lunes, 26 de diciembre de 2022

Los camellos académicos

¿Quién no tiene su gramo de locura, y aun su media libra bien pesada?  El amigo P.A. me toma el pelo por mi manía antiacadémica, y quiero por una vez argumentar sobre el asunto y de paso, por qué no, meterme un poco con la Academia.

He conocido a no pocos que desdeñan lo académico, a menudo para ensalzar el aprendizaje silvestre, del que se hace timbre de gloria soltando desde el pedestal la frasecita:  "Yo soy autodidacta".  No veo qué mérito singular tenga el autodidactismo, o qué lacra la enseñanza más o menos regular; apostaría que hay el mismo porcentaje de sabios (bajo) y de cretinos (alto) en uno y otro campo, como, por desgracia, pasa siempre.

Nada tengo, pues, contra las academias en general.  Pero sí he criticado a menudo a la Real de la Lengua, y a su diccionario, y por razones concretas, no por generalidades.  Cuando comencé a servirme del DRAE, allá por el milenio pasado, en él se contenían cosas como esta:  "Falangista: miembro de la Falange Española y de las JONS, movimiento fundado por José Antonio Primo de Rivera" (cito de memoria).  Afectado entonces por el virus político, detestaba yo semejantes salidas de tono, pura propaganda.

Cierto que los tiempos han cambiado, y ahora la Academia es otra, y se pone al día con la red, y hace una labor encomiable en pro de un castellano panhispánico y todo eso.

Pero lo cierto es que su diccionario ha albergado muchas opiniones bárbaras (uso el pasado porque, como supondrá el lector, no soy fidelísimo seguidor de sus ediciones).  Alguna vez he puesto como ejemplo la etimología que el DRAE daba de tonto, palabra que los académicos pretendían derivar de attonitus, tonta idea en que no habrían incurrido con un pequeño repaso de gramática histórica, ciencia al parecer cuidadosamente ignorada de los académicos de la Española.  (Acabo de comprobar que esa etimología no aparece ya en el DRAE en red, que atribuye a tonto "origen expresivo".)

Y para búsquedas de palabras en uso, cuán a menudo fallaba el DRAE, donde iluminaba, por ejemplo, el diccionario de Seco o el de María Moliner, que a cierto besugo sueco tanto le gusta debelar.  Una sola mujer, trabajando en condiciones difíciles, dio a luz un léxico que sacaba varias cabezas al excogitado por treinta caballeros académicos.  Y es que en estas tierras a menudo el sillón académico no es un lugar de trabajo, sino una especie de prebenda y sinecura, como lo demostró ingresando en la docta casa aquel novelista de una novela, la más ilegible bazofia de la narrativa contemporánea.

Con todo, siempre me ha parecido aceptable lo que expresa el lema de la RAE: bien está limpiar, fijar y dar esplendor, es decir, desbrozar un camino al uso del idioma, estimar lo bueno y desechar lo mediocre y lo inútil: algo, claro está, discutible, y donde el crítico se la juega.

Pues bien, ahora van los académicos y deciden, por lo visto, que nada de limpiar y fijar, que ya no van a alquitarar el idioma y repulirlo, que nada de jugársela, sino aceptar cuanto el vulgo hablante por mayoría decida (vulgarísimo concepto de lo democrático).  Hala, y ahí tienes en el DRAE de hoy el glamur y las almóndigas.

Porque lo malo es que hoy no es el pueblo el que autoriza las voces: son los fabricantes de series y los publicistas de las cadenas televisivas: no, no son voces populares las que los académicos están dando por buenas, sino voces puestas al tablero por guionistas y distribuidores de ideología.  Llega el glamur y se pierde, ay, la palabra castiza...

Y si de la voz popular se trata, hermanos de la almóndiga, ¿para cuándo fraticida, metereólogo, dentrífico?

Pues bien, el otro día, hablando entre amigos sobre definiciones caprichosas, hice notar cómo era cada vez más extendida la absurda idea de que camello designaba sólo al animal de dos jorobas, y sólo dromedario al de una.  Y ahí vino mi sorpresa, porque el amigo P. me informó de que eso precisamente era lo que sostenía el diccionario académico.  Confieso aquí que me quedé atónito: hasta que lo comprobé por mí mismo no me lo podía creer.

¡Oh, señor, perdónalos, porque no saben lo que dicen!

O sea que cada vez que mis sobrinas vuelven de Canarias y me dicen que han montado en camello, ¿están hablando mal?  ¿Debo tirarles paternalmente de las orejas, y corregirles la voz: no en camello habéis montado, queriditas, sino en dromedario?  ¡Qué majadería!

Así pues, la voz camello ya era mal usada por los griegos, los pobres; pues κάμηλος ha de designar (así lo abonan los sapientísimos académicos) a los camellos de la Bactriana, con sus dos jorobas, y no a los que Aristóteles conoció de toda la vida, las simpáticas monturas de los comerciantes de la Cirenaica o de los hombres azules del Atlas.

¡Ay, amigo, los ugaríticos llamaron gamel o gamal a la tercera consonante de su alfabeto, y para ello fueron a buscar el nombre no a los camellitos que tenían en casa, recorriendo las llanadas de Mesopotamia, sino, como es lógico, a las bestias bijorobadas de la meseta centroasiática!  ¡Qué lógica la suya!

Y usted, señora, que fuma Camel, ¡muy mal hecho!  Usted debe fumar Dromel: el diccionario académico se lo recomienda; o al menos afea la conducta del que dibujó ese dromedario junto a la palmera y la pirámide.

Y lo peor son las consecuencias teológicas.  ¡Ay, Espíritu Santo, que, por desconocer la superior autoridad de la Real Academia de la Lengua, has metido la pata y hecho pasar un κάμηλος por el ojo de la aguja, cuando lo que debiste pasar fue, el DRAE sea loado, un dromedario!


Cuando comenzaron a usarse los diccionarios en red nació la moda de criticar esas enciclopedias de redacción colectiva, como wikipedia; por mi parte he defendido siempre que no contienen más equivocaciones de las que suelen contener las enciclopedias acreditadas (entre las que incluyo la Británica, tan venerada, y que alberga sus errores, como toda obra humana).  Hablando de camellos, he aquí una muestra de virtud en la wikipedia castellana, en cuyo artículo "camello" se lee lo siguiente:

"La palabra dromedario es un cultismo que se utiliza específicamente para el camello arábigo, mientras camello es la palabra coloquial usada para las tres especies existentes del género Camelus, así como otras extintas.  No obstante, en las definiciones de dromedario y de camello del DRAE se despoja al dromedario de la categoría de camello, haciendo notar el número de jorobas, un academicismo que choca con la biología, la etimología y el uso popular".

¡La sensatez misma!  Académicos, aprendan, si aún están en edad.


Leo ahora un comentario de Daniel, por el que me entero de la existencia de un género Aphanes que, claro está, corresponde con el adjetivo griego ἀφανής "inconspicuo", que mencioné en una página publicada el pasado mes de junio.  Acabo de comprobar que Aphanes figura en mis papeles como variante del género Alchemilla; si no lo cité en esa página, pues, fue sin duda porque se me escapó: un error más.

martes, 29 de noviembre de 2022

El río: un viaje por los viajes

Más de una vez he disfrutado de la conversación de Gabriel Montserrat; pero el otro día, bajando del Pirineo tras un paseo botánico, habló con tal elocuencia de un ensayo titulado El río, su relato fue tan estimulante, tan ricas e interesantes las noticias, que me quedó clavado el deseo de hacerme con ese libro, que él no me podía prestar por tenerlo extraviado.  No fue fácil encontrarlo por la red (no recordaba el nombre del autor) pues hay una buena porción de textos más o menos literarios con ese título tan simple, pero al final el propio Gabriel me lo envió: escrito por Wade Davis, la edición castellana de El río corre a cargo de Pretextos, una de las más exquisitas editoriales españolas, que la publicó en 2005 y acaba de reimprimirla en este año de gracia de 2022.

Ahora que he terminado su lectura me apetece reseñarla aquí, porque ante todo cuenta las aventuras equinocciales de botánicos que arriesgaron su integridad para conocer la flora de la pluvisilva americana.  Creo, por tanto, que puede interesar a cualquier aficionado a la botánica, y a quien disfrute con las memorias de viajes.

No obstante, esos motivos están muy lejos de agotar la riqueza de este escrito, al que, si es que se le puede imputar algún defecto, tal vez sea el del propio exceso: el autor parece empeñado en traer de nuevo a la vida cada minuto del tiempo pasado, revivir cada instante de los que gozó en sus tareas botánicas en Amazonia.  Escribir parece también, en Wade Davis, un acto de amor a las personas que conoció, sobre todo a dos de las que fue discípulo: el botánico y director del jardín botánico de Harvard Richard Evans Schultes, y Tim Plowman, alumno de Schultes como el propio Davis, y con quien éste compartió muchas de sus aventuras australes.

Encantador es el retrato de Schultes, un bostoniano políticamente muy conservador, pero conservador como ya quisiéramos que hubieran abundado en España, donde tan a menudo la política es fe religiosa.  Schultes detestaba a los demócratas, sí, pero en más de una ocasión arrancó de los tribunales a consumidores de hachís argumentando con verdad la imposibilidad de determinar científicamente si la marihuana de que el encausado fuera portador correspondía con la concreta especie botánica prohibida por la ley.  Un conservadurismo liberal que no se da por estos pagos.

Schultes comenzó su carrera académica estudiando la distribución, usos y efectos del peyote, ese hongo que resulta que no es un hongo, sino el cacto Lophóphora williamsii (λόφος /ló-fos/ significa "cresta", por eso al Parus cristatus lo llaman ahora, parece ser, Lophóphanes, esto es, "cresta conspicua"; Davis explica el porqué del nombre botánico), y acabó dedicando gran parte de su vida a los vegetales psicotrópicos.  Schultes comprometió siempre, en su estudio, la experiencia personal, de manera que los probó todos, con resultados algo paradójicos: era incapaz de sufrir alucinaciones, y sólo veía colores.

Las publicaciones académicas de Schultes resultaron ser uno de los motores de la generación psicodélica, en la medida en que inspiraron a Timothy Leary, el promotor del uso de LSD como vehículo para acceder a un "estadio superior" de conciencia, y gurú de la generación beat.  Por cierto que Schultes no estaba nada de acuerdo con la palabra psychedelic recién inventada por el psiquiatra Humphrey Osmund y, como conocedor del griego clásico, recomendaba la forma psychodelic, finalmente rechazada por Leary, según nos informa Davis en El río, con el argumento de que le sonaba peor.

En efecto, a partir de ψυχή /psy-cheé/ "alma" existe en griego clásico un buen grupo de palabras, todas ellas con ψυχο- como primer elemento; por ejemplo ψυχοστόλος, epíteto de Hermes como acompañante de las almas, o ψυχοστασία, palabra que designa el pesado de esas almas en el más allá y que ahora los manuales de arte cambian, no sé muy bien por qué, en psicostasis en lugar del más helénico psicostasia (en todo caso habría que acentuar psicóstasis).  Pues bien, si combinamos ψυχή con el verbo δηλῶ "revelar", para obtener la idea de "revelar el alma", llegaríamos en buen griego a psicodelia y no a psiquedelia.

Vamos, que Schultes tenía toda la razón.  De su exquisita formación (qué tiempos aquéllos) dan indicio las lecturas con que aliviaba sus trabajos: junto a los textos botánicos, Schultes paseaba por el Amazonas con Ovidio, Virgilio, y en su bagaje siempre había hueco para su diccionario de latín.

Si Schultes fue el profesor venerado, Plowman fue el hermano mayor, esto es, guía y compañero al mismo tiempo: con él comenzó Davis, y continuó a menudo, sus aventuras sudamericanas.  Plowman seguía los pasos del maestro y probó arriscadamente cuanto psicotrópico se le puso a tiro.  Por no alargar esto demasiado, dejo de contar aquí alguna de las aventuras de Tim, ora divertidas, ora truculentas, que el lector encontrará en El río.

Los retratos de Schultes y Plowman no son los únicos de esta obra, que abunda en rápidos esbozos de los más variopintos personajes.  Como ejemplo de esos retratos vertiginosos, he aquí el de un botánico español que fue compañero de Schultes:  "José Cuatrecasas era un español alocado, veterano republicano de la guerra civil, que tenía en la vida dos pasiones acendradas fuera de la botánica: odiaba a los curas y detestaba gastar dinero, en ese orden" (p. 239).  Otras veces, el retrato tiene ese aire absurdo que parece nacer del humor británico:  "Richard Gill, hijo de un médico de Washington, se dio cuenta, a principios de la década de 1920, de que la medicina no le interesaba".

Claro es que junto a las aventuras de nuestros heroicos botánicos vamos aprendiendo no poco sobre los vegetales enteógenos, mescal, coca, yagé, y sus muchas variedades y múltiples combinaciones.  Y como estos botánicos son etnobotánicos, Davis no deja de describir con delectación las fantasías cosmogónicas y cosmológicas del universo indígena, para mi gusto la parte más tediosa del libro, pues nunca le vi la gracia a que el mundo reposara sobre una tortuga, una tribu naciera de la oreja de un jaguar, o que una doncella se embarazase por una paloma.

En fin, incluso un resumen de los temas del libro sería en exceso largo, pues a Davis le interesa de todo: la sevicia de los españoles en América (a los que siempre imagina armados de la cruz y la espada, y vestidos de Felipe II o con sotana inquisitorial); los tanteos de botánicos y médicos para hallar las fuentes del curare y explorar sus utilidades quirúrgicas; la importancia estratégica del látex en la segunda guerra mundial; el enloquecido crecimiento económico y demográfico de Manaos, cabalgando la industria del caucho; la repugnante crueldad de que los caucheros hicieron gala con los indios a quienes obligaban a trabajar de siringueros; los desvelos, entre presuntuosos y luctuosos, de los misioneros evangelistas entre las tribus de la selva; el nacimiento de la Coca-Cola en una era donde la cocaína se consideró alegremente panacea de felicidad, y era recomendada (y consumida) con cándido entusiasmo por don Segismundo Freud, prestigioso galeno de la capital austrohúngara...

Lea, lea, que se entretendrá de lo lindo.

Uno le pondría algún pero a la traducción, hecha por Nicolás Suescún (sic, por el acento), debido a unos cuantos anglicismos que afean sus páginas; pero demos por buenos algunos americanismos algo extravagantes (escogencia, por ejemplo, por selección; precipitud por precipitación) a cambio de otros briosos y expresivos.  Y a la postre el texto (que no es nada fácil, con tanto término técnico y tanta orografía y tanta tribu desconocida para los indígenas de Europa) se lee perfectamente y con gusto en esta traducción.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Haya

 Hace unos días improvisé sobre el término haya, y tras señalar que la palabra φηγός /fee-gós/ (correspondiente al latín fagus "haya") significa en Grecia "roble", formulé la idea de que la voz indoeuropea subyacente a ambos términos (el latino y el griego) pudiera significar "árbol maderable" en general.  La idea es defendible, desde luego, sobre todo teniendo en cuenta que las designaciones precientíficas de los vegetales suelen mirar más a su utilidad para el humano que a su especificidad biológica.

Ahora bien, repaso en casa los datos de que dispongo, y encuentro generalmente aceptado que la raíz indoeuropea *bhago- designaba al haya, y que fue la carencia de hayas en Grecia (Chantraine) la que determinó el cambio de uso de la palabra (sólo en el ámbito griego, entiendo) y su colonización por el significado "roble".  Los mapas de distribución del haya que encuentro en la red muestran que no falta en Grecia, aunque está ausente del Peloponeso, del Ática y, en general, de la mayoría de las costas típicamente ocupadas por las tribus helénicas; imagino que esos mapas reflejan la situación actual; de la existente hace treinta siglos nada sé.

Me han parecido oportunas estas consideraciones: sospecho que tiendo a exagerar la idea (en sí misma correcta, creo yo) de que las palabras viven su vida con relativa independencia de sus correlatos.  Un claro ejemplo lo da la voz ὀξύα /o-xý-aa/ que significó "fresno", y de hecho en ὀξύα subyace la raíz indoeuropea que dio en latín ornus, en celta onna y en moderno alemán Esche; pero en Grecia pasó a ocupar el vacío dejado por φηγός y acabó por significar "haya".

Sin duda la lectriz avispada percibirá ciertas contradicciones en lo arriba argumentado; yo no insistiré en ellas, adepto al principio de no arrojar piedras sobre el propio tejado.

Dejo, pues, el nombre griego del haya, del que tengo pocas noticias, y voy al nombre latino que define en botánica el género y aun la familia toda de las fagáceas y el orden de fagales: fagus (con A larga) es, en efecto, el nombre latino de este árbol, con razón bautizado sylvatica (recuérdese que en latín los árboles tienden a ser femeninos) por su hábito de crear bosque; ese bosque se llama en latín fagetum; y el fruto, que no carece de importancia económica, fagum (en latín los frutos tienden al género neutro; en Grecia el hayuco se llamó simplemente βάλανος "bellota", y también μυροβάλανον).

En el mapa vemos que el haya se adensa conforme subimos al norte, con lo que es de creer que el pueblo celta (pueblo, y sus lenguas, los más extendidos por Europa hace dos mil años) conoció bien el haya.  Y lo cierto es que fagus y φηγός tienen correspondencia en el celta bagos (siempre con A larga): todas esas voces responden al indoeuropeo *bhago-.

Y como el dialecto germánico no es más que una rama del indoeuropeo, no extraña encontrar esa misma raíz en germánico en la forma bok, sobreviviente hoy en el inglés beech y en el alemán Buche "haya".  Buche recuerda a la palabra Buch "libro", y no es casualidad: son hermanas gemelas, así como en inglés book lo es de beech, pues el haya juega un papel más importante en la cultura centroeuropea que en la mediterránea.  (También en la toponimia: el nombre del haya está, por ejemplo, en la antigua capital de los nervios, la moderna Bavai --del celta Bagacum--; y Buchenwald, uno de los nombres de la infamia, en realidad sólo significa "hayedo".)

Todos estos datos apoyan, sin duda, la idea de que en indoeuropeo *bhago- no designó un árbol cualquiera, sino en concreto el haya.

En Francia fagus evolucionó a faou y fou (de donde viene al parecer la voz fouet, origen a su vez del fuet catalán y, asimismo, pásmese, del nombre de la fouine, porque el animal, dicen, habita con preferencia el hayedo).  Sin embargo, faou y fou se perdieron en la noche de los tiempos, sustituidas por el fráncico *haistr (el fráncico es el germánico de los francos, digamos): *haistr se documenta en latín medieval como hestrum, y de ahí hêtre, la denominación actual del haya en francés.  Sin embargo, el adjetivo latino fagina continúa en el actual nombre francés del hayuco, faîne.

¿Y en el ámbito castellano, qué daría fagus?  Veamos: pérdida de oclusión inicial, pérdida de sonora intervocálica, la habitual apertura de la U breve en O... así que hao y de ahí, la esperable diptongación en hau y, contraído el diptongo como suele, ho.  Esto no es puramente teórico: ho está documentado como nombre del haya en fueros medievales y en el canciller Ayala.  La forma moderna hobe, aún usada, al menos hace unos años, en el norte de Castilla (de Logroño a Santander; yo no la he oído), la explica Corominas como un compromiso entre ese singular ho y el plural *habos que vendría de fagos (plural).

Entonces, ¿de donde sale haya?  Pues no del sustantivo fagus, sino del adjetivo correspondiente, que debió de tener las formas fageus, faginus y fagineus.  No es raro que a un árbol lo designe en romance no el sustantivo latino, sino el adjetivo que calificaba a su madera, esto es, el valor del árbol para el tosco mono desnudo.  Así que haya viene de la braquilogía (materia) fagea; esto se repite en el faia portugués y el faja catalán.  En cambio la forma catalana faig parece continuar un neutro, quizá (lignum) fageum, lo mismo que el italiano faggio (con geminación de G corriente en toscano para el grupo -gj-, como en reggia o spiaggia).

Con todo, el castellano viejo y las hablas pirenaicas han conservado fau como nombre del haya (en Aragón también fabo, con el mismo tratamiento de la G visto arriba, y el fruto fabuco y faveta).  Yo sospecho que los topónimos (y apellidos) Fau o Faus (y quizá Fabero) continúan la voz fagus; Fago, localidad pirenaica, parece un caso aún más evidente (sea como sea, muy verosímil; por lo demás, la toponimia está llena de fitónimos).  En cuanto a fagetum "hayedo", es étimo de las localidades Haedo (resultado esperable de fagetum, con su variante gráfica Ahedo) y Haedillo.  (Hayal y hayedo son formas secundarias, claro es, derivados tardíos de la forma hoy común, haya.)

Antes de dar de mano a esto, señalo el interesante caso del vascuence, donde el haya se llama bago y pago, muy probables préstamos del latín fagus.  (Me pregunto si alguna podría venir directamente del celta.)  Con el sufijo colectivo, tenemos pagoaga "hayedo", del que pagaza se da por sinónimo.  Unas y otras formas son origen de no pocos apellidos y topónimos (Pagotxueta, Pagasarri, Pagobakar, Pagazaurtundua &c).

martes, 20 de septiembre de 2022

Tefróseris y arnóseris

 


Entre quienes nos juntamos por amor a lo verde, André y Evelyn brillan por su extraordinaria afición a los peñascos lindantes con las nubes, afición exhibida a una edad que a muchos recluye en el sofá, mientras ellos trotan por las cumbres con entusiasmo de cachorros.  Más montañeros que botánicos, tienen un ojo para las plantas que ya quisieran para sí muchos fitólogos.

Pues bien, no hace mucho que Evelyn y André han encontrado las flores de la imagen, identificadas como Tephroseris integrifolia, en un lugar del Pirineo donde había sido citada esa especie, aunque durante largo tiempo no vista de nuevo.  La fotografía, si no me equivoco, es de A. Vives.

La voz tephroseris, donde es reconocible el primer elemento, "ceniza", me trajo a la memoria la Arnoseris minima (una flor ya aparecida aquí y cuyo elegante pie se eleva desde un hilito purpúreo para ensancharse en la copita verde vivo sobre la que asienta la cabezuela amarilla) y me incitó a sacar el común denominador y buscar su significado.

Σέρις /sé-ris/ significa en Dioscórides "achicoria", como sinónima de κίχορα o κιχόρεια o κιχόρη o κιχόριον, pues de todas esas formas (las dos primeras plurale tantum) consta en los diccionarios la que en latín figura como cichoreum o cichorium (transcripción de la última forma griega que, sea dicho de paso, parece un diminutivo).  En general se admite que σέρις es el Cichorium intybus, si bien parece en otros pasajes designar algún tipo de Sonchus u otra compuesta.

Κιχόριον sonaría más o menos ki-jó-ri-on, aunque, según nuestros hábitos, cichorium se pronunciaría ki-kó-ri-um.  Ín-ty-bus también sería esdrújula (la Y es breve).

Hablando de achicoria, aprovecho para mencionar el origen de ese intybus específico, que parece griego (la planta se llamó ἴντυβος en ese idioma), pero la voz es más antigua en latín (intubus, intiba) y de aquí lo tomó en préstamo el griego (ἔντυβον parece su primera forma, en los geopónicos).  Chantraine y otros estiman que la palabra debió de ser tomada de alguna lengua semítica.  Sea como fuere, intiba o ἔντυβον es el origen de nuestra palabra endibia y de las correspondientes formas romances (endive, endívia &c), que Corominas considera tomadas por vía del árabe.  Ahora se acostumbra a escribir endivia, con V, quizá por influjo del francés, idioma favorito de los cocineros.

El primer elemento de arnoseris es, casi seguro, la voz griega ἀρήν /a-reén/ "cordero" (genitivo ἀρνός /ar-nós/).  El significado literal de Arnoseris sería, pues, "achicoria de oveja".  No encuentro en la terminología lineana otras voces con el elemento arno-, pero en Dioscórides hay un ἀρνόγλωσσον (literalmente "lengua de cordero"), nombre de un llantén, en concreto, según algunos, la Plantago asiatica.  Sinónimo de ἀρνόγλωσσον en la Materia medica es también ἀρνείον "llantén" (literalmente "ovino").

En cuanto a Tephroseris, σέρις va aquí precedida de la voz griega τέφρα /té-fraa/ "ceniza" o (quizá mejor) del adjetivo τεφρός /te-frós/ "ceniciento".  Estoy casi seguro de que el nombre describe el aspecto gris que dan a sus hojas los largos pelillos, especie de abrigo, si no me equivoco (como el pelo del yak o el plumón del pollo), esto es, el método con que el vegetal se protege de las bajas temperaturas alpinas.  Aquí el prefijo tephro- viene a dar la nota de color que habitualmente se expresa con el adjetivo cinereus /ki-né-re-us/ "gris", literalmente "ceniciento", que acompaña a una Scabiosa, una Potentilla, un Helianthemum, etc.

Con el mismo origen (τέφρα o τεφρός) he registrado un género de legumbres Tephrosia, pero como sus especímenes se encuentran más bien lejos de aquí, en África y el Extremo oriente, mejor olvidémonos de ellos.

[Mientras corrijo esta página oigo anunciar por la radio no sé qué producto salvífico producido a base de crocus sátivus (así acentuado, esdrújulo).  No me queda más remedio que contradecir desde esta modesta tribuna tan pavorosa acentuación, pues sativus es en latín palabra llana (ya que su I es larga).  Me digo a mí mismo que muy mal oído debe de tener quien recomendara pronunciación semejante, pues el sufijo -ivus es tan frecuente en latín como su resultado en castellano: consecuentes con tal oído, quizá tendríamos que decir nócivo, primítivo, abúsivo, áctivo, mótivo, caritátivo, adhésivo...  Ya digo, muy mala oreja.  No, no, Crocus sativus, satívus, como si dijéramos sembrativo (satus "sembrado"; sator "sembrador"), esto es, "croco de siembra" o "croco cultivable", que es lo que significa ese binomio botánico.]


domingo, 21 de agosto de 2022

Anábasis II

 El lector con interés por la botánica estará sorprendido por las prolijas e inútiles aclaraciones que preceden, pero he optado por no suprimirlas: evidencian cuán sordo se puede vivir a los valores de una palabra con la que uno tiene, sin embargo, trato frecuente.  Porque por fin he leído todas las acepciones de ἀνάβασις en el diccionario (uno siempre lee las entradas lo justito para encontrar respuesta a lo buscado, pero sigue, como en la vida misma, ciego a una gran cantidad de información) y, sí, ahí estaba, en quinto o sexto lugar, la acepción botánica.

En Dioscórides ἀνάβασις parece ser sinónimo de ἵππυρις /híp-puu-ris/, que Bailly traduce prêle, y ya antes Gayo Plinio Segundo había traducido equisaetum: "el equiseto, llamado hipúride por los griegos..." (26 132); y poco más adelante afirma que hay otra planta negruzca, con hojas semejantes a agujas de pino y con propiedades estípticas, a la que los griegos llaman también "unos hipuri, otros éfedro, otros anábase...": alii hippurin, alii ephedron, alii anabasim vocant (26 133).

Con la descripción de la hipúride o anábase (De materia medica 4 46) Dioscórides ofrece a la vez pistas sobre la etimología de estas voces: en efecto, dice Dioscórides que esta planta αὔξεται δὲ εἰς ὕψος ἀναβαίνουσα ἐπὶ τὰ παρακείμενα στελέχη, καὶ κατακρέμαται περικεχυμένη κόμαις πολλαῖς μελαίναις καθάπερ ἵππου οὐρά "crece en altura subiéndose sobre los tallos próximos, y apoyándose en ellos se derrama en abundantes cabelleras negras, como cola de caballo".  Claro está que el uso del verbo ἀναβαίνω (ἀναβαίνουσα "subiéndose") explica suficientemente, creo yo, el nombre de ἀνάβασις, así como la expresión καθάπερ ἵππου οὐρά "como cola de caballo" explica de sobra el nombre de ἵππυρις. 

En ἵππυρις está clara la voz ἵππος /híp-pos/ "caballo" más οὐρά /uu-ráa/ "cola" (además del sufijo femenino -ιδ-, para decirlo todo): significa, en suma, "cola de caballo"; al igual que el equivalente latino equisaetum /e-qui-sáe-tum/, formado por equus /é-cus/ "caballo" y saeta /sáe-ta/ "cerda" (esto es, pelo rígido como los del jabalí, del cerdo, o de la cola de un caballo).

El manuscrito de Salamanca del tratado de Dioscórides ofrece un dibujo de la hipúride o anábase muy similar al del Dioscórides de la princesa Anicia, y que parece corresponder a un equiseto:



Y ya que Plinio dice que la hipúride también se llama ephedron /é-fe-dron/, y no pocos manuscritos de Dioscórides dan como sinónimo ἐφέδρα /e-fé-draa/, ἐφέδρανον /e-fé-dra-non/ o ἔφεδρον /é-fe-dron/, teniendo además en cuenta que existe un género Ephedra, quizá no sea inoportuno mencionar aquí que en estas voces está presente la preposición ἐπί "encima" y la raíz de ἕζω y ἵζω "yo asiento" (la misma del latín sedeo "estoy sentado").

Ahora bien, no tengo nada claro qué sentido hay que dar en botánica a aquellos términos, pues hay demasiados que elegir: tenemos el adjetivo ἔφεδρος /é-fe-dros/ "sentado"; el sustantivo ἔφεδρον /é-fe-dron/ "taburete"; también hay un sustantivo ἔφεδρος con valores varios, y entre ellos uno que aparece casualmente en la Anábasis de Jenofonte (2 5 10), algo así como "atleta sustituto", literalmente "sentado (en espera de rival)".  Por supuesto, también está el nombre ἐφέδρα "asentamiento", "asedio" &c, que aparece en Dioscórides y a la que Bailly da como traducción botánica, de nuevo, prêle "equiseto".

Lo único que tengo claro es que la acentuación latina de Ephedra es esdrújula: éfedra, pues (la E central es breve, como que viene de una épsilon), y no efédra como hasta ahora he oído (y dicho).  Claro es que, siendo ephedra pariente estrecho de la palabra cathedra (en griego καθέδρα, que significa entre otras cosas "banco --de sentarse"), siempre habrá alguno que pueda expresar dudas sobre el lugar del acento aduciendo que en castellano cathedra ha dado por vía culta cátedra, pero cadera por la vía vulgar (cadiera en aragonés, con diptongación de la E tónica típicamente castellana).  Con ese no discutiré.

Veo que el moderno género Anabasis es una Amaranthacea, y que en España lo tenemos sobre todo en Almería y Murcia.  Encantado.  Flora Ibérica da para ἀνάβασις el significado de "ascensión", "subida", y dice que es nombre de una trepadora afila: eso parece sugerir que el nombre se le impuso por su habilidad para trepar, confirmando lo sugerido por el médico de Nerón.


[Esta mañana, mientras desayunaba, oía distraído un reportaje sobre el Danubio, de la televisión navarra; me acabó despertar el locutor, hablando de "Yéison, en busca del vellocino de oro".  Otro como el de los Gauls...  Ay, señor, llévame pronto...]

viernes, 19 de agosto de 2022

Anábasis


En una novela (no recuerdo cuál, pero reciente) encontré que el traductor del inglés había perpetrado esta frase más o menos: "como escribió César en su Guerra de los Gauls..."  Uno de mi edad y condición se queda perplejo ante algo así.  ¿Será indochino, el traductor?  Pero no, la realidad es más terrible: quizá es de Villanueva del Arzobispo e incluso, quizá, doctor en lenguas modernas, en esta época en que, gracias a las sucesivas reformas educativas infligidas al bachillerato, uno puede ser universitario sin conocer a los galos, ni a Mozart, ni las ecuaciones de segundo grado, ni la Divina Comedia.  Y pensar que la triste Alegría ha venido para mejorarlo todavía más...

Sí, cualquier bachiller de mi generación se sorprendería ante aquella absurda deformación de Guerra de las Galias, pero somos, ay, hijos del milenio pasado, y en éste ya parece cumplido aquello que Gombrich temía hace sesenta años, la disolución de la cultura general: eso que, como el fino pensador señalara, ni era cultura ni era general, sino una especie de campo de juego común para el intelecto europeo (y lo más simpático de Gombrich es que ponía de ejemplo la novela de Agatha Christie La muerte de lord Edgware).

Si yo no hubiera extendido a los infiernos mi escepticismo celeste, en mis horas oscuras sospecharía seriamente que el deterioro del bachillerato es obra de los mismos poderes nocturnos que pugnan por destrozar el idioma.  ¡Ay, ojalá!  Porque si hubiera una fuerza del mal podríamos combatirla.  Pero el negocio es más grave: los aprobados generales y el teleñol son sólo indicio de que crece ubicua, inexorable, oceánica, la estupidez en el mundo.

Volviendo a la guerra de los gauls, reconozco que no es un caso como para darse de cabezazos en el muro.  Quiero decir, tal como están las cosas.  Lo que pasa es que, además de viejo, uno ha dedicado tantas horas a César y a Jenofonte, que le parece que esos muchachos de la antigüedad meriendan en todas las casas del pueblo.  Pero, claro está, si quien lee esta página es más bien biólogo o botánico, no tendrá por qué saber que los sujetos mencionados escribieron La guerra de las Galias y Anábasis, respectivamente, libros quizá los más conocidos de esos autores por usados durante siglos para introducir al estudiante europeo en el latín y el griego.

Pues bien: yo me acabo de enterar, con el consiguiente asombro panoli, de que existe el género de plantas Anabasis.  ¡Ahí va!  ¿De dónde ese nombre botánico?  ¿Es un homenaje a Jenofonte, o tiene que ver con las actividades y características de la planta?  Como lo ignoro, me limito de momento a lo poco sé de la palabra griega ἀνάβασις.

En ἀνάβασις /a-ná-ba-sis/ el principal contenido léxico está en βάσις, palabra que es nuestra actual base, postverbal del verbo βαίνω /bái-noo/ "caminar".  (Es curioso, βαίνω se parece mucho al recién aparecido aquí φαίνω, y ambos tienen un sustantivo en -sis: basis o base, y fasis o fase.)  Aunque βάσις parece que significa "lugar para caminar" (pues eso viene a decir base en castellano), su primera significación es "el acto de caminar".  Y, claro está, se puede caminar hacia abajo (κατά /ka-tá/) o hacia arriba (ἀνά /a-ná/): así que ἀνάβασις es el andar para arriba, la κατάβασις el andar para abajo.

᾿Ανάβασις (y su verbo ἀναβαίνω "subir") pueden aludir a varias cosas: subir a los cielos, subirse a un caballo, &c.  Pero al ser los griegos un pueblo marinero, y como el puerto, por evidencias geográficas, es la parte baja de la población, en un significado importante y peculiar ἀνάβασις designa la acción de adentrarse en la ciudad o el continente.  En ese sentido la Anábasis de Jenofonte hace referencia al internarse en territorio hostil, pues describe cómo los Diez Mil (mercenarios griegos) se adentraron en Asia para combatir, a cambio de soldada, en una guerra civil persa, de eso hace ahora unos dos mil cuatrocientos veintidós años.

Aunque su significado es el dicho, ἀνά también se usa mucho, sobre todo como prefijo, en el sentido de "volver atrás" o "repetir" (algo así como el re- del latín): por ejemplo, "leer" se dice en griego ἀναγιγνώσκειν "re-conocer" (las letras previamente escritas, por supuesto), y los herejes que proponían rebautizarse eran conocidos como anabaptistas.  Como la parte sustancial, para mí la más emocionante, del relato de Jenofonte (hablo de su Anábasis, cuya lectura, por cierto, siempre recomiendo) es el penoso regreso a la patria a través de territorio enemigo, a menudo me he preguntado si no sería adecuado traducir ἀνάβασις como "regreso", pues lo permiten los significados de ἀνά y de βαίνω.  Pues bien, no pierdan el tiempo con esta hipótesis, que ya lo he perdido yo bastante.

Las voces tienen sus significados, sí, pero que tal voz signifique esto o lo otro no depende de averiguaciones filológicas, sino sólo del capricho de los hablantes.  Y da la casualidad de que los griegos apenas dieron a ἀναβαίνω o ἀνάβασις el significado de "regresar".  Lo más parecido a la idea de regreso que yo he encontrado en ἀνάβασις es el sentido de "puesta de sol" que se encuentra en un autor tardío, y el nombre de ᾿Αναβαίνων o Anabainonte que se dio al río Meandro (río cuyo nombre conservamos como común de las vueltas y revueltas de un río en su curso bajo).

Sé que todo esto tiene poco que ver con las hierbas; pido disculpas pero con todo lo publico: siempre habrá alguno que se divierta.  Más adelante corregiré y editaré una segunda parte.  La imagen de arriba corresponde a la ἵππουρις o Hippuris del Dioscórides de Viena (se ven las anotaciones en minúscula griega y en escritura arábiga, hechas por distintos propietarios del célebre manuscrito).

miércoles, 10 de agosto de 2022

Caracoles y cucharas

 El otro día, en las crestas de Ordesa, señaló Daniel una hierbecilla, modestamente escondida entre las rocas, a la que dio el nombre de Campanula cochlearifolia.  Y me miró interrogante: "¿Cochlearifolia...?"  A lo que un servidor, obnubilado por su amor a los caracoles, respondió irreflexivamente (como suele) que la palabra latina cochlea /có-cle-a/ "caracol" es un helenismo, tomado del griego κοχλίας /ko-jlí-as/ "caracol", palabra que conservamos en la española cóclea, que designa el caracol del oído interno y...

En esto Daniel, con santa paciencia: "Pues yo pensaba que...", y me enseña una hojita de la campánula, con inconfundible forma de cuchara.  Sólo entonces caigo en la cuenta de dos cosas: primera, que aquí no pintan nada los caracoles, sino la cuchara (cochlear /có-cle-ar/ en latín); y segunda: que esto ya me había pasado otra vez, y no era, por tanto, la primera que me iba de las cucharas a los caracoles.

Así que redacto esto, a ver si me lo aprendo de una vez y no meto más la pata.

Sí, es cierto que en griego el caracol se dice κοχλίας y todo lo demás; pero en cochlearifolius no está la voz cochlea /có-cle-a/ "caracol", sino la voz cóchlear /có-cle-ar/ "cuchara".  ¿Es casual el parecido entre ambas voces?  Acabo de descubrir que no.

Parece ser que la cuchara y el tenedor como instrumentos de comedor no fueron de empleo regular hasta la baja edad media; no obstante, la cuchara no era desconocida entre los romanos, que la llamaban ligula (lígula).  Ahora bien, había una cucharilla especial, muy pequeña de cazo y con el mango en punta, usada su parte cóncava para comer los huevos pasados por agua (thermapala ova), y en su aguzado mango para, ¿lo adivina usted?...  Sí, para sacar los caracoles de su concha (y luego comérselos, claro).  He aquí que esta cucharilla recibía el adecuado nombre de cochlear o cochleare o cochlearium, que podríamos traducir por "caracolero".

En el octavo libro de Marcial, el epigrama número 71 expone la progresiva tacañería de un protector cuyo primer regalo son cuatro libras de plata (más de un kilo), pero de año en año mengua su donación hasta que por último, el año octavo y el noveno, no ofrece más que modestas cucharillas de plata:

                    octavus ligulam misit sextante minorem,
                         nonus acu levius vix cocleare tulit,

"el octavo mandó una cuchara que pesaba menos de un sextante [unos cincuenta gramos], el noveno trajo una cucharilla apenas ligera como un alfiler".  Así que a Marcial no se le ocurría objeto más chico que un cochleare (o cocleare, como registra el poema).

En el decimocuarto libro recoge Marcial, a veces bajo la forma de enigmas, anuncios de regalos saturnales (navideños, diríamos ahora).  En el epigrama 121, bajo el título de cochlearia, volvemos a encontrar nuestro instrumento, cuyas utilidades ahora se describen:

                    Sum cochleis habilis sed nec minus utilis ovis.
                         numquid scis potius cur cocleare vocor?

"Práctico con caracoles, soy también útil con huevos; ¿sabes tú por qué prefieren llamarme caracolero?"  Caracolero sería, en efecto, la traducción literal de cochleare, que no es más que la forma neutra del adjetivo cochlearis "de caracol".  Los traductores eligen aquí "sacacaracoles" o "cuchara de caracoles".

También de esa voz se ha tomado nombre para un género de crucífera, la Cochlearia, cuya hoja (la hoja de la especie tipo, supongo que la de farmacia, la officinalis, rara en la península ibérica) recuerda a una cuchara o cochlear (así lo indica, entre otros, Flora Ibérica, que pone a la C officinalis en busca y captura).

Bien, con esto espero que la próxima vez que me pregunten por coclearifolio o cosa similar me volveré a olvidar de cuchara y otra vez me acordaré de caracoles.

Por cierto que buscando por la red caí en la página How to pronounce cochlearia donde afirman que suena algo así como /co-cli-rí-a/.  Sí, claro, how to pronounce a la inglesa, tomando EA como un diptongo inglés; porque en latín, por más que no lo sepamos con certeza absoluta, sonaría algo así como /co-cle-áa-ri-a/, pues es razonablemente seguro que EA no es diptongo, que esa A es larga, y que llevaría el acento.

Dominado como estoy por el vicio erudito, no quiero cerrar esta página sin señalar que cochleare o cochlearium es el étimo reconocido de los actuales nombres de la cuchara en el sur de Europa (cuchara, cuiller, cuillère, colher, culler etcétera; voz masculina en muchos casos, como aún en el italiano cucchiaio o en el viejo castellano, pues el cuchar aún era corriente en el siglo de oro, y todavía está vivo, parece, en algunas comarcas), de manera que los nombres de nuestras cucharas vienen todas de κοχλίας, el viejo nombre griego de los caracoles.