La claridad de la nomenclatura científica da un sentido luminoso a la voz Quercus. Pero, al contrario del botánico, al latinista peatón le cuesta averiguar a qué especie botánica alude esa palabra. ¿Al erguido carballo? ¿A la cenicienta encina? ¿Al friolero alcornoque? ¿Sentía, el hablante de hace dos mil años, la unidad que hoy reconocemos entre el empinado roble y la humilde coscoja? Ay, preguntas sin respuesta, al menos para este ignaro.
Así pues, como nada sabemos, nos lanzamos a pontificar. Tarde es ya para volver atrás. Y pensar que comencé estas páginas con el modesto afán de promover la pronunciación clásica de /kuér-kus/ en lugar de /kér-kus/. Adónde nos lleva el cándido dejarse llevar...
Antes de entrar en materia (que entraré muy poco, porque ya adelanto que tengo recogida mucha información, pero muy poco digerida), quiero referirme, con perdón, a un problemilla mío: sea por la paronomasia o por el género femenino, cuando oigo hablar de la chêne pienso en la familiar encina, y no en los tiesos arbolazos que pujan allá al norte, en más húmedas comarcas; aunque el parisino, la verdad sea dicha, más bien a tales gigantes se refiere, pues para nuestras Quercus de secano el francés necesita determinantes: chêne vert (encina), chêne-liège (alcornoque), chêne-kermès (coscoja).
Habrá lector que, más agudo o más afortunado, se sonría con estas dificultades. Pero las menciono precisamente porque tengo la sospecha vehemente de que no me afectan solo: antes, al contrario, la tendencia mesetaria es traducir mecánicamente chêne por encina. Cojan, por ejemplo, el diccionario de latín más difundido en los institutos españoles en los amenes del siglo XX: ¿qué traducción da para quercus? Encina. En mi opinión se debe a que, como evidencia este y otros muchos ejemplos, el diccionario mencionado es básicamente traducción del léxico latino-francés de Félix Gaffiot, benemérito trabajo a pique de cumplir su primer siglo.
En cuanto al diccionario de griego clásico más usual en nuestros pagos (transparente versión, por su parte, del ya más que centenario léxico griego-francés de Anatolio Bailly), da para δρῦς el significado de "encina", pese a que el de "roble" es mucho más exacto. ¿Por qué? En mi opinión, porque Bailly interpreta chène, y la conocida tendencia... Pero para ver que con δρῦς los botánicos entienden más bien Quercus robur, de hojas lobuladas, basta fijarse en el específico chamaedrys (ya comentado aquí) donde es la forma de las hojas lo que justifica, según consenso general, ese epíteto de "roble de suelo" o "roble enano" para un Teucrium que, por lo demás, también es designado como quercula (transparente diminutivo de quercus).
(Dicho sea de paso, en la red afirman que la Veronica chamaedrys se llama así por el parecido de sus hojas con el Teucrium chamaedrys. ¡Ay! De parecido en parecido puede suceder como en ese juego de pasar información de boca en boca, que al final es irreconocible la frase del comienzo.)
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Esta página tengo escrita hace meses e, incapaz de darle continuación o reforma, la publico hoy con el fin de desatascar mi espíritu, lamentablemente encallado en quercus... Era mi propósito desenredar la madeja de mis perplejidades. ¿Las famosas encinas de Dodona, eran encinas, o eran más bien robles, o qué eran? Cuando Homero a las δρύες las llama ὑψικαρήνοι /hypsikareénoi/ "de alta copa", ¿habla de encinas, como se suele traducir, que aquí se llaman también chaparros --y achaparrado es un adjetivo muy reñido con la altura-- o más bien de otros árboles? Por cierto que esa cita homérica (Ilíada 12 132) la eligió para presidir su Guía de árboles y arbustos el sabio Ginés López, de cuya muerte, el verano antepasado, acabo de tener noticia.
En fin, si consigo abrirme las venas de la ignorancia, no descarto escribir algo de más sustancia sobre este asunto, muy interesante pero del que ahora me alejan otros, con más fuerza gravitantes sobre mi espíritu voluble.
Tenía planes ambiciosos cuando puse ahí esa imagen, tomada en la hermosa catedral de San Beltrán de Comines, para ilustrar el abundante uso heráldico del Quercus, sea roble, sea encina, sea lo que sea... De momento, yo nada sé. Al fin y al cabo, la nomenclatura botánica, toda ella, se ha constituido precisamente para tratar de subsanar la mezquina capacidad de los idiomas naturales para describir con precisión la naturaleza.
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