sábado, 30 de mayo de 2026

Sobre cierto parentesco de la S y la H

 La hache, la pobre, es el basurero de las consonantes: cuántas desaparecen en el desaguadero de la aspiración (sonido, en principio, representado con H, por más que para los hispanos esa letra sea enteramente muda, esto es, no corresponda con ruido alguno).  Me acuerdo del civil gaditano que alababa nuestra huerta, por ser mehón terreno (mejor tierra de cultivo, entendía yo) o la ministra poderosa, hoy menos, que luchaba, generosa ella, para protegernos de loh víruh (o sea, los virus).

Ahora me refiero a un caso concreto pero mucho más antiguo: de antes de que hubiera ministros o andaluces.  Y me atrevo a ello porque veo que las de contenido gramatical están entre las páginas más leídas aquí; así que, ¿quién sabe si lo de la S y la H no interesará también a algún lector?

Salto veinte siglos atrás, y observo que una culebra se arrastra por el erial mediterráneo: serpit, dice el latino (o sea: "se arrastra"); ἕρπει /hér-pei/, dice en cambio el griego.  Quitado el final de palabra (cada idioma tiene su morfología) ¿no se ve parecido entre ambos verbos?  Serp-, herp-: donde en latín una S, en griego una H: porque ahí suelen ir a parar en griego las sigmas iniciales.  No es, pues, casualidad: es regla.

Así pues, al serpo latino responde el griego ἕρπω /hér-poo/ "reptar" (en griego la aspiración se representa con esa diminuta C que lleva de gorro la vocal inicial, y que transcribimos con una H).  He aquí por qué el serpens latino (el animal que repta, esto es, la serpiente) es más o menos el herpetón griego (que permite la herpetología, y llamarse herpetóloga a la experta en reptiles).

No se trata, una vez más, de que el latín venga del griego, como por error creen no pocos; sino que en ciertas voces del idioma ancestral que, comenzadas por S-, conservan el latín y el griego, en latín perdura la S- inicial, mientras que en griego se pierde en una aspiración (H-).

Otro ejemplo de S- inicial latina correspondiente con H- griega: al sal salis latino (la "sal", de género masculino en latín, y en algunas zonas de castellano) le hace pareja el hals halós griego.  Por eso ciertos elementos que engendran sales se llaman oportunamente halógenos (flúor, cloro, bromo, yodo, aprendíamos antaño).  En botánica, la planta que prospera en ambientes salinos es halófito "planta de sal", o halófilo "amigo de la sal".  He ahí, por ejemplo, el Daucus halophilus, subespecie del Daucus carota L (para las muchas subespecies de zanahoria, véase Flora Iberica).

En nomenclatura asimismo tenemos el Halopeplis amplexicaulis, cuyo sinónimo, no por casualidad, es Salicornia amplexicaulis (halo- = sali-).  Y al adjetivo latino salinus opone el griego hálimos "costero" o "marítimo" (en griego háls no significaba sólo "sal", sino también "mar", seguro que usted adivina por qué) presente en el Atriplex halimus, planta amante de la salinidad que ya Teofrasto llamaba hálimon.

En la Euphorbia paralias es más difícil de ver la háls (la sal), oculta en el adjetivo παράλιος /pa-rá-li-os/, sinónimo de hálimos y compuesto de παρά "al lado" y háls "el mar".

Es fácil, en cambio, reconocer la correspondencia entre S- latina y H- griega en los numerales, como ξ /héx/ "seis" frente al latín sex, o en heptá "siete" frente al latín septem.  Ahí tenemos, por ejemplo, el Hordeum hexásticum o la Filipendula hexapetala frente a la Elatine sexandra o el Sedum sexangulare; o la Cardamine heptaphylla o la Potentilla heptaphylla frente al Asplenium septentrionale, helecho amigo de la cara norte de las rocas.  En efecto, el norte para el romano lo señalan las siete estrellas de la Osa Mayor, llamadas en latín un poco arcaico septem triones "los siete bueyes".  De ahí septentrional, frente al griego ártico: bueyes u osas, la dirección es la misma.

Por cierto que en entomología es frecuente el adjetivo siete: por ejemplo en la Coccinella septempunctata o en la célebre Magicicada septendecim o "cigarra mágica diecisiete".

También en el número uno se halla la oposición S/H que repasamos aquí, aunque más difícil de percibir.  Tomemos por ejemplo la palabra simplex, de la que hemos hablado alguna vez: a ella corresponde en griego haplús, de donde sale el género Haplophyllum: "hoja simple" significa.  En simplex, la idea de "uno" está en sim-, que corresponde al griego hén-, quizá reconocible para el europeo culto en la palabra hendecasílabo o "verso de once sílabas" (héndeca = úndecim = uno-diez = once).  ¿Por qué escribimos endecasílabo sin H?  Pues porque hemos tomado la palabra de los italianos, raza que en el medievo se propuso acabar con la H (sin conseguir más que un bonito lío).  Recuérdese que el endecasílabo lo pusieron de moda Dante y Petrarca, y aquí los aclimataron los italianizantes Boscán y Garcilaso: la falta de H en endecasílabo es un buen ejemplo de la autonomía de lo gráfico, y de su persistencia (o de la ignorancia o, más bien, el descuido ortográfico de nuestros humanistas).

Para ir acabando, comparemos el latín semi- con el correspondiente griego ἡμί-, que ya vimos en ἡμίονος "mula" y, en terminología botánica, en hemicriptófito, hemiparasito, hemiploide y una buena porción de términos más (basta consultar los diccionarios).  En los géneros florales, véase Phyteuma hemisphaericum, por ejemplo, frente a Bupleurum semicompositumCerastium semidecandrumAgrostis semiverticillata y unos cuantos más.

Y ya que hemos escrito hace poco del Hyoscyamus, compárese el nombre del cerdo latino, sus, y sus parientes los suidos, con ese hyos- que en el nombre botánico representa la idea "de cerdo", pero en lengua griega.

sábado, 9 de mayo de 2026

Verdolaga II

 


Encontré la foto de Nancy.  Ahí se puede ver que el color de la verdolaga francesa es más pálido que el de su prima de Aragón, quizá por ser aquélla una variedad cultivada.

Es claro que la voz castellana verdolaga proviene de Portulaca.  Las extrañas alteraciones fonéticas se explican: en mozárabe se documentan barduqala y bardilaqa  (sabido es que en árabe falta la P).

Ahora bien, ¿de dónde sale esa voz, portulaca?  Encuentro poco convincente la tesis de Corominas, que la deriva de portula (diminutivo de porta "puerta"; la "puertecilla" aludiría a la tapadera que cubre la simiente).  Porque, en efecto, portulaca es sólo una de las muchas formas de la palabra, que en Plinio es porcilacaporcillaca, en el falso Apuleyo porcastrum, en Oribasio porcillago, y porcacla en Rufino, por no citar otras variantes en latín popular y tardío.  Bien se ve lo común de las formas citadas: su comienzo remite al nombre romano del cerdo casero, porcus.

El puerco no es animal extraño en la nomenclatura botánica.  Ya lo vimos a propósito de la Hypochoeris, y lo encontramos en el nombre del ciclamen, pamporcino o pan de puerco (según dicen, porque es buen alimento para estos animales; no lo sé), y también en el beleño negro, cuyo género, Hyoscyamus, es voz griega y significa "haba de cerdo": ese "de cerdo" lo dice el genitivo ὑός /hy-ós/, mientras que κύαμος /ký-a-mos/ es "haba" en griego, bien se aluda a la semilla, bien a la planta toda.  La palabra κύαμος es interesante y daría juego, pero dejémosla para otro momento.

Dice Plinio (25 35) que hay tres clases de Hyoscyamus y que todas causan locura y mareos: omnia insaniam gignentia capitisque vertigines.  En ese paso, el beleño es también llamado apollinaris y altercum.

Por cierto, a propósito de Hyoscyamus, hallo que cierta página de la red afirma que su nombre griego alude al episodio en que Circe convierte en cerdos a los camaradas de Ulises "haciéndoles beber una poción a base de beleño".  ¿De dónde se saca eso?  ¿Por adivinación?  ¿O es obra de la inteligencia artificial que, como es sabido, carece de vergüenza?  Que yo sepa, ni Homero ni Teofrasto conocieron el beleño negro ni la voz οσκύαμος; y en el episodio citado de la Odisea no se habla sino de cerdos y de moly, aparte de que la apocerdosis de los amigos de Odiseo casi es más cosa de una varita que de una pócima.  Pero Alá es más sabio.

Comoquiera que sea, no veo la relación entre el cerdo y la verdolaga.  Quizá no la hay, y el parecido de porcillaca y porcus es fortuito.  Como me ha costado tanto quitar la Portulaca de mis tomates, me inclino a pensar que porcastrum podría venir de porca "caballón".  O de porcus "coño" (véase lo dicho sobre Hypochoeris) si se atiende a la Historia natural de Plinio, 20 213: purgationibus mulierum acetabuli mensura in sapa [prodest] "una copita en arrope favorece la menstruación femenina".  Pero es gastar imaginación en balde.  Una voz con tantas variantes bien podía ser un préstamo, y carecer, pues, de étimo comprensible para nosotros.

Teofrasto llama a la verdolaga ἀνδράχνη /an-dráj-nee/, nombre con que el sabio lesbio designa también a un madroño griego, el Arbutus andrachne de Lineo (αδράχνη en griego actual, que le ha quitado una N; si se molesta Vd. en mirar esa página, verá que hoy los griegos, al menos algunos, acentúan bien árbutus y no arbútus).  Ni que decir tiene que ἀνδράχνη parece un compuesto de νρ /a-neér/ "varón" (genitivo ἀνδρός /an-drós/) y la voz χνη /áj-nee/ "gluma", que vimos hace poco como étimo de Achnatherum; pero tal etimología (como la de aquél que pretendía que cínico venía de cinis) es insignificante y no conduce a nada.

Del nombre latino de la verdolaga sale en italiano porcellana, voz que, según unos, comparte étimo con el material cerámico; según otros, no; de eso ya quedó algo escrito.

En cuanto a su denominación en francés, pourpier, hay acuerdo en que viene del nombre medieval de la verdolaga, pulli pedem "pie de pollo" (en el siglo XVI se documenta pied-poul, hoy piépou).  De hecho fue la búsqueda de pies en la nomenclatura lo que me ha traído a la verdolaga.  Además de este pourpier de campo, los franceses tienen un pourpier de mer que es el Atriplex halimus.

viernes, 8 de mayo de 2026

Verdolaga en huerto

 


Hace tiempo no aparecen por aquí historias del abuelo Cebolleta, así que ahí va una.  (Para ilustración de la juventud ignorante añado una imagen de ese abuelo, personaje de La familia Cebolleta de Manuel Vázquez: el abuelo tendía a contar batallitas y sus parientes, por no oírlas, sin falta salían corriendo.)

Pues bien, una vez me desvié de la ruta para echar un ojo a la ciudad de Nancy, la capital de Estanislao Leszczynski (el rey francés, su yerno, le había regalado Lorena como consuelo por la doble pérdida de la corona polaca).  Las guías ponen Nancy por las nubes, pero una larga experiencia me hace sospechar de las guías francesas, que se derriten en cuanto asoma una reja negra con rocallas doraditas.  Por suerte, de las ciudades me gusta todo, no sólo las rejas (doraditas o no), y Nancy no me decepcionó, aunque no pude dedicarle más de cuatro o cinco horas.  Entre otras, di una vuelta al mercado central, algo vetusto, y allí me llevé una de las sorpresas más gordas de mi vida.

Debo aclarar que el año precedente había consagrado parte de mi tiempo a cultivar tomates, tarea nueva para mí.  Así que aprendí a manejar la azada y la jadilla, a arar con la mula mecánica, a disponer la cacera de riego, a montar tutores para las tomateras, en fin, todas las pequeñas tareas al aire libre que constituyen el grato oficio de hortelano... y a todas las cuales he renunciado hoy, porque el tiempo es poco y otras cosas me reclaman al aire libre.

Pero entonces disfrutaba de lo lindo, como sólo disfruta el aprendiz, y uno de los nuevos empeños era el de eliminar la competencia vegetal arrancando intrusos con la binadera, herramienta provista de largo mango para doblar el espinazo lo menos posible.  Ahí trabé contacto con la terquedad botánica, representada sobre todo por dos plantitas que, por mor del tomate, calificábamos de "malas hierbas": una pequeña gramínea de extraordinaria tenacidad, y otra planta no tan pequeña pero de fecundidad comprobada, pues no había forma de suprimirla y siempre regresaba por varios frentes a la vez: sus tallos rastreros, cilíndricos y jugosos, tenían un tono amarillento que tendía al rojizo, si no eran del más elegante rojo ladrillo; sus hojuelas, también suculentas y de un verde vivo, salían por pares de esos tallos, y al cabo de los tallos solían aparecer unas diminutas flores amarillas.

Júzguese de mi sorpresa cuando veo en un puesto de Nancy la misma hierba que durante un año he tratado de erradicar ofrecida al público a un precio superior al de los tomates.  La verdulera tuvo la amabilidad de explicarme que el pourpier era muy apreciado como complemento de la ensalada, por su sabor fresco y acidillo (que me propuse probar apenas regresara a mi huerto).

Mi conocimiento de nombres de plantas era entonces aún menor que el de ahora, y hube de buscar pourpier en los diccionarios.  Resultó que yo conocía la planta, pero no el nombre, y a mi vez conocía el nombre castellano, pero no la planta; quiero decir que no casaba, como es debido, nomen y res.  Porque aquel vegetal temoso que no había forma de extirpar de mis tomates no era otro que la verdolaga, palabra que yo había leído infinidad de veces sin poner cara a esa hierba.

Y, como suele suceder en tales casos, comencé a ver verdolagas por todas partes, y advertí que es capaz de desarrollarse con éxito en los más inhóspitos lugares, aun los más desnaturalizados --quiero decir humanizados.  Y comprendí la exactitud de la expresión como verdolaga en huerto, dicha de cuanto se halla a gusto y cunde a placer: lo había experimentado a costa de mis tomates.

Ya he contado la batallita.  Ahora voy a ver qué aprendo sobre Portulaca y, de paso, a ver si encuentro la foto que saqué en el mercado central de Nancy.

sábado, 25 de abril de 2026

De pies II

 


Vamos, pues, al otro idioma botánico, o al principal según se mire: en latín "pie" se dice pes (genitivo pedis) y encontramos esta palabra, acompañada del genitivo de la voz capra "cabra", en la Oxalis pes-caprae.  De esta oxálide pie de cabra casualmente tomé hace pocos días la foto de esta entrada.

No tengo más registros en nomenclatura moderna, pero pes debió de ser muy frecuente en terminología prelineana, pues hallo el nombre de pes cati o "pie de gato" para la Antennaria dioica, el de pes corvi o "pie de cuervo" para el Ranunculus bulbosus, y el de pes corvinus o "pie corvino" para el Plantago coronopus (el último, traducción evidente del nombre griego).  Sin duda habrá muchos más, de unos y otros.

En posición final, encuentro pes determinado por adjetivos.  Con uno de ellos, laevis "pulido" (de él escribí en una página titulada Levigatus), encuentro la Cruciata laevipes y la Draba laevipes (D dubia ssp laevipes): entiendo que el específico significa "de pie pulido" (o quizá "de pedúnculo liso" &c).  Otro adjetivo, crassus "grueso", lo lleva la Eichhornia crassipes (el invasivo camalote o jacinto de agua): crasípede valdrá "de pie grueso", supongo que en alusión al engrosado pedúnculo foliar "con tejido aerenquimatoso" (dixit wiki).

Hay un "pie de elefante": la Dioscorea elephantipes, planta que llaman "pan hotentote" y que, según veo en la red, es apreciada como ornamental.

Contiene la voz pes un gentilicio que aparece en la nomenclatura, pedemontanus, pero aquí el pes pedis no alude a tallo, pedúnculo o pedicelo alguno, sino a lo que en mi tierra llamamos somontano, esto es, la inmediata proximidad del monte.  El "pie de monte" dio nombre a un estado alpino, el Piamonte o Pedemontis (como se latinizó): región italiana de donde proceden o donde se describieron la Artemisia pedemontana, la Cruciata pedemontana y supongo que muchas especies más.

De pedicelo, pedúnculo &c ya se trató en la página de diminutivos latinos.

Contra mi costumbre de desentenderme de los nombres llamados (a menudo con notable fantasía e inexactitud) vernáculos o populares, enumeraré a continuación los pies que, al recoger material para esta página, me han aparecido en botánica castellana.  Verá la docta lectriz, el ingenioso lector, que a menudo el presunto nombre vulgar no es sino la traducción del nombre botánico.

Así pues: pie de pájaro (Ornithopus compressus), pie de oca o pata de ganso (Chenopodium bonus-henricus), pie de corneja (Plantago coronopus, que ya vimos como pes corvinus en el herbario de Christian Egenolff), pie de liebre (Plantago lagopus), pie de gato (Antennaria dioica, que ya en latín botánico fue pes cati), pie de becerro (Arum italicum), pie de caballo o pata de mula (Tussilago farfara, llamada en francés pas d'âne), pie de paloma (Geranium columbinum o G sanguineum), pie de gallo (Lamium amplexicaule), pata de gallo (Potentilla reptans), pata de vaca (Cercis siliquastrum).  Seguro que hay muchísimos más.

Y basta de patas por hoy.

miércoles, 22 de abril de 2026

De pies

 De banda a banda, según costumbre: de la cabeza al pie.  Y para empezar, el pie griego, que es πούς /puús/ (genitivo ποδός /po-dós/).  No bien emprendo la búsqueda de pies en griego, me encuentro con que ya he publicado aquí más de uno.  Da igual.  Recapitularé, aunque me repita.

Comienzo con los nombres que llevan πούς al final, y el primero en aparecer es Coronopus (C squamatus, C didymus).  Coronópode significa "pie de corneja", pues corneja es en griego κορνη /co-roó-nee/.  Coronópode es también específico en el Plantago coronopus, llantén que ya en la antigüedad griega llevaba este nombre, κορωνόπους /ko-roo-nó-puus/ (en latín se acentúa corónopus).

Están también los géneros Micropus ("pie pequeño", si no me equivoco, una pequeña asterácea algodonosa según la wikipedia), Ornithopus ("pata de pájaro" o "pata de gallina", una fabácea), y Streptopus ("pie girado", al que dediqué unas líneas no hace mucho).

Y la gramínea Sphenopus (las mejores fotografías las encuentro en el blog  Flores silvestres de Aragón de Jesús Ruz y María Fustero), cuyo nombre viene de σφν /sfeén/ "cuña" y alude al engrosamiento de los pedicelos.  Que pedicelo deriva de pes "pie" ya quedó dicho, tratando de diminutivos.  Hay un equiseto fósil Sphenophyllum, en la nariz tenemos el hueso con forma de cuña: el esfenoides; y a un pingüinito lo han bautizado "cuñita", Spheniscus.

Entre los nombres específicos, al llantén arriba mencionado habrá que añadir el Plantago lagopus ("pata de liebre").

Ya salió aquí πόδιον /pó-di-on/ "piececito", pero olvidé indicar qué géneros contienen ese diminutivo de πούς.  Son muchos: Brachypodium ("patita corta", de βραχς /bra-jýs/ "corto", como en braquicéfalo; por aquí abunda en el encinar el B retusum), Chenopodium ("patita de ganso" --χήν /jeén/ "ganso", y con él toda la familia de quenopodiáceas), Clinopodium ("patita de cama" --κλίνη /klií-nee/ "cama"; ya en Dioscórides figura κλινοπδιον /klii-no-pó-di-on/ como nombre, en la tradición, del C vulgare o Satureja vulgaris), Conopodium ("piececito de piña" --κῶνος /kóo-nos/ "piña"; alude el nombre, parece, al particular tallo de esta umbelífera), Leontopodium ("patita de león" --λέων /lé-oon/, genitivo λέοντος /lé-on-tos/: ¿recuerda una pata de león la flor de nieve?), Pachypodium (παχύς /pa-jýs/ "grueso", como en paquidermo; en alusión al grueso tronco de estas apocináceas tropicales), Polypodium ("muchos pies", y éste es helecho).

Helecho creía yo que era el Lycopodium ("patita de lobo" --λύκος /lý-kos/), pero tiene al parecer grupo privado, Lycopodiophyta.  Y entre estos licopodiófitos existe todo un orden de Lycopodiales, con la familia Lycopodiaceae y, además de los géneros Huperzia y Lycopodium, uno diminuto al que han bautizado en oportuno diminutivo: Lycopodiella.

Entre las compuestas hay un género Podospermum que De Candolle bautizó así porque "la cipsela [...] tiene un notable pedicelo en su parte inferior".  Existe una Centaurea podospermifolia cuyas hojas, imagino, recordarán las del género anterior.

Por apurar los géneros que por una u otra razón tengo anotados, mencionaré el Podocarpus falcatus (ilustre representante de toda una familia, las Podocarpaceae), ahora rebautizado como Afrocarpus falcatus.  El fruto de esta familia sureña, o al menos el de algún Podocarpus, ha de tener pies por fuerza.

miércoles, 1 de abril de 2026

De cabeza IIII

 Vamos, pues, por la breve nomenclatura botánica formada con caput.

Por de pronto, la palabra misma está en el Taeniatherum caput-medusae (L) Nevski, nombre de lo más sugestivo, ya por la alusión a la cabeza de Medusa (la gorgona cuya mirada paralizaba, recuerden el mito de Perseo, y cuyos cabellos eran culebras sibilantes), ya por ese prestigioso apellido Nevski.  Por la red me entero de que en 1938 Sergio Arsénievich Nevski "se malogró" (así dice la wikipedia) sin llegar a cumplir los 30 años: la fecha es tan ominosa que he tratado de averiguar más de ese malogro, sin éxito.  Taeniatherum es una poácea cuyas ondulantes aristas hicieron pensar a Nevski, al parecer, en las culebras de la gorgona, cuando otra gorgona con bigote reinaba en Moscú.

Ya que estamos, ¿qué significa Taeniatherum?  El primer elemento con seguridad es ταινα /tai-ní-a/ "cinta" (en latín taenia, nombre también del parasito intestinal que llamamos tenia).  En cuanto al segundo elemento, es común, todo lo indica, con Arrhenatherum, Achnatherum, Piptatherum: entre gramíneas anda el juego.  Se trata, pues, de ἀθήρ /a-zeér/ "arista" o "espiga".  Si el primer género indica forma de cinta ("alude a la lema con aristas de base plana", afirma la wiki), en la segunda precede ρρην /ár-reen/ "viril", en la tercera χνη /áj-nee/ "gluma".  De la última se afirma que viene del verbo ππτω /píp-too/ "caer" y de therum "gluma": pero therum ni en griego ni en latín existe, que yo sepa (θήρ "fiera" aquí no pega ni con cola), y en mi opinión ahí está el mismo ἀθήρ que en Taeniatherum y los otros dos.

Que capitulum es diminutivo de caput, ya lo escribimos: en castellano tenemos el cultismo capítulo, de abundante uso en botánica.  Su doblete vulgar es cabildo, sin empleo en fitología, si no me equivoco.  Busco en el diccionario para asegurarme, y ahí veo cabillo que, como diminutivo de cabo, tiene legítimo lugar en esta página; y aun cabillejo, diminutivo doble.

¿Viene de caput la voz capullo, como se lee en alguna página?  El parecido, y acaso el sentido botánico, lo sugieren, pero es bien improbable.  Seguramente el étimo es el medieval cappellus, palabra relacionada con cappa y no con caput.  Cappellus da mejor cuenta de las varias acepciones de capullo ("capucha", "prepucio", "capullo").  En cualquier caso, hay complicaciones que no son de este lugar.

He encontrado en el diccionario que también las plantas, o sus órganos, tienen bíceps, esto es, dos cabezas: Font Quer no sólo indica la variante bicípite (para mi gusto preferible) sino que señala la sinonimia con bicéfalo, voz que tendría que habérseme acordado dos páginas antes.

Y luego están los -ceps: hay una Armeria multiceps Wallr. 1844 mencionada por Fabre como endemismo corso (con el nombre francés de herbe des mouflons y corso de erba muvrone) y según la red sinónimo de A leucocephala Salzm, a saber, "de cabeza blanca".  No conozco la planta, pero multicípite o policéfala era la hidra, y también la cabeza de Medusa (si contamos las de las culebras).

En su documental sobre plantas David Attenborough mencionaba la Saussurea laniceps, de grandes virtudes médicas al parecer, y basta echarle el ojo a esta planta del Himalaya para comprender que el específico describe su "cabeza lanuda".  (Por cierto que también hay por el Tíbet una espléndida Saussurea medusa, de lo que cabe deducir que la impresión de Nevski no era cosa aislada, y las referencias clásicas eran comunes, entonces, entre los científicos.)

Y ya no encuentro más caput en antófitos, porque hongo es el Claviceps microcephala, o Claviceps purpurea, mencionado hace poco.  En Claviceps el primer elemento es clava, nombre latino del basto, la maza, el garrote, la tranca, y en particular de la enarbolada por la heroica manaza de Hércules.

Menciono para terminar el Cordyceps militaris, cuyo étimo, para cierta página de la red, oscila entre κορδλη "maza" y κορδλος "renacuajo".  Ninguna de las dos palabras me resulta familiar, pero considerando que Lineo llamó a este hongo Clavaria militaris, yo diría que más bien el étimo es κορδλη /kor-dú-lee/, que si no me equivoco no significa "maza" sino "joroba" o "tumor", aunque el autor del nombre probablemente pensaba en crear un sinónimo de Claviceps.  Suponiendo que esto sea así, el neologismo me parece mediocremente formado, si parte de κορδλη.

Como estos hongos son cabeza de familia, habrá que incluir aquí las clavicipitáceas y las cordicipitáceas.  La atenta lectora se acordará sin duda de precipitar y de bicípite, y hallará fácilmente la cabeza que se oculta bajo esos palabros sesquipedales.

sábado, 28 de marzo de 2026

De cabeza III

 En latín a κεφαλή corresponde caput, y ambas voces tienen parecida serie de significados metafóricos: "extremo", "cima", "mando", un etcétera muy largo.  Cierto que el castellano cabeza no viene directamente de caput, sino de un derivado popular que sonaba algo así como *capitia.  Y sin embargo caput nos ha llegado como voz patrimonial, aunque casi siempre con sentido traslaticio.

Entreténgase el lector en repasar las varias acepciones de nuestra palabra cabo: y verá que todas responden, de cerca o de lejos, al concepto "cabeza": extremo de tierra que avanza sobre el mar; rango de quien manda un pelotón (o el ejército entero: en el medievo cabo significaba "general"); soga marinera (por frases como "tírame ese cabo", el extremo de la cuerda acabó designando a toda ella), y podríamos seguir un rato.  En efecto, cabo es el resultado castellano de caput (sonoriza la P intervocálica, U breve abre en O) y aún se nota su prístino sentido en modismos como "de cabo a rabo".

Lo mismo ocurre en otros idiomas: la P intervocálica de caput se mantiene sorda en italiano, pero todo el mundo sabe lo que es un capo de la mafia, y los que saben solfa conocen la expresión da capo "desde el comienzo".  La evolución peculiar de las consonantes francesas ha deformado bastante la palabra, pero chef aún vale "cabeza" en ciertos usos, y da el castellano jefe, doblete formal y semántico de cabo.  Y ahí está el cap catalán, con sus múltiples usos, todos derivados de su sentido original, "cabeza".

Pero todo esto, ¿qué tiene que ver con la botánica?  --Déjele usted, señora, déjele que se entretenga; que llore como palabrero lo que no alcanza como fitólogo.  --Pero es que se le va la olla.

La olla, ¿se fija usted?  El desgarro popular se sirve de maceta, crisma, cazuela, azotea, tiesto y mil formas más, todo por eludir la mención directa.  La tête francesa viene de testa, "maceta" precisamente.

Pero sí, debería dejarme de preámbulos y pasar a la nomenclatura botánica.  Si no lo hago, ni lo haré en esta página (avisada queda la paciente lectriz), es por un par de razones.  La primera, porque me apetece exprimir de caput un poco de jugo.  La segunda, porque en la búsqueda de terminología derivada apenas encuentro nada que echarme al blog.  Así que publicaré esto y me daré algún tiempo, por si tengo suerte.

Las vocales de caput son breves, y por esa razón se debilitan y convierten en I apenas abandonan el puesto privilegiado de comienzo o fin de palabra.  La U, pues, se hace I en los casos oblicuos (capitis capita capitum &c) y la misma apofonía sufre la A en los compuestos, por ejemplo en occiput "nuca".  Y ese fenómeno afecta a ambas vocales en, por ejemplo, praecipitare, literalmente "caer de cabeza".  ¿Quién reconocería caput en ese -cipit- de praecipitare?

Para acabar, pues, con las transformaciones de caput, quiero mencionar una última, la producida en los compuestos con numerales como biceps, triceps, quadriceps que significan "de dos cabezas", "de tres cabezas", "de cuatro cabezas": ahí se esconde caput en el -ceps final, más reconocible en los casos oblicuos: bicipitis, tricipitis &c.  Con escaso estilo, en castellano hemos naturalizado los nominativos latinos y decimos bíceps, tríceps, pero los italianos lo hacen mejor y hablan de músculos bicípite, tricípite y demás.

El adjetivo derivado de caput es capitalis y el lector reconocerá fácilmente ahí la palabra castellana capital: ante todo es un adjetivo que significa "de cabeza", y de ahí salen sus otros significados, incluido el de "importante" o "grave" (los crímenes o pecados con que te juegas la cabeza).  Pero es que además el resultado castellano de capitalis, muy fácil de obtener con las reglas (ya sabe, apoteca da bodega, y la pérdida de la débil postónica): resulta algo así como *cabidale > cabdale y con vocalización de la implosiva, caudal, hermoso adjetivo que se lee en Berceo y en Manrique (allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos) y que también gustaba a Antonio Machado, porque lo usa a menudo a pesar del arcaísmo (las águilas caudales de Campos de Castilla, esto es, el águila real o Aquila chrysaetos de Lineo).