jueves, 24 de septiembre de 2026

Los pelados y los calvos II

 ¿Cómo se llama el calvo en latín?  Simplemente, calvus.  ¿Tiene este adjetivo consecuencias en la nomenclatura botánica?  Iba a decir que ninguna, pero no sé qué diablo me ha inspirado a buscar calvescens en la red, y me han salido unos cuantos binomios calvescentes (Baccharis, Armillaria, Miconia) de los que el más interesante (por proximidad) me ha parecido el Calligonum calvescens, una poligonácea norteafricana, y el de nombre más gracioso la Parodia calvescens, que parece ser un cactus brasileño.  Creo que no conozco ninguno.  Puesto que el verbo calvescere /cal-vés-ke-re/ significa "quedarse calvo", calvescens se aplica correctamente a quien está en severa pérdida de cabello; y lo que eso signifique en los vegetales, dígalo otro, no yo.

Luego he vuelto a teclear decalvata en el buscador y me ha salido una miristicácea indonesia, la Horsfeldia decalvata Wilde.  ¿Ve usté qué peligro tiene interné?  Buscas un específico y acabas en las Molucas.

Así que renuncio a Googlebú, a sus pompas y a sus glorias, y me quedo con mis papeles, donde no hay un solo vegetal calvo; digo en latín, pues en romance sí he encontrado el ciprés calvo. o ciprés de los pantanos, el Taxodium distichum.  A éste lo vi por vez primera en un jardín público francés, no recuerdo si de Albi o de Rodez, y me atrajo un cartelito, entre flotantes estalagmitas de palo, con esta leyenda: pneumatophores du cyprès chauve.  En Moncayo plantaron cipreses calvos (es árbol americano) y se pueden visitar, con sus neumatóforos y todo.

Pero el adjetivo calvus es más frecuente en animales: en zoología hay varios calvos (en castellano y en latín).  En botánica quizá hace referencia a la caducidad foliar (creo que el ciprés calvo es la única conífera, con el alerce, que pierde la hoja en invierno) y acaso también vayan por ahí los epítetos calvescens y decalvatus.

La calvicie (o glabricie) la expresa también el adjetivo latino glaber glabra grabrum (en su enunciado escolar: masculino, femenino, neutro).  Sustantivado, el masculino designaba al esclavo depilado, unido íntimamente al amo, quien lo llamaba con cariño glabellus "mi depiladito".  El femenino de ese diminutivo designó en tiempos recientes (el autor debió de ser Broca, padre de la craneometría) el espacio entre las crestas superciliares: el nombre de glabela cuadra bien a esta zona que, en el humano vivo, suele estar libre de pelo.  También se registra el adjetivo glabrosus, que se da por sinónimo de ψιλός.

Glaber abunda en nomenclatura vegetal.  El femenino, glabra, lo encuentro en Adenostyles, Alchemilla, Arabis, Cerinthe, Cruciata, Glycyrrhiza (la Glycyrrhiza glabra es el regaliz), Herniaria, Hypochoeris, y en un árbol, la Ulmus glabra; sospecho que habrá muchos más.  El masculino, glaber, lo tengo registrado en el Lotus glaber Mill (o Lotus corniculatus ssp tenuis) y en el Pentastemon glaber.  La forma neutra, glabrum, aparece en Cirsium, Otocarpum, y en un Asplenium celtibericum, sinónimo al parecer de A seelosii ssp glabrum.

El superlativo expresará el colmo de la calvicie, pienso yo, y, así, serán calvas de solemnidad la Alchemilla glaberrima (sinónimo de Alchemilla fissa) y la Oryza glaberrima (el arroz africano).  En cambio, esa cualidad estará a medias en la subespecie semiglabrum del Chaenorrhinum segoviense.  ¿Y qué sentido hemos de dar al semiparticipio glabratus?  ¿Que la planta tuvo pelo y se lo quitaron?  Me veo incapaz de apreciar la condición capilar del Erigeron glabratus o del Erinus alpinus var. glabratus.

Por último, tengo por aquí anotada una col china cuyo nombre varietal, Brassica oleracea var. alboglabra, enfatiza a la vez, si no yerro, su blancura y su calvicie.

Y, puesto que ya hemos considerado en otras páginas los adjetivos laevis y laevigatus, sólo me queda hoy en el tintero el adjetivo nudus, cuyo significado básico, "desnudo", creo que autoriza a considerarlo una variante más de los que estamos tratando; al menos desde el punto de vista filológico, pues hay que recordar que indumentum no significa otra cosa que "vestido".

Aparte del ya reseñado Psilotum nudum, no encuentro mucho material con nudus: únicamente la Nepeta nuda, en parte sinónimo, creo, de la Nepeta latifolia DC.  También hay una Magnolia denudata: no sé qué diferencia se habrá pretendido manifestar entre "desnuda" y "desvestida" (que es más o menos la que va de nuda a denudata).

Más fácil de averiguar es el adjetivo nudicaulis, esto es, "de tallo desnudo".  Con calvicie en el tallo hay al menos una Globularia, un Leontodon, una Serratula y una Teesdalia.

También hay plantas con flor desnuda, esto es, nudifloras: entre ellas yo encuentro una Trewia nudiflora, que ahora parece llamarse Mallotus nudiflorus; un Crocus nudiflorus, y un Apium nudiflorum (sinónimo de Apium repens): claro que en estos casos la desnudez hace referencia, supongo, a lo escueto de los involucros, y no a la falta de pelos u otros indumentos.

martes, 22 de septiembre de 2026

Los pelados y los calvos

 ¿Era calvo Pilatos, o lucía melena?  Callan los evangelios sobre este grave particular.  Pilatos (Pilato deberíamos decir) fue quien ordenó ejecutar (anoto esto para jóvenes desorientados) al patrón de León XIV, que acaba de girarnos amable visita.  Lo malo es que no sólo no sabemos nada sobre su cabello, sino que ni siquiera tenemos claro el significado de su apellido, Pilatus en su forma original.  Pues pilare o pilari (el verbo del que pilatus es participio) igual significa "criar pelo" que "perder pelo".  ¡Grave ambigüedad!  Pero aquí estamos los castellanos para deshacerla, y hemos decidido que pelado (que esto es pilatus en español) significa "desprovisto de pelo".

Habiendo dedicado tanto rato al pelo vegetal, parecería injusto no emplear al menos alguno en su carencia, esto es, en la calvicie o, si he entendido bien, en la falta de indumento.

Empecemos esta vez por el griego, que al calvo lo llama φαλακρός /fa-la-crós/.  Los pajareros enseguida pensarán en el Phalacrocorax, para los franceses de antaño corp marenc o "cuervo marino", y de ahí el actual cormoran y nuestro cormorán; pero el término zoológico significa "cuervo calvo".

En botánica sólo encuentro Phalacrocarpum, nombre creado por Willkomm en 1864 para una compuesta (en Portugal, en la sierra de la Estrella, creo haber visto el P oppositifolium).  El nombre del género parece significar "fruto calvo".

Buscando otros semejantes encuentro que han forjado el término falacrofobia para el "miedo patológico a quedarse calvo": término rigurosamente imprescindible en una época donde nos configuran no nuestros deseos, conocimientos o aspiraciones, sino nuestras lacras, carencias o enfermedades; y de ahí el entusiasmo con que la psicopedagogía al uso se apresura a dar cuño científico a la hipocondría del siglo forjando palabras inútiles y tontainas como triscaidecafobia o dermatilomanía.

Luego tenemos el término ψιλός /psi-lós/ "calvo".  Tampoco encuentro apenas binomios que lo contengan: sólo el helecho Psilotum nudum y su familia, las Psilotaceae (en el nombre del helecho se aprecia de nuevo la insistencia en el rasgo, pues nudum "desnudo" no parece aquí sino redundar en calvicie), y el nutrido género de hongos Psilocybe, de acreditadas virtudes psicotrópicas, en cuyo nombre lo señalado por calvo es, claro está, la cabeza, representada aquí con la infrecuente voz κύβη /kú-bee/.

Hay otros términos para "calvo" y "calvicie" en griego, pero no me dan resultados en botánica.  Mencionaré, por la curiosidad, el término ἀλώπεκία /a-loo-pe-kí-a/ "calvicie" (y en plural "calvas", esto es, decalvaciones parciales), conservado en nuestra castellana alopecia.  La traducción literal de esta palabra sería "zorrería", como derivada de ἀλώπηξ /a-loó-peex/ "zorro"; el sentido se explica por ser habitual ver al zorro (y a otros animales) pelado a trechos en los cambios de estación.

La botánica conserva el nombre del zorro en el Alopecurus, compuesto de ἀλώπηξ y οὖρος /úu-ros/ "cola".  Ya en la antigüedad una planta se llamaba "cola de zorro", esto es, ἀλωπέκουρος /a-loo-pé-kuu-ros/; pero no parece haber acuerdo sobre qué especie recibía tal denominación (si es que no denotaba a la vez, como es probable, a varias especies): un viejo diccionario la atribuye a la Imperata cylindrica, por Lineo llamada Lagurus cylindricus (en Lagurus no está el zorro, sino la λαγώς /la-goós/ "liebre"; hace poco escribí, creo que por error, Lagourus); una estudiosa más reciente dice que el ἀλωπέκουρος es el Polypogon monspesulanus.

Ese mismo nombre lo encuentro como específico en la Stachys alopecuros (ahora sin latinizar el final de palabra); y en la forma alopecuroides ("con aspecto de alopecurus") en un Astragalus alopecuroides y un Cyperus alopecuroides.

Claro está que, aunque el acento de ἀλωπέκουρος vaya en la tercera sílaba por el final, en latín ha de acentuarse llana: /a-loo-pe-cúu-rus/, por la penúltima larga tantas veces mentada.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Polianthes

 Estaba hasta hace un rato leyendo un librito de divulgación sobre microbiología.  Un librito bastante mal escrito, por cierto: el autor parece creer de buen estilo el uso de palabras obsoletas y junturas insólitas.  La voz insólita está bien, quizá, para despertar al lector, para llamar la atención sobre esto o aquello; pero por sistema aburre no poco.  Pero, en fin, quizá soy el menos indicado para criticar esto porque, aparte mi debilidad por las palabrejas, siempre me pareció el famoso dicho de César ("evita como un escollo la palabra rara") más propio de políticos populistas que de quienes aspiran a durar más de un par de lustros.

¿Por dónde iba?  Pues un librito sobre microbiología donde se mencionaba la poliomielitis, vulgo parálisis infantil, y aquí me ocurrió cavilar de dónde vendría esa larga palabra, poliomielitis (este blog me está agudizando el vicio etimológico; y no es queja).

En fin, levantarse, mirar aquí y allá...  En resumen, la palabra nació a finales del siglo XIX; la información más fiable para mi gusto la da la wiki inglesa, que fecha la palabra en 1874 y la atribuye al médico alemán Adolfo Kussmaul; el idioma inglés la registra por primera vez en 1878.  Poliomyelitis nombra una enfermedad contagiosa que daña la materia gris de la medula espinal, por lo que Kussmaul tomó las palabras griegas "medula", esto es, μυελός /my-e-lós/, y "gris", o sea, πολιός /po-li-ós/, a las que añadió el sufijo -itis usado por los médicos para indicar "inflamación".

Y ahora es cuando usted no me va a creer; pero le juro que, aunque miento algo, jamás lo hago cuando digo la verdad.  Al ver el adjetivo πολιός (que confieso tenía olvidado por completo, si es que alguna vez pasó por mis ojos), ¿sabe usted qué me vino a la mente?  Pues la Polianthes tuberosa, de la que escribí hace unos años, intranquilo porque no entendía yo ese nombre (hasta me inventé el absurdo adjetivo urbanifloro para expresar mi perplejidad).

¡Claro!  De ahí viene Polianthes sin duda, de πολιός: porque la flor no es de un blanco deslumbrante, esa que justifica el uso de candidus, ni siquiera un blanco corrientito, albus; no, es un blanco algo sucio, eso que llaman blanco hueso, creo, y en moda ahora llaman blanco crudo (nombres todos ellos que no comprometen a nada): justamente lo que indica πολιός, descriptivo de lo que blanquea por perder color, en especial el pelo humano, que los años tienden a enjalbegar: αἱ πολιαί "las canas", ἡ πολιά "la vejez"...

De hecho, el nombre náhuatl de esa planta es omixochitl, que traducido significa, según dicen, "flor de hueso".

Ahora lo veo: me despistó el adjetivo πολυανθής, de donde sospeché un error de transcripción.  No, no, mea culpa, metí la pata y ahora lo reconozco.  Iba a cambiar lo escrito (en la entrada Nardo, de octubre de 2018; veo que ha sido visitada a menudo), pero prefiero dejar el error como está, y anotar aquí mi reciente descubrimiento.  Me ha puesto de muy buen humor...

Voy a ver si hay novedades con la Polianthes tuberosa y, cáspita, ahora que creo haber despejado la incógnita de su género resulta que ya no se llama así, sino Agave amica: vaya disgusto.  En fin, sic transit gloria mundi!

martes, 1 de septiembre de 2026

Iter almeriense III


 Otro día toca la Sierra Nevada.  Seguimos río arriba el curso del Andarax, entre la sierra de Gádor al sur, y la Nevada al norte.  La vegetación cambia: fresco soto de ribera en el fondo del valle, en las laderas aparecen pinos y carrascas.  Los nombres de los pueblos tienen sabor morisco: Íllar, Bayárcal, Instinción, Bentarique, Almócita...

La casa consistorial de Laujar de Andarax es un hermoso edificio de ladrillo con triple galería en la fachada.  En un rincón han fundido en bronce la figura de Francisco Villaespesa, natural de esta villa a quien Cansinos llamó "pontífice del modernismo".

Nuestro objetivo era el tramo alto del río Andarax, en las proximidades de Laujar.  Ascendimos por una pista cómoda, sin grandes sorpresas, y regresamos por el sendero de la "fabriquilla", una central hidroeléctrica creada hace poco más de un siglo: recorrido entretenidísimo, a ratos junto al caz, a ratos por dentro de él, ora bordeando el precipicio, ora embutidos en la roca, con túneles excavados para el paso del canal.

Dado el paisaje montano y la lejanía del mar, las plantas que veíamos nos eran más familiares: a los pinos y carrascas se añaden agracejos, cañaheja, alguna orquídea...  Lo más exótico, quizá, el rascaviejas o Adenocarpus decorticans.

Subimos por la tarde al puerto de la Ragua, a dos mil metros de altura sobre el mar, pero, como era de esperar, la vegetación apenas comienza, y solamente vemos alguna Gagea nevadensis, y las hojuelas de la Merendera filifolia.

El regreso, por la cara norte de la sierra, da ocasión de ver recortada sobre el poniente anaranjado la mole del castillo de La Calahorra, donde hace veinte años rodaron una película sobre Tirant lo Blanc.

El sábado lo dedicamos a la ciudad, a esa al Mariyyat que, signifique su nombre "atalaya" o "espejo", tanto encanto alberga en sus calles, llenas de azulejos y color.  Naturalmente, recorrimos el mercado central, la catedral y otros lugares, pero ante todo, no fuéramos a perecer de calor, subimos temprano a la alcazaba.  Me gustó ver que Almería ha dedicado a Hipócrates una de sus calles.

La alcazaba no decepciona en ninguno de sus tres tramos: los jardines de abajo, las habitaciones y dependencias de la zona media, y la fortaleza de la cima, construida ya bajo los católicos Isabel y Fernando en un estilo que recuerda, más que a la Alhambra, a los torreones de Pedraza o Turégano.  Desde las almenas veíamos allá abajo, en el vallejo al norte de la alcazaba, a las distintas gacelas, refugiadas norteafricanas de los últimos decenios.

Y no dejábamos de prestar atención, claro está, a las hierbas, exóticas o indígenas, que adornaban los viejos sillares, la Frankenia pulverulenta, el Antirrhinum hispanicum, el Hyoscyamus albus.

Muchas bellezas hemos visto en Almería, muchas cosas de interés.  Muchas más, es inexorable, han quedado por ver.  Entre lo que no hubo lugar o tiempo, lamentamos no subir a Gádor para conocer la novedad del milenio, la Gadoria falukei, un endemismo de la sierra de Gádor encontrado en 2012 por Francisco Rodríguez Luque, alias Faluke, mientras buscaba Athamanta vayredana entre las rocas de la sierra.  De ello informa wikipedia, y lo narra con más circunstancias Andrés Ivorra: en su publicación pueden ver imágenes del descubridor y de los primeros estudiosos de la planta.  Claro está que el nombre del género proviene del nombre de la sierra, y el específico del apodo familiar del inventor (sensu botanico).

¿Volveremos a Almería?  Esta pregunta es muy del estilo de cierto viajero que, al despedirse de un monte o un valle, tendía sobre él una mirada, ya nostálgica, sobre aquello que quizá no volverían sus ojos a ver jamás.  Pero, para mi carácter, es una pregunta ociosa.  Lo que cuenta es que hemos estado en Almería, y llevamos Almería con nosotros.  Y nosotros... que dure lo que quiera.