miércoles, 17 de julio de 2024

Levigatus (o laevigatus)

 El pasado día 12, en el curso de botánica pirenaica (que organizan AEET y el IPE de Jaca), me preguntaron qué significa laevigatus, adjetivo que especifica a una serie de plantas (Xavier Font contó en un momento no recuerdo bien si trece o catorce).  Mi balbuciente respuesta fue errónea, pues me arrojé al campo de laevus "izquierdo"; y ahora pago mi atolondramiento (¡con lo fácil que hubiera sido callarse o decir no sé!) respondiendo aquí con más documentación y menos balbuceo.

Como no dispongo de tiempo para mitigar mi ignorancia botánica, mi respuesta de momento se refiere exclusivamente a la lengua latina.  En efecto, encuentro en mis papeles una Biscutella laevigata, un Lathyrus laevigatus, un Trifolium laevigatum y, en fin, unas cuantas hierbas más con este nombre específico (también algún arbusto, como la Crataegus laevigata), pero para mi desgracia conozco poco estas plantas y soy incapaz de juzgar, por tanto, en qué medida el adjetivo mencionado describe o no sus caracteres.  Dejo, pues, esta tarea al lector o lectriz con conocimientos botánicos, y aquí me limito a la cosa idiomática.

Hay en latín clásico dos levigatus: uno, con E larga, significa "pulido" o "liso"; el otro, con E breve, significa "aligerado" o "ligero".  Puesto que la nomenclatura biológica ha optado por escribir AE en lugar de E, doy por supuesto que en esa nomenclatura está representado el primero, y no el segundo.

Por si no lo he escrito ya en estas páginas (al menos no lo encuentro), quiero aclarar que, sobre todo a partir del renacimiento, se generalizó el uso del dígrafo AE para indicar la cantidad larga de la E en el caso de palabras homófonas o donde la oposición larga / breve fuera significativa.  Así, por ejemplo, Erasmo escribía nae para distinguir la afirmativa ne "desde luego" de su homófono ne "no"; y con la ortografía laevis evitaba confundir el adjetivo levis "pulido" (con E larga) y el adjetivo levis "ligero" (con E breve).

Ni que decir tiene que este recurso gráfico, AE por E (que la botánica ha conservado, con buen criterio por lo que a la claridad se refiere), era de gran interés práctico en una época en que el latín, recuperado su papel de lengua de intercambio comercial y científico, era objeto de enseñanza desde la niñez más tierna para los (pocos) muchachillos que gozaban de preceptor y educación.

¡Ojalá hubiera sido posible ese simple recurso con otras vocales!  ¡Cuántos estudiantes han picado y picarán, por culpa de las largas y las breves!  Si hasta el mismísimo fray Luis de León (que era un latinista formidable) cayó en esa trampa tendida por la lengua latina, al traducir el salis avarus de la oda II 18 por "avariento de sal": como escribió don Marcelino Menéndez Pelayo, en su Biblioteca de traductores españoles, "inadvertencia notable fue tomar la segunda persona del verbo salio [salis con I larga: "saltas"] por el genitivo de sal [salis con I breve: "de sal"]" (p. 310).  Eso nos consuela a los marmolillos de este siglo: ¡si san Pablo cayó, y cayó fray Luis!

En suma, pues, el laevigatus de los binomios lineanos significa "pulido"; o en femenino laevigata "pulida"; y en neutro (género que no tenemos en castellano pero sí existe en latín), laevigatum.

Ahora encuentro un escarabajillo con el mismo apellido, la Ablattaria laevigata, y la traducción que proponen en la guía Delachaux de coleópteros (le silphe lisse) confirma el significado que propongo para laevigatus.  Pero, como dije arriba, dejo a la prudencia de los lectores valorar esa cuestión.

Aprovecho la ocasión de celebrar el magnífico curso de "Flora y vegetación de los Pirineos: ecología, diversidad y conservación de la vegetación", que sostienen la Asociación Española de Ecología Terrestre y el Instituto Pirenaico de Ecología y está a punto de cumplir la treintena, puesto que este mes de julio ha alcanzado su vigésimo novena convocatoria.  Aparte del excelente material humano, entre alumnos y profesores, que en él se reúne, ¡en qué maravillosos parajes transcurre!

sábado, 1 de junio de 2024

Erinus


 Hace poco, en Fuente del Arco, ante el auditorio donde nuestro amigo Fernando de Frutos describió con amenidad cómo el Cypripedium calceolus embellece un rincón de Sallent de Gállego, me llamó la atención una plantita que brotaba valiente de entre los baldosines de la acera: así tuve el honor de ser presentado a ese modesto ser de la imagen, la Campanula erinus, que me saludó con sus delicados tallitos erizados de tiernas espinillas y, no sé bien por qué, me dejó enamorado.

¿Qué es lo que hace que, entre varias mujeres hermosas, sólo esa de aspecto poco estimulante, más bien delicado y tristón, despierte tu ternura?  (Donde digo mujeres, ponga usted varones, o botijos, o lo que más le pluguiere.)  En fin, que he caído en las redes que me tendió la Campanula erinus, y ahora voy por ahí suspirando, tratando de encontrarla por todas partes, de momento sin éxito: me han dicho que sí, que crece por mi pueblo, pero aún no he dado con su hábitat, que son (según la elegante metáfora de mi asesor ignotis herbis) los "suelos esqueléticos".

Claro es que, siguiendo mis vicios particulares, lo primero que consideré es el parecido entre el nombre específico de esta campanilla y el genérico de otra planta, también diminuta, aunque menos discreta y más descocadamente bella, el Erinus alpinus.  ¿Qué es en latín erinus, me preguntaba yo, o, más probablemente, en griego?

Acerté con el griego: ἔρινος /é-rii-nos/ se documenta en Dioscórides y, abreviemos, se ignora de qué planta exacta escribe el médico anazarbeno.  En su libro IV, afirma que los romanos llaman a esta planta ocimum aquaticum, que crece junto a fuentes y ríos, con hojas semejantes a las de la albahaca, y que su tallo y hojas están llenas de licor.  Plinio Segundo (libro XXIII, dedicado a vides y frutales) completa la información de Dioscórides: el erinus /e-ríi-nus/ (en latín el acento recae sobre la I larga) crece hasta un palmo, ocimi similitudine (a semejanza de la albahaca), tiene flor blanca, semilla pequeña y negra; al arrancar un ramo, mana copiosa leche dulce; esta planta es utilísima (concluye Plinio) para combatir el dolor de oídos, mezclada con algo de nitro; y sus hojas rechazan los venenos.

Con estos datos, ¿se hace Vd. idea cabal de qué planta se trata?  En ellos se basan quienes definen ἔρινος como "una especie de basílico".

En mi opinión no valen nada las etimologías que circulan por la red construidas sobre la mera semejanza entre el nombre de nuestra planta y las voces ἐρνεος /e-rií-ne-os/ "lanoso" (derivado de ἔριον "lana", voz que ya ha pasado por aquí, a propósito del Eriophorum) y ἐρινάς /e-rii-nás/ "higuera salvaje" o ἐρινόν /é-rii-nón/ "higo borde".

Puesto que ha leído Vd. hasta aquí, estará resignada a oír mis desvergonzadas opiniones (fruto de universal ignorancia) y no le importará que añada una más: creo que la palabra ἔρινος, por ignorancia del significado, estaba disponible como significante, y simple y llanamente algún botánico se aprovechó de esta circunstancia para endilgárselo a un vegetal de modestas proporciones y, probablemente, carente de amistades que pudieran salir en su defensa y afear la conducta del botánico en cuestión.

En realidad, es de sospechar que a la Campanula erinus le pudo aplicar su nombre específico alguien que creyó que ἔρινος podía significar "lanoso" (¿no le dan sus pelillos cierta apariencia lanosa?).  Es una mera suposición, pero razonable.  Ahora bien, ¿qué rasgo de la Campanula erinus explica la comunidad de nombre con el Erinus alpinus?  Si Vd. lo conoce, y quiere ilustrarnos, le doy las más expresivas gracias anticipadas por su colaboración.


Antes de despedirme, quiero felicitar a las asociaciones que cada año (y ya van diez) organizan en Fuente del Arco unas Jornadas Orquilarqueñas, y un paseo botánico, a la busca de orquídeas primaverales.  Creo que se trata del ayuntamiento de Fuente del Arco, Adenex y el colectivo Taxus.  Cada año incorporan al epígrafe de una calle, en esa localidad extremeña, los azulejos de una nueva orquídea, creados por una artista local.  ¡Enhorabuena!


A la hora de ilustrar estas páginas (y la presente lo está más de lo acostumbrado) elegí la foto de arriba, que no es la mejor que tengo de la campánula, pero corresponde al amoroso encuentro, allá en Fuente del Arco.  Mientras tanto, el amigo Daniel me envía la última foto, que mucho me agrada, y tiene además el encanto de haber sido tomada en la fortaleza templaria de Ponferrada, la Pons ferrata o "puente herrada" por la que el medievo atravesaba el bajo Sil.


viernes, 17 de mayo de 2024

La hierba del papa Nicolás

 Las últimas lluvias han puesto el campo hermosísimo.  Paseaba anteayer por un otero de nombre arábigo (me parece a mí), el alto de la Torre Amril, y no podía creer que toda aquella hermosura, y una mañana tan bella, estuvieran ahí sólo para mis ojos --y los de los corzos y los pájaros que, ladrando los unos con pánico y protestando los otros con airados chasquidos, huían volando o a la carrera.  Se alzaba glorioso el sol de mayo, a templar las tierras refrescadas por las tormentas: los robles, siempre frioleros, empezaban a echar sus hojas de un verde ceniciento, al principio pintadas de púrpura; las peonias ya abrían de par en par sus rosas, el centro coronado de amarillas anteras; erguían los asfodelos su tallo de badana opalina, prestos a desplegar sus hexágonos blancos; y en el suelo no cabía una flor más: geranios, margaritas, verónicas, dientes de león, ornitógalos, acianos, resedas, astrágalos...  La lista es interminable, pero qué decir del número: tuve que acercarme a una cuesta, de un inverosímil color malva, por ver si era espejismo: y eran sólo geranios, una plétora de geranios.

Claro es que el nombre de la mayoría de plantas que me rodeaban era para mí un misterio (¡y eso que me conformo con el nombre!).  Con las gramíneas estoy resignado a no saber mucho más que el Hordeum murinum (con el que jugábamos a flechar el jersey del hermanito).  Da gusto, con todo, reconocer aunque sólo sea un centimillo de cuanto natura ofrece.  Y me pone muy contento identificar ya la Parentucellia latifolia; más de una vez la he debido de confundir, por no prestarle la atención que merece, con el Lamium amplexicaule, cuyos capullitos purpúreos imitan un poco los de la parentucelia.  Esta mañana había parentucelias a miles, a millones.  ¡Qué derroche espléndido!

En casa la parentucelia me ha hecho otro regalo, el de su curiosa etimología, que no cuesta mucho encontrar en la red, y confirma Flora iberica: es un fitónimo honorífico más, y en este caso honra a Tomás Parentucelli, también conocido como Tomás de Sarzana (por la villa, próxima a La Spezia, donde nació en 1397).  Pero ¿quién es ese Parentucelli?  Pues nada menos que el primer gran papa del humanismo italiano, Nicolás V, el apasionado de los libros, el amigo de los grandes latinistas de la época como Lorenzo Valla o Poggio Bracciolini; quien comenzó la transformación de Roma en la capital del Renacimiento que es hoy, el primer papa mecenas de artistas (a Juan de Fièsole, alias fra Angelico, le encargó esa joyita vaticana que es la cappella niccolina), el que hizo cardenal a Nicolás de Cusa; en fin, quien fundó esa maravilla que es aún hoy la Biblioteca Vaticana.  Mira que me caía bien ese sujeto, ¡y yo sin enterarme de que era un Parentucelli!  Ahora ya no se me olvida.  Espero.

¿Quién dedicaría esta simpática hierbecilla al papa Nicolás?  Veo que el género Parentucellia se atribuye al botánico, micólogo y pteridólogo Doménico Viviani (1772-1840), y cuando se entera uno de que Viviani nació en Lévanto (un pueblecito de la costa lígur distante unos treinta kilómetros de la Sarzana natal de Parentucelli) entra uno en sospechas de que la afinidad territorial (y probablemente también la afición por los libros, compartida entre el biólogo romántico y el humanista pontífice) ha tenido parte en la apofitosis (o elevación a hierbecilla del campo) de Nicolás V.  E si non è vero...

Parece que al género Parentucellia lo han trasladado de las escrofulariáceas a las orobancáceas: en mis papeles figuran en una u otra familia.  El cambio se debe a criterios cromosómicos, dicen; es la moda.  Pero que esté en la familia que quiera.  ¡Mientras haya en el campo parentucelias, y en las bibliotecas libros, me da igual todo!

lunes, 6 de mayo de 2024

De la vid y sus pámpanos

En busca de zarcillos di con la vid.  ¡La vid, gloria del Mediterráneo!  Ganas me dan de echarme al ruedo lírico e improvisar los gozos de la uva.  Aprovecharía, claro está, para poner verdes a los boreales y sus taciturnas pítimas de cervezas y orujos de ciruela.  Pero tate: debo contenerme y mantener el severo tono ensayístico de estas sobrias cuartillas.  En fin, nunca me había interesado por la palabra vid; o quizá sí, y lo he olvidado, que es lo más probable.  La cosa, en cualquier caso, tiene su gracia, y voy a escribirla aquí.

La vid en latín se nombra vitis, y esa voz se conserva en el binomio lineano, enteramente romano: Vitis vinifera: "la vid que contiene vino".  Lo primero que llama la atención es el parecido entre vitis "vid" y vinum "vino": esto, junto con la consabida relación material entre ambos, invita a pensar que son palabras emparentadas (ambas llevan vi- con I larga).  Pues no.  Lo primero que nos dicen los que saben es que no hay parentesco entre ambas palabras.  Aceptémoslo con resignación etílica.

El latín vitis parece que en origen no designó la vid (nos lo cuenta el venerable Dictionnaire étymologique de Ernout-Meillet), sino cualquier planta que trepe con zarcillos, y los zarcillos mismos.  El sentido de "viña", pues, es secundario, consecuencia de una restricción del significado original.  Eso explica no sólo que viticula valga "zarcillo", sino también la existencia de tantas vites con adjetivo, para designar diversas plantas, que el propio Meillet enumera: vitis alba "vid blanca", vitis nigra "vid negra", vitis canis "vid de perro", vitis silvatica "vid de bosque", vitis vineae "vid de viña".  El problema es saber a qué plantas remiten esas vides.

El mismo diccionario dice que la vitis alba es la "bryone" o la "aristoloche".  Por la primera entiendo la Bryonia dioica, aquí llamada tuca, túcal o nueza.  ¿La segunda cuál será?  Por mi pueblo tenemos la Aristolochia paucinervis y la A pistolochia, pero ¿pensaban en ellas los sabios franceses, o en cuál otra?  En cualquier caso, la Clematis vitalba se ha apropiado, en la nomenclatura lineana, del concepto de "vid blanca".

La vitis nigra es definida como "bryone noire", planta que desconocen mis diccionarios; la red me dice que se trata de la Bryonia alba, pero yo me pregunto si no se tratará más bien del Tamus communis, habida cuenta de que, entre otros sinónimos de esta trepadora, Font Quer proporciona en su Dioscórides renovado "nueza negra" y "vid negra".

Para la vitis canis tengo poca luz, pues esta "parra de perro" es interpretada como "saxifrague".  Peor aún me va con la vitis silvatica, para cuya identificación no se ofrece propuesta ninguna.  En cuanto a la vitis vineae se da como sinónimo ἀμπελοκλημία, palabra que juraría leo por primera vez; una breve búsqueda en la red me conduce a un glosario del siglo X donde parece que todo se explica: ampeloclemia: vitis vineae.  Quod erat demonstrandum.  Considerando que κλμα /klée-ma/ significa "zarcillo", y κληματς lo mismo (además de Clematis vitalba), puede que ἀμπελοκλημία quiera decir "zarcillo de vid" (μπελος /ám-pe-los/ es "vid", en griego).

Vitis es un sustantivo derivado del verbo latino viere: este significa "curvar", y por ende "trenzar", "entretejer", en especial con varetas de mimbre.  ¿Y cómo se llama en latín el mimbre?  Pues vimen.  (La palabra mimbre deriva de la forma vulgar *viminem.)  Ahí lo tiene usted: de la misma raíz que vitis.

No me diga que no le suena la palabra vimen.  ¿No ha oído hablar del Salix viminalis, esto es, el "sauce mimbrero"?  El mimbre debía de crecer en abundancia en una colina de Roma, llamada por ello collis Viminalis.  También vimen nombró en un principio cualquier materia vegetal trenzable, y con el tiempo restringió su significado a "mimbre".  Los artesanos viebant (trenzaban) vimina (mimbres) del mismo modo que la vitis (la trepadora en general, o la vid en particular) se entreteje, por medio de sus viticulae (los zarcillos), con los árboles en que se apoya.  "Trenzable" es en latín vítilis, y los cestos y demás objetos de mimbre se llamaron en Roma vitilia.  Todo encaja y se trenza admirablemente.

Y ya que hemos entrado en contacto con la vid griega (μπελος /ám-pe-los/), añadamos aquí la etimología de esa llamada "parra virgen" (virgen supongo que debido a que no da fruto... aprovechable) que la botánica nombra Ampelopsis tricuspidata: el nombre genérico alude al "aspecto de parra" (el segundo miembro es la ya conocida opsis), y el específico describe las tres puntas o cuspides de la hoja de esta parra.

En cuanto al Allium ampeloprasum, ya al puerro silvestre se lo llamaba en griego πράσον /prá-son/ y ἀμπελπρασον /ám-pe-ló-pra-son/ (que viene a significar "puerro de viña").  Como la alfa de ese πράσον es breve, la acentuación de la voz latina es esdrújula, como en griego: Ál-li-um am-pe-ló-pra-sum.

En fin, no lo olvidemos: viña nada tiene que ver con vid, por más que se parezcan.  Viña viene de vinea "vinaria", que, al igual que vindemia "vendimia", es un derivado de vinum (vindemia viene a significar "cosecha de vino").  Se parecen a vitis, pero no son del mismo tronco.  Resignación, hermana.  ¡Un buen trago, y pasará este amargo trago!

lunes, 29 de abril de 2024

Stoechas


 Unas amigas extremeñas preguntan qué significa stoechas, voz compartida como específico por un Helichrysum y una Lavandula.  Di mi respuesta aproximada, y ahora la escribo con algún detalle.

Esa voz (pronunciada en latín, a la clásica, /stóe-kas/) es, como les dije a las amigas extremeñas, la transcripción del adjetivo griego στοιχάς /stoi-jás/ "alineado" o "en fila".  Ahora compruebo que στοιχάς no sólo es un adjetivo, sino también un sustantivo, ya usado por Dioscórides en el significado "cantueso" (o de "lavanda" en general, según los diccionarios).  Mi opinión es que el cantueso recibe su nombre griego, que significa "ordenado en filas", por la peculiar colocación de las flores en su espiguilla floral.

En la base de ese nombre griego del cantueso está la voz στοῖχος /stói-jos/ "hilera", de la que depende στοιχεον /stoi-jéi-on/ "alineado", que significa también "gnomon del reloj de sol", "letra" y "elemento" (de hecho στοιχεῖα /stoi-jéi-a/ "elementos", es el título griego con que es conocido el tratado de matemática quizá más influyente de la historia, los Elementa de Euclides).  Por lo demás, la misma raíz da la palabra "verso" en griego (στίχος), de la que tenemos muchos representantes en castellano (dístico, hemistiquio, braquistiquio, etc.).

En el libro tercero de su Materia médica, en el párrafo sobre el cantueso (στοιχάς) dice Dioscórides lo siguiente:  "Se cría en unas islas de la Galia, frente a Marsella, llamadas Estécades, de donde ha tomado su nombre".  Alguna página de la red acepta esta opinión del médico griego y atribuyen la denominación helénica del cantueso a esas islas próximas a Tolón que, si yo no me equivoco, se llaman στοιχάδες /stoi-já-des/ (literalmente "alineadas"), en latín Stóechades (en francés de ahora, Hyères), precisamente por estar más o menos en fila, paralelas a la costa (a los griegos les gusta bautizar las islas por la figura de los archipiélagos, por ejemplo más o menos circular en las Cícladas, y en dispersión azarosa en las Espóradas).

En cuanto a que el cantueso reciba su nombre del de esas islas, como pretende Dioscórides, me permito dudarlo (sobre todo por lo insólito de tal derivación regresiva).  He buscado una opinión que respeto, la de Pierre Chantraine, y leo con simpatía (s.v. στείχω) su prudente observación sobre dicha etimología: explication acceptée par Strömberg; esto es, tampoco a Chantraine le convence y, con exquisita prudencia, le pasa el muerto al autor de Pflanzennamen.

Me ha hecho gracia ver que no faltan hipótesis para esta voz, sino que más bien se multiplican, como ocurre siempre que caminamos a oscuras.  En wikipedia afirman que el específico stoechas se ha aplicado al Helichrysum tomando el nombre griego de la lavanda, "por el parecido de sus hojas estrechas y de bordes enrollados hacia el envés".  En cierta edición del tratado dioscorideo se acepta con renuencia la etimología del botánico antiguo, puesto que se añade: "aunque quizá pueda justificarse su nombre por formar filas la planta" (curiosa actividad, para un vegetal).

En fin, amigas mías, elegid lo que más os convenza.  De momento no doy para más.

Del significado de Lavandula ya escribí aquí algo.

En cuanto a Helichrysum, he encontrado en la red varias etimologías que considero extravagantes.  Una de ellas afirma que el inicial heli- tiene parentesco con "hélice" o "enrollar"; otra la supone (con evidente desprecio de la épsilon) emparentada con "helios" o con el dios del sol (cuyo nombre griego comienza por una eta).

Opino que el primer elemento es el adjetivo ἕλειος /hé-lei-os/ "de pantano", y creo que lo confirma el hecho de que la palabra latina es transcripción del griego ελίχρυσος /he-lí-jryy-sos/ (añade por favor, piadosa lectriz, el espíritu áspero que no he conseguido poner sobre la épsilon inicial de esa palabra, ni sobre su variante ελειχρυσος /he-lei-ó-jryy-sos/) cuyo significado es, según la editora de Teofrasto, "Helichrysum orientale o stoechas".

Ese mismo adjetivo λειος se encuentra en la voz ἐλειοσέλινον /e-lei-o-sé-li-non/ (aquí el espíritu suave es original; y no me pregunten por qué) que designa el Apium graveolens, llamado en latín heleoselínum o helioselínum, y en botánica francesa ache des marais.

Dicho sea de paso, ache es la representación en francés de la voz Apium (típico neutro plural, apia, convertido en singular femenino, ache); ache se usa sólo en botánica, porque en la lengua común se ha visto desplazada por céleri.

Para hacerme perdonar tan farragosa página, y agradecer a nuestras amigas extremeñas la excelente acogida a la cuadrilla de extremaños, añado una fotito de cantueso con mariposilla.

miércoles, 10 de abril de 2024

Una fumaria recalcitrante

 Por razones que no vienen al caso preveo que en las próximas semanas me faltará tiempo para estas notas, así que publico aquí el resultado de mi última investigación.  Ya sé que investigación es un término demasiado grueso para estas páginas, pero ¿a quién no le gusta ennoblecer, aunque sólo sea de palabra, sus ocios y entretenimientos?

Es la cuestión que, como siempre que vuelve la primavera con sus flores, trato de recordar esos nombres varios meses en desuso y, con una memoria cada vez más claudicante, topo con géneros y especies resistentes al recuerdo, que repatean y dan coces como negándose a salir del rincón del cerebro, o quizá del bazo, adonde han ido a esconderse.  Acaso esa resistencia se deba a razones íntimas e inconfesables, como aquel aliquis de la Eneida que no conseguía recordar el amigo de Sigmund Freud; pero, muy poco inclinado a bucear en mi psicopatología, me limito a abrir un documento en el listófono (¡ah, la maravillosa tecnología!) donde voy asentando estos nombres recalcitrantes.

Pero visto el éxito con Phragmites (voz que resistió con bravura hasta que aprendí su etimología, y ahora acude presta en cuanto la convoco), me he propuesto hacer lo mismo con una fumaria, fácilmente reconocible como todas, aunque, al contrario de las otras, reacia a facilitarme su nombre genérico: la Fumaria capreolata.  Quizá si averiguo por qué se llama capreolata (pensaba yo) podré otra vez recordarla con más facilidad.  Y he aquí lo que he sacado en claro.

La primera sorpresa fue comprobar que en latín capreolus (acentuado capréolus) no es sólo el nombre del cabrito y del corzo (cuyo binomio lineano es Capreolus capreolus), sino que designa también, además de una azadilla, al zarcillo de la vid, el zarcillo por antonomasia.  A los otros nombres que tengo registrados para "zarcillo" (cirrus, cirrhus, viticula, clavicula) añado, pues, capreolus.  (También en castellano tenemos variedad de términos: zarcillo, cercillo, cirro, manecilla, pleguete, incluso pámpano.)

En resumidas cuentas, capreolatus ha de ser entendido como un cuasi participio con el sentido de "dotado de capreoli, esto es, de zarcillos", así que esta Fumaria ha sido llamada capreolata en reconocimiento de los zarcillos con que se eleva entre las hierbas circunstantes.  Claro está que, apenas llegué a esta conclusión, me faltó tiempo para salir al patio a examinar esa fumaria (cuyas semillas arrojé hace unos años, y desde entonces se reproduce ella solita): encontré un par de cabitos que podrían ser tomados por zarcillos (aunque no sujetaban nada), y comprobé que algunas hojuelas, éstas sí, contorsionadas como las hojas de la clemátide, se asían enérgicamente a las ramitas de una cercana hierbaluisa.

Por eso no me ha importado nada encontrar que Polunin afirma expresamente, en su descripción de esta fumaria, "sin zarcillos".  Al contrario, encuentro que la observación de Polunin está dirigida precisamente a deshacer el equívoco a que pudiera dar lugar el genérico, capreolata, confirmando así por vía indirecta, creo yo, el significado que propongo.

Capreolus "zarcillo" es, una vez más, un diminutivo, en este caso de caper o macho de la cabra (capra), y por tanto su significado propio es "cabrito" o "corcino".  Capreolus es el étimo del francés chevreuil y del italiano capriolo: ambos significan "corzo".  Y es de notar que frente al capriòlo (acentuado en la primera O), tenemos en italiano el cultismo capréolo (puesto que está acentuado en la E) que significa "zarcillo": yo sospecho que éste último puede estar tomado de la jerga botánica en latín.

Por otra parte, el femenino de la voz italiana, capriola, tomó en ese idioma el sentido de "voltereta", y como tal ha dado la voz castellana cabriola.  Las cabras, con su extraño mirar, sus alegres retozos e imprevisible comportamiento han dado lugar a serias dudas sobre su estabilidad mental; "estar como una cabra" y "hacer el cabra" son expresiones aún en boga, creo, y a su familia léxica pertenecen cabria, cabrio, cabrillear, chevron y muchas más.

También viticula (con la segunda I larga) es un diminutivo latino, en este caso de vitis "vid": no es de extrañar que viticula haya designado el zarcillo, quizá la forma más característica de la Vitis viniferaViticula resulta en castellano, siguiendo las reglas de evolución, en vedija; y en francés, esta vez con alguna dificultad fonética, en vrille, que significa "berbiquí" y también "zarzillo".  Y viticulum explica el italiano viticcio, que, junto con cirro y capreolo, es otro nombre del zarcillo en el idioma materno del amigo Bubani.

jueves, 28 de marzo de 2024

Centaurea y Zostera

 No es raro que el aficionado a la botánica encuentre en la nomenclatura variantes con las que no sabe muy bien qué hacer, o cuál dar por buena.  Sobre un caso parecido tiene la amabilidad de pedir mi opinión R. R., en la alternativa de elegir, por una parte, entre Centaurea ultreiae, creado en la descripción de la especie, y Centaurea ultreia, forma que muestra Flora iberica; y, por otra, entre Zostera noltei que figura en ciertas fuentes, y Zostera noltii propugnada por la misma Flora.

Yo estoy un poco avergonzado, no ya por no poder dar una respuesta terminante (al fin y al cabo, sobre la corrección de los nombres botánicos deberá pronunciarse alguna autoridad, si la hay, en nomenclatura botánica), sino por haber tardado tanto en responder a su consulta, que no he echado en saco roto; pero no me ha sido posible dedicarme antes a ella.  Por lo demás, quizá convenga repetir que lo que sigue está limitado a mi particular punto de vista, que es el del latín clásico o, para ser más preciso, de lo que yo considero un latín correcto.

Ultreia, si no me equivoco, se ha propagado en el arrobado ambiente del camino de Santiago como exclamación de ánimo; se tomó del Codex calixtinus (ese mismo famosamente robado, no ha mucho, de la catedral compostelana; en la wiki inglesa lo llaman Codex compostellus; ay, qué dolor...).  En cuanto interjección, si lo es, no cabe duda de que es indeclinable y parece preferible, por ende, la forma indeclinada ultreia frente a la forma de supuesto genitivo ultreiae.

No obstante, la lengua es tan caprichosa que uno puede ver declinada una interjección o, si se tercia, un presente de subjuntivo (lo que en efecto ocurre con viva, cuyo plural sin duda es vivan; pero cuando se dan vivas a la bandera, se encuentra uno con un inesperado plural nominal, que nadie osará tildar de incorrecto).  Como latinista no me siento particularmente inclinado, ni tampoco disgustado, por una u otra variante.  Encuentro ligeramente más expresiva la forma ultreiae, del mismo modo que a don Salustiano Olózaga, que tuvo la humorada de repetir en su discurso parlamentario "dios salve al país", la chacota madrileña acabó por llamarle, no el político salve, sino el político de la salve.

En cuanto a la Zostera, encuentro en red una Nanozostera noltei (Hornemann) Tomlinson y Posluszny 2001, llamada Zostera noltei por Hornemann en 1832, y Zostera nana por Roth en 1827, una fanerógama marina como la Posidonia.  Imagino que está dedicada a Ernst Ferdinand Nolte, botánico y briólogo (Hamburgo 1791, Kiel 1875).  Si es así, el problema de la "corrección" de noltei o noltii está ligado a la cuestión de la transcripción al latín de nombres propios en la era moderna.  Este es un asunto que me resulta muy entretenido, y en el que me engolfaría con extremo placer; pero voy a contenerme un poco, y posponerlo para otra ocasión, en atención a inocentes botánicos, que no me han hecho nada.

En resumen, para latinizar un apellido, o bien se traduce al latín, si es posible; o bien se toma el apellido tal cual y se convierte en sustantivo, generalmente de la "segunda declinación" latina, por el simple procedimiento de añadirle las desinencias -us, -i o -ius -ii.  (Por supuesto, hay muchas otras posibilidades, entre ellas la adoptada por Lineo, o por su padre, quien tomó el lind o tilo sueco como apellido familiar, y latinizó su variante local, linn, en Linnaeus.)

De los modos arriba señalados, en botánica se echa mano del último, esto es, el añadido de -ius -ii, con una frecuencia que sobrepasa con mucho, si no he tenido mala suerte en la búsqueda de ejemplos, a los otros procedimientos.  Pocos he encontrado con el sufijo -us -i. (de Boissier, vg. la Centaurea boissieri; de Bubani, vg. la Armeria bubanii), en cambio muchos con sufijo -ius -ii: de Burnat, burnatii; de Lamarck, lamarckii; de Loscos, loscosii, de Willkomm, willkommii,..

Desde el punto de vista del latín, cualquiera de los dos sufijos es admisible, y aun diría elegante, si no fuera porque en algunos casos chirría el procedimiento.  (Por ejemplo, leer que hay una Alchemilla bautizada cuatrecasasii magulla seriamente los sentimientos de un latinista probo, y aun del hablante peninsular, a quien costará no oír "cuatro casas" en ese apellido; cualquier otra variante --por ejemplo, cuatrecasensis-- habría sonado menos atroz.)

Volvamos a la Zostera.  Si queríamos honrar al señor Nolte, podíamos optar por latinarlo en Nolteus (sufijo -us, -i), y por tanto "de Nolte" sonaría Noltei; o bien en Nolteius (sufijo -ius, -ii), y "de Nolte" se diría Nolteii.  Como se ve, ninguna de las formas es la defendida en Flora iberica.  Claro es que a veces se mutila ligeramente la base del apellido: así por ejemplo de Lapeyrouse he encontrado una Alchemilla lapeyrousii (se ha mutilado la -e final, cosa comprensible en apellido de tal longitud).

En resumidas cuentas, desde el punto de vista de la corrección lingüística, son igualmente aceptables Noltei, Nolteii y Noltii, y los tres cuentan con precedentes en la tradición botánica, aunque más el segundo, esto es, Nolteii.  A la forma Noltii yo le encuentro un defecto: no deja adivinar el apellido que pretendía honrar, claramente sugerido, por el contrario, en las formas Noltei y Nolteii, que enseguida remiten a Nolte: un ignorante como yo nada sabía del botánico, pero sí recordaba al rubio actor Nick Nolte, víctima en Cape Fear del malote De Niro.

[He corregido la cita de Flora iberica (que yo escribía Flora ibérica, como si fuera castellano), quitándole el acento, que no le corresponde por ser un título en latín.  Agradezco esta observación a mi amiga R. R.]

lunes, 18 de marzo de 2024

De nominibus botanicis VIII: fitónimos honoríficos II

Me falta citar fitónimos honoríficos (y con esto concluyo) de época moderna y contemporánea.  Puesto que la botánica habla latín, y los apellidos que ella autoriza pueden sonar en cualquiera de las restantes lenguas, un examen detallado del asunto pediría determinar las condiciones y modos en que se latinizan los nombres propios; pero dejo esa cuestión para otro momento, y me limito a enumerar, casi al azar, algunos ejemplos.

Claro es que los inmortalizados son a menudo, y con justicia diría yo, los mismos cuya atención y esfuerzos han contribuido a la ciencia del vegetal, esto es, los propios botánicos.  Pero en esto, como en todo, Fortuna domina: véase, si no, cuán diferente suerte ha corrido La Condamine con su Condaminea, poco conocida, al menos por estos pagos, en comparación con el señor de Bougainville, cuyas llamativas flores (o brácteas, para que no me regañen) cuelgan de tantas tapias.

No tiene nada de extraño que fuera el marsellés Charles Plumier quien con más éxito practicara tal apofitosis (ya que no apoteosis), pues aunque él era un humilde fraile mínimo, fue botánico oficial de Luis XIV (en su tiempo el más pujante monarca), y con tal condición viajó varias veces a América, hasta que en 1704, en el Puerto de Santa María, una pleuresía canceló definitivamente sus viajes.

Así pues, fue Plumier quien dio a la Fuchsia el nombre del alemán Fuchs; a la Magnolia el del monspesulano Pedro Magnol; a la Lobelia el de Matías l'Obel o Lobel (éste latinizaba su nombre en Lobelius); a la Clusia el de Carlos de l'Écluse, quien firmaba Carolus Clusius.  La wikipedia francesa afirma que Plumier fue el primero en dar nombres ilustres a las plantas: es evidente que exagera; quizá fuera el primero que lo hizo por sistema en la modernidad.  Parece que también se le debe el bautizo de la Dioscorea en honor del médico griego.  A su vez el nombre del fraile mínimo fue ensalzado mediante el franchipán, con el género Plumeria autorizado en 1753 por Lineo, si bien puede que antes ya lo usara Tournefort, en su variante Plumiera.

Sin duda Lineo contribuyó a enriquecer la fitonomástica a base de nombres de botánicos; además de la Plumeria, cito a título de ejemplo la Gardenia, que recuerda al escocés Alejandro Garden; o la Loeflingia, con la que el sabio sueco pretendía honrar la memoria de su discípulo Pedro Löfling (o Loefling), que murió jovencito, con veintisiete años, herborizando en Venezuela.

Los botánicos, gente pacífica y poco envidiosa, admiten en su compañía a toda suerte de vegetalinos, incluidos aficionados, apenas otra cosa que amables compañeros de viaje; no es el caso de rizótomos competentísimos, aunque sean pastores como Pierrine Gastón-Sacaze (a quien Spruce dedicó el pirenaico Lithospermum gastonii: lo cuentan Patxi Heras y Marta Infante en su librito sobre el briólogo inglés) o farmacéuticos como Bartomeu Xatart, quien apellidó a la Xatardia o Xatartia.  Por cierto que a los boticarios los honra en cierto modo cada hierba nombrada officinalis, puesto que ese adjetivo alude a la oficina de farmacia.

Ahora bien, no todo es paz en la república botánica.  Lo ilustra el académico de Petrogrado Johannes Siegesbeck, quien "denunció enérgicamente el 'obsceno' sistema de Linné y la 'repugnante prostitución' que el Creador jamás habría tolerado en el reino vegetal" (cito de la biografía de Lineo por Wilfrid Blund, en la traducción de Manuel Crespo).  "Siegesbeck es recordado hoy en día, escribe Stearn, 'sólo por la mala hierba, fea y con flores pequeñas, que Linné llamó Sigesbeckia', aunque para ser justo debería mencionar que la planta había sido bautizada así antes de que ambos se pelearan".

La lista, en fin, podría alargarse mucho.  Pongamos punto final y dejemos aquí a los botánicos.

El otro grupo importante de apellidos inmortalizados en fitónimos es el de los primates, los personajes poderosos de quienes a menudo dependía el botánico para el satisfactorio ejercicio de su ciencia, sobre todo cuando mediaban costosos viajes de exploración.  El propio Plumier había honrado en la Begonia el nombre de un alto funcionario: Michel Bégon, intendente de Saint Domingue (isla de la Española, o Haití), le había facilitado su trabajo en el Caribe.

Como también aquí el catálogo sería interminable, me limito a un par de casos, habiendo ya mencionado la Josephinia, la Calomeria, la Napoleonaea o Napoleona, la Paulownia, la Carludovica y otras tales.

Considero el caso de la Cinchona de especial interés, por un triple motivo.  Por una parte, el origen del nombre no se discute, es el topónimo castellano Chinchón.  Ahora bien, ahí termina el acuerdo, pues, si bien los europeos descubrieron la quinina (que los amazonios ya usaban como febrífugo) bajo Luis Jerónimo Cabrera, cuarto conde de Chinchón (virrey de Perú entre 1629 y 1639), los cuentos que explican el cómo varían hasta extremos cómicos: ora enfermó el conde y se curó con quinina, ora fue la condesa la doliente, ora doña Francisca de Rivera (la esposa de marras) fue una heroica precursora de la farmacia antipalúdica...  En etimología no son de fiar los étimos anecdóticos, pero cuando son varias las anécdotas, la sospecha ya es vehemente.  No digo que no sea alguna cierta, pero ¿cuál?  Lo único que parece claro es que en la Cinchona se honra al condado de Chinchón.

En segundo lugar, está el problema de la transcripción latina.  ¿Por qué Cinchona?  Lo esperable sería Chinchona (aceptando la grafía original) o bien Sinsona o Cinciona (tratando de adaptar, mal que bien, la CH castellana a la fonética latina).  Varios textos afirman que la grafía Cinchona es influjo de la lengua italiana (donde /chi/ se escribe CI), pero eso no tiene sentido: Chinchón en italiano se escribiría Cincione, con lo que el género sería Cinciona; puestos a italianizar, ¿por qué sólo a medias?

Y luego está el problema de la pronunciación.  Aquí se topa uno de los escollos de la poliglosia y (permítanme el neologismo) la poligramia, quiero decir la variedad de sistemas gráficos que arbitran las lenguas, más o menos coherentes para cada una, pero contradictorios entre sí.  Yo he propuesto aquí pronunciar sin más a la latina, con lo cual habría que pronunciar Cinchona, sin pensárselo dos veces, /kin-kó-na/.  ¡Mas, ay, no me gusta, no me gusta!  La Academia española se queja de que llamen cinchona a la quinina, y no como se debería, chinchona; consiento con los académicos, pero es fácil hablando en castellano, idioma (supongo) del conde de Chinchón.  ¿Pero qué hacemos con el cinchona latino?

Lo más gracioso, y perdonen que me alargue, es que he encontrado en la red una serie de vídeos y páginas donde enseñan how to pronounce nuestro género, y los que he oído coinciden en algo así como /sin-có-na/.  Imagino que establecen no cómo se debe pronunciar, sino cómo se suele pronunciar entre angloparlantes (que no es lo mismo).

Para terminar, citaré una especie que, acabo de comprobarlo con sorpresa, los estudios moleculares han deportado a un nuevo género: sí, queridos, el Chenopodium bonus-henricus ya no es el Chenopodium bonus-henricus sino que es ahora, por lo visto, Blitum bonus-henricus, si hemos de fiarnos de las distintas wikipedias.  Pero dejemos a esos caballeretes con su afición de cambiar nombres, y vamos al hecho: ¿habrá algún botánico serio, o aficionado raso como yo, a quien no le choque ese curioso nombre, bonus Henricus que, como es fácil adivinar, significa "el buen Enrique"?

Menciono esta especie botánica por eso, y porque he leído más de una vez (sin ir más lejos hace un rato en la wikipedia española) que tal específico lo creó Lineo en honor de Enrique IV de Francia, le bon roy Henri, quien (y en esto se ve la astucia etimológica del autor de la idea) fue un gran protector de botánicos.  Que el sueco albergara tiernos sentimientos de gratitud por un rey francés muerto un siglo antes ya es sospechoso.  Pero para comprobar la falsedad de esa etimología basta con acudir al New Kreüterbuch (de 1543): Fuchs afirma que este género würt allenthalben Güter Heinrich genent "en todas partes lo llaman el buen Enrique"; y nótese que esto se publica diez años antes de que naciera el bueno de Enrique Borbón, que en su cuna de Pau ni soñar podía con la corona francesa.

Si usted, amiga mía, no quiere ir al Kreüterbuch, vaya usted al Dioscórides renovado de Pío Font Quer, cuya ciencia hace vanos nuestros balbuceos.  Allí, sub voce zurrón (el nombre que propone para el Chenopodium bonus-henricus; en Aragón lo llaman también serrónsarrión), se lee lo siguiente: "bonus-Henricus es una simple traducción del alemán guter-Heinrich.  Según Marzell, la fidelidad con que acompaña al hombre en sus viviendas campestres le ha valido aquella dignificación, como si encarnase cierto grado de humanidad afectuosa".  Así pues, ese Heinrich, Henry o Enrique es aquí un genérico, como el Jean-foutre con que los franceses motejan al charlatán, o el Mijail Potápich, o Micha ("Miguelito") que en los cuentos rusos designa al oso.

Me he alargado mucho, pero me importa un bledo.  No quiero ser descortés, sólo aprovechar la ocasión de señalar que la voz latina blitum, que ahora sustituye a Chenopodium y los diccionarios suelen interpretar como Amaranthus (al igual que su correspondiente griega, βλτον /bli-ton/), está en el origen del bledo castellano, tan proverbialmente denostado.  Sí, así es: blitum > bledo.  Quizá todo esto a usted le importe un Amaranthus, pongamos, blitum o blitoides.

domingo, 4 de febrero de 2024

De nominibus botanicis VII: fitónimos honoríficos

 Hora es ya de abordar la tercera de esas clases en que he repartido, provisionalmente, los nombres de plantas: los que llamo fitónimos honoríficos u honorarios.  Muy antigua es la asignación a plantas de nombres de personalidades, divinas o no.  (Y nótese que hablamos de nombres, no de plantas que la devoción dedique a un ser, como la encina a Zeus, el laurel a Apolo o la rosa a los monjes benitos.)  Encontramos muestras de aquello en fitónimos actuales que continúan voces grecorromanas.  Enumeraré unas pocas a título de ejemplo.

Entre los fitónimos que honran a dioses empezaré (por respeto al jefe) por el Dianthus, que califica al clavel como Διὸς ἄνθος o "flor de Zeus"; y pues ya escribí sobre ello no me repetiré aquí.  También de Júpiter, el correspondiente romano de Zeus, se honra el numen en nombres de vegetales: el Juglans o nogal es la "bellota (glans glandis) de Júpiter", pues el raro nombre del dios (Juppiter Jovis) tiene la raíz *di- "brillar", apenas adivinable aquí en la primera sílaba: ju- (las otras dos sílabas de Juppiter son del vocativo pater "padre").

Es tal la majestad de Júpiter que hasta su barba ha dado fitónimos: en efecto, la jusbarba o jovibarba, la "barba de Júpiter" o siempreviva, joubarbe para nuestros vecinos del norte, es interpretada en general como Sempervivum.  Sin embargo, no parece ese el sentido en la Naturalis historia 16 76, donde se alude a que la barba Iovis odia el agua, y en jardinería admite la poda: una nota en mi edición afirma que Plinio está hablando de la fabácea Anthyllis barba-jovis que, como se ve, conserva el apelativo.  (He visto usar la voz castellana jusbarba para traducir el francés joubarbe, referida a una barba Iovis interpretada en nota como Sempervivum globiferum, también llamado, creo, Jovibarba globifera; pero veo que el DRAE, siempre sorprendente, trae la palabra jusbarba como nombre --si he entendido bien-- del Ruscus aculeatus.)

Por la cuota femenina mencionemos a Afrodita, la diosa Κπρια /kú-pri-a/ o "chipriota", así llamada por haber nacido en o junto a Chipre o Κπρος /ký-pros/; y ahí tiene usted por qué el metal de Venus es el cobre o "(metal) de Chipre".  Pues bien, ensalza su divino calzado el Cypripedium o "planta de la Cipria", esto es, "planta de Afrodita".  Por mucho que se empeñe alguna página, πεδίον /pe-dí-on/ significa "llanura", y sólo de modo traslaticio "planta del pie".  No cabe pensar que el inventor del nombre genérico confundiera πεδίον con πέδιλον /pé-di-lon/ "calzado", o el latín pes con el griego πούς.  Donde está el "zapatito" es en el específico calceolus, diminutivo de calceus "calzado".

A la diosa Cipria los romanos la llamaban Venus --en origen nombre abstracto del "impulso" (venus venerissexual: de ahí el Adiantum capillus-veneris ("cabello de Venus"), la Scandix pecten-veneris ("peine de Venus"), la Legousia speculum-veneris ("espejo de Venus"), y por último (de momento) el Umbilicus erectus que antes fue Cotyledon umbilicus-veneris ("ombligo de Venus").

Además de los dioses, también los héroes o entes semidivinos dan nombre a diversos vegetales: Hércules (a quien los griegos llamaban Heracles) al Heracleum, Aquiles a la Achillea, el semipenco Quirón a la Centaurea y el Centaurium, de todos los cuales hemos escrito algo y por ende nos detenemos aquí.

Cabe citar aquí a la ninfa Dafne, amada en vano por Apolo, cuyo deseo burló convertida en árbol: el dios la adoptó como planta de su numen, y no la mencionamos aquí por eso, sino porque su nombre (Δφνη es el nombre griego de la muchacha, y δάφνη /dáf-nee/ es en griego el nombre del laurel) ha servido para un género de las timeleáceas (creo), entre las que se cuentan la Daphne laureola: ésta ostenta como específico el diminutivo de laurus "laurel" (claro está que la Laurus nobilis se quedó con el nombre latino del "laurel noble"); parece que ya Teofrasto y Dioscórides llamaban a esta planta δαφνοειδής ("semejante al laurel") y χαμαιδάφνη ("laurel humilde"), aunque me parece que no hay consenso en esto.  Pero basta de dioses y diosecillos.

Pasando de los dioses y los héroes a los simples mortales, incluso éstos han dado su nombre a yerbas.  Claro que no mortales cualesquiera, sino sólo los poderosos, o los médicos de los poderosos.  Así, por ejemplo, Eupatorium honra a Mitridate VI, rey del Ponto, de cuya inclinación por la botánica y las ponzoñas creo que hicimos mención.  Muchas páginas de la red atribuyen el género Artemisia a la diosa Artémide (esto es, la Diana latina, diosa de la noche y hermana de Apolo), pero yo me atengo a lo que escribió mi agüelo Plinio en el libro 25, párrafo 73 de su enciclopedia: que la planta se nombra así por la esposa, luego viuda, de Mausolo, célebre por el Mausoleo.

En cuanto a médicos, hay acuerdo en que el género Euphorbia honra a Euforbo, médico del cultísimo rey de Numidia Juba II; ambos, monarca y galeno, reciben honra en el nombre de la Euphorbia regis-jubae, especie que habita Canarias y el Magreb.  (En griego εφορβία significa "rico pasto"; regis Iubae es el genitivo, significa "del rey Juba".)  Y la Musa paradisiaca o platanero se ha atribuido al médico de Augusto, aunque no sin contradicción.

Y basta por ahora de antigüedades.  Vayamos a fitónimos de bautizo más reciente.

sábado, 20 de enero de 2024

De nominibus botanicis VI: nombres descriptivos

Muchos son los fitónimos forjados para describir un carácter de la planta, o el vegetal en su conjunto.  Así Saxifraga o rompepiedras; así quizá Plantago, que Meillet interpreta como metáfora formal (las hojas del llantén tendrían forma de planta del pie), aunque me pregunto si no tiene el nombre más que ver con el hecho de ser una hierba especializada en ser pisable.

Pero más que en los nombres de género, el esfuerzo descriptivo se concentra, tengo esa impresión, en los nombres específicos: repens "reptante", humilis "humilde" o "próxima al suelo", graveolens o "de olor pesado"...  Y no hay claro indicio, en mi opinión, de un reparto racional, a la hora de describir, entre el uso del latín (parviflora "de flor pequeña") y el del griego (micrantha "de flor pequeña"); ambos han sido los idiomas preferidos por los botánicos, al menos en el pasado milenio.

Latín y griego (quizá éste sobre todo) han sido cantera de tecnicismos botánicos, no necesariamente integrados en algún binomio lineano.  Es el caso, pongamos, de mesophilum y mesophyllum, voces de formación griega cuya forma en latín todavía diferencia entre φίλος /fí-los/ "amigo" (mesófilo: vegetal de ambiente intermedio) y φύλλον /fýl-lon/ "hoja" (mesofilo: hoja de enmedio), mientras que en castellano sólo las distingue un rasgo tan problemático como el acento de palabra.

Omito aquí distinguir entre fitónimos heredados de la botánica antigua y neologismos creados por la botánica moderna, digamos del Renacimiento para acá.  Creo que sería interesante esa distinción, pero estoy verde para hacerla.  Barrunto que muchos términos de la nueva botánica han nacido con el propósito de describir la planta, si no es que fueron derechamente largas descripciones, como las de Bauhin y Plukenet.

A menudo hallamos en el fitónimo descriptivo un solo elemento léxico (como en Plantago): lo hemos visto en las geraniáceas, cuyo nombre es de origen griego y alude al parecido de sus frutillos con el largo pico de ciertas aves: así el Geranium (γεράνιον /ge-rá-ni-on/ "grullita", diminutivo de γέρανος /gé-ra-nos/ "grulla"), el Pelargonium (de πελαργός /pelargós/ "cigüeña") o el Erodium (ἐρῳδιός /e-roo-di-ós/ "garza").

Sin embargo, lo más frecuente en la terminología descriptiva son, si no me equivoco, las voces compuestas de dos elementos (como en Saxifraga, de saxum y frángere).  Parecerá una tontería, y quizá lo sea, pero sospecho que nuestra oreja tiende a reconocer la composición léxica principalmente en palabras tetrasílabas, como ocurre con soplamocos, cascanueces o pelagatos.  En cualquier caso, creo que las inquisiciones etimológicas se concentran en este tipo de palabras: con una de ellas, Centranthus, inauguré estas páginas.

¿Cómo abordar el rico caudal de fitónimos de este tipo?  Los enfoques son infinitos.  Arrastrado por mis hábitos, he escrito páginas sobre nombres que contienen la idea de "grande", "pequeño", "rojo", "verde", etcétera, esto es, las voces compuestas de magnus y parvus, o de μακρός y μικρός, de ruber, viridis, luteus y demás: es decir, tiendo a organizar las voces por sinónimos o elementos de composición, un criterio más filológico que botánico.

Se me ocurre que quizá sería mejor usar criterios de botánico y, por ejemplo, agrupar por un lado las voces que describen un detalle anatómico de la planta (caso de los mencionados Geranium &c, alusivos a la forma del fruto; o Himantoglossum, que expresa un detalle de la flor, y en ese caso clasificar según el nombre dibuje la flor, el fruto, la semilla, la hoja, etc.) y por otro lado agrupar las voces que describen la figura entera del vegetal.  Claro en este supuesto me encuentro con dificultades.

Así, por ejemplo, chamaecyparissus, específico de una Santolina, parece describir la planta como un "ciprés enano" o "ciprés de suelo" (κυπάρισσος /ky-pá-ris-sos/ "ciprés", en latín Cupressusχαμαί /ja-mái/ "en el suelo"), pero la mención del ciprés en el fondo alude a la forma de la hoja, de igual modo que chamaedrys, aun significando "roble de suelo" (δρς /drýys/ "encina"), en realidad compara las hojas festoneadas de la labiada con las del roble (pienso en el Teucrium: me parece que la observación falla para la Verónica): lo único que representa al conjunto de la planta es la idea de chamae- o χαμαί: esto es, "de dimensiones humildes" (como también lo expresa el específico humilis).

Ahora encuentro que hay unos árboles asiáticos y americanos que han recibido el nombre botánico de Chamaecyparis, supongo que por apócope de chamaecyparissus; aunque el χαμαί no les va nada, porque alguno alcanza, al parecer, los setenta metros.

Como se ve, la cabra tira al monte: de nuevo agrupo las palabras por coincidencia de significantes y significados; uno es más filólogo (sin serlo mucho) que botánico (en yerbas).  Así, los fitónimos citados me recuerdan a la "manzana de suelo" o Chamaemelum, donde al conocido χαμαί, que indica humildad o pequeño tamaño, se une en este caso μλον /mée-lon/ "manzana" (el correspondiente griego del malum latino).  También en castellano la manzanilla toma el nombre de la manzana: opino que lo comparado en esta ocasión no es ninguna forma, sino el aroma de las cabezuelas florales.

De igual manera, todos estos chamae- me llevan, aun sin quererlo, al camaleón, que al fin y al cabo es una fiera, como el león, pero pequeñita y humilde cual tierna verónica: es un "león de suelo" (eso significa su nombre genérico, y también el específico en el caso del camaleón común que tenemos por aquí, Chamaeleo chamaeleon: si no me equivoco en la transcripción, el uno va a la latina, y el otro a la griega).  [Nota sobre acentuación: /ka-máe-le-o ka-mae-lé-oon/ para el reptil; /ka-mae-cý-pa-ris/ para los árboles, /ka-mae-cy-pa-rís-sus/ el teucrio, y /ka-mae-mée-lum/ la manzanilla.]

Antes de abandonar este apartado, quiero recordar que también entre estas voces se oculta la trampa: palabras hay que parecen significar algo, y probablemente nada significan, quiero decir que nunca sabremos qué significaron en su origen: así καρυόφυλλον y las Caryophyllaceae tienen poca probabilidad, creo yo, de hallar su origen en las hojas del nogal.  Pero Alá es más sabio.