martes, 1 de septiembre de 2026

Iter almeriense III


 Otro día toca la Sierra Nevada.  Seguimos río arriba el curso del Andarax, entre la sierra de Gádor al sur, y la Nevada al norte.  La vegetación cambia: fresco soto de ribera en el fondo del valle, en las laderas aparecen pinos y carrascas.  Los nombres de los pueblos tienen sabor morisco: Íllar, Bayárcal, Instinción, Bentarique, Almócita...

La casa consistorial de Laujar de Andarax es un hermoso edificio de ladrillo con triple galería en la fachada.  En un rincón han fundido en bronce la figura de Francisco Villaespesa, natural de esta villa a quien Cansinos llamó "pontífice del modernismo".

Nuestro objetivo era el tramo alto del río Andarax, en las proximidades de Laujar.  Ascendimos por una pista cómoda, sin grandes sorpresas, y regresamos por el sendero de la "fabriquilla", una central hidroeléctrica creada hace poco más de un siglo: recorrido entretenidísimo, a ratos junto al caz, a ratos por dentro de él, ora bordeando el precipicio, ora embutidos en la roca, con túneles excavados para el paso del canal.

Dado el paisaje montano y la lejanía del mar, las plantas que veíamos nos eran más familiares: a los pinos y carrascas se añaden agracejos, cañaheja, alguna orquídea...  Lo más exótico, quizá, el rascaviejas o Adenocarpus decorticans.

Subimos por la tarde al puerto de la Ragua, a dos mil metros de altura sobre el mar, pero, como era de esperar, la vegetación apenas comienza, y solamente vemos alguna Gagea nevadensis, y las hojuelas de la Merendera filifolia.

El regreso, por la cara norte de la sierra, da ocasión de ver recortada sobre el poniente anaranjado la mole del castillo de La Calahorra, donde hace veinte años rodaron una película sobre Tirant lo Blanc.

El sábado lo dedicamos a la ciudad, a esa al Mariyyat que, signifique su nombre "atalaya" o "espejo", tanto encanto alberga en sus calles, llenas de azulejos y color.  Naturalmente, recorrimos el mercado central, la catedral y otros lugares, pero ante todo, no fuéramos a perecer de calor, subimos temprano a la alcazaba.  Me gustó ver que Almería ha dedicado a Hipócrates una de sus calles.

La alcazaba no decepciona en ninguno de sus tres tramos: los jardines de abajo, las habitaciones y dependencias de la zona media, y la fortaleza de la cima, construida ya bajo los católicos Isabel y Fernando en un estilo que recuerda, más que a la Alhambra, a los torreones de Pedraza o Turégano.  Desde las almenas veíamos allá abajo, en el vallejo al norte de la alcazaba, a las distintas gacelas, refugiadas norteafricanas de los últimos decenios.

Y no dejábamos de prestar atención, claro está, a las hierbas, exóticas o indígenas, que adornaban los viejos sillares, la Frankenia pulverulenta, el Antirrhinum hispanicum, el Hyoscyamus albus.

Muchas bellezas hemos visto en Almería, muchas cosas de interés.  Muchas más, es inexorable, han quedado por ver.  Entre lo que no hubo lugar o tiempo, lamentamos no subir a Gádor para conocer la novedad del milenio, la Gadoria falukei, un endemismo de la sierra de Gádor encontrado en 2012 por Francisco Rodríguez Luque, alias Faluke, mientras buscaba Athamanta vayredana entre las rocas de la sierra.  De ello informa wikipedia, y lo narra con más circunstancias Andrés Ivorra: en su publicación pueden ver imágenes del descubridor y de los primeros estudiosos de la planta.  Claro está que el nombre del género proviene del nombre de la sierra, y el específico del apodo familiar del inventor (sensu botanico).

¿Volveremos a Almería?  Esta pregunta es muy del estilo de cierto viajero que, al despedirse de un monte o un valle, tendía sobre él una mirada, ya nostálgica, sobre aquello que quizá no volverían sus ojos a ver jamás.  Pero, para mi carácter, es una pregunta ociosa.  Lo que cuenta es que hemos estado en Almería, y llevamos Almería con nosotros.  Y nosotros... que dure lo que quiera.