Otro día nos lleva un buen amigo a visitar los yesos de Sorbas, donde este fenómeno (la potencia del estrato de yeso alcanza los cien metros) se junta con el río Aguas en un espacio natural digno de visita. En un terreno ondulado y abarrancado, de suelo blanquecino y pobre, parcialmente cubierto de líquenes, prosperan grandes masas de Stipa tenacissima, con Thymelaea hirsuta, Ononis tridentata, Coris hispanica... Abunda, y está en flor, la Fagonia cretica. Por aquí y por allá se ven las onduladas hojas de la cebolla albarrana, Urginea maritima: los bulbos de algunas asoman a ver mundo.
En determinado paraje, los departamentos de ecología de Alicante y Granada han colocado unos extraños aparatitos de metacrilato para un curioso experimento de simulación de cambio climático.
Recorremos luego el río Aguas hasta su nacimiento por un sendero encantador, entre áloes y geranios, colonizado por melenudos eremitas. En los ribazos se amontonan pedruscos ciclópeos, del tamaño de un edificio de pisos. Son de yeso; de cerca brillan cristales bien formados. Muchas plantas interesantes: Antirrhinum charidemi, Sedum gypsicola, una graciosa mata de Urtica pilulifera, con las bolitas llamativas.
Después de comer nos desplazamos a la costa. De tarde recorremos un sendero que desde Las Negras nos conduce por el acantilado hasta la cala de San Pedro. En la pista, al subir, encontramos Zygophyllum fabago, la cigofilácea que nos faltaba (los otras tres, Fagonia, Peganum, Tribulus, ya las tenemos vistas). Al castillo de San Pedro, con torreón troncocónico bien conservado, se adosan chamizos bohemios, de parecida religión que los habitantes de Aguas, deseosos de apartadas orillas.
El jueves dedicamos gran parte del día al desierto de Tabernas. El espíritu aquel turístico, fantasma quizá sería mejor llamarlo, decidió que de este lugar lo más importante es su frecuentación por estrellas de cine. Quién sabe. Estos barrancos son, en cualquier caso, prueba de una erosión salvaje que ha descarnado sus paredes y mostrado los pedruscos que albergan sus tripas.
Dimos con el Limonium tabernense sin flor, pero rozagante con sus hojas lanceoladas, bien visibles aún los tallos secos de pasadas inflorescencias. También con Limonium insigne, Tamarix africana, Launaea arborescens... De una grieta pende una Launaea resedifolia. Hay una encantadora espiguita norteafricana, el Lagourus ovatus, y poco más allá un compañero señala una diminuta Carrichtera annua, los pedúnculos de cuyos frutillos se retuercen contra el tallo.
En el barranco de Valdelecho nos llevamos la alegría de encontrar una pequeña asamblea de Cynomorium coccineum en bastante buen estado, y poco más allá una Centaurea diluta, con las lígulas agrupaditas.
Terminamos el día en la plana de las Amoladeras, donde por fin encontramos el deseado Zizyphus lotus y lo examinamos largamente. Pero hay muchas otras maravillas en este pitacal: Aizoon hispanicum, Asteriscus hierichunticus y, qué hermosa sorpresa, Mesembryanthemum crystallinum con sus lunáticas flores. Un poco más abajo alguien vio Euzomodendron bourgeanum.
De los nombres de las plantas, algunos son fáciles de averiguar: Lagourus significa "cola de liebre" y por su étimo es pariente del Plantago lagopus. Muy otro es el caso de Zizyphus, nombre heredado del griego antiguo y de antecedentes ignorados (se supone préstamo de una lengua oriental). En cambio, hierichunticus, parece que no hay duda, se debe de referir a Jericó; pero encuentro variantes hierochunticus y hierochuntica, que no entiendo bien.
Me llama la atención el nombre de la Carrichtera: resulta que honra la memoria de Bartolomé Carrichter von Rexingen, médico de cámara de los emperadores Fernando I (el hermano de Carlos V) y su hijo Maximiliano II.
También Fagonia es fitónimo honorario: lo creó Tournefort en recuerdo de Guido Crescencio Fagon, médico del rey sol. Fagon estudió botánica en Montpellier con Pedro Magnol (el de la Magnolia). Casualmente, los tres personajes nacieron el mismo año de 1638, Magnol y Fagon a menos de un mes de distancia, Luis XIV unos pocos más tarde. El específico, cretica, alude a Creta, donde debió de adquirirla el suizo Bauhin quien (según wikipedia) la bautizó en 1620 como Trifolium spinosum Creticum).
Mucho me extiendo, pero no quiero olvidar el Euzomodendron porque esta crucífera, cuyas flores recuerdan a la rúcula, llevan el nombre griego de la Eruca vesicaria, que es precisamente εὔζωμον /éu-dsoo-mon/. El elemento δένδρον subraya el carácter leñoso de la planta. En cuanto al nombre griego de la rúcula, en εὔζωμον se combina el bien conocido adverbio εὖ /éu/ "bien" (o "buen") con el sustantivo ζωμός /dsoo-mós/ "jugo". Así que la rúcula en griego es la hierba del buen caldo, de la buena sopa, del buen jugo.
Por su parte, bourgeanum es homenaje que Cosson tributó al viajero y botánico Eugenio Bourgeau, quien herborizó esta especie en Almería, donde es endémica, en el año 1851.

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