domingo, 7 de enero de 2024

De nominibus botanicis V: nombres no descriptivos


 Decidido, pues, a circunscribirme a los binomios lineanos (o binómina o binómines o binómenes, que tan varias lecturas he encontrado), y con el fin de darme un aire más científico (hacer parada de sabio sin serlo), necesitaba ordenar y clasificar mi materia.  Y en mi desamparo no se me ocurrió otra cosa que hablar de términos A) no descriptivos, B) descriptivos, C) honoríficos.  No estoy orgulloso, pero no encontré nada mejor.  ¡Qué añoranza del mundo medieval, donde todo se encasilla y numera!  Cuatro elementos, siete planetas, doce meses, veinticuatro ancianos...  Si los objetos tienen un número preciso, el discurso se vuelve apodíctico, incontestable.

Empiezo, pues, con los "no descriptivos".  De este tipo son muchos de los nombres genéricos que la ciencia botánica hereda de la tradición clásica: Pinus, Fagus, Rosa...  En general, estos nombres no son descriptivos, o al menos no nos lo parecen, en nuestro estado de conocimiento.  No siempre, claro está, pues algunos de ellos sí implican cierta definición: caso de Saxifraga, cuyo nombre expresa el don de "romper piedras" (sean las que habita, o las renales).  Ahora bien, a falta étimo seguro no ha faltado quien lo inventara: véase como prueba lo dicho sobre unedo (unum edendi según Plinio el Viejo), o sobre Populus, tan cándidamente confundido por los sacristanes con la voz "pueblo" latina.

Pero, aun sin étimo seguro, la historia de estas palabras suele tener interés.  Tomo el caso de la voz pastinaca, ya en latín ambigua, pues (como planta) designaba a la vez una especie de zanahoria silvestre y un pez (hoy llaman pastinaca a cierta raya, por Lineo bautizada como Dasyatis pastinaca).  El étimo de la voz latina pastinaca es problemático.  Lo único evidente es el sufijo -aca, propio del habla popular, el mismo que hallamos en lingulaca (de lingua) o verbenaca (de verbena).  ¿Acaso es pastinum (una especie de azadilla para plantar) el étimo de pastinaca?  ¿Una metáfora formal justifica la aplicación del nombre al vegetal y al pescado?  Es mera conjetura.

Ahora bien, la zanahoria silvestre en cuestión era, al parecer, la que hoy conocemos como chirivía, o también pastinaca, apio de campo, zanahoria blanca...  Ésta recibió de Lineo el nombre clásico de Pastinaca sativa, aunque el basiónimo es, creo, Daucus visnaga, y fue asimismo llamada Apium visnaga.  El nombre latino ha derivado en catalán a pastinaga, que en Cataluña designa a la zanahoria común o Daucus carota.

Ese nombre específico de visnaga tiene su interés: recuerda la voz biznaga, que en el sur de España denominó al mondadientes; yo la conocía por mi afición a Góngora, en una de cuyas letrillas más simpáticas la biznaga denuncia la triste dieta de un hidalgo pobretón:

                         Que se ufane don Pelón
                         de haber comido un capón,
                                                  bien puede ser;
                         mas que la biznaga honrada
                         no diga que fue ensalada,
                                                  no puede ser.

Pues bien, resulta que esa voz, biznaga o bisnaga, es el resultado de pastinaca en el llamado romance mozárabe de la península, donde la P- inicial se hace sonora y la palabra queda registrada en varias formas, entre ellas bastinaq, bistinaqa, bisnaqa.  ¿Y qué tiene que ver la zanahoria con la biznaga?  La respuesta la encontré en el zoco de Marraquech, donde hallé a la venta cabezuelas secas de cierta umbelífera: cada radio de la umbela era un práctico escarbadientes (así los llaman en Argentina, al menos los Luthiers) y como tales se vendían.

Luego supe que la umbelífera del zoco marroquí era conocida en botánica como Ammi visnaga.  ¡Prodigioso!  Así que resulta que la voz latina pastinaca ha parido un doblete, y dado lugar a dos fitónimos distintos, el genérico Pastinaca, y el específico visnaga que define una especie de Ammi.  Para más certidumbre, encuentro que el Ammi visnaga recibe en Portugal, entre otros, el nombre de paliteira, y en Cataluña el de escuradents.  (Por cierto que es otro el significado de biznaga en la Málaga de hoy, y ahora nombra famosamente un premio cinematográfico.)

Así pues, visnaga ejemplifica el hecho de que no sólo el latín o el griego, sino las mismas lenguas vivas han aportado su léxico al caudal botánico; yo diría que un ejemplo de ello es también Merendera, que creo tomada del castellano (pues en latín habría sido más bien merendaria), y algo parecido hemos visto con eskia, que Luis Ramond adoptó de una lengua pirenaica, o con el azedarach, voz persa que especifica a la Melia, y, en fin, con tantas plantas tomadas de varios rincones del mundo, para cuyo ejemplo me limitaré a mencionar la Nicotiana tabacum, donde el genérico inmortaliza a un filólogo y diplomático francés, pero el específico (tabacum) está tomado de algún vocablo americano, no hay acuerdo sobre cuál, de qué lengua, o con qué significado, pero sí que está tomado de un nombre vernáculo del Nuevo Mundo.

Habiendo mencionado fitónimos tomados del latín y de otras lenguas, debería aportar ejemplos tomados del griego, lengua que es quizá la más fértil en la fitonomástica: acabamos de mencionar μελία o μελίη /me-lí-aa o me-lí-ee/ (que significaba "fresno" y se aplicó al árbol nacional persa); y podríamos aducir mil más.  Mas para que no se crea que todo lo griego tiene dos mil años, quiero aludir a la Euphrasia: nadie dudará de que εφρασία es griego (significa "alegría"), pero este fitónimo está documentado, si no me equivoco, sólo desde el siglo XVII.

Lo malo con el griego es que algunos lo tienen tan remoto que parece darles igual lo que signifique o cómo se transcriba: acabo de encontrarme con una culebra americana a la que han bautizado Agkistrodon, horrible vocablo que prueba que el buen zoólogo que la describió ni sabía ni tuvo la fortuna de encontrar quien alcanzara unas nociones elementales de griego.

[Ya sabía yo que la tenía por algún lado: añado la foto marroquí de las que creo ser biznagas, o cabezuelas secas de Ammi visnaga.  El pie (no el pie de foto, sino el pie humano que en ella aparece) es de mi amiga Isabel B.B., la fotógrafa, que no me ha dado permiso para reproducirla pero me lo va a dar.]


miércoles, 27 de diciembre de 2023

De nominibus botanicis IIII: de los nombres comunes y vernáculos

Es curioso, pero no se pregunta por el sentido de pino, clavel o margarita: voces que damos por sabidas, cuya genealogía no necesitamos averiguar.  En parte por eso hice el propósito, de buen comienzo, de no tratar aquí de los nombres comunes o vernáculos entre los vegetales.  En efecto, las preguntas de los amigos no se orientaban ni a las voces comunes ni al idioma propio, sino a las específicas lineanas, y al latín o al griego.

No es que no sea interesante la etimología de esas voces.  Una niña de seis años me sorprendió con una pregunta insólita para su edad: ¿por qué llamamos plantas a los geranios, y también a las de los pies?  La respuesta, que no supe, la leí en el diccionario etimológico de Meillet: parece que lo que une a ambas plantas es el hincarse en la tierra: la planta (vegetal) se planta, igual que la otra.  Y la filología demuestra que la voz castellana es un cultismo, en cuanto conserva el grupo PL- inicial; en cambio, la voz patrimonial ha mudado ese grupo en LL-, de ahí las llantas de nuestros vehículos, que también plantan sus huellas en la tierra.

Otra causa de mi desvío es que me siento más inseguro con los nombres vernáculos castellanos.  Los nombres vernáculos en general tienden a formar selvas inextricables, y ahí me pierdo.  No es que sepa mucho más de latín o de griego: es sólo una cuestión de comparación.  Un amable lector dijo que mis escritos eran muy eruditos: no quise averiguar si era halago o censura.  En todo caso, siendo infinita nuestra ignorancia, es mucho más probable que ésta se transparente más en nuestras palabras que la supuesta ciencia.  El que osa abrir la boca siempre hace más alarde de necio que de sabio, pero, ¿qué amistad se sostiene sobre el mutismo?

Pero, insisto, los nombres comunes, sean objeto de curiosidad o no, son de gran interés, al menos a mí me lo parece.  En griego, por ejemplo, la planta recibe no el nombre genérico de φυτόν /fy-tón/, adecuado a todo el reino vegetal (algo escribí aquí sobre el verbo φύω), sino el de βοτνη /bo-tá-nee/, que se circunscribe a las plantas útiles por sus virtudes médicas o alimenticias: una prueba evidente del interés estricto con que nació la botánica.

Es de notar, por lo demás, que muchos de los términos aludidos no responden a un étimo claro o, aun teniéndolo latino o griego, éste facilita poca o ninguna información sobre el vegetal y su función.  Y en castellano abundan los nombres de plantas que, a falta de etimología clásica, se exornan con la consabida etiqueta de "prerromano", esto es, averígüelo Vargas: arándano, meruéndano, piruétano, árgoma, escaramujo...

Además, no pocos de los nombres botánicos que en las guías pasan por nombres "populares", no son sino una mera traducción de los nombres latinos o griegos.  Caso muy conocido es el de la gayuba, a la que algunas guías dan como nombre castizo el de "uva de oso"; ahora bien, puesto que en griego el oso se llama ἄρκτος /árc-tos/, y el racimo de uvas σταφυλή /stá-fy-leé/ (razón por la cual los cocos que se arraciman se llaman estafilococos), el presunto casticismo se reduce a traducción mera del griego, como ya lo es el nombre latino uva ursi (que la ortodoxia gráfica de los binomios lineanos exige unir con guión): Arctostaphylos uva-ursi.

Como último argumento diré que me disgustan los nombres piadosos que abundan en los presuntos nombres populares: la piedad del monje o del párroco herborista ha plagado nuestra nomenclatura vernácula de nazarenos, zapatitos de la virgen, varitas de san José, candelillas de san Juan, píos nombres a menudo bañados en almíbar de diminutivos, como menús en restaurante de vanguardia.  Pero, en fin, esto ya entra en la psicopatología...

De nominibus botanicis III: sobre lo correcto y lo incorrecto

 Filólogo, el nombre lo dice, es amigo de las palabras.  De todas: de las finas y de las rudas, de las antiguas y de las modernas.  Eso quizá explica por qué con frecuencia el filólogo lamenta el desdén con que los hablantes arrinconan palabras elegantes, breves y precisas, a menudo en favor de otras vagas, cacofónicas, o sesquipedálicas.  Si estuviera en su mano defender con éxito una sola palabra, ahora mismo devolvería la vida a eficaz, hermoso adjetivo que, en este momento mismo, está siendo asesinado por efectivo (de muy otro significado), igual que la horrible efectividad está dejando moribunda a la clara y simple eficacia.

¿Acaso está el filólogo para decirle al ciudadano, como al niño el maestro, lo que está bien y lo que está mal dicho?  No.  No es mi objetivo, en todo caso.  No pretendo fijar lo correcto o lo incorrecto, sino sólo proponer la mejor forma, en caso de ser aceptadas ciertas premisas.  No obstante, aclarar esto a cada paso es bien aburrido, y como odio aburrirme, estoy ya resignado a que alguno me tome por un dómine.

Anda, que no es poco el trabajo el de castigar el idioma (así se decía antaño a purificar).  Un lector, o lectriz, creo, tuvo la amabilidad de comparar esta página con el excelente Dardo en la palabra de Lázaro Carreter, obra necesaria, pero empeño de Sísifo: vano, aun con el prestigio de don Fernando.  Cierto que el Dardo nos entretuvo a muchos y, aunque no hubiera tenido otro efecto, le estamos por ello agradecidos.

Importante argumento que añadir, y que todo filólogo conoce: ¿qué otra cosa es la historia de la lengua, sino una historia de errores?  No metafórica o figuradamente, sino errores simples y meros.  Todas esas pretendidas leyes fonéticas, eso de que el grupo PL- da LL- o que la -T- entre vocales sonoriza en -D-, o que el significado de calidus "caliente" evoluciona a caldo "manjar líquido", ¿son acaso otra cosa que acumulación secular de pequeños errores de imitación? Pues los hablantes aprendemos, de niños, imitando, y seguimos imitando de mayores.  Pero fallamos, no como escopeta de feria, pero, con el tiempo, en medida muy notable.

Y no todo error es negativo.  Como en la vida misma, el error es la materia prima de la evolución, que tiende a sostener los errores útiles, e incorporarlos al torrente vital, y a descartar los desaciertos y hacerlos perecer.  Esto nos reanima.  ¡Hemos visto nacer y morir tantas palabras!  Hace cuarenta años nos asfixiaban de en base a y a nivel de, que hoy ya ni recordamos.

Más de una vez he oído protestar, por ejemplo ante la censura de un barbarismo:  "¡Eh, caballero!  ¡Que la lengua se adapta!  ¡Si no fuera así, seguiríamos hablando latín!"  Cierto, cierto.  O griego.  O frigio, como pretendió un faraón, según Heródoto; o hebreo, o vascuence...  En fin.

Se puede estar de acuerdo con la protesta; pero acuerden también conmigo en que una cierta fijación de la lengua (como la Academia pretendía otrora) es conveniente para la comunidad.  Cuanto más lábil el idioma, tanto mayor desamparo del ciudadano ante el poder y la ley.  Por otra parte, ¿es posible el gobierno sin un idioma común consolidado?

Ea, pues, dejemos un rato ir las cabras al trigo.  ¿Es decente que una ministra portavoz del gobierno confunda vergonzante y vergonzoso?  ¿Es de recibo que los locutores, en vez de decir suele o es frecuente, machaquen con ese híbrido horrible y carente de significado, suele ser frecuente?  ¿Qué creerán algunos que significa mantener, cuando minuciosamente lo sustituyen por la pesada locución seguir manteniendo?  ¿Tendrá el cuajo la Academia de aceptar algún día la expresión agramatical "yo soy de los que opino que..."?

Y luego ese desaforado amor a la hipérbole, esa pasión por lo dramático que este mundo publicitario fomenta.  ¿No basta dar la alarma, que a la mínima han de saltar todas las alarmas?  ¿No hemos de poner atención, tener cuidado, andar con ojo, sino que todo ha de ser extremar las precauciones?  Y dígame, señora, ¿qué significa su extremar, cuando me pide que extreme mucho las precauciones?

Vale, ya me he desfogado.  Es de observar que toda innovación teleñólica tiene como característico el ser no sólo más vaga, sino también más larga.  Al político le encanta apesadumbrar el idioma con largos vocablos.  De todas las memeces que produce el teleñol, la única que estoy por admitir, pese a ser aburrida como toda reiteración, es ese sí o sí, que al menos tiene la ventaja de ser más rápida o eficaz que a la fuerza, por necesidad, quieras que no o cualquier otra expresión equivalente.

Pese a todo lo dicho, quiero afirmar solemnemente que lo mejor de la lengua es, en mi opinión, que cada cual puede usarla como le salga de la boca, y no poca ventaja es que nadie puede poner puertas a ese campo, por más que se haya intentado: no recuerdo mayor ridículo de nuestro parlamento (y mira que los hizo y hace) que la pretensión de algunos congresistas de legislar sobre el uso de la palabra nación.  Hoy vienen las censuras del otro bando, y los hoscos paladines del progreso pretenden avergonzarnos por usar tal o cual frase.  Goebelillos, diestros o zurdos: que os den morcilla.


De nominibus botanicis II: de etymologia

Si la filología, ocupada en asunto tan etéreo como las palabras (puro aire al fin), es saber resbaladizo, mucho más lo es la etimología, proclive al resbalón y aun al batacazo.

El problema es que todos, queramos o no, somos etimólogos.  Para sustentar nuestra débil memoria, necesaria para hablar, buscamos, aun sin saberlo, el parecido entre las palabras, y hallamos parentescos y filiaciones entre ellas: no en vano se llamó analogía a lo que hoy conocemos como morfología.  Esos parentescos forjados, y nuestros fallos de memoria, crean graciosos solecismos, como el de la modelo que ya no estaba en el candelabro, o el edil corrupto que, ignorando quién fuese Esténtor y pensando en la ostentación, decía ostentóreo en lugar de estentóreo.

Ahora bien, si formulamos en serio, y no al calor del discurso, una etimología, deberíamos al menos respetar la gramática y la fonética.

Tengo un ejemplo cercano.  La loma entre Tarazona y Borja está documentada desde antiguo como la Ciesma, nombre que le daban los naturales.  Pues bien, a un erudito local, en posesión de un latín de sacristía, le ocurrió creer que Ciesma era una deformación de su auténtico nombre, Diezma según él, derivado de Decima, explicable en el hecho de que los pastores subían allá para separar el diezmo del obispo.  Tal etimología es absurda desde el punto de vista filológico (¿de cuándo acá D- da C-?, por decir sólo lo más chocante de esa propuesta), pero también desde el sociológico: ¡qué extraordinaria costumbre pastoril, la de subir al otero a clasificar el ganado!

Por tonta que fuera, tal etimología agradó a las autoridades (que ignoran quién fue Tácito pero han visto todas las de Liz Taylor), y en el camino a la Ciesma pusieron el cartel:  "A la Diezma".  Y lo gracioso fue que la población, en lugar de poner el grito en el cielo, prona veluti pecora, aceptó lanarmente el dictamen oficial y pasó a considerar Ciesma como su propia corruptela.  Una vez más gana Humpty Dumpty: no importa qué significan las palabras, sino quién manda aquí.

¿De dónde viene la palabra Ciesma?  No se sabe.  ¿Tan difícil es reconocer esto?  El volumen de lo desconocido es infinito, no nos agobie desconocer una cosa más.  Es el error de la educación: enseñamos a conocer, cuando deberíamos enseñar a ignorar (que requiere no poco estudio).  Por lo demás, no se preocupe el pedagogo: los alumnos verán salir su ignorancia por todas las costuras.  Ahora bien, a las autoridades dales latín y cuentos chinos: como a los de Daroca, que se tragaron lo del tributo anual de la oca en cuanto sonó en idioma del Lacio: dare aucam.  ¡Ay, latín, cuántas tonterías se dicen en tu nombre!

No, no basta buscar los parecidos.  Un buen estudio etimológico exige un seguimiento histórico de la palabra lo más preciso posible.  Naturalmente, eso es lo que el etimólogo anhela, pero a menudo no está a su alcance.  Ha de conformarse, entonces, con conjeturas, o, simplemente, con decir con Sócrates y Francisco Sánchez:  "No sé".

En resumen: la etimología es ciencia conjetural y muy inclinada a error, y el etimólogo serio debe limitar su aspiración a no decir demasiadas bobadas.

Por último, un malentendido quiero deshacer.  El propio término etimología, nacido de la voz griega τυμον /é-ty-mon/ "auténtico", invita a pensar que la etimología provee el "auténtico" significado de la palabra.  Pues no.  El auténtico significado de una voz depende, ay, del acuerdo de los hablantes y a veces, por lo que vamos viendo, del capricho del señor alcalde: no de la historia de la palabra.  Eso sí, esa historia es a menudo muy divertida, y nos enseña no pocas cosas sobre nuestro pensamiento y las circunvoluciones del humano hablar.


jueves, 30 de noviembre de 2023

De nominibus botanicis I

 Me piden unos amigos que hable un rato sobre nombres botánicos, y con esa excusa doy un repaso a estas páginas y me entretengo en reflexiones, cándidas y prolijas, que sería sádico asestar a una audiencia apresada por la urbanidad y las convenciones sociales, pero que impunemente puedo airear en este lugar, de donde al lector le basta hacer un clic para salir corriendo.

La botánica se puede definir, huyendo de lo académico, como la amorosa atención dedicada al vegetal, una atención aguda y perseverante si que quiere avanzar en ello.  Claro es que interesa identificar a cada vegetal para su estudio, identificación representada en su bautizo con este o aquel nombre.  Cómico sería que comenzáramos por estudiar una prímula y al día siguiente, por confusión, siguiéramos la descripción con una peonía: nos saldría ese monstruo de Horacio, medio pez medio primate.  Pero el nombre viene a ser como el paso previo para el conocimiento: la ciencia viene después.

Por eso quise encabezar estas páginas con la sentencia de Bubani: no son los nombres los que hacen la botánica, sino la observación diligente de las plantas, y su exacta descripción.  El identificar a una planta con un nombre viene a ser el grado cero del conocimiento sobre el vegetal.

Das nombre a una hierba y ya parece que sabes algo.  Si en vez de llamarlo "pino" lo llamas Pinus uncinata, el vulgo te doctora en pinología, y tú puedes pasar del pinito en cuestión y desentenderte de su fisiología, de su modo de enfrentar las dificultades, de averiguar si almacena sus recursos, de conocer cómo seduce a los distribuidores de semillas y, en fin, el número infinito de cosas que ignoras del pino.  El principal enemigo del estudioso es la ilusión de saber.  El espejismo del conocimiento es, en general, la más insidiosa fuente de error.  Si amas la botánica, empieza por conocer las plantas por sus nombres, pero no te quedes en ello.

La ciencia, en efecto, está en los detalles.

Quienes esto lean (imagino serán sobre todo aficionados a las plantas) echarán de ver aquí más de un error, causado por la ignorancia, pues la botánica, como ciencia, necesita la mayor precisión, y por ende una nomenclatura específica difícil, tal vez imposible de poseer con plenitud.  Glumelas, úrnulas, bractéolas, sépalos, apomixis, matriclina...  Todos estos términos a los profanos nos resultan excesivos, porque miramos a las plantas de lejos, como elementos del paisaje, pero parecen necesarios al fitólogo, que echa mano de la lupa y del microscopio, que acerca sus narices al tubérculo, que contempla la flor por delante y por detrás: otorga, en fin, toda la atención a su objeto de estudio.

Por la misma razón, en estas páginas, que aúnan, en proporción modesta, botánica con filología, los lectores han de soportar a menudo términos abstrusos (aféresis, diptongación, properispómena), y aun así debieran agradecer la contención de quien escribe, pues, si dejase a sus cabras libre el trigo, pasaría el rato entregado a sus objetos favoritos, las interdentales, las aposiopesis, las asimilaciones de grado...

Porque, estando la ciencia en los detalles, el filólogo ha de mirar atentamente las palabras, como atentamente mira el botánico una lamiácea o un abedul.

La observación atenta hará notar que lo llamado pluvia por los romanos recibe entre nosotros el nombre el de lluvia, y del mismo modo al plantago lo llamamos llantén, y de un cubo que los romanos darían por plenus nosotros lo vemos lleno.  Llegaríamos así a la importante conclusión de que toda PL- inicial romana resulta en una LL- inicial castellana.  A esa observación le daríamos el respetable título de "ley fonética", cosa que nos encanta a los aficionados a las palabras.

Así podríamos observar, viendo que la vita romana es nuestra vida, y un mutus latino es un mudo castellano, y un latus de Roma es un lado de Soria, que toda -T- intervocálica latina da en nuestro idioma una -D-; o emparejando rapidus con raudo, hominem con hombre y dominum con dueño alcanzaríamos a ver que el español ha perdido la sílaba débil de las esdrújulas, la que sigue al acento: así se explica que lo que en latín se decía cálidus "caliente", se diga en español caldo.  Obsérvese que el significado también ha evolucionado; se conserva, sin embargo, en cálido, palabra no evolucionada del latín, sino tomada en préstamo.

Bien, este es mi vicio privado, y procuro en estas páginas contenerlo en lo posible.  Pero las cabras...

sábado, 28 de octubre de 2023

Piedras II

Razón tiene Daniel sobre la palabra griega λίθος /lí-zos/ "piedra", más o menos equivalente de πτρος y más viva que esta última en la actual literatura científica.  De hecho, nuestra lengua o, mejor dicho, las lenguas europeas en general (que de continuo se han enriquecido a base de griego y latín) están llenas de términos como monolito (μόνος /mó-nos/ "único") o litosfera (σφαῖρα /sfái-raa/ "esfera"): la segunda sigue reducida a su ámbito originario de la geología, mientas que la primera, en cambio, ha saltado al uso común y se habla, por ejemplo, de una "fe monolítica" o un "apoyo monolítico".  La enseñanza pública ha vulgarizado términos como paleolítico o neolítico creados para designar períodos históricos (o prehistóricos).  Y para la técnica de grabado sobre piedra caliza (que Francia puso de moda en el siglo XIX) se creó el latinismo lithographie, en español litografía (γράφω /grá-foo/ "dibujar").  Baste con estos ejemplos.

Usa la botánica muchas voces derivadas de λίθος, y basta consultar el Diccionario de botánica de don Pío Font para pescar unas cuantas en su orden alfabético.  Por ejemplo, litófito (φυτόν /fy-tón/ "planta"), que describe al vegetal capaz de crecer sobre la roca viva (como musgos y líquenes).  Curiosamente, si invertimos los términos obtenemos fitolito, que designa el vegetal fósil, de igual modo que litofilo y litóxilo son aplicados a la hoja y a la madera, en ese orden, petrificadas o fósiles.

Me sorprende encontrar la palabra litíasis (con qué probidad acentúa don Pío) que para mí era el nombre que la patología daba a la formación de piedras (por ejemplo en el riñón): pero veo que también se forman piedras en los frutos (por ejemplo en las peras, por la picadura de un tal Calocoris fulvomaculatus, un hemíptero más esbelto y elegante --con las manchitas amarillas que su nombre anuncia-- que la mayoría de las chinches).  Con ello la litiasis entra de lleno en la botánica.

En cambio, nombres de género basados en λίθος he encontrado pocos.  Supongo que habrá más, pero me limito a los que tengo registrados en mis papeles.

El que mejor conozco es Lithospermum, hierba bastante común (por mi pueblo al menos abundan las especies arvense y officinale, si no me equivoco).  En ese término, consagrado por Lineo a mediados del XVIII, la voz examinada se combina con σπέρμα /spér-ma/ "semilla" en un nombre descriptivo, alusivo a la dureza, verdaderamente pétrea, de la bolita germinal de esta boraginácea.

Boraginácea es también la Lithodora fruticosa Griseb 1846, una planta que abunda no menos por los secos tomillares de mi entorno, de los que a menudo, como esta pasada temporada, es, con sus abundantes embudos azules y violetas, la única ilustración floral destacada.  Este arbusto siempre lo recuerdo por el curioso nombre de "hierba de las siete sangrías", porque, vaya usted a saber por qué, me falla la memoria con el binomio botánico; espero que escribir esto me ayude en el futuro.

En mi opinión, en Lithodora se combina λίθος "piedra" con δόρα /dó-ra/ "pellejo" (de la misma raíz *der-/dor- que δέρμα /dér-ma/ "piel").  He visto en la red que el basiónimo es Lithospermum fruticosum L 1753, por lo que la voz lithodora la debió de crear Grisebach, supongo, para distinguir el género sin alejarse mucho de la forma original dada por Lineo, y describir a la vez la que parece característica de este arbusto: la rígida dureza de sus ramillas.

Por cierto que he leído en la red alguna explicación falsa, en mi opinión, del específico fruticosa, como si aludiera a los frutos; pero esa palabra, como creo haber escrito ya, no tiene nada que ver con el término latino para decir "fruto", sino con frutex "arbusto".  Fruticosus significa, pues, "arbustivo".

No conozco, pero parece que habita las costas españolas, el alga Lithophyllum incrustans, con la que no recuerdo qué trato he tenido.  Pero es hermosa, según se puede ver en una página de la red.  Ese lithophyllum es la forma latina del litofilo arriba mencionado, y deriva, claro es, de λίθος "piedra" y φύλλον "hoja".

Por mi parte ya tendría que viajar a África, a Namibia y por ahí, para encontrar otras derivados de λίθος, aunque a nuestros viveros llegan hace tiempo no pocos ejemplares de esas plantitas que por vivir disfrazadas de piedra reciben el adecuado nombre de "pinta de piedra" o Lithops (ὤψ /oóps/ "apariencia").  Según la wikipedia son de la familia de las aizoáceas.

No quiero abandonar esta página sin darme el gusto de mencionar, aunque caiga fuera ya de la botánica, a esa especie de fino mejillón llamado por la ciencia "comepiedras", esto es, Lithophaga lithophaga.  La litófaga excava galerías en la caliza disolviéndola con ácido, tal que se diría que come piedra.  En su nombre zoológico, al primer componente, λίθος "piedra", se une el conocido aoristo griego ἔφαγον /é-fa-gon/ "comí".

Mi primer encuentro con ese mejillón litófago ocurrió en un artículo de Jay Gould que (acabo de comprobarlo) ha desaparecido de mi biblioteca; pero tuve el capricho de apuntar lo que el traductor, Joandomènec Ros, indicaba en nota: que eran un manjar exquisito.  La wikipedia informa ahora de que la ecologista Europa tiene ya prohibido su consumo.  Pero en octubre de 1654 el cardenal Retz tuvo ocasión de probarlos en Mahón, Menorca, por gentileza de un tal Fernando Carrillo.  Más que el sabor de las litófagas, al cardenal debió de llamarle la atención el trabajoso procedimiento de extraerlas de la roca, pues es lo que describe con más demora en sus famosas memorias.  La wiki francesa nos informa de ello, y de que también figuran estos lamelibranquios exquisitos en la novela de Jules Verne L'île mystérieuse con el nombre de lithodomes.  Si la wiki lo dice...




sábado, 30 de septiembre de 2023

Piedras

 Como es sabido, nuestra palabra piedra viene de la voz petra usada por los romanos.  Pero en latín la palabra castiza para "piedra" es saxum, étimo de saxífraga (creo haberlo escrito aquí).  Las buenas latinistas (dice Meillet; yo lo pongo en femenino en homenaje a Sandra Ramos) evitan usar petra, viejo préstamo popular del griego πτρα /pé-traa/ y forma de éxito en romance, como lo atestiguan la propia voz piedra, san Pedro desde los altares, y los que gastan aceite de piedra (esto es, petróleo) cuando viajan a Petrogrado.

La voz griega πτρα está también presente en la nomenclatura botánica, así como su variante πτρος /pé-tros/ y el adjetivo derivado πετραῖος /pe-trái-os/, latinizado petraeus y en esta forma presente en no pocos nombres botánicos.  Ese adjetivo cuadra a ciertas plantas que prefieren desarrollarse sobre sustrato rocoso, afición que se denomina petrophytia.  Por su parte la planta se calificaría de rupícola, voz en este caso derivada de rupes (otra forma latina de llamar a la roca, que da a su vez el adjetivo rupestre aplicado a la pintura sobre piedra).

De los géneros que contienen la voz πτρα el primero que se presenta es Petrocallis, donde parece estar esa voz como primer componente.  El segundo me resulta más difícil de adivinar.  Leo en una página de la red que se trata de κάλλος /kál-los/ "belleza"; no lo veo claro, pero no tengo opción mejor.  Desde luego la Petrocallis pyrenaica es una hermosa florecilla: yo la he visto en el pic de Midi de Bigorre.

En cuanto a Petrocoptis, creo haber escrito ya aquí que el nombre de ese género se creó sobre el patrón de saxifraga: los calcos latinos de voces griegas abundan; aquí tenemos el caso inverso, el calco de una voz latina con elementos griegos.  Claro es que, mientras saxum se traduce en πτρα, el verbo frango se vierte con el equivalente griego κόπτω /kóp-too/ "cortar".  Esta etimología la provee correctamente Flora Iberica.

Idéntico principio ha guiado la formación de Petrorhagia, aunque el segundo elemento es en este caso el verbo γνυμι /reég-ny-mi/ "romper", el mismo implicado en hemorragia (significa "ruptura de sangre", y quizá debiera haber sido angiorragia, ya que se refiere a la ruptura de un vaso sanguíneo).  En resumen, todos estos géneros son más o menos sinónimos de rompepiedras, que viene a ser el calco en castellano de saxífraga.

También está πτρα en el nombre del género Empetrum (y de su entera familia, las empetráceas): ἔμπετρον /ém-pe-tron/ significa más o menos "en la roca", esto es, "rupícola".  Ya en Dioscórides (4 14) el ἔμπετρον designa, en opinión de algunos, a la Pimpinella saxifraga. una umbelífera.  Pero el Empetrum nigrum no es una umbelífera; si no me equivoco, yo lo he visto no hace mucho en el Pic des Moines, con sus hermosas bayas negras.

Más o menos sinónimo del anterior es ἐππετρον /e-pí-pe-tron/ "sobre piedra": en griego, según Amigues, era el nombre del Sempervivum reginae-amaliae, que, si nos fiamos de wikipedia, es una de las cuatro subespecies del Sempervivum marmoreum (marmoreumblandummatricum, y el de la reina Amalia)

Formado a partir de πτρα está, en fin, el género πετροσέλινον /pe-tro-sé-li-non/, que es el del Petroselinum crispum (P hortense, P sativum), esto es, el perejil.  El perejil se denomina en griego, según Amigues, ρεοσέλινον /o-re-o-sé-li-non/ (σέλινον /sé-li-non/ "apio": ρεοσέλινον significa "apio de monte").

Puesto que πετροσέλινον significa "apio de piedra", Isidoro, obispo de Sevilla, propuso en sus Etymologiae (17 11 2) el neologismo petrapio, calco de la voz griega, para sustituir al helenismo petroselinum.  La idea no está mal, pero parece evidente que no obtuvo ningún éxito.

Me queda enumerar los nombres específicos basados en πτρα: tenemos el Erodium petraeum, la Hornungia petraea, la Quercus petraea y, en fin, el Ribes petraeum.  Seguramente habrá más, pero no los tengo registrados.