El mito griego registra la existencia de dos Teucros, ambos del ciclo troyano, uno el ancestro, el otro el vástago lejano. Como ocurre con tantos héroes homéricos, el nombre Τεῦκρος tiene poco aspecto griego.
El Teucro más antiguo era hijo del río Escamandro (el río de Troya) y una ninfa del monte Ida (el monte de la Tróade); aunque otras tradiciones lo dan por inmigrante de Creta, y no faltan atenienses que lo reputan hijo de Atenas. Si vino de Creta con su padre Escamandro, el motivo fue un oráculo que les ordenó establecerse allí donde fueran atacados por los "hijos del suelo". Y hete aquí que, vivaqueando en lo que luego sería Ilión, amanecieron los cueros de sus armas roídos todos de ratones. Comprendiendo que el oráculo se había cumplido, erigieron un templo a Apolo Esminteo o Apolo Ratonil (de σμίνθος "ratón" o, más bien, "rata": a este Apolo invoca el padre de Criseida en el primer canto de la Ilíada: Σμινθεῦ).
Este primer Teucro es el progenitor de la familia real troyana. Virgilio, para referirse a Troya y a los troyanos, siente preferencia por las voces Teucria y Teucri.
El otro Teucro era sobrino de Príamo (el rey de Troya cuando ésta fue destruida por los Atridas), como hijo de su hermana Hesíone, unida al rey de Salamina, Telamón: así que Teucro es también hermano del gran Áyax o Ayante Telamonio (el remoto antecedente de don Quijote, pues perdió la chaveta y se puso a alancear ovejas: la vergüenza por su mísera hazaña hizo que se suicidara al recuperar la lucidez).
Aunque Teucro era sobrino del rey troyano, participa con su hermano Ayante del ejército griego, el sitiador. Teucro era un muchacho valiente y envió a los infiernos, en buena lid, a un buen fajo de troyanos. Cuando lo del caballo de Troya, fue uno de los elegidos para ocupar sus entrañas. Sin embargo, tuvo mala suerte: de regreso a casa, su padre Telamón lo repudió por no haber ayudado más al primogénito. Teucro, desterrado, va a Chipre y allí funda la Salamina chipriota.
¿A cuál de los dos Teucros homenajea la hierba llamada τεύκριον /téu-cri-on/? Sin duda al segundo: la mayoría de nombres botánicos parecen referirse a esa generación broncínea: Heracleum (heracleon), Achillea, Centaurea.
Escribe Plinio (Naturalis historia 25 45): Invenit et Teucer eadem aetate teucrion, quam quidem hemionion vocant, spargentem iuncos tenues, folia parva, asperis locis, austero sapore; numquam florem neque semen gignunt "Por la misma época [Plinio acaba de aludir a Aquiles y la aquilea] también Teucro descubrió el teucrio, al que llaman hemionio, que esparce unos juncos delgados, hojas pequeñas, en lugares escarpados, de sabor acre. No produce flor ni simiente".
Hemionium deriva del griego ἡμίονος /he-mí-o-nos/ "mula" (un compuesto de ἡμί-, el equivalente del latín semi-, y ὄνος "burro": "mula" se dice en griego "semiburro"). Parece ser que el nombre le viene de las propiedades de la hierba para provocar esterilidad en la mujer. En efecto, del ἡμίονος habla Teofrasto (9 18 7) en estos términos: "La hoja del hemíono es para las mujeres una manera de no concebir; se mezcla, dicen, con un poco de pezuña de mula y de su piel".
Ahora bien, ¿qué vegetal es el hemíono o hemionio o el teucrio de Plinio? No hay unanimidad entre los autores, antiguos o modernos. En Dioscórides el hemíono parece ser un helecho, según Bailly; la editora de Teofrasto dice que es el Ceterach officinarum. El τεύκριον de Dioscórides es, según los diccionarios, el Teucrium lucidum; Font Quer afirma que es el Teucrium flavum.
"El teucrio cura el bazo", continúa informando Plinio: "y consta que su hallazgo fue así: habiendo tirado encima las vísceras de un sacrificio, el teucrio se adhirió al bazo y lo vació. Por eso algunos lo llaman splenion". En griego "bazo" se dice σπλήν, de donde el spleen inglés, que designa la que nosotros llamamos también pajarilla y melsa. Siempre ha tenido este órgano relación con el humor: a Baudelaire se lo ofuscaba; y nuestro dicho "alegrársele a uno las pajarillas" es, dicen, una alusión directa al bazo.
"Cuentan que los cerdos que comen la raíz del teucrio aparecen luego sin bazo". Este Plinio... Ahora que lo pienso, le pasa lo que a mí: le cuesta no soltar todas las notas que ha tomado.
Reflexiones en torno al latín como lengua de la botánica. Rem herbariam non perficiunt nomina, sed observationes, et descriptiones accuratae (Pietro Bubani).
lunes, 16 de septiembre de 2019
sábado, 24 de agosto de 2019
De Aquiles y aquileas
Aquiles es de los personajes de relieve en el panteón griego. No es un dios, pero se acerca bastante: sabido es que lo fue su madre, Tetis, diosa marina a quien un oráculo (el mito griego está lleno de amenazas oraculares, motor de la tragedia; oráculos y amenazas que, por lo demás, nadie sabe de dónde salen) pronosticó: si engendras un hijo divino, derrocará a Zeus, como hizo éste con su padre Cronos. He aquí por qué Zeus obligó a Tetis a solemne boda con un mortal, Peleo, rey de Tesalia: así no engendraría más que hijos mortales. (Los griegos creían, con un candor que Aristóteles puede compartir con cualquier subsecretario de Hacienda, que la semilla era del papá, y mamá era el tiesto.)
Tetis no se resigna a que su hijo muera y prueba con él todos los remedios que conoce o inventa para hacerlo inmortal: incluso quema su cuerpo para que lo mortal del nene se haga humo y quede sólo sustancia divina (algún mitógrafo asegura que el Aquiles que luchó en Troya era el enésimo hijo de Tetis y Peleo: los anteriores habían perecido chamuscados).
Por último, Tetis empapa al churumbel con las negras aguas del Éstige, el río infernal, que, como todo el mundo sabe, hacen invulnerable la piel que tocan (sólo falta encontrar el río, cosa hacedera para una diosa marina). Así Aquiles, si no eterno, se vuelve durillo de piel, salvo, ¡ay!, la parte por la que su madre lo sujetaba, para no ser arrastrado por la corriente estigia.
La juventud de Aquiles bajo tutela del centauro Quirón (el de la centáurea), la detección por el astuto Ulises del joven vestido de doncella, la opción por éste de una muerte gloriosa antes que una vejez oscura, su marcha a Troya, el robo de Briseida, la cólera, el llanto, Patroclo, Héctor, su muerte, en fin, por la flecha que Paris acertó a clavar en el mismísimo talón de Aquiles...; la Ilíada, en suma, ya lo conocen ustedes, o, si no, pueden leer a Homero, autor de provecho en verano, y aun en entretiempo.
A este héroe homérico está consagrada la aquilea o milenrama (este es el nombre que le da Font Quer), quizá porque las virtudes vulnerarias de la hierba cuadraban a su condición guerrera. El Dioscórides renovado da una receta de infusión aguada para lavar heridas y que encueren.
Achillea o "aquilea" es en principio un adjetivo derivado del nombre de Aquiles. La milenrama se llamó en griego ᾿Αχίλλειος /a-jíl-lei-os/, o bien ᾿Αχιλλεία /a-jil-léi-a/, "la aquilea" o "la de Aquiles"; término que no encuentro en Teofrasto pero sí en Dioscórides. Sólo que este médico parece hablar de una planta acuática también llamada στρατιώτης ὁ ποτάμιος /stra-ti-oó-tees ho po-tá-mi-os/ "soldado fluvial", que no sé si es la misma llamada στρατιώτης χιλιόφυλλος /stra-ti-oó-tees ji-li-ó-fyl-los/ "el soldado milhojas"; ahora no lo consigo precisar y, a decir verdad, no sé si merece la pena.
También aparece en Dioscórides (y en Galeno de Pérgamo) una planta llamada μυριόφυλλον /my-ri-ó-fyl-lon/ "diez mil hojas" (μύριοι no significa en realidad "diez mil", sino más bien "infinitos", "innumerables": hasta el Arenario de Arquímedes nadie se preocupó de manejar cifras que se consideraban inalcanzables; es gracioso que también los chinos, si no mienten los sinólogos, se refirieron al universo como "los diez mil seres").
En fin, esas palabras pasaron al latín como Achillea (pronunciado /a-kil-lée-a/: la E es larga, como corresponde al diptongo griego ει) y millefolium, que son transcripción y calco, respectivamente, de aquellas griegas.
En su Naturalis historia dice Plinio que la milenrama es hallazgo de Aquiles (25 42): Invenisse et Achilles discipulus Chironis qua volneribus mederetur, quae ob id Achilleos vocatur, et sanasse Telephum dicitur "también dicen que la descubrió Aquiles, el alumno de Quirón, para curar heridas, por lo que la llaman aquilea, y que con ella curó a Télefo". Y algo más adelante: Aliqui et hanc panacem Heracliam, alii sideriten et apud nos milifoliam vocant, cubitali scapo, ramosam, minutioribus quam feniculi foliis vestitam ab imo "algunos también la llaman panacea de Hércules, otros siderite y entre nosotros milifolia, el tallo de un codo de altura, ramosa, vestida desde abajo con hojillas más pequeñas que las del hinojo".
Pero, añade, otros dicen veram Achilleon esse scapo caeruleo pedali, sine ramis, ex omni parte singulis foliis rotundis eleganter vestitam "que la verdadera aquilea tiene el tallo azulado, de la altura de un pie, sin ramas, y viste con elegancia hojas simples redondas". ¿De qué planta habla aquí Plinio? Ni idea.
Tetis no se resigna a que su hijo muera y prueba con él todos los remedios que conoce o inventa para hacerlo inmortal: incluso quema su cuerpo para que lo mortal del nene se haga humo y quede sólo sustancia divina (algún mitógrafo asegura que el Aquiles que luchó en Troya era el enésimo hijo de Tetis y Peleo: los anteriores habían perecido chamuscados).
Por último, Tetis empapa al churumbel con las negras aguas del Éstige, el río infernal, que, como todo el mundo sabe, hacen invulnerable la piel que tocan (sólo falta encontrar el río, cosa hacedera para una diosa marina). Así Aquiles, si no eterno, se vuelve durillo de piel, salvo, ¡ay!, la parte por la que su madre lo sujetaba, para no ser arrastrado por la corriente estigia.
La juventud de Aquiles bajo tutela del centauro Quirón (el de la centáurea), la detección por el astuto Ulises del joven vestido de doncella, la opción por éste de una muerte gloriosa antes que una vejez oscura, su marcha a Troya, el robo de Briseida, la cólera, el llanto, Patroclo, Héctor, su muerte, en fin, por la flecha que Paris acertó a clavar en el mismísimo talón de Aquiles...; la Ilíada, en suma, ya lo conocen ustedes, o, si no, pueden leer a Homero, autor de provecho en verano, y aun en entretiempo.
A este héroe homérico está consagrada la aquilea o milenrama (este es el nombre que le da Font Quer), quizá porque las virtudes vulnerarias de la hierba cuadraban a su condición guerrera. El Dioscórides renovado da una receta de infusión aguada para lavar heridas y que encueren.
Achillea o "aquilea" es en principio un adjetivo derivado del nombre de Aquiles. La milenrama se llamó en griego ᾿Αχίλλειος /a-jíl-lei-os/, o bien ᾿Αχιλλεία /a-jil-léi-a/, "la aquilea" o "la de Aquiles"; término que no encuentro en Teofrasto pero sí en Dioscórides. Sólo que este médico parece hablar de una planta acuática también llamada στρατιώτης ὁ ποτάμιος /stra-ti-oó-tees ho po-tá-mi-os/ "soldado fluvial", que no sé si es la misma llamada στρατιώτης χιλιόφυλλος /stra-ti-oó-tees ji-li-ó-fyl-los/ "el soldado milhojas"; ahora no lo consigo precisar y, a decir verdad, no sé si merece la pena.
También aparece en Dioscórides (y en Galeno de Pérgamo) una planta llamada μυριόφυλλον /my-ri-ó-fyl-lon/ "diez mil hojas" (μύριοι no significa en realidad "diez mil", sino más bien "infinitos", "innumerables": hasta el Arenario de Arquímedes nadie se preocupó de manejar cifras que se consideraban inalcanzables; es gracioso que también los chinos, si no mienten los sinólogos, se refirieron al universo como "los diez mil seres").
En fin, esas palabras pasaron al latín como Achillea (pronunciado /a-kil-lée-a/: la E es larga, como corresponde al diptongo griego ει) y millefolium, que son transcripción y calco, respectivamente, de aquellas griegas.
En su Naturalis historia dice Plinio que la milenrama es hallazgo de Aquiles (25 42): Invenisse et Achilles discipulus Chironis qua volneribus mederetur, quae ob id Achilleos vocatur, et sanasse Telephum dicitur "también dicen que la descubrió Aquiles, el alumno de Quirón, para curar heridas, por lo que la llaman aquilea, y que con ella curó a Télefo". Y algo más adelante: Aliqui et hanc panacem Heracliam, alii sideriten et apud nos milifoliam vocant, cubitali scapo, ramosam, minutioribus quam feniculi foliis vestitam ab imo "algunos también la llaman panacea de Hércules, otros siderite y entre nosotros milifolia, el tallo de un codo de altura, ramosa, vestida desde abajo con hojillas más pequeñas que las del hinojo".
Pero, añade, otros dicen veram Achilleon esse scapo caeruleo pedali, sine ramis, ex omni parte singulis foliis rotundis eleganter vestitam "que la verdadera aquilea tiene el tallo azulado, de la altura de un pie, sin ramas, y viste con elegancia hojas simples redondas". ¿De qué planta habla aquí Plinio? Ni idea.
martes, 6 de agosto de 2019
Flores del Puigmal II
Así, pues, la foto de la página anterior es de una Achillea ptarmica. Ahora, para despistar, pongo aquí una foto de la Arnica montana. Ya sé que es una tontería pero de las Achilleae yo sólo conocía la millefolium y me ha alegrado saber que tiene una prima trabajando en el Pirineo. Me preguntó G. por el significado de ptarmica y no supe responderle y, como suelo en estos casos, llegado a casa intento llenar el vacío.
(Dicho sea de paso, a menudo anoto aquí las dudas que me surgen; pero a veces me encuentro sin saber por dónde tirar. Como el propósito inicial de este cuaderno es ser útil, solicito, por la presente, de sus lectores la formulación de cuantas dudas les ocurran, por vía de comentario --o por la vía que quieran. No lo he hecho antes porque encuentro pretencioso pontificar sobre nomenclatura botánica sin distinguir una cárex de una lechuga; pero el lector sabrá mejor, a estas alturas, a qué atenerse. Yo, desde luego, responderé encantado lo que sepa y --ay, me temo-- también lo que no sepa.)
Pues bien, acorazado ya con mamotretos y calepinos, puedo decir ahora que ptarmica o, en castellano, ptármica, significa "estornutatoria", y continúa el adjetivo griego de igual significado πταρμικός /ptar-mi-cós/, femenino πταρμική /ptar-mi-keé/ (de ahí el latín ptarmica, esdrújula por ser la I breve). Ese adjetivo es primo de la voz griega πταρμός /ptar-mós/ "estornudo" y del verbo πταίρω /ptái-roo/ que, ya lo habrá usted adivinado, significa "estornudar".
Lo que me resulta prodigioso es que, buscando luego la etimología de arnica (otra interesante pregunta de G., a quien doy las gracias: tampoco supe qué responder porque desconocía esa palabra latina), me encuentro con lo siguiente: arnica falta en los diccionarios de latín clásico. Y el amigo Corominas afirma que la voz castellana "árnica" proviene "del latín moderno botánico arnica, que parece una deformación del griego πταρμικός..."; en apoyo de esta hipótesis invita a comparar "los nombres populares del árnica: estornudadera, tabaco de montaña", y su nombre starnutella usual en el norte de Italia. Ahora bien, concluye el maestro Corominas, "no está explicada esta deformación".
El Dioscórides renovado de Font Quer confirma esos nombres vulgares, y agrega otros más; en cuanto a la etimología, añade don Pío una interesante información, en apoyo de aquella: la Flora española de Quer designa esta planta con la variante armica o ármica. No obstante, reconoce que la etimología es incierta.
Encontramos Arnica montana al día siguiente, en un rincón fresco y rico adonde nos llevó J.V. Ésa, la de la foto, es la auténtica árnica, la Arnica montana de Lineo (hojas caulinares opuestas). Enumera Font Quer las muchas especies que han sido abusivamente llamadas árnica (Inula montana, Inula helenioides, Asteriscus spinosus...) y concluye: "En fin, cualquier planta de esta familia, con tal que sus flores sean amarillas, puede pasar por árnica, y no sólo en nuestro país, sino en otros muchos países europeos. Y a menudo la persuasión de las gentes es tan firme que se irritan cuando se niega veracidad a sus asertos y se les dice que su árnica no es árnica ni mucho menos".
domingo, 4 de agosto de 2019
Flores del Puigmal
Después de un tiempo en que, lo confieso, tenía a las hierbas abandonadas, no hay como un encuentro con los amigos botánicos para recuperar el entusiasmo. Con esta tribu estupenda y sabia subimos al Puigmal en un día hermosísimo que deparó toda suerte de bellezas, desde ranitas y potrillos en los prados hasta los colores, ora ferruginosos ora nacarados, de los esquistos próximos a la cumbre.
Y las plantas, claro. Eran para mí casi todas novedad, y apunté sus nombres, con esperanza de aprender alguno. Ahora, de vuelta en casa, fatigo diccionarios con entusiasmo delegado, en la alegre inercia de un par de días deliciosos.
Una de la estrellas de la jornada fue, si no me equivoco, la Xatardia scabra (por ignorancia, yo había anotado Satardia), una umbelífera que prospera entre el pedregullo de la cuesta, de bien dibujadas hojas y grueso tallo, a menudo pastado por las bestias: el sabor de la hoja me recordó al hinojo. Parece que crece sólo en esta zona del Pirineo, y más aún en suelo calcáreo. En francés lo llaman persil d'isard y en catalán julivert d'isard, porque lo comen los sarrios, imagino.
De los artículos publicados en la red deduzco que hay cierta polémica sobre la pronunciación de la X inicial: quién decreta una X catalana (en lo que les apoya la etimología, claro está), quién una especie de CH francesa. Yo seguiré mi costumbre y procuraré pronunciar /ks/ que es el uso latino con esa letra (y con la ξ griega).
No cuesta mucho averiguar que el nombre del género es un neologismo que honra a Bartomeu Xatart Boix (1774-1846), boticario y natural de Prats de Molló (el pueblo desde donde Maciá quiso invadir España en noviembre de 1926: eran los tiempos de la dictadura de Primo, y la gendarmería francesa nos salvó; en Vilanova han alzado a su ilustre hijo un monumento feísimo, para mi gusto). También Xatart tuvo interés en la cosa pública, pues fue alcalde de Prats en tiempos de Pepe Botella (1808-1814), y más tarde miembro del consejo regional.
A la Xatardia (género monoespecífico) Lapeyrouse la bautizó Selinum scabrum (el basónimo); Petit luego Angelica scabra, y por último Gay la dedicó a Petit con el nombre de Petitia scabra; el término que honra al farmacéutico Xatart es de Meissner, 1838. En opinión de Saenz de Rivas se debió llamar Xatartia y no Xatardia. (Más tarde, Bubani usó el nombre de Xatardia pyrenaica.)
En lo que la mayoría coincide es en lo de scabra, femenino del adjetivo scaber: en mis apuntes botánicos sólo encuentro la forma scabra, y el neutro scabrum en el Selinum citado y en un trébol (el masculino sí lo veo en una cochinilla y en cierto pez rata). Scaber (pronunciado scá-ber: los mesetarios tendemos a meter una sílaba de más y decir es-cá-ber) significa en latín clásico "áspero", "rugoso", y también "sucio", con diversos matices, incluidos los figurados. La raíz es la misma del verbo scabo "rascar", "raspar", y de los sustantivos scobis "eccema" (nada que ver con el español escoba), y scabies que vale "suciedad" y también "sarna". (Parece ser que las plantas llamadas scabiosae tuvieron virtud para curar la sarna.) También es de la familia el adjetivo scabrosus que alude al terreno áspero y desigual, pero también tiene, desde Prudencio al menos, un sentido moral que aún hoy es corriente.
En la Xatardia el apelativo específico le viene al parecer de las escamas, resto de las vainas, que hacen áspero el tacto de las hojas basales, y de los radios de la umbela que son escábridos (adjetivo de igual origen que scabies y que significa, según el diccionario de Font Quer, "algo ásperos y rugosos").
Era mi intención referirme a la Achillea ptarmica, cuya foto he incluido arriba; pero me he alargado demasiado con la Xatardia y dejo para otro rato a la flor de Aquiles.
jueves, 25 de julio de 2019
Géneros imperiales II
Otro botánico al que tocó vivir la revolución fue Pedro de Ventenat, con azares biográficos muy propios de la época, si bien fue su vida menos agitada que la de Palisot de Beauvois.
Étienne Pierre Ventenat (o de Ventenat) nació en Limoges en 1757 y siguió la carrera eclesiástica (una de las vías, aún en el siglo XX, para escapar del azadón y la pala): el muchacho era listo y no le fue mal, pues llegó a dirigir la biblioteca de Santa Genoveva, una de las grandes instituciones culturales de París. Sin embargo, cabe deducir una débil vocación eclesiástica, ya que apenas tuvo ocasión colgó los hábitos y regresó al estado laico.
Para entonces ya se había interesado por la botánica, y a ella se consagró en lo sucesivo. En 1792 publicó un ensayo sobre los musgos, y un manual de botánica un par de años después: en frimario del año IV (diciembre de 1795) ingresó en la Academia de Ciencias. Pero llegó a la cumbre cuando tropezó con una ardiente moza caribeña llamada María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie.
Como es sabido, Napoleón Bonaparte quedó prendado de Rosita Tascher (a quien la guillotina acababa de dejar viuda del general Beauharnais) y casó con ella en marzo de 1796, justo antes de partir para la campaña de Italia que lo acercaría al poder. Los amantes de su señora habían sido tantos (incluido el ministro Barras, el que lo enviaba a Italia) que, según se dice, Napoleón prefirió llamarla Joséphine en lugar de Rosita, nombre de flor que había pasado por demasiadas bocas.
Apelativos aparte, nadie podía dudar de las aficiones botánicas de la señora Bonaparte, pues al palacete comprado en 1798, la Malmaison, lo rodeó de invernaderos para vegetales exóticos (ante todo los de su isla natal, la Martinica) y creó una rosaleda (en honor a su nombre) que era la admiración de París y el orgullo de su propietaria.
Ahí es donde se cruzan los destinos de Pedro Ventenat y Josefina Bonaparte. Ésta quiere editar un libro que encarezca la riqueza botánica de la Malmaison, y solicita para ello al mejor ilustrador florístico de París, Pierre Joseph Rédouté, y al botánico de moda, el amigo Ventenat. He aquí el origen de uno de los libros más caros de la historia botánica, Jardin de la Malmaison, editado en París, con tiradas reducidísimas, exclusivas, en varias entregas entre 1803 y 1805. En medio de ellas, Josefina pasó de señora Bonaparte a emperatriz de los franceses.
(Odio las ediciones de lujo promovidas por el poder y que se reparten entre sí los colegas de la pomada. He visto la Historia de Plinio, una edición de quitar el hipo, en el anaquel de un caballero que silabea al leer; y un facsímil precioso del Herbario unibersal de Egenolff, editado por el gobierno de Navarra, protocolariamente regalado a una señora que no distingue un pino de una margarita. A la señora la perdono, porque a su vez me hizo donación de su ejemplar del Herbario. También Napoleón Bonaparte regaló el carísimo Jardin de la Malmaison... ¡al padre de su segunda esposa! Fino diplomático.)
Ese mismo año 1804 en que Josefina se vio coronada, Pierre Ventenat describió una planta aromática australiana y la bautizó Calomeria. ¿De dónde este curioso nombre? Era una adulación sutil: como la Napoleonaea de Beauvois, pero más discreta. ¿Quién iba a adivinar que, significando καλός /ka-lós/ "bello", y μερίς /me-rís/ "parte", aludía la Calomeria amaranthoides a la "Bella parte" o (vista la confusión nativa de Grecia entre bondad y belleza) a la "Buena parte", esto es, a Bonaparte?
Ese detalle semántico de καλός "bello" y, por ende, "bueno", no debió de tenerlo en cuenta el señor Mordant de Launay (o Delaunay: más o menos contemporáneo de Ventenat, a él está dedicado el género Launaya, luego llamado Launaea), porque sustituyó el género Calomeria (no he logrado averiguar en qué fecha o en qué condiciones exactamente) por el equivalente semántico Agathomeris (ἀγαθός /a-ga-zós/ "bueno", luego Agathomeris = Bonaparte).
Étienne Pierre Ventenat (o de Ventenat) nació en Limoges en 1757 y siguió la carrera eclesiástica (una de las vías, aún en el siglo XX, para escapar del azadón y la pala): el muchacho era listo y no le fue mal, pues llegó a dirigir la biblioteca de Santa Genoveva, una de las grandes instituciones culturales de París. Sin embargo, cabe deducir una débil vocación eclesiástica, ya que apenas tuvo ocasión colgó los hábitos y regresó al estado laico.
Para entonces ya se había interesado por la botánica, y a ella se consagró en lo sucesivo. En 1792 publicó un ensayo sobre los musgos, y un manual de botánica un par de años después: en frimario del año IV (diciembre de 1795) ingresó en la Academia de Ciencias. Pero llegó a la cumbre cuando tropezó con una ardiente moza caribeña llamada María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie.
Como es sabido, Napoleón Bonaparte quedó prendado de Rosita Tascher (a quien la guillotina acababa de dejar viuda del general Beauharnais) y casó con ella en marzo de 1796, justo antes de partir para la campaña de Italia que lo acercaría al poder. Los amantes de su señora habían sido tantos (incluido el ministro Barras, el que lo enviaba a Italia) que, según se dice, Napoleón prefirió llamarla Joséphine en lugar de Rosita, nombre de flor que había pasado por demasiadas bocas.
Apelativos aparte, nadie podía dudar de las aficiones botánicas de la señora Bonaparte, pues al palacete comprado en 1798, la Malmaison, lo rodeó de invernaderos para vegetales exóticos (ante todo los de su isla natal, la Martinica) y creó una rosaleda (en honor a su nombre) que era la admiración de París y el orgullo de su propietaria.
Ahí es donde se cruzan los destinos de Pedro Ventenat y Josefina Bonaparte. Ésta quiere editar un libro que encarezca la riqueza botánica de la Malmaison, y solicita para ello al mejor ilustrador florístico de París, Pierre Joseph Rédouté, y al botánico de moda, el amigo Ventenat. He aquí el origen de uno de los libros más caros de la historia botánica, Jardin de la Malmaison, editado en París, con tiradas reducidísimas, exclusivas, en varias entregas entre 1803 y 1805. En medio de ellas, Josefina pasó de señora Bonaparte a emperatriz de los franceses.
(Odio las ediciones de lujo promovidas por el poder y que se reparten entre sí los colegas de la pomada. He visto la Historia de Plinio, una edición de quitar el hipo, en el anaquel de un caballero que silabea al leer; y un facsímil precioso del Herbario unibersal de Egenolff, editado por el gobierno de Navarra, protocolariamente regalado a una señora que no distingue un pino de una margarita. A la señora la perdono, porque a su vez me hizo donación de su ejemplar del Herbario. También Napoleón Bonaparte regaló el carísimo Jardin de la Malmaison... ¡al padre de su segunda esposa! Fino diplomático.)
Ese detalle semántico de καλός "bello" y, por ende, "bueno", no debió de tenerlo en cuenta el señor Mordant de Launay (o Delaunay: más o menos contemporáneo de Ventenat, a él está dedicado el género Launaya, luego llamado Launaea), porque sustituyó el género Calomeria (no he logrado averiguar en qué fecha o en qué condiciones exactamente) por el equivalente semántico Agathomeris (ἀγαθός /a-ga-zós/ "bueno", luego Agathomeris = Bonaparte).
Después del cálido homenaje al jefe, Ventenat, claro es, no olvidó homenajear a la jefa: y así bautizó a la Josephinia imperatricis, una pedaliácea de lindas flores, también australiana, cuyo nombre no requiere explicación.
domingo, 21 de julio de 2019
Géneros imperiales
Se encuentra uno a veces con biografías fascinantes, tal vez por lo aventurero, tal vez por lo dramático, no pocas por lo ridículo. Todo se mezcla y acelera en esos momentos críticos de la historia que llamamos revolución. Entretenido en buscar fitónimos honorarios he caído en las vidas de varios de los botánicos que vivieron a finales del siglo XVIII y les tocó, por tanto, para bien o para mal, sufrir los avatares de la gran revolución francesa.
Fue el primero de ellos Ambrosio Palisot de Beauvois, que en mi biblioteca aparece como estudioso de los insectos y la flora africanos y creador del género Napoleonaea. Su historia es bien curiosa.
Ambrose Marie Joseph Palisot de Beauvois nació en Arras en el seno de una familia de la nobleza menor, pero su talento le llevó pronto a la abogacía del Parlamento de París (en el antiguo régimen el Parlamento era un tribunal superior de justicia: sólo cuatro en toda Francia) y al cargo de receveur général, una especie de inspector de hacienda de alto rango. Nacer barón y ser inspector de Hacienda es mala idea cuando se prepara una revolución. (Algo similar era Antonio Lavoisier, y al padre de la Química le costó el cuello.)
Lo que salvó el pellejo del barón de Beauvois fue su particular camino de Damasco: de pronto descubrió la biología ("historia natural", se decía entonces) y mudó el rumbo de su vida. Para cuando empezaron a cortarse cuellos de nobles y recaudadores de impuestos él estaba en América. Había comenzado por viajar a África, en 1786, para estudiar, entre otras cosas, la naturaleza de la actual república de Dahomey: allí formó una gran colección con plantas e insectos de Benín y Oware. Luego viajó a la isla de Santo Domingo, donde llegó a ser miembro del consejo regente de Haití.
Pero el que nace con el paso cambiado tiene mal arreglo. En Haití Palisot de Beauvois combatió enérgicamente el abolicionismo, convencido (y no le faltaba razón) de que era una estrategia de los ingleses para hundir la economía francesa de la isla. Pero su postura no podía ser más inoportuna, pues justo en esos días estaba Francia promulgando la igualdad de razas (1792), y en la isla estalla la revolución antiesclavista encabezada por el general Toussaint-Louverture.
Pero la historia estaba decidida a no poner las cosas fáciles al barón de Beauvois. Me faltan datos del botánico en el último período de su vida, pero sospecho que este antiguo miembro de la petite noblesse (y miembro de la vieja noblesse de robe) tuvo tiempo, con la restauración de los Borbones, de arrepentirse de su gesto delicado y de sus simpatías napoleónicas. Para cuando publica, en 1819, el tomo de su Flore de Bénin donde aparece la Napoleonaea imperialis (ahora rotulada Napoleona), reina en Francia el hermano del decapitado Luis XVI, y el rencor inglés ha condenado al emperador a pudrirse en el islote atlántico de Santa Elena. Una vez más, Beauvois es inoportuno. Para la nueva edición utiliza la vieja plancha con que imprimió la plaquette de 1804, pero se toma la molestia de borrar la vieja dedicatoria. Hombre escarmentado.
Fue el primero de ellos Ambrosio Palisot de Beauvois, que en mi biblioteca aparece como estudioso de los insectos y la flora africanos y creador del género Napoleonaea. Su historia es bien curiosa.
Ambrose Marie Joseph Palisot de Beauvois nació en Arras en el seno de una familia de la nobleza menor, pero su talento le llevó pronto a la abogacía del Parlamento de París (en el antiguo régimen el Parlamento era un tribunal superior de justicia: sólo cuatro en toda Francia) y al cargo de receveur général, una especie de inspector de hacienda de alto rango. Nacer barón y ser inspector de Hacienda es mala idea cuando se prepara una revolución. (Algo similar era Antonio Lavoisier, y al padre de la Química le costó el cuello.)
Lo que salvó el pellejo del barón de Beauvois fue su particular camino de Damasco: de pronto descubrió la biología ("historia natural", se decía entonces) y mudó el rumbo de su vida. Para cuando empezaron a cortarse cuellos de nobles y recaudadores de impuestos él estaba en América. Había comenzado por viajar a África, en 1786, para estudiar, entre otras cosas, la naturaleza de la actual república de Dahomey: allí formó una gran colección con plantas e insectos de Benín y Oware. Luego viajó a la isla de Santo Domingo, donde llegó a ser miembro del consejo regente de Haití.
Pero el que nace con el paso cambiado tiene mal arreglo. En Haití Palisot de Beauvois combatió enérgicamente el abolicionismo, convencido (y no le faltaba razón) de que era una estrategia de los ingleses para hundir la economía francesa de la isla. Pero su postura no podía ser más inoportuna, pues justo en esos días estaba Francia promulgando la igualdad de razas (1792), y en la isla estalla la revolución antiesclavista encabezada por el general Toussaint-Louverture.
Escapado por los pelos a la muerte al comienzo de la rebelión contra los negreros, Palisot se ve en Estados Unidos, en Filadelfia, proscrito por la revolución, con sus papeles y colecciones perdidos y él mismo, reducido a la indigencia, convertido en artista de circo para sobrevivir. Sin embargo, su vocación persiste, y con ayuda del embajador francés organiza una expedición naturalística a la tierra de los cheroquis.
Pero en Francia, mientras tanto, las cosas están cambiando: el petit caporal se ha convertido en el primer cónsul, y de primer cónsul está subiendo a emperador a paso de carga. Por de pronto, restablece la esclavitud en las colonias (ley de 20 de mayo de 1802) y retira la nacionalidad francesa a los negros (ley de 17 de julio de 1802). Yo creo que Beethoven no se enteró de esto, porque para romper la dedicatoria de su tercera sinfonía esperó a diciembre de 1804, cuando el pequeño militar, en esa misma catedral de París que acaba de arder no hace mucho, quitó la corona de las manos de Pío VII para calzársela en su propio cráneo.
Esclavista rehabilitado, Beauvois regresa a la patria y comienza en París la edición de su Flore d'Oware et de Bénin, un trabajo hercúleo que sólo concluirá en 1820, el año de su muerte. Ahora está tan contento: ser barón ya no es un crimen, y los mariscales del imperio empiezan a ser archiduques y marqueses. Conmovido, Palisot de Beauvois dedica al gran corso una planta tropical africana de hermosas flores redondas, la bautiza Napoleonaea imperialis, y para difundir su delicado gesto publica, coincidiendo con la coronación de Bonaparte, una plaquette con la imagen de la planta y una sentida dedicatoria al nuevo amo de Francia.
Pero en Francia, mientras tanto, las cosas están cambiando: el petit caporal se ha convertido en el primer cónsul, y de primer cónsul está subiendo a emperador a paso de carga. Por de pronto, restablece la esclavitud en las colonias (ley de 20 de mayo de 1802) y retira la nacionalidad francesa a los negros (ley de 17 de julio de 1802). Yo creo que Beethoven no se enteró de esto, porque para romper la dedicatoria de su tercera sinfonía esperó a diciembre de 1804, cuando el pequeño militar, en esa misma catedral de París que acaba de arder no hace mucho, quitó la corona de las manos de Pío VII para calzársela en su propio cráneo.
Esclavista rehabilitado, Beauvois regresa a la patria y comienza en París la edición de su Flore d'Oware et de Bénin, un trabajo hercúleo que sólo concluirá en 1820, el año de su muerte. Ahora está tan contento: ser barón ya no es un crimen, y los mariscales del imperio empiezan a ser archiduques y marqueses. Conmovido, Palisot de Beauvois dedica al gran corso una planta tropical africana de hermosas flores redondas, la bautiza Napoleonaea imperialis, y para difundir su delicado gesto publica, coincidiendo con la coronación de Bonaparte, una plaquette con la imagen de la planta y una sentida dedicatoria al nuevo amo de Francia.
Pero la historia estaba decidida a no poner las cosas fáciles al barón de Beauvois. Me faltan datos del botánico en el último período de su vida, pero sospecho que este antiguo miembro de la petite noblesse (y miembro de la vieja noblesse de robe) tuvo tiempo, con la restauración de los Borbones, de arrepentirse de su gesto delicado y de sus simpatías napoleónicas. Para cuando publica, en 1819, el tomo de su Flore de Bénin donde aparece la Napoleonaea imperialis (ahora rotulada Napoleona), reina en Francia el hermano del decapitado Luis XVI, y el rencor inglés ha condenado al emperador a pudrirse en el islote atlántico de Santa Elena. Una vez más, Beauvois es inoportuno. Para la nueva edición utiliza la vieja plancha con que imprimió la plaquette de 1804, pero se toma la molestia de borrar la vieja dedicatoria. Hombre escarmentado.
miércoles, 10 de julio de 2019
Vagabundia
Ayer hablaban por radio de Periplaneta (nombre que la zoología concede a ciertas cucarachas, por ejemplo la roja o P. americana): "Este insecto --decían más o menos-- se extiende por todo el mundo, como lo indica su nombre, que significa alrededor del planeta..." He tratado de comprobar si en efecto aquella especie es cosmopolita pero es más bien friolera y nunca abandona la zona de temperaturas cálidas. Aquella etimología, pues, no es exacta.
Cierto que περί /pe-rí/ significa "alrededor", pero hoy damos a la palabra planeta un valor muy distinto del que tuvo en su origen. Nadie llamaría hoy planeta al sol ni a la luna: todo el mundo sabe que el primero es una estrella y el segundo un satélite. La ciencia es tan estricta con esa palabra que no hace mucho desplanetó a Plutón, por dar vueltas como no debía. Para los griegos de hace dos mil años, sin embargo, tanto el sol como la luna (o Mercurio, Venus, Marte y cualquier astro visible por nosotros del sistema solar) es πλανήτης /pla-neé-tees/ "errante", puesto que vaga, camina, traza su caprichosa senda sobre el fondo inmutable de las estrellas fijas.
Del verbo πλανάω "vagabundear" deriva una buena porción de palabras griegas (como πλανήτης, o como πλάνος, que designa al charlatán que va de feria en feria) y asimismo palabrejas técnicas como periplaneta (cuyo significado sería más bien "que vaga en torno" o "errante por los alrededores", buen nombre para cucaracha). También las hay botánicas, por ejemplo planeta, que en botánica, según el diccionario de Font Quer, es sinónimo de zoóspora (espora con movimiento propio), y además planetismo, planócito, planococo, planozigoto y muchas otras que empiezan por plano- con el sentido general de "móvil". (Hay que excluir algunas, claro está, como planícola, o planozono, donde no está el griego πλάνος "divagante" sino el latín planus "llano".)
A esta serie hay que añadir la que empieza por aplano-, con el prefijo negativo ἀ- y por tanto con el sentido contrario de "inmóvil": aplanogámeta, aplanogonidio, aplanóspora... Ahí están, en el diccionario mentado, en su orden alfabético.
Con el verbo πλανάω se relaciona otro, πλάζω /plá-dsoo/ propiamente "estar extraviado", quizá por culpa de Ulises, el héroe necesitado de GPS por antonomasia, al que Homero describe nada más empezar la Odisea como ὃς μάλα πολλὰ πλάγχθη "el que anduvo muy perdido". En cualquier caso, de πλάζω viene no solo ese aoristo πλάγχθη sino también el adjetivo verbal πλαγκτός "errabundo", de cuya forma neutra viene nuestro plancton (sería más propio llamarlo plancto pero para evitar la confusión con las plañideras dejémoslo así) que designa a los animálculos arrastrados de las corrientes marinas.
Mirando estos asuntos acabo de enterarme de que además de plancton hay pleuston (derivado del verbo πλέω "navegar") que designaría a los seres vivos no diminutos que vagan por las aguas; Ulises y sus camaradas, pues, con su tamaño porcino (Atenea me perdone), no entrarían en el plancton, sino en el pleuston.
La raíz de πλάζω tiene muchísimos parientes, como πλάγιος "oblicuo" (en botánica plagiotropismo, por ejemplo; también de ahí nuestro plagio o robo intelectual) o el latín plango "darse golpes de pecho", "llorar" (aquí entran nuestras plañideras), y se sospecha además que es la misma de πλήσσω /pleés-soo/ "golpear" (y aquí tendríamos que dar cabida al plectro, a la apoplejía y a muchas palabras más), así que mejor quedémonos aquí, que ya está bien.
Cierto que περί /pe-rí/ significa "alrededor", pero hoy damos a la palabra planeta un valor muy distinto del que tuvo en su origen. Nadie llamaría hoy planeta al sol ni a la luna: todo el mundo sabe que el primero es una estrella y el segundo un satélite. La ciencia es tan estricta con esa palabra que no hace mucho desplanetó a Plutón, por dar vueltas como no debía. Para los griegos de hace dos mil años, sin embargo, tanto el sol como la luna (o Mercurio, Venus, Marte y cualquier astro visible por nosotros del sistema solar) es πλανήτης /pla-neé-tees/ "errante", puesto que vaga, camina, traza su caprichosa senda sobre el fondo inmutable de las estrellas fijas.
Del verbo πλανάω "vagabundear" deriva una buena porción de palabras griegas (como πλανήτης, o como πλάνος, que designa al charlatán que va de feria en feria) y asimismo palabrejas técnicas como periplaneta (cuyo significado sería más bien "que vaga en torno" o "errante por los alrededores", buen nombre para cucaracha). También las hay botánicas, por ejemplo planeta, que en botánica, según el diccionario de Font Quer, es sinónimo de zoóspora (espora con movimiento propio), y además planetismo, planócito, planococo, planozigoto y muchas otras que empiezan por plano- con el sentido general de "móvil". (Hay que excluir algunas, claro está, como planícola, o planozono, donde no está el griego πλάνος "divagante" sino el latín planus "llano".)
A esta serie hay que añadir la que empieza por aplano-, con el prefijo negativo ἀ- y por tanto con el sentido contrario de "inmóvil": aplanogámeta, aplanogonidio, aplanóspora... Ahí están, en el diccionario mentado, en su orden alfabético.
Con el verbo πλανάω se relaciona otro, πλάζω /plá-dsoo/ propiamente "estar extraviado", quizá por culpa de Ulises, el héroe necesitado de GPS por antonomasia, al que Homero describe nada más empezar la Odisea como ὃς μάλα πολλὰ πλάγχθη "el que anduvo muy perdido". En cualquier caso, de πλάζω viene no solo ese aoristo πλάγχθη sino también el adjetivo verbal πλαγκτός "errabundo", de cuya forma neutra viene nuestro plancton (sería más propio llamarlo plancto pero para evitar la confusión con las plañideras dejémoslo así) que designa a los animálculos arrastrados de las corrientes marinas.
Mirando estos asuntos acabo de enterarme de que además de plancton hay pleuston (derivado del verbo πλέω "navegar") que designaría a los seres vivos no diminutos que vagan por las aguas; Ulises y sus camaradas, pues, con su tamaño porcino (Atenea me perdone), no entrarían en el plancton, sino en el pleuston.
La raíz de πλάζω tiene muchísimos parientes, como πλάγιος "oblicuo" (en botánica plagiotropismo, por ejemplo; también de ahí nuestro plagio o robo intelectual) o el latín plango "darse golpes de pecho", "llorar" (aquí entran nuestras plañideras), y se sospecha además que es la misma de πλήσσω /pleés-soo/ "golpear" (y aquí tendríamos que dar cabida al plectro, a la apoplejía y a muchas palabras más), así que mejor quedémonos aquí, que ya está bien.
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