jueves, 3 de octubre de 2024

De pulimentos y calzones II

 Con el fin de rematar el asunto de las calzas, los calzones, las calcetas y los calcetines (palabras todas ellas descendientes, creo haberlo mostrado, de la voz latina que significa "calcaño", sin reparar en que algunas de esas prendas ya hace tiempo han perdido trato con el recio remate del pie), quiero recordar que en botánica hay también terminología derivada de calx "talón".  Habrá asimismo, supongo, derivados de calx "piedrecilla", "cal"; pero ahora centrémonos, estamos con el talón.

De calceus deriva también calceatus, al que corresponde en castellano la voz calzado.  El mismo calceus "calzado" proporciona el diminutivo calceolus "zapatito" (yo he leído en alguna parte, que no recuerdo, la voz calceolum para significar la modesta pantufla, la zapatilla de andar por casa).  Calceolus es, ya lo habrá advertido usted, el específico del Cypripedium calceolus, mencionado en otras páginas, cuyo nombre lineano podríamos traducir por "zapatito planta de Afrodita".

Dicho sea de paso, quien quiera ser fino latino deberá pronunciar calceolus así: /kal-ké-o-lus/, y así calceatus: /kal-ke-á-tus/; en cuanto a las calcea y las calceata medievales, pronúncielas usted como le dé la gana.

Permítame un breve comentario sobre esa voz medieval, calceata, o calciata, que se presume (con razón) origen de la voz castellana calzada (usada hoy en particular para las vías romanas: éstas en latín clásico no se llamaron de otro modo, que yo recuerde, sino viae, o viae stratae).  La voz calceata "carretera" es controvertida, pues no es evidente si trae origen en calx "talón" o en calx "cal"; pero estoy seguro de que usted se hará una idea más precisa de las calzadas romanas viendo esa conferencia del enlace, interesantísima en mi opinión y que pulveriza merecidamente no pocos lugares comunes erróneos sobre las vías romanas.

Vuelvo al género Cypripedium.  Definido por Lineo en 1753, aún recibió después otros nombres, como Calceolus, Calceolaria y Cypripedilon (πέδιλον /pé-di-lon/ significaba "sandalia", "suela" y una porción de cosas más).  Ahora bien, el segundo de ellos, Calceolaria, lo atribuyó Lineo a un género distinto: la mayoría de sus especies, como se puede ver en la wiki, tienen origen en América del Sur y poseen flores llamativas, muy similares en general a las del chapín de Venus.  Este género lo tenía yo anotado como escrofulariácea, pero la wikipedia le otorga familia propia, la de las calceolariáceas.

¿Qué significa Calceolaria?  Pues su forma latina le habría permitido significados variados: por ejemplo "cajita para guardar zapatos"; o "esposa del zapatero" (calceolarius, en latín); o "zapatera", naturalmente, no se me enfaden: estaba yo pensando en tiempos pretéritos, donde la hembra no se había apoderado o, como dicen ahora, empoderado.  En resumidas cuentas, tenemos ahí el sufijo -arius, tan productivo, y que da tantos dobletes castellanos, como denario y dinero, palmario y palmero o solitario y soltero.

¿Qué significa zapatero?  Pues "mueble para guardar zapatos", o "fabricante de zapatos", o "vendedor de zapatos", o "insecto que...": la lengua abre puertas a los significados, y luego el uso (el capricho de los hablantes, para ser claro) las cierra.  Si calceolarius hubiera sobrevivido en castellano, al zapatero lo llamaríamos hoy, seguramente, calciolario o calzolero, palabras que la RAE no registra.  (Acabo de mirarlo, por si acaso; se lleva uno cada sorpresa...)

Por último, y para rematar el asunto, al menos por ahora...

Las espuelas son objetos importantes en el mundo ecuestre, y tienen relación con nuestro asunto por adaptarse, normalmente, al talón del pie, al carcaño o al hueso calcáneo, si usted prefiere decirlo así: por esa razón reciben el adecuado nombre latino de calcaria o, en singular, calcar.  Lo menciono porque encuentro en la terminología botánica varias especies con el adjetivo calcaratus, que si no me equivoco es un cuasi participio (no existe, que yo sepa, el verbo calcarare) con el significado de "espolonado", "dotado es espuelas" o "dotado de espolones".  Usted juzgará si se adapta este significado al Origanum calcaratum, al Stylidium calcaratum o a la Vicia monantha ssp calcarata.  Por mi parte acabo de ver en la red un vídeo en que se muestra en todo su esplendor la Nepenthes bicalcarata: esta carnívora parece una de esas que se dibujaban en los tebeos de mi infancia, porque exhibe un par (como lo pide el bi-) de temerosos colmillos.

miércoles, 2 de octubre de 2024

De pulimentos y de calzones

 Se me acumulan asuntos, y cada día estoy menos disciplinado.  Respondo ahora a un par de cuestiones pendientes, a propósito de algo que escribí aquí.  Una de ellas es de contenido botánico, pero la otra es de orden general, de historia de la lengua, y por tanto no corresponde enteramente a estas notas.  Sin embargo estoy, o más bien soy, poco disciplinado (lo advertí de buen comienzo) y además confío en que no carecerá de interés para alguna lectriz o algún lector de estas páginas.

La primera cuestión es relativa al adjetivo laevigatus que anoté hace unas semanas.  Habiendo mencionado el adjetivo levis (con E larga; en botánica ortografiado laevis), habría sido oportuno indicar que, junto a los géneros con específico laevigatus (o laevigatum, o laevigata), existen otros cuyo específico es laevis (o levis: "pulido").  Así ocurre con la Jasione laevis, de lindas flores azules, o con el Ulmus laevis u olmo blanco o temblón que tengo visto, me parece, en Asturias.

También se llamó laevis, y aun laevigata, la que ahora más bien llaman Cordia sebestena, un arbusto o arbolillo cubano que encuentro entre mis papeles, he olvidado por qué.  Por la wiki me entero de que Lineo dedicó este género al agrostólogo alemán Valerius Cordus, o Valerio Cordo, muerto en Roma con veintinueve años, en 1544, de los efectos combinados de la malaria y la coz de una caballería.  Triste final de un botánico del que tengo ahora primera noticia, así como de la palabra agrostología que por lo visto nombra la especialidad en poáceas.  Se me hace raro no haberla oído antes, rodeado como estoy de competentes agrostólogos (o graminólogos).  En la grama queda todo, pues Teofrasto llama γρωστις /á-groos-tis/, al parecer, al Cynodon dactylon.

La otra cuestión parte de la observación de un amigo que pone en duda (finge poner en duda) la vaguedad o imprecisión de las palabras, vaguedad que tan a menudo señalo, y que de sobra conoce quien se vea a menudo forzado a consultar diccionarios.  En lugar de argumentar, pondré un ejemplo de desplazamiento semántico que me hace gracia por ser, a su vez, un curioso desplazamiento indumentario.

La voz latina calx designa el talón, esto es, el extremo posterior del pie, sólido y mullido a un tiempo, útil para chafar (calcare: por ejemplo uvas, ya que estamos en la temporada) y protegido por el calzado (calceus).  En latín calx también significa "piedrecita" y "cal", de ahí calculus "chinita", calculare "hacer cuentas con chinitas", etc.  Pero no se me despiste, amigo; céntrese: estamos en calx con el valor de "talón del pie".

Nada tiene de extraño, pues, que un sustantivo derivado de calx, esto es, calceus /kál-ke-us/ designe lo relacionado con esa parte del cuerpo, y en particular el calzado.  Dirá usted, ¿y por qué no los calcetines?  Primo, se afirma que los romanos no usaban calcetines; secundo, los romanos usaban unos pedules (la voz deriva de pes "pie") que bien pudieran ser calcetines, aunque se discute si fueron zapatillas o polainas...  Pero céntrese, amigo, no se me despiste: estamos hablando de calceus, y calceus designó si duda el vestido del pie, y ya en alta edad media encontramos la voz calcea para designar las calzas (palabra ésta que deriva de aquella), variante de los calcetines cuya moda introdujeron en el sur de Europa, se dice, los germanos, gente bragada pero friolera de pies.

Y vamos a ver, si el frío aumenta, ¿no es lógico que las calzas crezcan en grosor, y suban en altura?  Claro es que las calzas no suben ni bajan, no se estiran ni se engordan: debe usted imaginar que no hablamos de estas calzas o aquellas, sino del calcetín abstracto, del calcetín histórico, de la idea Calcetín, y ha de verlo usted subir o bajar haciendo uso de su fantasía y contrayendo a unos instantes el paso de los años y de los siglos, como cuando la pantalla muestra pasar las nubes de todo un día, rápidas, atropelladas, en sólo unos segundos.

Pues bien, ya puestos en situación, imagine usted que el clima empeora (hay sospechas de que el cambio climático no es cosa de ahora): qué más lógico que con el aumento del frío la calza medieval trepe por la pierna: hela ahora por la rodilla, hela subiendo un poco por el muslo...  Quizá viene un período cálido y desciende de nuevo y se aliviana, pero, ¡cuidado!: llega una pequeña edad del hielo y héteme la calza de nuevo ascendiendo, ascendiendo, he aquí que rebasa el muslo, se aproxima ya a esas regiones de interés que la pudibundez llama nobles y saluda con la expresión salva sea...

Ojo, amigo, no se me despiste: céntrese en la prenda, las calzas: ha visto que, con el paso de los tiempos, ya no protegen sólo el pie, sino la pierna entera, y aun las nalgas y sus alrededores.  Unas calzas tan crecidas, tan elevadas, ¿acaso no merecen un respeto, un título más autorizado, una designación más rotunda?  Cierto, y helas aquí enriquecidas con el aumentativo, y hechas calzones.

Dice Corominas que en el siglo XVI dividióse el calzón en dos prendas, una arriba (el calzón propiamente dicho) y dos abajo, las calcetas.  En esto mi confianza en el sabio lexicógrafo no es ciega; no obstante, es fácil comprender que para verano o entretiempo se usaran calzas más ligeras, y menos elevadas: ahí tiene usted las medias calzas, esto es, calzas modestas, calzas muy miradas, que no aspiran a las etéreas regiones del culo, y se quedan a mitad, en esa región donde nuestro cuerpo es dual: pongamos que se quedan a medias, y sólo llegan a las corvas o a las rodillas.  Esa expresión, medias calzas, explica que, decapitado el sustantivo, aparezcan las medias, nombre que entre los peninsulares designa una prenda femenina, pero también se aplicó al viril calcetín, y no me desmentirán los porteños, que aún hablan de medias en lugar de calcetines (y los lameculos reciben allí el nombre de chupamedias).

Ahora bien, yo contemplo a nuestros ancestros, sean medievales o renacientes, con esos hermosos calzones de tobillo a cintura, como los que lucen los bandidos del Oeste en sus ratos de asueto, y nada me cuesta imaginar cómo, emancipados del pie, pueden los calzones acortarse, de nuevo de abajo arriba, y cómo el extremo inferior se aleja, paulatinamente, de los tobillos, de modo que ya sólo cubren de cintura a rodilla, ya de cintura a medio muslo, ya se acortan más aún (vamos llegando a los tiempos modernos) y ciñen sólo el espacio entre cintura e ingles...  ¿Tan menguadas prendas merecerán aún el noble nombre de calzones?  Nada de eso: del viejo aumentativo saquemos un diminutivo, y héteme inventado el calzoncillo.  ¡El diminutivo de un aumentativo!  Cosa más tonta.  Pues así es el idioma.

Velay: una palabra que aludía al calcañar acaba designando una prenda colgada un metro más arriba.  ¿Podrían esos curiosos cambios producirse si los significados de las palabras fueran precisos e invariables?  Dejo al amable lector, a la lectriz curiosa, el cuidado de reflexionar sobre este grave problema.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

Picris

 Un hermano del convento pregunta por el origen de la palabra Picris y, oficioso y bien criado como soy, me apresuro a dedicar a este asunto unas pocas horas libres de que dispongo, y soltar lo poco que sé, buscar algo de lo mucho que no sé, y dejar ver, ay, qué remedio, lo muchísimo más que ignoro.

Aquel, para mí, es el nombre genérico de la Picris echioides, plantita que pulula por sí misma en los alrededores de mi pueblo, no en gran abundancia, pero la suficiente para dejar ver cada temporada las curiosas brácteas, erizadas de espinillas, que ciñen sus cabezuelas.  Busco en la red, mientras escribo esto, y me entero de que Picris echioides es el basónimo (de Lineo, año 1753), y ahora wikipedia prefiere llamarla Helminthotheca echioides (L) Holub. 1973.  No somos nada.

Ya que estamos, diré lo que podéis ver mejor en la wikipedia: el témino Helminthotheca se debe a Zinn, 1757, y encuentra justificación en el decorado vermiforme de las cipselas (explicación y foto en la wiki, s.v. helminthotheca): la voz procede del griego λμινς (genitivo λμινθος) /hél-mins hél-min-zos/ que significaba, si no me equivoco, "gusano" en general, y en particular "gusano intestinal" (tenemos esa voz en términos de biología como helmíntico, nematelminto, platelminto &c).  Así, podríamos traducir Helminthotheca como "cajita con decoración vermiforme" (en alusión a las cipselas, palabra que, por cierto, significa originalmente "cajita").

Porque el segundo elemento de Helminthotheca lo conocemos bien por nuestras voces biblioteca, discoteca, ooteca &c: contiene la raíz -θη-, del verbo τθημι /tí-zee-mi/ "poner", con la que el griego clásico formó θήκη /zeé-kee/ "cofre" "cajita", el lugar donde ponemos las llaves y los maravedís (y también el lugar donde, con suerte, acabarán por ponernos a todos: "ataúd", "tumba").  De esta misma raíz mi palabra favorita es ἀποθκη /a-po-zeé-kee/ "armario", voz de curiosa fortuna en las lenguas modernas, porque...  Qué caramba, voy a dedicarle un párrafo a la ἀποθκη.

Para recordar cómo las consonantes sordas latinas (P, T, K) cuando van entre vocales se vuelven sonoras (B, D, G) hay un memorialín que dice: PeTaCa da BoDeGa; pero yo siempre he preferido sustituirlo por apoteca da bodega, porque es la pura verdad: la palabra greco-latina apotheca es nuestra castiza bodega (con la sonorización de las tres oclusivas sordas).  Pero es que además da en italiano bottega, en francés boutique y, por supuesto, la franco-española botica, donde el tradicional boticario proporciona simples y medicinas: se cierra así el círculo y volvemos a la botánica (todavía hoy en Rusia las farmacias son nombradas con aquél término griego, convertido hoy en algo así como aptiéka).  Todas esas palabras derivan, podríamos decirlo así, del verbo τθημι, y son parientes próximos, por ende, de la Helminthotheca, alias Picris.

Ahora bien, ¿de dónde sale esa voz, Picris?  Pues se encuentra ya en Teofrasto, en la misma forma exactamente (salvo el acento): πικρς /pi-crís/.  La cuestión ardua es, como de costumbre, aquilatar el sentido: ¿qué planta es la πικρς del epígono de Aristóteles?  En su edición de la Historia plantarum Amigues sostiene que se trata de una chicorée amère, precisamente la Crepis zacintha (L) Babcock (o Zacintha verrucosa Gaertner), una compuesta al parecer bastante común.

Por lo demás, pocas dudas caben de que el nombre πικρς a su vez emparienta, o deriva, del adjetivo πικρός /pi-crós/ "amargo", de modo que la pícride (esta sería la forma castellana de Picris) llevaría en su propio nombre la nota de amargura.

Πικρς falta en Dioscórides, creo, pero a cambio lo tenemos en la enciclopedia de Plinio, quien al clasificar las lechugas menciona una amara... quae picris nominatur... ipsa toto anno florens; nomen ei amaritudo imposuit "[lechuga] amarga... que se llama pícride y a su vez florece todo el año; su amargor le dio nombre" (Historia natural 21 105).

Encuentro en la farmacopea de Teodoro Prisciano (un médico del siglo IV de la era) una picra, medicina a base de áloe, que debió de ser muy amarga (del áloe sale el acíbar, y acíbar es otro nombre del áloe).  Quizá se trate de la misma que la edad media conoció como hiera picra (aunque he visto por ahí que alguno atribuye este medicamento a Galeno): el llamarla hiera "sagrada" sugiere que se le atribuyeron propiedades poco menos que milagrosas, y lo mismo se deduce de la difusión del nombre por gran parte de Europa en las formas deturpadas jira pigra, hière picre, jirapliega (ésta última en España) y unas cuantas más.

En los nombres botánicos encuentro al menos un Urospermum picroides y una Reichardia picroides (ésta es quizá la ὑποχοιρίς que prestó su nombre a la Hypochoeris): en ambas el específico parece aludir a la semejanza con la Picris.

En cuando a echioides (sin duda, como picroides, con el sufijo -oide "con aspecto de", del que ya he escrito algo aquí, creo) sospecho que el parecido en este caso es con el Echium vulgare; ¿o con otro Echium?  Pues no lo sé a ciencia cierta.

He aprovechado para buscar en la red el ácido pícrico, que me suena de no sé qué, y encuentro con sorpresa que ha sido base de muchos explosivos de uso militar, sobre todo desde fines del siglo XIX, y comercializado después como melinita.  Imagino que así pícrico como picrato (nombre de sus sales) también habrán salido de la lengua griega; ahora bien, no he encontrado el porqué.  ¿Son acaso de sabor amargo las sales de ácido pícrico, o éste mismo?  ¿Estalló un plato de estas sales en las narices del investigador, amargándole la tarde?  ¿La compleja investigación comportó gravísimas dificultades y llevó al pobre químico por la calle de la amargura?  ¿O bien la creación del fulminante, además de ganarle una medalla, le proporcionó un buen capitalito, con el que comprar un pisito en la playa e inaugurarlo con vermú y amarguillos de Alfaro?  Ars longa, ay, vita brevis.

sábado, 14 de septiembre de 2024

De cebollas y de ajos

Estuve el otro día en la sierra Cebollera.  ¿Hay buenas cebollas en la sierra Cebollera?  ¿Por qué se llama así?  ¿Es una cepullaria, como se dice de la Garcipollera?  ¿Y está documentada esa vallis cepullaria o es una invención de etimólogo, como tantas otras?  ¿Acaso Cebollera adapta una denominación incomprendida a una forma más familiar, como hacía mi vecina llamando inflarrojos a los infrarrojos, o mi niña cantando el de la mula gorda en lugar de la mula torda?

He aquí las vacuas reflexiones a que se entrega el filólogo aficionado retozando por esas soledades.  Las palabras son nuestro patrimonio y nuestra cárcel: por ellas entendemos el mundo, si bien en realidad, ay, apenas comprendemos ni siquiera las palabras, y nuestro cavilar queda en tierra de nadie: ni alcanza la realidad hosca ni se libra a la fantasía con franqueza y desenvoltura.

Ahora que me divierto más que nunca en fatigar diccionarios, más que nunca me doy cuenta de lo antinatural que es esto de visitar cementerios de palabras (así los veía Cortázar).  ¿Qué parte del censo ejerce esta práctica extravagante?  ¿Uno de cada diez mil ciudadanos?  ¿Uno y medio?  Es actividad, desde luego, innecesaria, al menos para el lector: se puede degustar por entero la literatura marinera sin saber qué sean obenques, imbornales o bauprés, del mismo modo que se tragaba uno de niño la historieta del capitán Trueno ignorando el exacto sentido de bergante, arrapiezo o sarraceno.

Para lectores tiernos, quiero aclarar que El capitán Trueno es un tebeo del pasado milenio, y el héroe epónimo una especie de supermán áptero y castizo, bravo como león y devoto como doncella de la doctrina, y sumamente proclive (¡oh siglo fanático y malcriado!) a degollar musulmanes.  En cuanto al pasado milenio, esa época tenebrosa tenía sin embargo sus ventajas: por ejemplo, los editores especializados en infancia no exigían de sus autores circunscribir su léxico a quinientas palabras, y los niños recibíamos en el cole pastillitas de literatura cuidadosamente dosificadas, pero en ningún caso, que yo recuerde, deterioradas por el piadoso adaptador, convencido hoy de obrar bien poniendo tonto en vez de necio.

Hora es ya de confesarlo: durante mucho tiempo creí que piafar era algo así como "relinchar con impaciencia" (y acaso ya tenía engullido todo Dumas y medio Dostoyevski), y en toda mi infancia no recuerdo haber abierto un diccionario de español.  Leo ahora As crónicas de Lobo Antunes (que os recomiendo), y por este párrafo simpatizo con el novelista portugués:  "Durante séculos presumi que samovar era o equivalente russo da cimitarra de Salgari, que eu também nâo sabia o que era mas o parentesco incomprensível bastava-me".

Desde luego, nos basta el parentesco incomprensible: ni siquiera necesitamos entender con precisión lo que decimos o lo que oímos.  Hablamos y entendemos por aproximación; quién sabe si no es preferible así.  Me divierte, en cualquier caso, anotar cuanto mocosuena leo u oigo, como los ya célebres del truhán, con su ostentóreo, y de la bella, con su candelabro: "explosión de indignidad", escribía hace poco un periodista (supongo que quiso decir indignación); ¿buscaba la voz hemostáticas el que habló de "las inconfundibles manchas hipostáticas del cadáver"?; un memorialista reciente afirmó que "la parada cardíaca había sido inminente" (¿por fulminante, quizá?); "el Greco, topónimo aparecido hacia 1800" (esta precisión, ojo, es de un académico de la RAE); "las conversaciones están en un estado primigenio" (una ministra del actual gobierno); "los periodistas, estupefacientes con las palabras del ministro" (en la radio, hace cuatro días)...  Como ahora anoto estas cosas en el ordenador, ignoro cuántos cuadernos llenarían...

Claro es que en la viva voz estos solecismos son aún más disculpables.  En todo caso podemos decir, evangélicos, tire la primera piedra quien esté libre...

Pero vuelvo a la sierra Cebollera, y a la laguna Cebollera, linda laguna glaciar cercana a su cumbre.  Había por allí un terreno enteramente colonizado por un ajo, el Allium victorialis.  Mis compañeros, entendidos en flora, identificaron la especie.  Para hacerse notar, el fitofilólogo se alzó de puntillas y levantó el dedito monitorio:  ¿Cómo que victorialis?  ¿No será más bien victoriale, ya que Allium es neutro?

¡Ay!  La red, la ubicua y ominosa red, y el maldito gúguel, martillo de pedantes, dio la razón a los entendidos en flora y tapó la insolente boca del fitofilólogo.

¿Pero habrá gente más enemiga de dar su brazo a torcer, habrá nacido raza más terca que la de los filólogos?  Apenas llegué a casa me puse a rebuscar, por ver si daba con el origen de este nombre específico.  Sólo si se tratase de un sustantivo sería correcta la forma victorialis: de tratarse de un adjetivo, lo correcto sería únicamente victoriale.  El motivo lo conocían los seminaristas del pasado siglo, que aún aprendían el célebre memorialín:  Los en -um, sin excepción, del género neutro son.  Y nótese que Allium es un sustantivo en -um.

La idea de que victorialis sea sustantivo quizá la sostiene la wikipedia inglesa: afirman ahí que es traducción del alemán Siegwurz, literalmente "raíz de la victoria", debido a no sé qué supersticiones de mineros de Bohemia, fiados en este ajo contra los malos espíritus (en la senda de Polanski y Bram Stoker).  Por desgracia mis diccionarios ignoran por completo esa voz tudesca, aunque parece que "raíz" en alemán es Wurzel y no Wurz.  Ahora bien, una búsqueda de Siegwurz en la red sugiere que se trata del Gladiolus communis y no de ajo alguno.

Ya no entro en cuál sea el Gladiolus communis, porque yo tengo visto el G illyricus y, en el intento de aclarar si es el mismo o no, he descubierto profusión de nombres y de indecentes cruzamientos entre ellos, de manera que dejo esa escabrosa cuestión a los probos botánicos, que sabrán darles su merecido.

Por fortuna, y para mi júbilo, hallé en otra fuente, mucho más fiable en mi opinión, indicios de tratarse de un adjetivo.  Hablo de las memorias de León Dufour.  Me fío de él por varias razones sólidas: la primera porque me cae bien; la segunda porque era un competente botánico; la tercera porque, como médico doctorado en la facultad de París a comienzos del siglo XIX, sabía más latín, casi seguro, que cualquier fitofilólogo de nuestra época decadente.

Pues bien, he aquí lo que dice el docto doctor León Dufour:  "Je ne dois pas oublier de mentionner aux environs d'Aix la montagne de la Sainte-Victoire; elle a son renom botanique, car le grand Linné lui dédia d'Upsal l'Allium victoriale et le Plantago victorialis" (Souvenirs d'un savant français pág. 75s).  Según eso, sin duda, es un adjetivo, derivado del topónimo Santa Victoria, la montaña provenzal tantas veces representada en los lienzos de Paul Cézanne.

Cuesta mucho pensar que victorialis sea otra cosa que un adjetivo derivado de victoria (o Victoria).  Siendo así, como Plantago es femenina (véase P alpina, P crassifolia, P asiatica, P maritima &c) le corresponde la forma victorialis; pero al neutro Allium le corresponde la forma neutra del adjetivo, esto es victoriale, como lo escribe Dufour.  He tratado de hallar otros ejemplos con el Allium pero la inmensa mayoría de los ajos lleva adjetivos en -o (A album, A flavum, A rotundum, A sativum &c) y el único que he encontrado con adjetivo en -i (tipo victorialis) es el Allium vineale (vineale es el neutro de vinealis "de viña").

Con propósito de resolver el asunto recurro a Flora Iberica, pero allí nada dice sobre la voz victorialis (aunque está muy acertadamente indicado el acento en la A).  Se comprende: ¡hay tanto que escribir del ajo, la cebolla, el puerro!  La exclamación va sin asomo de ironía: repasen, repasen, si no, el interesantísimo ensayo que dedican allí al ajo y la cebolla.

Por cierto que no encuentro en mis papeles otros vegetales, aparte de los ya mencionados aquí, cuyo nombre botánico contenga esos adjetivos, vinealis o victorialis.

En fin.  Yo procuro dejar en buen lugar el latín botánico, porque tengo muchos amigos en este negocio y quiero llevarme bien con ellos.  Pero, queridos, lo de Allium victorialis suena francamente horrible.

sábado, 24 de agosto de 2024

Templanza y temperamento

 Pocos habrá que no relacionen la palabra temperatura con la voz tiempo (como ya ocurría hace veinte siglos con tempus y temperare) y, sin embargo, parece ser que no hay conexión alguna entre ambas voces.  Digo, conexión etimológica, porque en la semántica de algunos idiomas modernos es evidente que han tendido a arrimarse y confundirse: así, en español mismo, tiempo vale "duración" y a la vez "condiciones atmosféricas".

En latín, desde luego, no corren parejas pues, aunque aparentan salir de la misma cepa, mucho se apartan los campos semánticos de tempus ("duración", "ocasión", etc.) y de temperare (la palabra a la que intento prestar algo de atención), que básicamente significa "mezclar".  Ahora bien, a diferencia de miscere /mis-kée-re/ (que también vale "mezclar", pero con valor general e indefinido), el verbo temperare implica la medida, la idea de mezclar ingredientes en grado preciso, hasta alcanzar un punto exacto.

Pongamos leche a calentar.  Ay, nos hemos pasado: está demasiado caliente.  ¿Qué hacer?  Fácil, se añade leche fría.  ¿Basta ya?  No, echa un poco más.  Ahí está, en su punto: la temperatura deseada.  Llamamos temperatura al grado preciso obtenido con la mezcla; pero la palabra designaba en origen la acción misma de mezclar (en el grado preciso).

Los viejos romanos, que no bebían el vino puro, sino aguado, con el verbo temperare designaban la delicada operación de añadir agua al vino (o vino al agua, que no lo sé a punto fijo) hasta el óptimo deseado.  Naturalmente, algunos eran parcos en agua, o generosos en alcohol: de ahí que temperies (el nombre del punto de mezcla) fácilmente adquiera un sentido moral; pero en principio temperies se refiere a la mezcla misma.  Y cuando no se habla de vino, sino de atmósfera, la temperies es la combinación de aire frío y caliente que da al día su cualidad específica: hace bueno, hace malo.

Muy del campo es nuestra voz tempero, que no alude al tiempo o a la estación o a la oportunidad (sentidos que conducirían al latín tempus), sino a la deseada combinación de agua, tierra y aire en el suelo que ha de recibir la semilla: una vez más hablamos de mezclar con prudencia, de temperare.

En pintura desde antiguo se emplea este verbo, porque pintar supone una operación delicada: el pigmento, para añadirse al pergamino, al leño o al muro, ha de ser mezclado en justa proporción con alguna sustancia que le dé cualidad y permanencia, como ya lo sabía el prehistórico artista mural cuando amasaba hollín con grasa animal para llenar su cueva de bisontes o (como redundaba cierto profesor de la facultad zaragozana, especificando el sexo) "vulvas femeninas".

A menudo pienso que el conservador de un museo, o la comisaria de una exposición, o el acólito fiel pero de cacumen escaso al que le encargan los tejuelos, no sabe lo que se hace cuando escribe al pie de una obra témpera o pintura al temple.  Adviértase que, no sólo con arreglo a la etimología, sino también con el más elemental sentido común, al temple es cualquier pintura, salvo quizá el pastel, e incluido el óleo (que no es más que temple al aceite, de linaza si es el caso).  Todo color ha de ser templado, sea el temple saín, yema de huevo, caseína, agua, cola, emulsión acrílica...  Templar, sí, esto es, mezclar medio y pigmento en la proporción ideal.

Templar (templar es el resultado castellano de temperare) tiene también su vertiente musical: se añade o se quita un centímetro a la caña, o tensión a la cuerda, o al parche; en suma, el instrumento se tiempla (o se templa, si usted lo prefiere así).  El temperamento fue cosa importante en el siglo de la música (hoy menos, diría yo) y Bach le consagró la colección de preludios y fugas del wohltemperierte Klavier.

Y, casi sin salir de lo musical, si de lo que se trata es de rebajar la tensión en una reunión conflictiva, lo oportuno es templar gaitas.

El gaitero mismo, y la conservadora del museo, y el hombre de las cavernas, cada uno de nosotros es también una mezcla: somos, si nos atenemos a la vetusta doctrina de los humores, un combinado de sangre, flema, bilis negra, bilis amarga.  ¿Que la mezcla es equilibrada?  Salimos personas templadas.  Pero, ¡ay, si algún humor predomina y se impone!  Saldremos entonces sanguíneos, o flemáticos, o biliosos, o melancólicos: ahí está, esa será nuestra mezcla (esto es, nuestro temperamento): ella nos define y condiciona.  Temperamento: mezcla de humores en el grado preciso (para formar un carácter).

En griego, el verbo que corresponde a temperare es κεράννυμι /ke-rán-ny-mi/ "mezclar con medida" (porque también el griego posee un verbo "mezclar" de significado general, μείγνυμι /méig-ny-mi/).  Las palabras emparentadas con κεράννυμι a menudo presentan el radical *kra- (con A larga), acaso su forma más primitiva.  En filología aún hoy gastamos la voz crasis para designar la mezcla y confusión de dos vocales (o más) en un solo sonido.  Pero ya en griego crasis significó la mezcla ponderada, y en particular esa mezcla de humores que define un carácter.  (A Galeno de Pérgamo se atribuye un tratado sobre los caracteres humanos conocido como περὶ κράσεως "Sobre el carácter", aunque en rigor podríamos traducir "Sobre la mezcla".)

Como era de esperar, esa misma raíz *kra- "mezclar con tino" proveía el nombre de la vasija en que los griegos mezclaban agua y vino, esto es, el κρατρ /craa-teér/, que nosotros hoy llamamos más bien cratera (y se esdrujuliza, sin ton ni son, en crátera).  En latín crater significaba la misma vasija, pero ya Plinio emplea la palabra para señalar la caldera de un volcán, lo que hoy llamamos cráter (con el acento del nominativo latino; crater sería más respetuoso con la norma general).

La mezcla, o más bien el resultado de la mezcla, recibe también el nombre (añadido el prefijo σύν) de σύγκρασις /sýn-kra-sis/: también esta palabra significa "temperamento".  Y combinada con el adjetivo διος /í-di-os/ "particular" "peculiar" (presente en nuestras voces idiolecto idioma, idiota &c) tenemos la forma ἰδιοσυγκρασα /i-di-o-syn-kra-sí-aa/, ya documentada en el siglo II de la Era (al menos) con el significado de "temperamento peculiar de un individuo".  Todo es mezclar, poner en su punto.

Si algún lector ha llegado hasta aquí quizá se pregunte qué tiene todo esto que ver con la botánica.  ¡Por favor!  ¿Quién puede sostener que la temperatura y la botánica no tengan estrecha relación?  ¿Y acaso no nos han llevado nuestras cavilaciones a la pintura al óleo, este insigne derivado del Linum usitatissimum?

En fin, confesaré que al comenzar a escribir pensaba que no faltarían voces botánicas emparentadas con temperare.  Ahora sospecho que me he equivocado.  Al menos no las he encontrado.  Quizá nos salven, ya que filológicos meandros nos han conducido a ellos, miscere y μείγνυμι: del primero tenemos el participio mixtus "mezclado" que se encuentra en binomios botánicos (Carex mixta, Hieracium mixtum, y también mixtiforme, Nepenthes mixta y al menos una Pedicularis, una Saxifraga, cuatro o cinco más).

En castellano tenemos un doblete derivado de mixtus: al latinismo mixto (con el significado del original y algunos más añadidos, v.g. "cerilla") se contrapone la forma vulgar mesto, que he oído a mis botánicos favoritos aplicar a mestizos del reino vegetal (mestizo es un derivado de mesto, claro está).  Eso nos llevaría al honrado concejo de la Mesta, a los mostrencos, y a los mustang que corretean por las praderas de Arizona, pero dejemos por ahora ese ramal.

En cuanto a μείγνυμι, o μίγνυμι, se me ocurre apomixis, palabra cuyo significado no me atrevo a dar aquí: sólo diré que la palabra no es clásica, que yo sepa, y está formada con μξις /mí-xis/ "acción de mezclar" (ésta sí es clásica) y el prefijo ἀπό /a-pó/, de separación o alejamiento: significaría algo así como "mezcla con separación" o "mezcla a distancia".  En el diccionario de botánica de Font Quer podrá el lector encontrar muchas palabras que empiezan por mix-, si bien la mayoría no tienen que ver con μξις "mezcla" (que en latín se escribiría mix-), sino con μύξα /mýk-sa/ "moco" (que en latín se escribiría myx-).

Y para concluir, y puesto que hablamos de mezclar, esta idea siempre ha tenido su vertiente sexual (¿cuál no, al fin y al cabo?), y no menos el temperare latino que el castellano templar: en cierta novelita cubana, titulada Mirando espero (me la regaló el autor, Justo Vasco, conmovido por mi arroz a la paella), alguien se tiempla a la vocalista; y ahí, en el español caribeño, tenemos oportunidad de ver el diptongo IE en el lugar que le corresponde, el de la E breve tónica latina.

miércoles, 17 de julio de 2024

Levigatus (o laevigatus)

 El pasado día 12, en el curso de botánica pirenaica (que organizan AEET y el IPE de Jaca), me preguntaron qué significa laevigatus, adjetivo que especifica a una serie de plantas (Xavier Font contó en un momento no recuerdo bien si trece o catorce).  Mi balbuciente respuesta fue errónea, pues me arrojé al campo de laevus "izquierdo"; y ahora pago mi atolondramiento (¡con lo fácil que hubiera sido callarse o decir no sé!) respondiendo aquí con más documentación y menos balbuceo.

Como no dispongo de tiempo para mitigar mi ignorancia botánica, mi respuesta de momento se refiere exclusivamente a la lengua latina.  En efecto, encuentro en mis papeles una Biscutella laevigata, un Lathyrus laevigatus, un Trifolium laevigatum y, en fin, unas cuantas hierbas más con este nombre específico (también algún arbusto, como la Crataegus laevigata), pero para mi desgracia conozco poco estas plantas y soy incapaz de juzgar, por tanto, en qué medida el adjetivo mencionado describe o no sus caracteres.  Dejo, pues, esta tarea al lector o lectriz con conocimientos botánicos, y aquí me limito a la cosa idiomática.

Hay en latín clásico dos levigatus: uno, con E larga, significa "pulido" o "liso"; el otro, con E breve, significa "aligerado" o "ligero".  Puesto que la nomenclatura biológica ha optado por escribir AE en lugar de E, doy por supuesto que en esa nomenclatura está representado el primero, y no el segundo.

Por si no lo he escrito ya en estas páginas (al menos no lo encuentro), quiero aclarar que, sobre todo a partir del renacimiento, se generalizó el uso del dígrafo AE para indicar la cantidad larga de la E en el caso de palabras homófonas o donde la oposición larga / breve fuera significativa.  Así, por ejemplo, Erasmo escribía nae para distinguir la afirmativa ne "desde luego" de su homófono ne "no"; y con la ortografía laevis evitaba confundir el adjetivo levis "pulido" (con E larga) y el adjetivo levis "ligero" (con E breve).

Ni que decir tiene que este recurso gráfico, AE por E (que la botánica ha conservado, con buen criterio por lo que a la claridad se refiere), era de gran interés práctico en una época en que el latín, recuperado su papel de lengua de intercambio comercial y científico, era objeto de enseñanza desde la niñez más tierna para los (pocos) muchachillos que gozaban de preceptor y educación.

¡Ojalá hubiera sido posible ese simple recurso con otras vocales!  ¡Cuántos estudiantes han picado y picarán, por culpa de las largas y las breves!  Si hasta el mismísimo fray Luis de León (que era un latinista formidable) cayó en esa trampa tendida por la lengua latina, al traducir el salis avarus de la oda II 18 por "avariento de sal": como escribió don Marcelino Menéndez Pelayo, en su Biblioteca de traductores españoles, "inadvertencia notable fue tomar la segunda persona del verbo salio [salis con I larga: "saltas"] por el genitivo de sal [salis con I breve: "de sal"]" (p. 310).  Eso nos consuela a los marmolillos de este siglo: ¡si san Pablo cayó, y cayó fray Luis!

En suma, pues, el laevigatus de los binomios lineanos significa "pulido"; o en femenino laevigata "pulida"; y en neutro (género que no tenemos en castellano pero sí existe en latín), laevigatum.

Ahora encuentro un escarabajillo con el mismo apellido, la Ablattaria laevigata, y la traducción que proponen en la guía Delachaux de coleópteros (le silphe lisse) confirma el significado que propongo para laevigatus.  Pero, como dije arriba, dejo a la prudencia de los lectores valorar esa cuestión.

Aprovecho la ocasión de celebrar el magnífico curso de "Flora y vegetación de los Pirineos: ecología, diversidad y conservación de la vegetación", que sostienen la Asociación Española de Ecología Terrestre y el Instituto Pirenaico de Ecología y está a punto de cumplir la treintena, puesto que este mes de julio ha alcanzado su vigésimo novena convocatoria.  Aparte del excelente material humano, entre alumnos y profesores, que en él se reúne, ¡en qué maravillosos parajes transcurre!

sábado, 1 de junio de 2024

Erinus


 Hace poco, en Fuente del Arco, ante el auditorio donde nuestro amigo Fernando de Frutos describió con amenidad cómo el Cypripedium calceolus embellece un rincón de Sallent de Gállego, me llamó la atención una plantita que brotaba valiente de entre los baldosines de la acera: así tuve el honor de ser presentado a ese modesto ser de la imagen, la Campanula erinus, que me saludó con sus delicados tallitos erizados de tiernas espinillas y, no sé bien por qué, me dejó enamorado.

¿Qué es lo que hace que, entre varias mujeres hermosas, sólo esa de aspecto poco estimulante, más bien delicado y tristón, despierte tu ternura?  (Donde digo mujeres, ponga usted varones, o botijos, o lo que más le pluguiere.)  En fin, que he caído en las redes que me tendió la Campanula erinus, y ahora voy por ahí suspirando, tratando de encontrarla por todas partes, de momento sin éxito: me han dicho que sí, que crece por mi pueblo, pero aún no he dado con su hábitat, que son (según la elegante metáfora de mi asesor ignotis herbis) los "suelos esqueléticos".

Claro es que, siguiendo mis vicios particulares, lo primero que consideré es el parecido entre el nombre específico de esta campanilla y el genérico de otra planta, también diminuta, aunque menos discreta y más descocadamente bella, el Erinus alpinus.  ¿Qué es en latín erinus, me preguntaba yo, o, más probablemente, en griego?

Acerté con el griego: ἔρινος /é-rii-nos/ se documenta en Dioscórides y, abreviemos, se ignora de qué planta exacta escribe el médico anazarbeno.  En su libro IV, afirma que los romanos llaman a esta planta ocimum aquaticum, que crece junto a fuentes y ríos, con hojas semejantes a las de la albahaca, y que su tallo y hojas están llenas de licor.  Plinio Segundo (libro XXIII, dedicado a vides y frutales) completa la información de Dioscórides: el erinus /e-ríi-nus/ (en latín el acento recae sobre la I larga) crece hasta un palmo, ocimi similitudine (a semejanza de la albahaca), tiene flor blanca, semilla pequeña y negra; al arrancar un ramo, mana copiosa leche dulce; esta planta es utilísima (concluye Plinio) para combatir el dolor de oídos, mezclada con algo de nitro; y sus hojas rechazan los venenos.

Con estos datos, ¿se hace Vd. idea cabal de qué planta se trata?  En ellos se basan quienes definen ἔρινος como "una especie de basílico".

En mi opinión no valen nada las etimologías que circulan por la red construidas sobre la mera semejanza entre el nombre de nuestra planta y las voces ἐρνεος /e-rií-ne-os/ "lanoso" (derivado de ἔριον "lana", voz que ya ha pasado por aquí, a propósito del Eriophorum) y ἐρινάς /e-rii-nás/ "higuera salvaje" o ἐρινόν /é-rii-nón/ "higo borde".

Puesto que ha leído Vd. hasta aquí, estará resignada a oír mis desvergonzadas opiniones (fruto de universal ignorancia) y no le importará que añada una más: creo que la palabra ἔρινος, por ignorancia del significado, estaba disponible como significante, y simple y llanamente algún botánico se aprovechó de esta circunstancia para endilgárselo a un vegetal de modestas proporciones y, probablemente, carente de amistades que pudieran salir en su defensa y afear la conducta del botánico en cuestión.

En realidad, es de sospechar que a la Campanula erinus le pudo aplicar su nombre específico alguien que creyó que ἔρινος podía significar "lanoso" (¿no le dan sus pelillos cierta apariencia lanosa?).  Es una mera suposición, pero razonable.  Ahora bien, ¿qué rasgo de la Campanula erinus explica la comunidad de nombre con el Erinus alpinus?  Si Vd. lo conoce, y quiere ilustrarnos, le doy las más expresivas gracias anticipadas por su colaboración.


Antes de despedirme, quiero felicitar a las asociaciones que cada año (y ya van diez) organizan en Fuente del Arco unas Jornadas Orquilarqueñas, y un paseo botánico, a la busca de orquídeas primaverales.  Creo que se trata del ayuntamiento de Fuente del Arco, Adenex y el colectivo Taxus.  Cada año incorporan al epígrafe de una calle, en esa localidad extremeña, los azulejos de una nueva orquídea, creados por una artista local.  ¡Enhorabuena!


A la hora de ilustrar estas páginas (y la presente lo está más de lo acostumbrado) elegí la foto de arriba, que no es la mejor que tengo de la campánula, pero corresponde al amoroso encuentro, allá en Fuente del Arco.  Mientras tanto, el amigo Daniel me envía la última foto, que mucho me agrada, y tiene además el encanto de haber sido tomada en la fortaleza templaria de Ponferrada, la Pons ferrata o "puente herrada" por la que el medievo atravesaba el bajo Sil.