Reflexiones en torno al latín como lengua de la botánica. Rem herbariam non perficiunt nomina, sed observationes, et descriptiones accuratae (Pietro Bubani).
domingo, 22 de noviembre de 2020
Ajo y zafiros en el barro
martes, 6 de octubre de 2020
De malvas y otras yerbas II
La malva que comían los antiguos debía de parecerse tan poco a la que hoy vemos en los baldíos como las Lactucae del borde del camino se parecen poco a las lechugas de nuestro huerto. Aquí arriba se ve la imagen de la μαλάχη χερσαία, la malva silvestre, tal como es representada, con acabado realismo, en el hermosísimo códice vienés De materia medica, el Dioscórides de Julia Anicia (códice del año 512 dE más o menos). Compárese esta figura con la del artículo anterior, del mismo códice, que representa la μαλάχη κηπαία, la malva cultivada.
Aunque ya no comemos malvas (en la península ibérica, que yo sepa; pero agradeceré a quien corrija esta impresión), aún era apreciada como verdura en Marruecos, al menos en tiempos de Pío Font Quer, quien afirma, además, que el uso de la malva como verdura es novedad aportada por los árabes. "Como verdura cocida (dice el sabio catalán) es insípida, lo cual se remienda añadiéndole una fritada de ajos y cebolla, y pimienta y otras especias, y pasándola por la sartén".
Me hace gracia la receta. Recuerda aquella del poeta Marcial, a quien no debían de gustar las acelgas (como me pasaba a mí hace tiempo) cuando escribió este dístico que las injuriaba como "fatuas":
Claro está que Font Quer menciona la malva por sus virtudes médicas, las que también interesaron a Dioscórides: el médico griego la llama μαλάχη /ma-lá-jee/ (se refiere, parece ser, a Malva sylvestris), y dice lo que sigue, en la traducción de Laguna (pág. 202): "Tenemos dos especies de malvas, una doméstica y otra salvaje: de las cuales para comer es mejor la doméstica, dado que [entiéndase: aunque] ofende al estómago. Molifica ésta el vientre, y principalmente sus tallos..." De hecho, a causa de esta virtud emoliente, los griegos relacionaban μαλάχη con el verbo μαλάσσω "ablandar".
lunes, 5 de octubre de 2020
De malvas y otras yerbas
Diz que un ciego, montado en su burro y guiado por un muchachuelo, visita una finca con intención de comprarla; allí espera ya el vendedor. El ciego se apea y ordena al lazarillo: "Muchacho, ata el burro a una mata de malvas". "No hay mata de malvas ninguna." "Pues amarra el ronzal a un marruego." "Tampoco veo marruego por ningún lado." "Pues campo que no cría ni malva ni marruego, no lo quiere el ciego".
La conseja enseña (explicaba el abuelo) que el marrubio y la malva sólo crecen en buenas tierras, y su ausencia, por ende, las declara malas. (Supuse yo entonces --y sigo suponiendo-- que el marruego es el marrubio: en el diccionario de Borao sólo encontré marrueco, definido vagamente como planta medicinal.)
domingo, 27 de septiembre de 2020
Decumbente y procumbente
Más de una vez me han preguntado por el significado preciso de estas palabras, y yo respondo lo mismo, esto es, que no lo sé: lo único que puedo decir es lo que han significado en latín clásico, o, como mucho, el significado que cabe deducir de sus componentes (prefijos, radical). En efecto, lo que significan estos adjetivos en Botánica es decisión de los botánicos: el hablante (el tipo de la calle, en su caso, o el técnico, o el profesor, o el herborizador) es quien decide el significado de una palabra, dando una vez más la razón a Humpty Dumpty: el problema no es "qué significa una palabra", sino "quién manda aquí".
En mi casa, cuando yo era niño, mi abuelo Antonio mandaba mucho. No era mi abuelo, era el abuelo de mi madre: así que mi abuelo era realmente mi bisabuelo. Había sido alcalde en su pueblo y tenía el hábito del mando. "Acércame el pelígono", decía (cuando decía: normalmente hacía el gesto, y tú tenías que adivinar). Y nosotros, obedientes, le acercábamos el bolígrafo. Él, al bolígrafo, lo llamaba pelígono. Más o menos todo el mundo tiene ejemplos en casa de voces a las que, por autoridad, por juego, o por lo que sea, se les otorga un significado arbitrario, válido sólo en el ámbito doméstico. La cuestión no es qué significa; la cuestión es quién manda (y en casa no manda la RAE).
Aquí, pues, diré lo que sé (que no es mucho) sobre el significado de las palabras en latín clásico, o según sus componentes.
En decumbente y procumbente se reconoce bien el radical del verbo cubare "estar acostado". Es un verbo corriente en latín clásico, con muchos compuestos. Por ejemplo, accubare significa "estar acostado al lado" (el prefijo ad significa cercanía), lo que en tiempos helenizados, en que los señoritos de Roma se tumbaban a comer en triclinios, equivale a "estar a la mesa junto a (otro)". Concubare sería pues (cum indica compañía) "estar acostado con", que con facilidad adopta un significado sexual (éste se reconoce en concubitus y en concubino, concubina; también en íncubo, súcubo, etc.). Incubare lo aplicamos aún a las gallinas y a su puesta.
Frente a cubare "estar acostado" (verbo, pues, de estado) el verbo *cumbere "acostarse" indica el cumplimiento de la acción (ponemos el asterisco a las palabras supuestas: pues ese verbo en latín clásico no lo conocemos suelto, sino sólo acompañado de prefijos: accumbo, incumbo, procumbo etc.). Así que frente a accubo "estoy acostado junto a", accumbo significa "me acuesto junto a".
Pues bien, los prefijos latinos son bastante precisos en su significado primitivo, que es, por supuesto, material, físico. Ad indica proximidad, cum indica compañía, per indica cruzar, atravesar, etc. Según eso, el verbo decumbere significará "tumbarse en el suelo", ya que el prefijo de vale "abajo" o "hacia abajo". Pro, por su parte, significa "hacia adelante", de modo que procumbere significa "tumbarse hacia adelante".
El uso clásico corrobora esto: decumbere indica la acción de irse a la cama, también la de sentarse a la mesa, y en particular describe el acto del gladiador que, reconociéndose derrotado, se tira por los suelos.
Por su parte, en procumbere el sujeto se inclina hacia adelante, por ejemplo para hacer frente a la fuerza del viento o a la corriente de un río, y también indica el acto de prosternarse. Pero en algunos casos se confunde con decumbo, pues significa "echarse a tierra", o "sucumbir" (en sentido material "ante los golpes del enemigo", y en sentido moral "a los placeres"; sub significa "debajo", así que succumbere originalmente significaría "echarse debajo").
Como se ve, si hay una diferencia entre los términos decumbens y procumbens sería esta: lo decumbente cae a tierra, lo procumbente sólo se inclina. (Se inclina "hacia adelante", para ser exactos; aunque en una planta, creo yo, sería difícil establecer qué es "delante" y qué es "detrás".) Claro que, si algo se inclina mucho, más bien se derriba, y entonces procumbente poco se diferencia de decumbente. En cualquier caso, ni uno ni otro participio, por sus componentes propios, indica nada (como en alguna ocasión se ha sugerido) sobre la mayor o menor erección de la porción distal.
He puesto arriba una fotografía de Prenanthes, si no me equivoco. Como todas las Prenanthes que me he encontrado tenían esa tendencia a cabecear (que no sé si se percibe bien en esa mediocre foto), a vencerse el tallo hacia el suelo, en algún momento formulé la hipótesis de que alguien creó el término πρηνανθής, que en el fondo significa "flor procumbente", por no crear un género a partir de un término como procumbens, que supongo muy corriente en las descripciones.
Dicho sea de paso, el latín médico (que es más bien medieval o renacentista, y en general poco clásico, exactamente igual que el botánico: ¿acaso no son el mismo?) llama decubitus pronus al estar tendido boca abajo (en latín clásico se hubiera dicho más bien procubans o procubante), mientras que llama decubitus supinus al estar tendido de espaldas: eso el latín clásico lo hubiera expresado más bien con el participio recubans, como en el famoso verso que inaugura las églogas virgilianas:
Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi...
"Títiro, echado de memoria bajo el dosel del haya frondosa..."
Permítanme esta broma al traducir recubans "de memoria", pues es así como dicen "boca arriba" en Sadaba y otros lugares de las Cinco Villas, y es esa una expresión que, al principio por broma (teníamos una cuñada pentapolitana), luego por costumbre, quedó en casa (como pelígono, en honor del abuelo, para designar el bolígrafo).
Verduras
domingo, 20 de septiembre de 2020
Rojo VI
En latín el nombre básico para "rojo" es ruber; creo que aquí ya hemos hablado de rúbrica, rubricar y Rubricatus o Llobregat. Pasemos derecho a los nombres botánicos. Enseguida damos con Centranthus ruber o Cytisus (pronúnciese /ký-ti-sus/) ruber, con el adjetivo en masculino. En femenino lo encontramos en la Minuartia rubra, así como la Cephalanthera, la Pulsatilla, la Spergularia, la Festuca, todas ellas con el añadido de rubra "roja"; aquí encuentro también rojas una Sarracenia, que es carnívora, y árboles rojos (rojas en latín, donde los árboles son femeninos) como el Carpinus o el Quercus rubra (el roble americano).
Por terminar con los géneros del adjetivo ruber: la forma neutra (rubrum) me aparece en el Echium rubrum y en el Ribes rubrum.
Y ya que estamos en Ribes, mencionaré que este nombre genérico no es de origen latino: Ribes viene, parece ser, del árabe rabas, a su vez originado en una palabra (rawas o rawash) que designaba en persa al Rheum ribes de Lineo (una poligonácea, como los otros ruibarbos). Encuentro que la primera documentación de ribes figura en el Liber Serapionis aggregatus in medicinis simplicibus, una traducción al latín, hacia la segunda mitad del siglo XIII, de la obra médica de ibn Sarab o Serapión.
El adjetivo ruber rubra rubrum no es raro en campos de la biología distintos de la botánica: está, por ejemplo, en el nombre del flamenco, Phoenicopterus ruber, donde coinciden en indicar ese color, tan característico del ave, tanto el latín ruber como el griego φοῖνιξ. En femenino el adjetivo está, por ejemplo, en el cerambícido Stictoleptura rubra.
Las hojas del Geranium robertianum tienen a menudo un vivo, llamativo color rojo, y es natural que ese tono, tan inusual en hojas de yerba, le haya dado nombre: en efecto, fue conocido como herba rubra. Algunos afirman que la confusión entre el adjtivo ruber y el antropónimo Robert (esto se concibe más fácilmente en el ámbito francés) explica que la planta acabase bajo la santa protección del obispo de Worms, como herba Ruperti, antes de pasar Roberto al binomen botánico. Se non è vero... es al menos verosímil. Ese geranio tiene, para más inri, subespecie purpureum.
Antes de abandonar del todo el adjetivo ruber, mencionaré también el adjetivo castellano rodeno, que da nombre local al Pinus pinaster abundante en las areniscas rojas de Teruel (y en toponimia da nombre a varios pueblos como Rodén o Rodenas). Con altísima probabilidad, rodeno viene de la raíz germánica ºrheudh- que produce red en inglés, Rot en alemán, y ruber en latín (el hecho de que los nombres de "rojo" en germánico y latín --y griego ἐρυθρός-- se remonten a la misma raíz indoeuropea confirman el carácter primigenio de ese color, según la tesis de Berlin y Kay mencionada). Y señalaré una vez más que la acentuación correcta del nombre del pueblo turolense es Rodenas, y no Ródenas, que no es más que el capricho de un alcalde del pueblo que creyó (como creen tantos panolis) que es más elegante lo esdrújulo que lo llano.
En cambio el adjetivo sanguineus o "sanguíneo" (en referencia también, claro es, al color de la sangre) lo tenemos en Cornus sanguinea, cuyas hojas al final del verano toman el color de la sangre recién coagulada; uno de sus nombres vernáculos es, al parecer, sanguino (aunque éste tambien designa, por lo visto, al Rhamnus alaternus); y con el Cornus sanguinea comparten adjetivo cromático el Crataegus sanguineus y el Geranium sanguineum.
Hay otras hierbas con nombre sangriento (sanguinarias, Lithodora fruticosa o hierba de las siete sangrías), pero ahí la sangre no expresa color sino virtud médica.
lunes, 31 de agosto de 2020
Plantas de las cumbres del Pirineo
Aunque sin particular afición a las presentaciones de libros, el azar, la amistad, los años me han llevado a unas cuantas, en los más diversos escenarios: librerías, galerías de arte, aulas, monasterios; una vez incluso (en Coimbra si no mal recuerdo) en una vieja capilla gótica convertida en cafetería universitaria. Pero el día 6 de agosto pasado asistí a la más insólita, y deliciosa a la vez: la reciente edición de Plantas de las cumbres del Pirineo (Prames) nos sacó al aire libre, en un día claro que derramaba espléndida luz sobre el lago Helado de Monte Perdido, lugar donde se presentó, muy adecuadamente, a más de tres mil metros de altura sobre el mar. Un libro así necesitaba una presentación así: extraordinarios el uno y la otra.
¡Qué estupenda, esta obra, para adictos como yo, que al conocimiento limitado de la flora suman una notable incompetencia para el manejo de las claves taxonómicas! Cada una de las más de seiscientas plantas censadas está acompañada de su correspondiente fotografía, que proporciona una imagen típica del vegetal, especialmente en su estadio florido. De modo que esta guía de vegetales alpinos es de inmediata utilidad para cualquiera que se aventure por esos riscos, tenga o no conocimientos técnicos de botánica.
Claro es que a quien busque información técnica, y esté en disposición de comprenderla, no le defraudará un texto donde cada planta reseñada se acompaña de una completísima ficha que, en abreviatura o por signos convencionales, informa de los sectores pirenaicos ocupados por el vegetal, de su abundancia o escasez, de su distribución en las diversas regiones botánicas, de sus suelos y ambientes preferidos, del trecho de alturas en que hace su vida, de su forma biológica, con el kamasutra completo de sus flores, incluidos los estilos de polinización y de dispersión de semillas, de los tipos de flor y de inflorescencia...
No pretendo ser exhaustivo; sólo quiero subrayar, por último, que cada planta dispone de precisos y elegantes dibujos que, ora muestran la imagen entera, desde la sumidad a las raíces, ora describen aquellas partes del vegetal (brácteas, flores, hojas, secciones de tallo y demás) con los rasgos más característicos para la diagnosis de la especie: el dibujo, unido a la fotografía, nos pone muy fácil la identificación a los torpecillos.
Y, claro está, texto e imágenes se completan con unas claves de identificación orientadas a facilitar la discriminación de especies en los géneros más complicados, así como los correspondientes catálogos e índices.
No está a mi alcance una valoración técnica de la obra: me faltan conocimientos. Escribo, pues, más bien como aficionado a la lectura y a los libros. La introducción a la flora alpina pirenaica, que constituye el meollo del texto, está llena de informaciones interesantes. Las fotografías de paisaje, aun orientadas a ilustrar conceptos sobre ambientes o distribución, son espléndidas. La maquetación, compleja y muy exigente, se ha resuelto con elegancia.
Y como he asistido de lejos a la gestación de esta obra, a lo largo de muchos meses, puedo hacerme una idea del esfuerzo que ha supuesto batir esas alturas inhóspitas, recopilar los datos históricos, buscar el tiempo y la luz más adecuados para fotografiar una flor, elegir y realizar el esquema con que facilitar la identificación de una compuesta... Son todo tareas de mucho empeño, en tiempo y atención, generosamente entregados sin contrapartida; tareas que sólo es posible llevar a cabo por gusto y por afición, por mucha afición.
En la fotografía, aquí arriba, obtenida ese día 6 de agosto en el lago Helado de Monte Perdido, los autores de Plantas de las cumbres del Pirineo exhiben un cartel que reproduce la portada del libro. Son, de izquierda a derecha, Ernesto Gómez, Manuel Bernal, Daniel Gómez, Antonio Campo, José Vicente Ferrández, José Ramón Retamero, y Víctor Ezquerra. Ernesto ha realizado la difícil maquetación de la obra. Daniel es, por así decir, el director de orquesta. Los demás son excelentes floristas y fotógrafos. José Vicente, además, es autor de los dibujos. Todos ellos, como he dicho más arriba, son aficionados, no en la acepción limitante, sino en el sentido noble de la palabra.
[Corre la especie de que alguno de estos cayó al bajar de Monte Perdido. Estoy en condiciones de negarlo tajantemente. Por lo demás, el valor no está en caer, sino en ser ascendido, en ser assumptus, en subir en brazos de los ángeles, como la santa virgen: eso sí que tiene mérito.]
