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sábado, 25 de enero de 2020

Griego en latín V

Por rematar la cuestión de las vocales, veamos algo respecto a diptongos; como el asunto es medio complejo, me limito a cuatro notas generales.

En latín, se dice, hay tres diptongos, escritos AE, AU y OE.  En palabras de origen griego es muy frecuente también el diptongo EU (por ejemplo en Leucanthemum o en ochroleucon).

De estos diptongos, AU no da la lata, pues su transcripcion del griego es fácil: κενταυρία /ken-tau-rí-a/ se transcribe centauria y καυλός /cau-lós/ "tallo" lo encontramos en caulophyllon (y en español AU produce una O: maurum da moro, como taurum da toro, &c).

AE y OE sonarían parecido a /ay/, /oy/ en época clásica; pero con el tiempo acabarían en una /e/ más o menos indiferenciada, lo que explica por qué a partir de la edad media se confunden alegremente uno y otro diptongo, y ambos con cualquier otra E.  Así las grafías clásicas caelum "cielo", fenum "rédito", coemeterium "cementerio" se mudan en coelum, faenum, caemeterium (y cosas peores, para poner los pelos de punta a los puristas).  He ahí, pues, la explicación de las variantes hypochoeris o hypochaeris, caeruleus o coeruleus que a menudo se ven.

A continuación, un par de notas sobre la transcripción de los diptongos griegos, por su frecuencia en la terminología.

El diptongo griego ΟΙ siempre se transcribe correctamente en latín ΟΕ, por lo que una forma que contiene "cerdo" (griego χοῖρος) será correctamente escrita por OE; así Hypochoeris, como creo haber dicho, es más correcto que Hypochaeris; y así ῥοιάς /roi-ás/ "amapola" se transcribe rhoeas (pronunciado más o menos /róe-as/).

El diptongo ΑΙ se transcribe correctamente en latín AE, por lo que Aegilops es la buena forma latina del griego αἰγίλωψ /ai-gí-loops/ (la G siempre suave, como en gato), y lo es aethiopicus, como derivado de αἰθίοψ /ai-zí-ops/ "etíope" (literalmente "caraquemada").

En cuanto al llamado diptongo griego ΟΥ (que suena /uu/, y debió de ser diptongo cuando Agamenón moceaba), en latín se transcribe con U, como hemos visto con Anchusa, o se ve en Struthium (griego στρούθιον /struú-zi-on/).  Según eso, ningún grupo OU del latín botánico sería de origen griego (como, en efecto, no lo son Bougainvillea o Legousia, por ejemplo).  Ahora bien, nunca faltan excepciones en la lengua.  Acabo de reparar en Hypecoum, que se explica por lo dicho en el anterior artículo sobre la vacilación en finales -UM/-ON: el griego ὑπήκοον /hy-peé-co-on/ se podría transcribir correctamente a la griega (Hypecoon) o latinizando su terminación (como hace la botánica con Hypecoum), dando por resultado un aparente diptongo, pero sólo aparente: /hy-pée-co-um/.

Cierro esto con una observación sobre el uso de la diéresis (¨) en latín; uso, que yo sepa, moderno, o como mucho medieval (la palabra diéresis es antigua, pero se refiere a la pronunciación en hiato, no al signo gráfico).

Para entender lo que sigue, quizá lo más práctico sea observar la diferencia entre estas dos palabras: aes "bronce" y aer "aire": mientras que aes es monosílaba (AE es diptongo: es latín fetén), aer es bisílaba (transcribe el griego ἀήρ, donde AE no es diptongo).  Dicho de otro modo: la escritura latina no distingue AE diptongo de AE hiato.  Hacer visible esa diferencia es la misión de la diéresis, y por eso algunos (sobre todo los franceses, en mi experiencia) usan escribir aër, y otros äer.  (En el nominativo parece innecesario, pero aes y aer se confunden, por ejemplo, en ablativo, y ahí importaría más distinguir aere "en bronce" de aëre "en el aire".)

Lo mismo ocurriría con un OE no diptongo.  Así, por ejemplo Hypochoeris continúa el griego ὑποχοιρίς (OE diptongo, equivalente al griego ΟΙ).  En cambio Aloe es trisílaba /á-lo-ee/, pues continúa el griego ἀλόη /a-ló-ee/ (y ahí OE no es diptongo).  Para los defensores del uso de la diéresis, sería oportuno escribir aloë.

Eso vale también para ἰσοετές /i-so-e-tés/, neutro del adjetivo ἰσοετής que unos traducen por "igual durante todo el año" y otros "de duración igual a un año" (compuesto en cualquier caso por ἴσος "igual" y ἔτος "año").  Es Plinio (25 160) quien menciona este nombre, isoetes, como uno de los muchos dados al aizoum o Sempervivum arboreum.  La edición que poseo de la Historia Natural, una edición de Turín del año 1985, lo escribe con diéresis: isoëtes.

jueves, 23 de enero de 2020

Griego en latín IV

En cuanto a vocales, la transcripción de las griegas al latín no presenta gran dificultad, en general, si exceptuamos que la escritura latina no distingue vocales largas y breves (lo que sí hace la griega, al menos en los timbres O y E).  La única vocal griega para la que faltaba letra en latín es la ípsilon o Y griega, que los romanos añadieron al final del alfabeto, junto con la Z, como ya quedó dicho.

La ípsilon (υ; en mayúscula Υ) tiene ciertas incomodidades.  Sobre todo ésta: suena como la U francesa o la Ü alemana siempre que vaya aislada; en cambio, en diptongo con otra vocal suena igual que la U castellana corriente y moliente.  Por esa razón υ se transcribe Y únicamente cuando está aislada.  De ahí que se escriba Hypochoeris o Lycoperdum (la Y aislada), pero Anchusa (ἄγχουσα) o Leucanthemum (λευκάνθεμον), donde la υ va unida a la O o la E.

Hay en latín usos abusivos de la Y.  El latín botánico, por ejemplo, usa Y en Pyrus o sylvestris, voces que nada tienen que ver con el griego (la escritura clásica es pirus para "peral", silvestris para "boscoso").  Pero quitando unos pocos casos, en la Y de un texto latino reconoceremos la υ griega.  A propósito recuerdo un error muy frecuente, que implica confusión entre ípsilon y iota: más de una vez he oído que la palabra hipopótamo viene del griego ὑπό /hy-pó/ "debajo" y ποταμός /po-ta-mós/ "río".  La cosa parece lógica: ¿no viven los hipopótamos bajo aguas fluviales?  Sólo que el nombre de este animal no es en latín *hypopotamus (como sería si viniera de la preposición ὑπό "debajo") sino hippopotamus, con iota y P geminada, porque viene de de ἵππος /híp-pos/ "caballo" (ἱπποποταμός y su sinónimo ἵππος ποτάμιος significan, en efecto, "caballo de río").

Recuérdese, pues: va mucha diferencia de hypo- "debajo" a hippo- "caballo".  En botánica tenemos por ejemplo hypogeson (Aeonium arboreum) cuyo nombre griego (ὑπόγεισον) significa "bajo el alero" (γεῖσον "alero"); frente a Hippocrepis, voz cuyοs componentes griegos significan "herradura" (ἵππος "caballo", κρηπίς /kree-pís/ "zapato").

A menudo se encuentra que el final de algunas palabras latinas vacila entre -US y -OS, o entre -ON y -UM.  El hecho es que ciertas palabras (las llamadas "temáticas") que en griego terminan en -ος (/os/; si son neutras, en -ον /on/) corresponden a las latinas terminadas en -us (si son neutras, en -um): eso explica las dobles lecturas rhamnos (a la griega) y rhamnus (más latinizada) o, que los compuestos con -anthemon (a la griega) suelan aparecer con la forma -anthemum (a la latina).  No son más que variantes perfectamente admisibles (desde el punto de vista filológico: otra cosa es lo que mande la comisión de nomenclatura).

Del mismo modo las palabras de tema en -a pueden aparecer en griego acabadas en -η /-ee/ lo que explica las vacilaciones entre formas como anemona y anemone u otras similares (por cierto que las mencionadas formas llevan siempre el acento en la O, que es ómega en griego: tanto el latín anemone como el griego ἀνεμώνη lo avalan).  En ocasiones la nomenclatura botánica opta por la /e/ original, como en Agave /a-gáu-ee/ o, si se quiere, /a-gáa-vee/ (en todo caso, no esdrújula: ni el griego ἀγαυή /a-gau-eé/ ni el latín autorizan esa acentuación); lo mismo sucede con Cardamine (καρδαμίνη /kar-da-mií-nee/), que por el mismo precio podría haber sido Cardamina.  En otros géneros, en cambio, se ha elegido la /a/ connatural con la forma latina: así en Calamintha (griego καλαμίνθη /ka-la-mín-zee/) o Chondrilla (griego χονδρίλλη, aunque también encuentro χονδρίλη y χόνδρυλλα --que se transcribiría chondrylla).

jueves, 28 de noviembre de 2019

Griego en latín II

Desde el punto de vista de las lenguas clásicas, la expresión "lengua muerta" es absurda.  Pocas lenguas hay más vivas que el griego, que colea no sólo en Salónica o en Patrás, sino en todo el mundo a través de los helenismos en el resto de lenguas, muchas no tan vivas.

Es normal que alguien ajeno a la filología ignore cuántas palabras debemos al griego; lo malo es que lo ignoren los profesores.  En español solemos reconocer ciertos helenismos de raíz evidente: anécdota, catálogo, democracia, parábola... (las compartimos con otros idiomas; y además, se prestan a lucimiento: "cataclismo viene de cata y clismo"; "metatarso viene de meta y tarso", &c). Pero nuestra lengua tiene muchísimos más que los comenzados por peri- o acabados en -logía.  ¿O acaso no son griegas aire, cara, cristal, cuerda, eco, giro, golfo, pasmo, tío, por decir unas pocas voces de lo más corriente?

En cada idioma, las palabras se camuflan fácilmente y enseguida pasan por vernáculas.  Por ejemplo, es fácil reconocer el griego en las palabras acabadas en -sis (como análisis, crisis, dosis, énfasis, hipótesis, metamorfosis, prótesis...: la lista completa es demasiado larga), pero incluso éstas, a menudo, se disfrazan de modestos términos patrimoniales: base oculta el griego basis; la "aparición" o fasis la tenemos hecha fase; la frasis (como decían nuestros tatarabuelos en tiempos de Lope) se ha convertido en nuestra frase (aunque la forma original se conserva en antífrasis, perífrasis y demás).  A veces las palabras griegas se camuflan tan bien que uno las daría incluso por árabes, como me pasó con almorrana, que la tuve por tal hasta que se me ocurrió buscar su etimología, puro griego: haemorrheuma o "flujo de sangre" (pariente del reuma o "flujo", que nos ha dado por acentuar re-ú-ma, igual que hacen los de la tele con palía y con evacúa).

Ya que los menciono, encuentro en botánica unos cuantos términos en -sis, todos (por lo que sé) derivados de la voz ὄψις /óp-sis/ "apariencia", con la misma raíz que óptica.  Así tenemos los géneros Arabidopsis ("aspecto de arábide"), Lycopsis ("aspecto de lobo"), Leucanthemopsis ("con pinta de leucántemo"), Oryzopsis ("parecido al arroz").

Las palabras en -opsis vendrían a ser, pues, más o menos sinónimas (en cuanto al segundo componente) de las terminadas en -eido, -oide u -oideo, todas ellas derivadas (así se suele decir) del griego εἶδος /éi-dos/ "vista" o "apariencia" (con la raíz de nuestro verbo ver y de la voz griega idea o ἰδέα, cuyo significado antes de Platón fue simplemente "aspecto", "apariencia"); así hay en español antropoide, espermatozoide o helicoide, y en botánica Centaurea centauroides (sinónimo, creo, de la C salonitana), Armeria bupleuroides (o A arenaria), Ficaria ranunculoides (o Ranunculus ficaria) y muchos más con igual terminación (thalictroides, blitoides, &c); y con la terminación -oideus he encontrado en femenino Matricaria discoidea, Lobelia thapsoidea, Silene conoidea y unas pocas más; y en neutro el Sempervivum arachnoideum y el Sisarum sisaroideum (y ninguna forma en masculino).

No toda palabra acabada en -sis es griega, claro; hay que sustraer sobre todo los gentilicios formados con el sufijo latino -ensis (-ensis para masculino o femenino, -ense para el género neutro), abundantes en nomenclatura botánica.  De una ojeada me parece ver que arvensis gana por amplia mayoría (arvum significa "campo cultivado"); hay también mucho pratensis (pratum "prado") y hortensis (hortum "jardín"); los demás son, bien gentilicios más o menos clásicos (bigerrensis o "de Bigorra", olissiponensis u olyssiponensis u ollissiponensis (que de todas estas formas la encuentro escrita) o "de Lisboa", ruscinonensis o "de Perpiñán"), bien gentilicios obtenidos a partir de toponimia moderna: cazorlensis o "de Cazorla" (castulonensis hubiera quedado más clásico --y se hubiera entendido menos), guarensis o "de Guara", javalambrensis o "de Javalambre".

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Griego en latín

A quien esto lea quizá le sorprenda ver tanto griego en estas entradas.  ¿No quedamos en que era un blog de latín y botánica?  ¿A qué viene tanta letra rara?  Esto me recuerda que muchos alumnos llegan al aula con la idea (equivocada) de que el latín proviene del griego.  Y puesto que una costumbre añeja me invita a ello, dedico unos ratos a este tema.

También a mí me sorprende cuánto griego hay en la nomenclatura botánica.  Yo había comprobado su omnipresencia en la jerga médica, nada raro, ya que la medicina europea continúa la griega y reconoce a Hipócrates y a Galeno (por no hablar de Esculapio) como sus ancestros ilustres (conocidos).  De haber sido más avispado, me habría dado cuenta de que con la botánica no podía ser otro el caso, ya que también son griegos nuestros antecedentes (conocidos) en el estudio de las plantas (Aristóteles, Teofrasto, Dioscórides) y, además, la botánica ha sido principalmente asunto de médicos (Lineo, Laguna, Fuchs, por citar algunos a voleo).

No, el latín no viene del griego: la lengua latina no es, digamos, hija de la griega, ni siquiera hermana; son más bien primas, quizá no muy lejanas.  Ahora bien, para cuando los romanos entraron en la historia, los griegos llevaban ya varios siglos desarrollando brillantes estudios en muy variados campos (medicina, historia, filosofía) y, claro, también en la botánica.  Ante la cultura griega, Roma quedó boquiabierta de admiración; no sólo eso: aún sigue (seguimos) sin cerrar la boca.  Me encantaría desarrollar este interesante aspecto (es prodigioso el grado en que nuestras vidas están determinadas por lo que hicieron cadáveres de más de dos mil años), si no nos alejara demasiado de nuestro tema.

Como el griego era el idioma comercial del Mediterráneo, muchas voces entraron así en Roma y se convirtieron allí en palabras de uso corriente.  Igual que ahora decimos airbag o aifon, entró en el Lacio, ejemplo típico, la palabra μηχανή /mee-ja-neé/ "máquina" (de ahí vienen nuestra "mecánica", "mecanismo" &c) en la forma dialectal μαχανά /maa-ja-naá/ y fue evolucionando según los hábitos del latín, que tiende (como el castellano) a debilitar la vocal de enmedio de las palabras esdrújulas: así resultó la forma (vulgar) machina que hemos heredado (por vía culta: de otro modo no se explican ni el acento castellano ni la pronunciación de la CH).  Igual que la nuestra voz máquina ejemplifica la vía culta latín-castellano, la voz latina machina ejemplifica en cambio la vía vulgar griego-latín: como parte de un léxico instrumental difuso en la lengua del comercio o la tecnología.

Pero es que, además de los vocablos instrumentales, los admirados latinos se lanzaron a incorporar voces griegas a su idioma como señas de distinción y alta cultura, más o menos como hace ahora con el inglés el alegre locutor televisivo que, originario tal vez de la Mancha o de Galicia, por horario dice taimin y por chafar el final dice hacer espóiler. palabras que no ha traído de Albacete o de Pontevedra, sino de un lugar mucho más prestigioso, gobernado por un caballero de elegante cabellera rubia.

El prestigio de la lengua griega explica la abundancia de helenismos en los lenguajes científicos como la filología, la matemática, la física y, claro está, la medicina y la botánica.  Entre aquellos, siento debilidad por la palabra nostalgia, proveniente (esto lo saben muchos) de νόστος /nós-tos/ "el regreso (a casa)" y ἄλγος /ál-gos/ "dolor", por lo que originariamente vendría a significar "dolor de (no poder) regresar (a casa)".  Ahora bien, lo que no sabe tanta gente (lo he comprobado con más de un helenista) es que es inútil buscar nostalgia en diccionarios de griego clásico: no existe.  Porque esa palabra griega no es homérica, ni ateniense, ni siquiera bizantina.  La inventó un médico de Basilea en el siglo XVII, que escribió una tesis sobre la morriña, saudade o añoranza que debilitaba a los jóvenes suizos forzados a dejar las montañas alpinas para ganar su vida a sueldo en las planicies europeas; el médico llamaba a eso con su nombre alemán, Heimweh; ahora bien, ¿un nombre alemán para una tesis de medicina?  ¡Qué vergüenza!  Así que el doctor Hofer publicó en elegante latín, como mandaba la academia, su Dissertatio curioso-medica de nostalgia (Basilea, junio de 1678), nombrando en griego la enfermedad estudiada, si bien se vio obligado a añadir, para hacerse entender, el nombre vernáculo: vulgo Heimwehe oder Heimsehnsucht.

Pues bien, el petimetre de la Subura hacía lo mismo: metía en la conversación toda palabra griega que le cabía.  Ahora bien, a la hora de escribir esas palabras hay un problema: al latín le faltan ciertas letras o, por decirlo mejor, al latín le faltan ciertos sonidos del griego.  Es lo que ocurre cuando escribes en español palabras inglesas: uno duda si escribir whisky, como los de Loch Lohmond, o güisqui, como recomendaban los académicos de Madrid.  Pero a los romanos se les añadía el problema de que usaban distinto alfabeto que los griegos.

lunes, 29 de abril de 2019

De clavos y claveles

Oigo afirmar por radio que la palabra dianthus significa "flor de dios" y me sobresalto, porque llevo algún tiempo confuso con esa voz que, aunque parece corresponder al griego *δίανθος /dí-an-zos/ (o algo parecido), nunca la hallé en los diccionarios que manejo, ni latinos ni griegos.  (Lo más parecido, διανθής /di-an-zeés/, es un adjetivo que vale, según los diccionarios, "de doble flor" o "de flor variada".)  Por otra parte, teniendo el griego una preposición tan viva como διά (/di-á/ "a través de": la que salta a la vista en διανθής), mal podría surgir de aquel presunto nombre alusión alguna a "dios" o, más bien, a "Zeus".

No obstante, vuelvo a cavilar sobre el asunto, ahora con una nueva arma en mi poder, la edición de Susana Amigues de la Historia plantarum de Teofrasto.  Y en su índice, ¡oh, gozo del filólogo marmolillo pero entusiasta!, encuentro por fin una voz griega que se parece a dianthus y que significa oeillet. esto es, "clavel": διόσανθος /di-ó-san-zos/.  Una nota de Amigues aclara que los manuscritos dan preferencia a la forma Διὸς ἄνθος /Di-ós án-zos/ "flor de Zeus", pero la editora opta por la forma διόσανθος cuando su significado es oeillet.  (Lo mismo ocurre con Διὸς βάλανος o "bellota de Zeus", que escribe διοσβάλανος cuando significa "castaño", Castanea sativa.)

Aclaro, para mis lectoras no especializadas (sé que tengo al menos dos, atentas y fieles; bueno, quizá sólo fieles), que el clavel pertenece al género Dianthus, incluido en la familia botánica de las cariofiláceas o Caryophyllaceae.  Y estos términos concentran una porción de ambigüedades y confusiones (por lo menos mías) que trataré aquí de aquilatar.

La voz griega καρυόφυλλον /ca-ry-ó-fyl-lon/ parece estar formada por κάρυον "nuez" y φύλλον "hoja".  De φύλλον escribí en el artículo ¿Mesófilo o mesofilo?  Κάρυον /ká-ry-on/ por su parte significa el fruto del nogal, y también otros frutos secos, o la idea general de "núcleo".  Es gracioso que el diminutivo, καρύδιον /ka-rý-di-on/ "nuececita" designe a la avellana, en exacto paralelo con el francés noisette.  (Y, por decirlo todo, cerca de Esparta un pueblecito se llamó Καρύαι /ka-rý-ai/ "Nogales", como tantos pueblos que en España se llaman Nocedo, Nocedal, Nogueira...; y de ahí salieron las cariátides, como si dijéramos "nogalesas", del templo de Erecteo...)

No parece haber duda de que el griego καρυόφυλλον (término que aparece en Galeno de Pérgamo, siglo II de la era, pero no quinientos años antes, en Teofrasto, ni tampoco en Dioscórides) designa la especia oriental: bien el clavo de olor, como quiere Chantraine, bien el clavero, la planta que lo produce, oriunda, al parecer, de las Molucas y que ahora llama la botánica Syzygium aromaticum (también se llamó Eugenia caryophyllata, de ahí que un aceite esencial del clavo reciba el nombre de eugenol, como no me dejará mentir mi dentista).

Eso significaría que los europeos conocían ya el clavo en el siglo I de la era, cuando Plinio lo describe así: Est etiamnum in India piperis granis simile quod vocatur caryophyllon, grandius fragiliusque (12 15) "además se encuentra en la India algo parecido a los granos de pimienta, llamado cariofilo, más grueso y más frágil".  Se ha puesto en duda que ese caryophyllum (Plinio lo escribe a la griega) sea el clavo de especia; pero ¿con qué argumento?  Es como poner en duda que Homero escribiera la Ilíada.  (Creo que fue el saleroso Mark Twain quien señalaba que no fue Homero el autor de los poemas épicos griegos, sino otro caballero, contemporáneo suyo, que casualmente se llamaba también Homero.)

La especia que llamamos clavo (con metáfora formal: pues los clavos de olor recuerdan por su forma a los clavos de clavar) ocupó un lugar destacado en la historia de las especias, sangrienta historia que causó más muertes que las guerras de religión (pero en el otro cabo del mundo, y aquí nadie se enteraba).  Esos clavos de olor son los capullos de la planta, cortados y desecados antes de abrirse en flor.  El más ingenioso de nuestros cordobeses no desdeñó aquí el juego de palabras:

                    Clavo no, espuela sí del apetito,
                    que en cuanto conocelle tardó Roma
                    fue templado Catón, casta Lucrecia.

Primera dificultad: ¿por qué al clavero se le llamó "hoja de nogal", que es lo que parece significar καρυόφυλλον?  En alguna parte he leído, a modo de explicación, que el olor del clavo recuerda al de aquélla; esto es una patraña incluso para un olfato tan incompetente como el mío; καρυόφυλλον debe de ser adaptación al griego de un término importado, sin duda oriental: cierto que no lo conocemos (se ha aducido el sánscrito katuka-phala, el dravídico kirampu o karampu) pero da igual: cuando se trae un producto de lejos, con él suele viajar el nombre, niéguenlo si pueden el sashimi o el pemmican.

Es más o menos fácil explicar cómo de καρυόφυλλον salen los términos modernos que designan al clavo, por ejemplo en francés, girofle, o en italiano, garòfano.  Más difícil es comprender la relación entre el clavo de especia y el clavel, cuyos nombres algunos idiomas europeos confunden (sobre todo el italiano, donde garòfano designa por igual el clavel, la especia, y el árbol que la produce); algo así sucede con el alemán Nelke, y en español tenemos clavo y clavel, uno diminutivo del otro (del catalán clavell, según Corominas).  ¿Es el aroma, de nuevo, lo que asimiló al clavel con los clavos de olor, y explica que se dé a la familia de los claveles el nombre de cariofiláceas, tomado del árbol de la especia (que es una mirtácea, dicho sea de paso)?  Esta es otra dificultad que no alcanzo.

Por otra parte, el clavel, el διόσανθος, del que habla Teofrasto, ¿qué especie concreta es?  Las tres o cuatro veces que el sabio lésbico lo menciona son tan vagas que apenas discriminan: dice que es ἄνοσμος, o sea inodoro; que se reproduce en semillero; que florece en verano.  Amigues concluye que la especie aludida es el Dianthus diffusus Sibth. & Sm.  (En su Dioscórides Font Quer dice que los antiguos desconocieron o no trataron del clavel.)

Y una última dificultad, ¿cómo, o quién, sustituyó el griego διόσανθος (o Διὸς ἄνθος) por el término que autorizó Linneo para el clavel, ese extraño Dianthus?  ¿Procede de un error de lectura de Lineo, o de otro botánico anterior?  ¿O hay que atribuir el término a una corrupción de la tradición manuscrita, y creer que saltó a la botánica desde un manuscrito de Galeno conservado, pongamos, en Salerno, pongamos en el siglo XIV?  ¡Ah, el divino placer de especular, sin entender ni jota del asunto!

Por fin (ya llevo con esto un buen rato) se me ocurre mirar en la Flora iberica: ahí culpan a Lineo de sincopar en dianthus la forma griega diósanthos.  Por ahí tenía que haber empezado.

domingo, 21 de octubre de 2018

Nardo


El primer nardo que recuerdo no lo vi, sino que lo olí: cierto misacantano, amigo de la familia, recibió como regalo de la suya un perfume de nardos, que me dio a oler (tenía yo seis o siete años).  Me pareció un aroma tan delicioso que aún ahora, un milenio después, creo que lo reconocería; pero no lo he vuelto a oler más.  Tampoco he visto un nardo en mi vida, aunque lo he procurado.  Así que, de momento, el nardo es para mí una planta mítica, como el loto de los lotófagos y el hermético moly.

En los años 80 un grupo de biólogos de Barcelona, de visita por el Moncayo, nos permitieron acompañarles.  La experiencia fue entretenidísima, porque venían varios entendidos en esto y en aquello, y allí donde los demás no veíamos nada, éste hallaba nidos de araña, aquél hifas de ascomicetos, el otro huellas de tejones.  Lo recuerdo ahora porque en la cumbre de Moncayo oí por vez primera hablar del Nardus stricta: corrí entusiasmado a olerlo y resultó ser una gramínea de lo más inodora.  ¡Eso no podía ser el nardo del padre Calle!

En 2005 encontré en un vivero unas patatillas con el marbete de "nardo"; las planté y salió lo de la foto.  Al parecer es una planta originaria de México y América del Sur, que en náhuatl se llama omixochitl y los botánicos han bautizado Polianthes tuberosa.  Las flores huelen bien, pero tampoco es aquello...

La palabra Polianthes es para mí un enigma.  ¿Qué significa?  En griego hay un adjetivo πολυανθής /po-ly-an-zés/ que vale "florido" o, si se quiere, "muy florido" (de πολύς /po-lýs/ "mucho"; el segundo elemento, el mismo que en Prenanthes), pero en latín debería llevar Y griega: así, con I latina, sólo puede venir de πόλις /pó-lis/ "ciudad", y querría decir "urbanifloro" o algún sinsentido semejante.  Al menos yo no le encuentro el sentido.

Quizá es que la diosa de la ortografía maldijo la palabra polianthes, porque entre mis notas encuentro ésta, tomada del prólogo de la Flora Pirenaica, de un pasaje donde Bubani se queja de los absurdos en que incurre la nomenclatura botánica: eo dementiae perventum est ut retinerentur nomina ab errore typographico exorta: conferatur Erythrina poianthes, quae polianthes fuerat in mente auctoris: "La sinrazón ha llegado al extremo de autorizar nombres fruto de una errata tipográfica: véase la Erythrina poianthes, que en la intención del autor era polianthes".  (Esa Erythrina es una fabácea brasileña cuyas flores tienen un llamativo colorado, como era previsible: griego ἐρυθρός /e-ry-zrós/ "rojo".)

Las palabras, está claro, viven su propia vida, al margen, a menudo, o incluso en contra de la historia natural.  Νάρδος o νάρδον /nár-dos, nár-don/ ya en griego designa, más que una planta, un perfume.  Tanto la voz como el perfume venían de oriente (Chantraine sugiere que aquélla pudo tomarse del hebreo); en Dioscórides se alude al ναρδόσταχυς /nar-dós-ta-jys/, vegetal de la India que es, según todos los indicios, la fuente del perfume, bautizado en botánica Nardostachys jatamansi: veo que lo llaman espicanardo (y, por error de lectura, espinacardo) y también "nardo de Nepal" y de otros modos.  Es una valerianácea, pero ahora ha cambiado de cajón, según wikipedia, y entrado en las caprifoliáceas.  El caso es que de su raíz se extrae desde tiempos antiguos, al parecer, un apreciado perfume.

Un perfume es, desde luego, el nardus en la oda en que Horacio advierte a Virgilio que el vino se lo ganará sólo si lleva a la cena un pequeño ungüentario (parvus onyx) de nardo: nardo vina merebere "con nardo te ganarás el vino".  (Es la oda 4 12, que cierra el célebre gliconio: Dulce est desipere in loco "grato es tontear, cuando toca".)

Con el mismo perfume regó María, la hermana de Lázaro (o María de Magdala, en la versión de Lucas), los divinos pinreles: Μαρία λαβοῦσα λίτραν μύρου νάρδου πιστικῆς, πολυτύμου "tomando María una libra de nardo puro, carísimo" (nardi puri, pretiosi dice la versión moderna de Juan, 12 3; Jerónimo tradujo nardi pistici, pretiosi), untó los pies de Jesús...  Apostaría que este paso evangélico está en la base del aromático regalo al misacantano...

Busco en la red imágenes de Sarita Montiel, por su costumbre de pasear por la calle de Alcalá... con los nardos apoyaos en la cadera..., y encuentro que en varias de las fotos lleva en la mano (si no veo mal) Polianthes tuberosa.  Y ahora que me acuerdo Machado cantó aquello de

                            tengo el alma de nardo del árabe español;

Pero vamos a ver, don Manuel: ¿de qué tiene usté el alma exactamente?  ¿De Nardostachys jatamansi?  ¿De Polianthes tuberosa?  ¿O de qué?

viernes, 22 de junio de 2018

De lenguas y de pies


En un paseo por las inmediaciones del río Salazar hemos disfrutado de una naturaleza esplendorosa, lujuriante.  Y he visto por vez primera al natural una planta extravagante e inconfundible, que (si no me confundo) es la de la foto, el Himantoglossum hircinum.  Quisiera hacer fotos mejores, pero aun con ésta se puede ver, creo, ese largo apéndice que caracteriza la flor, apéndice que se aleja, contorsionándose, del fuste para rematar en dos piquillos, como una lengua bífida.

El Himantoglossum /i-man-to-glóos-sum/ es también inconfundible (creo) en su nombre, cuyo significado parece evidente: "lengua-correa cabruna".

El griego ἱμάς /himás/ "correa" (genitivo ἱμάντος /himántos/, la H representa aquí una suave aspiración) es palabra ilustre, presente ya en Homero: en la Ilíada designa las correas del carro, o las riendas; más tarde otras cosas, como la traílla de perro, o la correa de la sandalia.  Así, al humillarse Juan el bautista (Marcos 1 7): "No soy digno de desatar el cordón de sus zapatos": dice τὸν ἱμάντα en el tardío griego evangélico, o corrigiam (la G suave) en el latín de Jerónimo (y, por si a alguno le interesa, Gurt en alemán, de donde Gürtel "cinturón", significado que también corresponde al homérico ἱμάς).

El segundo elemento de Himantoglossum es también griego: γλῶσσα /glóos-sa/ "lengua" (con la variante ática γλῶττα /glóot-ta/, de ahí que sean poliglotos o políglotas los dotados de poliglosia).

El nombre específico es latino, se pronuncia /ir-kíi-nus/ (la C siempre suena K) y significa "de macho cabrío" (allá usted si quiere pronunciar la H: le advierto que en Plauto y Quintiliano se lee no hircus sino ircus o irquus, por algo será).  Hircus es el cabrón, cuyo olor era proverbialmente fétido entre los romanos, como en el gracioso hexámetro de Horacio, "Rufinito huele a colonia, a cabro Gargonio":

                    pastillos Rufillus olet, Gargonius hircum.

¿Qué sentido tiene el hircinus de nuestra planta?  No me atrevo a decir que huela ella mal, pues aún no me acostumbro a olfatear las plantas (como hacen los floristas competentes).  ¿O es aquí el específico una muestra de desprecio, como cuando se dice de una hierba que es "de burro", "de perro" o "de zorra"?  No lo sé.

Veo que el ave llamada cigüeñuela tiene como nombre científico Himantopus himantopus, que viene a significar "pie de cinta".  Esa terminación -opus (sobre todo si acentuamos la O) parece el latín opus "obra" (con vocales breves), pero no, no tiene nada que ver con el opus BWV 853 ni con el Opus Dei.  El segundo elemento de himantopus, que tiene la U larga, es el griego ποῦς /púus/ "pie" (genitivo ποδός /podós/); y como la O de la sílaba -to- es breve, la palabra, en su correcta pronunciación latina, es esdrújula: /i-mán-to-puus/.

Dejo más pies para otro día.

[P.S.  Pocos días después de publicar esta entrada recibo la amable comunicación del competente florista en quien casualmente pensaba al hablar de olfateos; de su competencia en mi pobre medida doy fe, el lector la dará de su buen humor:  "Himantoglossum hircinum, cuando está en plena floración, hiede a macho cabrío talmente como si lo tuvieras encima sodomizándote.  Algún díptero debe encontrar sumamente atractivo dicho hedor".]

jueves, 14 de junio de 2018

Garzas, grullas y cigüeñas

La primera leche en polvo para bebés producida en España comenzó a venderla Nestlé en 1944 con el nombre de Pelargón.  Me he enterado por la red, buscando el origen de esa denominación: ¿es porque las cigüeñas traen a los niños ("según una tradición germánica"), o porque aquél contiene  ciertos ingredientes que hacen prosperar a los cigoñinos?  No sé cuál es la explicación buena, pero todos coinciden en que viene del griego πελαργός /pelargós/ "cigüeña" (ciconia en latín).

A mí creo que no me lo dieron, pero mil veces oí el nombre de ese producto, hablando de un nene rollizo: "parece criado con pelargón".  Y, naturalmente, ese nombre recuerda el de un género botánico, el Pelargonium.  Pelargonios son las flores que solemos llamar "geranios".  ¿Y qué tienen que ver los geranios con las cigüeñas?  Pues una semejanza formal: los frutos del pelargonio recuerdan al pico de esas aves.

Dicen que el pelargonio, el geranio de tiesto, proviene de Sudáfrica, y que el primero en Europa se plantó en el jardín botánico de Leiden hacia 1600.  El holandés Johann Burman (amigo de Lineo) lo bautizó Pelargonium en 1738, sin duda pensando en las cigüeñas.  Lineo lo incluía en el género Geranium, pero hacia 1789, mientras sus conciudadanos separaban los tres poderes del Estado, Charles l'Héritier separaba de Geranium a Pelargonium y Erodium.

Dejando los geranios en su maceta, vayamos a los silvestres y autóctonos.  Geranium es la latinización del griego γεράνιον /ge-rá-ni-on/ (la G, en latín como en griego, pronúnciese siempre suave, como en gato).  Ya para Dioscórides γεράνιον es una planta.  En Plinio 26 108 leemos:  Geranion... similis est cicutae, minutioribus foliis et caule brevior, rotunda, saporis et odoris iucundi  "El geranio es parecido a la cicuta, de hojas más chicas y más corto de tallo, redondo, de sabor y aroma agradable".  Mi edición de Plinio dice que es el Erodium moschatum.

Plinio describe algunas variedades del geranion (él no latiniza la palabra, sin duda aún la considera voz griega), de hojas más claras, o más pilosos; pero aquí me interesa el final, donde afirma: in cacuminibus capitula sunt gruum "en las sumidades hay cabezuelas de grullas".  Antes cigüeñas, ahora grullas.  ¿A qué se refiere Plinio?  Naturalmente, a los frutillos, con aspecto de picos de grulla.  Supongo que nadie se sorprenderá al saber que grulla en griego se dice γέρανος /gé-ra-nos/.

He visto que algún diccionario da "pico de grulla" como significado primario de γεράνιον.  Disiento. El significado original de vainilla no es "especia", sino "pequeña vaina".  Γεράνιον es el diminutivo de γέρανος y por tanto su significado primario es "grullita" y no "pico de grulla".

Nos faltan las garzas.  ¿Adivina la lectora cómo se dice "garza" en griego?  Pues ἐρῳδιός /e-roo-di-ós/, voz usada por los griegos de hace dos mil años, y aun de ahora, para la garza.  He aquí reunidos, no en su condición de zancudas sino de picudas, los tres géneros: Geranium, Pelargonium y Erodium.

He buscado en la red datos sobre Charles l'Héritier, y he quedado impresionado al saber que escribió un tratado de Geraniologia (París, 1792).  Caramba.  L'Héritier, el primer geraniólogo (y el último, quizá).  Era magistrado y botánico aficionado.  Muy aficionado.  En plena calle, un sicario anónimo le impidió a puñaladas llegar a su casa y al siglo XIX.  Pobre.  Yo apostaría que, como magistrado de la Ilustración, él sabía suficiente latín y griego como para entender lo monstruoso del nombre que dio al Erodium ciconium, algo así como el "garzo cigüeño".

En fin, dedico esta entrada a mi querida MLP, que cumple añitos justo hoy 14 de junio.



martes, 8 de mayo de 2018

Botánica ahumada


De una F inicial de palabra en latín sale a menudo una H inicial castellana, como en los ejemplos consabidos de fumu > humo y de farina > harina.  Pero la conversión de esa F inicial en H es un fenómeno tan irregular y tan sometido a vaivenes y refecciones que se requiere cierta falta de noticias para creer (como cree más de un cándido) que la presencia o ausencia de F inicial basta para identificar una palabra como castellana o aragonesa.  Si tan regular fuera la cosa como la ignorancia pretende, el más hamoso rey de Navarra sería Sancho el Huerte.

Ya, ya sabemos que muchas palabras son préstamos del latín.  Pongamos por caso fumar, moda traída de América que requirió echar mano del fumus latino, con su F, para el correspondiente neologismo.  Neologismo, por cierto, francés.  Sí, fumar lo tomamos del latín a través del francés fumer, pues a esa actividad Castilla, durante casi dos siglos, la llamó "tomar tabaco en humo" (también "chupar humo", "tomar humo" y de varias maneras más) hasta que se consolidó el afrancesado fumar.

Hay una planta cuyo nombre deriva también del latino fumus.  Es oportuno hablar ahora de las fumarias, cuando pintan de un bello tono vinoso las orillas de nuestras huertas.  Al parecer a las Fumariae y a su familia las Fumariaceae (otros las incluyen, me parece, en las Papaveraceae, que en esto no se acuerdan los graves autores que de esta importante materia tratan) lo que les da nombre es el olor de su carne, olor que recuerda, dicen, al del humo.  En esto no me meto, que tengo poco olfato.

El humo, que se dice en latín fumus, en griego se nombra καπνός /cap-nós/.  De esta voz griega han nacido ciertas palabrejas, como capnomancia (o adivinación por el humo), hipercapnia (o envenenamiento por carbónico en la sangre, lo que le da a ésta un tono ahumado) y misocapnia (o aborrecimiento del humo de tabaco).  No recuerdo haberlas oído nunca, pero ahí están los diccionarios para guardarlas.

En botánica, el humo griego ha permitido nombrar a varios parientes próximos de la Fumaria: Platycapnos, Sarcocapnos.  En el primero algo habrá plano o llano o ancho o aplanado, ya que eso puede significar el elemento πλατύς /pla-týs/.  En cuanto a Sarcocapnos, literalmente significa "carnehúmo": σάρξ (σαρκός) /sarx sar-cós/ "carne" es el primer elemento de la palabra sarcófago, lugar donde, como es pública sospecha, será nuestra carne pasto de gusanos.  En realidad el griego σαρκοφάγος /sar-co-fá-gos/ es un adjetivo que significa llanamente "carnívoro".  Así que en buen griego son sarcófagos los leones y las mantis.

El mes pasado me llevaron a Granada unas buenas amigas, y en los riscos de Alhama (¡Ay de mi Alhama!) tuve el gusto de encontrar ese Sarcocapnos (creo) de la fotografía.  Yo creía que era un S enneaphylla, pero todas las hojas tenían tres folíolos y no nueve.  Sospecho que no es S enneaphylla sino S baetica.  Vamos, digo: por lo menos estaba por la cuenca del Betis.

viernes, 2 de febrero de 2018

Phragmites

La memoria tiene sus cosas.  La mía aún me sirve (eso pensamos todos, claro, porque nadie recuerda cuánto olvida), pero tiene sus manías.  De esa gramínea, por ejemplo, recordaba el nombre castellano (carrizo), pero en vano buscaba el genérico lineano: sin razón aparente, acudía a la memoria el nombre de otra planta, sin parentesco ninguno (ni entre los nombres ni entre los vegetales).

Para ayudar a mi memoria, decidí averiguar el origen del nombre científico.  Pues la palabra Phragmites nada me decía por sí, salvo el vago parecido con fragmento (que, ya me lo maliciaba, nada tiene que ver con el sentido de la palabra griega).  [¿Griega?, dirá el lector.  Sí: en general, si uno ve una palabra latina con PH, puede dar por cierto que es de origen griego, o bien que hay ultracorrección gráfica, esto es, que algún phinolis ha aphectado una graphía supuestamente más culta.]

Φραγμίτης /frag-miít-ees/, voz en efecto ya usada por Dioscórides, tiene la raíz del verbo φράσσω /frás-soo/ 'osbtruir' 'poner barreras'; de la misma raíz hay una porción de palabrejas raras (como afractas y catafractas), de interés sólo para lectores de Polibio y Plutarco, pero también hay una de uso hoy común, διάφραγμα /di-á-frag-ma/, cuyo significado no hace falta decir ni a médicos ni a fotógrafos porque la tomaron tal cual los romanos, y de ahí nosotros sin más cambio que el acentual determinado por el latín; el diafragma es la barrera entre pecho y vientre, o entre la luz y el receptor. (También en el ojo tenemos un diafragma, pero recibe el nombre, también griego, de iris.)

Φράσσω tiene la raíz indoeuropea *bhrek- 'atestar', la misma del verbo latino farcio 'rellenar': de éste nos viene otro cultismo médico, infarto (las arterias se atascan, como tripas hechas butifarra), y del participio fartus (literalmente, 'atestado') el vulgarismo harto.  Dejemos aquí la familia de Phragmites.

Aunque Font Quer no acoge con voz propia al carrizo en su Dioscórides, sí que recoge (bajo la voz 'caña', referida a la Arundo donax) algunos comentarios del autor griego, en la traducción del doctor Laguna:  "Hállase también otra blanquecina y delgada, la cual se llama phragmites, que quiere decir apta para cercar, harto conocida de todos, cuya raíz majada sola por sí o con sus adherentes, y aplicada, saca las astillas y los casquillos de las heridas..."

Gracias a estas entretenidas averiguaciones, ahora recuerdo con toda facilidad el nombre científico del carrizo.  Lo que no consigo recordar es el nombre que antes me venía, indebidamente, a la memoria...

lunes, 20 de noviembre de 2017

Primavera



En Ginebra, en el parque de los baluartes, vi un hermoso busto retrato, en bronce: el pedestal daba la fecha (1913), la firma del escultor (J. Pradier, ginebrino) y el nombre del retratado: Augustin Pyramus de Candolle (Ginebra, 4 de febrero de 1778, Ginebra, 9 de septiembre de 1841).  Así que De Candolle también era ginebrino.  El artista había adornado el pedestal con cuatro mozas, casualmente en pelota, en representación de las cuatro estaciones.  Yo les hice una foto a cada una, pensando en este cuaderno...

Eso de que las estaciones sean cuatro está bien para Vivaldi y para nosotros, y no digamos para los de la tele, que deben de leer el BOE para saber cuándo empiezan:  "Esta tarde a las 17,15 comienza oficialmente la primavera".  ¡"Oficialmente"!  ¡Caray!  Quizá piensan que astrónomo es algo así como ministro...  Pero, en fin, Cervantes contaba cinco estaciones, y cuanto más atrás vamos en el tiempo más impreciso es el concepto.

La que veis en la foto es ῎Εαρ /éar/, esto es, Primavera (está escrito arriba, en mayúsculas griegas: ῎ΕΑΡ).  La palabra ἔαρ contrae en ἦρ /éer/ y se admite que ἦρ corresponde al latín ver /uéer/, cuyo significado propio, por lo que yo entiendo, no es exactamente "primavera", sino "buen tiempo"; al menos, nunca he encontrado un texto en que el sentido pueda equipararse al moderno de "primavera"; cierto que ver va detrás de hiems ("invierno"), pero eso no implica que dure tres meses (y menos que empiece a las cinco y cuarto).

En cualquier caso, todo el mundo admite que tanto ἦρ como ver significan "primavera", y desde luego ese es el significado que tiene en la nomenclatura botánica.  El genitivo de ver es veris "de la primavera", y ese genitivo está tal cual en el nombre de la Primula veris (literalmente: "la primerita de la primavera"; otro día me dedicaré a los diminutivos, que es una de mis debilidades).

De ver sale el adjetivo vernus "primaveral", que es muy frecuente en fitónimos.  Vernus es la forma masculina, por ejemplo en el Crocus vernus o el Lathyrus vernus; el femenino es verna, como en Erophila verna, Gentiana verna, Scilla verna o Veronica verna; vernum, por último, es el neutro (en latín hay muchas palabras neutras) como el Bulbocodium vernum.  Todos ellos son (o al menos su nombre significa) "primaverales".  Otra variante del adjetivo "primaveral" es vernalis, como en el Adonis vernalis.

Me resulta particularmente simpática la Erophila verna; la descubrí hace un par de años, que me dediqué a plantas minúsculas, y, modestísima como es, ahora la reconozco cuando aparece en febrero o marzo poniendo un delicado terciopelo blanquecino en ciertos caminos pedregosos; eso me pone contentísimo, y me he hecho muy amigo de la erófila.

¿Y qué significa Erophila?  Pues "amiga de la primavera".  El segundo elemento es el de pánfilo o cinéfilo (φίλος /fílos/ "amigo"); y el primero es ese ἦρ "primavera" que campea en el retrato de Candolle modelado por Pradier.  Erophila, si no me equivoco (pues no encuentro esta palabra en textos clásicos), es un neologismo griego inventado directamente en latín (lo que es más frecuente de lo que parece: piénsese en el hidrógeno y el oxígeno de Lavoisier), supongo que en el siglo XVIII.  Quien inventó el nombre era insistente, desde luego, porque Erófila verna viene a querer decir "primaveral amante de la primavera".

En época tardía del latino ver sale el adjetivo veranus y la expresión tempus veranum, de donde el "verano" castellano; y la primavera en ese latín es "el comienzo del ver", esto es, el primum ver; quizá "primavera" sea uno de los muchos casos en que un neutro plural latino da un femenino singular castellano.

martes, 7 de noviembre de 2017

De polígonos y poligonos II

El caso es que gracias a la botánica me he dado cuenta de que en latín hay polígonos y poligonos; y los polígonos de verdad (esdrújulos) son las plantitas, mientras que las figuras geométricas son, o deberían ser, los poligonos (llanos).

¿Qué tienen que ver, me preguntaba, las poligonáceas con la geometría?  Y esa pregunta me llevó a encontrar que en griego hay dos polígonos totalmente diferentes; uno es πολύγονος /po-lý-go-nos/, un adjetivo que significa "prolífico", "muy fecundo"; y el otro es también un adjetivo, πολύγωνος /po-lý-goo-nos/, cuyo valor es "de muchos ángulos", "poligonal".

Se observará que la diferencia radica en una O, que es breve en el primer caso (es una ómicron; el propio nombre lo dice: o micron, esto es, "O pequeña") y larga en el segundo (es una ómega; o mega, "O grande").

El prefijo de ambas palabras es el adjetivo πολύς, πολύ /po-lýs, po-lý/ "mucho", "abundante"; pero difieren en el segundo componente: la O breve corresponde a la raíz γεν-/γον- /gen- gon-/ (la G ha de sonar como en goma), que significa "engendrar".  En la propia palabra "engendrar" se ve la raíz -gen-, muy viva en todos los idiomas indoeuropeos, como corresponde a su idea de fecundidad.

En cambio el "polígono" con O larga tiene una raíz menos productiva, la de γωνία /goo-ní-a/, "ángulo", quizá la misma de γόνυ /gó-ny/ "rodilla"; ésta da en castellano palabras como diagonal, goniómetro, pentágono, hexágono etc.

Con la raíz γεν-/γον- "engendrar" podríamos escribir fácilmente una larguísima lista de palabras, todas relacionadas con los conceptos de "generación" y "estirpe": género, gente, genio, genoma, gen, gónada, eugenesia, Diógenes, homogéneo, hidrógeno, oxígeno, patógeno, primogénito...  Ya se ve que muchas son términos de biología; podíamos escoger sólo las botánicas: arquegonio, edogoniáceas, esporogonio, y aún así tendríamos para llenar la página.  Quedémonos aquí. 

El polígono con ómicron, el que significa "fecundo", es el botánico, naturalmente, que da el nombre al Polygonum (y a las poligonáceas), cuyo significado original sería "prolífico", y nada tendría que ver con los ángulos.  Por cierto, en griego existe el sustantivo πολύγονον, mencionado por Dioscórides como nombre de una planta desconocida (para mí al menos).

De la otra raíz, también en griego había términos botánicos, pues si γωνία es pariente de γόνυ "rodilla", entonces también se relaciona con πολυγόνατον /polygónaton/ (que al parecer designaba al Polygonatum odoratum, la Convallaria polygonatum de Lineo): el nombre en este caso aludiría a los muchos ángulos o nudos de la plantita.

Para terminar: si nos atenemos a la acentuación latina, deberíamos en castellano decir, hablando geometría, poligono, pentagono, hexagono, octogono, etcétera.  Llanas, no esdrújulas.  Los botánicos, en cambio, pueden y deben seguir diciendo Polýgonum.  Y, por cierto Polygónatum (y no Polygonátum), ya que la alfa es breve.

viernes, 13 de octubre de 2017

Más sobre artemisia

Lo que parece indudable es que ya en griego se nombra la ἀρτεμισία /ar-te-mi-sí-a/ al menos en los libros de Aristóteles, de Dioscórides y de Teofrasto, a fines del siglo IV aE.  (Esa fecha es compatible con la atribución del nombre a la Artemisia histórica.)  Y también parece claro que del griego la palabra pasó al latín artemisia (pronunciado /ar-te-mí-si-a/) con un significado parecido y una forma casi idéntica (salvo por el acento, determinado en latín, como sabemos).

Otra cosa es el significado exacto del nombre, pues parece ser (al igual que el actual término botánico) un genérico que incluye al menos el ajenjo y la Artemisia abrotanum.  Una nota a pie de página en mi edición de Plinio dice que esta artemisia es la A. arborescens (el "ajenjo moruno" de Font Quer, con propiedades parecidas a las de la A. absinthium).

Por cierto, releyendo con más atención el capítulo XXV de la Naturalis historia veo que el mismo párrafo 73 citado es quizá la fuente de esa Artemisia de Caria como botánica experta, ya que dice Plinio:  Mulieres quoque hanc gloriam adfectavere, in quibus Artemisia uxor Mausoli adoptata herba, quae antea parthenis vocabatur:  "También mujeres han apetecido esta gloria [de dar su nombre a una hierba], entre ellas Artemisia, la esposa de Mausolo, adoptando la planta que antes se llamaba virginal".  El ambiguo adoptata herba puede ser tomado en el sentido de que fue ella misma quien bautizó con su propio nombre a la planta, como hiciera Nicea con la ciudad de Antígono Monoftalmo.

Plinio informa que la hierba se llamaba antes parthenis.  En el ensayo de Stechman se la llama παρδένις /par-dé-nis/, errata evidente en lugar de παρθενίς /par-ze-nís/, que significa aproximadamente "virginal".

Veo que en castellano se admite tanto la forma artemisia como artemisa, e incluso se da preferencia a ésta última, pues da entrada a la definición.  A mí me gusta más la primera forma, que sigue la latina y la original griega.

Hierbas aparte, el nombre "Artemisa" ha tenido fortuna en español como denominación de la hermana de Apolo, pero no tiene fundamento alguno, creo, en las lenguas clásicas.  El nombre de la Diana griega debería ser en castellano Artémide o, como mucho (usando el nominativo) Ártemis,  Ésta era también, si no me falla la memoria, la opinión de Luis Gil.  En cuanto a la etimología del nombre de la diosa en griego, es muy oscura, aunque algunos la explican, como bien señala Chantraine, por palabras aún más oscuras (obscura per obscuriora).

jueves, 14 de septiembre de 2017

Sonchus y Deschampsia

Se planteó el otro día la pronunciación de la CH en latín.  ¿La CH de Sonchus se lee como en castellano o de otro modo?  Yo aquí defiendo la pronunciación clásica, esto es, pronunciar /són-kus/: la CH se lee /k/ en latín clásico.  Por si a alguien le interesa, me voy a permitir una digresión sobre este curioso dígrafo, la CH.  (Dígrafo = dos signos, un solo sonido.)

El áspero sonido de nuestra jota no existía en latín, pero sí en griego, donde lo escribían con la letra "ji" (minúscula χ, mayúscula Χ).  ¿Qué hacían los romanos para transcribir un sonido que no tenían?  Con muy buen criterio, usaron para ello la letra C (recuérdese que C en latín se pronuncia siempre /k/: y nuestra jota no es otra cosa que una K aspirada): así pues, añadieron a la C el signo de la aspiración, H.  Así nació el dígrafo CH, para escribir, por ejemplo chorus "coro", transcripción del griego χορός /jo-rós/ "coro".

Según eso, dirá con razón el lector, habrá que pronunciar /són-jus/ y no /són-kus/.  Sí, es lo más probable que así se pronunciara la CH en los helenismos, a poco de introducirse éstos en latín; pero, como digo, siendo el sonido de nuestra jota ajeno a esta lengua, es también lo más probable, y seguro en multitud de casos, que la CH se pronunciara /k/, es decir, como si no hubiera H.  (Hoy día, entre latinistas, hay quien defiende pronunciar la H como una aspiración, vg. en hamus, homo, aunque la mayoría, si no me equivoco, prescinde de ella.)

Sonchus es uno de estos helenismos, de las muchas palabras griegas introducidas en latín.  En griego σόγχος /sónjos/ (suene aquí con ganas nuestra jota) aparece ya en uno de los primeros manuales de botánica, la Historia plantarum de Teofrasto (el discípulo de Aristóteles, siglo IV antes de la era): allí describe el σόγχος de modo que reconocemos sin duda una compuesta (6 4 8):  "Carnosa y comestible es también la raíz del sónkhos, pero la cabezuela es alargada y no tiene aspecto de cardo... La flor de la cerraja (sónkhos), cuando envejece, se convierte en pelusilla como la del diente de león" (Díaz-Regañón traduce: aquí la kh es la forma de indicar la χ griega).

Prueba adicional de la pronunciación latina /k/ la tenemos en la forma en que escribe la palabra Plinio (22 88):  Estur et soncos... uterque, albus et niger; lactucae similes ambo, nisi spinosi essent, caule cubitali, anguloso, intus cavo "también el sonco se come..., igual el blanco que el negro, ambos parecidos a la lechuga, salvo que son espinosos, el tallo alto hasta un codo, anguloso, hueco por dentro".  Según los editores de Plinio en Einaudi, el erudito romano (que en botánica suele seguir muy de cerca a Teofrasto) alude con el soncus albus al Sonchus oleraceus y con el niger al S asper.