casi invisibles senderos del silicio.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Ajo y zafiros en el barro

Por no oír hablar de contagios, mascarillas y autonomías, cambio de canal y doy con el teniente Colombo, astuto policía de serie televisiva: mientras voy comiendo mi platito de alcachofas, él se ocupa en resolver cierto asesinato a manos de un maléfico ajedrecista.  (El intelectual: un malo que abunda en el género policíaco, por lo menos desde Moriarty y Fumanchú: superdotado, matemático, toca el órgano, juega al ajedrez, y es malo, ¡malooo!)

Se me va el santo al cielo pensando en que el otro día, cuando mencioné la correlación entre plebeyez y verduras, pude añadir a la cuenta el símbolo por antonomasia de la humildad proletaria: el ajo.

Ya en la antigüedad el ajo presidía la mesa del pobre, como en la segunda bucólica del mantuano, donde la criada, preparando el modesto condumio del pastor,

                       allia serpyllumque herbas contundit olentes.

Ahí ya está claramente aludido el aroma del ajo, así como en el Moretum (sea o no este poemilla cómico-heroico de autoría de Virgilio): en ambos el ajo es aliño para gente humilde.

Según Font Quer, el ajo es de origen asiático, y la primera cultura que difundió el ajo en el Mediterráneo ("todo el Mediterráneo trasciende a ajo", escribió Camba) fue la egipcia.  He buscado el pasaje de Números que menciona el manresano, donde los judíos añoran el ajo egipcio, y he aquí que está en el capítulo XI, donde suena así, en la traducción de Jerónimo (hablan los judíos, en el desierto):  Recordamur piscium quos comedebamus in Aegypto gratis: in mentem nobis veniunt cucumeres, et pepones, porrique, et caepe, et allia  "Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, nos vienen a la mente los pepinos, y los melones, y los puerros, y las cebollas, y los ajos".

Y a mí me viene a la mente cómo el pícaro Sancho, para describir la mágica transformación de Dulcinea, no pudo dar mayor contraste con la dulzura de la amada ideal que esta nota cruel:  "Me dio un olor de ajos crudos que me encalabrinó y atosigó el ánima".  El ajo, en su condición de realidad, de verdad fétida y antonomasia de la plebeyez, ahuyenta el ensueño del caballero.

Con la misma antítesis se burla Quevedo de la escuela gongorina, cuando en su Aguja de navegar cultos proporciona la receta para la poesía elegante ("y es probada"):

                       y en la Mancha pastores y gañanes,
                       atestados de ajos las barrigas,
                       hacen ya Soledades como migas.

Cabroncete, pero cómico.

Y eso que el ajo siempre tuvo prestigio medicinal.  La tríaca del pobre, según Galeno.  Quizá por su valor antiséptico, llegó a ser usual contra cualquier peste (y aún en el XIX valía contra los vampiros, en la fábula gótica de Bram Stoker).

Para los viajeros de ese siglo XIX, el sur, y más concretamente España, huele a ajo.  Los ejemplos abundan entre los románticos.  Teófilo Gautier da incluso, para entretenimiento de sus amigos parisinos, la receta del que llama gaspacho, receta "que haría poner los pelos de punta al difunto Brillat-Savarin", y en cuyo brebaje "nuestros perros desdeñarían mojar su hocico" (la receta que da, prácticamente de su invención, suena realmente repugnante, y contiene, por supuesto, abundantes gousses d'ail).  Sea como fuere, Julio Camba, a fines de ese siglo, le da la razón:  "La cocina española está hecha a base de ajo y prejuicios religiosos".

Así que, viendo la serie de Colombo, me ha hecho mucha gracia el episodio de hoy: el detective de la gabardina pringosa descubría que el asesino había comido en cierto restaurante francés... ¡porque su ropa olía a ajo!  Tomad, franceses, de vuestra propia medicina...  El norte desdeña al sur, pero siempre hay un norte encima del norte...

martes, 6 de octubre de 2020

De malvas y otras yerbas II


La malva que comían los antiguos debía de parecerse tan poco a la que hoy vemos en los baldíos como las Lactucae del borde del camino se parecen poco a las lechugas de nuestro huerto.  Aquí arriba se ve la imagen de la μαλάχη χερσαία, la malva silvestre, tal como es representada, con acabado realismo, en el hermosísimo códice vienés De materia medica, el Dioscórides de Julia Anicia (códice del año 512 dE más o menos).  Compárese esta figura con la del artículo anterior, del mismo códice, que representa la μαλάχη κηπαία, la malva cultivada.

Aunque ya no comemos malvas (en la península ibérica, que yo sepa; pero agradeceré a quien corrija esta impresión), aún era apreciada como verdura en Marruecos, al menos en tiempos de Pío Font Quer, quien afirma, además, que el uso de la malva como verdura es novedad aportada por los árabes.  "Como verdura cocida (dice el sabio catalán) es insípida, lo cual se remienda añadiéndole una fritada de ajos y cebolla, y pimienta y otras especias, y pasándola por la sartén".

Me hace gracia la receta.  Recuerda aquella del poeta Marcial, a quien no debían de gustar las acelgas (como me pasaba a mí hace tiempo) cuando escribió este dístico que las injuriaba como "fatuas":

                   Ut sapiant fatuae, fabrorum prandia, betae
                        o quam saepe petet vina piperque cocus!

"Para que sepan algo las insípidas acelgas, comida de obreros, ¡cómo se afana el cocinero en añadirles vinos y pimienta!"  ¡"Fabrorum prandia"!  ¡"Comida de obreros"!  Seguimos, ya se ve, en la onda de Hesíodo, Aristófanes y Horacio, asignando significado social a ciertos alimentos.  Y casualmente resultan perdedoras, en la estima, las sanísimas verduras.  No nos extrañaremos, pues, de salir carnívoros, cuando nuestra cultura nos incita a consumir caza para acercarnos a la nobleza, cúspide social (y también, por tanto, al colesterol alto y a la gota), abandonando las verduras, pasto de proletarios.

Claro está que Font Quer menciona la malva por sus virtudes médicas, las que también interesaron a Dioscórides: el médico griego la llama μαλάχη /ma-lá-jee/ (se refiere, parece ser, a Malva sylvestris), y dice lo que sigue, en la traducción de Laguna (pág. 202):  "Tenemos dos especies de malvas, una doméstica y otra salvaje: de las cuales para comer es mejor la doméstica, dado que [entiéndase: aunque] ofende al estómago.  Molifica ésta el vientre, y principalmente sus tallos..."  De hecho, a causa de esta virtud emoliente, los griegos relacionaban μαλάχη con el verbo μαλάσσω "ablandar".

En el libro xxvi de su enciclopedia, dedicado a las hortalizas, Plinio elogia la malva: in magnis laudibus malva est utraque, et sativa et silvestris, dice el romano.  Diríase que sigue a Dioscórides en distinguir entre la malva hortense y la montaraz, aunque la distinción es más antigua.  Plinio toma noticias de aquí y de allá, del facultativo Nigro, de la comadrona Olimpíade de Tebas; y, siguiendo su costumbre, no le arredran las opiniones rayanas en la extravagancia:  "Si le pones encima una hoja de malva, el escorpión se atonta".

Diríase, pues, que la malva, ya medicina ya alimento, estaba tan bien arraigada en la tradición popular antigua, que continuó representando en nuestro siglo de oro la pobreza y la humildad.  En efecto, a ser nacido en el pueblo llano se le llamaba en nuestro idioma clásico "nacer en las malvas".  De ahí la graciosa letrilla: "siendo nacido en las malvas / y criado en las ortigas, / ¡dos higas!"  Y en Mira de Amescua declara un enamorado su amor a la dama, derivado no de la nobleza y alta cuna de la señora, sino sólo de sus encantos personales:

                  y quiérola tanto, en suma...,
                  que a don Juan se la pidiera
                  aunque en las malvas naciera,
                  como Venus de la espuma.

Estas humildes yerbas, en fin, seguirán siendo objeto de nuestros cuidados, pues algún día, según el adagio, nos iremos todos a criar malvas.

lunes, 5 de octubre de 2020

De malvas y otras yerbas



Recuerdo ahora la primera vez que estuve en Bolea (esto fue el milenio pasado): Bolea es un pueblo al norte de Huesca con una colegiata espléndida y, en la colegiata, un no menos espléndido retablo flamenco.  Conocimos allí a un anciano simpático y con muchas ganas de hablar.  Se ve que entonces todavía tenía yo ganas de escuchar, porque me acuerdo muy bien de la conversación, y sobre todo del cuento didáctico que a continuación refiero, única parte de la charla que cabe en un blog de botánica.

Diz que un ciego, montado en su burro y guiado por un muchachuelo, visita una finca con intención de comprarla; allí espera ya el vendedor.  El ciego se apea y ordena al lazarillo:  "Muchacho, ata el burro a una mata de malvas".  "No hay mata de malvas ninguna."  "Pues amarra el ronzal a un marruego."  "Tampoco veo marruego por ningún lado."  "Pues campo que no cría ni malva ni marruego, no lo quiere el ciego".

La conseja enseña (explicaba el abuelo) que el marrubio y la malva sólo crecen en buenas tierras, y su ausencia, por ende, las declara malas.  (Supuse yo entonces --y sigo suponiendo-- que el marruego es el marrubio: en el diccionario de Borao sólo encontré marrueco, definido vagamente como planta medicinal.)

La malva es vegetal de vetustísima raigambre literaria.  Ya es mencionada, como μαλάχη (universalmente aceptado como nombre griego de la malva), en un célebre, si bien un tanto esotérico, pasaje de Hesíodo (Trabajos y días 40-41):

                  νήπιοι: οὐδὲ ἴσασι ὅσῳ πλέον ἥμισυ παντὸς
                  οὐδ᾿ὅσον ἐν μαλάχῃ τε καὶ ἀσφοδέλῳ μέγ᾿ὄνειαρ...

"¡Ingenuos!  No saben en cuánto es más la mitad que todo, ni qué gran utilidad hay en la malva y el asfódelo" (traducción de Luisa Liñán; pido disculpas por los dos puntos, pero no encuentro el punto alto).  Aunque la frase es un tanto oracular, se aprecia, por el paralelismo con ἥμισυ y πᾶς, que la malva y el asfódelo son citadas en su condición de plantas humildes.

No cabe, en cambio, duda de que es ése exactamente el carácter con que la cita Crémilo (el protagonista de la comedia Pluto de Aristófanes) cuando increpa a Πενία, la Pobreza, por obligarle a llevar harapos en lugar de vestidos, apoyar la cabeza en una piedra en vez de almohada, y

                                         σιτεῖσθαι δ᾿ ἀντὶ μὲν ἄρτων
                  μαλάχης πτόρθους,

"comer, en lugar de panes, esquejes de malva".

La malva continúa en tiempos romanos como símbolo de humildad y pobreza.  En los epodos del famoso Beatus ille rechaza Horacio los alimentos supuestamente ricos:

                  non afra avis descendat in ventrem meum,
                       non attagen ionicus,

"no baje a mi vientre la pintada africana o el francolín jonio", antes prefiere los vulgares y pobres: 

                  iucundior quam lecta de pinguissimis
                       oliva ramis arborum,
                  aut herba lapathi prata amantis et gravi
                       malvae salubres corpori.

"más gustoso que oliva escogida del más pingüe ramo, o la romaza, del prado amante, y las malvas, sanas para el enfermo".  Parecida mención se encuentra en la oda I 31:

                                       me pascunt olivae,
                  me cichorea levesque malvae,

"son mi sustento olivas, la achicoria y las ligeras malvas".  Quizá algún lector o amable lectriz no sabe qué son "olivas": olivas pedimos, hace un par de veranos, a una camarera de Guetaria y con su voz argentina (no de plateado sonido, sino de Argentina, América del Sur) nos pidió explicaciones: hubimos de aclarar que los de Aragón llamamos olivas a las aceitunas.  (En esta tierra, además, la mayoría llama olivas a las negras, arrugaditas, apergaminadas, tal como se aliñan aquí, con austeridad aragonesa; a las verdes, carnosas, húmedas, andaluzas y a menudo muy sazonadas con yerbas, sólo a ésas se las llama aquí aceitunas.)

domingo, 27 de septiembre de 2020

Decumbente y procumbente


Más de una vez me han preguntado por el significado preciso de estas palabras, y yo respondo lo mismo, esto es, que no lo sé: lo único que puedo decir es lo que han significado en latín clásico, o, como mucho, el significado que cabe deducir de sus componentes (prefijos, radical).  En efecto, lo que significan estos adjetivos en Botánica es decisión de los botánicos: el hablante (el tipo de la calle, en su caso, o el técnico, o el profesor, o el herborizador) es quien decide el significado de una palabra, dando una vez más la razón a Humpty Dumpty: el problema no es "qué significa una palabra", sino "quién manda aquí".

En mi casa, cuando yo era niño, mi abuelo Antonio mandaba mucho.  No era mi abuelo, era el abuelo de mi madre: así que mi abuelo era realmente mi bisabuelo.  Había sido alcalde en su pueblo y tenía el hábito del mando.  "Acércame el pelígono", decía (cuando decía: normalmente hacía el gesto, y tú tenías que adivinar).  Y nosotros, obedientes, le acercábamos el bolígrafo.  Él, al bolígrafo, lo llamaba pelígono.  Más o menos todo el mundo tiene ejemplos en casa de voces a las que, por autoridad, por juego, o por lo que sea, se les otorga un significado arbitrario, válido sólo en el ámbito doméstico.  La cuestión no es qué significa; la cuestión es quién manda (y en casa no manda la RAE).

Aquí, pues, diré lo que sé (que no es mucho) sobre el significado de las palabras en latín clásico, o según sus componentes.

En decumbente y procumbente se reconoce bien el radical del verbo cubare "estar acostado".  Es un verbo corriente en latín clásico, con muchos compuestos.  Por ejemplo, accubare significa "estar acostado al lado" (el prefijo ad significa cercanía), lo que en tiempos helenizados, en que los señoritos de Roma se tumbaban a comer en triclinios, equivale a "estar a la mesa junto a (otro)".  Concubare sería pues (cum indica compañía) "estar acostado con", que con facilidad adopta un significado sexual (éste se reconoce en concubitus y en concubino, concubina; también en íncubo, súcubo, etc.).  Incubare lo aplicamos aún a las gallinas y a su puesta.

Frente a cubare "estar acostado" (verbo, pues, de estado) el verbo *cumbere "acostarse" indica el cumplimiento de la acción (ponemos el asterisco a las palabras supuestas: pues ese verbo en latín clásico no lo conocemos suelto, sino sólo acompañado de prefijos: accumbo, incumbo, procumbo etc.).  Así que frente a accubo "estoy acostado junto a", accumbo significa "me acuesto junto a".

Pues bien, los prefijos latinos son bastante precisos en su significado primitivo, que es, por supuesto, material, físico.  Ad indica proximidad, cum indica compañía, per indica cruzar, atravesar, etc.  Según eso, el verbo decumbere significará "tumbarse en el suelo", ya que el prefijo de vale "abajo" o "hacia abajo".  Pro, por su parte, significa "hacia adelante", de modo que procumbere significa "tumbarse hacia adelante".

El uso clásico corrobora esto: decumbere indica la acción de irse a la cama, también la de sentarse a la mesa, y en particular describe el acto del gladiador que, reconociéndose derrotado, se tira por los suelos.

Por su parte, en procumbere el sujeto se inclina hacia adelante, por ejemplo para hacer frente a la fuerza del viento o a la corriente de un río, y también indica el acto de prosternarse.  Pero en algunos casos se confunde con decumbo, pues significa "echarse a tierra", o "sucumbir" (en sentido material "ante los golpes del enemigo", y en sentido moral "a los placeres"; sub significa "debajo", así que succumbere originalmente significaría "echarse debajo").

Como se ve, si hay una diferencia entre los términos decumbens y procumbens sería esta: lo decumbente cae a tierra, lo procumbente sólo se inclina.  (Se inclina "hacia adelante", para ser exactos; aunque en una planta, creo yo, sería difícil establecer qué es "delante" y qué es "detrás".)  Claro que, si algo se inclina mucho, más bien se derriba, y entonces procumbente poco se diferencia de decumbente.  En cualquier caso, ni uno ni otro participio, por sus componentes propios, indica nada (como en alguna ocasión se ha sugerido) sobre la mayor o menor erección del extremo distal.

He puesto arriba una fotografía de Prenanthes, si no me equivoco.  Como todas las Prenanthes que me he encontrado tenían esa tendencia a cabecear (que no sé si se percibe bien en esa mediocre foto), a vencerse el tallo hacia el suelo, en algún momento formulé la hipótesis de que alguien creó el término πρηνανθής, que en el fondo significa "flor procumbente", por no crear un género a partir de un término como procumbens, que supongo muy corriente en las descripciones.

Dicho sea de paso, el latín médico (que es más bien medieval o renacentista, y en general poco clásico, exactamente igual que el botánico: ¿acaso no son el mismo?) llama decubitus pronus al estar tendido boca abajo (en latín clásico se hubiera dicho más bien procubans o procubante), mientras que llama decubitus supinus al estar tendido de espaldas: eso el latín clásico lo hubiera expresado más bien con el participio recubans, como en el famoso verso que inaugura las églogas virgilianas:

                Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi...

                "Títiro, echado de memoria bajo el dosel del haya frondosa..."

Permítanme esta broma al traducir recubans "de memoria", pues es así como dicen "boca arriba" en Sadaba y otros lugares de las Cinco Villas, y es esa una expresión que, al principio por broma (teníamos una cuñada pentapolitana), luego por costumbre, quedó en casa (como pelígono, en honor del abuelo, para designar el bolígrafo).