jueves, 20 de abril de 2023

Taxus III

En nombre actual del tejo en francés, ese if que ya leíamos en el siglo XIV en Gastón Febo, proviene de la forma ivo, correspondiente galo, si no me equivoco, del celta eburo.  De la amplia difusión de ese término, frente a taxus, da cuenta una glosa muy interesante, aunque no he podido averiguar su localización o su fecha (Meillet, de quien la tomo, no precisa más): taxus arbor quam vulgus iuum vocat "tejo, árbol que la gente llama ivo".

Esa voz ivo (o iuum o ivum) da nueva dimensión al prestigio del tejo, pues se conserva no sólo en el if galo, sino en el nombre francófono de Yves, cuyo femenino es Yvonne; en Italia este nombre adopta la forma Ivo (o por lo menos así se llama en Roma al bretón Yves de Tréguier, santo patrón de San Ivo alla Sapienza).  En castellano, el antropónimo derivado del tejo sería Ivón e Ivona, pero no conozco a nadie con esa gracia.

Todas estas formas provienen, al parecer, del antiguo germánico ihwa (con I larga), que explicaría la actual forma alemana Eibe (o Eibenbaum) y la inglesa yew (o yewtree).  Se me ha ocurrido buscar el origen del término yeoman, que se aplicó también a los arqueros ingleses, y veo que nadie está muy seguro de su origen, aunque propenden a hacerlo venir de young man; aprovechando esa vacilación general, echaré mi cuarto a espadas y propondré como étimo yew man "hombre del tejo", en la casi total seguridad de que no empeorará mi concepto ante las lectoras de este blog, y, lo más importante, que esta propuesta no me llevará al estaribel.

En cuanto al nombre específico del tejo, baccata, esto es, provista (puesto que femenino, como la mayoría de árboles) de baccae o bayas, proviene de una observación ya formulada por Plinio en 16 50: taxus minime virens gracilisque et tristis ac dira, nullo suco, ex omnibus sola baccifera "el tejo, apenas verde, mezquino, triste, funesto, carente de savia, el único con bayas de todos ellos"; el nullo suco habrá que interpretarlo, creo yo, por comparación con las otras coníferas, dotadas todas ellas de resinas aromáticas; y a diferencia, también, de todas éstas (ex omnibus sola), el tejo es baccifera, lleva bayas: o sea, baccata.

Confieso que me acabo de enterar de que el tejo es una conífera, debido quizá (aderecemos nuestra ignorancia) a deformación de filólogo, ya que conífera significa "que lleva piñas" ("piña" se dice κῶνος /kóo-nos/ en griego).  El adjetivo conifera (con O larga, como corresponde a la ómega original) lo emplea ya Virgilio, y alterna con su sinónimo conigera, usado por Catulo de Verona.

Ya que estamos en confesión, estaba yo muy contento de haber puesto en relación el taxus (como árbol que da excelente madera para el arco) con el griego τόξον /tó-xon/ "arco", y con el adjetivo toxicus "venenoso" (étimo de nuestro doblete castellano tóxico y tósigo: de ahí el significado original del atosigar, bien usado por Petisco, "envenenar").  Pues bien, mi gozo en un pozo, al leer la Historia natural 16 51: después de mencionar el cuento de que perecen quienes duermen bajo tejo (cuento difundido por Dioscórides en 4 79), Plinio añade: sunt qui et taxica hinc appellata dicant venena quae nunc toxica dicimus, quibus sagittae tingantur "hay quien dice que de aquí se llaman táxicos los venenos, que ahora llamamos tóxicos, con que se imbuyen las flechas".  Menos mal que, tratándose de latín, no podría haberlo dicho un chino hace seis mil años.

Por último, en el pasaje citado afirma Plinio que toda la fuerza mortífera del tejo desaparece hincando en él un clavo de bronce: si in ipsam arborem clavus aereus adigatur.  No hagan la prueba en casa.

                                                                 o - O - o

Hay en mi pueblo una rotonda pionera (muy anterior a la fiebre rotondífera que ha llenado de points ronds nuestros arrabales) que recibe el apropiado nombre de el circuito.  En su centro hay un jardinillo con un arbolito solitario, popularmente conocido como el pino.  El nombre, esta vez, es muy inadecuado: se trata de un Taxus baccata.

viernes, 7 de abril de 2023

Taxus II


 El 19 de septiembre de 1991 los montañeros Erika y Helmut Simon vieron asomar lo que parecía un cadáver de entre los hielos del Hauslabjoch, en la frontera tirolesa entre Italia y Austria, no lejos del refugio de Similaun.  Pronto se supo que se trataba, en efecto, de un antiguo cadáver y, esto era lo más extraordinario, que estaba momificado y conservaba enteros, si bien en cecina, todos sus órganos.  Mientras un equipo científico se consagraba al estudio del hallazgo, la prensa se divertía de lo lindo bautizando al muerto, que fue mummia de Similaun para los italianos, Hibernatus para los galos, Otzi para los austríacos, Frozen Fritzi para los estadounidenses...  Unos meses después se publicaban los primeros resultados del estudio, por los que supimos que el difunto había sido víctima de un asesinato datable cinco mil años atrás, que vestía el traje de pieles más antiguo de Europa (aunque esto lo discute la ciencia moscovita), y que su arco estaba fabricado en madera de tejo.

Y parece que la madera de tejo persistió en ser elegida para los arcos de elevada calidad.  El célebre longbow inglés, que dominó los campos de batalla europeos durante el siglo XIV, era de tejo, aunque ahora no logro recordar de dónde me he sacado esta idea.  El general Fuller, por lo que veo, sostiene que eran de olmo, pero sospecho que yerran o el general o el traductor de sus Decisive battles; y el canciller Ayala, que sufrió a los frecheros ingleses en Nájera, nada dice sobre la madera de quienes le apresaron.  Me complace, en cambio, encontrar que Gaston Fébus, señor del Bearne, contemporáneo de Ayala y de Crécy, en su livre de la chasse describe con detalle l'arc de main que on apèle anglois ou turquois con las siguientes palabras: l'arc doit estre de if ou de boix et doit avoir de long, de l'une ousche où la corde se met, jusques à l'autre, vingt poigniés... la corde doit estre de soye...  Así pues, sin duda el arco inglés "ha de ser de tejo (if) o de boj".

Pero volvamos a la filología.  A primera vista, pues, la herencia onomástica del tejo en la península ibérica proviene toda, con la excepción del vascuence, del taxus latino: por ejemplo en gallego, donde resulta en teixo, y abundan en apellidos y topónimos tanto el árbol cuanto su bosque (si lo es, a saber, teixera, teixeira, teixeiro o teixido).  Como todo el mundo sabe y el dicho advierte,

                            a San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo,

de modo que de nuevo encontramos al tejo (teixido, en este caso) mano a mano con los muertos; y adviértase, por lo que luego se dirá, que este Teixido está en el Finisterre, hogar de celtas y cornamusas.

No de otro modo ocurre con el teix y la teixera catalanes (de los que Font Quer proyevó algunos ejemplos).  Y también en Italia ha dejado huella el taxus: aparte de los no pocos topónimos, ¿no dio el tasso apellido al mayor de los poetas italianos del siglo XVI, quitando al Ariosto?

En cuanto a la excepción vascuence, parece que en ese idioma el tejo se llama agin, hagin, o hagintze, y que de ahí provienen muchos apellidos y topónimos, empezando por Aguinaga ("conjunto de tejos", esto es, "tejeda"), y quizá terminando en Abendaño o en Acín.

Ahora bien, la dimensión simbólica del tejo en la vieja Europa sólo se percibe si abandonamos el taxus latino y nos adentramos en el nombre dado a este árbol por los celtas, que fue, al decir de los sabios, eburo.  (Muchas veces se afirma que los celtas fueron un pueblo sin estado pero, dejando de lado el resbaloso concepto de pueblo, no debería olvidarse que el latín fue un dialecto celta: ¿acaso el imperio romano no fue ese "estado celta" que la nostalgia, apenas consolada por las gaitas, echa de menos?)

Éburo, éburo... ¿no le suena?  ¿No eran los eburones ésos cuyo jefe, Catuvolco, se suicidó con tejo?  No fue casualidad, pues...  Hubo eburones, y hubo eburovices (otro pueblo celta consagrado al tejo).  Árbol cuyo vigor simbólico se aprecia con sólo echar una ojeada a los nombres de ciudad que nos ha legado el mundo antiguo: Ebura, Eburo, Eburacum, Eburobriga, Eborobritum, Eburobrittium, Eburodunum, Eburomagus...  En todos ellos se celebra a nuestro Taxus baccata: Eburóbriga significaría "Castillo del Tejo", Eburoduno "Otero del Tejo", Eburómago "Feria del Tejo".

Perviven muchas de esas ciudades, y sus nombres: Eboracum o Eburacum es la actual York, y en la palabra York perdura la palabra Eboracum; así que, mira por dónde Nueva York, la capital de este mundo según la firme opinión de Rocky el barbero, lleva en su nombre al tejo celta.

Un Eburodunum es hoy Yverdon, la ciudad balnearia junto al lago de Neuchâtel (que recibió en tiempos el nombre de lacus Eburodunensis), y otro Eburodunum, no muy lejos del anterior, se llama hoy Embrun.  El moderno Évreux continúa el Mediolanum Eburovicum, capital de esos galos eburovices antes mencionados.  Y de igual modo el tejo está en la base de los nombres de Ivry, Ebersberg, Ebrach...

Hay quien añade a los anteriores los nombres de la italiana Ivrea y de la belga Ypres.  Si la voz Ypres o Iprés viniera de eburo, tendría en cierto modo doble parentesco con el tejo, pues en la batalla de Yprès, verano de 1917, el ejército alemán utilizó por vez primera el gas mostaza, que de la ciudad recibió el ominoso nombre de ypérite: la iperita, mortífero gas que remontaría su nombre al viejo veneno celta...  Pero probablemente Ivrea e Ypres se explican mejor a partir de epo-, equivalente celta del latino equus "caballo".

Évora, la ciudad portuguesa donde aún podemos ver en pie un hermoso peristilo romano, conserva casi idéntico su nombre original, alusivo al tejo, que encontramos escrito Ebura o Ebora o Aebura.  Y ese mismo Ebura se desperdigó por la península en varios lugares donde sufrió los consabidos cambios "castellanos" (E breve tónica da IÉ, la breve interior postónica se pierde) y resultó en Yebra: hoy apellido, y denominación también de varias localidades, entre ellas un pueblecito oscense en el valle del río Basa.

Basta por hoy.  Pongo arriba otra foto palentina de un tejo añoso, esta vez con fondo de jóvenes hayas.

martes, 28 de marzo de 2023

Taxus


En los anaqueles de la librería encuentro una nueva edición de la novelita de Agatha Christie Un puñado de centeno. ¡Qué portada tan bonita, qué tipografía tan legible!, sobre todo si las comparamos con aquellas, algo cutres, del milenio pasado.  Recuerdo que el misterio policiaco, hábilmente resuelto por la señorita Marple, comenzaba con un envenenamiento a base de taxina, el principal alcaloide del tejo.

No cabe duda de que su toxicidad es una de las razones del oscuro prestigio del Taxus baccata.  Era ya bien conocida en la Antigüedad, como lo muestra aquel pasaje del Bellum gallicum de César (guerra de los Gauls, para neobachilleres) donde el caudillo Catuvolco es acorralado por las tropas romanas; helo aquí, en la traducción dieciochesca del jesuita José Petisco, tal como la plagió el canónigo Muniain:  "Catuvolco, rey de la mitad del país de los eburones, cómplice de Ambiórix, agobiado por la vejez, no pudiendo aguantar las fatigas de la guerra ni de la fuga, abominando de Ambiórix, autor de la conjura, se atosigó con zumo de tejo, de que hay gran abundancia en la Galia y en la Germania".  En la severa prosa de Julio: taxo se exanimavit.

Tal vez la ponzoña del tejo (presente en todos sus tejidos, excepto precisamente en ese arilo cuyo color rojo parece una alerta) haya contribuido a la relación que el mundo antiguo estableció entre el tejo y el más allá, como se ve en Lucrecio y Ovidio; el último tacha al tejo de "funesto", y sombrea con él la senda que se hunde en el infierno (Metamorfosis 4 432): Est via declivis funesta nubila taxo...

Ese oscuro prestigio me alcanzó hace no mucho al visitar la tejeda de Tosande o Tosante (donde tomé la foto de arriba), pues cierta propaganda turística invitaba a disfrutar del "misterioso silencio" que, según el astuto seductor, era exclusivo de los bosques de tejo.  Subí hasta la tejeda, lo que fue un verdadero placer, porque nunca había visto junto tanto tejo añoso (dicen que el bosquecillo alberga setecientos u ochocientos) y comprobé que entre los viejos troncos rojizos flotaba un silencio relativo, aunque, dada la lejanía de las vacas y la ausencia de cualquier otro turista, no le encontré misterio alguno.

El nombre castellano del tejo proviene de su nombre latino, taxus, que la tradición botánica ha continuado.  Del antiguo nombre griego no me ocuparé, porque me costaría averiguar (en el supuesto de que pudiera) no ya las mil y una variantes de su forma más común, σμῖλαξ /smíi-lax/ (encontramos μῖλαξ, μῖλος, σμῖλος &c), sino lo que más perplejo deja, los heteróclitos significados de esa voz que al parecer, según los autores clásicos, nombra tanto a la encina (al menos en Arcadia) como a varias enredaderas espinosas (en particular la Smilax aspera, que se ha quedado con el nombre), al Convolvulus arvensis (quizá el milax de Plinio 24 82) y, no faltaría más, también al tejo.

Volviendo al latín, el problema de la voz taxus, cuya etimología se desconoce, radica en su aislamiento, pues esta voz carece de correspondientes verosímiles en otros idiomas.  Así pues, de taxum viene tejo, con una apofonía más o menos corriente (taxum da tejo como axem da eje), aunque también encontramos para el tejo la forma castellana tajo (y su variante gráfica taxo, por ejemplo en la versión de Andrés Laguna de De materia medica).  Esos tajos, creo yo, nada tienen que ver ni con el río de Toledo (Tagus en latín) ni con el corte al afeitarnos, aunque no falta quien afirme que el nombre del río caudal tiene relación con los tejos.

No obstante, tanto el tejo como la tejeda (el conjunto de tejos) han dejado mucha huella en la onomástica y en la toponimia, pues, además de los apellidos Tejeda, Tejera &c, llevan este nombre varias localidades: a los Tejo y Tejeda hay que añadir algunos Tejeros y Tejeras (así Tejera Negra, en Guadalajara) donde, en mi opinión, no están en juego las tejas sino los tejos.

Font Quer, importa subrayarlo, señala que el tejo no hace bosque, sino que se halla aislado entre otras especies, razón por la que a menudo se basta por sí para indicar un emplazamiento, identificado por este vegetal; y cita como ejemplos de topónimos o microtopónimos "Fuente del Tejo, Font dels Teixets, Pui-al-Teix, la Tajera (en Valdelinares, donde el tejo se llama tajo), la Tejera, la Tejosa, Sierra Tejeda, Cova del Teix...".

Bosquecillos como los de Tosande parecen contradecir el juicio, o quizá prejuicio, del ilustre botánico, y acaso expliquen por qué se da tan frecuentemente tejera por sinónimo de tejo (y lo mismo en idiomas próximos).  Yo hubiera dicho que tejera es sinónimo de tejeda, pero no cabe duda de que podría también significar el árbol aislado (como olivera significa "olivo"). 

Hay algo, por otra parte, que nadie duda, al menos entre las fuentes que he consultado: los tejos están en franca regresión en toda Europa, sobre todo si tomamos al pie de la letra la "gran abundancia" de ellos (magna in Gallia Germaniaque copia) aludida por César en 6 31.  Unos explican esta decadencia por causas internas, debido a que la planta es de crecimiento lento, es dioica y parece que le cuesta multiplicarse, para lo que requiere colaboración pajaril (me limito a repetir lo leído, porque yo no veo relación entre, por ejemplo, lentitud de crecimiento y rarefacción).  Otros creen que la regresión de la especie se debe a la presión humana, por el aprecio en que estuvo la madera de tejo, en particular para un fin que ya señalara el doctor Andrés Laguna:  "No tiene meollo ninguno este árbol, y por ser su madera maçiza, y tiesta, suelen hazer della los buenos arcos".

Hermoso adjetivo, ese tiesto: según Corominas es doblete de tenso por analogía con otros participios (puesto, visto &c); la Academia lo quiere derivar de un hipotético tensitus participio de tendere (lo que no es imposible): así pues, hay acuerdo en que viene de tendo "tender" o "tensar".  El DRAE da por desusada la acepción "que con dificultad se dobla o rompe": justo la cualidad que ha de tener la madera de un buen arco.

Veo que esto se alarga mucho, y aún me queda tajo.  O tejo.  Quédese aquí de momento.

lunes, 27 de febrero de 2023

Exsiccata

En la entrada anterior usé la palabra exsiccata, cuyo sentido creo conocer, por oírlo a menudo de los botánicos que me rodean, leerlo en los libros del ramo que ahora frecuento, y, en suma, porque es puro latín y de eso me suena.

Por si acaso, aventuro aquí mi propia definición: son exsiccata las preparaciones de vegetales para su estudio y conservación, consistentes principalmente en disponerlos entre papeles secantes como conviene para que sus caracteres resalten al examen visual, prensarlos a continuación y así, al fin, secarlos al efecto de conseguir la mayor duración posible.  Lo de los papeles secantes creo que me lo he inventado, arrastrado por el significado de exsiccata: porque al fin y al cabo el verbo exsiccare no significa nada más que secar totalmente.

Me animo a escribir esto porque en una página inglesa de la red he visto algo que considero erróneo: afirman que el genitivo de exsiccata es exsiccatae, y que también su plural es exsiccatae.  Yo no lo veo así; si he entendido bien el uso de esta voz por los botánicos, exsiccata ha de entenderse principalmente como un neutro plural, esto es, algo así como "(cosas) secas"; de ahí que se use con determinantes en plural, y no se diga la exsiccata (como se deduce del texto inglés) sino los exsiccata.

De modo que el genitivo de exsiccata no es exsiccatae sino exsiccatorum.  Meter la pata en esto es fácil para los ingleses, porque los pobres dicen the y con eso ya han dicho el, lo, la, las y los, todo junto.  ¡Qué malo es el inglés para aprender latín, y qué mérito tienen los no muchos anglosajones que lo consiguen!

Como no tienes más remedio, paciente lector, vas a permitirme una digresión.  La generación actual blasona de conocer inglés, y leer en inglés, e incluso hablar castellano en inglés.  Pero el inglés es un idioma de morfología paupérrima, todo lo contrario que las lenguas clásicas, de manera que los conocimientos que de éstas se adquieren a través del inglés suelen estar muy deteriorados.  La magnífica novela de Thornton Wilder The ides of march se tradujo mal al castellano Los idus de marzo.  ¿Tiene un traductor del inglés obligación de saber latín?  No, señor mío; pero, claro, para un latinista esa traducción es una patada en el mismísimo género, porque en latín no hay los idus sino las idus.

En resumidas cuentas, con exsiccatus estamos ante uno de esos que se han llamado adjetivos de tres terminaciones, exsiccatus, exsiccata, exsiccatum (masculina, femenina, neutra), esto es, el participio pasivo del verbo exsiccare.  Como tal adjetivo, o participio, nada impide que usemos la forma femenina sustantivada, por ejemplo sobreentendiendo (herbae) exsiccatae; pero cuando un adjetivo (o participio) se sustantiva, en buen latín se emplea el género neutro: exsiccatum en singular (una planta seca, pues), y exsiccata en plural (una colección de plantas, o de las cosas que sean, secas).

En la propia página inglesa citada un libro muestra el adjetivo usado tal cual lo describimos aquí, pues su título es Lichenes helvetici exsiccati, esto es, en traducción literal, "líquenes suizos bien secos" o, si se prefiere, "exsiccata de líquenes suizos".

En cuanto a la confusión entre el femenino y el neutro a la que alude la citada página inglesa, es una trampa ínsita en la propia lengua: todos los que hemos tratado de enseñar latín hemos dado con esa dificultad, el hecho de que los sustantivos neutros acaben su plural en A, igual que los femeninos singulares.  Una clase de latín viene a ser, en este sentido, como un laboratorio de historia de la lengua: en lo que meten la pata nuestros alumnos, en eso han metido la pata nuestros antepasados al hablar latín.

De hecho, la trampa ha sido tan eficaz que hemos caído todos en ella, y las lenguas romances están llenas de palabras femeninas que fueron en tiempo formas en -a de neutro plural: berza (de viridia "verduras"; todavía en Andalucía se llama berza a una menestra); maravilla (de mirabilia "prodigios"), leña (de ligna "leños")... no hay espacio en una paginilla para que quepan todas.  Y da igual que se trate de hablantes municipales y espesos, o de finos científicos que han profesado el latín: ahí tienen bacteria, que era un colectivo, un plural (significa "las bacterias") y en español ha sustituido al más correcto bacterio (de bacterium "una bacteria").

Compruebo mi definición de exsiccata con el diccionario de Font Quer, y veo que el sabio catalán tiene la amabilidad de darme la razón en cuanto al uso de la voz latina y, qué sorpresa, en el empleo de papel secante; pero don Pío añade un importante corolario: unos exsiccata decentes no sólo han de contener plantas bien presentadas, sino que también han de aparejarse con toda la información pertinente: lugar y fecha de recogida, nombre de la planta, del colector, etcétera.  Según los autores de Spruce, un botánico en el Pirineo, el inglés descollaba también en la precisión y saciedad con que informaba en sus etiquetas.

                                                                  - o - O - o -

Ya que ha surgido hablar de liquen, he tratado de escribir aquí el origen de la palabra, que es griego, pero topo con una dificultad inesperada: desde la última actualización del antivirus, ay qué risa, las letras griegas se niegan a salir.  Es decir, consigo que el teclado escriba en alfabeto griego, pero los tipos surgen aleatoriamente: pulso la A y no sale una alfa, sino, qué sé yo, una omega mayúscula; vuelvo a pulsar la misma letra A, y la segunda vez sale, pongamos, una ji.  Bravo, antivirus; ahora eres también antihelénico.  A menos que me equivoque una vez más, y el antivirus no sea el culpable.

En fin, la cosa no tiene mayor secreto.  En griego hay una palabra que suena lei-jeén y significaba "lepra" y también "sarpullido"; pero ya en el poeta Nicandro, y luego en Dioscórides, tiene el actual significado de liquen.  Del griego se tomó la voz latina lichen que, por el étimo, tiene la I y la E largas, de lo que deduzco, ay qué caray, que en castellano la pronunciación ajustada al étimo debería ser liquén y liquenes, y no liquen y líquenes como ahora pronunciamos; yo por lo menos.

lunes, 13 de febrero de 2023

Spruce en el Pirineo

Alguien hizo notar que Schultes (cuenta la anécdota Davis en El río) había seguido casualmente los pasos de Richard Spruce por el Amazonas; el botánico de Boston rectificó: sí los había seguido, pero no por azar sino con plena intención: se había propuesto recorrer el itinerario de Spruce por América del Sur, lo que constituyó para ambos la principal y más conocida de sus aventuras botánicas.  De ahí la curiosidad por leer el libro que acaba de publicar, en 2022, Libros del Jata: Richard Spruce, un botánico inglés en el Pirineo romántico.

En el libro se aprende que la aventura pirenaica de Richard Spruce fue el primer viaje científico fuera de Gran Bretaña de este joven, hijo de maestro y nacido en 1817 en Ganthorpe, pueblecito del distrito de York.  William Hooker, director de los jardines de Kew, fue quien aconsejó a Spruce el viaje a España (muy de moda entre los románticos ingleses, díganlo Richard Ford y don Jorgito el Inglés), aunque nuestro Richard hubo de cambiar el plan y limitarlo a la cara francesa del Pirineo, debido a que los españoles estábamos otra vez, qué sorpresa, en guerra civil.

Así pues, entre mayo de 1845 y marzo de 1846, Spruce exploró la flora del Pirineo central, sobre todo en su vertiente francesa, con unas pocas incursiones en territorio español, en Panticosa y el Hospital de Benasque principalmente.  Lo crudo del invierno lo pasó en la ciudad balnearia de Bañeras de Bigorra: allí puso en orden sus colecciones y redactó unas notas sobre sus hallazgos.  La principal fuente de financiación del inglés era el envío de exsiccata a los suscriptores, en lo que demostró una competencia y una meticulosidad que fueron rasgo perpetuo de su personalidad.

Todo esto lo narran Patxi Heras y Marta Infante, autores del libro, con una amenidad encomiable y una precisión que deja poco que desear.  Además de las noticias botánicas, los autores enriquecen el relato con un panorama, muy bien pintado, de la región durante esos años de auge del termalismo, y para ello recurren a relatos de viajeros, singularmente el casi coetáneo de Sarah Stickney-Ellis Invierno y verano en el Pirineo.

Los autores han acopiado asimismo abundante información paralela, oportunamente reducida a notas a final del texto, sobre geologia pirenaica, indumentaria y culinaria pastoril, hostelería y muchos asuntos más.  Muy acertadas son las pequeñas biografías de aquellos personajes con quienes Spruce tuvo trato o cuya actividad afectó a la zona recorrida por el inglés.  De este modo, junto a botánicos más conocidos, como León Dufour o Ramond de Carbonnières, me ha encantado saber de las vidas de Pierrine Gaston-Sacaze, el pastor botánico, paradigma de sabio sin formación académica, o de Xavier Philippe, militar, taxidermista, experto, guía, marchante y conservador del museo de Bagnères, y compañero de Spruce en alguno de sus trayectos.

Se reirá usted del calor con que elogio las notas o los marginalia: pero uno, que es curioso, agradece muchísimo a los autores que hayan sido aún más curiosos que él y ofrezcan tan jugosa copia de erudición.

La cosa no acaba aquí.  A la riqueza del relato corresponde la del aparato gráfico.  Por no parecer un panegirista, me limitaré a señalar fríamente que si las páginas del texto se adornan con adecuadas reproducciones de grabados de época, las de papel satinado contienen fotografías en color, de muy buena calidad, tanto de los paisajes y lugares que Spruce pisó, cuanto de las flores, los musgos y las hepáticas que identificó y recolectó.

Conviene mencionar que los autores son briólogos, esto es, expertos en vegetales no vasculares (gracias a este libro me empiezo a enterar de lo que son los musgos y las hepáticas), y por tanto, sin descuidar la información florística, dan muy precisa cuenta de los briófitos pirenaicos, cuyo conocimiento nuestro botánico inglés casi triplicó: las 169 especies conocidas subieron, con el trabajo de Spruce, a 475, a saber 384 musgos y 91 hepáticas (página 176).

Por último señalaré un detalle que, en mi opinión, evidencia el cariño, el mimo con que ha sido elaborado este volumen: para cada tramo de la investigación botánica de Spruce un mapa muestra las poblaciones, montes, ríos, fuentes y demás accidentes aludidos en el texto, con gran contento de los maniáticos que solemos echar mano del atlas cada vez que se menciona un lugar desconocido.  Así que todo esto redunda en beneficio del cándido lector y en honra de los diligentes autores.

Fíjese, señora mía, si me tienen contento Marta y Patxi que, aunque he leído el libro gracias a un amistoso préstamo, he encargado a mi librero traerlo, por el gusto de acomodarlo en mi biblioteca.

lunes, 30 de enero de 2023

Cuatro y pico

 Mirando el arriscado sendero, me resistía yo a subir al Pic des Moines, pero me convenció un amigo de que el ascenso era más cómodo de lo que parecía: por fortuna era así, y además de joyas botánicas encontramos arriba una espléndida vista sobre el Midi de Ossau.  Mientras almorzábamos, de regreso, Víctor Ezquerra, estrella de la divulgación (pronto de primera magnitud, y es profecía), aludió a la etimología de la voz tetraquetra.  Me quedé pensando en la palabra, cuyo primer elemento parece griego, pero ¿cuál era el segundo?  Podía haber pedido a Víctor que me iluminara, pero preferí guardarme la cuestión, por la ilusión de resolverla: una pregunta siempre es más divertida que una respuesta, esto es, lo que sigue: un tedioso resumen de mis ociosos entretenimientos.

El griego clásico τέσσαρες /tés-sa-res/ o τέτταρες significa "cuatro" (en género animado: el neutro es τέσσαρα o τέτταρα; ya el latino quattuor no distingue géneros, como el cuatro castellano).  Ahora bien, en los nombres compuestos la idea de "cuatro" se expresa con el prefijo τέτρα- /té-tra/, que conocemos bien porque en nuestro idioma llamamos tetracromía o "cuatrocolores" a la impresión con cuatro tintas (la usual para imprimir en color), tetramorfos o "cuatroformas" a los animales evangélicos, y tetraedro o "cuatrocaras" al sólido formado por cuatro triángulos regulares.  He elegido aposta esas palabras, porque ninguna de ellas se usó en griego clásico, indicio de la vivacidad del prefijo tetra- en la historia de nuestros idiomas.

Se comprenderá que lo primero que uno piense es que tetraquetra sea griego, y que el primer elemento signifique "cuatro".  Pero ¿qué significa el segundo elemento?  Pues no lo sé.  No lo he encontrado.

Recordaba, sí, que Horacio llama a Sicilia Triquetra (Sermones 2 6 55), denominación que le cuadra a la isla por su forma triangular (a Sicilia también se la llamó Trinacria, que significa "Tres puntas").  En vano se buscará equivalente a Triquetra en griego (en cambio, Τρινακρία figura en Teócrito y en Tucídides).  Si uno va a los diccionarios a buscar triquetra fácilmente da con el adjetivo triquetrus "triangular", que parece de formación puramente latina.  Meillet lo recoge y, por toda etimología, menciona que el sufijo tiene correspondencia en germánico.

La que no encuentro por ningún lado en los repertorios de lenguas clásicas es la voz tetraquetra (o tetraqueter o tetraquetrus o cualquiera de las formas verosímiles con que pudiera buscarse).  A cambio el griego clásico sí posee nuestro tetrágono (en latín tetragonus, con la primera O larga y por ende acentuada, véase lo dicho sobre polígono y poligono).  Eso justifica el nombre que Lineo dio al Epilobium tetragonum (acentuado tetragónum).  Si añadimos un lóbulo o lobo, tendremos el Tetragonólobus maritimus Roth, es de suponer que de "lóbulo tetragonal" (sinónimo, creo, de Lotus maritimus).

Yo sospecho (en mi ignorancia, no me queda más que la sospecha) que la palabra tetraquetra fue creada por analogía con triquetrus (con el significado, pues, de "cuadrangular"), si bien el neólogo no advirtió que aplicaba un prefijo griego a una forma latina.  Algo monstruoso, para un filólogo finústico.  En cualquier caso, ahí está la Arenaria tetraquetra L.

Ignoro por qué, los diccionarios que manejo dan para triquetrus la E breve, a pesar de que la sílaba cuenta como larga tanto en Lucrecio como en Horacio (aunque eso puede explicarse por licencia ante muta cum liquida).  Si hacemos caso a los diccionarios, habría que pronunciar tríquetrus y tetráquetrus; si a Lucrecio y Horacio, esas palabras serían llanas.

No faltan en la onomástica botánica las formas con prefijo tetra-: la Euphorbia tetraceras Lange (en Lineo es E segetalis) sería una euforbia "cuatrocuernos" (κέρας /ké-ras/ "cuerno").  Supongo que también tendrá cuatro cuernos la Tetracera, planta americana.  En cambio, la Vicia tetrasperma habrá de tener cuatro simientes.  Por su parte el Hypericum tetrapterum gozará de cuatro alas.  El árbol que los franceses llaman thuya de Barbarie es un Tetraclinis, por la forma de sus frutillos, probablemente del griego κλινς /klii-nís/ "camita".  He encontrado incluso un alga Tetraedron, que en su diccionario Font Quer escribe muy finamente Tetraëdron, pues ese AE no es diptongo: τέτρα- /té-traa/ "cuatro" (la forma de τέσσαρες como prefijo), δρα /hé-dra/ "asiento".

¿Pertenece a este grupo la Galeopsis tetrahit?  Algo me dice que no, pero no he logrado averiguar de dónde sale ese curioso nombre específico, proveniente quizá de algún habla local.  En cuanto al genérico, leo en la red que galeopsis significa "parecido a un casco", y que viene de la palabra griega gale que significa "comadreja"; esto último es harto dudoso.  Sí, es cierto que en griego se llama γαλῆ /ga-lée/ a ese bichito, pero si galeopsis quiere decir lo apuntado arriba (para opsis se puede ver Frutos en octubre de 2019), habrá que partir no de esa palabra griega, sino del latín galea que, en efecto, significa "casco"; estaríamos ante otro híbrido grecolatino, como tetraquetra.

En mi opinión, tampoco el nombre griego del urogallo (τετρων /te-trá-oon/) tiene que ver con el número cuatro, ni tampoco su transcripción latina, que es ahora el género Tetrao, y origen de la familia tetraonida; yo descartaría también el nombre del sisón (Tetrax tetrax).

En latín la forma del cardinal "cuatro" también difiere exenta y en compuestos: aislada, se dice quattuor, mientras que en compuestos adopta la forma quadr-.  Así, el griego tetragonus tiene el equivalente latino quadrangulus, y de ahí el Hypericum quadrangulum de Lineo (sinónimo de H tetrapterum arriba mencionado).  También hay una Passiflora quandrangularis.

Cuatro hojas tiene, claro está, la Paris quadrifolia.  Y Plumier bautizó en 1703 al cacahuete Arachidna quadrifolia (luego Lineo la llamaría Arachis hypogaea, nombre que aún está en vigor si no yerro).  Lo de hypogaea ("bajo tierra") supongo que se refiere a la curiosa costumbre de sus flores, que se fecundan al aire, y luego se entierran, para madurar sus semillas en el suelo.  Recuerdo haber discutido con un amigo sobre si los cacahuetes eran semillas o tubérculos: yo sostenía lo primero, porque, comedor habitual de manises (así llamábamos de niños al cacahuete, o cacagüés), recordaba bien sus dos cotilédones y el embrioncillo en medio; el amigo, agricultor, cultivó un par de años la planta y sabía de sobra que los cacahuetes se sacan de bajo tierra.

Baste de cuatro por hoy.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Los camellos académicos

¿Quién no tiene su gramo de locura, y aun su media libra bien pesada?  El amigo P.A. me toma el pelo por mi manía antiacadémica, y quiero por una vez argumentar sobre el asunto y de paso, por qué no, meterme un poco con la Academia.

He conocido a no pocos que desdeñan lo académico, a menudo para ensalzar el aprendizaje silvestre, del que se hace timbre de gloria soltando desde el pedestal la frasecita:  "Yo soy autodidacta".  No veo qué mérito singular tenga el autodidactismo, o qué lacra la enseñanza más o menos regular; apostaría que hay el mismo porcentaje de sabios (bajo) y de cretinos (alto) en uno y otro campo, como, por desgracia, pasa siempre.

Nada tengo, pues, contra las academias en general.  Pero sí he criticado a menudo a la Real de la Lengua, y a su diccionario, y por razones concretas, no por generalidades.  Cuando comencé a servirme del DRAE, allá por el milenio pasado, en él se contenían cosas como esta:  "Falangista: miembro de la Falange Española y de las JONS, movimiento fundado por José Antonio Primo de Rivera" (cito de memoria).  Afectado entonces por el virus político, detestaba yo semejantes salidas de tono, pura propaganda.

Cierto que los tiempos han cambiado, y ahora la Academia es otra, y se pone al día con la red, y hace una labor encomiable en pro de un castellano panhispánico y todo eso.

Pero lo cierto es que su diccionario ha albergado muchas opiniones bárbaras (uso el pasado porque, como supondrá el lector, no soy fidelísimo seguidor de sus ediciones).  Alguna vez he puesto como ejemplo la etimología que el DRAE daba de tonto, palabra que los académicos pretendían derivar de attonitus, tonta idea en que no habrían incurrido con un pequeño repaso de gramática histórica, ciencia al parecer cuidadosamente ignorada de los académicos de la Española.  (Acabo de comprobar que esa etimología no aparece ya en el DRAE en red, que atribuye a tonto "origen expresivo".)

Y para búsquedas de palabras en uso, cuán a menudo fallaba el DRAE, donde iluminaba, por ejemplo, el diccionario de Seco o el de María Moliner, que a cierto besugo sueco tanto le gusta debelar.  Una sola mujer, trabajando en condiciones difíciles, dio a luz un léxico que sacaba varias cabezas al excogitado por treinta caballeros académicos.  Y es que en estas tierras a menudo el sillón académico no es un lugar de trabajo, sino una especie de prebenda y sinecura, como lo demostró ingresando en la docta casa aquel novelista de una novela, la más ilegible bazofia de la narrativa contemporánea.

Con todo, siempre me ha parecido aceptable lo que expresa el lema de la RAE: bien está limpiar, fijar y dar esplendor, es decir, desbrozar un camino al uso del idioma, estimar lo bueno y desechar lo mediocre y lo inútil: algo, claro está, discutible, y donde el crítico se la juega.

Pues bien, ahora van los académicos y deciden, por lo visto, que nada de limpiar y fijar, que ya no van a alquitarar el idioma y repulirlo, que nada de jugársela, sino aceptar cuanto el vulgo hablante por mayoría decida (vulgarísimo concepto de lo democrático).  Hala, y ahí tienes en el DRAE de hoy el glamur y las almóndigas.

Porque lo malo es que hoy no es el pueblo el que autoriza las voces: son los fabricantes de series y los publicistas de las cadenas televisivas: no, no son voces populares las que los académicos están dando por buenas, sino voces puestas al tablero por guionistas y distribuidores de ideología.  Llega el glamur y se pierde, ay, la palabra castiza...

Y si de la voz popular se trata, hermanos de la almóndiga, ¿para cuándo fraticida, metereólogo, dentrífico?

Pues bien, el otro día, hablando entre amigos sobre definiciones caprichosas, hice notar cómo era cada vez más extendida la absurda idea de que camello designaba sólo al animal de dos jorobas, y sólo dromedario al de una.  Y ahí vino mi sorpresa, porque el amigo P. me informó de que eso precisamente era lo que sostenía el diccionario académico.  Confieso aquí que me quedé atónito: hasta que lo comprobé por mí mismo no me lo podía creer.

¡Oh, señor, perdónalos, porque no saben lo que dicen!

O sea que cada vez que mis sobrinas vuelven de Canarias y me dicen que han montado en camello, ¿están hablando mal?  ¿Debo tirarles paternalmente de las orejas, y corregirles la voz: no en camello habéis montado, queriditas, sino en dromedario?  ¡Qué majadería!

Así pues, la voz camello ya era mal usada por los griegos, los pobres; pues κάμηλος ha de designar (así lo abonan los sapientísimos académicos) a los camellos de la Bactriana, con sus dos jorobas, y no a los que Aristóteles conoció de toda la vida, las simpáticas monturas de los comerciantes de la Cirenaica o de los hombres azules del Atlas.

¡Ay, amigo, los ugaríticos llamaron gamel o gamal a la tercera consonante de su alfabeto, y para ello fueron a buscar el nombre no a los camellitos que tenían en casa, recorriendo las llanadas de Mesopotamia, sino, como es lógico, a las bestias bijorobadas de la meseta centroasiática!  ¡Qué lógica la suya!

Y usted, señora, que fuma Camel, ¡muy mal hecho!  Usted debe fumar Dromel: el diccionario académico se lo recomienda; o al menos afea la conducta del que dibujó ese dromedario junto a la palmera y la pirámide.

Y lo peor son las consecuencias teológicas.  ¡Ay, Espíritu Santo, que, por desconocer la superior autoridad de la Real Academia de la Lengua, has metido la pata y hecho pasar un κάμηλος por el ojo de la aguja, cuando lo que debiste pasar fue, el DRAE sea loado, un dromedario!


Cuando comenzaron a usarse los diccionarios en red nació la moda de criticar esas enciclopedias de redacción colectiva, como wikipedia; por mi parte he defendido siempre que no contienen más equivocaciones de las que suelen contener las enciclopedias acreditadas (entre las que incluyo la Británica, tan venerada, y que alberga sus errores, como toda obra humana).  Hablando de camellos, he aquí una muestra de virtud en la wikipedia castellana, en cuyo artículo "camello" se lee lo siguiente:

"La palabra dromedario es un cultismo que se utiliza específicamente para el camello arábigo, mientras camello es la palabra coloquial usada para las tres especies existentes del género Camelus, así como otras extintas.  No obstante, en las definiciones de dromedario y de camello del DRAE se despoja al dromedario de la categoría de camello, haciendo notar el número de jorobas, un academicismo que choca con la biología, la etimología y el uso popular".

¡La sensatez misma!  Académicos, aprendan, si aún están en edad.


Leo ahora un comentario de Daniel, por el que me entero de la existencia de un género Aphanes que, claro está, corresponde con el adjetivo griego ἀφανής "inconspicuo", que mencioné en una página publicada el pasado mes de junio.  Acabo de comprobar que Aphanes figura en mis papeles como variante del género Alchemilla; si no lo cité en esa página, pues, fue sin duda porque se me escapó: un error más.