lunes, 15 de diciembre de 2025

Torminalis

 ¿Qué significa torminalis?  No me lo había preguntado.  Para mí no era más que el apellido de la Sorbus torminalis.  ¿Tiene ese serbal algo que se retuerza?, pensé.  Pues la palabrita en cuestión parece relacionada con el "retorcer" latino, esto es, torquere /tor-cué-re/, verbo poderoso que da mucho juego en las lenguas modernas y de donde vienen, por ejemplo, nuestras voces tormento y tortura.

Supongo que todo hablante de español entiende qué tienen que ver tormento y tortura con torcer (el verbo castellano que continúa el torquere latino) y su intensivo retorcer.  No hace falta ser chino para saber cuánto duele retorcer el brazo, o la oreja (pequeña tortura favorita de cierto hermano marista perseguidor, en Burgos, del niño que fui).  Pero creo que el significado cruel de tormento proviene de lo que nuestro siglo clásico llamaba "trato de cuerda".  Por cierto que las propias cuerdas se fabrican retorciendo fibras, y de ahí el torzal y la torcida (el pabilo de la vela, objeto que habría que explicar, quizá, a los lectores jóvenes).

No por casualidad torzal se parece a torzón, el cólico intestinal fatal para tantos caballos, más o menos equivalente a los retorcijones en los humanos (en casa siempre dijimos retortijones).  En fin, de torquere derivan asimismo torso, torsión, tórculo &c, y de su participio tortus "retorcido" vienen las aguas tuertas, esto es, las que se retuercen en múltiples meandros al discurrir por planicie, así como nuestro tuerto, que ahora designa al one-eyed man (como decimos en Logroño) pero en origen describía al que torcía la mirada, esto es al estrábico y al bisojo.

Además, como sustantivo, un tuerto era una injusticia, dígalo si no mi señor don Quijote, que pasó muchas lluvias y bochornos nomadeando por campos de Montiel y de la Mancha, con el alto propósito de deshacer tuertos y proteger doncellas.  ¡Años oscuros, privados de ministerio de igualdad, aunque iluminados por la antorcha de la andante caballería!

De la familia de torquere hay que separar, pese al ligero parecido, torno y tortilla, derivado el primero de la raíz de térere "perforar" (aunque sospecho que ha habido hibridaciones y confusiones), y de etimología oscura el segundo, pero desde luego descartable el parentesco con torcer por más que torta (con O  larga: no diptonga) semeje mucho a torta (femenino de tortus, y con O breve: diptonga en tuerta).  El francés entortiller "enmarañar", que se parece a tortilla, sí proviene de torquere.

En biología torquere también tiene derivados: el torcecuello por ejemplo (o tuercecuello como escriben otros).  Los he buscado en botánica, y estoy algo sorprendido porque esperaba hallar más; quizá no he mirado bien.

Empiezo con el Polygonum bistorta, donde el genérico significa "dos veces torcida" --se refiere a la raíz: bis es un adverbio bien conocido; y torta es el origen de nuestras aguastuertas y aigüestortes.  Por cierto que yo había dado como étimo de Polygonum el verbo "engendrar" griego (ver Polígonos y poligonos), pero lo contradicen en wikipedia.  No voy a reconsiderar ahora el asunto.

He encontrado también un Seseli tortuosum, y una Pinus contortacontorta es el participio de contorqueo, de donde sale nuestra contorsión.

Hay también una Acacia tortilis (Forsk) Hayne.  El adjetivo tortilis (se acentúa tórtilis) pertenece a un grupo de postverbales con sufijo -li- (equivalente al -ble del castellano amable): facilis (de fácere "hacer") "hacible" --esto es, fácil; nobilis (de nóscere "conocer") "conocible" --esto es, noble; utilis (de uti "usar") "usable" --esto es, útil &c.  Así pues, tortilis (de torqueo "torcer") "torcible" o "enrollable", cuasi sinónimo de contortus.  En cierta página de la red veo tortilis traducido así: "de hojas retorcidas".  Ahora bien, por lo que de las fotos puedo colegir, lo retorcido en esa acacia son las vainas o, en algún caso, los troncos.

Casi olvido decir que el romano llamaba tormen al retortijón de tripas, y con su plural, tormina, designó el cólico de vientre o, según los diccionarios, la disentería, la gastroenteritis o la diarrea, cuadros clínicos que estoy lejos de saber diferenciar (gastroenteritis seu diarrhoea contagiosa, informa la vicipaedia latina, est morbus, inflammatio stomachi et intestini tenuis: si lo dice...).  Torminalis (en neutro torminale) es el adjetivo derivado de esos males.

Dice Dioscórides, I 136, en la traducción de Laguna:  "El fructo del serbal, si antes de madurar, cuando se muestra amarillo, le cortan en tajadicas, y le comen después de bien seco al sol, restriñe el vientre".  Claro es que esta nota se refiere a "la fruta del serbal, que en Castilla se dice serba", esto es, si no me equivoco, al producto de la Sorbus domestica.  De éstas habla Font Quer, en su Dioscórides renovado, capítulo de la Sorbus aucuparia, con estas palabras:  "las serbas son asperísimas, hasta tal punto que no se pueden comer sino modorras, es decir, cuando después de cogidas y guardadas sobre un lecho de paja... se vuelven parduscas o de color castaño".

La Guía de Incafo de los árboles y arbustos de la península ibérica, de Ginés López González, confirma que el fruto de Sorbus torminalis no es menos astringente que el de su consanguíneo: "se ha usado en medicina popular para tratar la diarrea y la disentería; a ello alude su nombre latino, torminalis: lo que cura la disentería (de tormina, disentería)".

lunes, 8 de diciembre de 2025

Dryas

 Hace muchos, muchos años, una amiga de aficiones orníticas solicitó mi opinión sobre un breve escrito que se proponía publicar.  Trataba de un día en la vida de un joven buitre, relato en el que el propio animal, hablando en primera persona, describía sus actividades y exponía honestamente sus impresiones físicas y morales a lo largo de la jornada.  El cuento me pareció sensiblero antes que emotivo, y de escasa información sobre el volátil.  En aquella época aborrecía yo a Disney (Fantasia me había amargado la sexta poblándola de centauritos saltarines).  Y ya era por entonces tan estúpido como para dar mi opinión sincera.  Una larga semana de morros y abstinencia me grabó a fuego los inconvenientes de practicar con la novia la crítica literaria.

Me acuerdo de esta remota historia porque nuestro amigo Víctor Ezquerra acaba de publicar Dryas, la flor que vive en lo alto del Pirineo, un librito en el no un ave, sino una planta perenne describe su propia vida y el entorno natural que habita.  Ya el autor nos había prevenido que urdía un relato en primera persona y, acordándome de aquella lejana experiencia, me adelantaba a imaginar diferencias entre este cuento y aquel del buitre, pues no es Víctor un mero simpatizante del pasto, sino buen conocedor de la hierba en cuestión (la Dryas octopetala, naturalmente), y a la vez un enamorado de la alta montaña y un tenaz estudioso de ese prodigioso entorno natural.  Me prometía, pues, del texto de Víctor, cuando menos, abundancia de jugosas informaciones sobre la flora y la fauna alpinas.

Y ahora la lectura de Dryas ha dejado cortas mis esperanzas.  Pues no sólo contiene una riqueza y variedad de noticias sabrosísima, sino que es un relato magníficamente trabado, en una prosa excelente, ¡y lleno de humor, por todos los dioses, rebosante de esa suprema expresión de humanidad que es el humor verdadero!

Me siento tentado a enriquecer esta pobre página adornándome con alguno de los divertidos juegos de palabras del libro que nos ocupa; pero voy a contenerme porque no es mi propósito aguar la lectura a quien la apetezca.  Baste señalar que Víctor, como los buenos actores de teatro, finge a la perfección la locuacidad de la rosácea, pero esparce aquí y allá unos brechtianos guiños a la inteligencia del espectador.

En efecto, el yo de la dríade de ocho pétalos no es aquí un anzuelo sentimental, sino un hábil recurso para presentar sucesivamente rocas, meteoros, quebrantahuesos, treparriscos, armiños, marmotas, bucardos, arañas, mariposas...; en suma, todos los seres de la alta montaña pirenaica, en sus relaciones mutuas y con el medio, facilitando con amenidad una excelente información sobre aquel ecosistema.

A quien conoce a Víctor le consta su facilidad con el lenguaje científico: domina la nomenclatura latina y de ello podría haber alardeado en este libro.  Imaginen por un momento que lo hubiera escrito alguien como yo: con lo que me gustan las palabrejas raras, a las cuatro páginas el lector se habría hartado y tiraría el libro a la basura.  Víctor, en cambio, se ha propuesto, y conseguido, seducir al lector, entre otras cosas evitando abrumar con tecnicismos de la biología, aquí sustituidos por equivalentes de la lengua familiar, en algún caso forjados sobre la marcha por el autor, si no me equivoco, como si de una propuesta casual se tratara (pero bien meditada, estoy seguro).

En resumidas cuentas, un libro de lo más simpático, que recomiendo a lectores de toda edad y condición.

Y ahora, para acreditar mi legendaria inoportunidad, voy a poner un pero al texto.  No a las etimologías propuestas por el autor, como éste quizá temiera, sino a una afirmación de la página 80, donde se lee:  "Nada más entrar en el siglo XXI, el 5 de enero del año 2000..."  ¡Ah, no!  ¡Eso sí que no!  Por ahí no paso.  Enero de 2000 es todavía el siglo XX, y lo sigue siendo hasta el 31 de diciembre de ese año, como nos enseñaban en el bachillerato (cuando había bachillerato y no la cosa que hay ahora).  Es pura aritmética.  Claro está que Víctor es muy joven, y en sus más tiernos años habrá padecido los estragos de la publicidad y la loca influencia del famoso efecto 2000...

Para terminar, permítanme un modesto obituario.  La esquela que sigue no debe achacarse a crítica, pues es mera observación, o constatación de una defunción ya hace años esperada.  Para los que somos algo vejetes, oír y escuchar son cosas bien distintas: oír designa el mero percibir por el oído, escuchar es prestar consciente atención a las señales auditivas.  En la mayoría de los casos, pasan fácilmente por sinónimos.  Ay, pero no siempre.  Por ejemplo, uno puede caminar con tiento a fin de no ser oído, pero no de no ser escuchado, algo que no hay forma humana de prevenir.  Ahora bien, el verbo oír está en franco retroceso, desplazado por escuchar cuando es posible, y sobre todo (como diría Cortázar) cuando no lo es.  La desaparición de oír se constata con pena en el libro que comentamos, escrito por una persona joven de muy buen criterio léxico.  Requiescat in pace verbum illud audiendi.

Acompañan el texto de Víctor Ezquerra dibujos y acuarelas de Irene San Sebastián, algo despeinados pero eficaces en su objetivo de acompañar y redondear con imágenes la lectura.  La obra lleva pie de Scribo Editorial, pasaje Zavacequias 3, Huesca.


lunes, 3 de noviembre de 2025

Tagua

 Un puestecito del paseo expone unos pendientes que encantan a mi acompañante: sencillos, al trasluz brillan hermosamente con un tinte carmín.  Me apresuro a regalárselos (así somos nosotros, los millonarios) pero ella se niega: quiere comprárselos por sí y para sí.  El vendedor, con identificable canturía rioplatense, explica que están hechos de tagua, una madera americana conocida como "marfil vegetal" por su consistencia y dureza, capaz de torneado, tinción y pulimento.

En casa me falta tiempo para buscar información sobre la tagua.  La encuentro en abundancia en la red y, qué extraordinario, también en mi biblioteca.  Se trata de una arecácea, una palmera, para más señas una Phytelephas Ruiz & Pav. 1798, que crece en las regiones tropicales de América del Sur, principalmente en Ecuador.  Sus frutos, grandes como melones, contienen un cuarto de millar de semillas duras como piedras y por ende ideales, según descubrieron a fin del siglo XIX unos hamburgueses espabilados, para la confección de botones.

La sobrevenida utilidad de sus semillas dio valor, quizá sería mejor decir puso precio, al árbol de tagua.  Su cosecha proporcionó salario a las familias de aquella zona.  La explotación creció hasta poner en peligro la supervivencia de estas plantas.  El apogeo llegó, según algunas páginas de la red, en torno al año 1930, poco antes de la segunda guerra mundial.  Todo esto ya está resumido en la excelente guía de árboles de Ginés López González publicada por Incafo en 1982.

El nombre científico alude al interés humano en el género nombrado, y demuestra que mucho antes que los espabilados alemanes ya Hipólito Ruiz y compañía conocían la excelencia material de las semillas del Phytelephas: pues al primer elemento, el bien conocido φυτόν /fy-tón/ "planta", se añade ἐλφας /e-lé-faas/ que significó "elefante" y es étimo del nombre que damos a ese gran mamífero, pero sin duda designó en origen al marfil, y no al animal del que se lucra.  En efecto, en Homero ἐλφας sólo significa "marfil", y en este sentido de "marfil" figura en el nombre científico del "marfil vegetal" o tagua.

¿De dónde se sacaron los romanos la palabra ebur con la que nombraban ellos el marfil?  Es cosa segura que fue un préstamo, como en griego la propia voz ἐλφας, y luego elephas misma en el habla de Roma.  Ahora bien, si el préstamo es de Egipto o de Oriente, como pretenden unos y otros, no es cosa averiguada.  Más seguro parece que los árabes llamaron fîl al elefante, de donde viene el nombre del oblicuo alfil (cuya prístina figura era la de un elefante indio) y, claro está, nuestra palabra marfil, que en lengua arábiga suena algo así como hazm al-fil y significa "hueso de elefante".

De la precaria conservación de aquellas palmeras amazónicas se hacía eco Francis Hallé en su Elogio de la planta (Libros del Jata, pág. 22 s) con estas palabras:  "La sustitución del marfil de elefante por marfil vegetal se ha anunciado como un triunfo de la ecología.  Pero ¿quién se preocupa por el futuro sumamente sombrío de las palmeras que producen ese marfil vegetal... esas extrañas Phytelephas del sotobosque de la Amazonia occidental...?  ¿Y por qué es preferible que desaparezcan esas palmeras en lugar de los elefantes?" (p. 22s).  Preguntas razonables, digo yo.

Ahora hay en Ecuador programas de recuperación y aprovechamiento de las Phytelephas.  En un video de yutube explican unos estudiosos de Ecuador cosas sorprendentes, como que las inflorescencias de estas palmeras experimentan un aumento de temperatura para potenciar, se cree, la llamada al insecto polinizador.

La especie Phytelephas aequinoctialis fue descrita por Spruce y publicada en 1869.  En el hermoso librito sobre Spruce de Pachi Heras y Marta Infante (también en Libros del Jata) se encuentra una graciosa anécdota sucedida al botánico inglés (pág. 184): éste había recogido frutos de una especie afín (Phytelephas macrocarpa) con intención de estudiarlos y describirlos, pero le madrugaron sus auxiliares indios comiéndose, parece que con plena satisfacción, las muestras recolectadas.  "Nunca volví a ver una yarina en buen estado", lamenta el inglés.  Yarina llama él a esta palmera: seguramente así la llamaban los indígenas.

martes, 21 de octubre de 2025

Streptopus amplexifolius

  


Nunca había visto un Streptopus amplexifolius, aunque algo he escrito de él; claro que del nombre y no sobre la planta.  Pero hace unos días tuve la ocasión feliz de topar un ejemplar, algo marchito ya, en un megaforbio del sistema ibérico.  ¡Qué gusto, tras un intercambio epistolar o telefónico, conocer por fin a la persona con la que has trabado amistad por carta o de viva voz!  Pues igual con los vegetales.  O parecido.

Lo cierto es que en aquel momento no conseguí recordar qué significaba στρεπτός, ni siquiera pensando en los estreptococos cuyo nombre, si no me fallaba la memoria, era algo así como "cocos en collar".  Eso es lo que me impulsa ahora, con el cándido afán de fijar ideas, a repasar aquí lo olvidado.

El nombre del género deriva del verbo griego στρέφω /stré-foo/ "girar" o "volver".  De este importante verbo griego tenemos no pocas voces castellanas; mencionaré algunas, sobre todo las relacionadas con la biología.

De su adjetivo verbal, στρεπτός /strep-tós/ "girado", "trenzado", ya escribí algo a propósito de Streptocarpus.  Añadiré, puesto que estamos repasando la familia de στρέφω y son botánicas, estreptoclemo y estreptofilo, que encuentro en el diccionario de Font Quer.  En mi opinión, στρεπτός crea cierta confusión, porque como adjetivo significa "girado" (así en Streptomyces), mientras que sustantivado parece adoptar el sentido de "collar" o "cadena" (como en Streptococcus).

A propósito, quiero mencionar el curioso nombre de la tórtola, Streptopelia, donde vale la acepción de "collar", como en el estreptococo; y cuyo segundo elemento es la voz πλεια /pé-lei-aa/ "paloma torcaz" en griego antiguo.  Así, el nombre dado por el zoólogo significaría "paloma de collar".  Por cierto que, según el diptongo de base, la I de Streptopelia es larga, y por ende sobre ella debe recaer el acento latino.  En cuanto a decaocto, sigo sin averiguar el secreto de ese misterioso bautizo; quiero decir que no doy fe a lo que sobre él he leído.

Además de las mencionadas, entre las voces castellanas derivadas de ese verbo quizá la más fácil de comprender es estrofa (στροφή /stro-feé/, con el típico vocalismo nominal): podríamos decir que indica la periódica vuelta de idéntica estructura de versos, pues ese es el sentido que hoy le atribuimos; aunque en origen hacía referencia a las bien visibles vueltas del coro griego por la orquesta (u orquestra) del teatro.

De στροφή deriva estrofismo, definido por Font Quer como el fenómeno por el que un órgano vegetal se gira para orientarse hacia un estímulo, o bien para alejarse de él.

La palabra στροφ, combinada con ἄνθος "flor", da nombre al Strophanthus DC 1802, género de las apocináceas originario del África tropical, cuyas hermosas flores parecen girar como un molinillo; según la wiki inglesa, el nombre alude en particular al S petersianus, cuyos pétalos caen en en elegantísima torsión helicoidal.

De la idea de "retorcer", "tejer", deriva la voz στρφος /stró-fos/ "cuerda" (tradicionalmente fabricada por el procedimiento de retorcer y entrelazar fibras vegetales); no tengo claro si es a partir de su diminutivo griego, como quiere Font Quer, o bien del helenismo latino strophium, como ha surgido el nuevo diminutivo, o rediminutivo, strophiolum, que menciono aquí porque en el diccionario del botánico citado figura la voz estrofíolo, literalmente "cordoncillo", tecnicismo para la excrecencia o tumorcillo del funículo o rafe de algunas semillas, por ejemplo la del Chelidonium.

Abandono la botánica para mencionar, por su interés en nuestra lengua, dos palabras bien conocidas: apóstrofe, que se interpreta como el giro del orador para encarar al interpelado; y catástrofe, literalmente la acción o resultado de "poner patas arriba" (como su correspondiente latino, eversio, derivada del verbo verto, equivalente romano de στρέφω).  En el lenguaje dramático de la antigua Grecia, καταστροφή designaba el desenlace, que en la comedia de la vida es la muerte (también significada en καταστροφή).

Otras palabras de esta familia presentan, en lugar de la φ, una β que, en opinión de Chantraine, tiene carácter popular y expresivo.  Así pasa con στρβος /stró-bos/ "torbellino", o, con infijo nasal, στρμβος /stróm-bos/ nombre, ya en Homero, de la peonza.  A esta subfamilia léxica pertenece la voz στρβιλος /stró-bi-los/ que también significó "peonza", pero tiene unas cuantas acepciones más, entre ellas la de "piña": no me cabe duda de que el nombre está bien justificado con la espiral que forman las brácteas en su cara exterior.

Con pena dejo aquí de mencionar otras palabras muy interesantes que he tropezado en esta búsqueda, pero que tienen menos que ver con nuestro tema vegetal; pero esto se alargaría demasiado.

En la wiki inglesa dan para στρεπτός la traducción twisted, y aseguran que el nombre de nuestro Streptopus, que allí llaman twistedstalk, se impuso in reference to the twisted or geniculate peduncle.  Y en efecto el segundo elemento del nombre genérico es la palabra griega πούς /puús/ "pie", que ya hemos encontrado en CoronopusOrnithopuslagopus (específico de un Plantago pero también género de pájaros, así como Himantopus) y probablemente otras que olvido: recordemos que pedúnculo (peduncle en la versión inglesa) no es en origen sino un diminutivo de "pie".

Una nota sobre prosodia.  Lagopus (palabra ya existente en griego clásico, para significar "pie de liebre" y cierto trébol) en latín es llana por ser larga su O: Lagópus.  Pero las demás derivadas de πούς del párrafo anterior, debido a su sílaba penúltima breve, serían esdrújulas en latín; así pues, Stréptopus Corónopus Himántopus &c.

Disculpe el lector la mala fotografía, pero entre las que mi cámara perpetró ante el Streptopus (desde que está de moda la inteligencia artificial, es un placer achacarle todos los errores de uno) es la única imagen donde se manifiesta el codo del pedúnculo, aludido en la wiki inglesa.  En otras se veía mejor, en cambio, el abrazo de las hojas al tallo, que justifica el dictado de amplexifolius.  Pero nada pierde la lectora amable, pues la fotografía que refleja este abrazo era tan mala como la que someto a su vista.

martes, 2 de septiembre de 2025

Los pelillos del pubis

Hay en latín dos pubes, ambas idénticas, de vocales largas.  La primera de ellas (pubes pubis) designa los pelillos que, con la edad y la revolución hormonal, nacen en el bajo vientre; y también, por metonimia, se llama pubes a la región misma que a su tiempo cubren esos pelillos, esto es, lo que el castellano llama pubis.  Nadie dudará de que tales pelillos representan un acontecimiento para el individuo; quizá no se advierta tanto su trascendencia política.

El moderno cromañón, olvidado de su pasado, no repara, en general, en las dificultades del calendario: en qué moderna cocina no cuelga el del pastelero o el bancario de quien somos clientes o víctimas.  Pero hace un par de milenios lo normal era no saber ni en qué día habías nacido ni qué exacta edad tenías.  He aquí por qué los pelillos del pubis adquieren importancia social: la pubertad anuncia, canta, visiblemente proclama el comienzo de la vida adulta.

Pues la otra pubes (pubes púberis o, por extensión del rotacismo, puber púberis), cuya relación con la primera es indudable, designa precisamente esa edad crítica en la que el niño o la niña empiezan a dejar de serlo y comienzan su andadura como ciudadanos: la pubertad.  Pubes, dice el glosista, puer qui iam generare potest "pubes es el niño que ya puede engendrar" (y especifica la edad: is incipit ab annis xiv, femina viripotens a xii "comienza a los 14 años; la mujer recibe varón a los 12").

Pero no nos engañe ese puer del glosista: pubes puede traducirse por "adolescente", pero más aún por "adulto", y en Plauto (Pseudolus 125s) es prácticamente sinónimo de populus (no por casualidad ambas voces abren y cierran el verso):

                            Nunc ne quis dictum sibi neget, dico omnibus,
                            pube praesenti in contione; omni poplo,
                            omnibus amicis notisque edico meis...

"Ahora, para que nadie se haga de nuevas, a todos lo digo, ante la gente reunida en asamblea: a todo el pueblo, a todos mis amigos y conocidos lo proclamo..."

Así, pues, el fenómeno fisiológico que une pubis, púber, puberal, pubertad, se transforma en publicus.  Es bastante dudoso que populus (un probable préstamo toscano) contenga la raíz de pubes; pero hay pocas dudas de que el adjetivo publicus, evidentemente ligado a populus, haya sufrido, como mínimo, en su forma clásica, la influencia de pubes.

El verbo pubescere /pu-bés-ke-re/ describe ese fenómeno: echar vello, cubrirse de vellosidad, de pilosidad, de tomento.  La astuta lectriz, el avisado lector ya habrá pillado su alcance botánico.  Aunque en su sentido primario alude a la fisiología humana, ya en sus Tristes lo había aplicado Ovidio al mundo vegetal: prata pubescunt flore "los prados se cubren de flor".

Encuentro muchos géneros especificados con el adjetivo pubescens (participio activo del verbo citado, en nominativo indiferente al género).  Enumero unos pocos al azar: en femenino encuentro Avenula pubescens, Betula pubescens, Quercus pubescens; en masculino no aparece nada en mis papeles; en neutro, Delphinium pubescens y Haplophyllum pubescens.

Y ya que ha salido la palabra tomento, vemos en ella un cultismo botánico, tomado del latín tomentum, de idéntico significado (si fuera vulgarismo diríamos *tomiento, con diptongación de la E tónica breve): los que saben de esto afirman que en tomentum subyace *tond-mentum, esto es, "lo que uno se afeita", del verbo tondere "depilar", "afeitar", "esquilar".  Así que tomento es pariente de intonso, tijeras, toisón y demás consanguíneos de la clerical tonsura.

Afeitables o tomentosos encuentro bastantes vegetales: citaré sólo, como ejemplo femenino, la Achillea tomentosa; masculino, el Anacyclus tomentosus; neutro, el Arctium tomentosum.  Gracioso, el último nombre: "osito peludo", traduciría yo.

domingo, 17 de agosto de 2025

El género gramatical de los géneros botánicos II

 Añado ahora algunos detalles y precisiones, útiles, quizá, para completar la comprensión de los adjetivos usados como nombres de especie.  Aunque es probable que todo esto le aburra a usted infinitamente: le aseguro que puede saltárselo con toda confianza.

1)  Dentro del tipo A/O existen unos cuantos adjetivos cuya forma masculina, en vez de terminar en -US (como albus), termina en -R: así ocurre en el mencionado Centranthus ruber o en el Helleborus niger.

2)  Dentro del tipo I/C hay un grupo de adjetivos muy característico, acabado en -NS, indiferente al género, pues ni siquiera diferencia el neutro: por ejemplo impatiensnigricanspallens &c.  Todos estos eran en latín participios de presente, un tipo morfológico que ha desaparecido como tal en castellano, aunque conservamos muchos de ellos convertidos en sustantivos (cantante, teniente), adjetivos (distante, urgente) y aun adverbios (bastante) o preposiciones (durante); el sentido original era, aproximadamente, "que canta", "que urge", "que basta", "que dura": son todos postverbales.

La lectriz se preguntará, tal vez, qué diferencia hay entre pallida y pallens, o entre rubra y rubens.  Muy buena pregunta, señora mía.  Y voy a aventurar una respuesta, basada en el hecho de que el latín dispone de muchos "verbos de color", como rubére "estar colorado" y rubéscere /ru-bés-ke-re/ "ponerse colorado": mientras que el adjetivo de color describe éste como un hecho, el participio lo indica, diría yo, como tendencia, o dirección; al fin y al cabo, un inicio.  Lo rubrum es rojo, y punto: la cosa está cumplida.  En cambio, rubescens supone dar un pasito hacia el rojo, no serlo sino quererlo ser, andar tonteando en pos del color rojo; y rubens quizá expresa que, sin ser propio el color rojo, lo adopta en una parte determinada o en un momento dado.

¿Le satisface la explicación?  A mí no, desde luego, pero de momento no se me ocurre otra.  Estudiaremos más el asunto.  Claro que lo aducido me parece válido sólo para los participios que indican color, como albicans o nigricans, o los citados en párrafos anteriores.  En cambio repens (por ejemplo) no es que tienda a reptar (que es lo que significa répere, origen de los reptiles y los repentes) sino que repta decidida y francamente.  E impatiens ya lo dice: "que no soporta" (ser tocada, se entiende: pati "soportar", étimo de pacientepasión y patíbulo).  Pero ahora caigo en que Impatiens ("impaciente") no es especie, sino género.

3)  Para decirlo todo, la misma incapacidad para diferenciar género gramatical lo tienen algunos adjetivos de tipo I/C que terminan en -X, como fallax (literalmente "engañoso"), praecox ("de maduración temprana"), o tenax ("resistente").  Estos adjetivos, al igual que los participios arriba citados, se forman a partir de raíces verbales y dan en castellano formas en -Z: falaz, precoz, tenaz &c.  (Fállax viene del verbo fállere "engañar", como falso o infalibletenax de tenére "sujetar", como tenedor o tenazapráecox deriva de cóquere "cocer" o "digerir", al igual que cocina o bizcocho: praecox significa "maduro por adelantado".)

4)  Se observará que los epítetos que expresan origen (o gentilicios) pueden pertenecer a uno u otro de los tipos descritos.  Ejemplos de gentilicios del tipo A/O: europaeapannonica (húngara), turcica (de Turquía: aquí apreciará el lector la ventaja de pronunciar la C latina siempre como una K).  Ejemplos del tipo I/C: capensis (o de El Cabo), granatensis (o de Granada), bigerrensis (o de Bigorra) &c.  De una ciudad tan eximia en botánica como Montpellier he encontrado curiosas variantes de ambos tipos y con diversa ortografía: monspeliacamonspeliensis (y monspelliensis), monspessulana (y aún otros, fuera de la botánica).

5)  Si queremos honrar a Luis dando su nombre a una rosa, podemos recurrir al complemento con de (y decir "rosa de Luis") o bien expresar lo mismo con un adjetivo (y decir "rosa luisina").  Ésto último era lo clásico en la antigua Roma, pero las lenguas de hoy son más proclives a lo primero.  En botánica también se tiende a lo primero, y se ha decidido usar con preferencia el sufijo -ius -ii de modo que ahí tenemos en los fitónimos honorarios abundantes formas con genitivo: Armeria bubanii, Gentiana clusii, Phagnalon linnaei...  En estos ejemplos los genitivos ("de Bubani", "de Clusio", "de Lineo") deberían ir con mayúscula, como nombres propios de los botánicos agasajados, pero la ley estricta de la nomenclatura botánica exige minúsculas para los nombres específicos.

No obstante, a menudo encontramos el uso de adjetivos (en vez de la forma de genitivo), lo que, claro está, da un aire más clásico al binomio.  Y en no pocas ocasiones la nomenclatura admite las dos soluciones honoríficas.  Véase, por ejemplo, cómo al célebre marino se le ha honrado con un Allium lapeyrousii ("de Lapeyrouse"), pero también con una Viola lapeyrousiana (adjetivo); tenemos una Petrocoptis lagascae ("de Lagasca") y un Senecio lagascanus; un Delphinium loscosii frente a un Hieracium loscosianum; por último (pues hay muchos ejemplos más) Enrique Mauricio Willkomm se adorna con una Armeria willkommii ("de Willkomm") y también con un Cirsium willkommianum, entre otros.

6) Para acabar, señalaré que he encontrado algunas discrepancias de género que no sé si atribuir a error o o a qué.  Por ejemplo en unos autores hallo un Rhamnus cathartica, que supongo el mismo que otros autores llaman Rhamnus catharticus.  De igual modo, a un Rhamnus infectoria hallo opuesto un Rhamnus infectorius.  Lo único que puedo decir es que ῥάμνος /rám-nos/ en griego es, por lo que yo sé, constantemente femenino.  Algo parecido ocurre con Atriplex, donde unos autores le dan el apellido hortensis, en la forma animada, pero otros el de hortense, en la forma de neutro.  Me limito a señalar esta discrepancia, para la que no he encontrado explicación.

Dedico este ladrillo gramatical a todos los novicios, en cualquiera de los conventos florísticos de nuestra geografía.  Si con él no han aprendido nada, al menos les servirá de penitencia y contribuirá a la expiación de sus pecados.

El género gramatical en los géneros botánicos

 Es evidente que nada tienen que ver unos géneros con otros: con género botánico hablamos de biología, mientras los géneros gramaticales son asunto de filología.  Lo que sigue parecerá, quizá, muy elemental a la mayoría de lectores de más de, pongamos, cuarenta años; pero he observado en los más jóvenes cierta perplejidad ante este asunto, y voy a intentar explicarlo, si puedo, con claridad.  Discúlpenme, por mor de la buena intención.

Ninguna norma establece que los binomios lineanos hayan de estar formados por un sustantivo y un adjetivo.  Por ejemplo, en Canis lupus tenemos dos sustantivos, canis "perro" y lupus "lobo" (si bien, por cierto, haríamos mal traduciendo Canis lupus por "perro lobo", en vez de "lobo" a secas).  Ahora bien, frecuentísimo, tal vez lo más frecuente, es que el primer elemento del binomio sea un sustantivo, y el segundo un adjetivo que expresa un rasgo de color (como en Centranthus ruber) o de forma (como en Ailanthus altissima) o de origen (como en Olea europaea) u otros.

Este tipo de binomio, formado por un nombre y un adjetivo, protagoniza el texto presente.  La cuestión es que nombre y adjetivo deben concordar, esto es, no discrepar en género gramatical.  En la frase el árbol está torcida, la palabra árbol (masculina) casa mal con torcida (femenina): discrepan nombre y adjetivo y por ello la frase es agramatical o, si se quiere, incorrecta.  En latín ocurre exactamente lo mismo, sólo que en ese idioma no hay dos géneros, como en castellano, sino tres: además del masculino y el femenino, los romanos disponían del género neutro.

Género gramatical es un rasgo de las palabras que, en origen, tiene que ver con ser hombre o mujer, esto es, con el sexo masculino o femenino.  El neutro de los romanos (y de otros muchos idiomas) sería en principio atribuible a las cosas.  Ahora bien, eso sólo es en principio, porque en la historia de las lenguas el asunto se ha complicado enormemente, y carece de sentido relacionar género con sexo.  ¿Por qué el sol es masculino y la luna femenina?  (En alemán se dice die Sonne "la sol", y der Mond "el luna".)

A estas alturas, dejémonos de historias, un sustantivo es masculino si lleva adjetivo masculino, y femenino si lleva adjetivo femenino, y poco más hay que decir.  (El idioma inglés en rigor carece de género, pues sus adjetivos no lo marcan: el género en inglés es cosa residual.)

No sé si algún lector ha llegado hasta aquí.  Si tiene paciencia, a continuación diré cómo son los adjetivos en latín.

Hay dos tipos básicos de adjetivos: unos son así (lo llamaremos tipo A/O):

                                     alba albus album

y otros son de este modo (digamos tipo I/C):

                                     viridis viride.

Como se ve, A/O distinguen femenino (alba), masculino (albus) y neutro (album).  En cambio I/C mezcla en una sola forma el femenino y el masculino (viridis) y sólo diferencia el neutro (viride).  Los del modelo A/O han dado en castellano adjetivos que distinguen género (roja, rojo; buena, bueno; alta, alto), mientras que el modelo I/C latino ha dado en castellano adjetivos que no lo distinguen (verde, torpe, feliz).

Ahora bien, un binomio lineano es en cierto modo un sintagma gramatical, y si el género es un nombre, y la especie un adjetivo, ambos han de concordar, esto es, coincidir en género (femenino, masculino o neutro), tal como se ha dicho arriba.

Veamos, pues, ejemplos botánicos del modelo A/O, con el adjetivo "blanco".

En la forma femenina encuentro por ejemplo una Artemisia alba, una Centaurea alba, una Brionia alba, una Osyris alba; basten estos ejemplos (el adjetivo está también en la ontina, Artemisia herba-alba, literalmente "hierba-blanca").

En la forma masculina encuentro Asphodelus albus, Amaranthus albus, Dictamnus albus, Lupinus albus, Melilotus albus...

En la forma neutra hay Allium album, Arrhenatherum album, Chenopodium albumCorema album o Empetrum album, Galium album...

¿Así pues, si un género botánico lleva como específico album, ese nombre es neutro?  Precisamente.  Y será femenino si lleva el adjetivo alba, o masculino si lo acompaña el adjetivo albus.

Del modelo de alba/albus/album (que llamamos A/O) hay muchos otros adjetivos, por ejemplo alpina/alpinus/alpinum o (diré sólo la forma femenina, ahora que estamos en era reivindicativa, y por no alargar) corniculatahybrida, maritimamontana, rigida, tomentosa...  Se comprende que la lista es enorme y para ejemplo he tomado unos pocos al azar.

Veamos ahora ejemplos del modelo I/C, a base del adjetivo "verde".

En femenino hallo Dactylorhiza viridis, Mentha viridis, Salvia viridis, &c, y en masculino Amaranthus viridisHelleborus viridisPolypogon viridis, &c.  Bien se ve que el adjetivo en estos casos no permite distinguir más género que el animado (como se llama al femenino-masculino).

En neutro o inanimado, encuentro Asplenium virideCoeloglossum viridePanicum viride, &c  (Dicho sea de paso, ese Panicum ha de acentuarse /pa-níi-cum/ si tienen razón quienes consideran que la I es larga --y debe de serlo, pues es el étimo de nuestra voz panizo.  Así, pues, nada tiene que ver con el pánico, que, como se sabe, deriva del nombre del dios Pan.)

Del modelo de viridis/viride, (que hemos llamado I/C), existen muchos otros adjetivos como campestris/campestre o (diré sólo la forma animada) hortensis, humilis, litoralis, monspelliensis, saxatilis, terrestris...; la enumeración no sería menor que la del otro tipo de adjetivos.

martes, 12 de agosto de 2025

De farmacias y boticas

 Con gran pereza, producto sin duda del cambio climático y del efecto dos mil, para cumplir con la paginita mensual, me embarco en un asunto surgido el otro día en Ordesa y del que algo sé (o eso sueño) y sobre el que puedo largar alegremente sin recurrir a papeleo.  Se trata de la palabra botica, la forma algo anticuada de decir "farmacia".

El griego φαρμακεα /far-ma-kéi-a/ significaba principalmente "medicación", es decir la aplicación de un φάρμακον /fár-ma-con/, esto es, de un "simple", o de una combinación de simples.  Para la palabra φάρμακον, relativamente aislada en griego (y que también se traduce "veneno"), es difícil hallar un étimo convincente, y que dé cuenta de su pariente φαρμακός, que designa al envenenador, al mago, y también al chivo expiatorio, es decir, a quien con su sangre paga las culpas de la ciudad y la exonera de venganza divina.

Así pues, farmacia oscila entre la terapéutica y la magia.  En latín adoptaría la forma pharmacia, con I larga, lo que implica pronunciar /far-ma-kí-a/ (aún se acentúa así en italiano); en España, como es habitual, el hiato I-A diptonga, y se desplaza el acento, conservando la voz llana.

También hubo una ninfa Farmacia, numen de cierta fuente de Atenas; y junto a Mélita o Malta flota la isla Farmacusa que, a juzgar por el nombre, debe de ser rica en hierbas médicas.  La zoología conoce un género de polilla Pharmacis: en griego significó "bruja".

Para nombrar la ocupación y la tienda del experto en medicamentos, triunfó en Europa una voz griega que en principio designaba el repositorio, el almacén, la despensa: ἀποθκη /a-po-zeé-kee/, en latín apotheca.  Deriva, como ya dijimos, del verbo τθημι /tí-zee-mi/, cuyo radical -θη- significa "colocar", y está en la -te- de discoteca, ooteca y gliptoteca.  Aún hoy la farmacia alemana ostenta el título de Apotheke y Moscú está lleno de Aptiékas.

Esa especialización de sentido no la ha sufrido apotheca en otros ámbitos, y ha conservado su valor genérico en el francés boutique, en el italiano bottega, o en el castellano bodega, derivadas de aquella.  En esas voces se ha perdido la A inicial por confusión con el artículo, y en la bodega castellana tenemos un buen ejemplo de sonorización de las tres oclusivas sordas intervocálicas.  Ahora bien, la voz botica sí ha restringido su significado, y nombra en particular el almacén de farmacia: boticario es prácticamente sinónimo de farmacéutico.  Es probable que botica provenga del francés o del provenzal; en general se supone que su I refleja el itacismo del griego bizantino, aunque bien podría ser resultado fonético de la E larga de apotheca.

La palabra oficina evoca hoy una sala con escritorios y gente de manguitos y visera, en un caso de especialización de sentido similar al de botica, pero en otra dirección.  Ahora bien, en latín officina /of-fi-kíi-na/ quería decir "taller", "obrador" en general (viene del verbo facere /fá-ke-re/ "hacer", "fabricar"), y es pariente de officium /of-fí-ki-um/ "servicio".  En el ámbito original de la palabra, esto es, en la Roma de Escipión y de Salustio, la officina por antonomasia era la fragua, el taller de fabricación de armas y herramientas.

En el medievo la voz officina conoce una nueva especialización, y alude en particular al obrador de medicamentos: eso explica el adjetivo officinalis  /of-fi-kii-náa-lis/ que adorna a numerosas especies vegetales: el adjetivo en ese caso significa precisamente "de farmacia", e indica que la hierba en cuestión es un simple para el farmacopola.

La forma officinalis sirve para palabras de género femenino (por ejemplo la Salvia officinalis o la Borago officinalis) y masculino (por ejemplo el Hyssopus officinalis o el Rosmarinus officinalis), mientras que las de género neutro usan la forma officinale (así el Polygonatum officinale o el Taraxacum officinale).  Veo que también hay animales con diploma farmacéutico, al menos tengo por aquí una Cantharis officinalis desconocida en mis guías de insectos; y está la Sepia officinalis.  Por supuesto, ciertos árboles de médica virtud han obtenido asimismo el título, como el estoraque o Styrax officinalis, expectorante y antiséptico, y la Cinchona officinalis o árbol de la quina, capaz de rebajar todas las fiebres, excepto la producida por el fanatismo político.

Además del adjetivo, he encontrado la palabra officina como nombre específico, en su forma de genitivo plural, officinarum "de las oficinas (de farmacia)", en unos cuantos géneros: Ceterach, Mandragora, Pilosella, Saccharum.


miércoles, 30 de julio de 2025

Berberis

 Entre las onomatopeyas que forjan el idioma destaca br-br o bl-bl.  Por onomatopeya entiendo la palabra nacida de un sonido imitativo, aunque también se suele llamar onomatopeya a la imitación misma, en nuestro caso ese br-br.  Pues bien, parece ser que este grupo sonoro remedaba el hablar de un extranjero, es decir, la algarabía incomprensible, el idioma desconocido.  (Algarabía, ya que estamos, es la voz árabe arabiya "lengua árabe", idioma del poder, durante un par de siglos, en nuestra península, por más que los habitantes parlasen, en su mayoría, romance.)

Así pues, aquella onomatopeya explica la palabra con que los griegos llamaban al extranjero: βάρβαρος /bár-ba-ros/, en principio algo así como "el que balbucea" o "el que barbota".  Y qué duda cabe de que también en nuestro barbotar se reconoce la onomatopeya br-br de donde nace bárbaro.

Perseguir onomatopeyas es para el filólogo lo que para el botánico rebuscar híbridos de narciso.  A barbotar equivale balbucear (o balbucir) y ahí tenemos bl-bl, pariente próxima de br-br, o más bien su variante.  Y balbucir, en latín balbutire, deriva a su vez de la voz que designaba en la antigua Roma al tartamudo, esto es, balbus, otro avatar de la misma onomatopeya.  (Balbus fue también un cognomen, esto es, un mote vuelto apellido, de donde descienden los actuales Balbina, Balbín, Balbino).

Hay dudas sobre si la voz bereber es de origen autóctono o préstamo del griego, pero con ella los primeros seguidores del islam designaron a los norteafricanos ignorantes del árabe: bereber, al parecer, se aplicó primero a los egipcios, y paulatinamente desplazó su ámbito hacia el oeste.  Es muy probable, en mi opinión, que traiga origen en la misma onomatopeya que el griego βάρβαρος, a menos que provenga de esta misma palabra o de su secuela, el latino barbarus.

Es larga la familia derivada de esos sonidos imitativos, y además muy dada a combinarse con otras (por ejemplo, con el mur-mur que representa el hablar sumiso y da nuestros murmurar y murmullo: de ahí parece que vienen todas las formas francesas de marmot y marmotter y, según algunos, marmotte, por su ronroneo), pero por ceñirme a las voces de parentela más estrecha mencionaré nuestra onomatopeya bla bla bla, tan usada en Mortadelo y Filemón; la designación algo despectiva del habla asturiana como bable; las voces francesas babil, babillage, babiller, alusivas al hablar confuso o infantil; el inglés babble que describe el balbuceo, el parloteo o el murmullo; incluso Babel, antonomasia de la confusión de lenguas.  Babel hoc est confusio, dejó escrito Gregorio de Tours.

Todo esto es muy entretenido, y es lástima que no en todo haya pareja certidumbre.  Por ejemplo Babel (o Babilonia) contiene, según opinión común, el semítico bab "puerta" (como en Bab el Mandeb o en Bibarrambla): Bab-ilu sería, para los doctos en aquellas lenguas, "la puerta del cielo"; aunque para otros viene del hebreo balal "confusión", como sostenía el obispo galo.  Y, puestos a señalar étimos improbables o extravagantes, el amigo Cejador buscó para bereber nada menos que el supuesto ber-iber "hijo de Iberia".

Lo anterior viene a cuento de un comentario de Daniel Gómez, ante un mapa donde el norte de África llevaba el dictado de Berbería:  "¿No vendrá de ahí la palabra Berberis?  Porque es una planta norteafricana".  Lo que muestra cuánto importa, para la etimología de los fitónimos, el conocimiento de las plantas mismas, su distribución, virtudes et cetera.  La observación de Daniel invita a considerar que Berberis es pariente de los bereberes y de los piratas berberiscos, de los barbarismos y los balbuceos.  Conviene advertir que Berbería o Berberia figura en los mapas latinados como Barbaria.

Confirmación sólo la he encontrado en vicipaedia (la variante latina de wikipedia), pero buscando en vano bereber o berberisco en el gran diccionario etimológico de Corominas encontré la voz castellana berberís definida como "clase de espino" y documentada desde el siglo XVI.  Ahora bien, el diccionario académico sostiene que berberís significa "agracejo" (esto es, Berberis vulgaris), y añade dos sinónimos: bérbero y bérberosBerberís, para Corominas, procede del árabe barbarîs (con pronunciación llana, barbâris, en vulgar); según el filólogo catalán, a veces designa también al madroño, y es voz tomada probablemente del latín botánico.

En resumidas cuentas, creo que Daniel dio en el clavo.

martes, 10 de junio de 2025

Squarrosus

 El Novicio de nuestro convento pregunta por el significado de squarrosus y, obediente, investigo.

Este adjetivo no es raro en botánica, pero sí en latín clásico, donde lo encuentro citado únicamente en glosas; diccionarios hay que ni lo consideran, o dan vagas definiciones: "couvert de boutons" (que igual significa "con muchas yemas" que "con abundante acné").

Pero está bien tratado en el etimológico de Ernout-Meillet, donde se afirma que squarrosus es "sans doute" corrupción (contaminado tal vez por squama) de *escharosus, derivado del griego σχρα /es-já-raa/ "costra de una quemadura".

Esa palabra griega, σχρα, es interesante por sus muchos derivados modernos, empezando, claro está, por el helenismo escara, que en castellano significa en general "costra de una herida" (en casa nos amonestaban: "¡No te arranques la postilla!") o, afinando más, la costra subsecuente a una quemadura de tercer grado (más o menos el significado original).  En francés da lugar a doblete: escarre y eschare.

En botánica de σχρα sale también escarioso (en latín scariosus según el diccionario de Font Quer), adjetivo aplicado al órgano de carácter foliar más bien membranoso, tieso y seco, como los catafilos de ajos y cebollas, &c.

Pero volviendo a lo principal, ¿qué significa en botánica squarrosus?

El Diccionario de botánica alberga la voz castellana escuarroso, préstamo del latín botánico (romanización de squarrosus), definida como sigue: "cubierto de hojas, brácteas, etc., rígidas y divergentes, formando un conjunto áspero".  Y Yáñez (añade) llama escuarrosa a la hoja cuyas lacinias "se doblan alternativamente hacia arriba y hacia abajo, como en el cardo de María.  Para el P. Blanco equivale a desparramado".

En el Botanical latin de Stearn (pág. 501) se lee esta definición de squarrose: rough with scales, tips of bracts, etc., projecting outwards usually at about 90º.  Así que áspero, con escamas, puntas &c.  No traduzco más porque, como es notorio, ya hasta la ministra portavoz habla inglés.

He encontrado el adjetivo de marras, en su forma femenina (squarrosa) en una Inula, en una Lappula y en la Santolina chamaecyparissus ssp squarrosa.  En su forma masculina en un Bromus, un Juncus y en el Adonis aestivalis ssp squarrosus.  En la forma neutra habrá más, pero en mis papeles sólo figura el Sphagnum squarrosum.  Toca ahora al botánico minucioso comprobar si hay adecuación entre definición y definidos, o entre las vivas plantas y los nombres botánicos aplicados.

Y puesto que lo importante queda dicho, me dejaré deslizar suavemente por la pendiente de la erudición etimológica: porque σχρα, base, como hemos visto, de escharosus, lo es por tanto de la palabra asqueroso, para llegar a la cual no hay impedimento alguno de carácter semántico, y en lo fonético basta una pequeña metátesis vocálica que no cuesta nada admitir.  Parece mentira, pero la palabra que cuesta comprender no es asqueroso, sino asco, que uno diría relacionada íntimamente con aquella y que incluso la precede.  Pero no, no es así, o al menos no está nada claro.

Por cierto que, si no estoy equivocado, en principio asqueroso no se aplicaba a las cosas que daban asco, sino a las personas que hacían ascos a las cosas.

Permítanme añadir que en la comarca leonesa de mis ancestros, estas orejas, que serán pasto de gusanos, oyeron un día la palabra escaroso como variante de asqueroso.  Variante etimológica, por supuesto.  Para que luego digan del campo.

Y para terminar, una pequeña contribución al capítulo "medio léxico inglés es latín".  ¿Han oído hablar de Scarface?  Sí, el mote de Alfonso Capone, por tener un chirlo en la cara.  Bien, scar es "cicatriz" en inglés.  ¿Y adivina de dónde viene scar?  Pues sí, lo ha adivinado usted.  A través del francés, pero viene del latín eschara, y éste del griego σχρα.

Espero que el Novicio esté satisfecho.  (Lo de Novicio es por comparación con el resto de carcamales del cenobio; pero él nació ya en el milenio pasado, y nadie sabe adónde irá a parar su ya larguísima ciencia.)

martes, 27 de mayo de 2025

Anagramas y charadas botánicas y III

 Así pues, al igual que Mantisalca a partir de Salmantica, otros géneros se han creado por anagrama de un topónimo.  Por ejemplo, a partir de Bolivia se creó el género Lobivia para una bonita cactácea boliviana y de países próximos.  Y con la metátesis de un par de consonantes de Jamaica nació el género Jacaima, para una trepadora tropical de la familia apocinácea (aunque ahora parece haber recuperado su nombre primero de Matelea).

El procedimiento ha tenido también éxito notable a partir de nombres genéricos preexistentes.  De Alchemilla bastó cambiar el orden de las dos primeras letras para nombrar a la Lachemilla angustata, rosácea endémica de la república del Ecuador.  A la compuesta que Lineo bautizó Gnaphalium luteo-album la rebautizó Tzvelev, anagramando el género, como Laphangium luteoalbum.  En el fondo es el mismo principio comparativo de la nomenclatura prelineana, donde se venía a decir: "tal planta es como tal otra con las hojas de una tercera", o cosa parecida.

En general, si no me equivoco, el género nombrado por anagrama es afín al originario, o al menos pertenece a la misma familia botánica.  Así, Arabis ha dado Sibara, otra crucífera; el arbusto Ardisia se mudó en Sadiria, primulácea ahora, antes mirsinácea (o mirrinácea) estadounidense; la verbenácea Bouchea por trastrueque de letras dio a luz la también verbenácea Ubochea (según la red, ahora llamada Stachytarpheta); de la rosácea Cydonia salió la Docynia, otra rosácea; el género Vaselia (creo que no aceptado ahora, según la wiki) nació como anagrama de la Elvasia, y ambos pertenecen a las ocnáceas.  De los géneros cuya familia me consta, el de origen y el anagrama son hermanitos de sangre.

¿Predomina alguna familia en los anagramas?  No me consta.  Mi impresión es que se reparten las familias con ecuanimidad.  Si parece predominar alguna (por ejemplo, las asteráceas) es por ser ella misma familia numerosa.  Véase, si no.  Gramíneas, Elymus da Leymus, así como Aristida da Sartidia.  Acantáceas, Goldfussia se transformó en Diflugossia.  Cactáceas: Hatiora es el anagrama de Hariota.  Saxifragáceas: Mitella proveyó las letras de Tellima.  Labiadas: Monardella el origen, el término Madronella.  Celastráceas: la Myginda fue mudada en Gyminda.  Leguminosas: de la Tephrosia salió la Ophrestia.  Bignoniáceas: Pandorea fue convertida en Podranea.  Ocnáceas: la Sauvagesia dio lugar a la Vausagesia.  Asclepiadáceas: he aquí la Zacateza, obtenida por anagrama de Tacazzea.

Habrá observado el lector atento que gran parte de los géneros formados por anagrama son tropicales o exóticos, esto es, endémicos de la periferia de Europa: pues ésta, al parecer, se ha quedado, para su flora, con los nombres clásicos de la botánica grecorromana, aplicándolos no siempre con propiedad, sino a menudo embutiéndolos velis nolis en especies ajenas.  Nada que no fuera de esperar.

No debe de ser infrecuente que un solo nombre genérico haya dado lugar a más de un anagrama, al menos tengo en mis papeles varios ejemplos de ellos.  Allium, por ejemplo, el modesto, el plebeyo ajo, se ha reordenado dos veces, en Milula y en Muilla (este último, formado por simple inversión, es un pariente del espárrago, en contradicción con lo dicho arriba).  La hipericácea Ascyron ha engendrado la Norysca y la Roscyna.  Y la compuesta Liatris se ha desdoblado en Litrisa y Trilisa.

Pero el campeón de la diversificación anagramática es sin duda, por lo que yo sé, la ya mentada Filago: ésta la vemos desdoblada, por reordenación de las letras, en cinco géneros distintos: Gifola, Ifloga, Lifago, Logfia y Ofliga.  Asterácea tenía que ser.  He tomado esta información (y muchas otras de esta página) del Botanical latin de William T. Stearn.

Ya comprendo que el asunto sólo queda esbozado, y habrá que añadir y clasificar muchos fenómenos más (alguno ya mencionado aquí, como la síntesis entre ἀσπίς y Tupistra que dio lugar al género Aspidistra) bajo el epígrafe genérico de neologismos botánicos por anagrama o combinación.  Pero habrá que esperar la inspiración, la paciencia o las ganas...  Ganas de letras, al menos, si de ciencia no.

lunes, 26 de mayo de 2025

Anagramas y charadas botánicas II

 Y el caso de Galileo y Kepler no es excepcional; a propósito de estrellas, recuerdo los curiosos nombres de Sualocin y Rotanev con que aparecieron α y β Delphini, por vez primera con nombre propio, en el catálogo estelar (1814) de Piazzi y Cacciatore: no sé qué es más admirable, si la enrevesada forma en que el ayudante de Piazzi se homenajeó a sí mismo, o la astucia de Thomas Webb, el astrónomo que unos años después resolvió la charada, al darse cuenta de que Sualocin no era otra cosa que la inversión de Nicolaus, así como Rotanev era Venator del revés: "Nicolás Cazador" en latín y de cabeza, ¡esto es, Niccolò Cacciatore!

En botánica no conozco, y por ello me atrevo a suponer que no abunda, ese tipo de anagrama honorífico, tal vez porque fuera ya costumbre antigua honrar personas, sin rebozo, en el nombre de las plantas: lo atestiguan desde la Achillea a la Linnaea pasando por la Gentiana y por la Fuchsia.  Si acaso, se embozaba un tanto la dedicatoria para no trasparentar la adulación, como en la Calomeria o la Agathomeris, aunque ya hemos visto que no faltó el descaro de la Napoleonaea y de la Josephinia imperatricis.

No, en biología, al parecer, no movió la necesidad de halagar vanidades.  En mi opinión, lo que aquí desató la fiebre anagramática fue el apremio de hallar nuevos vocablos para un mundo natural en prodigiosa inflación, desde el momento en que a nuestra especie le dio por identificar con denominación propia a cada una de las demás especies: el número de éstas pronto desbordaría los más nutridos lexicones, catálogos geográficos y manuales de mitología y, aun así, era preciso seguir bautizando peces, líquenes, ciempiés, culebras, mariposas...

Antes de continuar quizá convenga precisar: anagrama es la palabra formada con las letras de otra, en distinto orden.  Por ejemplo, si invertimos Roma sale amor, un anagrama por inversión.  Los anagramas han sido muy útiles en antroponimia y en criptonimia.  François Arouet se hizo famoso barajando las letras de su apellido más las iniciales L. J. (de le jeune, esto es, otro que mi padre): ahora pocos recuerdan a Arouet, y bastantes más a Voltaire (o Uoltajre: para el latín, idioma aún de prestigio en el siglo XVIII, la I y la J son la misma letra, así como la U y la V).  Y ahora recuerdo que Alina, mi peterburguesa favorita, contaba que en los primeros años de la Rusia soviética fue popularísimo por allá el nombre de chica Ninel, anagrama de Lenin.

El primer anagrama botánico del que tuve noticia fue la Mantisalca salmantica: fue bautizada por Lineo como Centaurea salmantica pero más adelante hubo que hacer género aparte y se creó Mantisalca, donde la primera sílaba del nombre específico se convirtió en tercera.  Salmántica a su vez es el nombre romano de Salamanca; ¿vino de allá el ejemplar al que Lineo aplicó aquel basiónimo?

Más tarde, un amigo me informó de que Mantisalca no era un caso único en botánica: Logfia, género de una asterácea, se formó con reordenar las letras de otro afín, Filago.  El asunto me pareció extraordinario, y me he vuelto un coleccionista de anagramas botánicos.

Que no los hay sólo en botánica, claro está.  Por casualidad, leyendo un libro muy pesado (pero ya se sabe que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno) aprendí que para el avión común (por Lineo bautizado como Hirundo urbica) se creó en 1854 el género Delichon, anagrama de chelidon (transcripción latina del nombre griego de la golondrina, esto es χελιδών /je-li-doón/): de este modo, el nombre latino quedaba en exclusiva para la legítima propietaria, la Hirundo rustica.  (Por cierto, en wikipedia hay una interesante observación sobre el cambio, por corrección de género, de urbica a urbicum.)  Ahora bien, ¿por qué no se usó la voz griega sin más?  ¿Se había usado ya con otro animalito?  ¿O le entró a la ornitología el prurito purista?  No lo sé.  Tecleo chelidon y obtengo de la omnímoda red una especie de crecepelo y un señor con gafas de sol que me enseña a pronunciarlo en inglés.  ¡Admirable!  ¡Lo que aprende uno con la güeb!

Ya que estamos entre golondrinas, señalaré que χελιδών es el étimo de nuestra hierba golondrinera o Chelidonium maius, ya en griego llamada χελιδόνιον /je-li-dó-ni-on/ "celidonia".  Un cuento que remonta a Dioscórides asegura que si sus pollos no abren los ojos, la golondrina los sana con celidonia.  En el Dioscórides renovado de Font Quer se relata con pormenor.