martes, 17 de marzo de 2026

De cabeza II

 En los nombres específicos aparece κεφαλή sobre todo con determinaciones, como "grande" o "pequeña".  De la primera encuentro una Jurinea dolominea (o dolomiaea o dolomitica) que al parecer también se llama Dolomiaea macrocephala: la "jurinea del Himalaya", una especie de carlina asiática.  Parece que las cabezas pequeñas ganan en número, pues aquí tengo anotados, aparte de la Claviceps microcephala (el célebre cornezuelo de centeno si no me equivoco), la Armeria bigerrensis ssp microcephala, el "cardo santo" o Cnicus benedictus, también bautizado Cnicus microcephalus; y una Pilosella officinarum ssp microcephaloides.

También κεφαλή combina a menudo con σφαῖρα /sfái-raa/ "pelota": así en la Acacia sphaerocephala, en el "ajo de cigüeña" o Allium sphaerocephalon (o sphaerocephalum), en la Centaurea sphaerocephala, y en el Echinops sphaerocephalus ssp sphaerocephalus.

En el Carduus pycnocephalus está, en cambio, el adjetivo πυκνός /pyc-nós/ "espeso", quizá por la densa barrera de pinchos en torno a la cabezuela.  Hay por ahí un Picnomon acarna, género monotípico de las compuestas, que yo hubiera asegurado ajeno a ese adjetivo, pero lo sostiene una página de la red: ahora bien, si viene de πυκνός lo decente sería Pycnomon con Y griega, y no con I latina.

En algún lugar he visto que la Leuzea conifera se llamó también Centaurea pitycephala, cuyo específico (apenas cabe dudarlo, conociendo la planta) alude al aspecto de piña de la cabezuela madura.  En esta ocasión, a κεφαλή se antepone πτυς /pí-tys/ "pino", con lo que pitycephala se traduce "cabeza de pino", esto es, "piña".  ¿Ignoraba, quizá, quien tal nombre específico excogitara, que para "piña" ya poseía el griego la palabra κῶνος /kóo-nos/?  De hecho, ese κῶνος (que en abstracción geométrica es nuestro cono) está precisamente en el específico conifera, designación además de un notorio taxón vegetal con muy varios nombres, ConiferaePinopsida, Strobilophyta, Taxopsida...

Ceratocephala es una ranunculácea exótica, y he visto en la red su típico fruto de ranúnculo, aunque de más largas puntas: eso explica el primer elemento del nombre genérico, que es sin duda κέρας "cuerno" (genitivo κέρατος /ké-ra-tos/).

Alejandro Magno, el fundador de Alejandría de Egipto y destructor del imperio persa, bautizó a su caballo con el nombre de Bucéfalo, esto es, "cabeza de buey".  ¿Por su sólida testa, por su terquedad?  En una célebre anécdota, el macedonio logró domar a su caballo al advertir que se asustaba de su propia sombra: Aristóteles, sin duda, había estimulado la capacidad de observación del joven príncipe.  ¿Está el nombre del histórico penco en el Rumex bucephalophorus?  ¿O hemos de entender ese "porta cabezas de buey" referido, como dice alguna página de la red, a la forma de sus flores?  Yo he tratado de convencerme, con la lupa y con fotos detalladas en la red, pero en vano.

Basta echar un ojo al Teucrium eriocephalum para comprender que aquí la "cabeza" va precedida del griego ἔριον /é-ri-on/ "lana", que ya conocemos del Eriophorum.

En cuanto al Eucalyptus gomphocephala (gomphocephalus en otros autores, si bien el femenino parece más adecuado a un nombre latino de árbol) el específico parece aludir a la forma como se solapa el opérculo en el fruto: del griego γόμφος /góm-fos/ "clavija" o "traviesa".  Esa voz está también en una apocinácea, Asclepias physocarpa, que ahora llaman Gomphocarpus physocarpus: los específicos contienen el verbo φυσάω /fyy-sá-oo/ "soplar", como en Physospermum y en el cachalote, que, por cierto, se llama Physeter macrocephalus.

Más fácil que en botánica sería hallar parientes de κεφαλή en zoología, pues abunda en los binómina lineanos de insectos, pájaros y demás.  A los ya mencionados añado, a modo de ejemplo un tanto caprichoso, el Euphagus cyanocephalusturpial ojiclaro o zanate de Brewer, porque acabo de oír su nombre en boca de una señora con boina en Los pájaros, esa célebre película de Hitchcock.

Antes de dejar esta página citaré la Abies cephalonica o abeto de Cefalonia: ¿está κεφαλή en ese específico, o no está?  Dicho de otro modo: ¿la isla de Cefalonia deriva su nombre de la palabra κεφαλή "cabeza"?  Es muy verosímil, pero a ciencia cierta no lo sé.


lunes, 16 de marzo de 2026

De cabeza

 De cabeza, como de costumbre, nos tiramos por nombres botánicos relacionados con ella, en espera de que abunden.  Pues, en efecto, las ideas de "cabeza", "mano", "pie", "boca" y demás partes importantes del propio cuerpo albergan siempre una nutrida serie de acepciones metafóricas debido (como habré escrito ya una docena de veces, y ruego me disculpen por ello) al hábito de proyectar sobre el mundo la imagen propia.  Gracias a la proyección del microcosmos sobre el macrocosmos, el mundo posee ombligo, y arriba, y abajo.  Y, por supuesto, aquello que no entendemos no tiene ni pies ni cabeza.

Pues bien, para "cabeza" el antiguo griego dice κεφαλή /ke-fa-leé/.  Es una voz trisílaba muy reconocible, creo, y supongo que muchos la identifican en cefalópodo, por ejemplo (a los pulpos los ha bautizado la ciencia como "cabezapiés"), o en acéfalo "sin cabeza".  Como en cualquier otro idioma, en griego abundan los derivados, y hubo montes que se llamaron Cinoscéfalos "cabezas de perro", y pueblo denominado cefalótomo o "cortacabezas" (en el Cáucaso: lo cuenta Plinio).

De los binomios comienzo por Cephalanthera, el primero que me ha venido al magín, pues por alguno hay que empezar.  Este género de orquídeas combina nuestra palabra con el latín botánico anthera "antera": este femenino del adjetivo griego ἀνθηρός /an-zee-rós/ "florido" ya se encuentra en Plinio para significar cierto remedio floral; pero Lineo lo divulgó para indicar la parte del estambre, generalmente globosa, donde se alberga el polen, debido a que esa parte se vuelve del todo visible en plena floración.  La Cephalanthera debería su nombre a unas anteras voluminosas.

Otro género cabezudo es Cephalaria, una caprifoliácea.  Entre ellas he visto la C leucantha, y al parecer tiene éxito en jardinería la C gigantea.  En el nombre de este género parece haberse añadido a la voz griega el sufijo latino -arius (salarius, solitarius, summarius) correspondiente al castellano -ero (salero, soltero, somero).  Cephalaria significaría, pues, algo así como "cabecera".

El nombre de la Cephalaria lo toma, no sé si en vano, una llamada "cabezuela", la Centaurea escabiosa también llamada Centaurea cephalariifolia o cephalariaefolia (de ambas formas he encontrado el nombre): supongo que sus hojas tienen parecido con las de la Cephalaria.

Añado aquí una carnívora australiana, Cephalotus follicularis, porque da nombre a todo el género, que ella sola compone: las cefalotáceas.  ¿Se combina aquí la voz "cabeza" con el griego οὖς τός /úus oo-tós/ "oreja", como he leído en una página de internet?  No lo tengo claro.

Ya que "cabeza" tiende a designar cualquier remate esférico, y hay plantas que se llaman "cabecera" o "cabezuela", recuerdo ahora que orillas del Ebro se producen excelentes alcachofas, y de sus exuberantes matas se cocina no sólo el capullo floral, sino también las pencas.  Por eso en las tiendas de por aquí no se llamaban "alcachofas" sino "cabezas".  La primera vez que oí "¿no te quedan cabezas?" me sorprendí tanto como cuando cierta mujer, tras una ojeada al mostrador del carnicero, declaró pesarosa:  "Ya veo que no te queda carne"... ¡y había allí de todo, lomos de cerdo, grandes magros de ternera, conejo, pollos!  Ah, pero en este pueblo, en el milenio pasado, carne, carne era sólo la de cordero.  Ahora es agua pasada, y difícil será oír tales expresiones, si no es a algún viejo.

Y ya que me despeño por la vía de la digresión, y ha salido la palabra difícil, un último comentario antes de abandonar esta página que ya se alarga.  ¿Ha notado la amable lectriz, el avisado lector, cómo de un tiempo a esta parte desaparece ese adjetivo del panorama teleñol?  Ahora está mal visto, al parecer, declarar nada difícil: todo es complicado.  Apostaré que el eufemismo viene del inglés (el galán de la peli californiana, con dificultades para explicar su ruptura con la moza: "es complicado").  En la tele patria han cogido tal tirria al adjetivo difícil que rozan lo ridículo:  "La noche ha sido complicada".  (La noche había sido dura o difícil, pero ¿complicada? ¡Si la cosa era sencillísima: no paraba de llover!)  Ay, qué ganas de hablar largo y oscuro.

jueves, 26 de febrero de 2026

En casa II

 En latín "casa" se dice domus, sobre todo en abstracto, como residencia u hogar (el edificio es aedes).  Por eso domus puede significar la casa, la familia, incluso la patria, y la misma extensión semántica puede adquirir su adjetivo domesticus: cuando se critica por anglicismo doméstico en sentido de "nacional", si bien es verosímil anglicismo, tampoco a la historia de la lengua repugna ese uso, ya viejo, en el mismo latín.

De domus deriva el nombre del amo de la casa: dominus, y de dominus sale el verbo dominare, y una larga porción de términos que no vamos a explorar aquí.  Pero encuentro en el diccionario de Font Quer el término dominancia, aplicado a la expresión de un gen frente a la del homólogo (la entrada es larga y detallada) y, en el mismo campo semántico, una palabra que nunca habíamos oído, dominigén.

También he encontrado por ahí una Typha domingensis bautizada por Persoon, supongo yo, pero no sé si porque la halló un domingo, o en la finca de un tal Domingo, o en la isla de Santo Domingo: todos esos domingos son resultado regular castellano de dominicus "del señor" (acentuado domínicus; en España hemos allanado esa esdrújula para nombrar a los dominicos, la orden de predicadores de santo Domingo de Guzmán).

Dicho sea de paso, dominus da dueño, y esta palabra está entre las primeras documentadas de nuestro idioma, pues se lee en las glosas de San Millán de la Cogolla en la forma duenno (aún no consolidada la letra Ñ, que resulta de poner una N sobre la otra): la diptongación de la O breve tónica, típica del castellano, no se produce cuando dominus es un proclítico de respeto: entonces queda mutilado en ese don que aún hoy ponemos a los caballeros respetables (dom para ciertos curas y frailes).  Lo mismo ocurre con dueña (resultado de domina), que es doña cuando es proclítica, esto es, átona.

He encontrado una curiosa acepción botánica del sustantivo doncel (derivado del dimimutivo dominicellus), pues figura en el diccionario botánico de Font Quer con el significado de "vegetal con ciertos caracteres de domesticidad" (aunque "domesticidad" no se define en el diccionario) por oposición a "bravo"; o también al que presenta sabores o colores suaves.

Pero el derivado de domus con más rendimiento en fitología es sin duda el adjetivo arriba mencionado domesticus, cuyo significado general, "casero", lo hace adecuado para toda planta que guarde relación estrecha con el domicilio humano.  Contra lo habitual, el equivalente griego οἰκεῖος /oi-keí-os/ apenas da juego en botánica; al menos yo no he dado con otro derivado que el raro vocablo eciófito, que encontré en el diccionario arriba citado con el significado de planta autóctona "cultivada deliberadamente por el hombre"; eso lo convierte, si no yerro, en sinónimo de "planta cultivada", porque no se me ocurre cómo puede haber cultivo sin deliberación o por descuido.  Si es así, eciófito no tiene sobre doméstico más ventaja que el exotismo.

Pero aún se puede leer en ese respetable léxico otra curiosa acepción de doméstico, de valor semántico restringido a "vegetal que no necesita la protección de un invernadero" debido a su capacidad para resistir nuestros inviernos.  Se me ocurre que esa acepción difícilmente podrá tener uso fuera del negocio de los viveros y la compraventa de plantas; no sé.

En binomios lineanos el domesticus lo encontramos en muchos vegetales, pero en particular en los frutales del huerto familiar: Malus domestica, Prunus domestica, Sorbus domestica.  Encuentro que también se ha llamado Iris domestica a la Iris germanica, y hay una variedad de Ficus carica caracterizada como domestica.  Claro es que también abunda en el campo de la zoología, para honrar (si ello es honra) a los animales que más estrechamente conviven con el humano: Passer domesticus, Gallus domesticus, Musca domestica &c.

El perro es tan de casa que ya, más que domesticus, es Canis familiaris: ha ingresado en la familia.  Larga es en el perro la vocación de perrijo.

martes, 24 de febrero de 2026

En casa

 "Casa": concepto importante para el humano, si ha abandonado el nomadeo.  A todos los campos toca, y por ello tampoco falta en el registro botánico.

Empecemos por el griego, que llama a la casa οκος /ói-cos/.  Los pijos imperiales tomaron prestada esta palabra para el living (como dicen al salón los pijos modernos) y Roma llamó oecus (transcripción de οκος) al cuarto de representación.  Si a nuestra vez adoptáramos oecus tendríamos en castellano eco, voz de confusión incómoda con el nombre de la ninfa ésa que repite voces ajenas.  Pero aunque no tenemos la palabra eco con el significado de "casa", sí la tenemos en ecología, ciencia que estudia la casa común que es la naturaleza.  (También está la casa en economía, pero no en ecografía, donde resuena la ninfa repetidora.)

Si a οκος le añadimos el prefijo μόνος /mó-nos/ "único", tendremos moneco, nombre de los vegetales cuyos gérmenes masculinos y femeninos conviven en un único pie; en cambio aquellos donde cada sexo tiene su pie se llaman diecos.  Sin duda es más frecuente oír dioico y monoico en lugar de dieco y moneco (formas que autoriza, con buen criterio, el diccionario de Font Quer), pero no por más corrientes son más correctas aquellas transcripciones, equivalentes a decir oicología, oiconomía u oinología en vez de ecología, economía o enología.  De igual modo, frente a dioecia y monoecia habría que preferir (si al buen estilo de transcripción nos atenemos) diecia y monecia.

Y luego está la poliecia, como si dijéramos el arco iris sexual de los vegetales, o coexistencia en el seno de una misma especie de opciones sexuales diversas.  El diccionario afirma que aquí está la voz οἰκία /oi-kí-a/, que también significa "casa"; yo no veo por qué no aceptar esta misma voz como componente de diecia y monecia.

Con el prefijo de compañía tenemos sineco, adjetivo aplicado a "plantas o inflorescencias donde coexisten flores femeninas y masculinas".  Aquí también tenemos la variante sinoico y sinecio.  Como sustantivo, Villar definió sinecio como una "cohabitación botánica individualizada", de donde la sineciología o "estudio fitogreográfico de las sinecias": Rufo Mendizábal recomienda sinecología en vez de sineciología, pero entonces habría conflicto porque al parecer sinecología pretende ser sinónimo de "fitosociología".  No sé si me he aclarado con esto: tendré que repasar esta noche.

Al conjunto de órganos femeninos se ha llamado gineceo, que es pura transcripción de γυναικεῖον /gy-nai-kéi-on/, nombre que recibía la parte de la casa donde se encerraba a la mujer en aquellos tiempos machistas y patriarcales.  En gynaeceumgineceo no hay οκος que valga, pero sí en el sinónimo ginecio, formado con γυνή /gy-neé/ "mujer" y usado sobre todo, parece, en medios anglosajones: está tomado del latín botánico gynoecium.  Si me hubieran preguntado mi opinión, yo hubiera preferido gynoecus esto es, gineco (como moneco, dieco, sineco y meteco).

La palabra androceum (androceo) se ha creado en latín botánico, si no me equivoco, sobre la falsilla de gynaeceum (porque en aquellos siglos tenebrosos de Pericles y Aspasia no había un lugar específico para los varones en la casa, sino que toda era de ellos.  ¡Abusones!  Pero, espera...  No, no, me equivoco, había un lugar exclusivo para varones --y suripantas--, el andrón, que no sé por qué en Roma acabó significando cierto corredor; pero esa palabra no ha pasado a la botánica que yo sepa).

Antes de abandonar el griego (las formas latinas para "casa" las dejo para otro momento) quiero incluir aquí la voz domacio, que describe la estructura que el árbol mirmecófilo construye para albergar a las hormigas.  El diccionario de Font Quer afirma que la palabra viene del latín domatium pero, con el debido respeto, quiero añadir que domatium no deriva de domus sino que es la latinización del griego δωμάτιον /doo-má-ti-on/ "casita", nuevo diminutivo para añadir a nuestra colección, en este caso de δῶμα /dóo-ma/ "casa".



jueves, 19 de febrero de 2026

Quercus


La claridad de la nomenclatura científica da un sentido luminoso a la voz Quercus.  Pero, al contrario del botánico, al latinista peatón le cuesta averiguar a qué especie botánica alude esa palabra.  ¿Al erguido carballo?  ¿A la cenicienta encina?  ¿Al friolero alcornoque?  ¿Sentía, el hablante de hace dos mil años, la unidad que hoy reconocemos entre el empinado roble y la humilde coscoja?  Ay, preguntas sin respuesta, al menos para este ignaro.

Así pues, como nada sabemos, nos lanzamos a pontificar.  Tarde es ya para volver atrás.  Y pensar que comencé estas páginas con el modesto afán de promover la pronunciación clásica de /kuér-kus/ en lugar de /kér-kus/.  Adónde nos lleva el cándido dejarse llevar...

Antes de entrar en materia (que entraré muy poco, porque ya adelanto que tengo recogida mucha información, pero muy poco digerida), quiero referirme, con perdón, a un problemilla mío: sea por la paronomasia o por el género femenino, cuando oigo hablar de la chêne pienso en la familiar encina, y no en los tiesos arbolazos que pujan allá al norte, en más húmedas comarcas; aunque el parisino, la verdad sea dicha, más bien a tales gigantes se refiere, pues para nuestras Quercus de secano el francés necesita determinantes: chêne vert (encina), chêne-liège (alcornoque), chêne-kermès (coscoja).

Habrá lector que, más agudo o más afortunado, se sonría con estas dificultades.  Pero las menciono precisamente porque tengo la sospecha vehemente de que no me afectan solo: antes, al contrario, la tendencia mesetaria es traducir mecánicamente chêne por encina.  Cojan, por ejemplo, el diccionario de latín más difundido en los institutos españoles en los amenes del siglo XX: ¿qué traducción da para quercus?  Encina.  En mi opinión se debe a que, como evidencia este y otros muchos ejemplos, el diccionario mencionado es básicamente traducción del léxico latino-francés de Félix Gaffiot, benemérito trabajo a pique de cumplir su primer siglo.

En cuanto al diccionario de griego clásico más usual en nuestros pagos (transparente versión, por su parte, del ya más que centenario léxico griego-francés de Anatolio Bailly), da para δρς el significado de "encina", pese a que el de "roble" es mucho más exacto.  ¿Por qué?  En mi opinión, porque Bailly interpreta chène, y la conocida tendencia...  Pero para ver que con δρς los botánicos entienden más bien Quercus robur, de hojas lobuladas, basta fijarse en el específico chamaedrys (ya comentado aquí) donde es la forma de las hojas lo que justifica, según consenso general, ese epíteto de "roble de suelo" o "roble enano" para un Teucrium que, por lo demás, también es designado como quercula, diminutivo de quercus.

(Dicho sea de paso, en la red afirman que la Veronica chamaedrys se llama así por el parecido de sus hojas con el Teucrium chamaedrys.  ¡Ay!  De parecido en parecido puede suceder como en ese juego de pasar información de boca en boca, que al final es irreconocible la frase del comienzo.)

***

Esta página tengo escrita hace meses e, incapaz de darle continuación o reforma, la publico hoy con el fin de desatascar mi espíritu, lamentablemente encallado en quercus...  Era mi propósito desenredar la madeja de mis perplejidades.  ¿Las famosas encinas de Dodona, eran encinas, o eran más bien robles, o qué eran?  Cuando Homero a las δρες las llama ψικαρνοι /hypsikareénoi/ "de alta copa", ¿habla de encinas, como se suele traducir, que aquí se llaman también chaparros --y achaparrado es un adjetivo muy reñido con la altura-- o más bien de otros árboles?  Por cierto que esa cita homérica (Ilíada 12 132) la eligió para presidir su Guía de árboles y arbustos el sabio Ginés López, de cuya muerte, el verano antepasado, acabo de tener noticia.

En fin, si consigo abrirme las venas de la ignorancia, no descarto escribir algo de más sustancia sobre este asunto, muy interesante pero del que ahora me alejan otros, con más fuerza gravitantes sobre mi espíritu voluble.

Tenía planes ambiciosos cuando puse ahí esa imagen, tomada en la hermosa catedral de San Beltrán de Comines, para ilustrar el abundante uso heráldico del Quercus, sea roble, sea encina, sea lo que sea...  De momento, yo nada sé.  Al fin y al cabo, la nomenclatura botánica, toda ella, se ha constituido precisamente para tratar de subsanar la mezquina capacidad de los idiomas naturales para describir con precisión la naturaleza.

martes, 13 de enero de 2026

De vértebras y verticilos II

 Continúo, pues, con las voces botánicas que vienen de vértere/vórtere, sin ánimo de agotar el asunto.

Ya queda escrito envés, o parte inferior de la hoja, voz que viene de la latina inversum.  Es algo cómico, pero ese mismo inversum da (a través del francés envers) nuestro anverso, que significa justo lo contrario (anteversus suena a creación ad hoc).  Quizá para evitar confusiones, para el anverso de la hoja el botánico ha preferido usar la palabra latina "cara", esto es, facies, de donde viene nuestra haz (y nuestra faz).  Por cierto que Font Quer aconseja evitar la expresión el haz (que las reglas piden para esta haz, femenina como facies) a fin de rehuir la confusión con el haz masculino (que viene de fascis "manojo").

Veo que reverso y reversión también tienen acepción botánica, pues son acogidos en el diccionario de Font Quer; allá puede consultarlos quien lo desee.  Yo lo omito aquí porque estoy cogiendo un poco de manía al verbo revertir, latiguillo hoy en los medios, al menos en los peninsulares, que lo emplean a troche y moche, casi siempre con el significado de "invertir".  Apuesto a que lo sacan del inglés.

También es botánica la expresión vertiente centrífuga, para designar la capacidad de algunos árboles (abedules, chopos, fresnos, tilos) de expulsar el agua de lluvia a la periferia, mientras que los de vertiente centrípeta la orientan hacia el tronco, así tejos o plátanos: éstos, al contrario que los centrífugos, facilitan el establecimiento de epífitos.  Creo que nunca había oído o leído esas vertientes, pero se explican muy bien desde el moderno significado de verter.

En divértere (permítaseme el abusivo acento; en principio este verbo significa "tirar cada cual por su lado") está, en efecto, la idea de apartarse, de distanciarse: nos divertimos, en el hodierno sentido, cuando nos apartamos del camino trillado, abandonamos la vía rutinaria para entrar en la amena posada (en latín llamada, por cierto, deversorium).  Los romanos llamaban divortium a la divisoria de aguas; en nuestro divorcio no son las aguas las que se apartan.

Me parece que entre devértere y divértere, verbos en principio distintos, ha debido de haber más de una confusión.  De hecho, lo que llamamos en castellano divertículo alterna ya en latín entre las formas deverticulum y diverticulum, con el significado de "digresión", "vía secundaria", "posada" &c.  Los divertículos se han puesto de moda en la clínica: antes nadie tenía, ahora salen donde menos te lo esperas.  Pero también en botánica hay divertículos, véase, si no, cómo los define el diccionario de Font Quer: "tubo ciego o apéndice sacciforme que se origina en una cavidad de mayor importancia".

De ese diccionario falta vorticela, como es natural, pues cae fuera de la botánica.  He tratado de averiguar bajo qué etiqueta andan ahora las vorticelas, y he dado con una clasificación que debe de ser buena porque no he entendido nada.  Me consuela pensar que al menos entiendo porqué Lineo bautizó así a la Vorticella (si es que el nombre lo puso el sabio sueco): el animalito, digo el alveoladito, se alimenta gracias al pequeño vórtice, o torbellino, que provocan los cilios de su copa.  Habrá que añadir Vorticella al ya nutrido grupo de diminutivos latinos en biología.

Entrando, pues, en los binomios botánicos, encuentro que vértere triunfa sobre todo en los específicos.  Ahí, por ejemplo, el verbo divértere cede su participio diversus para indicar la variedad de formas (interpreto yo), frente a varius o variegatus referido más bien al color.  Espero que me den la razón, por ejemplo, un Phaselus diversifolius, una Viola diversifolia y, según tengo aquí apuntado, el Lepidium perfoliatum bautizado por alguien Crucifera diversifolia.  También hay diversicolor y diversiformis, aunque no conozco ejemplos (saco este dato del Botanical latin de Stearn).

Uso parecido ha recibido el participio versus en la Bellardia trixago, llamada también Bartsia versicolor, supongo que debido al impredecible tono de sus flores, amarillas en unos pies, blanquirrosas en otros.  Y me consta también una Myosotis versicolor (también llamada M discolor).

Termino este repaso vertiginoso con el término verticilo, concepto de enjundia, según el diccionario de Font Quer: ahí se afirma que procede "del latín verticillus, rodaja".  Yo hubiera dicho que verticillus (diminutivo de vertex, como Vorticella lo es de vortex) designaba más bien el peso con que se aumenta la inercia de giro en el huso, durante la operación de hilado; aunque quizá ese peson de fuseau (como lo llama Gaffiot) sea una rodaja de metal o de piedra.

De los muchos específicos que contienen verticillus (siempre bajo la forma del pseudoparticipio verticillatus) elijo, casi al azar, un ejemplo femenino, la Malva verticillata, otro masculino, el Scleranthus verticillatus, y como neutro el Galium verticillatum.

Cerca, pero fuera de la botánica, encuentro hongos del género Verticillium, causantes de dolencias llamadas verticilosis.  La diosa Flora nos libre de ellas.

sábado, 3 de enero de 2026

De vértebras y verticilos

 El otro día, escribiendo del verbo στρέφω "girar" (a propósito de Streptopus) comprobé con sorpresa que su correspondiente latino, verto, no había caído aún por estas páginas.  Eso me pareció deplorable por cuanto ese verbo, importante por sí, provee destacadas voces fitológicas, y no digamos del castellano común, desde verter y sus derivados (advertir, convertir, divertir &c), con muchos cultismos (diverso, inverso, vértice, vórtice, vértebra &c), y buena porción de palabras patrimoniales (divieso, doblete de diverso; envés, doblete de inverso; revés, doblete de reverso; través y travieso, dobletes de transverso &c).

La fronda de palabras derivadas de verto (infinitivo vértere) abarca todos los ámbitos de la lengua, lo agrícola y lo lírico, lo material y lo espiritual.  Creo que ya tuve ocasión de aludir a versus, participio de vértere, y luego sustantivo en -U trasladado de su sentido originario, material ("vuelta", "giro", en particular del arado en la huebra), al progresivamente abstracto de "línea de escritura" y "verso".  No es un caso aislado en esta familia.  Y encima los angloparlantes aún le han sacado otra utilidad a versus, y lo han convertido, sin culpa alguna de los romanos, en la preposición "contra" (Minerva los perdone).

De vértere sale vertex o vortex "remolino" (variantes morfológicas, en principio sinónimas, aunque no lo son sus hijuelas vértice y vórtice): designaron además el punto donde los cabellos giran (propter flexum capillorum, dice Quintiliano).  De ahí el vértice de la cabeza y, por extensión, el de cualquier objeto, singularmente una montaña.  Yo sospecho que en el significado de "cima" o "punta" ha debido de influir el pico de la peonza, pico al que cuadraría bien el nombre de vértice.

Vertex genera el adjetivo verticalis: su significado abstracto ya se encuentra en el latín de la antigüedad y yo lo creo derivado (hay otras explicaciones, pero no me convencen) de una necesidad física bien conocida por quien instala puertas, cuyo funcionamiento exige perfecta verticalidad.  Las bisagras de la puerta se llaman verticulae y también verticulum (el griego llama al gozne στροφες, de στρέφω).

No menos gira nuestra cabeza sobre las vertebrae (palabra interesante para la biología, pues el marchamo de vertebrata abraza una entera rama de seres vivos, y los demás se describieron por su ausencia: evertebrata o "desvertebrados").  Hay razones para pensar que vertebra (que también significó "bisagra") primero designó, en anatomía, a las vértebras próximas al cráneo, las que dan giro a la cabeza a diestra y siniestra; y que luego el término se extendió al resto de ellas, cervicales o no (y también giran el cuerpo, pero menos).

Hablando de girar, un giro se llama vertigo en latín (pronúnciese ver-tí-go), y también una cabriola, y asimismo el hecho de que la cabeza nos dé vueltas.  En castellano nos hemos quedado con el último significado mondo; pero ¿de dónde nos hemos sacado la esdrújula?  Ni se sabe.  Es un latinismo mal construido, un nominativo mal leído: la misma prevaricación infligimos al impétigo y el vitíligo.  (La forma culta de vertigo sería vertígine, y la patrimonial podría haber sido vertigen --como origen.

Y con el sufijo -ago (muy frecuente en plantas: Plantago, Plumbago, Solidago), tenemos el vertilago, nombre que tuvo el Eryngium campestre o cardo corredor, conocido especialista en dar vueltas.

El diccionario de Gaffiot informa de que vertipedium es nombre latino de la verveine, y yo supongo que se refiere a la Verbena officinalis, y no a la Lippia triphylla, originaria, según la red, de América del Sur (y ahora llamada, al parecer, Aloysia citrodora, esto es, "Luisa de olor a limón").

La familia de verto (o vorto) es amplísima y muy entretenida de transitar, pero esto se alarga demasiado y trataré de limitarme a los usos botánicos.  Ahora bien, ¿no será mejor dejarlo aquí de momento?

Sí, lo dejo y, hablando de girar, ya que un año más ha completado su giro, aprovecho la ocasión de expresar mis buenos deseos para el incauto lector, la benévola lectriz, en el nuevo giro que comienza, encomendando su cuidado al viejo dios Vertumno (hace dos mil años Vertumnus o Vortumnus), divinidad protectora de los giros y revueltas estacionales.

Hoy 3 de enero son los días de Marco Tulio, el célebre orador, Cicerón si así lo prefiere, nacido en Arpino, Italia, hace dos mil ciento treinta y dos añitos.