lunes, 29 de abril de 2019

De clavos y claveles

Oigo afirmar por radio que la palabra dianthus significa "flor de dios" y me sobresalto, porque llevo algún tiempo confuso con esa voz que, aunque parece corresponder al griego *δίανθος /dí-an-zos/ (o algo parecido), nunca la hallé en los diccionarios que manejo, ni latinos ni griegos.  (Lo más parecido, διανθής /di-an-zeés/, es un adjetivo que vale, según los diccionarios, "de doble flor" o "de flor variada".)  Por otra parte, teniendo el griego una preposición tan viva como διά (/di-á/ "a través de": la que salta a la vista en διανθής), mal podría surgir de aquel presunto nombre alusión alguna a "dios" o, más bien, a "Zeus".

No obstante, vuelvo a cavilar sobre el asunto, ahora con una nueva arma en mi poder, la edición de Susana Amigues de la Historia plantarum de Teofrasto.  Y en su índice, ¡oh, gozo del filólogo marmolillo pero entusiasta!, encuentro por fin una voz griega que se parece a dianthus y que significa oeillet. esto es, "clavel": διόσανθος /di-ó-san-zos/.  Una nota de Amigues aclara que los manuscritos dan preferencia a la forma Διὸς ἄνθος /Di-ós án-zos/ "flor de Zeus", pero la editora opta por la forma διόσανθος cuando su significado es oeillet.  (Lo mismo ocurre con Διὸς βάλανος o "bellota de Zeus", que escribe διοσβάλανος cuando significa "castaño", Castanea sativa.)

Aclaro, para mis lectoras no especializadas (sé que tengo al menos dos, atentas y fieles; bueno, quizá sólo fieles), que el clavel pertenece al género Dianthus, incluido en la familia botánica de las cariofiláceas o Caryophyllaceae.  Y estos términos concentran una porción de ambigüedades y confusiones (por lo menos mías) que trataré aquí de aquilatar.

La voz griega καρυόφυλλον /ca-ry-ó-fyl-lon/ parece estar formada por κάρυον "nuez" y φύλλον "hoja".  De φύλλον escribí en el artículo ¿Mesófilo o mesofilo?  Κάρυον /ká-ry-on/ por su parte significa el fruto del nogal, y también otros frutos secos, o la idea general de "núcleo".  Es gracioso que el diminutivo, καρύδιον /ka-rý-di-on/ "nuececita" designe a la avellana, en exacto paralelo con el francés noisette.  (Y, por decirlo todo, cerca de Esparta un pueblecito se llamó Καρύαι /ka-rý-ai/ "Nogales", como tantos pueblos que en España se llaman Nocedo, Nocedal, Nogueira...; y de ahí salieron las cariátides, como si dijéramos "nogalesas", del templo de Erecteo...)

No parece haber duda de que el griego καρυόφυλλον (término que aparece en Galeno de Pérgamo, siglo II de la era, pero no quinientos años antes, en Teofrasto, ni tampoco en Dioscórides) designa la especia oriental: bien el clavo de olor, como quiere Chantraine, bien el clavero, la planta que lo produce, oriunda, al parecer, de las Molucas y que ahora llama la botánica Syzygium aromaticum (también se llamó Eugenia caryophyllata, de ahí que un aceite esencial del clavo reciba el nombre de eugenol, como no me dejará mentir mi dentista).

Eso significaría que los europeos conocían ya el clavo en el siglo I de la era, cuando Plinio lo describe así: Est etiamnum in India piperis granis simile quod vocatur caryophyllon, grandius fragiliusque (12 15) "además se encuentra en la India algo parecido a los granos de pimienta, llamado cariofilo, más grueso y más frágil".  Se ha puesto en duda que ese caryophyllum (Plinio lo escribe a la griega) sea el clavo de especia; pero ¿con qué argumento?  Es como poner en duda que Homero escribiera la Ilíada.  (Creo que fue el saleroso Mark Twain quien señalaba que no fue Homero el autor de los poemas épicos griegos, sino otro caballero, contemporáneo suyo, que casualmente se llamaba también Homero.)

La especia que llamamos clavo (con metáfora formal: pues los clavos de olor recuerdan por su forma a los clavos de clavar) ocupó un lugar destacado en la historia de las especias, sangrienta historia que causó más muertes que las guerras de religión (pero en el otro cabo del mundo, y aquí nadie se enteraba).  Esos clavos de olor son los capullos de la planta, cortados y desecados antes de abrirse en flor.  El más ingenioso de nuestros cordobeses no desdeñó aquí el juego de palabras:

                    Clavo no, espuela sí del apetito,
                    que en cuanto conocelle tardó Roma
                    fue templado Catón, casta Lucrecia.

Primera dificultad: ¿por qué al clavero se le llamó "hoja de nogal", que es lo que parece significar καρυόφυλλον?  En alguna parte he leído, a modo de explicación, que el olor del clavo recuerda al de aquélla; esto es una patraña incluso para un olfato tan incompetente como el mío; καρυόφυλλον debe de ser adaptación al griego de un término importado, sin duda oriental: cierto que no lo conocemos (se ha aducido el sánscrito katuka-phala, el dravídico kirampu o karampu) pero da igual: cuando se trae un producto de lejos, con él suele viajar el nombre, niéguenlo si pueden el sashimi o el pemmican.

Es más o menos fácil explicar cómo de καρυόφυλλον salen los términos modernos que designan al clavo, por ejemplo en francés, girofle, o en italiano, garòfano.  Más difícil es comprender la relación entre el clavo de especia y el clavel, cuyos nombres algunos idiomas europeos confunden (sobre todo el italiano, donde garòfano designa por igual el clavel, la especia, y el árbol que la produce); algo así sucede con el alemán Nelke, y en español tenemos clavo y clavel, uno diminutivo del otro (del catalán clavell, según Corominas).  ¿Es el aroma, de nuevo, lo que asimiló al clavel con los clavos de olor, y explica que se dé a la familia de los claveles el nombre de cariofiláceas, tomado del árbol de la especia (que es una mirtácea, dicho sea de paso)?  Esta es otra dificultad que no alcanzo.

Por otra parte, el clavel, el διόσανθος, del que habla Teofrasto, ¿qué especie concreta es?  Las tres o cuatro veces que el sabio lésbico lo menciona son tan vagas que apenas discriminan: dice que es ἄνοσμος, o sea inodoro; que se reproduce en semillero; que florece en verano.  Amigues concluye que la especie aludida es el Dianthus diffusus Sibth. & Sm.  (En su Dioscórides Font Quer dice que los antiguos desconocieron o no trataron del clavel.)

Y una última dificultad, ¿cómo, o quién, sustituyó el griego διόσανθος (o Διὸς ἄνθος) por el término que autorizó Linneo para el clavel, ese extraño Dianthus?  ¿Procede de un error de lectura de Lineo, o de otro botánico anterior?  ¿O hay que atribuir el término a una corrupción de la tradición manuscrita, y creer que saltó a la botánica desde un manuscrito de Galeno conservado, pongamos, en Salerno, pongamos en el siglo XIV?  ¡Ah, el divino placer de especular, sin entender ni jota del asunto!

Por fin (ya llevo con esto un buen rato) se me ocurre mirar en la Flora iberica: ahí culpan a Lineo de sincopar en dianthus la forma griega diósanthos.  Por ahí tenía que haber empezado.

domingo, 21 de abril de 2019

De Mitridate, Leneo y Cástor

Ahora que estoy con tiempo limitadísimo (es increíble la mole de tareas que cae sobre el pobre jubilado), y por no abandonar esta página, con la que también me divierto, voy a copiar la historia de tres botánicos antiguos, aludidos por Plinio en el vigésimo quinto libro de su Historia Natural.

Uno es nada menos que Mitrídates VI del Ponto, por más señas llamado Mitrídates Eupátor ("noble" o "de buen papá"), también el Grande, y con otros ilustres motes: éstos eran de rigor antaño para distinguir a los sujetos reales, no adquirido aún el hábito de numerarlos; y falta hacían los números, pardiez, con los Mitridates, pues hubo muchísimos, monarcas en el Ponto, en Partia y en otros lugares.  (Ponto es el Mar Negro, y también un reino a sus orillas, al norte de Anatolia.)

Ya que he cogido el vicio de aludir a los cambios de acento en nombres botánicos, aclararé también aquí que los clasicistas haríamos mejor en llamar Mitridate a su majestad (o, como mucho, a la griega: Mitridata): con el acento, en cualquier caso, en la A donde tiende a recaer tanto en latín como en griego.  (El nombre, que tiene también una variante Mitradate, significa "regalo de Mitra", del dios guerrero al que luego adorarían los gloriosos mílites romanos, antes de caer en las zarpas de Yavé.)

Y no sorprenda ver a un rey entre los botánicos: cuanto más atrás corremos en el tiempo, más indistintas son las profesiones, hasta remontarnos a Adán que, como es sabido, era a un tiempo agricultor, filósofo, zapatero remendón y licenciado en pedagogía.

En cuanto a nuestro Mitridate, se trata de un personaje singular, muy inteligente, muy audaz, cuya mente brillante y resolutiva fascinó a los historiadores antiguos.  Si hemos de creer a Plinio, Mitridate hablaba más de veinte idiomas y era capaz de conversar con cada súbdito en su dialecto.  Era, en suma, de esas personalidades que descuellan, y hubiera sido un Julio César de haberle tocado vivir en Roma; sólo que cayó en un país de costumbres aún más bárbaras.

La afición a las yerbas de Mitridate VI está, al parecer, relacionada con su temor de ser envenenado.  Eso le llevó a experimentar con las ponzoñas e inventar antídotos, uno de ellos citado como Mithridatios, antidotum Mithridateum o antídoto de Mitridate.  Su receta no nos ha llegado, que yo sepa, salvo en un ingrediente que citan Plinio y Aulo Gelio (XVII 16): la sangre de los patos del Mar Negro, anates ponticas, que a su vez se alimentaban de venenos.

"Sólo a él se le había ocurrido (dice Plinio del rey del Ponto) beber a diario venenos tras el antídoto, para que el hábito los volviera inocuos".  De este modo sucedió que, cuando Mitridate, con setenta años pero en pleno vigor, decide suicidarse para no caer en manos del general romano Pompeyo Magno, los más violentos tósigos le hicieron el efecto de una manzanilla, y hubo de recurrir a la espada de su esclavo Bituito, que, "compadecido, sirvió al rey en lo que le pedía".  Esto lo cuenta Apiano, que registra las últimas palabras de Mitridate:  "Me he precavido contra todas las ponzoñas, y he olvidado la que más reyes acaba: la deslealtad".

El segundo botánico es Pompeyo Leneo, un ateniense hecho esclavo de niño y adquirido por el célebre Pompeyo Magno (vencedor de Mitridate), y a quien acompañó en sus aventuras orientales.  Luego, cuando Leneo quiso comprar su libertad, fue liberado gratis por su patrón en atención a su ciencia (de ahí que tomara el nombre de Pompeyo, como nuevo romano: los libertos adoptaban el apellido del patrón).  Cuenta Suetonio que, aniquilada la familia de Pompeyo a comienzos del Principado, hubo de vivir de la enseñanza y puso escuela en las Carinas, junto al templo de la diosa Tierra.

Pues bien, apoderado Pompeyo de todos los bienes del rey del Ponto, encargó a su liberto Leneo la traducción sermone nostro, esto es, al latín, de toda su obra; con lo que "aquella victoria", dice Plinio, "fue no menos útil a la sanidad que a la república".  En efecto, el rey del Ponto había dejado una importante colección de escritos sobre farmacopea y medicina.  ¿Redactados por el rey, o reunidos por orden suya?  Plinio sugiere lo primero.  En cuanto a Leneo, doy por hecho que tuvo nociones de botánica, no meramente de gramática, para asumir la traducción de una obra semejante.

El tercer botánico es Antonio Cástor, muy a menudo citado en la Naturalis historia.  Mitridate y Leneo son del siglo I antes de la era, Cástor del siglo siguiente, es decir, el I de la era.

En un interesante párrafo (XXV 8 y 9) encarece Plinio la dificultad de describir las especies vegetales, y lo engañosas que son las imágenes que ilustran los libros de botánica (en una época, recuérdese, en que los libros se copiaban a mano, y del mismo modo se reproducían las escasas ilustraciones) debido tanto a lo falso de la imagen misma (pictura fallax est coloribus tam numerosis) cuanto a los mismos defectos de copia, por negligencia de los copistas (transcribentium socordia), por no hablar de que no basta dar una imagen para vegetales que visten traje distinto en cada estación del año (cum quadripertitis varietatibus anni faciem mutent).

"Y sin embargo", dice Plinio, "tampoco es difícil identificar las especies.  Yo he tenido la oportunidad de observar la mayoría, excepto muy pocas, gracias a la sabiduría de Antonio Cástor, el más autorizado experto en botánica de nuestro tiempo (cui summa auctoritas erat in ea arte nostro aevo), visitando su jardincito (hortulo eius), donde criaba muchísimas plantas, ya más que centenario, y sin padecer malestar físico alguno, enteros su vigor y su memoria a pesar de su prolongada vejez".

Esta es la más antigua descripción que yo conozco (en la red, en cambio, suben a Tutmés III y a un remoto chino) de un hortus medicus o jardín botánico.

lunes, 25 de marzo de 2019

De peonias y peonías

Sorprendióse Carmen (de Basauri, pero de origen salmantino) de oír peonía, porque ella siempre la llamaba peonia (con acento en la O): entonces la sorpresa fue nuestra, porque nunca la habíamos oído así, no sé si a la leonesa o a la vasca.

Si nos atenemos a la regla, debemos rechazar peonía (lo hago con pena) y dar por correcto el acento en la O, porque no encuentro motivo ninguno para considerar larga la I de la voz latina paeonia (cuya pronunciación será pae-óo-ni-a), préstamo a su vez de la griega παιωνία /pai-oo-ní-aa/ (los diccionarios no dan la cantidad de esa iota, pero, como luego se verá, ha de ser breve).

El origen más remoto de παιωνία está en Παιήων /Pai-eé-oon/ o Peon (habitualmente llamado Peón, ya lo habrá adivinado usted), médico de los dioses según Homero: Peon es ese que en el canto V de la Ilíada cura la herida de Hades (según Dione cuenta) "esparciendo sobre ella medicinas lenitivas del dolor"; así que podemos nombrar a Peon protoanestesista de Parnaso y añadirlo a la enciclopedia de Polidoro Virgilio (si no está ya) como inventor del analgésico.

El nombre de Peon (grito, a la vez, con que se lo invoca) se transfirió a Apolo, matasanos del Olimpo, quien recibió el apelativo de Παιάν /Pai-aán/ y Παιών /Pai-oón/ (en Safo Παών /Pa-oón/).  Apolo era invocado con el canto llamado peán, canto a veces militar, a veces fúnebre, a veces festivo: en cualquier caso, de peán (παιάν o παιών) deriva el adjetivo griego παιώνιος /pai-oó-ni-os/ que significaba "de peán", "de Apolo" y, siendo Apolo el dios médico, también "saludable", "salutífero".

Παιωνία no es más que la forma femenina del adjetivo (de ahí la I breve) y su significado original sería, pues, "la salutífera".  Es opinión general que las virtudes de la peonía, a las que debe su nombre, se encontraban sobre todo en la raíz y son emenagogas; es decir, facilita la efusión mensual de la sangre (en emenagogo está la voz ἔμμηνα /ém-mee-na/ "menstruos", que contiene la raíz de μήν /meén/ "mes", de μήνη "luna", de mensis "mes", de menstruus "mensual": todo ello tan estrechamente relacionado de hecho como de palabra).

Precisamente Plinio (XXV 29) considera a la Paeonia la más antigua medicina: quam quidam pentoboron appellant, alii glycysiden "que algunos la llaman pentóboro, otros gliciside".  La voz γλυκυσίδη /gly-ky-sí-dee/ (de la raíz γλυκύς 'dulce') parece significar 'granada dulce'.

Al cosecharla había que andarse con ojo, según Teofrasto, porque, al igual que el ratonero vigilaba la centáurea, el pico negro acechaba a los robadores de peonias.

En el mismo párrafo antes citado añade Plinio un comentario sobre los nombres vernáculos que no me resisto a copiar: nam haec quoque difficultas est, quod eadem aliter alibi nuncupatur "pues también está ese problema, que la misma planta se llama en cada sitio de modo distinto" (qué hermosamente dicho: aliter alibi).  A todos los que tenemos vicio enciclopédico nos pasa lo mismo: los nombres vernáculos nos caen bien, sí, pero tendemos a mirarlos como un problema, una difficultas, como dice el erudito antiguo.

lunes, 18 de marzo de 2019

De dientes y otras rojeces


Está por aquí el monte (por los alrededores de Moncayo) más seco que una pasa; y sin embargo se llena el suelo de amarillos narcisos, de violetas aromáticas, de polígalas carmín fuerte, de globularias de un hermoso azul gris.  Piso con cuidado de no enredarme en las zarzas, y el olfato me entera, antes que la vista, de que he chafado unas rudas, con razón tachadas de graveolentes.  Debería quedarme por aquí y no buscar cotufas en el golfo; sin embargo mis pecados me llevan más al norte, mis pecados y la gana de encontrar ciertas hierbas, en particular una que últimamente me persigue, el Galanthus nivalis.

Busco por los alrededores de las zonas nevadas, bastante al azar (el azar me gusta), y no encuentro el Galanthus (ayer mismo me contaba Marta, mi húngara favorita, que en Budapest regalan los galanes, cada 8 de marzo, ramitos de Schneeglöckchen a las muchachas; ¿adivina qué flor es la "campanilla de nieve"?).  Pero lo bueno de la flora y del no saber es que siempre da uno con la flor nunca vista.

En este caso, en el puerto de la Magdalena, entre Burgos y Cantabria, desde donde se contempla en toda su extensión el embalse del Ebro, en unos brezales de suelo bastante jugoso (por lo menos en comparación con el de las rudas de Talamantes), ¡ah, qué hermosa aparición!, un capullito rosa vivo sale de un par de hojuelas con manchas de herrumbre.  Si encuentras un capullo, no muy lejos habrá una flor.  (Lo contrario también es cierto: stultorum infinitus est numerus.)  Así que busqué un poco, y encontré esa joya de la fotografía.

Si no me equivoco, es un Erythronium dens-canis.  Dens canis significa "diente de perro".  Busco en griego ἐρυθρόνιον /e-ry-zró-ni-on/ (la Y debe sonar como la U francesa) y al parecer es sinónimo de ἐρυθραικὸν σατύριον, es decir, una especie de orquídea de color rojizo (σατύριον /sa-tý-ri-on/ es el diminutivo de "sátiro" y denomina en general a la hierba afrodisíaca, en particular a una orquídea).  ᾿Ερυθρόνιον es voz de Dioscórides y no aparece ni en Teofrasto ni en Plinio.  Parece derivar de ἐρυθρός /e-ry-zrós/ "rojo", la palabra que tenemos en eritrócito (el nombre fino del glóbulo rojo) y en Eritrea (la provincia etíope bañada por el mar Rojo).

Hablando del mar Rojo, ¿de dónde viene su nombre?  Sin duda, no de que el mar sea rojo, como lo pintan con ingenuidad los cartularios medievales; ya lo había descubierto mucho antes la joven Egeria o Eteria, turista gallega en la Palestina del siglo IV, quien relató sus viajes en un latín popular: mare autem Rubrum non ob hoc habet nomen, quia rubra est aqua aut turbulenta, sed adeo est limpidus et praelustris et frigidus ac si mare Oceanum "el mar rojo no tiene este nombre porque su agua sea roja o turbia, pues es tan limpio, claro y frío como el océano".

Muy interesante la observación de Egeria: el rojo no es tanto un color cuanto un indicio de turbulencia.  Tan a menudo los ríos arrastran limos que, si no me equivoco, "rojo" está entre los más frecuentes nombres de ríos, desde el Rubicón hasta el Colorado (el del famoso cañón) pasando por el Llobregat (de Rubricatus o "colorado", su nombre latino); si los materiales son menos ferruginosos el río, en vez de rojo, es amarillo (como el Janto, o ese chino que los hispanos llamamos en confianza Juanjo, el Hoang Ho o río Amarillo).

De los nombres derivados de "rojo", perplejo me tiene el del petirrojo, pajarito cuyo color es el carácter más conspicuo (de él suele venir su nombre: pit-roig, rouge-gorge, Rotkehlchen &c) y donde uno esperaría encontrar precisamente la voz ἐρυθρός.  Sin embargo, el griego lo llama ἐρίθακος /e-rí-za-kos/, la misma palabra que en zoología nombra la especie, Erithacus rubecula /e-rí-ta-cus ru-bé-cu-la/.  Del pájaro al color hay I contra Y: el nombre, al parecer, nada tiene que ver con ἐρυθρός.  La ciencia lo compensa con el apellido: rubecula "coloradita".

Sin embargo, es tan evidente la nota de color en el petirrojo, que no puedo evitar la sospecha de que hubo algún ἐριθός "rojo" no documentado, por más que no sé de ningún caso en que un griego confundiera la I y la Y (igual que un francés nunca confunde tout con tut, como en el juego de Laforgue: puis tout se tut bientôt).

Puestos a sospechar, sospechemos alegre y francamente.  Para mí que el mar Rojo debió de llamarse así porque los fenicios (que recibieron su nombre, justamente, del color rojo que fue su principal negoci) tuvieron allí sus primeros criaderos de cañaíllas y las primeras factorías de púrpura.  No puedo demostrarlo, pero ¿quién me puede demostrar lo contrario?  ¿Usted, amable lectriz?

viernes, 15 de marzo de 2019

Centaurium

Empecé el otro día a hojear el libro XXV de Plinio, por cosechar algunos fitónimos ilustres en amena vuelapluma (eso esperaba), y acabé encallado en el centaurium.  Tampoco me extraña: soy de los que, buscando en la enciclopedia, al poco ya no recuerdan para qué abrieron el volumen.  Por otra parte, esa palabra se las trae: al parecer el centaurium corresponde a los actuales géneros Centaurium y Centaurea.  Pero vayamos al principio.

En principio era el verbo, digo, la voz griega κενταύριον /ken-táu-ri-on/.  La usa ya Teofrasto, autor cuya Historia plantarum me acabo de dar el gustazo de comprar, en la edición de Budé, a cargo de Suzanne Amigues.  (¿Será sefardita esta señora?  En el último tomo se declara émérite, como Benito XVI, pero ha profesado el griego en una ciudad tan botánica y médica como Montpellier; se va a convertir, ya me lo estoy viendo, en mi próxima asesora farmaco-helénica.)  Pues bien, en Teofrasto son sinónimos κενταύριον, κενταυρίη /ken-tau-rí-ee/ y κενταυρίς /ken-tau-rís/; los diccionarios añaden variantes de otros autores y de papiros, como κενταυρεῖον /ken-tau-réi-yon/ o /ken-tau-ríi-on/.

Según Teofrasto, el κενταύριον es hierba más bien de montaña y amante del frío, de propiedades benéficas pero de sabor amargo, y su savia tiene color rojo sangre (IX 1 alude a τοῖς αἱματώδεις).  En IX 8 7 añade esta curiosa noticia: quien lo cosecha ha de precaverse del ave llamada τριόρχης /tri-ór-jees/ (quizá el ratonero común) que, al parecer, vigila y protege a esta planta.  "Acaso no sea absurdo rezar una plegaria", concluye el sabio de Lesbos, "mientras se arranca esta hierba".  ¡Salutíferas costumbres, hoy día preteridas por el botánico librepensador y descreído!

Con esos datos, ¿de qué especie habla Teofrasto?  Como mi desconocimiento de la flora griega es aún mayor que el de la ibérica, me limito a copiar a los autores.  Chantraine asegura que se trata de Centaurea salonitana (que imagino crecerá por los alrededores de Salona, la antepasada de Spalato, la actual Split): ésta tiene en la red muchos sinónimos: C centauroides, C latisquama, incluso Acrocentron salonitanum (eso de acrocentron o "aguijón puntiagudo" lo encuentro un poquitín redundante).  Amigues rechaza que el κενταύρειον τὸ μικρόν de Dioscórides sea la Erythraea centaurium, y asegura que la aludida por Teofrasto es la Centaurea amplifolia (Boiss & Heldr, según la red), vicariante balcánica de la Centaurea centaurium.

Como ni siquiera estoy en condiciones de saber si la salonitana y la amplifolia son sinónimas (parece que ambas crecen en la misma zona), me vuelvo a hojear mi Plinio, que por lo menos me ha dejado claro que el nombre del centaurio viene del centauro.

Centaurio curatus dicitur Chiron, "se dice que Quirón curó con el centaurio", afirma Plinio, de una herida en el pie que él mismo se produjo manejando las flechas de Hércules (envenenadas, como es sabido, con el veneno de Hidra): quare aliqui Chironium vocant, "razón por la que algunos la llaman quironio" (Historia natural XXV 66).  No encuentro ese nombre en mis diccionarios griegos, pero Chantraine sí cita una χειρωνιάς /jei-roo-ni-ás/ como equivalente de κενταύριον.  Siempre el centauro Quirón epónimo de esta hierba.

jueves, 28 de febrero de 2019

Plinio y la botánica honorífica

Ahora que las ocupaciones (y una infortunada caída en la sierra del Tablado) me tienen encerrado en casa, recuerdo el libro XXV de la Historia de Plinio, rica fuente de noticias sobre fitónimos honorarios que (me di cuenta hace pocos meses) es útil veta para ratos perdidos y sin excursiones campestres.  Ya me estaba diciendo: vamos, hombre, publica una página, aunque sea una sola, en febrero.  Qué menos que una al mes.  Pues nada, vamos a ello.

El mismo Plinio lo señala al comienzo del libro citado: con sus nombres aplicados a las plantas han conseguido algunos la celebridad (vitam clariorem fecere cognominibus herbarum) e incluso alcanzado categoría divina (deorum numero addidere).  "Esta ambición hubo un tiempo", afirma el erudito romano, "la de adoptar una planta con el propio nombre, como mostraremos que hicieron los reyes.  Tanta importancia se daba entonces a descubrir una hierba y a cuidar la vida; mientras que ahora quizá alguno encuentre frívola esta ocupación: a tal punto nuestra vida fácil nos hace despreciar el cuidado de la salud" (adeo deliciis sordent quae ad salutem pertinent).

No reprochemos a Plinio el utilitarismo: hierba es para él sinónimo de medicina, como lo ha sido para la humanidad entera los últimos dos mil años, y nos arriesgaríamos mucho si subiésemos a los últimos cincuenta mil sólo por esta razón: la pasión de distinguir medicamento de comida es, creo, mucho más reciente.

Espigando, pues, con la indolencia que da el mal de riñones, en el librito de Plinio (estoy en la hamaca del patio, hace un calor impropio de febrero, la tierra se me ha llenado de violetas), el primer género que encuentro reconocible es el centaurium /ken-táu-ri-um/ que el autor considera una de las panaceas o medicinas que sirven para todo.  El centaurio fue descubierto, según Plinio (¿lo adivina el lector?), nada menos que por el centauro Quirón, el caballero-caballo que tuteló al pequeño Aquiles y pasa por descubridor de la Medicina (los galenos, agradecidos, ponen su nombre a un sinfín de clínicas: una vez más, botánica y medicina de la mano).

Ahora que caigo en la cuenta, ¿de dónde viene la palabra centauro?  Busco en su forma original, Κένταυρος /kén-tau-ros/, pensando si tendrá algo que ver con centro o con taurus o cosa parecida, pero el doctísimo Chantraine me ahorra quebraderos de cabeza: no sabe de dónde viene.  (Reconozco a los sabios en que saben decir no sé.)  Naturalmente, hay no pocas hipótesis, que Chantraine rechaza (incluidas las que yo traía, y una más seria, de Dumézil, que relaciona al centauro con cierta divinidad india).

Quizá Κένταυρος sea (como tantos nombres de divinidades griegas) un préstamo de otra lengua.  En origen Centauro no es el nombre común de esos tipos que empiezan en barbudo y acaban en cuadrúpedo, sino el nombre (propio) de un ser monstruoso, hijo de uno de los escasos delincuentes a los que el mito griego condena en su peculiar infierno.  El papá de Centauro, Ixíon (llamado habitualmente Ixión, por lo mismo que cierto alumno mío siempre escribía vinierón y dijerón), pretendió nada menos que ayuntarse con la esposa y hermana de Zeus, crimen y sacrilegio que el celoso marido y hermano castigó, primero formando una nube con la forma de su bella hermana y esposa (lo que sirvió, al parecer, para despistar al rijoso Ixíon), y luego condenando a éste a girar encadenado a una rueda por toda la eternidad.  Uno de los pocos condenados eternos, ya digo, como Tántalo, Sísifo, las Danaides.

El caso es que Ixíon, antes de la eterna condena, tuvo su asuntillo con la Nube, y de ésta nació Centauro.  ¿Qué les parece, la fecundidad del mundo antiguo?  Luego el propio Centauro anduvo persiguiendo a las yeguas de Tesalia, con tanto éxito que éstas parieron a los centauros, esos híbridos de leñador y percherón que para el griego simbolizaban primitivismo, brutalidad, barbarie.  Por último, los centauros (salvo Quirón y alguno más) perecieron a manos de los lápitas (la misma tribu tesalia a la que perteneciera Ixíon), y los relieves del Partenón representaron esa batalla.  No sé por qué, todo esto me suena a mito estepario, ajeno a la Grecia más familiar, mediterránea.

Ahora bien, ¿qué planta es el centaurium del que habla Plinio?  ¿Tiene algo que ver con nuestro Centaurium?  Dejo esta cuestión para otro rato.

domingo, 6 de enero de 2019

Nomenclatura prelineana

"Lo mejor es enemigo de lo bueno"; es máxima que no se le caía de la boca al amigo Eloy.  Yo sospechaba entonces que ése era el modo de justificar su afición a las chapuzas.  Hoy me parece casi un resumen de la historia, incluida la natural, y aplicable al menos a las lenguas, y a la jerga científica en particular: hay que nombrar los hechos, aunque no los entendamos del todo, incluso aunque no entendamos nada.  El iris (el arco iris) recibió el nombre de la diosa Iris, mensajera de los dioses, antes de que Newton hiciera sus experimentos con los prismas; ahora, por fortuna, lo seguimos llamando iris y no, pongamos, refractorbe o cosa parecida.

Como a todo, a las plantas las bautizamos, pongamos alhelí, para entendernos: justifica el nombre tal forma de la flor, tal aroma; lo que sea.  Luego viene distinguir entre alhelíes, y ahí son útiles los adjetivos: alhelí blanco, alhelí africano, alhelí falso.  Eso, que es cierto para la lengua común, no lo es menos para el lenguaje científico: aunque establece ciertos nombres (Erysimum, Matthiola, etc.) con vocación de permanencia, la reorganización de géneros y familias no se detiene: este Erysimum se traslada al género Matthiola, aquella hierba emigra de la familia de las Dioscoreáceas, ésta ingresa en las Potamogetonáceas... Qué se yo.

El problema (insoluble) es el siguiente: el nombre nombra, pero también describe y ordena.  Un nombre definitivo presupone un conocimiento definitivo, es decir, el reposo (que no es de este mundo) y la omnisciencia, sólo al alcance de los dioses.  La ciencia busca la omnisciencia, pero siempre se queda corta, por lo menos cinco letras corta.

Encuentro todo esto maravillosamente ilustrado en la historia de la terminología botánica que, por lo poco que conozco, se parece a la historia de cualquier terminología (con excepción, quizá, de la matemática, que, como todo el mundo sabe, es el lenguaje de la divinidad).  El año pasado, leyendo las cartas botánicas de Rousseau, di con el siguiente párrafo:  "Mientras esta ciencia natural no caiga en el olvido, los nombres de Jean y Gaspard Bauhin vivirán en la memoria de los hombres... [que] emprendieron una historia universal de las plantas..."  Me hizo gracia, porque ni siquiera de nombre recordaba a los Bauhin.  Pero lo interesante viene a continuación:  "La nomenclatura de Bauhin estaba formada únicamente por los títulos de sus capítulos, y estos títulos comprendían ordinariamente varias palabras.  De ahí procede la costumbre de emplear para los nombres de las plantas frases oscuras bastante largas."

¡Frases oscuras bastante largas!  Eso sí que es impresionante: se comprende el éxito que había de conseguir Lineo, un siglo después, al cortar el nudo gordiano y reducir a dos palabritas como máximo (lo que no se ha cumplido a rajatabla) el nombre de cada ser vivo.

Pues, por lo visto, las frases de Bauhin pronto se mostraron insuficientes, y se les fue añadiendo precisiones por medio de oraciones de relativo, según describía el mismo Rousseau:  "Se introdujo el uso bárbaro de unir los nombres nuevos a los antiguos mediante un qui quae quod contradictorio, de suerte que una misma planta pertenecía a dos géneros totalmente distintos: Dens leonis qui Pilosella folio minus villoso, o Doria quae Jacobaea orientalis limonii folio o Titanokeratophyton quod Lithophyton marinum albicans".  Traduzco las frases citadas por Rousseau, añadiendo en cursiva el sentido que yo le veo:  "una especie de diente de león que viene a ser una pelosilla de hoja menos peluda";  "doria que parece una jacobea oriental con hoja de limonio"; "titanoceratófito que semeja un litófito marino que blanquea".  Nombres poco prácticos, desde luego.

Rousseau se encarga de poner el ejemplo extremo:  "La nomenclatura se sobrecargó.  Los nombres de las plantas se convirtieron no solamente en frases, sino en períodos.  Citaré uno solo de Plukenet que probará que no exagero: Gramen myloicophorum carolinianum seu gramen altissimum, panicula maxima speciosa, e spicis majoribus compressiusculis utrinque pinnatis blattam molendariam quodam modo referentibus composita, foliis convolutus mucronatis pungentibus (encuentro otra versión, creo que mejor, en la red, aquí).  O sea, que esta planta se llamaba "grama miloicófora caroliniana o grama altísima, de hermosa y muy gran panícula, compuesta de espigas mayores algo aplastadas, pinnadas por ambos lados, que recuerdan en cierto modo a una muela de molino, el envoltorio con hojas puntiagudas, que pinchan".  Debo de estar traduciendo mal, porque no consigo imaginarme la planta.

En este estado de cosas llegó Lineo con su sistema y comenzó a rebautizar plantas y animales sin conocimiento (como dicen en mi pueblo de lo que se hace aprisa y sin mesura: defecto en que caemos sin remedio los humanos, dado nuestro velocísimo paso por este mundo en exceso grande y lento).  Así que hoy es fácil identificar no pocas barbaridades en la terminología lineana (y no lineana).  Ahora bien, el sistema binomial fue una revolución positiva, que separaba nombre y descripción, y así la valoraba Juan Jacobo, quien, como se ve, todavía las confundía:

"Lineo se ocupó de hacer buenas y breves definiciones que, extraídas de los verdaderos caracteres de las plantas, eliminaban rigurosamente todo lo que fuera extraño.  Hizo falta dotar a la botánica de una nueva lengua que ahorraba todo ese largo circuito de palabras que se observaba en las antiguas descripciones.  Se quejaban de que las palabras de ese lenguaje no estaban todas incluidas en Cicerón, pero esa queja habría tenido sentido razonable si Cicerón hubiera hecho un tratado completo de botánica."

En lo que se refiere al purismo, no puedo estar más de acuerdo con el ginebrino.

Ahora, con lo del ADN, se podría pensar que estamos llegando a una meta, pero sospecho que será una ilusión más, y que seguiremos reclasificando y renombrando las cosas igual que siempre: sin conocimiento.