lunes, 5 de octubre de 2026

Andrómeda

 Era Andrómeda una princesa etíope, hija del rey Cefeo.  La mamá, Casiopea, presumía de mona: soy más guapa (se le escapó decir) que cualquier nereida.  Las nereidas, ya sabe usted, eran ninfas del agua, protegidas de Poseidón; y a él se quejaron de la injuria de Casiopea.  Poseidón, por otro nombre Neptuno, envió en venganza (qué vida tan horriblemente estúpida llevaban dioses y semidioses) un monstruo para devastar Etiopía.  Crisis política: ¿invasor, migrante?  El oráculo de Amón (residente en Egipto) aconseja ceder al apetito del monstruo la princesa Andrómeda, como chivo expiatorio.  Los papás se disgustan, cabe imaginarlo, pero aceptan la propuesta.

Anotación marginal.  ¿Por qué la mayoría de representaciones de Andrómeda la pintan atacada en el litoral por un monstruo marino, cuando Etiopía es país que más continental no cabe?  Muchas respuestas son posibles.  Quizá la más sensata es que todo el mito se trasladó en algún momento (nada más fácil para un mito que hacer turismo) a Fenicia, en la costa mediterránea.

Otra observación.  ¿Por qué Andrómeda, en la gran mayoría de imágenes, aparece encadenada a una roca tal como su madre la trajo al mundo, esto es, desnuda?  Ah, picaruelas y picaruelos, pero esto ya sabéis vosotros por qué.  Para dar al cliente la fruta pelada.

Llegamos, pues, a la escena capital del cuento: volando llega Perseo, cabeza de Medusa en mano, petrifica con ella al endriago y libera a la chica, luego se casan y colorín colorado (de momento).

Este relato parece un tanto periférico en la mitología griega, pero debió de ocupar un lugar más central en otro contexto, porque todos sus personajes, incluida la bestia marina, han tenido el honor del catasterismo, esto es, volverse constelación y ocupar un lugar en la bóveda estrellada.  ¡Y qué lugar!  Ahí están, nada menos que rodeando el círculo polar boreal, Cefeo y Casiopea (ésta es una bien visible W, o Σ, o M, o 3, según se nos presente); poco más abajo anda Perseo, cabeza de Medusa en mano (la brillante estrella que representa a Medusa se llama Algol, "el diablo" en árabe, prueba de que en esa transmisión se deformó un poco la historia); poco más allá comparece la virgen sacrificada, y no falta, para cerrar el círculo, el monstruo marino, esto es, Cetus, la ballena estelar.

Por cierto que en la constelación de Andrómeda está la célebre nebulosa de Andrómeda, el objeto 31 de Messier, la única cosa visible al ojo humano desnudo que no forma parte de nuestra galaxia: todo lo demás que vemos en el cielo, es decir, todas las estrellas, cometas, nebulosas, &c visibles a ojo desnudo son objetos de nuestra galaxia, esto es, de la Vía Láctea.  Lo único exterior asequible a nuestra vista es la más cercana galaxia: la galaxia de Andrómeda, que está ahí, nada, a un paso, un par de millones y medio de años luz.  Que era un objeto extragaláctico no lo supimos con certeza hasta que lo demostró Edwin Hubble en 1925, por cierto con las cefeidas, un tipo de estrellas variables que reciben su nombre de la constelación de Cefeo, donde primero se identificaron.

El caso es que, por azar, como ocurre todo en la vida, me topé hace poco con la Andromeda polifolia, descrita, dibujada y bautizada por Lineo en su viaje a Laponia de 1732, y con ese motivo releí con nuevo interés la biografía de Lineo que escribió Wilfrid Blunt.  Me regalaron este librito el 29 de mayo de 1997 (lo sé por la dedicatoria): quiero decir su edición española, titulada El naturalista.

(Es un hecho comprobado que cada lectura de una obra cambia, porque también el lector se muda.  La crítica francesa se apoderó de esa constatación banal, asequible a cualquier relector, y la expresó con empaque académico en centenares de ensayos de ardua lectura e interés menguado, si no es como elucubración subyacente a algún cuento de Borges.)

Pues bien, releyendo El naturalista presto atención, o más atención, a ciertos pasos en su momento quizá inadvertidos.  Ahora que, por culpa de estas páginas, me estoy convirtiendo en fitofilólogo, me ocurre abrir más los ojos ante la narración del bautizo de la Andromeda polifolia, nombre que en su día anoté sólo porque me pareció rara la I del específico: ésta hubiera debido ser Y si proviniera de πολύς πολλή πολύ "mucho", en cuyo caso polifolia estaría mal escrito y significaría "de muchas hojas".

Por supuesto, por el que yo llamo "efecto eleagnus", ahora me salen por todas partes derivados del griego πολιός /po-li-ós/ "gris".  Miro en la red fotografías de la citada Andromeda y en muchas de ellas constato el color ceniciento de las hojas: ese tono cenizo explica perfectamente el específico en cuestión.  De manera que polifolia no significa "muchas hojas", sino "hojas grises", y está, como cabía esperar, muy correctamente escrito.

En cuanto al bautizo de la Andromeda, lo dejo para otra página.


jueves, 24 de septiembre de 2026

Los pelados y los calvos II

 ¿Cómo se llama el calvo en latín?  Simplemente, calvus.  ¿Tiene este adjetivo consecuencias en la nomenclatura botánica?  Iba a decir que ninguna, pero no sé qué diablo me ha inspirado a buscar calvescens en la red, y me han salido unos cuantos binomios calvescentes (Baccharis, Armillaria, Miconia) de los que el más interesante (por proximidad) me ha parecido el Calligonum calvescens, una poligonácea norteafricana, y el de nombre más gracioso la Parodia calvescens, que parece ser un cactus brasileño.  Creo que no conozco ninguno.  Puesto que el verbo calvescere /cal-vés-ke-re/ significa "quedarse calvo", calvescens se aplica correctamente a quien está en severa pérdida de cabello; y lo que eso signifique en los vegetales, dígalo otro, no yo.

Luego he vuelto a teclear decalvata en el buscador y me ha salido una miristicácea indonesia, la Horsfeldia decalvata Wilde.  ¿Ve usté qué peligro tiene interné?  Buscas un específico y acabas en las Molucas.

Así que renuncio a Googlebú, a sus pompas y a sus glorias, y me quedo con mis papeles, donde no hay un solo vegetal calvo; digo en latín, pues en romance sí he encontrado el ciprés calvo. o ciprés de los pantanos, el Taxodium distichum.  A éste lo vi por vez primera en un jardín público francés, no recuerdo si de Albi o de Rodez, y me atrajo un cartelito, entre flotantes estalagmitas de palo, con esta leyenda: pneumatophores du cyprès chauve.  En Moncayo plantaron cipreses calvos (es árbol americano) y se pueden visitar, con sus neumatóforos y todo.

Pero el adjetivo calvus es más frecuente en animales: en zoología hay varios calvos (en castellano y en latín).  En botánica quizá hace referencia a la caducidad foliar (creo que el ciprés calvo es la única conífera, con el alerce, que pierde la hoja en invierno) y acaso también vayan por ahí los epítetos calvescens y decalvatus.

La calvicie (o glabricie) la expresa también el adjetivo latino glaber glabra grabrum (en su enunciado escolar: masculino, femenino, neutro).  Sustantivado, el masculino designaba al esclavo depilado, unido íntimamente al amo, quien lo llamaba con cariño glabellus "mi depiladito".  El femenino de ese diminutivo designó en tiempos recientes (el autor debió de ser Broca, padre de la craneometría) el espacio entre las crestas superciliares: el nombre de glabela cuadra bien a esta zona que, en el humano vivo, suele estar libre de pelo.  También se registra el adjetivo glabrosus, que se da por sinónimo de ψιλός.

Glaber abunda en nomenclatura vegetal.  El femenino, glabra, lo encuentro en Adenostyles, Alchemilla, Arabis, Cerinthe, Cruciata, Glycyrrhiza (la Glycyrrhiza glabra es el regaliz), Herniaria, Hypochoeris, y en un árbol, la Ulmus glabra; sospecho que habrá muchos más.  El masculino, glaber, lo tengo registrado en el Lotus glaber Mill (o Lotus corniculatus ssp tenuis) y en el Pentastemon glaber.  La forma neutra, glabrum, aparece en Cirsium, Otocarpum, y en un Asplenium celtibericum, sinónimo al parecer de A seelosii ssp glabrum.

El superlativo expresará el colmo de la calvicie, pienso yo, y, así, serán calvas de solemnidad la Alchemilla glaberrima (sinónimo de Alchemilla fissa) y la Oryza glaberrima (el arroz africano).  En cambio, esa cualidad estará a medias en la subespecie semiglabrum del Chaenorrhinum segoviense.  ¿Y qué sentido hemos de dar al semiparticipio glabratus?  ¿Que la planta tuvo pelo y se lo quitaron?  Me veo incapaz de apreciar la condición capilar del Erigeron glabratus o del Erinus alpinus var. glabratus.

Por último, tengo por aquí anotada una col china cuyo nombre varietal, Brassica oleracea var. alboglabra, enfatiza a la vez, si no yerro, su blancura y su calvicie.

Y, puesto que ya hemos considerado en otras páginas los adjetivos laevis y laevigatus, sólo me queda hoy en el tintero el adjetivo nudus, cuyo significado básico, "desnudo", creo que autoriza a considerarlo una variante más de los que estamos tratando; al menos desde el punto de vista filológico, pues hay que recordar que indumentum no significa otra cosa que "vestido".

Aparte del ya reseñado Psilotum nudum, no encuentro mucho material con nudus: únicamente la Nepeta nuda, en parte sinónimo, creo, de la Nepeta latifolia DC.  También hay una Magnolia denudata: no sé qué diferencia se habrá pretendido manifestar entre "desnuda" y "desvestida" (que es más o menos la que va de nuda a denudata).

Más fácil de averiguar es el adjetivo nudicaulis, esto es, "de tallo desnudo".  Con calvicie en el tallo hay al menos una Globularia, un Leontodon, una Serratula y una Teesdalia.

También hay plantas con flor desnuda, esto es, nudifloras: entre ellas yo encuentro una Trewia nudiflora, que ahora parece llamarse Mallotus nudiflorus; un Crocus nudiflorus, y un Apium nudiflorum (sinónimo de Apium repens): claro que en estos casos la desnudez hace referencia, supongo, a lo escueto de los involucros, y no a la falta de pelos u otros indumentos.

martes, 22 de septiembre de 2026

Los pelados y los calvos

 ¿Era calvo Pilatos, o lucía melena?  Callan los evangelios sobre este grave particular.  Pilatos (Pilato deberíamos decir) fue quien ordenó ejecutar (anoto esto para jóvenes desorientados) al patrón de León XIV, que acaba de girarnos amable visita.  Lo malo es que no sólo no sabemos nada sobre su cabello, sino que ni siquiera tenemos claro el significado de su apellido, Pilatus en su forma original.  Pues pilare o pilari (el verbo del que pilatus es participio) igual significa "criar pelo" que "perder pelo".  ¡Grave ambigüedad!  Pero aquí estamos los castellanos para deshacerla, y hemos decidido que pelado (que esto es pilatus en español) significa "desprovisto de pelo".

Habiendo dedicado tanto rato al pelo vegetal, parecería injusto no emplear al menos alguno en su carencia, esto es, en la calvicie o, si he entendido bien, en la falta de indumento.

Empecemos esta vez por el griego, que al calvo lo llama φαλακρός /fa-la-crós/.  Los pajareros enseguida pensarán en el Phalacrocorax, para los franceses de antaño corp marenc o "cuervo marino", y de ahí el actual cormoran y nuestro cormorán; pero el término zoológico significa "cuervo calvo".

En botánica sólo encuentro Phalacrocarpum, nombre creado por Willkomm en 1864 para una compuesta (en Portugal, en la sierra de la Estrella, creo haber visto el P oppositifolium).  El nombre del género parece significar "fruto calvo".

Buscando otros semejantes encuentro que han forjado el término falacrofobia para el "miedo patológico a quedarse calvo": término rigurosamente imprescindible en una época donde nos configuran no nuestros deseos, conocimientos o aspiraciones, sino nuestras lacras, carencias o enfermedades; y de ahí el entusiasmo con que la psicopedagogía al uso se apresura a dar cuño científico a la hipocondría del siglo forjando palabras inútiles y tontainas como triscaidecafobia o dermatilomanía.

Luego tenemos el término ψιλός /psi-lós/ "calvo".  Tampoco encuentro apenas binomios que lo contengan: sólo el helecho Psilotum nudum y su familia, las Psilotaceae (en el nombre del helecho se aprecia de nuevo la insistencia en el rasgo, pues nudum "desnudo" no parece aquí sino redundar en calvicie), y el nutrido género de hongos Psilocybe, de acreditadas virtudes psicotrópicas, en cuyo nombre lo señalado por calvo es, claro está, la cabeza, representada aquí con la infrecuente voz κύβη /kú-bee/.

Hay otros términos para "calvo" y "calvicie" en griego, pero no me dan resultados en botánica.  Mencionaré, por la curiosidad, el término ἀλώπεκία /a-loo-pe-kí-a/ "calvicie" (y en plural "calvas", esto es, decalvaciones parciales), conservado en nuestra castellana alopecia.  La traducción literal de esta palabra sería "zorrería", como derivada de ἀλώπηξ /a-loó-peex/ "zorro"; el sentido se explica por ser habitual ver al zorro (y a otros animales) pelado a trechos en los cambios de estación.

La botánica conserva el nombre del zorro en el Alopecurus, compuesto de ἀλώπηξ y οὖρος /úu-ros/ "cola".  Ya en la antigüedad una planta se llamaba "cola de zorro", esto es, ἀλωπέκουρος /a-loo-pé-kuu-ros/; pero no parece haber acuerdo sobre qué especie recibía tal denominación (si es que no denotaba a la vez, como es probable, a varias especies): un viejo diccionario la atribuye a la Imperata cylindrica, por Lineo llamada Lagurus cylindricus (en Lagurus no está el zorro, sino la λαγώς /la-goós/ "liebre"; hace poco escribí, creo que por error, Lagourus); una estudiosa más reciente dice que el ἀλωπέκουρος es el Polypogon monspesulanus.

Ese mismo nombre lo encuentro como específico en la Stachys alopecuros (ahora sin latinizar el final de palabra); y en la forma alopecuroides ("con aspecto de alopecurus") en un Astragalus alopecuroides y un Cyperus alopecuroides.

Claro está que, aunque el acento de ἀλωπέκουρος vaya en la tercera sílaba por el final, en latín ha de acentuarse llana: /a-loo-pe-cúu-rus/, por la penúltima larga tantas veces mentada.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Polianthes

 Estaba hasta hace un rato leyendo un librito de divulgación sobre microbiología.  Un librito bastante mal escrito, por cierto: el autor parece creer de buen estilo el uso de palabras obsoletas y junturas insólitas.  La voz insólita está bien, quizá, para despertar al lector, para llamar la atención sobre esto o aquello; pero por sistema aburre no poco.  Pero, en fin, quizá soy el menos indicado para criticar esto porque, aparte mi debilidad por las palabrejas, siempre me pareció el famoso dicho de César ("evita como un escollo la palabra rara") más propio de políticos populistas que de quienes aspiran a durar más de un par de lustros.

¿Por dónde iba?  Pues un librito sobre microbiología donde se mencionaba la poliomielitis, vulgo parálisis infantil, y aquí me ocurrió cavilar de dónde vendría esa larga palabra, poliomielitis (este blog me está agudizando el vicio etimológico; y no es queja).

En fin, levantarse, mirar aquí y allá...  En resumen, la palabra nació a finales del siglo XIX; la información más fiable para mi gusto la da la wiki inglesa, que fecha la palabra en 1874 y la atribuye al médico alemán Adolfo Kussmaul; el idioma inglés la registra por primera vez en 1878.  Poliomyelitis nombra una enfermedad contagiosa que daña la materia gris de la medula espinal, por lo que Kussmaul tomó las palabras griegas "medula", esto es, μυελός /my-e-lós/, y "gris", o sea, πολιός /po-li-ós/, a las que añadió el sufijo -itis usado por los médicos para indicar "inflamación".

Y ahora es cuando usted no me va a creer; pero le juro que, aunque miento algo, jamás lo hago cuando digo la verdad.  Al ver el adjetivo πολιός (que confieso tenía olvidado por completo, si es que alguna vez pasó por mis ojos), ¿sabe usted qué me vino a la mente?  Pues la Polianthes tuberosa, de la que escribí hace unos años, intranquilo porque no entendía yo ese nombre (hasta me inventé el absurdo adjetivo urbanifloro para expresar mi perplejidad).

¡Claro!  De ahí viene Polianthes sin duda, de πολιός: porque la flor no es de un blanco deslumbrante, esa que justifica el uso de candidus, ni siquiera un blanco corrientito, albus; no, es un blanco algo sucio, eso que llaman blanco hueso, creo, y en moda ahora llaman blanco crudo (nombres todos ellos que no comprometen a nada): justamente lo que indica πολιός, descriptivo de lo que blanquea por perder color, en especial el pelo humano, que los años tienden a enjalbegar: αἱ πολιαί "las canas", ἡ πολιά "la vejez"...

De hecho, el nombre náhuatl de esa planta es omixochitl, que traducido significa, según dicen, "flor de hueso".

Ahora lo veo: me despistó el adjetivo πολυανθής, de donde sospeché un error de transcripción.  No, no, mea culpa, metí la pata y ahora lo reconozco.  Iba a cambiar lo escrito (en la entrada Nardo, de octubre de 2018; veo que ha sido visitada a menudo), pero prefiero dejar el error como está, y anotar aquí mi reciente descubrimiento.  Me ha puesto de muy buen humor...

Voy a ver si hay novedades con la Polianthes tuberosa y, cáspita, ahora que creo haber despejado la incógnita de su género resulta que ya no se llama así, sino Agave amica: vaya disgusto.  En fin, sic transit gloria mundi!

martes, 1 de septiembre de 2026

Iter almeriense III


 Otro día toca la Sierra Nevada.  Seguimos río arriba el curso del Andarax, entre la sierra de Gádor al sur, y la Nevada al norte.  La vegetación cambia: fresco soto de ribera en el fondo del valle, en las laderas aparecen pinos y carrascas.  Los nombres de los pueblos tienen sabor morisco: Íllar, Bayárcal, Instinción, Bentarique, Almócita...

La casa consistorial de Laujar de Andarax es un hermoso edificio de ladrillo con triple galería en la fachada.  En un rincón han fundido en bronce la figura de Francisco Villaespesa, natural de esta villa a quien Cansinos llamó "pontífice del modernismo".

Nuestro objetivo era el tramo alto del río Andarax, en las proximidades de Laujar.  Ascendimos por una pista cómoda, sin grandes sorpresas, y regresamos por el sendero de la "fabriquilla", una central hidroeléctrica creada hace poco más de un siglo: recorrido entretenidísimo, a ratos junto al caz, a ratos por dentro de él, ora bordeando el precipicio, ora embutidos en la roca, con túneles excavados para el paso del canal.

Dado el paisaje montano y la lejanía del mar, las plantas que veíamos nos eran más familiares: a los pinos y carrascas se añaden agracejos, cañaheja, alguna orquídea...  Lo más exótico, quizá, el rascaviejas o Adenocarpus decorticans.

Subimos por la tarde al puerto de la Ragua, a dos mil metros de altura sobre el mar, pero, como era de esperar, la vegetación apenas comienza, y solamente vemos alguna Gagea nevadensis, y las hojuelas de la Merendera filifolia.

El regreso, por la cara norte de la sierra, da ocasión de ver recortada sobre el poniente anaranjado la mole del castillo de La Calahorra, donde hace veinte años rodaron una película sobre Tirant lo Blanc.

El sábado lo dedicamos a la ciudad, a esa al Mariyyat que, signifique su nombre "atalaya" o "espejo", tanto encanto alberga en sus calles, llenas de azulejos y color.  Naturalmente, recorrimos el mercado central, la catedral y otros lugares, pero ante todo, no fuéramos a perecer de calor, subimos temprano a la alcazaba.  Me gustó ver que Almería ha dedicado a Hipócrates una de sus calles.

La alcazaba no decepciona en ninguno de sus tres tramos: los jardines de abajo, las habitaciones y dependencias de la zona media, y la fortaleza de la cima, construida ya bajo los católicos Isabel y Fernando en un estilo que recuerda, más que a la Alhambra, a los torreones de Pedraza o Turégano.  Desde las almenas veíamos allá abajo, en el vallejo al norte de la alcazaba, a las distintas gacelas, refugiadas norteafricanas de los últimos decenios.

Y no dejábamos de prestar atención, claro está, a las hierbas, exóticas o indígenas, que adornaban los viejos sillares, la Frankenia pulverulenta, el Antirrhinum hispanicum, el Hyoscyamus albus.

Muchas bellezas hemos visto en Almería, muchas cosas de interés.  Muchas más, es inexorable, han quedado por ver.  Entre lo que no hubo lugar o tiempo, lamentamos no subir a Gádor para conocer la novedad del milenio, la Gadoria falukei, un endemismo de la sierra de Gádor encontrado en 2012 por Francisco Rodríguez Luque, alias Faluke, mientras buscaba Athamanta vayredana entre las rocas de la sierra.  De ello informa wikipedia, y lo narra con más circunstancias Andrés Ivorra: en su publicación pueden ver imágenes del descubridor y de los primeros estudiosos de la planta.  Claro está que el nombre del género proviene del nombre de la sierra, y el específico del apodo familiar del inventor (sensu botanico).

¿Volveremos a Almería?  Esta pregunta es muy del estilo de cierto viajero que, al despedirse de un monte o un valle, tendía sobre él una mirada, ya nostálgica, sobre aquello que quizá no volverían sus ojos a ver jamás.  Pero, para mi carácter, es una pregunta ociosa.  Lo que cuenta es que hemos estado en Almería, y llevamos Almería con nosotros.  Y nosotros... que dure lo que quiera.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Iter almeriense II


 Otro día nos lleva un buen amigo a visitar los yesos de Sorbas, donde este fenómeno (la potencia del estrato de yeso alcanza los cien metros) se junta con el río Aguas en un espacio natural digno de visita.  En un terreno ondulado y abarrancado, de suelo blanquecino y pobre, parcialmente cubierto de líquenes, prosperan grandes masas de Stipa tenacissima, con Thymelaea hirsuta, Ononis tridentata, Coris hispanica...  Abunda, y está en flor, la Fagonia cretica.  Por aquí y por allá se ven las onduladas hojas de la cebolla albarrana, Urginea maritima: los bulbos de algunas asoman a ver mundo.

En determinado paraje, los departamentos de ecología de Alicante y Granada han colocado unos extraños aparatitos de metacrilato para un curioso experimento de simulación de cambio climático.

Recorremos luego el río Aguas hasta su nacimiento por un sendero encantador, entre áloes y geranios, colonizado por melenudos eremitas.  En los ribazos se amontonan pedruscos ciclópeos, del tamaño de un edificio de pisos.  Son de yeso; de cerca brillan cristales bien formados.  Muchas plantas interesantes: Antirrhinum charidemi, Sedum gypsicola, una graciosa mata de Urtica pilulifera, con las bolitas llamativas.

Después de comer nos desplazamos a la costa.  De tarde recorremos un sendero que desde Las Negras nos conduce por el acantilado hasta la cala de San Pedro.  En la pista, al subir, encontramos Zygophyllum fabago, la cigofilácea que nos faltaba (los otras tres, Fagonia, Peganum, Tribulus, ya las tenemos vistas).  Al castillo de San Pedro, con torreón troncocónico bien conservado, se adosan chamizos bohemios, de parecida religión que los habitantes de Aguas, deseosos de apartadas orillas.

El jueves dedicamos gran parte del día al desierto de Tabernas.  El espíritu aquel turístico, fantasma quizá sería mejor llamarlo, decidió que de este lugar lo más importante es su frecuentación por estrellas de cine.  Quién sabe.  Estos barrancos son, en cualquier caso, prueba de una erosión salvaje que ha descarnado sus paredes y mostrado los pedruscos que albergan sus tripas. 

Dimos con el Limonium tabernense sin flor, pero rozagante con sus hojas lanceoladas, bien visibles aún los tallos secos de pasadas inflorescencias.  También con Limonium insigne, Tamarix africana, Launaea arborescens...  De una grieta pende una Launaea resedifolia.  Hay una encantadora espiguita norteafricana, el Lagurus ovatus, y poco más allá un compañero señala una diminuta Carrichtera annua, los pedúnculos de cuyos frutillos se retuercen contra el tallo.

En el barranco de Valdelecho nos llevamos la alegría de encontrar una pequeña asamblea de Cynomorium coccineum en bastante buen estado, y poco más allá una Centaurea diluta, con las lígulas agrupaditas.

Terminamos el día en la plana de las Amoladeras, donde por fin encontramos el deseado Zizyphus lotus y lo examinamos largamente.  Pero hay muchas otras maravillas en este pitacal: Aizoon hispanicum, Asteriscus hierichunticus y, qué hermosa sorpresa, Mesembryanthemum crystallinum con sus lunáticas flores.  Un poco más abajo alguien vio Euzomodendron bourgeanum.

De los nombres de las plantas, algunos son fáciles de averiguar: Lagourus significa "cola de liebre" y por su étimo es pariente del Plantago lagopus.  Muy otro es el caso de Zizyphus, nombre heredado del griego antiguo y de antecedentes ignorados (se supone préstamo de una lengua oriental).  En cambio, hierichunticus, parece que no hay duda, se debe de referir a Jericó; pero encuentro variantes hierochunticus y hierochuntica, que no entiendo bien.

Me llama la atención el nombre de la Carrichtera: resulta que honra la memoria de Bartolomé Carrichter von Rexingen, médico de cámara de los emperadores Fernando I (el hermano de Carlos V) y su hijo Maximiliano II.

También Fagonia es fitónimo honorario: lo creó Tournefort en recuerdo de Guido Crescencio Fagon, médico del rey sol.  Fagon estudió botánica en Montpellier con Pedro Magnol (el de la Magnolia).  Casualmente, los tres personajes nacieron el mismo año de 1638, Magnol y Fagon a menos de un mes de distancia, Luis XIV unos pocos más tarde.  El específico, cretica, alude a Creta, donde debió de adquirirla el suizo Bauhin quien (según wikipedia) la bautizó en 1620 como Trifolium spinosum Creticum).

Mucho me extiendo, pero no quiero olvidar el Euzomodendron porque esta crucífera, cuyas flores recuerdan a la rúcula, llevan el nombre griego de la Eruca vesicaria, que es precisamente εὔζωμον /éu-dsoo-mon/.  El elemento δένδρον subraya el carácter leñoso de la planta.  En cuanto al nombre griego de la rúcula, en εὔζωμον se combina el bien conocido adverbio εὖ /éu/ "bien" (o "buen") con el sustantivo ζωμός /dsoo-mós/ "jugo".  Así que la rúcula en griego es la hierba del buen caldo, de la buena sopa, del buen jugo.

Por su parte, bourgeanum es homenaje que Cosson tributó al viajero y botánico Eugenio Bourgeau, quien herborizó esta especie en Almería, donde es endémica, en el año 1851.

lunes, 24 de agosto de 2026

Iter almeriense


 Ahora que tantos incendios ponen en olvido la tierra quemada en Los Gallardos, en Almería, saludo a ese finisterre mediterráneo que tan gratamente nos acogió el pasado mes de abril, cuando unos pocos amigos nos instalamos en un discreto hostal, en el Parque Natural de Cabo de Gata, junto a unas colinas de lomos pelados, pero con palmitos, retamas, amarillas genistas y gandulas (como llaman a la Nicotiana glauca).

La aventura empezó con la visita de Rodalquilar, vieja mina de oro, porque allí está el jardín botánico El Albardinal, no mal aperitivo para la flora almeriense.  Tuvimos así (los que no la conocíamos) el primer contacto con la Whitania frutescens u oroval, una solanácea de la que aún llegamos a ver alguna flor y algún tomatito, envuelto en su hondo y estrellado cáliz.  Otra solanácea había al lado, el cambrón o Lycium intricatum, y no lejos el cornical o Periploca angustifolia.  Por no enumerar toda la flora, baste repetir que el jardín es una buena introducción a la vegetación local.

De Rodalquilar nos desplazamos a San José de Cabo de Gata, localidad de espíritu turístico (si eso es espíritu) a tiro de las mejores playas del parque.  En esas playas florecían la Cakile maritima de Scopoli, y la Medicago marina, llena de tomento blanco y con papillones amarillo limón.  También dos hermosas siemprevivas, el Limonium lobatum (o L thouinii), y el Limonium sinuatum, cuyas flores combinan el blanco y el azul con insuperable gracia.

En las lomas cercanas se veían matas de Periploca, Lycium intricatum y Launaea arborescens.  A contraluz brillaban como rubíes las flores del Gladiolus illyricus.  Desde la Punta Colorá, donde contemplamos congelada una chimenea de lava, se advierte el carácter volcánico de esta costa, con visibles prismas de basalto (o tal nos ha parecido).

De regreso vemos el Chamaerops humilis derramarse por las vaguadas, y compartir espacio con la Anthyllis cytisoides y otras genistas.  De los demás vegetales menciono solamente una espiga que abunda en estas laderas, el Taeniatherum caput-medusae, ya que hace no mucho aprendí algo sobre este fitónimo y su joven descriptor, Sergio Nevski.

Un denso pitacal (plantación propia, a base de infinitos propágulos, de Agave americana) nos conduce a la playa de Mónsul, de negras arenas.  Allí, al interesarnos por la vegetación de la duna, nos reprenden por pisar terreno vedado: con disgusto comprobamos que hay carteles, pero visibles para quien accede a la duna desde el aparcamiento, no para quien viene costeando desde el sur, como hacemos nosotros.

Repasamos en la habitación, tras la fatiga del día, los nombres botánicos de la jornada.  Me llama la atención principalmente Periploca, pues parece tratarse de la voz griega περιπλοκή /pe-ri-plo-keé/ "abrazo" (la raíz es la del verbo πλέκω /plé-koo/ "tejer" y del adjetivo πλοκιμός /plo-ki-mós/ "trenzable").  ¿Cómo sugiere la planta ese abrazo?  ¿Quizá en los frutos maduros, que parecen abrirse como diciendo "¡a mis brazos, primo Basilio!"?  Lo ignoro.  Si yo hubiera de bautizar esa planta, buscaría algo que describiera esas estupendas flores.  En general han predominado los cuernos, y de ahí el apelativo de cornical.

Me pregunto también por Chamaerops: parece evidente que el primer elemento es χαμαί /ja-mái/ "en el suelo", que en biología se emplea a menudo para indicar lo de baja estatura, lo rastrero o humilde.  Así que el específico humilis es, una vez más, redundante.  Pero ¿cual es el segundo elemento?  La wikipedia cita como etimología χαμαί y la voz *ῥώψ /roóps/ "matojo", a la que añadimos un asterisco porque la antigüedad sólo la documenta en plural.  Si así es, la O de Chamaerops /ka-máe-roops/ sería larga, y por tanto llevaría el acento en el resto de casos, por ejemplo en el plural chamaeropes /ka-mae-róo-pes/.

Lo curioso es que tengo anotada la palabra cameropes, como negocio pendiente, quizá resuelto ahora por azar, en unas rimas de Lope.  El poeta madrileño enumera en un romance una porción de leñosas y menciona entre ellas, si no yerro, los Chamaeropes humiles: pinastros, pérsicos, guindos, / cabrahigos trepadores, / manzanos, loros, cerezos, / tarayes y cameropes, / membrillos, endrinos, peros, / azufaifos, bergamotes, / algarrobas y madroños, / almeces, jarales torpes...  ¿Jarales torpes?  Pobres jarales, la rima los condenó.  Quandoque bonus dormitat Lupus.