sábado, 30 de mayo de 2026

Sobre cierto parentesco de la S y la H

 La hache, la pobre, es el basurero de las consonantes: cuántas desaparecen en el desaguadero de la aspiración (sonido, en principio, representado con H, por más que para los hispanos esa letra sea enteramente muda, esto es, no corresponda con ruido alguno).  Me acuerdo del civil gaditano que alababa nuestra huerta, por ser mehón terreno (mejor tierra de cultivo, entendía yo) o la ministra poderosa, hoy menos, que luchaba, generosa ella, para protegernos de loh víruh (o sea, los virus).

Ahora me refiero a un caso concreto pero mucho más antiguo: de antes de que hubiera ministros o andaluces.  Y me atrevo a ello porque veo que las de contenido gramatical están entre las páginas más leídas aquí; así que, ¿quién sabe si lo de la S y la H no interesará también a algún lector?

Salto veinte siglos atrás, y observo que una culebra se arrastra por el erial mediterráneo: serpit, dice el latino (o sea: "se arrastra"); ἕρπει /hér-pei/, dice en cambio el griego.  Quitado el final de palabra (cada idioma tiene su morfología) ¿no se ve parecido entre ambos verbos?  Serp-, herp-: donde en latín una S, en griego una H: porque ahí suelen ir a parar en griego las sigmas iniciales.  No es, pues, casualidad: es regla.

Así pues, al serpo latino responde el griego ἕρπω /hér-poo/ "reptar" (en griego la aspiración se representa con esa diminuta C que lleva de gorro la vocal inicial, y que transcribimos con una H).  He aquí por qué el serpens latino (el animal que repta, esto es, la serpiente) es más o menos el herpetón griego (que permite la herpetología, y llamarse herpetóloga a la experta en reptiles).

No se trata, una vez más, de que el latín venga del griego, como por error creen no pocos; sino que de ciertas voces del idioma ancestral que, comenzadas por S-, conservan el latín y el griego, el latín mantiene la S- inicial, mientras que el griego la pierde en una aspiración (H-).

Otro ejemplo de S- inicial latina correspondiente con H- griega: al sal salis latino (la "sal", de género masculino en latín, y en algunas zonas de castellano) le hace pareja el hals halós griego.  Por eso ciertos elementos que engendran sales se llaman oportunamente halógenos (flúor, cloro, bromo, yodo, aprendíamos antaño).  En botánica, la planta que prospera en ambientes salinos es halófito "planta de sal", o halófilo "amigo de la sal".  He ahí, por ejemplo, el Daucus halophilus, subespecie del Daucus carota L (para las muchas subespecies de zanahoria, véase Flora Iberica).

En nomenclatura asimismo tenemos el Halopeplis amplexicaulis, cuyo sinónimo, no por casualidad, es Salicornia amplexicaulis (halo- = sali-).  Y al adjetivo latino salinus opone el griego hálimos "costero" o "marítimo" (en griego háls no significaba sólo "sal", sino también "mar", seguro que usted adivina por qué) presente en el Atriplex halimus, planta amante de la salinidad que ya Teofrasto llamaba hálimon.

En la Euphorbia paralias es más difícil de ver la háls (la sal), oculta en el adjetivo παράλιος /pa-rá-li-os/, sinónimo de hálimos y compuesto de παρά "al lado" y háls "el mar".

Es fácil, en cambio, reconocer la correspondencia entre S- latina y H- griega en los numerales, como ξ /héx/ "seis" frente al latín sex, o en heptá "siete" frente al latín septem.  Ahí tenemos, por ejemplo, el Hordeum hexásticum o la Filipendula hexapetala frente a la Elatine sexandra o el Sedum sexangulare; o la Cardamine heptaphylla o la Potentilla heptaphylla frente al Asplenium septentrionale, helecho amigo de la cara norte de las rocas.  En efecto, el norte para el romano lo señalan las siete estrellas de la Osa Mayor, llamadas en latín un poco arcaico septem triones "los siete bueyes".  De ahí septentrional, frente al griego ártico: bueyes u osas, la dirección es la misma.

Por cierto que en entomología es frecuente el adjetivo siete: por ejemplo en la Coccinella septempunctata o en la célebre Magicicada septendecim o "cigarra mágica diecisiete".

También en el número uno se halla la oposición S/H que repasamos aquí, aunque más difícil de percibir.  Tomemos por ejemplo la palabra simplex, de la que hemos hablado alguna vez: a ella corresponde en griego haplús, de donde sale el género Haplophyllum: "hoja simple" significa.  En simplex, la idea de "uno" está en sim-, que corresponde al griego hén-, quizá reconocible para el europeo culto en la palabra hendecasílabo o "verso de once sílabas" (héndeca = úndecim = uno-diez = once).  ¿Por qué escribimos endecasílabo sin H?  Pues porque hemos tomado la palabra de los italianos, raza que en el medievo se propuso acabar con la H (sin conseguir más que un bonito lío).  Recuérdese que el endecasílabo lo pusieron de moda Dante y Petrarca, y aquí los aclimataron los italianizantes Boscán y Garcilaso: la falta de H en endecasílabo es un buen ejemplo de la autonomía de lo gráfico, y de su persistencia (o de la ignorancia o, más bien, el descuido ortográfico de nuestros humanistas).

Para ir acabando, comparemos el latín semi- con el correspondiente griego ἡμί-, que ya vimos en ἡμίονος "mula" y, en terminología botánica, en hemicriptófito, hemiparasito, hemiploide y una buena porción de términos más (basta consultar los diccionarios).  En los géneros florales, véase Phyteuma hemisphaericum, por ejemplo, frente a Bupleurum semicompositumCerastium semidecandrumAgrostis semiverticillata y unos cuantos más.

Y ya que hemos escrito hace poco del Hyoscyamus, compárese el nombre del cerdo latino, sus, y sus parientes los suidos, con ese hyos- que en el nombre botánico representa la idea "de cerdo", pero en lengua griega.

sábado, 9 de mayo de 2026

Verdolaga II

 


Encontré la foto de Nancy.  Ahí se puede ver que el color de la verdolaga francesa es más pálido que el de su prima de Aragón, quizá por ser aquélla una variedad cultivada.

Es claro que la voz castellana verdolaga proviene de Portulaca.  Las extrañas alteraciones fonéticas se explican: en mozárabe se documentan barduqala y bardilaqa  (sabido es que en árabe falta la P).

Ahora bien, ¿de dónde sale esa voz, portulaca?  Encuentro poco convincente la tesis de Corominas, que la deriva de portula (diminutivo de porta "puerta"; la "puertecilla" aludiría a la tapadera que cubre la simiente).  Porque, en efecto, portulaca es sólo una de las muchas formas de la palabra, que en Plinio es porcilacaporcillaca, en el falso Apuleyo porcastrum, en Oribasio porcillago, y porcacla en Rufino, por no citar otras variantes en latín popular y tardío.  Bien se ve lo común de las formas citadas: su comienzo remite al nombre romano del cerdo casero, porcus.

El puerco no es animal extraño en la nomenclatura botánica.  Ya lo vimos a propósito de la Hypochoeris, y lo encontramos en el nombre del ciclamen, pamporcino o pan de puerco (según dicen, porque es buen alimento para estos animales; no lo sé), y también en el beleño negro, cuyo género, Hyoscyamus, es voz griega y significa "haba de cerdo": ese "de cerdo" lo dice el genitivo ὑός /hy-ós/, mientras que κύαμος /ký-a-mos/ es "haba" en griego, bien se aluda a la semilla, bien a la planta toda.  La palabra κύαμος es interesante y daría juego, pero dejémosla para otro momento.

Dice Plinio (25 35) que hay tres clases de Hyoscyamus y que todas causan locura y mareos: omnia insaniam gignentia capitisque vertigines.  En ese paso, el beleño es también llamado apollinaris y altercum.

Por cierto, a propósito de Hyoscyamus, hallo que cierta página de la red afirma que su nombre griego alude al episodio en que Circe convierte en cerdos a los camaradas de Ulises "haciéndoles beber una poción a base de beleño".  ¿De dónde se saca eso?  ¿Por adivinación?  ¿O es obra de la inteligencia artificial que, como es sabido, carece de vergüenza?  Que yo sepa, ni Homero ni Teofrasto conocieron el beleño negro ni la voz οσκύαμος; y en el episodio citado de la Odisea no se habla sino de cerdos y de moly, aparte de que la apocerdosis de los amigos de Odiseo casi es más cosa de una varita que de una pócima.  Pero Alá es más sabio.

Comoquiera que sea, no veo la relación entre el cerdo y la verdolaga.  Quizá no la hay, y el parecido de porcillaca y porcus es fortuito.  Como me ha costado tanto quitar la Portulaca de mis tomates, me inclino a pensar que porcastrum podría venir de porca "caballón".  O de porcus "coño" (véase lo dicho sobre Hypochoeris) si se atiende a la Historia natural de Plinio, 20 213: purgationibus mulierum acetabuli mensura in sapa [prodest] "una copita en arrope favorece la menstruación femenina".  Pero es gastar imaginación en balde.  Una voz con tantas variantes bien podía ser un préstamo, y carecer, pues, de étimo comprensible para nosotros.

Teofrasto llama a la verdolaga ἀνδράχνη /an-dráj-nee/, nombre con que el sabio lesbio designa también a un madroño griego, el Arbutus andrachne de Lineo (αδράχνη en griego actual, que le ha quitado una N; si se molesta Vd. en mirar esa página, verá que hoy los griegos, al menos algunos, acentúan bien árbutus y no arbútus).  Ni que decir tiene que ἀνδράχνη parece un compuesto de νρ /a-neér/ "varón" (genitivo ἀνδρός /an-drós/) y la voz χνη /áj-nee/ "gluma", que vimos hace poco como étimo de Achnatherum; pero tal etimología (como la de aquél que pretendía que cínico venía de cinis) es insignificante y no conduce a nada.

Del nombre latino de la verdolaga sale en italiano porcellana, voz que, según unos, comparte étimo con el material cerámico; según otros, no; de eso ya quedó algo escrito.

En cuanto a su denominación en francés, pourpier, hay acuerdo en que viene del nombre medieval de la verdolaga, pulli pedem "pie de pollo" (en el siglo XVI se documenta pied-poul, hoy piépou).  De hecho fue la búsqueda de pies en la nomenclatura lo que me ha traído a la verdolaga.  Además de este pourpier de campo, los franceses tienen un pourpier de mer que es el Atriplex halimus.

viernes, 8 de mayo de 2026

Verdolaga en huerto

 


Hace tiempo no aparecen por aquí historias del abuelo Cebolleta, así que ahí va una.  (Para ilustración de la juventud ignorante añado una imagen de ese abuelo, personaje de La familia Cebolleta de Manuel Vázquez: el abuelo tendía a contar batallitas y sus parientes, por no oírlas, sin falta salían corriendo.)

Pues bien, una vez me desvié de la ruta para echar un ojo a la ciudad de Nancy, la capital de Estanislao Leszczynski (el rey francés, su yerno, le había regalado Lorena como consuelo por la doble pérdida de la corona polaca).  Las guías ponen Nancy por las nubes, pero una larga experiencia me hace sospechar de las guías francesas, que se derriten en cuanto asoma una reja negra con rocallas doraditas.  Por suerte, de las ciudades me gusta todo, no sólo las rejas (doraditas o no), y Nancy no me decepcionó, aunque no pude dedicarle más de cuatro o cinco horas.  Entre otras, di una vuelta al mercado central, algo vetusto, y allí me llevé una de las sorpresas más gordas de mi vida.

Debo aclarar que el año precedente había consagrado parte de mi tiempo a cultivar tomates, tarea nueva para mí.  Así que aprendí a manejar la azada y la jadilla, a arar con la mula mecánica, a disponer la cacera de riego, a montar tutores para las tomateras, en fin, todas las pequeñas tareas al aire libre que constituyen el grato oficio de hortelano... y a todas las cuales he renunciado hoy, porque el tiempo es poco y otras cosas me reclaman al aire libre.

Pero entonces disfrutaba de lo lindo, como sólo disfruta el aprendiz, y uno de los nuevos empeños era el de eliminar la competencia vegetal arrancando intrusos con la binadera, herramienta provista de largo mango para doblar el espinazo lo menos posible.  Ahí trabé contacto con la terquedad botánica, representada sobre todo por dos plantitas que, por mor del tomate, calificábamos de "malas hierbas": una pequeña gramínea de extraordinaria tenacidad, y otra planta no tan pequeña pero de fecundidad comprobada, pues no había forma de suprimirla y siempre regresaba por varios frentes a la vez: sus tallos rastreros, cilíndricos y jugosos, tenían un tono amarillento que tendía al rojizo, si no eran del más elegante rojo ladrillo; sus hojuelas, también suculentas y de un verde vivo, salían por pares de esos tallos, y al cabo de los tallos solían aparecer unas diminutas flores amarillas.

Júzguese de mi sorpresa cuando veo en un puesto de Nancy la misma hierba que durante un año he tratado de erradicar ofrecida al público a un precio superior al de los tomates.  La verdulera tuvo la amabilidad de explicarme que el pourpier era muy apreciado como complemento de la ensalada, por su sabor fresco y acidillo (que me propuse probar apenas regresara a mi huerto).

Mi conocimiento de nombres de plantas era entonces aún menor que el de ahora, y hube de buscar pourpier en los diccionarios.  Resultó que yo conocía la planta, pero no el nombre, y a mi vez conocía el nombre castellano, pero no la planta; quiero decir que no casaba, como es debido, nomen y res.  Porque aquel vegetal temoso que no había forma de extirpar de mis tomates no era otro que la verdolaga, palabra que yo había leído infinidad de veces sin poner cara a esa hierba.

Y, como suele suceder en tales casos, comencé a ver verdolagas por todas partes, y advertí que es capaz de desarrollarse con éxito en los más inhóspitos lugares, aun los más desnaturalizados --quiero decir humanizados.  Y comprendí la exactitud de la expresión como verdolaga en huerto, dicha de cuanto se halla a gusto y cunde a placer: lo había experimentado a costa de mis tomates.

Ya he contado la batallita.  Ahora voy a ver qué aprendo sobre Portulaca y, de paso, a ver si encuentro la foto que saqué en el mercado central de Nancy.