jueves, 26 de febrero de 2026

En casa II

 En latín "casa" se dice domus, sobre todo en abstracto, como residencia u hogar (el edificio es aedes).  Por eso domus puede significar la casa, la familia, incluso la patria, y la misma extensión semántica puede adquirir su adjetivo domesticus: cuando se critica por anglicismo doméstico en sentido de "nacional", si bien es verosímil anglicismo, tampoco a la historia de la lengua repugna ese uso, ya viejo, en el mismo latín.

De domus deriva el nombre del amo de la casa: dominus, y de dominus sale el verbo dominare, y una larga porción de términos que no vamos a explorar aquí.  Pero encuentro en el diccionario de Font Quer el término dominancia, aplicado a la expresión de un gen frente a la del homólogo (la entrada es larga y detallada) y, en el mismo campo semántico, una palabra que nunca habíamos oído, dominigén.

También he encontrado por ahí una Typha domingensis bautizada por Persoon, supongo yo, pero no sé si porque la halló un domingo, o en la finca de un tal Domingo, o en la isla de Santo Domingo: todos esos domingos son resultado regular castellano de dominicus "del señor" (acentuado domínicus; en España hemos allanado esa esdrújula para nombrar a los dominicos, la orden de predicadores de santo Domingo de Guzmán).

Dicho sea de paso, dominus da dueño, y esta palabra está entre las primeras documentadas de nuestro idioma, pues se lee en las glosas de San Millán de la Cogolla en la forma duenno (aún no consolidada la letra Ñ, que resulta de poner una N sobre la otra): la diptongación de la O breve tónica, típica del castellano, no se produce cuando dominus es un proclítico de respeto: entonces queda mutilado en ese don que aún hoy ponemos a los caballeros respetables (dom para ciertos curas y frailes).  Lo mismo ocurre con dueña (resultado de domina), que es doña cuando es proclítica, esto es, átona.

He encontrado una curiosa acepción botánica del sustantivo doncel (derivado del dimimutivo dominicellus), pues figura en el diccionario botánico de Font Quer con el significado de "vegetal con ciertos caracteres de domesticidad" (aunque "domesticidad" no se define en el diccionario) por oposición a "bravo"; o también al que presenta sabores o colores suaves.

Pero el derivado de domus con más rendimiento en fitología es sin duda el adjetivo arriba mencionado domesticus, cuyo significado general, "casero", lo hace adecuado para toda planta que guarde relación estrecha con el domicilio humano.  Contra lo habitual, el equivalente griego οἰκεῖος /oi-keí-os/ apenas da juego en botánica; al menos yo no he dado con otro derivado que el raro vocablo eciófito, que encontré en el diccionario arriba citado con el significado de planta autóctona "cultivada deliberadamente por el hombre"; eso lo convierte, si no yerro, en sinónimo de "planta cultivada", porque no se me ocurre cómo puede haber cultivo sin deliberación o por descuido.  Si es así, eciófito no tiene sobre doméstico más ventaja que el exotismo.

Pero aún se puede leer en ese respetable léxico otra curiosa acepción de doméstico, de valor semántico restringido a "vegetal que no necesita la protección de un invernadero" debido a su capacidad para resistir nuestros inviernos.  Se me ocurre que esa acepción difícilmente podrá tener uso fuera del negocio de los viveros y la compraventa de plantas; no sé.

En binomios lineanos el domesticus lo encontramos en muchos vegetales, pero en particular en los frutales del huerto familiar: Malus domestica, Prunus domestica, Sorbus domestica.  Encuentro que también se ha llamado Iris domestica al Iris germanica, y hay una variedad de Ficus carica caracterizada como domestica.  Claro es que también abunda en el campo de la zoología, para honrar (si ello es honra) a los animales que más estrechamente conviven con el humano: Passer domesticus, Gallus domesticus, Musca domestica &c.

El perro es tan de casa que ya, más que domesticus, es Canis familiaris: ha ingresado en la familia.  Larga es en el perro la vocación de perrijo.

martes, 24 de febrero de 2026

En casa

 "Casa": concepto importante para el humano, si ha abandonado el nomadeo.  A todos los campos toca, y por ello tampoco falta en el registro botánico.

Empecemos por el griego, que llama a la casa οκος /ói-cos/.  Los pijos imperiales tomaron prestada esta palabra para el living (como dicen al salón los pijos modernos) y Roma llamó oecus (transcripción de οκος) al cuarto de representación.  Si a nuestra vez adoptáramos oecus tendríamos en castellano eco, voz de confusión incómoda con el nombre de la ninfa ésa que repite voces ajenas.  Pero aunque no tenemos la palabra eco con el significado de "casa", sí la tenemos en ecología, ciencia que estudia la casa común que es la naturaleza.  (También está la casa en economía, pero no en ecografía, donde resuena la ninfa repetidora.)

Si a οκος le añadimos el prefijo μόνος /mó-nos/ "único", tendremos moneco, nombre de los vegetales cuyos gérmenes masculinos y femeninos conviven en un único pie; en cambio aquellos donde cada sexo tiene su pie se llaman diecos.  Sin duda es más frecuente oír dioico y monoico en lugar de dieco y moneco (formas que autoriza, con buen criterio, el diccionario de Font Quer), pero no por más corrientes son más correctas aquellas transcripciones, equivalentes a decir oicología, oiconomía u oinología en vez de ecología, economía o enología.  De igual modo, frente a dioecia y monoecia habría que preferir (si al buen estilo de transcripción nos atenemos) diecia y monecia.

Y luego está la poliecia, como si dijéramos el arco iris sexual de los vegetales, o coexistencia en el seno de una misma especie de opciones sexuales diversas.  El diccionario afirma que aquí está la voz οἰκία /oi-kí-a/, que también significa "casa"; yo no veo por qué no aceptar esta misma voz como componente de diecia y monecia.

Con el prefijo de compañía tenemos sineco, adjetivo aplicado a "plantas o inflorescencias donde coexisten flores femeninas y masculinas".  Aquí también tenemos la variante sinoico y sinecio.  Como sustantivo, Villar definió sinecio como una "cohabitación botánica individualizada", de donde la sineciología o "estudio fitogreográfico de las sinecias": Rufo Mendizábal recomienda sinecología en vez de sineciología, pero entonces habría conflicto porque al parecer sinecología pretende ser sinónimo de "fitosociología".  No sé si me he aclarado con esto: tendré que repasar esta noche.

Al conjunto de órganos femeninos se ha llamado gineceo, que es pura transcripción de γυναικεῖον /gy-nai-kéi-on/, nombre que recibía la parte de la casa donde se encerraba a la mujer en aquellos tiempos machistas y patriarcales.  En gynaeceumgineceo no hay οκος que valga, pero sí en el sinónimo ginecio, formado con γυνή /gy-neé/ "mujer" y usado sobre todo, parece, en medios anglosajones: está tomado del latín botánico gynoecium.  Si me hubieran preguntado mi opinión, yo hubiera preferido gynoecus esto es, gineco (como moneco, dieco, sineco y meteco).

La palabra androceum (androceo) se ha creado en latín botánico, si no me equivoco, sobre la falsilla de gynaeceum (porque en aquellos siglos tenebrosos de Pericles y Aspasia no había un lugar específico para los varones en la casa, sino que toda era de ellos.  ¡Abusones!  Pero, espera...  No, no, me equivoco, había un lugar exclusivo para varones --y suripantas--, el andrón, que no sé por qué en Roma acabó significando cierto corredor; pero esa palabra no ha pasado a la botánica que yo sepa).

Antes de abandonar el griego (las formas latinas para "casa" las dejo para otro momento) quiero incluir aquí la voz domacio, que describe la estructura que el árbol mirmecófilo construye para albergar a las hormigas.  El diccionario de Font Quer afirma que la palabra viene del latín domatium pero, con el debido respeto, quiero añadir que domatium no deriva de domus sino que es la latinización del griego δωμάτιον /doo-má-ti-on/ "casita", nuevo diminutivo para añadir a nuestra colección, en este caso de δῶμα /dóo-ma/ "casa".



jueves, 19 de febrero de 2026

Quercus


La claridad de la nomenclatura científica da un sentido luminoso a la voz Quercus.  Pero, al contrario del botánico, al latinista peatón le cuesta averiguar a qué especie botánica alude esa palabra.  ¿Al erguido carballo?  ¿A la cenicienta encina?  ¿Al friolero alcornoque?  ¿Sentía, el hablante de hace dos mil años, la unidad que hoy reconocemos entre el empinado roble y la humilde coscoja?  Ay, preguntas sin respuesta, al menos para este ignaro.

Así pues, como nada sabemos, nos lanzamos a pontificar.  Tarde es ya para volver atrás.  Y pensar que comencé estas páginas con el modesto afán de promover la pronunciación clásica de /kuér-kus/ en lugar de /kér-kus/.  Adónde nos lleva el cándido dejarse llevar...

Antes de entrar en materia (que entraré muy poco, porque ya adelanto que tengo recogida mucha información, pero muy poco digerida), quiero referirme, con perdón, a un problemilla mío: sea por la paronomasia o por el género femenino, cuando oigo hablar de la chêne pienso en la familiar encina, y no en los tiesos arbolazos que pujan allá al norte, en más húmedas comarcas; aunque el parisino, la verdad sea dicha, más bien a tales gigantes se refiere, pues para nuestras Quercus de secano el francés necesita determinantes: chêne vert (encina), chêne-liège (alcornoque), chêne-kermès (coscoja).

Habrá lector que, más agudo o más afortunado, se sonría con estas dificultades.  Pero las menciono precisamente porque tengo la sospecha vehemente de que no me afectan solo: antes, al contrario, la tendencia mesetaria es traducir mecánicamente chêne por encina.  Cojan, por ejemplo, el diccionario de latín más difundido en los institutos españoles en los amenes del siglo XX: ¿qué traducción da para quercus?  Encina.  En mi opinión se debe a que, como evidencia este y otros muchos ejemplos, el diccionario mencionado es básicamente traducción del léxico latino-francés de Félix Gaffiot, benemérito trabajo a pique de cumplir su primer siglo.

En cuanto al diccionario de griego clásico más usual en nuestros pagos (transparente versión, por su parte, del ya más que centenario léxico griego-francés de Anatolio Bailly), da para δρς el significado de "encina", pese a que el de "roble" es mucho más exacto.  ¿Por qué?  En mi opinión, porque Bailly interpreta chène, y la conocida tendencia...  Pero para ver que con δρς los botánicos entienden más bien Quercus robur, de hojas lobuladas, basta fijarse en el específico chamaedrys (ya comentado aquí) donde es la forma de las hojas lo que justifica, según consenso general, ese epíteto de "roble de suelo" o "roble enano" para un Teucrium que, por lo demás, también es designado como quercula, diminutivo de quercus.

(Dicho sea de paso, en la red afirman que la Veronica chamaedrys se llama así por el parecido de sus hojas con el Teucrium chamaedrys.  ¡Ay!  De parecido en parecido puede suceder como en ese juego de pasar información de boca en boca, que al final es irreconocible la frase del comienzo.)

***

Esta página tengo escrita hace meses e, incapaz de darle continuación o reforma, la publico hoy con el fin de desatascar mi espíritu, lamentablemente encallado en quercus...  Era mi propósito desenredar la madeja de mis perplejidades.  ¿Las famosas encinas de Dodona, eran encinas, o eran más bien robles, o qué eran?  Cuando Homero a las δρες las llama ψικαρνοι /hypsikareénoi/ "de alta copa", ¿habla de encinas, como se suele traducir, que aquí se llaman también chaparros --y achaparrado es un adjetivo muy reñido con la altura-- o más bien de otros árboles?  Por cierto que esa cita homérica (Ilíada 12 132) la eligió para presidir su Guía de árboles y arbustos el sabio Ginés López, de cuya muerte, el verano antepasado, acabo de tener noticia.

En fin, si consigo abrirme las venas de la ignorancia, no descarto escribir algo de más sustancia sobre este asunto, muy interesante pero del que ahora me alejan otros, con más fuerza gravitantes sobre mi espíritu voluble.

Tenía planes ambiciosos cuando puse ahí esa imagen, tomada en la hermosa catedral de San Beltrán de Comines, para ilustrar el abundante uso heráldico del Quercus, sea roble, sea encina, sea lo que sea...  De momento, yo nada sé.  Al fin y al cabo, la nomenclatura botánica, toda ella, se ha constituido precisamente para tratar de subsanar la mezquina capacidad de los idiomas naturales para describir con precisión la naturaleza.

martes, 13 de enero de 2026

De vértebras y verticilos II

 Continúo, pues, con las voces botánicas que vienen de vértere/vórtere, sin ánimo de agotar el asunto.

Ya queda escrito envés, o parte inferior de la hoja, voz que viene de la latina inversum.  Es algo cómico, pero ese mismo inversum da (a través del francés envers) nuestro anverso, que significa justo lo contrario (anteversus suena a creación ad hoc).  Quizá para evitar confusiones, para el anverso de la hoja el botánico ha preferido usar la palabra latina "cara", esto es, facies, de donde viene nuestra haz (y nuestra faz).  Por cierto que Font Quer aconseja evitar la expresión el haz (que las reglas piden para esta haz, femenina como facies) a fin de rehuir la confusión con el haz masculino (que viene de fascis "manojo").

Veo que reverso y reversión también tienen acepción botánica, pues son acogidos en el diccionario de Font Quer; allá puede consultarlos quien lo desee.  Yo lo omito aquí porque estoy cogiendo un poco de manía al verbo revertir, latiguillo hoy en los medios, al menos en los peninsulares, que lo emplean a troche y moche, casi siempre con el significado de "invertir".  Apuesto a que lo sacan del inglés.

También es botánica la expresión vertiente centrífuga, para designar la capacidad de algunos árboles (abedules, chopos, fresnos, tilos) de expulsar el agua de lluvia a la periferia, mientras que los de vertiente centrípeta la orientan hacia el tronco, así tejos o plátanos: éstos, al contrario que los centrífugos, facilitan el establecimiento de epífitos.  Creo que nunca había oído o leído esas vertientes, pero se explican muy bien desde el moderno significado de verter.

En divértere (permítaseme el abusivo acento; en principio este verbo significa "tirar cada cual por su lado") está, en efecto, la idea de apartarse, de distanciarse: nos divertimos, en el hodierno sentido, cuando nos apartamos del camino trillado, abandonamos la vía rutinaria para entrar en la amena posada (en latín llamada, por cierto, deversorium).  Los romanos llamaban divortium a la divisoria de aguas; en nuestro divorcio no son las aguas las que se apartan.

Me parece que entre devértere y divértere, verbos en principio distintos, ha debido de haber más de una confusión.  De hecho, lo que llamamos en castellano divertículo alterna ya en latín entre las formas deverticulum y diverticulum, con el significado de "digresión", "vía secundaria", "posada" &c.  Los divertículos se han puesto de moda en la clínica: antes nadie tenía, ahora salen donde menos te lo esperas.  Pero también en botánica hay divertículos, véase, si no, cómo los define el diccionario de Font Quer: "tubo ciego o apéndice sacciforme que se origina en una cavidad de mayor importancia".

De ese diccionario falta vorticela, como es natural, pues cae fuera de la botánica.  He tratado de averiguar bajo qué etiqueta andan ahora las vorticelas, y he dado con una clasificación que debe de ser buena porque no he entendido nada.  Me consuela pensar que al menos entiendo porqué Lineo bautizó así a la Vorticella (si es que el nombre lo puso el sabio sueco): el animalito, digo el alveoladito, se alimenta gracias al pequeño vórtice, o torbellino, que provocan los cilios de su copa.  Habrá que añadir Vorticella al ya nutrido grupo de diminutivos latinos en biología.

Entrando, pues, en los binomios botánicos, encuentro que vértere triunfa sobre todo en los específicos.  Ahí, por ejemplo, el verbo divértere cede su participio diversus para indicar la variedad de formas (interpreto yo), frente a varius o variegatus referido más bien al color.  Espero que me den la razón, por ejemplo, un Phaselus diversifolius, una Viola diversifolia y, según tengo aquí apuntado, el Lepidium perfoliatum bautizado por alguien Crucifera diversifolia.  También hay diversicolor y diversiformis, aunque no conozco ejemplos (saco este dato del Botanical latin de Stearn).

Uso parecido ha recibido el participio versus en la Bellardia trixago, llamada también Bartsia versicolor, supongo que debido al impredecible tono de sus flores, amarillas en unos pies, blanquirrosas en otros.  Y me consta también una Myosotis versicolor (también llamada M discolor).

Termino este repaso vertiginoso con el término verticilo, concepto de enjundia, según el diccionario de Font Quer: ahí se afirma que procede "del latín verticillus, rodaja".  Yo hubiera dicho que verticillus (diminutivo de vertex, como Vorticella lo es de vortex) designaba más bien el peso con que se aumenta la inercia de giro en el huso, durante la operación de hilado; aunque quizá ese peson de fuseau (como lo llama Gaffiot) sea una rodaja de metal o de piedra.

De los muchos específicos que contienen verticillus (siempre bajo la forma del pseudoparticipio verticillatus) elijo, casi al azar, un ejemplo femenino, la Malva verticillata, otro masculino, el Scleranthus verticillatus, y como neutro el Galium verticillatum.

Cerca, pero fuera de la botánica, encuentro hongos del género Verticillium, causantes de dolencias llamadas verticilosis.  La diosa Flora nos libre de ellas.

sábado, 3 de enero de 2026

De vértebras y verticilos

 El otro día, escribiendo del verbo στρέφω "girar" (a propósito de Streptopus) comprobé con sorpresa que su correspondiente latino, verto, no había caído aún por estas páginas.  Eso me pareció deplorable por cuanto ese verbo, importante por sí, provee destacadas voces fitológicas, y no digamos del castellano común, desde verter y sus derivados (advertir, convertir, divertir &c), con muchos cultismos (diverso, inverso, vértice, vórtice, vértebra &c), y buena porción de palabras patrimoniales (divieso, doblete de diverso; envés, doblete de inverso; revés, doblete de reverso; través y travieso, dobletes de transverso &c).

La fronda de palabras derivadas de verto (infinitivo vértere) abarca todos los ámbitos de la lengua, lo agrícola y lo lírico, lo material y lo espiritual.  Creo que ya tuve ocasión de aludir a versus, participio de vértere, y luego sustantivo en -U trasladado de su sentido originario, material ("vuelta", "giro", en particular del arado en la huebra), al progresivamente abstracto de "línea de escritura" y "verso".  No es un caso aislado en esta familia.  Y encima los angloparlantes aún le han sacado otra utilidad a versus, y lo han convertido, sin culpa alguna de los romanos, en la preposición "contra" (Minerva los perdone).

De vértere sale vertex o vortex "remolino" (variantes morfológicas, en principio sinónimas, aunque no lo son sus hijuelas vértice y vórtice): designaron además el punto donde los cabellos giran (propter flexum capillorum, dice Quintiliano).  De ahí el vértice de la cabeza y, por extensión, el de cualquier objeto, singularmente una montaña.  Yo sospecho que en el significado de "cima" o "punta" ha debido de influir el pico de la peonza, pico al que cuadraría bien el nombre de vértice.

Vertex genera el adjetivo verticalis: su significado abstracto ya se encuentra en el latín de la antigüedad y yo lo creo derivado (hay otras explicaciones, pero no me convencen) de una necesidad física bien conocida por quien instala puertas, cuyo funcionamiento exige perfecta verticalidad.  Las bisagras de la puerta se llaman verticulae y también verticulum (el griego llama al gozne στροφες, de στρέφω).

No menos gira nuestra cabeza sobre las vertebrae (palabra interesante para la biología, pues el marchamo de vertebrata abraza una entera rama de seres vivos, y los demás se describieron por su ausencia: evertebrata o "desvertebrados").  Hay razones para pensar que vertebra (que también significó "bisagra") primero designó, en anatomía, a las vértebras próximas al cráneo, las que dan giro a la cabeza a diestra y siniestra; y que luego el término se extendió al resto de ellas, cervicales o no (y también giran el cuerpo, pero menos).

Hablando de girar, un giro se llama vertigo en latín (pronúnciese ver-tí-go), y también una cabriola, y asimismo el hecho de que la cabeza nos dé vueltas.  En castellano nos hemos quedado con el último significado mondo; pero ¿de dónde nos hemos sacado la esdrújula?  Ni se sabe.  Es un latinismo mal construido, un nominativo mal leído: la misma prevaricación infligimos al impétigo y el vitíligo.  (La forma culta de vertigo sería vertígine, y la patrimonial podría haber sido vertigen --como origen.

Y con el sufijo -ago (muy frecuente en plantas: Plantago, Plumbago, Solidago), tenemos el vertilago, nombre que tuvo el Eryngium campestre o cardo corredor, conocido especialista en dar vueltas.

El diccionario de Gaffiot informa de que vertipedium es nombre latino de la verveine, y yo supongo que se refiere a la Verbena officinalis, y no a la Lippia triphylla, originaria, según la red, de América del Sur (y ahora llamada, al parecer, Aloysia citrodora, esto es, "Luisa de olor a limón").

La familia de verto (o vorto) es amplísima y muy entretenida de transitar, pero esto se alarga demasiado y trataré de limitarme a los usos botánicos.  Ahora bien, ¿no será mejor dejarlo aquí de momento?

Sí, lo dejo y, hablando de girar, ya que un año más ha completado su giro, aprovecho la ocasión de expresar mis buenos deseos para el incauto lector, la benévola lectriz, en el nuevo giro que comienza, encomendando su cuidado al viejo dios Vertumno (hace dos mil años Vertumnus o Vortumnus), divinidad protectora de los giros y revueltas estacionales.

Hoy 3 de enero son los días de Marco Tulio, el célebre orador, Cicerón si así lo prefiere, nacido en Arpino, Italia, hace dos mil ciento treinta y dos añitos.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Torminalis

 ¿Qué significa torminalis?  No me lo había preguntado.  Para mí no era más que el apellido de la Sorbus torminalis.  ¿Tiene ese serbal algo que se retuerza?, pensé.  Pues la palabrita en cuestión parece relacionada con el "retorcer" latino, esto es, torquere /tor-cué-re/, verbo poderoso que da mucho juego en las lenguas modernas y de donde vienen, por ejemplo, nuestras voces tormento y tortura.

Supongo que todo hablante de español entiende qué tienen que ver tormento y tortura con torcer (el verbo castellano que continúa el torquere latino) y su intensivo retorcer.  No hace falta ser chino para saber cuánto duele retorcer el brazo, o la oreja (pequeña tortura favorita de cierto hermano marista perseguidor, en Burgos, del niño que fui).  Pero creo que el significado cruel de tormento proviene de lo que nuestro siglo clásico llamaba "trato de cuerda".  Por cierto que las propias cuerdas se fabrican retorciendo fibras, y de ahí el torzal y la torcida (el pabilo de la vela, objeto que habría que explicar, quizá, a los lectores jóvenes).

No por casualidad torzal se parece a torzón, el cólico intestinal fatal para tantos caballos, más o menos equivalente a los retorcijones en los humanos (en casa siempre dijimos retortijones).  En fin, de torquere derivan asimismo torso, torsión, tórculo &c, y de su participio tortus "retorcido" vienen las aguas tuertas, esto es, las que se retuercen en múltiples meandros al discurrir por planicie, así como nuestro tuerto, que ahora designa al one-eyed man (como decimos en Logroño) pero en origen describía al que torcía la mirada, esto es al estrábico y al bisojo.

Además, como sustantivo, un tuerto era una injusticia, dígalo si no mi señor don Quijote, que pasó muchas lluvias y bochornos nomadeando por campos de Montiel y de la Mancha, con el alto propósito de deshacer tuertos y proteger doncellas.  ¡Años oscuros, privados de ministerio de igualdad, aunque iluminados por la antorcha de la andante caballería!

De la familia de torquere hay que separar, pese al ligero parecido, torno y tortilla, derivado el primero de la raíz de térere "perforar" (aunque sospecho que ha habido hibridaciones y confusiones), y de etimología oscura el segundo, pero desde luego descartable el parentesco con torcer por más que torta (con O  larga: no diptonga) semeje mucho a torta (femenino de tortus, y con O breve: diptonga en tuerta).  El francés entortiller "enmarañar", que se parece a tortilla, sí proviene de torquere.

En biología torquere también tiene derivados: el torcecuello por ejemplo (o tuercecuello como escriben otros).  Los he buscado en botánica, y estoy algo sorprendido porque esperaba hallar más; quizá no he mirado bien.

Empiezo con el Polygonum bistorta, donde el genérico significa "dos veces torcida" --se refiere a la raíz: bis es un adverbio bien conocido; y torta es el origen de nuestras aguastuertas y aigüestortes.  Por cierto que yo había dado como étimo de Polygonum el verbo "engendrar" griego (ver Polígonos y poligonos), pero lo contradicen en wikipedia.  No voy a reconsiderar ahora el asunto.

He encontrado también un Seseli tortuosum, y una Pinus contortacontorta es el participio de contorqueo, de donde sale nuestra contorsión.

Hay también una Acacia tortilis (Forsk) Hayne.  El adjetivo tortilis (se acentúa tórtilis) pertenece a un grupo de postverbales con sufijo -li- (equivalente al -ble del castellano amable): facilis (de fácere "hacer") "hacible" --esto es, fácil; nobilis (de nóscere "conocer") "conocible" --esto es, noble; utilis (de uti "usar") "usable" --esto es, útil &c.  Así pues, tortilis (de torqueo "torcer") "torcible" o "enrollable", cuasi sinónimo de contortus.  En cierta página de la red veo tortilis traducido así: "de hojas retorcidas".  Ahora bien, por lo que de las fotos puedo colegir, lo retorcido en esa acacia son las vainas o, en algún caso, los troncos.

Casi olvido decir que el romano llamaba tormen al retortijón de tripas, y con su plural, tormina, designó el cólico de vientre o, según los diccionarios, la disentería, la gastroenteritis o la diarrea, cuadros clínicos que estoy lejos de saber diferenciar (gastroenteritis seu diarrhoea contagiosa, informa la vicipaedia latina, est morbus, inflammatio stomachi et intestini tenuis: si lo dice...).  Torminalis (en neutro torminale) es el adjetivo derivado de esos males.

Dice Dioscórides, I 136, en la traducción de Laguna:  "El fructo del serbal, si antes de madurar, cuando se muestra amarillo, le cortan en tajadicas, y le comen después de bien seco al sol, restriñe el vientre".  Claro es que esta nota se refiere a "la fruta del serbal, que en Castilla se dice serba", esto es, si no me equivoco, al producto de la Sorbus domestica.  De éstas habla Font Quer, en su Dioscórides renovado, capítulo de la Sorbus aucuparia, con estas palabras:  "las serbas son asperísimas, hasta tal punto que no se pueden comer sino modorras, es decir, cuando después de cogidas y guardadas sobre un lecho de paja... se vuelven parduscas o de color castaño".

La Guía de Incafo de los árboles y arbustos de la península ibérica, de Ginés López González, confirma que el fruto de Sorbus torminalis no es menos astringente que el de su consanguíneo: "se ha usado en medicina popular para tratar la diarrea y la disentería; a ello alude su nombre latino, torminalis: lo que cura la disentería (de tormina, disentería)".

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dryas

 Hace muchos, muchos años, una amiga de aficiones orníticas solicitó mi opinión sobre un breve escrito que se proponía publicar.  Trataba de un día en la vida de un joven buitre, relato en el que el propio animal, hablando en primera persona, describía sus actividades y exponía honestamente sus impresiones físicas y morales a lo largo de la jornada.  El cuento me pareció sensiblero antes que emotivo, y de escasa información sobre el volátil.  En aquella época aborrecía yo a Disney (Fantasia me había amargado la sexta poblándola de centauritos saltarines).  Y ya era por entonces tan estúpido como para dar mi opinión sincera.  Una larga semana de morros y abstinencia me grabó a fuego los inconvenientes de practicar con la novia la crítica literaria.

Me acuerdo de esta remota historia porque nuestro amigo Víctor Ezquerra acaba de publicar Dryas, la flor que vive en lo alto del Pirineo, un librito en el no un ave, sino una planta perenne describe su propia vida y el entorno natural que habita.  Ya el autor nos había prevenido que urdía un relato en primera persona y, acordándome de aquella lejana experiencia, me adelantaba a imaginar diferencias entre este cuento y aquel del buitre, pues no es Víctor un mero simpatizante del pasto, sino buen conocedor de la hierba en cuestión (la Dryas octopetala, naturalmente), y a la vez un enamorado de la alta montaña y un tenaz estudioso de ese prodigioso entorno natural.  Me prometía, pues, del texto de Víctor, cuando menos, abundancia de jugosas informaciones sobre la flora y la fauna alpinas.

Y ahora la lectura de Dryas ha dejado cortas mis esperanzas.  Pues no sólo contiene una riqueza y variedad de noticias sabrosísima, sino que es un relato magníficamente trabado, en una prosa excelente, ¡y lleno de humor, por todos los dioses, rebosante de esa suprema expresión de humanidad que es el humor verdadero!

Me siento tentado a enriquecer esta pobre página adornándome con alguno de los divertidos juegos de palabras del libro que nos ocupa; pero voy a contenerme porque no es mi propósito aguar la lectura a quien la apetezca.  Baste señalar que Víctor, como los buenos actores de teatro, finge a la perfección la locuacidad de la rosácea, pero esparce aquí y allá unos brechtianos guiños a la inteligencia del espectador.

En efecto, el yo de la dríade de ocho pétalos no es aquí un anzuelo sentimental, sino un hábil recurso para presentar sucesivamente rocas, meteoros, quebrantahuesos, treparriscos, armiños, marmotas, bucardos, arañas, mariposas...; en suma, todos los seres de la alta montaña pirenaica, en sus relaciones mutuas y con el medio, facilitando con amenidad una excelente información sobre aquel ecosistema.

A quien conoce a Víctor le consta su facilidad con el lenguaje científico: domina la nomenclatura latina y de ello podría haber alardeado en este libro.  Imaginen por un momento que lo hubiera escrito alguien como yo: con lo que me gustan las palabrejas raras, a las cuatro páginas el lector se habría hartado y tiraría el libro a la basura.  Víctor, en cambio, se ha propuesto, y conseguido, seducir al lector, entre otras cosas evitando abrumar con tecnicismos de la biología, aquí sustituidos por equivalentes de la lengua familiar, en algún caso forjados sobre la marcha por el autor, si no me equivoco, como si de una propuesta casual se tratara (pero bien meditada, estoy seguro).

En resumidas cuentas, un libro de lo más simpático, que recomiendo a lectores de toda edad y condición.

Y ahora, para acreditar mi legendaria inoportunidad, voy a poner un pero al texto.  No a las etimologías propuestas por el autor, como éste quizá temiera, sino a una afirmación de la página 80, donde se lee:  "Nada más entrar en el siglo XXI, el 5 de enero del año 2000..."  ¡Ah, no!  ¡Eso sí que no!  Por ahí no paso.  Enero de 2000 es todavía el siglo XX, y lo sigue siendo hasta el 31 de diciembre de ese año, como nos enseñaban en el bachillerato (cuando había bachillerato y no la cosa que hay ahora).  Es pura aritmética.  Claro está que Víctor es muy joven, y en sus más tiernos años habrá padecido los estragos de la publicidad y la loca influencia del famoso efecto 2000...

Para terminar, permítanme un modesto obituario.  La esquela que sigue no debe achacarse a crítica, pues es mera observación, o constatación de una defunción ya hace años esperada.  Para los que somos algo vejetes, oír y escuchar son cosas bien distintas: oír designa el mero percibir por el oído, escuchar es prestar consciente atención a las señales auditivas.  En la mayoría de los casos, pasan fácilmente por sinónimos.  Ay, pero no siempre.  Por ejemplo, uno puede caminar con tiento a fin de no ser oído, pero no de no ser escuchado, algo que no hay forma humana de prevenir.  Ahora bien, el verbo oír está en franco retroceso, desplazado por escuchar cuando es posible, y sobre todo (como diría Cortázar) cuando no lo es.  La desaparición de oír se constata con pena en el libro que comentamos, escrito por una persona joven de muy buen criterio léxico.  Requiescat in pace verbum illud audiendi.

Acompañan el texto de Víctor Ezquerra dibujos y acuarelas de Irene San Sebastián, algo despeinados pero eficaces en su objetivo de acompañar y redondear con imágenes la lectura.  La obra lleva pie de Scribo Editorial, pasaje Zavacequias 3, Huesca.